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Posts Tagged ‘Salud’

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may 11

EL GATO

Esta semana tenemos dos niñas poseídas. Por el demonio, se entiende. Z. (16 años) está convencida desde hace un par de meses de que su padre le ha enviado una maldición. Concretamente, asegura que se le aparece un gato enorme en algún momento entre la vigilia y el sueño. Y que no puede parar de beber café. No me ha quedado muy clara la vinculación entre el gato y el café. Por suerte, de momento el gato no le habla (yo es lo primero que le pregunté). Sólo la mira fijamente. El café tampoco le habla, pero no hace más que beber café, y luego dice que el gato no le deja dormir. No te jode. No se lo he dicho, pero dudo mucho que el papá de Z. piense tanto en ella como para enviarle una maldición. Contando con que papá y mamá se piraron hace ya dos años, abandonando a sus dos hijos mayores, y no han dado apenas señales de vida… mucho me extraña que el gato venga de ahí.

Z. decidió que la maldición se debe a que es pecadora. Y quién no, querida, y quién no. Y así dejó de venir una semana. En nuestro centro, los niños mayores trabajan una hora cada día, y les damos un sueldo el sábado para llevar a casa. Cuando Z. vino al final de la semana, le pregunté por qué no había venido ni a estudiar ni a trabajar. Me dijo que había estado haciendo penitencia para ver si se sacaba la maldición de encima. Concretamente, había estado ayudando en la excavación de un manantial de aguas benditas. Me pareció una excusa tan original que le pagué el sueldo entero. Y le dí un frasco para que me trajera un poco de agua bendita, a ver si me ayudaba con lo mío (así, en general). Le iba a dar una botella de Coca Cola vacía, pero me explicó algo que no acabé de entender acerca de gente que fuma y luego con esa misma boca los poca vergüenza beben Coca Cola, y que como aquí los envases son retornables, pues que no puedes meter el agua bendita en una botella de la que ha bebido alguien que ha fumado. O algo así. Me dijo que, una vez encontradas las aguas benditas (escena que yo imagino como el pozo de petróleo de Gigantes), se bañó y se lavó y le aplicaron todo el kit de sanación mental. Pero que el gato sigue allí. Con dos cojones.

M. (trece años) sacó malas notas en el cole, y hace tres días Satán la invadió, y me da que voy a tener que ir a rescatarla a las aguas benditas, porque desde que empezó a echar escupitajos como un aspersor de jardín, no la hemos vuelto a ver.

Lo de las posesiones, como ya he comentado en alguna ocasión, es bastante común en Etiopía. La iglesia ortodoxa cree ciegamente que, en un momento dado, Satán se puede apoderar de tu cuerpo. Como ya expliqué, yo creo que, sencillamente, los etíopes cuando se ponen a actuar, deciden ir a por el Óscar. Hablando en serio, supongo que es el modo que han adquirido culturalmente para expresar las crisis nerviosas. En España posteas en tu muro del Facebook “de los nervios estoy”, y en Etiopía te tiras al suelo y empiezas a berrear que ves a Satán con prístina claridad en cada esquina de la habitación. Esto lo acompañas con convulsiones y rigidez de miembros, lo sirves en caliente con los ojos en blanco, y lo riegas con toda la saliva que puedas. Invita la casa.

Y si las posesiones están a la orden del día, igualmente populares son los exorcismos. Te tumban en el suelo de la iglesia y te empiezan a echar agua bendita por encima. Si estás verdaderamente fatal, además te ponen encima la cruz principal, que es una cruz de oro que tienen en todas las iglesias. Y tú, si estás bien metida en el papel, gritas como la posesa que eres hasta que finalmente te sacan el demonio y te quedas relajada y feliz. Eso, si cuentas con un entorno de amigos y familia organizado. Si no, pueden probar la versión casera del mismo tema, en la que, sobre la marcha, te berrean pasajes de la Biblia al oído, te empapan con agua bendita de emergencia y chillan contigo hasta que se te pasa el sofocón, sin salir de casa.

Yo, entre los exorcismos para los nervios, y la ablación del clítoris para prevenir la histeria, como ustedes comprenderán, intento mostrar una conducta lo más normal posible y pasar desapercibida, que nunca sabes cuándo se te aparecerá el gato… ni los métodos asertivos que aplicará el cura de turno para espantarlo.

abr 09

PASOS PERDIDOS

A las niñas de mi generación, nacidas ya en democracia, nos educaron para cambiar el mundo. Nosotras teníamos que llegar a todo, teníamos que serlo todo: amas de casa, madres y profesionales súper eficaces. Y había una cosa que, al menos a mí, se me quedó muy grabada: todas estas cosas teníamos que hacerlas “con la frente bien alta”. Y así, mi ideal de persona digna y productiva incluye gente que camina con la espalda derecha y la cabeza recta, mirando al frente sin vacilación. Enfrentando el futuro en cada paso que da.

En el barrio de la Santa Infancia, si te da por caminar con la cabeza bien alta lo más probable es que acabes de morros en el primer charco. Si eres afortunada, el charco contendrá al menos un cincuenta por ciento de agua. Si no, pues no será agua. Como las calles no están asfaltadas, más te vale dejar las filosofías sobre la dignidad para otro día y unirte al club del “mira bien por dónde andas”, que en la práctica equivale a caminar con la frente marchita, que decía el bolero.

Yo cuando voy al barrio suelo tropezarme aproximadamente cada cinco pasos. No me caigo, pero voy dando un traspiés detrás de otro, mientras la Santa Infancia de turno completa “aishós” (ánimo) a cada paso que doy. He probado a caminar con la frente en alto, levantando un poco más las piernas en cada paso, pero pierdo velocidad, me canso más, y parezco un vaquero borracho. Como se ve, me encanta perder el tiempo en reflexiones absurdas.

En todo esto iba pensando hoy mientras iba con A. a visitar a su madre que lleva meses enferma y que, a pesar de todos mis esfuerzos, sigue sin pesar más de cuarenta kilos. Y de reojo iba observando a A, que tiene ya dieciséis años, y me he dado cuenta de que ellos no caminan mirando al suelo. Tampoco miran exactamente al frente, sino a un punto a medio camino que les permite ver las piedras sin perder de vista el destino. Amazing, tú. Lo ve Paulo Coelho, y le sale un libro.

Embebida en estas cuestiones simbólicas, he llegado a casa de A. Su madre se llama Salud, pero, como digo, hace tiempo que está enferma. Antes de ir, he estado media hora mentalizándome, porque tiendo a perder la paciencia con estas señoras que un día no salen de la cama, y al siguiente ya se quedan allí. También fui educada para ocultar cualquier signo de debilidad y/o desgracia, por lo que la gente que abiertamente se muestra consumida por sus miserias me provoca una profunda desazón.

La mentalización ha surtido efecto, y he conseguido tranquilizar a la señora, asegurarle que mañana saldrá el sol y convencerla de que emerja al mundo exterior. La casa de A. apesta siempre a pipí, y es oscurilla, por lo que se puede entender que a la señora le den depresiones de vez en cuando. Tiene, eso sí, un patio muy bonito con algunas cosas cultivadas.

A pesar del patio y de la mentalización, la angustia de la señora como que se me ha contagiado, y he salido pensando que a esta señora no la voy a volver a ver con salud en la vida, y que todos mis esfuerzos parecen ser baldíos. Al final, he llegado a casa mirando las piedras no, lo que está debajo las piedras. Un poco como los toros que embisten el burladero. Un poco también como la madre de A., pero sin el olor a pipí.

feb 10

WOULD YOU KNOW MY NAME?

Hoy me he acordado de un día en que tuve que llevar a W. (“que qué es lo que tengo, que tengo de tó”) a la casa de unas monjas muy amigas nuestras donde ha vivido los últimos meses. Aquel día, a W. le dolía la tripa. W. a sus once años, raro es el día que no le duele algo, y por eso damos prioridad a la solución de sus necesidades. Es lo que tienen las enfermedades raras autoinmunes, que te duele un poco todo, y que la gente que te rodea se acojona enseguida cuando te duele algo nuevo.

Cuando llegamos a la pequeña casa de las sisters, la tumbé en su cama, situada en una de las dos habitaciones para diez personas (concretamente, en la habitación de las señoras). Las sisters estaban rezando, que es una cosa que hacen mucho, y me senté a esperar, porque no me parecía bien dejar allí el paquete y pirarme. Al rato, W. comenzó a estar mejor, y empezamos a hablar. Me dí cuenta de que tenía un cuento debajo del colchón, y le pedí que me lo leyera. Para poderlo leer juntas, me tumbé a su lado.

Cuando una lleva una vida tan apasionante como la mía, sucede un poco que, en que te quedas parada dos minutos –y más si es en posición horizontal-, te viene un sopor mortal. Y así no llegué ni a la segunda página que me quedé sopa, con el fondo de la vocecilla de W. que me leía este cuento sobre un caballo blanco y otro negro.

Cuenta la leyenda que las monjas salieron de rezar y me encontraron completamente sobada en su habitación para señoras enfermas, con W. que ya había acabado el cuento y que también se había quedado traspuesta. Me desperté dos horas más tarde, cuando empezó a sonarme el móvil echándome en cara que tenía otros niños que sí estaban despiertos a los que atender.

Hoy me he acordado de aquella siesta improvisada, donde pasé de cuidadora a cuidada. Me he acordado también de todos esos besos sin fuerza que W. me ha dado en el último año. Su padre apareció ayer por sorpresa y, sin atender ningún tipo de razones, decidió que W. estaba ya curada de todo y que se la llevaba a Goyam con su familia. A W. la idea no le pareció mal, porque tiene hermanos y hermanas a las que echa de menos. A las sisters y a mí, que sabemos con precisión lo difícil que es tratar una enfermedad autoinmune en Etiopía, la idea nos ha parecido un poco menos bien. Si pienso en lo mal que lo va a pasar los dos días de autobús que hacen falta para llegar al Goyam me pongo a llorar del gozo.

Yo sólo pido que no la deje morir, que nos la traiga de vuelta cuando empiece a estar mal, pero aún se pueda hacer algo. Yo sólo pido que, antes o después, la vuelva a ver. A veces la vida nos da regalos que luego, no sabemos muy bien por qué, se nos escapan entre las manos. A lo mejor es que no somos dignos de ellos. A lo mejor no nos los merecemos.

ene 02

HUESOS DE SANTA (INFANCIA)

En los últimos meses, mi Santa Infancia ha adoptado una curiosa costumbre: romperse huesos en domingo. De lunes a viernes consiguen mantener todo en su sitio, pero el domingo, no sé por qué, parecen incapaces de no accidentarse. Como se entenderá, le he cogido bastante tirria a los domingos. Deberían estar prohibidos.

El pasado domingo acabé en el mítico Black Lion con un fémur roto. El Black Lion, como ya expliqué en su día, es ese sitio al que vas cuando no tienes otro sitio al que ir, y donde aproximadamente cada tres minutos te entran ganas de llorar. Una estampa muy típica son esos niños moribundos que esperan cama en el pasillo de las urgencias pediátricas, que fue, básicamente, el destino que nos asignaron. Decidieron poner la pierna de B. en tracción con el innovador sistema de atar la pierna al banco donde estaba tumbado, con una bolsa de plástico de las baratas con tierra dentro colgando al final de la pierna. Fueron generosos y, además de dejarnos dos bancos, le pusieron cartones debajo a B. para que él y su fémur súper roto estuvieran más cómodos.

En el día y medio que B. ha pasado en el Black Lion hemos visto de todo en ese pasillo. Hubo un momento, cuando ya llevábamos más de doce horas en el banco, en el que yo, B, su madre y su hermana nos limitábamos a mirar a nuestro alrededor con la boca abierta, como los zombis.

Al final, me lo he llevado a un hospital privado que me ha conseguido La Doctora, porque no soportaba dejarlo allí otra noche, y no parecían muy dispuestos a darle una cama en planta. Lleva 24 horas ingresado en el nuevo hospital (donde decidieron que la tracción no era un sistema tan bueno, y le han operado) y ya hemos gastado más de tres mil birr (150 euros, el equivalente al sueldo mensual de una senior nurse con una década de experiencia, trabajando en el sector privado). La pregunta es siempre la misma: ¿qué hacen los que no pueden pagar? Los que no pueden pagar, reina, se mueren.

Selección artificial.

nov 24

INCULTURACIÓN

Hemos vuelto al Amanuel Hospital con T. De hecho, hemos vuelto varias veces en las últimas dos semanas. El jueves pasado, fuimos a la desesperada, porque T. no sólo intentó hacer daño a los demás, sino que también intentó hacerse daño a sí mismo. Así que lo metimos en el coche como buenamente pudimos, y nos fuimos al hospital. Llegados al hospital, tengo que decir que, entre la fauna reinante, T. nos situaba en la cúspide del caos. Era el que más gritaba de todo el hospital. Decidieron ingresarlo pero, al ir a preguntar a la señora que administra las camas, la señora dijo que no había camas. Y allí yo me reboté un bastante, porque me sentía incapaz de controlarlo un día más.

El viernes volvimos al hospital y, oh milagro, estaba la misma señora administrando camas:
_ Perdone, buenos días, estuvimos ayer aquí…
_ Sí, me acuerdo- me contestó secamente- y os dije que os llamaría cuando hubiera una cama. Y no os he llamado
_ Ya… es que hemos pensado en venir directamente y así, si se quedaba una cama libre, pues usted no tenía que tomarse la molestia de llamar…
_ Sentaos a esperar – me cortó
Hasta a mí me quedó claro que mi perorata del día anterior sobre de quién iba a ser la responsabilidad si T. de verdad hacía algo gordo durante la noche le había molestado a la señora. Intenté disculparme, más que nada porque la tía de T. había tenido que quitarle cuchillos de las manos un par de veces durante la noche, y cuando al final lo echó de casa, a las cuatro de la mañana, T. se puso a gritar por todo el barrio, hasta que, a las seis, decidió cambiar de sitio y venir a gritar a mi ventana, hasta que me levanté y le dí de desayunar. Luego lo duché, porque había venido sin zapatos, con un ojo morado y lleno de mierda. A pesar de mis disculpas, la señora se negó a rebelarme si había una cama disponible o no. Pues a esperar.

Durante la espera, T. dio lo mejor de sí mismo: cabezazos contra la pared, proposiciones sexuales a todas las señoras de la redolada, sermones religiosos a voz en cuello… Yo lo frenaba como buenamente podía, asegurándole que todo iba a ir bien, que Dios lo quiere mucho, y pidiendo perdón a las señoras. Él a ratos me gritaba que yo era la enviada de Satán, y a veces lloraba y me pedía perdón porque yo era la Virgen María. Una fiesta, oiga.

La señora de las camas no perdía comba, porque su oficina daba al patio donde estábamos. Al final, salió:
_ ¿Eres su madre?- me preguntó
_ No- repuse- sólo soy alguien que lo ayuda
_ Pues pareces su madre- me replicó, a lo que yo me quedé sin saber muy bien qué responder.
_ Ayer no me caíste bien – me explicó- pero hoy he cambiado de idea. Se ha quedado una cama libre, y os la voy a dar a vosotros.

Hace algunos años, me hubiera puesto a despotricar como las locas, asombrada de que algo tan importante como la adjudicación de una cama de hospital psiquiátrico dependa del criterio arbitrario de una secretaria medio analfabeta. El viernes sólo tenía ganas de besar los pies de aquella señora, que se apiadaba de mí y de mi niño loquito, que ya no me llama por las noches, porque le tiemblan tanto las manos que no puede marcar los números.

A lo mejor eso es lo que llaman inculturarse: dejar de preguntarse cómo deberían de ser las cosas, dejar de asombrarte, cuz this is Africa. Callar, aceptar, rezar, trabajar. Y, cuando la suerte te sonríe, seguir luchando por los tuyos. Como las madres de mi Santa Infancia. Como yo, que no soy madre, pero a veces lo parezco.

oct 15

DIARIO DE KAKTUS JONES

Querido diario:

Hoy hemos decidido empezar a preparar Thanksgiving con las voluntarias americanas (de ahora en adelante, Las Criaturas Americanas). Nos ha pegado la ventolera frenji y hemos decidido engordar nuestro propio pavo. Digo la ventolera frenji, porque a la mayoría de frenjis que viven aquí les da por acabar criando algo (perros, cervatillos, avestruces, ovejas… de todo han visto mis ojos en los patios traseros de las mejores casas de Bole).

Metidas ya en situación frenji, hemos decidido ir nada menos que a Debre Zeit (55 kilómetros de Addis) a buscar el pavo de nuestros sueños en la Genesis Farm, que es un sitio muy frenji (y muy protestante) en el que, además de yogures y leche, también venden verduras y huevos. Pero no pavos. Ni pollos, según nos hemos enterado cuando nos hemos plantado allí. Bueno, nos han dicho que a lo mejor un pollo nos lo podrían vender, pero pidiendo cita primero. Vamos, que hay que reservar el pollo, se ve.

Sin desanimarnos, hemos buscado la complicidad de un alegre lugareño que nos ha llevado en una maravillosa turné por todas las granjas de pollos de Debre Zeit. Lo del pavo nos ha dicho que era una utopía. Y, después de que se nos hayan reído en la cara en todas las granjas del lugar, al final en una han accedido a vendernos un pollo de corral. Como era muy pequeño, y los lugareños aseguraban que se nos iba a morir, pues hemos comprado dos. Y nos hemos vuelto a Addis con nuestros dos pollos. De corral.

He llegado justo a tiempo para ir a la reunión de padres de una de las escuelas estatales a las que asiste nuestra Santa Infancia. La escuela en cuestión está pegada al Alert Hospital, en mitad del barrio-slum de Kore. He ido en el coche que estoy cuidando (alguien me dejó un coche para que lo cuidara durante un tiempo), porque no quería llegar tarde, porque la Santa Infancia me había asegurado que empezaba a la una. Quiá. He llegado la primera entre las primeras. He aparcado en la puerta. Cuando el seveñá de la escuela me ha dicho que entrara el coche dentro del recinto, he empezado a explicarle que bastante cantazo es ya ser la única frenji como para ser también la única que llega en coche. Y en esas estaba yo cuando ha saltado la alarma antirrobo del coche, dando por finalizados mis planes de incógnito. Se ha formado un círculo bastante curioso, en lo que yo averiguaba cómo desconectar la cosa ésa.

Finalmente ha empezado la reunión. En una de las clases estábamos un centenar de padres y yo, que iba con A., a la que le encanta fingir que verdaderamente somos madre e hija, ante la estupefacción de la concurrencia. Yo ya ni me molesto en desmentirla. La gente intentaba explicarle que era materialmente imposible que yo fuera su madre de verdad de la buena. Y ella que nada, que ésta es mi madre y que lo de la diferencia cromática, una mera anécdota.

Yo empezaba a sentirme invadida por una sensación extraña. Una desazón. He entendido lo que era cuando hemos tenido que votar algo relativo a la distribución de los libros (de la mitad no me he enterado, y he votado lo que me ha dicho A., que para algo es la que asiste a la escuela). Al ochenta por ciento de los allí presentes les faltaban dedos. Yo era de las pocas poquísimas que tenía los diez dedos de la mano. El Alert está especializado en lepra, y gran parte de la gente que vive en Kore ha sufrido esta enfermedad, como bien testimoniaban los padres de la clase donde yo me encontraba.

Había también un señor que nos ha hablado un rato, que ha dicho que pertenecía a la Asociación de Padres. Y yo le he dicho a A., “mira, éste sí tiene todos los dedos” (porque los tenía). Y A. me ha respondido: “pero lleva muletas”. No me había fijado, porque el señor estaba de pie, pero se apoyaba en muletas para caminar.

Tres horas, querido diario, ha durado la reunión. Es lo que tienen los leprosos, que nunca tienen prisa, porque la mayoría no curran. Han estado dos horas discutiendo los dos euros de cuota escolar anual que hay que pagar. La gentes estaba súper indignada. Había un señor sin nariz que gritaba el que más. Al final me he hartado, y me he animado a participar en el debate. Le he pedido al señor que gritaba que dejara de gritar porque:
1. Dos euros por todo un año de educación no son n.a.d.a. En los tres cafés que todo cristo se toma al día se gastan mucho más. Calculando, salían tres birr al mes. Un cuaderno pequeño vale tres birr. Medio kilo de naranjas vale tres birr. Dos huevos valen tres birr. Coño, ahorre.
2. El señor en cuestión, que lo había visto yo, está ayudado en un proyecto de una ong que le paga las cuotas escolares de los niños, con que no sé a qué venía tanto grito. Lo mismo aplicaba para una gran mayoría de los descontentos. Los leprosos son target prioritario para la mayoría de proyectos de la zona (incluidos nosotros). Y somos unos cuantos (proyectos y leprosos).

En cualquier caso, la gente estaba tan estupefacta al ver una frenji hablando amárico que no sé si se han enterado muy bien de lo que he dicho, pero se ha acabado la discusión, porque, total, las cuotas las hemos pagado ya. Luego han hablado algo del Sida, y allí hemos descubierto que la gente con dedos era seropositiva.

He llegado a casa, querido diario, justo a tiempo para comprobar que había cerrado mal la puerta, el perro había entrado dentro, y se había zampado mis dos pollos de corral sin dejar ni una pluma.

Y nada más.

Hasta mañana:

Kaktus

oct 08

PESADOS

En este sitio, que es un sitio en el que me tienen mucho aprecio (ellos sabrán por qué), me regalaron en agosto una báscula monísima, de esas planas de cristal con números digitales. La puse, lógicamente, en el suelo de la enfermería. Sólo que la Santa Infancia no sabe lo que es, y cada uno que entra se dirige directamente a la báscula, la coge, y me dice: “se te ha caído esto”. A lo que yo les respondo: “no se me ha caído, su sitio es el suelo”. Y el siguiente: “se te ha caído esto”. Y yo, “déjalo donde estaba”. Y otro, “mira que se te ha caído esto”. Y así cien veces.

Al final he cedido. La tengo en cima de la mesa y la pongo en el suelo para pesarlos. Sólo que ahora cada frenji que entra me pregunta que qué hace la báscula encima de la mesa. Hay días que acabo como un poquitín fatigada. No sé.

P.D: Hoy T. se me ha dormido en los brazos mientras le cantaba bajito esta canción. Él no lo sabe, pero yo todos los días trabajo para que T. y el resto de la Santa Infancia puedan un día levantar la vista y ver una tierra que ponga Libertad.

jul 16

REFLEXIONES ESTIVAS

Este verano tenemos invitados. Son cuatro niños procedentes de un orfanato de una conocida congregación religiosa. Son niños ya mayores -más de ocho años- a los que alguien en su día juzgó no aptos para la adopción, por lo que se han quedado en el orfanato. Dado que normalmente pasan sus días rodeados de niños con cabezas de perímetro antinaturalmente grande, entre otras muchas discapacidades físicas y mentales (los que han estado allí saben de qué estoy hablando), pues a una voluntaria de allí se le ocurrió que a estos cuatro, que son casi normales, les vendría bien pasar el verano con nuestra Santa Infancia que, no siendo muy normal, tampoco presenta en su mayoría taras tan llamativas como los niños del orfanato.

La Santa Infancia los ha acogido bien porque, como digo, entran bastante en el average nuestro: una joroba, ligeras limitaciones mentales, una dermatitis algo aparatosa… nada nuevo bajo el sol. El primer día lo pasaron bien, hasta que llegó la hora en que les damos galletas antes de irse a casa. Entonces, uno de estos cuatro, cuando le tocó el turno de coger sus galletas, dijo:
_ No, gracias. No tengo hambre.
Y allí se hizo un silencio como muy sepulcral, y todos se quedaron mirando a esos cuatro niños sin hambre. Y alguien, por lo bajini, dijo: _ Estos niños son un poco raros, ¿no?

Hoy ha sido su segundo día, y ya estaban más sueltos y hablaban con la Santa Infancia que, como suele hacer, les ha asediado a preguntas sobre dónde viven, a qué escuela van, si tienen padres o no y otros particulares de interés. Estos cuatro les han explicado que viven en un orfanato.
_ Y allí donde vosotros vivís, ¿los niños se quedan para siempre?
_ No – ha replicado uno de ellos-, hay algunos que encuentran padres y se van
_ ¿Adónde?
_ A otros países. A España
-lo juro, que lo ha dicho el primero- , a América, a Bélgica…
_ ¿Y quién elige a los que se van?
– la Santa Infancia no conoce el concepto de “temas tabú”
_ Los frenjis -han repuesto
_ Y a vosotros… ¿por qué no os han elegido?

Y allí se ha hecho de nuevo un silencio bastante incómodo. Bueno, yo lo he encontrado incómodo, porque los cuatro niños simplemente se han quedado pensando un rato, y al final, han dicho:
_ Ene enyá

Y se han puesto a jugar con los aros de goma, de esos que se empujan con un alambre, que la Santa Infancia les ha fabricado como regalo de bienvenida.

Este verano tenemos invitada a la cara oculta de la adopción, a los que fueron asignados al equipo que nunca gana, a los que sólo verán partir a los demás.

Este verano nos lo vamos a pasar chicha. Verás tú qué fiesta.

feb 13

SMALL CHAT

Los mayores de la Santa Infancia me contaron el otro día la historia de una señora de su barrio que conozco. La señora en cuestión es seropositiva desde hace tropocientos años. Ahora ya es anciana, pero en sus años de juventud, habiéndose quedado viuda con dos niños a cargo, y ante las halagüeñas perspectivas que se le presentaban a una persona con HIV/AIDS en aquel entonces, decidió dar a sus dos hijos en adopción. Y la Santa Infancia me contaba que la semana pasada se presentaron los chavales, a la sazón con 21 y 24 años, hablando alemán, puesto que viven en Austria, a conocer a su madre biológica. La Santa Infancia dice que a la señora casi le da un tabardillo, pero que se alegró un montón de conocer a sus niños de nombres austríacos.

Y así empezamos a hablar del tema de la adopción, que es un tema que a la Santa Infancia le da bastante curiosidad. Mayormente, están a favor de la misma, pero no acaban de creerse eso de que los hijos adoptados cuentan igual que los biológicos. De hecho, a la Doctora, que tiene hijos de varios colores, siempre le preguntan cuando se va de vacaciones si se lleva también a sus hijos abeshás.

El razonamiento que exponen es bastante obvio: si un niño no tiene familia, bien está que encuentre otra, sea en Etiopía, Europa o Fernando Poo. Eso sí, dicen que ellos nunca darían a sus hijos en adopción, que tratarían siempre de sacarlos adelante “apretando los dientes” (esto es una traducción aproximada de una expresión abeshá). Los que son huérfanos, habrían estado encantados de haber sido dados en adopción. A algunos de los que tienen familia, no les importaría cambiarla. Muchos dicen que, eventualmente, les gustaría adoptar, pero lo entienden más como un ayudar a un niño sin recursos que como un tener un hijo.

Me preguntaron si una madre biológica se puede presentar así, sin más, y reclamar a su hijo biológico. Y allí es donde les expliqué el tema de derechos y responsabilidades de la maternidad. Si renuncias a tus responsabilidades, pierdes también tus derechos como madre, y -les expliqué- si quieres volver a ver a tu hijo, tendrás que pedir permiso a su familia.

Con la generalización del fenómeno de la adopción internacional, en los últimos años se ha extendido entre los etíopes, especialmente entre la clase media, esta mentalidad de “nos están robando los niños”. A mí me han dicho de todo cuando voy con la Santa Infancia por la calle. Una vez, llevé a T. al Black Lion, y en lo que esperábamos los análisis, estuvimos sentados con un señor musulmán ya anciano, que empezó a hablar al niño, a preguntarle por qué estaba allí con una frenji, cuándo me lo iba a llevar a mi país, y a decirle que no estaba bien que los frenjis se lleven a los niños etíopes. Cuando vi que T., además de todos sus dolores, comenzaba a sentirse evidentemente incómodo, decidí intervenir y le dije al señor que:
1. Entendía todo lo que estaba diciendo, por lo que me parecía de mala educación hablar de mí como si yo no estuviera delante
2. No era asunto suyo porqué T. estaba con una frenji. Me ponen de los nervios las preguntas insidiosas en las filas de los hospitales.
3. Yo soy partidaria de la adopción, pero trabajo en un proyecto que ayuda a familias como las de T. a criar a sus hijos para que no tengan que darlos en adopción. Este señor, que tanto criticaba, ¿qué hacía exactamente para evitar que las familias tengan que recurrir a la adopción como vía de supervivencia? Como en ese punto, ya me había puesto dramática, le pregunté si él pensaba que era mejor que los niños murieran, o que crecieran en orfanatos (incluso el mejor de los orfanatos, no se puede comparar a una familia, pienso). El señor, que comenzaba a sentirse incómodo también él porque el resto de la fila me estaba dando la razón, me respondió con un “go home”, al que yo le contesté, “vale, pero, si me voy a casa, ¿vendrá usted con este niño al médico la próxima vez que se ponga malo?”.

En la otra cara de la moneda, cuando fui con A. a otro médico, dos señoras en el autobús le preguntaron bastante respetuosamente si yo era su madre. Ella, escuetamente, les respondió, “sí”. No es una persona que se ande con muchos rodeos. Tampoco es una persona que tenga familia. Cuando las señoras le preguntaron que cuándo me la llevaba a mi país, ella les respondió: “No, si no nos vamos a ninguna parte. Ella se queda aquí conmigo”. Las señoras me llamaron santa. Y yo, muerta del susto.

ene 14

SILENCIO

La madre de N. pertenecía al grupo de lo que yo, en mi interior, denomino Las Conchitas . Las deprimías, vaya. Era una señora perpetuamente enferma. Sin motivo aparente, pero enferma. Después de visitar varias clínicas privadas donde le hicieron un montón de pruebas sin resultados concluyentes, la llevamos a La Doctora, que dio con la solución en dos patadas: la única prueba que esta señora necesita es la del Sida. Y bacalao. Es lo que tiene La Doctora, que el Sida es que lo huele a distancia. Como si fuera col hervida.

En el proceso de counselling salió a la luz que la señora ya conocía su estatus de salud hacía varios años. Sólo que nunca relacionó el hecho de ser seropositiva con los múltiples males que la consumían. Eso, y que no quería que nadie supiera que era seropositiva. Le aterraba que se alguien se diera cuenta. “Me echarán de mi casa”, me dijo. “Te buscaremos otra”, le repliqué. “Me verán que voy al departamento del HIV/AIDS a por las medicinas”. “Puedes venir hasta la clínica de La Doctora, que está en Quintalapuñeta, y nadie te verá”. Lo más conveniente, en cualquier caso, parecía referirla a uno de los múltiples proyectos que trabajan para apoyar a los seropositivos en el barrio. Por supuesto, pequeño inconveniente: “no quiero que nadie venga a mi casa a darme medicinas, no quiero que nadie lo sepa”.

Con 50 CD4 no es que la señora tuviera todo el tiempo del mundo para decidir cómo afrontar la enfermedad, pero acordamos dejarla tranquila una semana para que pudiera elegir, de todas las opciones ofertadas (que eran múltiples y muy variadas, siempre protegiendo su intimidad), la que más cómoda le resultara. Eligió, al final de esa semana, marcharse a su pueblo a morir, como los elefantes. “Hubiera acabado antes disparándose”, sentenció La Doctora. Falleció dos meses más tarde. Pa´ nosotras la perra gorda.

Hace dos semanas, S. y su hermano mayor (al que yo no conocía), vinieron a verme. Su madre estaba en el hospital del barrio. Muy enferma. ¿Qué tiene?, les pregunté. S. (doce años) dijo que los médicos no les habían contado nada. Su hermano (18 años) bajó la mirada. Mandé a S. a jugar, e hice entrar a su hermano en la oficina:
_ ¿Qué tiene tu madre?
_ HIV/AIDS
_ ¿Lo sabíais ya?
_ Ella sí, pero nunca nos lo contó. Nunca dijo nada.

Ayer falleció. Tan pobre, tan pobre, que ni siquiera pagaba la cuota del heder. Ni tienda le han montado.

Es la quinta madre de la Santa Infancia que muere en los últimos seis meses. Las cinco de HIV/AIDS. Las cinco conocían su positividad desde hacía años. Las cinco callaron hasta que el HIV/AIDS las devoró vivas.

No las está matando el Sida. Las está matando el silencio; y la ignorancia. Las está matando el miedo.

*Heder: Asociación tradicional a la que pagas una pequeña cantidad al mes para que, cuando te mueras, te preparen un bonito funeral .

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