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Archive for the ‘Etiopia’ Category

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feb 10

WOULD YOU KNOW MY NAME?

Hoy me he acordado de un día en que tuve que llevar a W. (“que qué es lo que tengo, que tengo de tó”) a la casa de unas monjas muy amigas nuestras donde ha vivido los últimos meses. Aquel día, a W. le dolía la tripa. W. a sus once años, raro es el día que no le duele algo, y por eso damos prioridad a la solución de sus necesidades. Es lo que tienen las enfermedades raras autoinmunes, que te duele un poco todo, y que la gente que te rodea se acojona enseguida cuando te duele algo nuevo.

Cuando llegamos a la pequeña casa de las sisters, la tumbé en su cama, situada en una de las dos habitaciones para diez personas (concretamente, en la habitación de las señoras). Las sisters estaban rezando, que es una cosa que hacen mucho, y me senté a esperar, porque no me parecía bien dejar allí el paquete y pirarme. Al rato, W. comenzó a estar mejor, y empezamos a hablar. Me dí cuenta de que tenía un cuento debajo del colchón, y le pedí que me lo leyera. Para poderlo leer juntas, me tumbé a su lado.

Cuando una lleva una vida tan apasionante como la mía, sucede un poco que, en que te quedas parada dos minutos –y más si es en posición horizontal-, te viene un sopor mortal. Y así no llegué ni a la segunda página que me quedé sopa, con el fondo de la vocecilla de W. que me leía este cuento sobre un caballo blanco y otro negro.

Cuenta la leyenda que las monjas salieron de rezar y me encontraron completamente sobada en su habitación para señoras enfermas, con W. que ya había acabado el cuento y que también se había quedado traspuesta. Me desperté dos horas más tarde, cuando empezó a sonarme el móvil echándome en cara que tenía otros niños que sí estaban despiertos a los que atender.

Hoy me he acordado de aquella siesta improvisada, donde pasé de cuidadora a cuidada. Me he acordado también de todos esos besos sin fuerza que W. me ha dado en el último año. Su padre apareció ayer por sorpresa y, sin atender ningún tipo de razones, decidió que W. estaba ya curada de todo y que se la llevaba a Goyam con su familia. A W. la idea no le pareció mal, porque tiene hermanos y hermanas a las que echa de menos. A las sisters y a mí, que sabemos con precisión lo difícil que es tratar una enfermedad autoinmune en Etiopía, la idea nos ha parecido un poco menos bien. Si pienso en lo mal que lo va a pasar los dos días de autobús que hacen falta para llegar al Goyam me pongo a llorar del gozo.

Yo sólo pido que no la deje morir, que nos la traiga de vuelta cuando empiece a estar mal, pero aún se pueda hacer algo. Yo sólo pido que, antes o después, la vuelva a ver. A veces la vida nos da regalos que luego, no sabemos muy bien por qué, se nos escapan entre las manos. A lo mejor es que no somos dignos de ellos. A lo mejor no nos los merecemos.

ene 26

CONTRASTES

Un sábado aproveché que mi Santa Infancia estaba enfrascada en cienes de torneos de fútbol para irme de compras. Me dí un garbeo por la zona de la iglesia de Gabriel, a unos diez minutos en coche de donde vivimos o a otros diez a pie vadeando el río asqueroso donde el Alert Hospital vierte sus residuos. Yo opté por el coche.

Iba buscando unas ensaladeras de plástico monísimas y súper poco útiles que había visto en casa de unos amigos (demasiado grandes para comer cereales en ellas y demasiado pequeñas para poner ensalada para más de dos personas. Ideales). Así, merodeando por el lugar, que en los últimos años ha mejorado un montón, me encontré a las puertas de un centro comercial que abrieron el año pasado.

Cuando ya iba a entrar, alguien gritó mi nombre, y me encontré de bruces con A., de unos quince años, uno de nuestros fracasos, que camina por la vida y por la calle con varios dientes de menos y el pelo de tres colores. Se acercó a saludarme y, al mismo tiempo, se aproximó blandiendo su bastón el seveñá del centro comercial, preparado para librarme de mi inoportuno encuentro. Me apresuré a explicar que lo conocía, con lo que la cosa no pasó a mayores. Estuve a punto de hacer eso tan frenji que es entrarse mendigos a sitios donde no tienen nada que ver (algún día hablaremos de la temporada de recogida del niño de la calle), pero lo dejé correr porque, en mi modesto entender, son cosas que no aportan nada a nadie.

Así, me dí un garbeo por el supermercado, centro comercial y spa. Hasta piscina tenía. A mí, cuando entro en estos sitios, se me queda la boca un poco demasiado abierta. Me doy cuenta cuando me entra sed, y entonces la cierro (chica lista). Había una tienda de electrodomésticos en la que vendían hasta heladeras y yogurteras. Había muy poca gente, pero bastantes lucecillas de colores de Navidad, que me parecen fascinantes.

Después de mirar un rato las luces, por no salir con las manos vacías, compré un panecillo (sólo había con semillas por encima) y una tableta de chocolate en el súper. Cuando salí a la calle, le dí las dos cosas a mi fracaso, quien a cambio me dejó jugar en un futbolín destartalado con sus colegas mientras se comía el chocolate y el panecillo, después de quitarle las semillas.

Tras despedirme, seguí paseando sin encontrar mis ensaladeras, y me volví con mi Santa Infancia. W. (nueve años) vino a saludarme emocionadísima, porque su madre se había encontrado otro botón por la calle, y se lo había cosido en el único vestido que tiene. La madre de W., aunque tiene pocos dedos, consigue coserle botones a modo de adornos, y su vestidito komche le queda así de bonito:

Esos botones me parecen belleza en estado puro. Si la gente supiera de su existencia, seguro que pagaba por verlos. Los encuentro mucho más bonitos que el spa, la piscina o las tiendas de vestidos absurdamente caros. Los encuentro, incluso, más bonitos que las luces de Navidad.

ene 08

FUNERAL

El domingo me fui de funeral. El modo y los ritos con los que los etíopes acompañan la muerte requerirían una enciclopedia. Por ahora, baste decir que a la gente la entierran pocas horas después de morir, y que luego se pegan una semana de recepción en casa.

El funeral al que yo fui era de una señora tigriña (del Tigray), madre de una chica que, sin ser Santa Infancia, la queremos como si lo fuera. Y allí me enteré de una cosa muy curiosa: la gente juega en los funerales. Es decir, yo hasta ahora había visto a los hombres jugar a cartas. La cosa funciona así: de repente, alguien se pone a llorar, y la demás gente lo/la sigue con gritos alucinantes, hasta que uno de los ancianos presentes se levanta y les dice que ya vale. Entonces la gente se calla y vuelven a lo que estaban, fuera charlar, comer o jugar a cartas. Así, dicen, se aseguran de que aguantarán toda la semana, porque estar gritando siete días puede ser bastante destructivo. Ahí les doy la razón.

En los funerales de los tigriños, las señoras también juegan. En el que estuve yo, había una señora muy graciosa que lanzaba varias conchas pequeñitas encima de una panera de mimbre, y hacía como que leía el futuro y adivinaba cosas según la posición de las conchas. A mí me adivinó que procedía de un país extranjero. Qué lista, le dije. Luego siguió adivinando, y me dijo que yo ganaba mucho dinero. Y ahí las señoras que me conocían le dijeron que se había equivocado. Luego me dijo que me iba a casar, pero no me supo decir con quién (y mira que se lo pregunté). Y que a mi padre le caería bien mi marido, o sea que podría casarme por amor. Y me dijo que sería muy feliz. Aunque yo ya me considero una persona feliz, le agradecí la intención.

Con la chorrada, nos reímos un montón, porque yo quería que las conchas me contestaran a un montón de cosas, y la señora me decía que me estaba emocionando demasiado, que sólo era un juego, pero a pesar de todo se inventaba respuestas bastante molonas (me dijo que mis hijos serían abeshás, y que mi marido sería rico riquísimo). Hasta que alguien se echó a llorar, y la señora guardó las conchas y se puso a llorar también.

Así es este país: de la risa al llanto, del dolor a la vida, de la muerte al futuro. Todo junto, al mismo tiempo, unido, inextricable. Una Etiopía y millones de formas de vivirla, de sufrirla. De amarla.

ene 02

HUESOS DE SANTA (INFANCIA)

En los últimos meses, mi Santa Infancia ha adoptado una curiosa costumbre: romperse huesos en domingo. De lunes a viernes consiguen mantener todo en su sitio, pero el domingo, no sé por qué, parecen incapaces de no accidentarse. Como se entenderá, le he cogido bastante tirria a los domingos. Deberían estar prohibidos.

El pasado domingo acabé en el mítico Black Lion con un fémur roto. El Black Lion, como ya expliqué en su día, es ese sitio al que vas cuando no tienes otro sitio al que ir, y donde aproximadamente cada tres minutos te entran ganas de llorar. Una estampa muy típica son esos niños moribundos que esperan cama en el pasillo de las urgencias pediátricas, que fue, básicamente, el destino que nos asignaron. Decidieron poner la pierna de B. en tracción con el innovador sistema de atar la pierna al banco donde estaba tumbado, con una bolsa de plástico de las baratas con tierra dentro colgando al final de la pierna. Fueron generosos y, además de dejarnos dos bancos, le pusieron cartones debajo a B. para que él y su fémur súper roto estuvieran más cómodos.

En el día y medio que B. ha pasado en el Black Lion hemos visto de todo en ese pasillo. Hubo un momento, cuando ya llevábamos más de doce horas en el banco, en el que yo, B, su madre y su hermana nos limitábamos a mirar a nuestro alrededor con la boca abierta, como los zombis.

Al final, me lo he llevado a un hospital privado que me ha conseguido La Doctora, porque no soportaba dejarlo allí otra noche, y no parecían muy dispuestos a darle una cama en planta. Lleva 24 horas ingresado en el nuevo hospital (donde decidieron que la tracción no era un sistema tan bueno, y le han operado) y ya hemos gastado más de tres mil birr (150 euros, el equivalente al sueldo mensual de una senior nurse con una década de experiencia, trabajando en el sector privado). La pregunta es siempre la misma: ¿qué hacen los que no pueden pagar? Los que no pueden pagar, reina, se mueren.

Selección artificial.

dic 21

TRIBUS URBANAS 2: LAS SECRETARIES

Bien es verdad que las secciones de este blog van un poco como les da la gana. Y así, este intento de retratos sociales que comencé con los seveñás, sólo había tenido continuidad en mi cabeza.

En esta segunda entrega analizaremos las secretaries, esos seres maquillados y enigmáticos que se esconden tras los escritorios de empresas, oficinas estatales y oenegés varias.

La secretary media presenta un físico bastante notable del cual saca el mejor de los partidos. Las secretaries tienen esta rigurosa lista de prioridades:

  1. Ir impecables
  2. Ya si eso, trabajar. Pensemos que nuestras secretaries no tienen Internet, por lo que la única alternativa al trabajo es el aburrimiento total y absoluto. Lo prefieren. Como en las películas de la posguerra, se liman las uñas.

Una de las habilidades más notables de la secretary media se pone de manifiesto con la estación de las lluvias: da igual el nivel de barro de la calle, ellas llegan con el tacón inmaculado. Que lleguen puntuales es otro cantar muy distinto. Llegan cuando llegan (y nunca antes), pero con los zapatos impolutos. A ti, que vas en deportivas todoterreno, de las de “hasta luego chicos, me voy mañana al Annapurna”, se te mete el barro hasta las bragas. Ellas pisan estratégicamente en las piedras más diminutas que sobresalen del barro, y así, con seguridad, de chinita en chinita, llegan a su oficina.

Ya en la oficina, las secretaries intentan que su cubículo de trabajo (aquí las oficinas no son muy grandes) refleje en todo su esplendor su cuqui personalidad. Así, en el ABC del equipamiento de oficina etíope figuran:

  1. Flores de plástico. Lindas, lindas.
  2. Un cartelillo con una imagen religiosa, tipo Sagrado Corazón, y una frase de la imaginería religiosa local, tipo “todo procede de Dios”, “Dios es el todo”, o “Dios lo ha creado todo” (son bastante absolutistas).
  3. Fotos de la familia. Si las secretaries tienen hijos, ponen la foto de los niños vestidos de tradicional (las niñas con el pelo alisado, como las mamás). Si las secretaries no tienen niños, ponen las de los sobrinos vestidos de tradicional. Si son bebés, el niño aparece tumbado en una cama sobre un edredón de raso rojo horrendo, con bordados en forma de corazón.
  4. La impresión en papel de uno de esos dulzones mails en cadena tipo “Diez motivos por los que hoy es un día radiante” o “Cien razones para reconocer a un verdadero amigo”, o “mandamientos para una vida ejemplar”. En Etiopía, las secretaries todavía no han descubierto los libros de autoayuda. Cuando éstos lleguen, las editoriales se van a de forrar. Descarao.

En lo relativo a su conducta, las secretaries normalmente son seres de pelo artificialmente liso, con una personalidad contradictoria. Me explico: normalmente no hacen ni el huevo, y no parecen ser capaces de hacer mucho más de lo que ya hacen. Pero esto es sólo fachada. No te equivoques: el jefe rara vez es mejor que su secretary, por lo que, aunque no lo parezca, la que corta el bacalao es la chica de las uñas estupendas. Si tú consigues ganarte a la secretary, tendrás acceso a todo lo que acontece en esa oficina, porque la tía saber, sabe. Otra cosa es que quiera compartir ese conocimiento contigo.

Caerle bien a las secretaries que trabajan a tu alrededor es vital. Yo no siempre lo consigo. Cuando perdí momentáneamente los payrolls, una de las secretaries me echó una bronca que casi me hace llorar. Y luego que son gente de modales, a la que le gusta conversar (pillar capazos, en argot de mi ciudad de procedencia), y no pueden entender que a lo mejor tú no tienes tiempo para los setecientos saludos rituales etíopes o para preguntarles por toda su familia (a la que no conoces más allá de las fotos del escritorio).

Me encanta observarlas, pero siempre me ha faltado el valor de contratar una para mí sola, no porque no la necesite, sino porque me haría sombra, sobre todo en el terreno estético. Yo para mi Santa Infancia soy (y seré) siempre la más guapa del lugar, pero opino que, a su tierna edad, no es bueno confundir su criterio dándoles elementos innecesarios de comparación. A ver si se van a liar.

nov 27

LA POCERA

El otro día me aconteció un problema doméstico. Sé que cuando uno empieza a hablar de problemas domésticos quiere decir que se está quedando sin argumentos de otro tipo, pero me toca un pie.

Concretamente, el agujero de desagüe del plato de mi ducha comenzó a escupir lo que previamente había bajado por el váter. Esto es, caca. A mí, honestamente, me dio el pánico. Aquello suponía la materialización de mis pesadillas más temidas. Suspendí todas mis actividades productivas (soy una mujer de prioridades claras), y, como buena curranta del sector Desarrollo, me fui a pedir un assesment sobre mi situación al Ingeniero. En el sector Desarrollo, cuando tienes un problema, primero te hacen un assesment y luego te organizan un training. Son el Agua de Lourdes de la Cooperación.

_ Pues va a ser que se te ha bozado el pocillo-, me respondió. Lo de “pocillo” es mi traducción del italiano. Es el pequeño depósito al que desembocan los desagües de mi baño antes de pasar a la fosa séptica- Vas a tener que abrirlo y limpiarlo, pero no te va a gustar lo que vas a encontrar allí.

Yo llamé a un par de efectivos de mi Santa Infancia, porque me gusta tener testigos de mis miserias cotidianas. Ellos también, tras observar mi plato de ducha, dieron su diagnóstico de la situación: “Es verdad que comes un montón de verduras, ¿eh?”. Luego intentaron desatascar el váter, lo que sólo ocasionó nuevos derrames en el plato de ducha, y ante el cachondeo reinante, tuve que explicarles la gravedad del problema que afrontábamos: “Si lo que hay en el plato de la ducha rebasa el plato de la ducha y se extiende por el baño y la habitación, no tendré más remedio que quemar la casa y huir sin mirar atrás”.

Así, procedimos a abrir el pocillo. Y allí toqué fondo. De golpe y porrazo -¡zas, en toda la boca!-, tomé conciencia de las miserias más humillantes de la condición humana. Awareness, que le dicen en los trainings. Tengo que decir que, mientras limpiaba el pocillo, tuve un momento de derrumbe anímico en el que lo único que me salía era gimotear “qué asco, Dios, pero qué asco”, mientras mis elementos de la Santa Infancia me repetían “aishós”, y me consolaban diciéndome que luego ellos se llevarían la caja con los residuos del pocillo para enterrarla allí donde habita el olvido. No lo decían así, pero así lo entendía yo.

Y al final, después de batallar durante los veinte minutos más largos de mi vida con el pocillo y las tuberías, cuando la situación parecía ya claramente sacada de una película de Álex de la Iglesia, la cosa se desatascó, y tras cinco minutos de escupir todo lo que mi cuerpo ha expulsado en el último mes –aproximadamente el equivalente a mi masa corporal, o así me lo pareció-, el agua volvió a fluir.

¿Lo peor de la experiencia? El olor, el olor.

nov 24

INCULTURACIÓN

Hemos vuelto al Amanuel Hospital con T. De hecho, hemos vuelto varias veces en las últimas dos semanas. El jueves pasado, fuimos a la desesperada, porque T. no sólo intentó hacer daño a los demás, sino que también intentó hacerse daño a sí mismo. Así que lo metimos en el coche como buenamente pudimos, y nos fuimos al hospital. Llegados al hospital, tengo que decir que, entre la fauna reinante, T. nos situaba en la cúspide del caos. Era el que más gritaba de todo el hospital. Decidieron ingresarlo pero, al ir a preguntar a la señora que administra las camas, la señora dijo que no había camas. Y allí yo me reboté un bastante, porque me sentía incapaz de controlarlo un día más.

El viernes volvimos al hospital y, oh milagro, estaba la misma señora administrando camas:
_ Perdone, buenos días, estuvimos ayer aquí…
_ Sí, me acuerdo- me contestó secamente- y os dije que os llamaría cuando hubiera una cama. Y no os he llamado
_ Ya… es que hemos pensado en venir directamente y así, si se quedaba una cama libre, pues usted no tenía que tomarse la molestia de llamar…
_ Sentaos a esperar – me cortó
Hasta a mí me quedó claro que mi perorata del día anterior sobre de quién iba a ser la responsabilidad si T. de verdad hacía algo gordo durante la noche le había molestado a la señora. Intenté disculparme, más que nada porque la tía de T. había tenido que quitarle cuchillos de las manos un par de veces durante la noche, y cuando al final lo echó de casa, a las cuatro de la mañana, T. se puso a gritar por todo el barrio, hasta que, a las seis, decidió cambiar de sitio y venir a gritar a mi ventana, hasta que me levanté y le dí de desayunar. Luego lo duché, porque había venido sin zapatos, con un ojo morado y lleno de mierda. A pesar de mis disculpas, la señora se negó a rebelarme si había una cama disponible o no. Pues a esperar.

Durante la espera, T. dio lo mejor de sí mismo: cabezazos contra la pared, proposiciones sexuales a todas las señoras de la redolada, sermones religiosos a voz en cuello… Yo lo frenaba como buenamente podía, asegurándole que todo iba a ir bien, que Dios lo quiere mucho, y pidiendo perdón a las señoras. Él a ratos me gritaba que yo era la enviada de Satán, y a veces lloraba y me pedía perdón porque yo era la Virgen María. Una fiesta, oiga.

La señora de las camas no perdía comba, porque su oficina daba al patio donde estábamos. Al final, salió:
_ ¿Eres su madre?- me preguntó
_ No- repuse- sólo soy alguien que lo ayuda
_ Pues pareces su madre- me replicó, a lo que yo me quedé sin saber muy bien qué responder.
_ Ayer no me caíste bien – me explicó- pero hoy he cambiado de idea. Se ha quedado una cama libre, y os la voy a dar a vosotros.

Hace algunos años, me hubiera puesto a despotricar como las locas, asombrada de que algo tan importante como la adjudicación de una cama de hospital psiquiátrico dependa del criterio arbitrario de una secretaria medio analfabeta. El viernes sólo tenía ganas de besar los pies de aquella señora, que se apiadaba de mí y de mi niño loquito, que ya no me llama por las noches, porque le tiemblan tanto las manos que no puede marcar los números.

A lo mejor eso es lo que llaman inculturarse: dejar de preguntarse cómo deberían de ser las cosas, dejar de asombrarte, cuz this is Africa. Callar, aceptar, rezar, trabajar. Y, cuando la suerte te sonríe, seguir luchando por los tuyos. Como las madres de mi Santa Infancia. Como yo, que no soy madre, pero a veces lo parezco.

oct 26

THE CITY AND… THE CITY

Hoy vamos a hablar de La Ciudad. Addis Abeba. Me ha costado cinco años adquirir los conocimientos necesarios para redactar este post. Como saben mis amistades, una de mis grandes carencias es el sentido de la orientación. No es que Dios no me haya bendecido con el don de orientarme, no. Es que me quitó el que venía de serie.

Si alguien me preguntara por mi zona favorita (una pena que nadie me pregunte ese tipo de cosas), le respondería sin dudar: Kasanchis. Me encanta Kasanchis. Si fuera una frenji como Dios manda –es decir, con un sueldín-, me iría a vivir a Kasanchis. Estás cerca de todo y fuera de la Bole. La Bole también me gusta, pero ya que te molestas en vivir en un país que no es el tuyo, digo yo que una mínima interacción con la fauna local está bien tenerla. Y en la Bole eso no te pasa demasiado, porque hay mucho frenji suelto, y los abeshás que viven allí son más frenjis que los propios frenjis. Y que, puestos a vivir en la Bole, pues vive en la Tele Bole (que es la calle de al lado de la Bole), que es más mona y tiene menos tráfico. La llaman Tele Bole porque hay un edificio de las telecomunicaciones. Los nombres aquí son bastante imaginativos, como se ve.

Kasanchis está cerca de Bole, pero no es tan pijo como Bole. Tiene de todo, los alquileres son más baratos que en Bole y, si te aburres, siempre puedes darte un garbeo a la noche para observar la elevada densidad de prostitutas por metro cuadrado. Además, allí está La Vòtre, que es un bar como muy apañado donde celebran hasta el Oktober Fest. Y dan salchichas de verdad y cerveza de barril. He oído que a veces lo frecuentan españoles.

Después de Kasanchis, mi segundo barrio en el ránking es Piazza y sus numerosas tiendas. Un poco como Rodeo Drive. Puedes encontrar desde sillas de ruedas hasta generadores eléctricos, pasando por madera, lámparas y accesorios de fontanería. Hay una calle toda de joyerías, donde venden los míticos sistemas solares (son como planetas dorados) que se ponen las novias trenzados en los cabellos para las bodas.

No demasiado lejos de Piazza, llegas a Arat y Setdist Kilo (Cuatro y Seis Kilómetros respectivamente), que son barrios universitarios, también bastante apañados, a los que normalmente vas cuando visitas los museos de Addis. Yo recomiendo el Museo de la Universidad, que cuenta los últimos días del Emperador, que a mí me parece mucho, mucho más mono (y más limpio) que el Museo Nacional y su horrenda reproducción de Lucy, también situado en la misma zona.

¿Que dónde vivo yo? En Mekanissa, reina. En llegando a tomar por culo, sigue la peste, que llegas fijo. A mí me gusta, porque me encanta Kore, que es donde vive mi Santa Infancia, pero reconozco que esto es algo que no todo el mundo aprecia. Eso y que el barrio de al lado del basurero se llama Ayer Tena, que quiere decir El Aire de la Salud, y me muero de la risa cada vez que lo pienso. Como centros neurálgicos tenemos Koshe, el Alert Hospital y, pasado Ayer Tena, el Fistula Hospital. Museos no hay. Luz en las calles por la noche, tampoco. Pero de vez en cuando vemos carros tirados por caballos (llamados gari), que siempre te dan alegría, un poco rollo rociero. Y olé.

P.D: El título es un homenaje a Carrie Bradshaw. Mi sueño es hacerme una sesión de fotos, vestida con el tutú de Sarah Jessica, en lo más alto de Koshe. Es lo que tiene Addis, la ciudad de los sueños imposibles.

oct 15

DIARIO DE KAKTUS JONES

Querido diario:

Hoy hemos decidido empezar a preparar Thanksgiving con las voluntarias americanas (de ahora en adelante, Las Criaturas Americanas). Nos ha pegado la ventolera frenji y hemos decidido engordar nuestro propio pavo. Digo la ventolera frenji, porque a la mayoría de frenjis que viven aquí les da por acabar criando algo (perros, cervatillos, avestruces, ovejas… de todo han visto mis ojos en los patios traseros de las mejores casas de Bole).

Metidas ya en situación frenji, hemos decidido ir nada menos que a Debre Zeit (55 kilómetros de Addis) a buscar el pavo de nuestros sueños en la Genesis Farm, que es un sitio muy frenji (y muy protestante) en el que, además de yogures y leche, también venden verduras y huevos. Pero no pavos. Ni pollos, según nos hemos enterado cuando nos hemos plantado allí. Bueno, nos han dicho que a lo mejor un pollo nos lo podrían vender, pero pidiendo cita primero. Vamos, que hay que reservar el pollo, se ve.

Sin desanimarnos, hemos buscado la complicidad de un alegre lugareño que nos ha llevado en una maravillosa turné por todas las granjas de pollos de Debre Zeit. Lo del pavo nos ha dicho que era una utopía. Y, después de que se nos hayan reído en la cara en todas las granjas del lugar, al final en una han accedido a vendernos un pollo de corral. Como era muy pequeño, y los lugareños aseguraban que se nos iba a morir, pues hemos comprado dos. Y nos hemos vuelto a Addis con nuestros dos pollos. De corral.

He llegado justo a tiempo para ir a la reunión de padres de una de las escuelas estatales a las que asiste nuestra Santa Infancia. La escuela en cuestión está pegada al Alert Hospital, en mitad del barrio-slum de Kore. He ido en el coche que estoy cuidando (alguien me dejó un coche para que lo cuidara durante un tiempo), porque no quería llegar tarde, porque la Santa Infancia me había asegurado que empezaba a la una. Quiá. He llegado la primera entre las primeras. He aparcado en la puerta. Cuando el seveñá de la escuela me ha dicho que entrara el coche dentro del recinto, he empezado a explicarle que bastante cantazo es ya ser la única frenji como para ser también la única que llega en coche. Y en esas estaba yo cuando ha saltado la alarma antirrobo del coche, dando por finalizados mis planes de incógnito. Se ha formado un círculo bastante curioso, en lo que yo averiguaba cómo desconectar la cosa ésa.

Finalmente ha empezado la reunión. En una de las clases estábamos un centenar de padres y yo, que iba con A., a la que le encanta fingir que verdaderamente somos madre e hija, ante la estupefacción de la concurrencia. Yo ya ni me molesto en desmentirla. La gente intentaba explicarle que era materialmente imposible que yo fuera su madre de verdad de la buena. Y ella que nada, que ésta es mi madre y que lo de la diferencia cromática, una mera anécdota.

Yo empezaba a sentirme invadida por una sensación extraña. Una desazón. He entendido lo que era cuando hemos tenido que votar algo relativo a la distribución de los libros (de la mitad no me he enterado, y he votado lo que me ha dicho A., que para algo es la que asiste a la escuela). Al ochenta por ciento de los allí presentes les faltaban dedos. Yo era de las pocas poquísimas que tenía los diez dedos de la mano. El Alert está especializado en lepra, y gran parte de la gente que vive en Kore ha sufrido esta enfermedad, como bien testimoniaban los padres de la clase donde yo me encontraba.

Había también un señor que nos ha hablado un rato, que ha dicho que pertenecía a la Asociación de Padres. Y yo le he dicho a A., “mira, éste sí tiene todos los dedos” (porque los tenía). Y A. me ha respondido: “pero lleva muletas”. No me había fijado, porque el señor estaba de pie, pero se apoyaba en muletas para caminar.

Tres horas, querido diario, ha durado la reunión. Es lo que tienen los leprosos, que nunca tienen prisa, porque la mayoría no curran. Han estado dos horas discutiendo los dos euros de cuota escolar anual que hay que pagar. La gentes estaba súper indignada. Había un señor sin nariz que gritaba el que más. Al final me he hartado, y me he animado a participar en el debate. Le he pedido al señor que gritaba que dejara de gritar porque:
1. Dos euros por todo un año de educación no son n.a.d.a. En los tres cafés que todo cristo se toma al día se gastan mucho más. Calculando, salían tres birr al mes. Un cuaderno pequeño vale tres birr. Medio kilo de naranjas vale tres birr. Dos huevos valen tres birr. Coño, ahorre.
2. El señor en cuestión, que lo había visto yo, está ayudado en un proyecto de una ong que le paga las cuotas escolares de los niños, con que no sé a qué venía tanto grito. Lo mismo aplicaba para una gran mayoría de los descontentos. Los leprosos son target prioritario para la mayoría de proyectos de la zona (incluidos nosotros). Y somos unos cuantos (proyectos y leprosos).

En cualquier caso, la gente estaba tan estupefacta al ver una frenji hablando amárico que no sé si se han enterado muy bien de lo que he dicho, pero se ha acabado la discusión, porque, total, las cuotas las hemos pagado ya. Luego han hablado algo del Sida, y allí hemos descubierto que la gente con dedos era seropositiva.

He llegado a casa, querido diario, justo a tiempo para comprobar que había cerrado mal la puerta, el perro había entrado dentro, y se había zampado mis dos pollos de corral sin dejar ni una pluma.

Y nada más.

Hasta mañana:

Kaktus

oct 06

FoQ YOU

De verdad, quería escribir hoy sobre la Santa Infancia. Pero es que este post que ustedes están a punto de leer lo llevo en el alma hace mucho, carcomiéndome las entrañas. De lo que verdaderamente quiero hablar hoy es de series españolas. Concretamente sector adolescente. Y ya, si ustedes quieren, pueden dejar de leer.

Porque aquí donde ustedes me leen, yo me pasé el mes de verano bendiciendo a la Neox, que me reponía Física o Química a la hora de mi siesta, serie que jamás vi cuando vivía en España, y a la que me enganché en agosto. Me fascinan los adolescentes de ahora mismo, momento actual. Me encantan sus contradicciones: de cintura para abajo van híper escuetos con sus pitillos, y de cintura para arriba se ponen una capa detrás de otra, coronadas por palestinos, cinta para el pelo, pendiente y ferralla varia, y parecen un árbol de navidad que se va viniendo a menos conforme se acerca a la raíz. Menos Paulita, que con los dos piercings, como dice Míster K., parece una jabalina (lo que viene siendo una jabata o hembra de jabalí, pero dicho mal, que nos hace más gracia).

Luego son gente maja. Cuando duermen. En el colegio ése son unos cabrones de mucho cuidao. El mote más original que tiene la serie es el que le han puesto a la Yoli, a la que todos cariñosamente llaman “zorra poligonera”. Sin rencores. Me vi la primera temporada, ésa en la que Cova casi se queda preñá por accidente. Que quién es Cova. La lista de la clase. Luego me han dicho que Paulita es la tonta que va y se queda preñá, pero de verdad. De Gorka. Y luego dirán que los porros dan problemas de esterilidad. El niño se fuma tres canutos por episodio. Allí estás tú, en tu sofá, repantingada, en el séptimo cielo y Gorkita en tu televisor, echándose un petardo detrás de otro y diciendo una chorrada cada vez más grande que la anterior. Adoro la vida en el primer mundo. Tiene esos momentos “karma” donde todo encaja.

Por si FoQ no fuera bastante (me encanta el nombre, me pasé el verano gritando por casa what the FoQ?!!! a voz en cuello), una amiga me ha grabado…. tachán, tachán… El Internado, esa serie en la que a todos los personajes les falta oxígeno y por eso tienen los labios morados. No me quejo, porque los labios hacen juego con la expresividad de sus caras. La mitad del casting muestra un abanico de emociones comparable al de una piedra de río. Eso sí, no tienen ni un grano, y allí le ganan la partida a FoQ, que sólo tiene un buenón (Cabano), mientras que en EI, pues tienen dos. Y dos es mejor que uno. Sobre todo si hablamos de pseudoporno adolescente.

Además, los de EI llevan menos flequillo, uno de los grandes excesos de FoQ.

Me estoy haciendo tan fan, tan fan, que estoy por cambiar el uniforme de la guardería de la Santa Infancia y ponerles los mismos colores que los de El Internado. Pero con la falda como dos metros más larga, que el hecho de que sean pobres no quiere decir que no tengan dignidad, como nos recuerda Elenita Furiase capítulo sí, capítulo también.

Y sí, yo también creo que Evelyn está muerta, y que sólo la ve Paulita, que está un pelín perjudicá.

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