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Posts Tagged ‘Etiopia’

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jun 22

    Cuando llevamos ayer a Z. a la clínica, en la habitación, se produjo un momento de gran belleza plástica. Ella, en la cama, brillante, con la mirada lúcida de los que ya lo han aprendido todo, en brazos de su madre, con su padre y sus hermanos al lado de la cama.

Como una Piedad.

La Piedad

Detalle: en las representaciones de la Piedad, el Cristo está muerto.

Esta noche se ha completado el cuadro.

Hoy, la Santa Infancia y yo estamos muy, muy tristes. Porque se nos ha ido Zewde.

jun 18

TRIBUS URBANAS: LOS SEVEÑÁS

    En Etiopía todos los recintos y edificios tienen su correspondiente guardián (o guardianes, si el recinto es grande). En amárico, se les llama seveñá. Lógicamente, entre los seveñás hay de todo, pero la variedad no es tan divertida como el tópico.

    El seveñá medio tiene más de sesenta años, funge como soldado o policía retirado y presenta distintos niveles de discapacidad física y/o intelectual. Suele ser analfabeto, y le encanta escuchar la radio. Ocasionalmente, le da al drinking.

    Los seveñás visten de forma curiosa. De día, pueden parecer normales (pantalones, camisa, zapatos más o menos originales). De noche… de noche es cuando verdaderamente se liberan. La noche del altiplano abisinio, en contra de la opinión generalizada en Europa, es fresqueta. Vamos, que hace rasca. Y ahí los seveñás sacan lo mejor de sí mismos: abrigos hasta los pies, botas militares con calcetinetes hasta la rodilla por encima de los pantalones, gorros de piel heredados del Zar Nicolás y, por supuesto, el gabi* coronando las diez capas de ropa. Parece milagroso que puedan moverse con tanta ropa encima, pero lo hacen. Cubren absolutamente cada pulgada de su cuerpo con al menos cinco centímetros de tejido (si es lana, mejor). Sólo se les ven los ojos. De noche, a una cierta distancia, es imposible adivinar si están de espaldas o de frente, porque son como un muñeco inflable, totalmente amorfos.

    El complemento por excelencia del seveñá es la goma: un trozo de manguera que llevan en la mano para cascar al que se tercie. Los más atrezados llevan hasta bastón, pero al seveñá medio, con la goma le basta. Nuestros seveñás son bastante variopintos. Tenemos una decena, y al que no le falta un ojo, tiene media cara paralizada por un ictus, cojea o está como unas maracas. Hay un par que hablan solos bastante a menudo. Más o menos normales tenemos dos. Hay uno que además no es feo y es bastante simpático, que la Santa Infancia dice que es una pena que esté ya casado, porque si no -dicen- sería ideal para mí. Saben que busco un hombre de provecho.

    Es bastante típico de los seveñás que, de vez en cuando. se presenten borrachos al trabajo. Entonces se meten en su garita y no los despierta ni el Apocalipsis. Es bastante típico también que vayan con un transistor pegado a la oreja, un poco como los jubilados españoles. Sólo que el seveñá lleva este transistor a todo volumen cuando pasea por debajo de tu ventana a las tres de la mañana, y es un gozo escuchar las emisoras ortodoxas a esa hora.

    Pero lo más característico del seveñá es su sabiduría. Porque, amiga, un seveñá no sólo custodia el recinto, no. Un seveñá lo mismo te descuartiza una oveja que te aconseja sobre un drama familiar. Un seveñá, reina, te soluciona la vida. Nosotros aprovechamos a fondo esta infalibilidad, especialmente Brother House, que les pide consejo sobre los temas más variopintos: desde si ese dedo marchito puede ser lepra hasta el tiempo adecuado para sembrar tomates en el huerto. El seveñá es como el libro gordo de Petete en versión iletrada. Y esto no sólo lo pienso yo. Que los seveñás tienen siempre razón lo saben hasta los niños de pecho. Lo saben hasta los propios seveñás. Yo puedo tener opiniones más o menos fundadas, más o menos válidas, en base a mi cualificación universitaria y a mi variado curriculum laboral, argumentos ambos totalmente vacuos ante la autoridad del seveñá. Porque en ciertos asuntos, amiga, se hace, simplemente, lo que dice el seveñá. Y si te gusta bien, y si no, hazte seveñá y podrás opinar.

    A pesar de mi aparente disciplencia hacia el colectivo, no vayan ustedes a creer que no los tengo en consideración. Dios me libre de enemistarme con los seveñás. El otro día les compré chupa chups para todos. Porque ellos lo valen (y lo saben).

    Gabi: Netelá, versión masculina. El tejido es más grueso y el chal más grande.

jun 16

EN OTRA PARTE

    Que te crezcan una especie de arbolillos en el culo, tiene su gracia, por aquello de nació con una flor en el culo y demás. Que, después de un breve vistazo, la Doctora te diagnostique sin ningún tipo de dudas una dolencia que viene en todos los libros bajo el epígrafe Enfermedades de Transmisión Sexual, comienza a ser algo sórdido. Que tengas nueve años cuando todo esto acontece, es de una tristeza insondable. A veces, como decía Ismael Serrano en una canción, parece que la vida debe estar en otra parte. Tiene que estar en otra parte.
Hace ya algunos años, este mismo cantautor escribió una canción sobre muchas niñas etíopes. Es ésta:

    Ah, ¿que Ismael Serrano nunca ha estado en Etiopía? Será que estuvo en un sitio parecido, y que conoció a niñas que se parecían a M., pero más mayores. Será.

jun 09

NOMINADOS

    Cuando conocí al pequeño Y. hace tres años, se llamaba Ybakal, que quiere decir algo así como “es bastante” o “tengo bastante”. Se ve que su madre pensaba que, con cuatro hijos aportados, había cumplido con creces su deber cívico para con la sociedad como dadora de vida, y expresaba con ese nombre su deseo de ser relevada de esta función. Se ve también que el día de sus oraciones estaba de guardia San Josemaría Escrivá, por lo que, a día de hoy, el pequeño Ybakal es el cuarto de seis hermanos que sobreviven como buenamente saben y pueden.

    Cuando Ybakal llegó a nuestro centro decidió cambiar de vida. Y comenzó por el nombre. Ahora se llama Ybeltal, que suena casi igual y quiere decir “el mejor”. No se acuerda que yo lo conocí cuando todavía se llamaba Ybakal, y está convencido de que todos creemos que, después de parirlo, su madre decidió que era lo mejor que le había pasado jamás y le dio un nombre acorde con su valía personal.

    Ybeltal no es el único que ha cambiado de nombre. El pequeño Yared (nombre de profeta) se llamaba Taschekeg (diste problemas). Ahora, como digo, sigue la estela del profetismo nominal, tratando de olvidar lo que probablemente fue un parto infernal para su madre.

    Al orfanato de la Doctora llegó hace algún tiempo Selasebeum (porque no lo pensé). Esa misma tarde figuraba en los papeles como Philipos (Felipe). A Tewalegn (le dije que no me tocara) no nos hemos atrevido a cambiarle el nombre, pero hubiéramos debido animar a su madre a hacerlo en cuanto llegó. Sólo que estábamos demasiado ocupados curándole su malaria de gueter y su pulmonía.

    El pequeño Hulumayew tiene un nombre precioso: he visto todo. Su madre tiene un raro sentido del humor. Además de graciosa, la madre de Hulumayew es ciega.

    Entre los cuatrocientos niños que componen la Santa Infancia, el nombre más popular, con ocho adeptos, es riqueza y sus derivados (rico, mi riqueza, su riqueza). Estamos petados de Haftes y Haftamus (o Habtes y Habtamus, que cada quien lo escribe como le sale del interior). Hasta una Hafta tenemos, y eso que es un nombre que no suele verse en niñas. Entre el sector femenino, gana por goleada Tiggist (paciencia), seguida de cerca por Abeba (flor) que, a decir verdad, son nombres que no denotan un gran alarde de imaginación. A mí, particularmente, el nombre que más me gusta es Tesfalem (la esperanza del mundo). Me parece todo un augurio. Una lástima que a nuestro Tesfalem todo el mundo lo llame Abiti, que es un diminutivo cariñoso que se usa mucho para los niños pequeños, y al que responden indistintamente todos los niños menores de diez años.

    La riqueza nominal etíope, como puede intuirse, es amplia como la vida misma. De hecho, les cuesta concebir un nombre sin significado. Tanto es así, que la Santa Infancia suele modificar los nombres de los frenjis que conoce para darles su correcto significado. Yo, por ejemplo, tengo un nombre completamente normal, con su onomástica y todo. Todo el mundo tiene una tía que se llama como yo. La Santa Infancia, ya desde un primer momento, acortaba una de las vocales del nombre. La palabra resultante quiere decir “ella fue olvidada” o, con una levísima variación en una de las vocales, “dejad que ella olvide”. De hecho, al principio, me consideraban una persona bastante desgraciada y solitaria, y hubo quién me preguntó por qué yo tenía un nombre abeshá en vez de uno frenji.

    Han elaborado todo tipo de teorías sobre mi nombre, resultando la más plausible la que cuenta que yo he acabado aquí cuidando niños porque todo el mundo se había olvidado de mí en mi ciudad natal. No me he atrevido a contradecirlos.

jun 07

OPERACIÓN COLLAR

    La pequeña G. acabó de darse cuenta de que algo no iba bien cuando su madre le estrelló una taza en la cabeza. Porque hasta en la desgracia hay grados, y la pequeña G., que es una persona bastante inteligente, sabe que una cosa es ser pobre y otra estar mal de la cabeza. El día en que la vajilla de la familia de G. voló de lado a lado de la chabola, los rumores que la madre de G. oía en su cabeza se habían transformado en alaridos.
    La mamá de G. tiene un marido borracho, las ya mencionadas voces en la cabeza y cuatro hijos maravillosos que la quieren contra viento y marea. En aquellos días aciagos para la familia de G., hicimos en clase un collar de cuentas de plástico. Cuando fui a anudar el collar de G. a su cuello, se negó:

  • _ Yo se lo regalo a mi madre, que ya verás que así se cura.

    Tengo que decir que esta idea denota en G. una iniciativa inusual por estos lares, dado que lo más normal es confiar tus penas al tzebel (aguas benditas) y esperar que Dios resuelva lo que tú ni siquiera intentas resolver.
Al día siguiente, vino G. excepcionalmente contenta.

  • _ Le dí el collar a mi madre
  • _ ¿Sí?, ¿y qué te dijo?
  • _ Me dijo que era gobes (algo así como buena chica), y no sabes lo mejor
  • _ ¿Qué?
  • _ Me dio un beso

    G. no lo sabe, pero ningún niño del mundo debería poder contar los besos que le da su madre. Como esto a G. nadie se lo ha dicho, G. consideró la “operación collar de cuentas de plástico” todo un éxito. El hecho es que, fuera por el collar de plástico, fuera por la medicación que empezó a tomar, la madre de G., poco a poco (muy poco a poco) parece que vuelve a fijarse en esos cuatro pares de ojos que la escudriñan cada día para saber si la jornada vendrá mal o bien.

    Lo que más llama la atención cuando uno trata con G. y sus hermanos es que son niños excepcionalmente bien educados. Si uno no conociera a la loca de su madre (dicho desde el cariño), uno pensaría que son niños educados en Eton. A mí, salvando las distancias y negando las apariencias, me recuerdan a los niños de Narnia. Sé que de vez en cuando les encantaría encontrar un armario en el que meterse.

    Sin armario y sin faunos, la pequeña G. es, a pesar de estas carencias, una niña alegre y muy despierta, que está convencida de que yo curé a su madre. Yo le dije que a su madre la habían curado los médicos y Dios. Dado que médico no soy, la pequeña G. dedujo que yo soy Dios (muérete de envidia, Aída Nízar). Es lo que tiene G., que de vez en cuando te meas de la risa con ella. De las canciones que a veces le canto mientras bailamos como perturbadas, la que más le gusta es Fame. Yo canto una línea, y luego ella la repite.

    Y es que la pequeña G. sonríe siempre, aguanta siempre, espera siempre. La pequeña G. no llora nunca.

    Y, ¿sabes qué?, she´s gonna learn how to fly. Descarao.

jun 03

DECEPCIÓN

    Pensaba que tenía adjudicada la tercera fila de mi ranking, pero no ha sido así. Hoy he tenido la obligación oportunidad de ir al Amanuel Hospital. Para los que no lo sepan (no hay por qué avergonzarse), el Amanuel es el hospital psiquiátrico de Etiopía. El caso es que me apetecía ir, aparte de porque tenía que acompañar a una señora, por completar mi ranking de filas interesantes y/o divertidas, pero no va a poder ser, porque la fila del Amanuel no sólo es aburrida, sino que además es muy, muy triste.

    Yo pensaba que al ser un lugar para enfermos mentales, las historias que normalmente se cuenta la gente en las filas de los hospitales serían de lo más interesantes. Pues no. La gente en la fila del Amanuel está completamente en silencio. De vez en cuando algún grito, algún lloro, algún gesto inapropiado por parte de los enfermos. Nada más. Los familiares no hablan con otros familiares, no te preguntan Where are you from, no te cuentan por qué están allí. La enfermedad mental en Etiopía, al igual que en muchas otras partes del mundo, está rodeada de una fuerte estigmatización social, y esto hace que en la fila del Amanuel todo el mundo adopte tácitamente la táctica del Don’t ask, don’t tell. Te da una cierta tranquilidad, pero le quita atractivo a la fila.

    Además, que tampoco he podido estar mucho en la cola, porque nos han hecho pasar bastante rápido. El Amanuel es un sitio no demasiado frecuentado por los frenjis, y mi presencia llamaba poderosamente la atención. Así, en fila, se me iban acercando algunos pacientes -sé que eran pacientes porque iban en pijama-, unos para saludarme, otros para insultarme, para besarme… Ha llegado un momento en que un enfermero tenía que permanecer a mi lado para reconducirlos a su ubicación correcta y, aunque ninguno ha intentado agredirme, y la situación era más cómica que peligrosa, nos han dejado pasar delante para que se tranquilizase el patio. Los pacientes llevaban escritos en sus pijamas el ala al que pertenecían (ellos y sus pijamas, supongo). Algunos, además, llevaban escrito en la espalda, con rotulador sobre el pijama, indicaciones sobre su peligrosidad y la conveniencia de no dejarlos salir del recinto. Me ha parecido una medida bastante práctica.

    Entre los enfermos no internados, un poco de todo. En el tránsito entre una y otra consulta, en las escaleras, hemos encontrado a una chica joven, bien vestida, con el pelo alisado, aunque muy despeinado, sentada. Al pasar yo, me ha cogido la mano. How are you?, me ha dicho. En sus ojos, la tristeza del prisionero en sí mismo, lágrimas a medio caer y una sorda llamada de auxilio. Me he quedado quieta, paralizada, fulminada por la insondable tristeza de esa chica. Sólo he acertado a balbucear aisósh (ánimo), y a besarle la mano que me había ofrecido. Esto se me ha pegado de los pobres, que son muy de besar manos. Me ha venido a la cabeza la frase de la Madre Teresa sobre la gota en el océano. En los ojos de esa chica fluía todo el océano, toda la tristeza del mundo, toda esa pobreza que hay en Etiopía, que no es sólo económica o material, que es una bruma triste, pegajosa, asfixiante. Su sufrimiento contra mi comodidad, contra cosas como mi estúpido ranking de filas. Su llamada contra mis pies de cemento, contra mi imposibilidad de ayudarla.

    No había decepción en su mirada, tal vez porque nunca tuvo ilusión por nada.

may 29

AMÁRICO DE GUERRILLA

    Hace dos años, a través de la Catalan Girl, salimos un par de noches con una pareja de Barcelona que, en aquellos días, habían recibido “niño nuevo”. Era el primer hijo y los padres exudaban ilusión por los cuatro costados con su niño, el chaval de tres años más grande del mundo mundial (maravillas de la burocracia etíope. Comía con tenedor).

En aquellos primeros días como familia todo eran risas, proyectos y, sobre todo, palabras nuevas.

  • _ Oye, hay algo que repite continuamente y no sabemos lo que quiere decir: “nbí”.
  • _ ¿Al mismo tiempo que lo dice se encoje de hombros?
  • _ Sí!!! ¿Qué quiere decir? (Ahí estaba aquella señora, joven, guapa, primeriza, ilusionada, pendiente de mis palabras)
  • _ Esto… literalmente vendría a ser un “no me da la gana”

Gran “bluff” en el ambiente. Creo que le habían adjudicado un significado mucho más positivo.

    Viene la anécdota a que muchas familias intentan introducirse en las procelosas aguas del idioma amárico. Y uno empieza aprendiéndose los números, los colores, la ropa…Y está muy bien, pero hay otras palabras sencillas que -en mi humilde opinión- pueden ser muy útiles en esos primeros días en los que no sabes nada de tu hijo/a. Realizo la transcripción como me sale del alma, esperando que si la leéis con parámetros castellano-peninsulares la gente os entenderá. Lo pondría en amárico, pero Mr. K. (field coordinator de este blog) no tiene el mítico Power Gue’ez.

.El susodicho “nbí”: Como ya hemos comentado, viene a ser “no me da la gana”. Tradicionalmente suelen encogerse de hombros a la vez que lo dicen, lo que despista mucho para adjudicarle su significado real (lejos de significar desconocimiento, implica una gran certeza de que no van a hacer lo que les has pedido). Como podéis imaginar, no es una expresión que usarías en tu veraneo del siglo pasado con los condes de Barcelona en Estoril. A los niños se les permite usarla, pero si lo dice un adulto se considera no demasiado educado (salvo que, conscientemente, esté imitando a un niño, que también aquí hay mucho cachondeo).

Lo más curioso de “enbí” es que las cosas también dicen “enbí”. Así “enbí ale” (dijo “enbí”) se puede traducir como “no funciona”. Mola porque es como si las cosas se rebelaran y tuvieran voluntad propia, y te imaginas a los coches encogiéndose de hombros faros y diciendo “enbí” y dejándote tirada en mitad de la Ring Road, y te da una paranoia de flipar.

.”Gobes”. No es por presionar, pero esta palabra recomiendo aprenderla sí o sí (o también). En español no tenemos nada parecido, pero vendría a ser el “bravo” italiano. Es un adjetivo que se traduce como “físicamente fuerte o inteligente. Bueno en algo”. En la práctica, se usa como exclamación, algo así como “¡buen chico!” cuando alguien hace alto que nos gusta.
Ejemplo de la vida terrenal: El niño se lava las manos antes de comer.
Acto seguido tú, como buena madre, le dices ¡Gobes!. Y tan amigos.

.”Rebash”: Travieso, desobediente. Yo doy las opciones. Luego, cada cual, que juzgue cómo usarla.

. Lela: Otro/a. ¿Qué quiere que le pongas otra camiseta? Pues te dirá “lela”. ¿Que quiere otra Coca-Cola? Pues -adivina- será “lela”.

.”Ndeguena”:
Otra vez, de nuevo. Estáis en un balancín. No sabes si el niño quiere seguir jugando o está tan mareado que sólo quiere vomitar. Manera sencilla de preguntarlo: ¿Endeguena? Cabe recordar que en amárico -como en español- las preguntas tienen la misma estructura que las frases afirmativas, pero adoptando una entonación interrogativa.

.“Enyá” o “Ene Nya” (pronunciada la y como una ll, es decir, ye): “No sé” o “yo no sé”. Vendría a ser más bien un “no tengo ni idea”. Es una expresión coloquial, dado que “no sé”, literalmente, se dice “alaukeum”, pero enyá es fácil de recordar, directa, y los niños la usan mucho.

.“Abet”: En Latinoamérica -pueblos mucho más educados que nosotros- es de malísima educación contestar “¿qué?“ cuando alguien reclama tu atención. En Guatemala, la fórmula más correcta, que usaban sobre todo la gente educada en ambientes más tradicionales, era:
_ Fulanita
_ ¿Qué manda?

Sí, era un poco excesivo, pero ahí se usaba. En Etiopía, más o menos por lo mismo, se usa “abet” (pronunciado en algunos casos como “abiet”). Vendría a significar “presente” (de hecho lo dicen en clase después de cada nombre, cuando se pasa lista), pero se usa también en la vida cotidiana. No hace falta que lo uséis pero, si vuestro hijo/a ya sabe hablar, seguramente lo escucharéis cuando lo llaméis.

.“Ale” y “Yelem”: “Hay” y “no hay”. Usados con mucha imaginación y bastante desesperación pueden dar resultados encomiables. Ahí quedan.

.“Ichalal” y “Aichalem”: “Se puede” y “no se puede”. Indica tanto capacidad personal (¿puedes hablar amárico?) como normativa (¿se puede fumar?). Señalando lo que sea o gesticulando y pronunciando el verbo, al igual que en el caso anterior, puede serviros. Si queréis indicarle que no puede hacer algo, no porque a vosotros os moleste, sino porque no está permitido (atracar bancos, llevarse la servilleta del restaurante, ir en bolas por la calle…), le podéis decir “aichalem” y sabrá que hay un factor externo que condiciona la prohibición.

.“Chikir Yelem”: Pronunciado todo junto y a mogollón, “no hay problema”. Lo usan constantemente. Hay quien lo transcribe “Cheker”. Haced un mix de las dos pronunciaciones y lo tendréis, pero no os agobiéis, porque se entiende bien.

.“Eshi”: Ok, vale, de acuerdo. Se usa siempre. La gente más humilde suele encadenar un interminable eshi-eshi-eshi-eshi para dar a entender su conformidad. En algunos casos significa que no están entendiendo nada de lo que les dices y que te dan la razón como a los loquitos.

.”Endasí”: Así, de esta manera. Sirve para corregir o para enseñar algo (cómo coger un lápiz, cómo lavarse las manos, cómo sentarse en el váter…)

.“Beka” o “Baka” (o a medio camino, para los más capaces): Basta, bastante. Sorprendentemente, sirve para mucho en las ocasiones más dispares. Por un lado, el significado más obvio: te están sirviendo café y dices “beka”. Ya no quieres más. Pero aún hay más: tu nuevo niño está peleándose con otro nuevo europeo en el jardín del hotel. “¡Beka!”, dicho con decisión y firmeza les hará entender que todos los nuevos europeos soportan un cierto nivel de estrés y que a golpes no se resuelve nada.

.“¡¡Wene!!”: Una de mis favoritísimas. No tengo ni idea de lo que significa literalmente. Es una exclamación que indica pesar, tristeza o consternación. Se usa lo mismo en funerales que tras derramar el café en la camisa nueva de tu compañero de mesa. En las telenovelas, que son tan tristes como la vida misma, de cada dos palabras, tres son wene.

.”Endeee????!!!” Otra genial: Tampoco sé lo que quiere decir literalmente. Yo la traduzco por algo a medio camino entre ¡¿Qué me estás contando?! (dicho así, como estupefacta) y ¡¿Cómo?! en su sentido más amplio. Indica sorpresa, pero con un cierto matiz negativo. Por ejemplo, cuando te viene tu niño y te dice “Mama, ahora que ya sé hablar español, me voy a Gran Hermano (Tilik Wendemu)”, pues tú le contestas airada ¿Endeeé?!, vamos, un rollo “ya me estás contando cómo puñetas se te ha ocurrido esa idea descabellada a los nueve años”.

.“Aisó” (dirigido a un chico), “aisósh” (dirigido a una chica) o “aisuachu” (dirigido a varias personas): Todas ellas, ánimo. Es extraño, pero se usa mucho. Si se te muere el marido, pues todo el mundo te dice “aisósh”. Si te pillas los dedos con la puerta, mientras tratas de contener las lágrimas, la gente te dice qué putada “aisósh”. Si alguien se cae, pues lo mismo. También sirve para animar en los deportes.

    Y ya no se me ocurren más. Las palabras anteriormente reseñadas fueron las primeras que yo aprendí cuando adopté a tiempo parcial a trescientos niños de golpe y porrazo. He pensado que pueden ser útiles. Está bien saber los números, pero yo creo que, en familia, cuantos menos números, mejor.

may 28

EN-FILA-DOS

    He decidido hacer un ránking de filas. Dado que al cabo de la semana me trago varias (sanitarias, burocráticas…), creo -humildemente- que puedo hablar con cierta autoridad. Hay quien se hace un máster en gestión de recursos humanos. Yo me estoy haciendo un doctorado en turnos de espera.

    Así pues, mi número dos es la fila de la clínica de la Doctora. De quién es la Doctora y qué pinta en este blog hablaremos otro día (o no). Por hoy, baste decir que dirige una clínica para mujeres y niños de escasos recursos, situada dentro de un orfanato de una conocida congregación religiosa.

    Yo, como de costumbre, no estaba haciendo la fila sola. Estaba con A., que pasó algún tiempo en el centro de La Doctora ingresado por varias y múltiples circunstancias. El resto de la fila eran todo señoras con niños de pecho. Allí tengo que decir que me he sentido un poco estéril, porque era la única de pechos vacíos y sin niño propio. También era la única con sujetador, pero esto tiene menos simbolismo.
    Las señoras eran bastante gueter*, todas con sus netelá. El netelá es un complemento que me encanta. Es el velo blanco que normalmente debería usarse para cubrirse la cabeza cuando se va a misa. En la práctica, las señoras de gueter lo usan lo mismo para un roto que para un descosido, especialmente las que van con el niño colgando. En primer lugar, el netelá te sirve para atarte el niño a la espalda. Cuando el niño no lo llevas a la espalda, lo llevas en brazos envuelto en el susodicho netelá. Aparte de estos usos evidentes, el netelá te sirve también para limpiar al niño, igual cuando se caga que cuando se le cae un moco. Tú lo limpias con el netelá. Del mismo modo, cuando el niño se mea en la cola de la clínica de La Doctora, también limpias el suelo con el netelá, ante el horror de algunos voluntarios extranjeros. Si les plantearan el mítico acertijo sobre la hipotética isla desierta, las señoras gueter no lo dudarían un minuto: se llevarían el netelá. El súmmum del gueterismo es llevar un netelá de repuesto atado en torno al torso, un poco como las cartucheras de balas de los guerrilleros latinoamericanos. Supongo que será por si les dejan llevarse dos cosas a la isla desierta.

    El netelá para los niños tiene un poder relajante. Está científicamente comprobado (descarao) que si tú a un niño lo envuelves en un netelá, se queda sopinstant, que decía Elvira Lindo cuando todavía era graciosa. Incluso los adultos cuando se ponen enfermos se envuelven en el netelá de pies a cabeza. Y no hay forma de desenvolverlos, porque fuera del poder sedante del netelá todo les duele mucho, mucho más.

    Volviendo a la fila, allí estaban las señoras, sus niños, sus netelás y yo. La clínica de la doctora es pequeñita pero coquetona, y se crea en la fila un ambiente de camaradería entre las señoras que se cuentan sus desgracias. El momento más simpático lo ha protagonizado una de las señoras cuando la enfermera le ha traído un bote porque necesitaba una muestra de heces del bebé. La señora, rauda y veloz, le ha dicho que no era necesario ni siquiera desenvolver al niño, dado que, casualmente, había un poco de caca en uno de los extremos del netelá. El diálogo ha continuado por derroteros que rayaban el sainete valleinclanesco (en caso de que Valle Inclán hubiera decidido escribir sainetes africanos):

    Enfermera: Pero, la caca del netelá, ¿es fresca?
    Señora: Sí, hace sólo media hora que lo he limpiado
    Enfermera: Ah, pues entonces sí que me vale

    Había otra señora que también tenía que recoger caca de su niño, y la enfermera le ha dado el botecito y los pertinentes guantes. La señora ha desenvuelto al niño, ha abierto el trapo que le servía de pañal, y ha cogido un poquito del contenido del pañal. Los guantes se los ha dado a los otros dos hijos que venían con ella, más mayores, para que jugaran. Los han inflado y yo los he atado (la señora no sabía), y hemos pasado un rato de lo más entretenido jugando con los globos de cinco dedos.

    Otra de las señoras de la fila venía a recoger a su niño, que había estado un mes ingresado. Como la señora tiene siete hijos más en casa, casi no había podido ir a ver al que estaba ingresado. Cuando las enfermeras se lo han traído, la señora se ha quedado un poco plof, porque el niño, de algo menos de un año, no parecía reconocerla. El resto de las señoras la ha consolado diciendo que es normal, que a esa edad un mes es un montón de tiempo, y que no se preocupe que enseguida volverá a quererla. Yo, en mi amárico macarrónico, he aportado el tradicional “madre no hay más que una” (enat and bicha nat). Otra de las señoras, más práctica, le ha dicho que no tenía por qué estar triste, que si el niño estaba tranquilo era porque en la clínica lo habían querido tanto como en su casa, y que lo que tenía que hacer era alegrarse porque a su hijo no le había faltado amor en ningún momento. Como puede verse, las señoras gueter de vez en cuando tienen una profundidad mental que te deja ojiplática, que decía Eva H. cuando todavía era graciosa. Al final, la señora del niño ingresado se ha ido bastante contenta, ya que otra señora que la conocía de antes le ha dicho que se notaba de lejos que el niño estaba mucho más sano que hace un mes.

    Y yo, después de una media horita de espera, también me he ido bastante contenta. Sobre todo, porque he encontrado mi fila número dos. Mantengo en el top del ránking la de Inmigración, porque la considero insuperable, pero ya le he dicho a La Doctora que la de su clínica también es la mar de entretenida. Volveré.

*Gueter: Se traduce por countryside. Los etíopes denominan gueter a todo lo que no es ciudad. El noventa por ciento de Etiopía es gueter, pero, a veces, parece como si no existiera.

may 25

INTERCAMBIO

    Leyendo mi periplo festivalero nocturno de hace algún tiempo, puede parecer que aquella noche fue la peor de mi vida. Y no, mira. Con el pasar de las semanas, me quedo con la experiencia de haber compartido aquella noche con la abuela de M, una señora que, desde una gran serenidad, nos mostró el rostro de quienes han nacido, viven y morirán en la pobreza. Como ya conté, en un momento de la noche, la señora sólo quería llevarse a M. a casa, porque a los etíopes no les gusta morir en los hospitales. No es que se diera por vencida, simplemente aceptaba la realidad. Que se te muera un hijo, un nieto, no es tan raro. Entra dentro de lo previsible. No es que no lo quiera -“es lo único que tengo”, repetía-, pero la gente como ella están acostumbrados a perder, y supongo que tratan de hacerlo con la mayor dignidad posible.

    Cuando llegamos a la clínica privada, la mujer se llevó aparte a una de las enfermeras y le preguntó cuánto costaba el estar allí. La enfermera, amable y claramente, le dijo: “donde habéis estado antes eran hospitales públicos. Éste no, éste es muy caro”. Acto seguido, la señora vino a asegurarse de que yo conocía esta circunstancia, que, por otro lado, a ella se le escapaba un poco: “Yo en toda mi vida lo máximo que he visto son los cien birr que pago de alquiler al mes”. Que la enfermera le dijo que en la clínica, con eso, ni los buenos días nos iban a dar. Como se puede imaginar, cuando nos indicaron el depósito que teníamos que realizar (2.500 birr), la señora tuvo un momento de pánico al llegar a la lógica conclusión: “Jamás podré devolveros ese dinero”. Le indiqué que ya nos habíamos percatado de ese hecho, y que no se preocupara, que la salud del niño no tenía precio para nosotros (aunque sí para la sanidad privada).

    Realmente, el mejor momento de la noche llegó cuando se llevaron a M. al quirófano de la clínica privada y yo me quedé sola con su abuela. Por matar un poco el tiempo, y dado que se tenían que quedar algunos días, aproveché para enseñarle los baños y explicarle el basic management de lo que viene siendo un váter con agua corriente. Al final del tour, le indiqué que, para saber en qué baño entrar, debía mirar los dibujos de las puertas: el que lleva faldas es para las señoras y el que lleva pantalones es para los señores. Por primera vez en varias horas, la señora rompió en una sonora carcajada. Le pareció La Idea, eso de los dibujos así de claros en la puerta del baño. Así, dedujo, hasta los que no sabemos leer sabemos dónde tenemos que entrar. Supongo que es como la primera vez que uno usa un post-it, que lo encuentra la mar de práctico y se extraña de que nadie lo inventara antes. Pues igual.

    Antes de dejarlos en la habitación, le dí a la señora un dinero para que se comprara algo de comer al día siguiente. Cuando nuestra enfermera fue a visitarlos, me comunicó que la señora se negaba a pagar 18 birr por un plato de injeera, que era lo que costaba en la cafetería del hospital, y que había decidido no comer durante los tres días que iban a estar allí, y que me devolvía el dinero. Tuve que llevarle una fiambrera y un termo. Luego, cuando sus vecinos del barrio averiguaron dónde estaban, acudieron todos en masa a visitarlos y a llevarles comida, y así la clínica privada se llenó de mendigos y leprosos, y en dos días las enfermeras decidieron que el niño ya estaba bien y que le daban el alta.

    A pesar de la evidente distancia que nos separa, aquella noche me sentí unida a la abuela de M. Compartíamos un objetivo común, y ambas estábamos convencidas de que la otra haría todo lo que estuviera en su mano para conseguirlo. Por una noche, fuimos iguales, aquella señora de setenta años, analfabeta y asustada; y yo, con un mundo que se me caía encima por momentos ante la perspectiva de perder a una parte de la Santa Infancia. Comprendí profundamente, no sólo su dolor, sino también su resignación, su perder con dignidad. Porque hay veces que se pierde. Sólo que nosotras, aquella noche, ganamos. Las dos.

may 20

INTERIORIDADES

_¡Kaktus, Kaktus!, ¡G. se ha sacado una lombriz del culo en el patio!
Una conversación que comienza así sólo puede mejorar. Me dirijo a comprobar el hecho denunciado. Efectivamente, en el fondo de una de las acequias de desagüe que bordean el patio, reposa el cuerpo sin vida de una lombriz blanca, de unos veinte centímetros de largo. La Santa Infancia y yo guardamos silencio ante los restos del animal.
_ Perdona -yo soy muy educada- ¿cómo coño te has sacado semejante serpiente del culo? – también soy muy clara hablando, porque el amárico tampoco lo domino tanto.
_ Se la he sacado yo -señala orgullosamente M.- Me he ganado un caramelo, ¿no?
_ No, te has ganado un lavado de manos en profundidad
_ No, no hace falta -replica- he cogido un papel del suelo para agarrarla
Las arcadas me recorren de pies a cabeza, y mientras superviso el correcto lavado de manos de G. y M., quién sabe por qué, me viene a la cabeza una canción que aprendí en el cole y que decía: “Mi corazón es una caja de música donde Dios colocó su canción”. Mientras pongo el piloto automático para comenzar la charla de “está totalmente prohibido sacarse cosas del culo los unos a los otros”, reflexiono (polivalente soy) sobre las diferencias culturales: mientras las niñas de colegio femenino católico crecimos convencidas de que nuestro interior albergaba un artefacto mecánico musical depositario de canciones celestiales, la Santa Infancia vive con un terrario en sus entrañas que les proporciona bastante más distracción que nuestra cajita de música católica.
A veces, yo sé que se me va la olla.

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