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Archive for the ‘General’ Category

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Feb 13

SMALL CHAT

Los mayores de la Santa Infancia me contaron el otro día la historia de una señora de su barrio que conozco. La señora en cuestión es seropositiva desde hace tropocientos años. Ahora ya es anciana, pero en sus años de juventud, habiéndose quedado viuda con dos niños a cargo, y ante las halagüeñas perspectivas que se le presentaban a una persona con HIV/AIDS en aquel entonces, decidió dar a sus dos hijos en adopción. Y la Santa Infancia me contaba que la semana pasada se presentaron los chavales, a la sazón con 21 y 24 años, hablando alemán, puesto que viven en Austria, a conocer a su madre biológica. La Santa Infancia dice que a la señora casi le da un tabardillo, pero que se alegró un montón de conocer a sus niños de nombres austríacos.

Y así empezamos a hablar del tema de la adopción, que es un tema que a la Santa Infancia le da bastante curiosidad. Mayormente, están a favor de la misma, pero no acaban de creerse eso de que los hijos adoptados cuentan igual que los biológicos. De hecho, a la Doctora, que tiene hijos de varios colores, siempre le preguntan cuando se va de vacaciones si se lleva también a sus hijos abeshás.

El razonamiento que exponen es bastante obvio: si un niño no tiene familia, bien está que encuentre otra, sea en Etiopía, Europa o Fernando Poo. Eso sí, dicen que ellos nunca darían a sus hijos en adopción, que tratarían siempre de sacarlos adelante “apretando los dientes” (esto es una traducción aproximada de una expresión abeshá). Los que son huérfanos, habrían estado encantados de haber sido dados en adopción. A algunos de los que tienen familia, no les importaría cambiarla. Muchos dicen que, eventualmente, les gustaría adoptar, pero lo entienden más como un ayudar a un niño sin recursos que como un tener un hijo.

Me preguntaron si una madre biológica se puede presentar así, sin más, y reclamar a su hijo biológico. Y allí es donde les expliqué el tema de derechos y responsabilidades de la maternidad. Si renuncias a tus responsabilidades, pierdes también tus derechos como madre, y -les expliqué- si quieres volver a ver a tu hijo, tendrás que pedir permiso a su familia.

Con la generalización del fenómeno de la adopción internacional, en los últimos años se ha extendido entre los etíopes, especialmente entre la clase media, esta mentalidad de “nos están robando los niños”. A mí me han dicho de todo cuando voy con la Santa Infancia por la calle. Una vez, llevé a T. al Black Lion, y en lo que esperábamos los análisis, estuvimos sentados con un señor musulmán ya anciano, que empezó a hablar al niño, a preguntarle por qué estaba allí con una frenji, cuándo me lo iba a llevar a mi país, y a decirle que no estaba bien que los frenjis se lleven a los niños etíopes. Cuando vi que T., además de todos sus dolores, comenzaba a sentirse evidentemente incómodo, decidí intervenir y le dije al señor que:
1. Entendía todo lo que estaba diciendo, por lo que me parecía de mala educación hablar de mí como si yo no estuviera delante
2. No era asunto suyo porqué T. estaba con una frenji. Me ponen de los nervios las preguntas insidiosas en las filas de los hospitales.
3. Yo soy partidaria de la adopción, pero trabajo en un proyecto que ayuda a familias como las de T. a criar a sus hijos para que no tengan que darlos en adopción. Este señor, que tanto criticaba, ¿qué hacía exactamente para evitar que las familias tengan que recurrir a la adopción como vía de supervivencia? Como en ese punto, ya me había puesto dramática, le pregunté si él pensaba que era mejor que los niños murieran, o que crecieran en orfanatos (incluso el mejor de los orfanatos, no se puede comparar a una familia, pienso). El señor, que comenzaba a sentirse incómodo también él porque el resto de la fila me estaba dando la razón, me respondió con un “go home”, al que yo le contesté, “vale, pero, si me voy a casa, ¿vendrá usted con este niño al médico la próxima vez que se ponga malo?”.

En la otra cara de la moneda, cuando fui con A. a otro médico, dos señoras en el autobús le preguntaron bastante respetuosamente si yo era su madre. Ella, escuetamente, les respondió, “sí”. No es una persona que se ande con muchos rodeos. Tampoco es una persona que tenga familia. Cuando las señoras le preguntaron que cuándo me la llevaba a mi país, ella les respondió: “No, si no nos vamos a ninguna parte. Ella se queda aquí conmigo”. Las señoras me llamaron santa. Y yo, muerta del susto.

Ene 02

FUN, FUN, FUN

El otro día (que es una expresión muy española, que lo mismo puede indicar ayer que hace quince años), G., como persona libre que es, a sus doce años, decidió que ya había aprendido todo lo que tenía que aprender dentro del sistema educativo convencional y dejó de asistir a la escuela. Se ve que, analizando la bonanza del sistema educativo público etíope, le pareció que después de tercero de Primaria todo es cuesta abajo, y coligió que con lo que sabía tenía bastante. G. tomó esta decisión unilateralmente, sin comentarla previamente ni con sus padres ni conmigo. Que yo a lo mejor le hubiera dado la razón, oyes, pero el caso es que permaneció callado como una sexoservidora. Sus amigos, que son muy majos pero un poquitín cretinos, tardaron dos semanas en analizar y acordar la conveniencia de informarme de la deserción escolar de G. Por lo que, cuando dicha circunstancia llegó a mis oídos, G. llevaba tres semanas sin ir al cole. Y el sistema etíope será un caos pero, en Addis y en Fernando Poo, si faltas a clase sin justificación durante tres semanas, amigo, tienes un problema.

Desde la escuela solicitaron la presencia de sus progenitores. Y esto nos avocaba a un nuevo problema: G. no quería decirles que había dejado la escuela. Cuando al día siguiente me vino con un ojo morado (y sin padres acompañándolo), entendí por qué. Y así, aprovechando que era 24, me fui a ver a los padres de G. para felicitarles la Navidad frenji, que es una cosa que aquí a nadie le importa.

Fuimos con el sujeto de análisis -esto es, G.- y con uno de los mayores (M.) por cuya casa habíamos pasado previamente a saludar a su madre, que estaba en la cama escupiendo los pulmones (literal, mientras escribo estas líneas está ingresada en una clínica de una conocida congregación religiosa). Ya ambientados tras la deprimente visita a la madre de M., llegamos a casa de G. Allí encontramos a su madre que me saludó sin muchas ganas. Yo le comenté que venía a hablar del pequeño problema de G. y su tensa relación con la dinámica educativa y ella me contestó que no me preocupara, que al día siguiente G. se iba al pueblo y así se acabarían todos los problemas.
_ ¿Con quién se va?
_ Con una gente que conozco -respondió vagamente
_ ¿Y con quién va a vivir en el pueblo?
_ No sé, se las apañará
_ ¿Y que comerá?
_ …
_ ¿Y si se pone malo?
_ …

Vamos, que le habían comprado un billete de ida al gueter lo mismo que hubieran podido dejarlo en Bole Road (puestos a abandonar, yo abandonaría allí) y salir corriendo. Le pregunté también por el moratón en el ojo, y me dijo que el padre se había pillado tremendo cabreo por la apostasía escolar de G. Tanto, tanto se había enfadado que no le habían quedado ganas de ir a la escuela para solicitar la readmisión.

Yo, que a veces paciencia me falta, me puse un poquito nerviosa, porque no me parecía ningún tipo de solución esta de transformar a G. en una versión de Heidi sin abuelo, sin perro y sin colchón de suave heno sobre el que dormir. Sobre todo porque miraba a la madre, que me estaba diciendo que quería abandonar a su hijo con una cara absolutamente carente de ningún tipo de expresión, sin mirar ni siquiera al niño que, aunque es un bastante macarra, se estaba derrumbando en un rincón.
_ Pero es que no me obedece -me dijo
_ A mí tampoco -le repliqué
_ Y me insulta
_ A mí también
_ Y llega tarde a casa
_ Al centro viene siempre tarde
_ Y no lo quieren admitir de nuevo en la escuela
_ Lo sé
_ ¿Qué puedo hacer?
_ Quererlo. Yo lo quiero. Tú también puedes quererlo.

Y allí me pasó una cosa muy rara, porque a la señora le empezaron a caer unas lágrimas extrañas, que no le modificaban en absoluto la cara, pero la que veía borroso era yo. Y, de repente, no sé por qué, me dio por pensar que las leyes del mundo deberían prohibir que la gente dejara de querer a sus hijos. Sobre todo en Navidad. Y como ya no sabía muy bien qué decir, seguía pensando “ésta quiere abandonar al niño porque no sabe que es Navidad. Si lo supiera, a lo mejor no lo abandonaría”. Pero era un pensamiento bastante estúpido, porque en Mekanissa aquel día no era Navidad.

Al final, acordamos que el niño permanecería en su casa y yo me haría cargo de él durante el día. Lo he tenido esta semana arbitrando partidos de los pequeños y ayudándome a cambiar interruptores y cristales (estoy inmersa en una furia sin precedentes por el bricolage). Me sigue a todas partes como un perrillo, y, cuando se aburre, se dedica a desatascar los grifos. Ayer volvió a intentar por su cuenta que lo admitieran en la escuela y, mira por dónde, el maestro se apiadó de él y vuelve a estar escolarizado. A su madre le he mandado una docena de huevos y un kilo de café, en pago por los servicios prestados por G. esta semana. G. ha dicho que se había puesto bastante contenta (supongo que el champán lo descorchará en otra ocasión).

Es un poco lo que pasa con la Navidad aquí. Que a veces, de tanto echarla de menos, de tanto prescindir de ella, no te das mucha cuenta cuando llega.

Dic 25

CUENTO DE NAVIDAD (PARA NIÑOS)

La llegada de los Magos había roto por completo la tranquilidad de la noche. Algarabía de asombro y alegría en las calles oscuras. Dentro del portal, sin embargo, reinaba el silencio. El Niño dormía. Los Magos, de rodillas, murmuraban oraciones en una lengua extraña. La Madre, algo azorada, velaba el sueño de su Hijo. El Padre, a su lado, no acababa de creerse todo lo que había visto y vivido aquella noche. En el umbral de la amplia puerta, una veintena de pastores trataban de abrirse paso a discretos codazos para ver al Niño de cerca.

La Madre miraba con ternura a aquellos hombres de monte que habían caminado varias horas para conocer a su Hijo. Por primera vez, habían dejado sus rebaños en el monte para venir a contemplar un milagro que no acababan de comprender.

De repente, entre los rostros curtidos por el sol, le pareció ver una luz. Dos luces. Dos ojos oscuros, encima de la sonrisa más blanca que jamás había visto. Un rostro menudo que se confundía con la noche. Y otro más. Y otro. Parecían niños, pero ella nunca había visto niños tan oscuros. Uno se había subido a hombros de otro, para ver mejor, mientras el tercero, bueno, la tercera, daba pequeños saltitos intentando superar los fornidos hombros de los pastores.

La Madre se levantó y, no sin antes dar un pequeño vistazo a su pequeño, se abrió paso entre los pastores que, con gestos de asombro, hicieron un pequeño pasillo, al final del cual quedaron los tres niños, sorprendidos y algo avergonzados. Temblaban.

_ Venid dentro, los animales os darán calor también a vosotros - les invitó la Madre y, cogiendo a la niña de la mano, recorrió de nuevo el pasillo abierto entre los pastores hasta el pesebre donde dormía el recién nacido.

Los niños, todavía asombrados, la siguieron y, sin decir nada, se sentaron en una esquina. El más mayor de los tres se llamaba Tesfaye que, en su lengua, quería decir “Mi esperanza”. Vestía un curioso mono de esquiar que, seguramente, había pertenecido antes a un niño que sí sabía lo que era esquiar. Las perneras estaban cortadas a la altura de las rodillas. Tesfaye no sabía por qué. Unas chanclas completaban la extraña indumentaria que atraía los comentarios de los pastores, que tampoco sabían lo que era esquiar.

El otro niño era un poco más pequeño, de unos cinco años. Se llamaba Hulumayew. Quería decir “He visto todo”. La madre de Huluayew era ciega, pero le gustaba recordar todo lo que había visto de pequeña. Hulumayew llevaba un pantalón corto y una camiseta de manga corta, con capucha. Ambos de incierto color marrón, porque a Hulumayew le encantaba jugar con la tierra.

Tarikua, la niña, miraba sobre todo a la Madre. Como ella no tenía, le parecía que aquel Niño era muy afortunado. Era una Madre muy guapa, pensaba Tarikua, mientras trataba de tapar los agujeros de su raída falda.

Entre los pastores comenzaba a cundir el descontento y la envidia. Aquellos extraños niños habían llegado los últimos, y, mira por dónde, ya estaban en primera fila. Los Magos seguían con sus oraciones, ajenos a los cuchicheos que alcanzaban un volumen creciente.

_ Míralos, qué mal vestidos
_ Sí, y solos, de noche, sin padres, qué irresponsabilidad
_ Y ni regalos han traído, menuda cara…

De pronto, Tesfaye se levantó, con energía.
_ No es verdad, sí que hemos traído regalos

La Madre lo acalló con un gesto.
_ No tenéis que traer nada. No hace falta. Ya lo han traído los demás. No os preocupéis
_ Pero es que sí que hemos traído algo – reafirmó Tesfaye
_ Bueno, pues que se lo den de una vez – espetó uno de los pastores de la segunda fila

Tesfaye se acercó al pesebre, despacio.
_ Mira, Niño, lo que te he traído. Una muñeca. La encontré en un basurero. Es que no sabíamos que podríamos llegar hasta Tí -explicó con embarazo – pero ya verás, ¡está casi nueva!

La Madre tomó la muñeca. Era la muñeca más fea del mundo, toda despeinada, sin un brazo y con un solo ojo. La Madre la cogió con mucho cariño, porque sabía que cada muñeca tiene su alma, y que no todas las muñecas son bonitas. La Madre sabía que en el mundo hay muchas muñecas sin ojos, y sin brazos, y sin voz. Colocó la muñeca en el pesebre, junto al Niño, que empezó a chupar con deleite uno de los pies de la muñeca.

Todos miraron al niño pequeño, que dio un paso al frente y, con voz temblorosa, dijo:
_ Yo te he traído estas piedras -y abrió su pequeña mano, dejando ver seis piedras de colores brillantes- son las piedras más bonitas que he podido encontrar -explicó orgulloso- y con ellas podrás jugar a un montón de cosas, ya verás. Si quieres, yo te enseño en cuanto crezcas-, acabó, y dejó las piedras a los pies del niño, que las miraba encantado. Una era un trozo de ladrillo, y otra estaba hecha de sal. Dos tenían el brillo de las piedras de río, y otra era una piedra manchada de pintura roja. La última era casi transparente, como un trozo de cristal.

_ Mi regalo no es para tí, Niño -empezó Tarikua- sino para tu madre. Es un amuleto -explicó, quitándose del cuello una pequeña bolsa de cuero -en mi país dicen que da fortuna a quien lo lleva. Señora -dijo, dirigiéndose a la Madre- espero que usted viva para siempre, para que pueda darle al Niño todos los besos que necesite -completó.

La Madre cogió el trozo de cuero. Sabía que ahí dentro estaban todas las ilusiones de la niña, la poca fortuna que había tenido en la vida. Se lo colgó al cuello con una sonrisa y besó a la niña que, despacio, volvió a su rincón.

Los pastores miraban estupefactos la escena. ¿Cómo podía alguien llevar semejantes asquerosidades como regalo al Rey de Reyes? ¡Qué desfachatez la de aquellos niños! De nuevo, murmullos de indignación en el umbral de la puerta.
_ ¡Piedras!… Los magos, al menos, han traído oro, pero piedras… ¡A quién se le ocurre!
_ Y qué muñeca más horrible, si hasta le falta un ojo…
_ Amuletos, brujería… todo superstición inútil…

_ Con la de gérmenes que tendrán todas esas cosas, a ver si el niño se las va a meter en la boca y vamos a tener un disgusto…
Los pastores no se habían dado cuenta, pero la Madre no perdía palabra de lo que decían. En un momento dado, alzó la mano, pidiendo silencio:
_ Niños, mi hijo y yo os damos las gracias. De corazón -añadió, mirando de reojo a los pastores, que callaron, avergonzados-, porque de corazón nos habéis hecho vuestros regalos. Tal vez la gente no se acuerde de estas bonitas piedras, o de esta muñeca tan sabia, o de este amuleto de esperanza, pero no os preocupéis, porque ni mi Hijo ni yo olvidaremos vuestra ofrenda.

Sin saber muy bien por qué, Tarikua, Tesfayw y Hulumayew sintieron por dentro un calor muy bonito, que les hizo olvidar el frío de la noche. Era la sonrisa del Niño, que les iluminaba el corazón.

—————————

Las agujas del reloj marcaban las diez de la noche. El encargado del enorme centro comercial apagó la luz de su oficina. Su mujer, sus hijos y sus suegros le esperaban en casa para cenar, mientras veían el especial de Navidad en la tele. Había sido un día muy atareado, con cientos de clientes que corrían apresuradamente buscando los últimos regalos de Navidad para esa tía que vivía en una residencia para ancianos (qué sorpresa se iba a llevar con ese nuevo pañuelo -el décimo en los últimos diez años- para su desvencijado cuello) o el hijo, ingeniero, que había venido de Londres en el último minuto (“qué le compro, si es que ya tiene de todo”, se oía murmurar en las tiendas).

El encargado echó la llave de la oficina y recorrió los pasillos, apagando las luces, colocando aquella guirnalda caída y asegurándose de que todas las tiendas estaban cerradas y bien cerradas. Ensimismado en sus pensamientos como estaba -seguro que su suegra recordaría con nostalgia esa receta de cardo que nunca quería preparar, pero que era indudablemente mejor que la que su mujer había cocinado con esmero-, se paró inconscientemente delante del Nacimiento montado en el recibidor central del edificio. Este año se había superado a sí mismo, comprando preciosas figuras de escayola y recubriendo la escena con musgo de verdad. Había tenido que conducir dos horas en el puente de Todos los Santos para llegar al monte y coger el musgo, cuyo perfume se resistía a morir entre las fragancias que los dependientes pulverizaban en las distintas tiendas.

Y, de repente, los vio. Tres muñecos de tosca plastilina, en una esquina del portal de escayola. El encargado esbozó una mueca de disgusto ante los trocitos de raída tela que cubrían las primitivas figuras, con caras marrones y pelo hecho con alambres rizados, recubiertos de lana negra. “Desde luego”, pensó, “la gente es que no respeta nada”. Y recordó haber visto rondando por el centro al hijo de una de las limpiadoras, Sara, que era de Cabo Verde. O de Eritrea. El encargado no se acordaba. Distinguía a las limpiadoras entre “colombianas”, que hubieran podido ser de México o de Perú; “marroquíes”, todas aquellas que no llevaban pantalones; y “africanas”, desde el Sáhara hasta Ciudad del Cabo. Intentaba adaptarse a los nuevos tiempos, y jamás usaba las palabras “negra” o “mora”.

Iba ya a tirar los muñecos a la basura, pero en el mismo ademán de coger a la que parecía una niña (llevaba falda), quién sabe por qué, le dio apuro. Como vergüenza, allí, en la soledad del centro comercial vacío. Ya arreglaría el Belén el 26, se excusó consigo mismo, mientras advertía algunas pequeñas piedras tiradas aquí y allá alrededor del mofletudo Niño Jesús. “Total -reconoció para sus adentros-, la gente está tan ocupada comprando, que no creo que nadie se haya dado cuenta”.

Apagó la última luz, echó la verja, y se dirigió a su casa. Sin saber muy bien por qué, una sonrisa así como tonta le nacía entre los labios.


felicitacion 09 español

Dic 16

YAMEREBESHAL

Hoy hemos concluido la semana cultural decretada por el gobierno para todas las escuelas. Básicamente se trata de una exaltación de los distintos aspectos que componen la cultura etíope, especialmente en lo relativo a diversidad étnica.

Hoy era el gran desfile final, y lo primero que hemos hecho ha sido adoptar el más puro espíritu etíope: por una chorrada de fiesta, hoy nadie ha trabajado. Porque sí. No había seveñá en la puerta, no había cocineras en la cocina, las maestras pasaban de los niños y la gente que debía trabajar en la cadena de producción de la escuela técnica ha decidido que hoy no tocaba trabajar. Todo muy abeshá.

Al margen de esto, la gracia del día es que todo el mundo ha venido vestido de una etnia distinta. Me too. ¿De qué me he vestido? Adivinen, adivinen… Bueno, que no tiene mucho misterio. Obviamente, me he vestido de komche . Me compré la tela en el Gulit de mis amores y uno de los sastres que tienen allí el puestillo me cosió un vestido a medida, verde con flores blancas. Luego me he calzado los mítico Kongo Chama (zapatos negros de plástico), foulard negro en la cabeza, crucecilla al cuello, pertinentes tatuajes tribales pintados con eye-liner, y a triunfar. La mejor parte es que la Santa Infancia me ha confeccionado un hato de leña, como las señoras que recogen la leña en Entoto para venderla (que es de lo más Komche que se puede hacer en la ciudad). Y allí he ido yo todo el día, con los pies pre-cooked (y repitiendome a mí misma “las uñas de los pies están sobrevaloradas, no las necesitas, no las necesitas”) y mi hatillo de leña a la espalda, que voy llena de cardenales (la Santa Infancia se ha emocionado y me ha cargado con unos diez kilos de leña).


yamerebeshal

Creo que puedo reivindicar humildemente el hecho de haber sido la primera komche de la historia con sujetador de Calvin Klein (realmente, ése era el puntazo, pero nadie se ha dado cuenta) y móvil. Las madres de la Santa Infancia, cuando me han visto, no podían parar de reír. K. me ha dicho que su madre tiene mis mismas medidas, por lo que le podría regalar el vestido si no lo voy a usar más.

Decidido: el año que viene, me visto de seveñá.

P.D: El título del post es lo que me decía hoy todo el mundo. Viene a querer decir “estás priciosa”.

Dic 04

APUNTES DE CONDUCTA

La Santa Infancia, como espero se deduzca de este blog, es un colectivo intrincado y apasionante. Casi tanto como las Juanis españolas. A esta Santa Infancia también la observo con pasión, y hoy os ofrezco un elenco de cosillas curiosonas que hace la Santa Infancia:

. Escupitajo y se acabó: La Santa Infancia, como ya he comentado alguna vez, se ducha semanalmente. No es la frecuencia más idónea, pero es lo que hay por el momento. En el modo de lavarse se parecen bastante a las demás personas del mundo mundial, salvo que se rascan todas las partes del cuerpo con las uñas porque, duchándote una vez a la semana, la roña está bastante enquistá y cuesta sacársela. Lo llamativo es que, antes de vestirse, lo último que hacen es escupir. Es extraño, porque normalmente sólo escupen cuando algo les da asquito. Y cuando acaban de ducharse. Y allí entro yo, rauda y veloz, con la fregona, recogiendo japos. Por algo fui a universidad de pago.

. La boca, ese gran contenedor. Muchos de los vestidos de la Santa Infancia carecen de bolsillos. Y de botones. Y de cremalleras. Y de dobladillos. Pero de esto hablaremos otro día. El caso es que, como no llevan bolsillos, si tienen que guardarse algo importante, como una moneda, pues no saben muy bien qué hacer. Lo más lógico sería en los calcetines. Pero tampoco tienen calcetines. Y entonces se lo meten en la boca. Como digo, no para chuparla (la moneda), sino para guardársela. Pueden pasar varias horas con ella en la boca. ¿Las lombrices? Hija, vienen de París.

. La pandilla basura. La Santa Infancia nunca da nada por inútil. Nunca tiran nada a la basura. Todo puede servir para algo. Una suela de zapato, un boli roto, un vaso descascarillado… Nunca sabes para qué te va a servir. Y ya no es que no tiren nada, es que lo recogen todo. La verdad, es un coñazo, porque te pasas la vida remetiendo mierdas en las papeleras, que luego la Santa Infancia vuelve a sacar y, cuando se cansan, tiran por ahí para que otro la recoja. El otro día me encontré seis veces en el patio de recreo el mismo zapato roto. Seis veces.

. Aire para respirar. La Santa Infancia es un colectivo muy afectuoso. Esto lo decimos cuando tenemos el día positivo, pero es más realista decir que son un poco agobiantes. De vez en cuando les dan arranques de cariño y te dan unos besos de esos que se quedan cinco minutos con los labios pegados a tu mejilla, haciendo fuerza hasta que se te duermen los carrillos. Lo curioso es que, cuando se despegan, hacen ¡ah!, como si se hubieran bebido una Coca Cola en un anuncio de los ochenta. Es como si cogieran aire y te preguntas si tú también hueles tan mal que tienen que contener la respiración cuando están cerca tuyo.

. Ni medio lleno, ni medio vacío: a rebosar. Cuando la Santa Infancia (y los etíopes en general) llenan un vaso de lo que sea, siempre lo llenan del todo. Hasta el borde y más allá. Resultado: el líquido (agua, café, Mirinda…) siempre, siempre se te cae cuando coges el vaso. Es una costumbre bastante molesta y, en mi humilde parecer, sin demasiado sentido.

Y hasta aquí lo que más me ha llamado la atención de entre todas esas pequeñas cosas que los hacen únicos, vivos y diferentes (y algo raritos). Al menos para mí.

Nov 25

ELIGE TU PROPIA ADOPCIÓN (EL DESENLACE)

Queridos mamá y papá:

Soy Addisu, el niño que adoptasteis entre Jean McMillan (Escocia, 2004) y Elisabetta Giacomelli (Firenze, 2006), es decir, el décimo cuarto de vuestros veintidós hijos. La Paramount me ha pedido que os escriba para recordaros que, desde hace dos meses, vivo en una de las caravanas del rodaje de Mr. and Mrs. Smith 2, Back to the Game. Dicen, también, que os mencione que, según la cláusula adicional redactada expresamente para los contratos de vuestras seis últimas películas, no podéis dejar niños esparcidos por los rodajes. No quieren que vuelva a suceder lo que le pasó a Chuen Li de la Santa Cruz, que os la olvidasteis en el rodaje de Mother Teresa, Stronger than Love (película que le valió a mamá el tan merecido Óscar), y acabó en casa de Woody Allen. Dicen que ahora sólo lleva ropa Made in Mongolia, expresamente manufacturada para el Soho de Brooklin.

Según ellos, os habéis liado y os habéis llevado al hijo de la cocinera caboverdiana en mi lugar. La señora está preparando acciones legales, aunque yo ya les he dicho que no lo hacéis con mala intención, que es sólo que a papá le cuesta contar números de dos cifras, y que del diez en adelante se pierde (de hecho, él siempre dice que tiene nueve hijos, a pesar de que mamá le obligó a tatuarse los nombres de todos en los riñones, que si un día le tienen que operar con epidural, se la tendrán que poner en los juanetes del pie).

No os preocupéis, porque estoy bien. A pesar de que el catering se cerró hace seis semanas, cuando acabaron de desmontar los decorados, el vigilante jurado me trae hamburguesas todos los días. Con esto quiero deciros, que podéis acabar con tranquilidad vuestra visita humanitaria a los pueblos hinuits de Finlandia antes de venir a buscarme. Sé que liderar la Humanidad es un trabajo importante, y no quiero que mamá se distraiga. He oído que pasaréis por Dubai, para dar ánimo y esperanza a los pobres jeques árabes, y sólo quiero reiteraros que contáis con todo mi apoyo. Como mamá nos dice siempre, la gente que se viste con algo que no es de Prada (que los hay en el mundo), necesita todo nuestro cariño y atención. De hecho, rezo todas las noches por Helena Bonham Carter.

Los abogados de la Paramount me encargan también que os diga que vuestra solicitud para adoptar a los hijos de Michael Jackson ha sido denegada. Madonna se os ha adelantado. Ellos tampoco se explican muy bien cómo le han dado otra idoneidad sólo seis meses después de adoptar a ese modelo jamaicano de veintidós años. Lourdes María está que trina, porque, a este paso, sólo le va a quedar como herencia una Mini Pimer (y la Epilady, por supuesto).

Y nada más. Sólo que vengáis a buscarme cuanto antes, porque las rastas que me hizo mamá se me están pudriendo y, de vez en cuando, salen bichos de ellas. Sé que no es culpa de mamá. ¿Cómo iba ella a saber que el estiércol como moldeador de cabello tiene estos efectos secundarios?

Dadle recuerdos de su madre al niño caboverdiano. Y dejad de llamarlo Addisu, que no soy yo.

Vuestro hijo, que os quiere:

Addisu do Rio Incantato (qué suerte que mamá estuviera visitando las Favelas cuando decidisteis adoptarme)

P.D: Por si alguien lo duda, los ganadores fueron la familia Jolie-Pitt

Nov 17

INTERRELIGIOSIDAD

Como tengo poco curro, y me siento un poco Borja Thyssen desocupá, pues este año me he cogido un grupo de catecismo. Sí, en el programa semanal de la Santa Infancia figura también el catecismo. No sabría definir muy bien a qué iglesia estamos adscritos, pero catecismo tenemos.

Yo tengo el grupo de 3º y 4º de Primaria. En amárico, el catecismo se llama Lección del Espíritu. Toma ya. Por el momento, no me va mal del todo. Me preparo las lecciones preguntando a los niños mayores, y uno de ellos me hace de asistente y así, si digo alguna burrada, me corrige (antes de corregirme, aprovecha y me da un codazo). Básicamente, se plantea un tema y cada uno dice lo que le parece. Hasta ahora hemos hablado del Bautismo y de la señal de la Cruz, y ellos no sé si habrán aprendido algo, pero yo, un montón. Este es uno de los problemas que estoy enfrentando: mis catecúmenos saben mucho más que yo. Yo, por ejemplo, con el signo de la cruz, les dije:
_ Y así, primero nos llevamos la mano a la frente, luego al estómago…
_ Noooo!!!!!
_ ¿Eh? -codazo de mi asistente
_ ¡No es el estómago, es al corazón!

Coño, pues va a ser que tienen razón. A veces me pregunto quién me excomulgará antes, los católicos o los ortodoxos. Yo, por si acaso, hago un catecismo muy ecuménico. Tanto, que casi me están convenciendo de pasarme de bando. La fe ortodoxa es apasionante. El día del bautismo me explicaron un montón de cosas de los bautismos ortodoxos. Por si no fuera bastante con los nombres que exhiben habitualmente, en el bautismo les dan otro más, para que vayan sobraos en lo que a identidad se refiere.

Además de cuestiones puramente religiosas, obviamente tratamos el tema de la convivencia entre religiones. La Santa Infancia es muy tolerante con los cristianos en general (nótese que, siendo ortodoxos, frecuentan un centro católico), pero con los musulmanes les cuesta más. Un día les preguntaba Brother House (que también da catecismo):
_ Porque, ¿vosotros creéis que Dios está en las iglesias ortodoxas?
_ Síííí´!!!!
_ ¿Y en las católicas?
_ Síííí!!!!
_ ¿Y en las iglesias protestantes?
_ Síííí!!!
_ Y Dios, ¿está en las mezquitas?
_ Noooo!!!!

Y ahí nos quedamos muertos Brother House y yo, porque no nos habíamos dado cuenta de que la Santa Infancia tenía esa vertiente intolerante, ciertamente preocupante en un país con un 30% de musulmanes, y creciendo día a día. Y ahí vamos, intentando convencerles de que, aunque le cambien el nombre, Dios es el mismo pá tós (menos para algunos gays, que es Kylie, y para mí, que a días es Alanis Morrisette ).

Nov 13

CABELLOS AFRICANOS

Sé que entre el colectivo adoptante el tema “pelos” es un asunto bastante espinoso (obsérvese cómo evito el obvio juego de palabras “pelo-peliagudo”). Porque si hay algo que nos diferencia de los abeshás, amigos, es nuestro cabello. Decídmelo a mí, que me es imposible encontrar un champú que no me deje el pelo chorreando aceite, que parezco un gladiador (se ve que los indios y los chinos también tienen el pelo muy seco, y los champús fabricados en ambos países intentan compensar estas carencias).

Para la Santa Infancia, el pelo también es un tema importante. Cuando eres pobre como las ratas, intentas conservar lo poco que tienes, que en este caso es pelo. Básicamente, las mamás gueter lo que hacen es rapar a sus hijos con una cuchilla nada más nacer y durante los primeros meses de vida, para que el pelo se fortalezca. Cuando comienza a salir que pincha, lo dejan crecer.

Para hidratar y peinar esa maraña de pelo, utilizan distintos productos, siendo los más populares la vaselina líquida o parafina. Además, una vez a la semana se untan mantequilla en todo el pelo, se ponen una bolseta de plástico y se lo dejan así varias horas, para que absorba. La bolseta, además, permite al resto de la población continuar con sus actividades cotidianas, dado que la mantequilla tradicional que se usa para estos menesteres a.p.e.s.t.a. y, de no mediar la bolseta, resulta humanamente imposible permanecer a menos de diez metros de la cabeza untada. De hecho, normalmente, las escuelas prohíben a sus alumnas entrar en clase con la mantequilla puesta, porque así no hay quien enseñe.

Los que son un poco más apañados, de vez en cuando sustituyen la mantequilla por una mascarilla que huele muy bien a base de coco que venden en todas las tienduchas del barrio. Pero sólo de vez en cuando porque la mantequilla es el abc del cuidado capilar abeshá y nadie renuncia a ella, ni siquiera la gente con posibles.

Como se puede deducir, entre vaselinas, mantequillas y cocos, lo que tienen es una película de grasa que luego, en la ducha, resulta imposible de quitar. Para lavarse el pelo utilizan jabón tipo Lagarto. Hay que frotar bastante hasta que consigues abrir una grieta en la capa de grasa preexistente, pero una vez que empieza a hacer espumilla es un gustazo masajearles el pelo. A mí me relaja un montón.
Y luego, una vez lavado y vuelto a untar de nuevo, queda ya a la habilidad de cada quien el trenzarlo con mayor o menor fortuna. Una cosa muy frenji es hacerte trenzar los pelos cuando vienes a Etiopía. Yo le veo varios inconvenientes:
1. Es un coñazo destrenzarlos
2. En las cabezas frenjis, las cosas como son, queda bastante mal. O tienes una buena mata, o se te ve demasiado el cuero cabelludo blanco.
3. DUELE. Para hacer las trenzas, la Santa Infancia tiende a pasarse tirando (si se afanan, te resultará difícil cerrar los ojos después). Más allá de que pierdes media mata en el proceso de trenzado (a tí nadie te rapó cuando eras cría), duele que te cagas.

Un problema común a frenjis y abeshás son los piojos. En el caso del pelo abeshá, cuando pillan piojos, las opciones se reducen básicamente a…¡bienvenida señora cuchilla! Es muy, muy difícil conseguir sacar todos los piojos y huevos de una buena mata de pelo abeshá. Yo sólo lo he logrado una vez, y tuvimos que hacer turnos con las niñas mayores para liberar a nuestra pobre A. de sus molestos visitantes.

Como veis, el cabello africano es fuente inagotable de entretenimiento y emoción. A algunos miembros de la Santa Infancia, la vida les ha dado sólo eso: pelo. Un pelo precioso, eso sí.

Oct 31

DE VISITA

Hay un juego de corro muy cuco que la Santa Infancia practica con cierta frecuencia. No es nada del otro mundo, pero a mí me encanta. Básicamente, hay uno que se queda en el centro del corro, parándola. El resto, gira a su alrededor mientras canta: “vámonos, vámonos al bosque a ver si han venido las hienas. Hiena, ¿estás ahí?”
Y entonces la hiena contesta: “Sí, estoy”
_ ¿Y qué estas haciendo?
Y ahí cada uno dice lo que le da la gana. Normalmente, las hienas son gente bastante hogareña, que se lava la cara, prepara la comida, barre su casa o se peina el pelo. Hasta que, después de tres o cuatro veces de cantar la cancioncilla y preguntarle a la hiena por su actividad presente, ésta contesta: _ ¡Estoy comiéndoos a todos! Y los incautos excursionistas cantarines rompen a correr. Al que pilla la hiena, es el que la paga la siguiente vez.

¿Que por qué me gusta? Pues porque la cancioncilla de vayámonos al bosque a ver si están las hienas me encantaría cantarla en Dónde Estas Corazón o en la recepción de la COPE (por lo de las hienas). También es un juego que me da un poco de rabia, porque a mí, cuando la paro y me preguntan “¿qué estás haciendo?”, me encantaría responder “estoy releyéndome la Larousse” o “estoy rizándome las pestañas”, pero lo de la Larousse no lo iban a entender y no sé cómo se dice rizar en amárico. Y así, me conformo con decir, “me estoy tirando un pedo”, imito una pedorreta y nos meamos todos de la risa. Para algo tuve dos asignaturas de guión televisivo y cinematográfico en la universidad: la pedorreta nunca falla como gag.

Oct 28

REFUGIO

Hay un trozo de mi camiseta donde a veces se refugian los niños que no saben adónde ir. Es la parte baja, el dobladillo, a la derecha de mi espalda. Se agarran ahí, y, simplemente, me siguen. Se adaptan a mi ritmo, giran cuando yo giro, se paran cuando yo lo hago… A veces no me doy cuenta de que llevo colgando un piojo de quince kilos.

Hay quien ha pasado allí horas. Otros días, e incluso semanas. Saben que no pueden quedarse indefinidamente, porque es un lugar bastante concurrido. Pero les gusta. A mí también.

Refugio

El momento dobladillo es una de las fases que atraviesa la Santa Infancia en ese vadear suyo por las aguas de la pobreza, en ese despertar, encenderse, aprender a vivir al que asistimos cotidianamente. Es apasionante ver cómo cambian durante las primeras semanas. A veces no te das ni cuenta, y, de repente, un día te preguntas desde cuándo sonríe H. o cuándo perdió Y. ese aire de niño perpetuamente enfermo que le caracterizaba. A veces, también, te preguntas dónde está el interruptor de apagado, porque hay plantas que florecen tan espectacularmente, tan sin control, que te cuesta asimilar su belleza, su energía (y su constante necesidad de alguien que atestigüe y celebre todos y cada uno de sus progresos).

Y, a veces, si la burbuja explota o su mundo se tambalea, se vuelven al dobladillo, como quien retoma el chupete olvidado, como quien busca la seguridad de un trozo de tela deformado. Como quien sufre.

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