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Posts Tagged ‘Salud’

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Jul 29

ESO NO ES ASÍ

En esta mi labor de denuncia de las pequeñas (y grandes) injusticias cósmicas, hoy quiero desenmascarar una gran mentira que el pueblo etíope grita al mundo en los famosos cartelitos con gente vestida de regional: Thirteen months of sunshine. Venga ya.

El eslógan, supongo, fue elegido por el tema de los trece meses del calendario etíope. Vale. Es curiosón. Pero, ¿de sunshine? Ni de coña.

Porque uno lee el eslógan antes de venir y, a poco emocionado que sea, se llena la maleta de pantalonetas del Coronel Tapioca y camisas de lino (yo tengo tres). Y, cuando llegas a la tierra de Teddy Afro tras dejar atrás el tórrido verano de la piel de toro, ¿qué te encuentras? Que más te hubiera valido traerte el Barbour*, porque esto parece Londres.

Durante diez-once meses al año el sol brilla en el cielo de Addis, es verdad. Pero los otros dos-tres meses tu vida se convierte en un sobrevivir entre el fango y un tender las bragas en la ducha con la esperanza de que se sequen en menos de tres días.

Este año el Krampt** ha tardado bastante en llegar. La Santa Infancia rezó durante más de un mes para que llegaran las lluvias y, al final, parece que Dios les escuchó. Cuando las lluvias comienzan, todos nos alegramos: el agua es vida, es cosecha, es futuro… Se nos llena la boca de tópicos sobre las bondades del agua y nos convertimos en stands ambulantes de la Expo de Zaragoza. Esta fase nos dura unas dos semanas. Exactamente lo que tarda el barrio en convertirse en un cenagal inmundo y resbaloso, donde las bolsas de plástico se mezclan con el estiércol, el fango y la tristeza de no tener dónde guarecerte.

Y es que las cosas mojadas son siempre más tristes. La Santa Infancia, cuando se moja, parece más sucia, más pobre y, sobre todo, mucho más olorosa (y ya, de por sí, la Santa Infancia huele que alimenta). Además, dejan de usar el baño y se mean por todas partes, con la escusa de que el agua “se lo lleva todo”, y comienza a ser usual verlos caminar por el campo de fútbol despreocupadamente mientras mean.

Ayer nos pilló la lluvia mientras bordeábamos Koshe, y, no es por ser alarmista, pero luego la ropa me a.p.e.s.t.a.b.a. Yo creo que era lluvia ácida. Lo menos.

*Jamás he tenido un Barbour, pero siempre me ha tentado. Soy débil, lo sé.
** El Krampt (escrito así o de otra manera) es la estación de las lluvias, el veranito, vamos
.

Jun 24

WENE (Tengo)

Tengo.

Tengo una llamada en mitad de la noche. Tengo el aullido herido de tu hermano, que me dice que te has ido.

Tengo su segunda llamada insistente, para avisar al jefe del heder*, decidle que ha muerto una hija de los pobres.

Tengo la mirada alucinada de tus otros hermanos y tus amigas, cuando te llevo de vuelta a casa, metida en una caja, tu cuerpo envuelto en algodón y plástico, siempre plástico, con el amanecer comiéndonos el alma.

Tengo la memoria de las flores que recogieron y compraron para ti la Santa Infancia. Nadie lleva flores a los pobres, dijeron. Para nosotros, nunca lo fuiste.

Tengo la cinta que los mayores pintaron sobre las coronas, que te identificaba, sin lugar a dudas, como una de los nuestros. Se oía por las calles del barrio: “Se murió una niña de House”.

Tengo la mirada perdida de Brother House, sentado en el colchón que te compró para que sufrieras (un poco) menos. Tengo su estupefacción, los proyectos que, a lo largo de los años, construyó para ti. Porque tú sí, tú ibas a conseguirlo. Eras una de las pocas.

Tengo el grito desgarrado de tu madre: “Ven, Zewde, que han venido a verte tu otro padre, tu otra madre y todos tus hermanos”, cuando ayer fuimos a velarte.

Tengo el silencio triste de las mañanas, cuando rezamos por ti, cuando nos damos cuenta de que ya no vendrás más.

Tengo a tu hermana M., que, de repente, ya no sabe cómo vivir sin tenerte cada día a su lado.

Tengo también a G. y a F., que se pasan aquí el día, porque les da miedo tu velatorio. Todavía no han entendido que no volverás a venir con ellos, que su presencia es lo último que nos has dejado.

Tengo las caras exhaustas de tus amigas, que de vez en cuando vienen a descansar. Llevan dos días apostadas en tu casa, cuidando de que nada falte a los que te lloran.

Tengo una oración apenas musitada, ayer, a la puerta de tu casa, todos juntos, los niños de House.

Tengo el cariño de los que sí entienden que la diferencia entre 399 y 400 puede ser brutal. Es brutal. Y que no cabe en ningún formulario.

Tengo la comprensión -inútil, ya- de los que en su momento me criticaron por saltarme reuniones y trainings para llevarte de hospital en hospital.

Tengo un sobre lleno de análisis y pruebas, que leo y releo, buscando en qué me equivoqué, en qué se equivocaron.

Tengo un post escrito hace un mes, hablando del miedo que me daba perderte, que nunca publiqué porque, como te dije, yo no iba a dejar que nada de esto pasara.

Tengo un mar de porqués, de “y si…”.

Tengo palabras vacías, consuelos vanos, tristeza sólida y espesa.

Tengo, tengo, tengo. Y tú,… tú no tienes nada.

Tú estás muerta.

Wene, Zewdiye, wene.

Heder: Asociación tradicional a la que las familias pagan cada mes para poder tener un funeral digno cuando uno de sus miembros fallece.

Jun 22

    Cuando llevamos ayer a Z. a la clínica, en la habitación, se produjo un momento de gran belleza plástica. Ella, en la cama, brillante, con la mirada lúcida de los que ya lo han aprendido todo, en brazos de su madre, con su padre y sus hermanos al lado de la cama.

Como una Piedad.

La Piedad

Detalle: en las representaciones de la Piedad, el Cristo está muerto.

Esta noche se ha completado el cuadro.

Hoy, la Santa Infancia y yo estamos muy, muy tristes. Porque se nos ha ido Zewde.

Jun 16

EN OTRA PARTE

    Que te crezcan una especie de arbolillos en el culo, tiene su gracia, por aquello de nació con una flor en el culo y demás. Que, después de un breve vistazo, la Doctora te diagnostique sin ningún tipo de dudas una dolencia que viene en todos los libros bajo el epígrafe Enfermedades de Transmisión Sexual, comienza a ser algo sórdido. Que tengas nueve años cuando todo esto acontece, es de una tristeza insondable. A veces, como decía Ismael Serrano en una canción, parece que la vida debe estar en otra parte. Tiene que estar en otra parte.
Hace ya algunos años, este mismo cantautor escribió una canción sobre muchas niñas etíopes. Es ésta:

    Ah, ¿que Ismael Serrano nunca ha estado en Etiopía? Será que estuvo en un sitio parecido, y que conoció a niñas que se parecían a M., pero más mayores. Será.

Jun 07

OPERACIÓN COLLAR

    La pequeña G. acabó de darse cuenta de que algo no iba bien cuando su madre le estrelló una taza en la cabeza. Porque hasta en la desgracia hay grados, y la pequeña G., que es una persona bastante inteligente, sabe que una cosa es ser pobre y otra estar mal de la cabeza. El día en que la vajilla de la familia de G. voló de lado a lado de la chabola, los rumores que la madre de G. oía en su cabeza se habían transformado en alaridos.
    La mamá de G. tiene un marido borracho, las ya mencionadas voces en la cabeza y cuatro hijos maravillosos que la quieren contra viento y marea. En aquellos días aciagos para la familia de G., hicimos en clase un collar de cuentas de plástico. Cuando fui a anudar el collar de G. a su cuello, se negó:

  • _ Yo se lo regalo a mi madre, que ya verás que así se cura.

    Tengo que decir que esta idea denota en G. una iniciativa inusual por estos lares, dado que lo más normal es confiar tus penas al tzebel (aguas benditas) y esperar que Dios resuelva lo que tú ni siquiera intentas resolver.
Al día siguiente, vino G. excepcionalmente contenta.

  • _ Le dí el collar a mi madre
  • _ ¿Sí?, ¿y qué te dijo?
  • _ Me dijo que era gobes (algo así como buena chica), y no sabes lo mejor
  • _ ¿Qué?
  • _ Me dio un beso

    G. no lo sabe, pero ningún niño del mundo debería poder contar los besos que le da su madre. Como esto a G. nadie se lo ha dicho, G. consideró la “operación collar de cuentas de plástico” todo un éxito. El hecho es que, fuera por el collar de plástico, fuera por la medicación que empezó a tomar, la madre de G., poco a poco (muy poco a poco) parece que vuelve a fijarse en esos cuatro pares de ojos que la escudriñan cada día para saber si la jornada vendrá mal o bien.

    Lo que más llama la atención cuando uno trata con G. y sus hermanos es que son niños excepcionalmente bien educados. Si uno no conociera a la loca de su madre (dicho desde el cariño), uno pensaría que son niños educados en Eton. A mí, salvando las distancias y negando las apariencias, me recuerdan a los niños de Narnia. Sé que de vez en cuando les encantaría encontrar un armario en el que meterse.

    Sin armario y sin faunos, la pequeña G. es, a pesar de estas carencias, una niña alegre y muy despierta, que está convencida de que yo curé a su madre. Yo le dije que a su madre la habían curado los médicos y Dios. Dado que médico no soy, la pequeña G. dedujo que yo soy Dios (muérete de envidia, Aída Nízar). Es lo que tiene G., que de vez en cuando te meas de la risa con ella. De las canciones que a veces le canto mientras bailamos como perturbadas, la que más le gusta es Fame. Yo canto una línea, y luego ella la repite.

    Y es que la pequeña G. sonríe siempre, aguanta siempre, espera siempre. La pequeña G. no llora nunca.

    Y, ¿sabes qué?, she´s gonna learn how to fly. Descarao.

Jun 03

DECEPCIÓN

    Pensaba que tenía adjudicada la tercera fila de mi ranking, pero no ha sido así. Hoy he tenido la obligación oportunidad de ir al Amanuel Hospital. Para los que no lo sepan (no hay por qué avergonzarse), el Amanuel es el hospital psiquiátrico de Etiopía. El caso es que me apetecía ir, aparte de porque tenía que acompañar a una señora, por completar mi ranking de filas interesantes y/o divertidas, pero no va a poder ser, porque la fila del Amanuel no sólo es aburrida, sino que además es muy, muy triste.

    Yo pensaba que al ser un lugar para enfermos mentales, las historias que normalmente se cuenta la gente en las filas de los hospitales serían de lo más interesantes. Pues no. La gente en la fila del Amanuel está completamente en silencio. De vez en cuando algún grito, algún lloro, algún gesto inapropiado por parte de los enfermos. Nada más. Los familiares no hablan con otros familiares, no te preguntan Where are you from, no te cuentan por qué están allí. La enfermedad mental en Etiopía, al igual que en muchas otras partes del mundo, está rodeada de una fuerte estigmatización social, y esto hace que en la fila del Amanuel todo el mundo adopte tácitamente la táctica del Don’t ask, don’t tell. Te da una cierta tranquilidad, pero le quita atractivo a la fila.

    Además, que tampoco he podido estar mucho en la cola, porque nos han hecho pasar bastante rápido. El Amanuel es un sitio no demasiado frecuentado por los frenjis, y mi presencia llamaba poderosamente la atención. Así, en fila, se me iban acercando algunos pacientes -sé que eran pacientes porque iban en pijama-, unos para saludarme, otros para insultarme, para besarme… Ha llegado un momento en que un enfermero tenía que permanecer a mi lado para reconducirlos a su ubicación correcta y, aunque ninguno ha intentado agredirme, y la situación era más cómica que peligrosa, nos han dejado pasar delante para que se tranquilizase el patio. Los pacientes llevaban escritos en sus pijamas el ala al que pertenecían (ellos y sus pijamas, supongo). Algunos, además, llevaban escrito en la espalda, con rotulador sobre el pijama, indicaciones sobre su peligrosidad y la conveniencia de no dejarlos salir del recinto. Me ha parecido una medida bastante práctica.

    Entre los enfermos no internados, un poco de todo. En el tránsito entre una y otra consulta, en las escaleras, hemos encontrado a una chica joven, bien vestida, con el pelo alisado, aunque muy despeinado, sentada. Al pasar yo, me ha cogido la mano. How are you?, me ha dicho. En sus ojos, la tristeza del prisionero en sí mismo, lágrimas a medio caer y una sorda llamada de auxilio. Me he quedado quieta, paralizada, fulminada por la insondable tristeza de esa chica. Sólo he acertado a balbucear aisósh (ánimo), y a besarle la mano que me había ofrecido. Esto se me ha pegado de los pobres, que son muy de besar manos. Me ha venido a la cabeza la frase de la Madre Teresa sobre la gota en el océano. En los ojos de esa chica fluía todo el océano, toda la tristeza del mundo, toda esa pobreza que hay en Etiopía, que no es sólo económica o material, que es una bruma triste, pegajosa, asfixiante. Su sufrimiento contra mi comodidad, contra cosas como mi estúpido ranking de filas. Su llamada contra mis pies de cemento, contra mi imposibilidad de ayudarla.

    No había decepción en su mirada, tal vez porque nunca tuvo ilusión por nada.

May 28

EN-FILA-DOS

    He decidido hacer un ránking de filas. Dado que al cabo de la semana me trago varias (sanitarias, burocráticas…), creo -humildemente- que puedo hablar con cierta autoridad. Hay quien se hace un máster en gestión de recursos humanos. Yo me estoy haciendo un doctorado en turnos de espera.

    Así pues, mi número dos es la fila de la clínica de la Doctora. De quién es la Doctora y qué pinta en este blog hablaremos otro día (o no). Por hoy, baste decir que dirige una clínica para mujeres y niños de escasos recursos, situada dentro de un orfanato de una conocida congregación religiosa.

    Yo, como de costumbre, no estaba haciendo la fila sola. Estaba con A., que pasó algún tiempo en el centro de La Doctora ingresado por varias y múltiples circunstancias. El resto de la fila eran todo señoras con niños de pecho. Allí tengo que decir que me he sentido un poco estéril, porque era la única de pechos vacíos y sin niño propio. También era la única con sujetador, pero esto tiene menos simbolismo.
    Las señoras eran bastante gueter*, todas con sus netelá. El netelá es un complemento que me encanta. Es el velo blanco que normalmente debería usarse para cubrirse la cabeza cuando se va a misa. En la práctica, las señoras de gueter lo usan lo mismo para un roto que para un descosido, especialmente las que van con el niño colgando. En primer lugar, el netelá te sirve para atarte el niño a la espalda. Cuando el niño no lo llevas a la espalda, lo llevas en brazos envuelto en el susodicho netelá. Aparte de estos usos evidentes, el netelá te sirve también para limpiar al niño, igual cuando se caga que cuando se le cae un moco. Tú lo limpias con el netelá. Del mismo modo, cuando el niño se mea en la cola de la clínica de La Doctora, también limpias el suelo con el netelá, ante el horror de algunos voluntarios extranjeros. Si les plantearan el mítico acertijo sobre la hipotética isla desierta, las señoras gueter no lo dudarían un minuto: se llevarían el netelá. El súmmum del gueterismo es llevar un netelá de repuesto atado en torno al torso, un poco como las cartucheras de balas de los guerrilleros latinoamericanos. Supongo que será por si les dejan llevarse dos cosas a la isla desierta.

    El netelá para los niños tiene un poder relajante. Está científicamente comprobado (descarao) que si tú a un niño lo envuelves en un netelá, se queda sopinstant, que decía Elvira Lindo cuando todavía era graciosa. Incluso los adultos cuando se ponen enfermos se envuelven en el netelá de pies a cabeza. Y no hay forma de desenvolverlos, porque fuera del poder sedante del netelá todo les duele mucho, mucho más.

    Volviendo a la fila, allí estaban las señoras, sus niños, sus netelás y yo. La clínica de la doctora es pequeñita pero coquetona, y se crea en la fila un ambiente de camaradería entre las señoras que se cuentan sus desgracias. El momento más simpático lo ha protagonizado una de las señoras cuando la enfermera le ha traído un bote porque necesitaba una muestra de heces del bebé. La señora, rauda y veloz, le ha dicho que no era necesario ni siquiera desenvolver al niño, dado que, casualmente, había un poco de caca en uno de los extremos del netelá. El diálogo ha continuado por derroteros que rayaban el sainete valleinclanesco (en caso de que Valle Inclán hubiera decidido escribir sainetes africanos):

    Enfermera: Pero, la caca del netelá, ¿es fresca?
    Señora: Sí, hace sólo media hora que lo he limpiado
    Enfermera: Ah, pues entonces sí que me vale

    Había otra señora que también tenía que recoger caca de su niño, y la enfermera le ha dado el botecito y los pertinentes guantes. La señora ha desenvuelto al niño, ha abierto el trapo que le servía de pañal, y ha cogido un poquito del contenido del pañal. Los guantes se los ha dado a los otros dos hijos que venían con ella, más mayores, para que jugaran. Los han inflado y yo los he atado (la señora no sabía), y hemos pasado un rato de lo más entretenido jugando con los globos de cinco dedos.

    Otra de las señoras de la fila venía a recoger a su niño, que había estado un mes ingresado. Como la señora tiene siete hijos más en casa, casi no había podido ir a ver al que estaba ingresado. Cuando las enfermeras se lo han traído, la señora se ha quedado un poco plof, porque el niño, de algo menos de un año, no parecía reconocerla. El resto de las señoras la ha consolado diciendo que es normal, que a esa edad un mes es un montón de tiempo, y que no se preocupe que enseguida volverá a quererla. Yo, en mi amárico macarrónico, he aportado el tradicional “madre no hay más que una” (enat and bicha nat). Otra de las señoras, más práctica, le ha dicho que no tenía por qué estar triste, que si el niño estaba tranquilo era porque en la clínica lo habían querido tanto como en su casa, y que lo que tenía que hacer era alegrarse porque a su hijo no le había faltado amor en ningún momento. Como puede verse, las señoras gueter de vez en cuando tienen una profundidad mental que te deja ojiplática, que decía Eva H. cuando todavía era graciosa. Al final, la señora del niño ingresado se ha ido bastante contenta, ya que otra señora que la conocía de antes le ha dicho que se notaba de lejos que el niño estaba mucho más sano que hace un mes.

    Y yo, después de una media horita de espera, también me he ido bastante contenta. Sobre todo, porque he encontrado mi fila número dos. Mantengo en el top del ránking la de Inmigración, porque la considero insuperable, pero ya le he dicho a La Doctora que la de su clínica también es la mar de entretenida. Volveré.

*Gueter: Se traduce por countryside. Los etíopes denominan gueter a todo lo que no es ciudad. El noventa por ciento de Etiopía es gueter, pero, a veces, parece como si no existiera.

May 25

INTERCAMBIO

    Leyendo mi periplo festivalero nocturno de hace algún tiempo, puede parecer que aquella noche fue la peor de mi vida. Y no, mira. Con el pasar de las semanas, me quedo con la experiencia de haber compartido aquella noche con la abuela de M, una señora que, desde una gran serenidad, nos mostró el rostro de quienes han nacido, viven y morirán en la pobreza. Como ya conté, en un momento de la noche, la señora sólo quería llevarse a M. a casa, porque a los etíopes no les gusta morir en los hospitales. No es que se diera por vencida, simplemente aceptaba la realidad. Que se te muera un hijo, un nieto, no es tan raro. Entra dentro de lo previsible. No es que no lo quiera -“es lo único que tengo”, repetía-, pero la gente como ella están acostumbrados a perder, y supongo que tratan de hacerlo con la mayor dignidad posible.

    Cuando llegamos a la clínica privada, la mujer se llevó aparte a una de las enfermeras y le preguntó cuánto costaba el estar allí. La enfermera, amable y claramente, le dijo: “donde habéis estado antes eran hospitales públicos. Éste no, éste es muy caro”. Acto seguido, la señora vino a asegurarse de que yo conocía esta circunstancia, que, por otro lado, a ella se le escapaba un poco: “Yo en toda mi vida lo máximo que he visto son los cien birr que pago de alquiler al mes”. Que la enfermera le dijo que en la clínica, con eso, ni los buenos días nos iban a dar. Como se puede imaginar, cuando nos indicaron el depósito que teníamos que realizar (2.500 birr), la señora tuvo un momento de pánico al llegar a la lógica conclusión: “Jamás podré devolveros ese dinero”. Le indiqué que ya nos habíamos percatado de ese hecho, y que no se preocupara, que la salud del niño no tenía precio para nosotros (aunque sí para la sanidad privada).

    Realmente, el mejor momento de la noche llegó cuando se llevaron a M. al quirófano de la clínica privada y yo me quedé sola con su abuela. Por matar un poco el tiempo, y dado que se tenían que quedar algunos días, aproveché para enseñarle los baños y explicarle el basic management de lo que viene siendo un váter con agua corriente. Al final del tour, le indiqué que, para saber en qué baño entrar, debía mirar los dibujos de las puertas: el que lleva faldas es para las señoras y el que lleva pantalones es para los señores. Por primera vez en varias horas, la señora rompió en una sonora carcajada. Le pareció La Idea, eso de los dibujos así de claros en la puerta del baño. Así, dedujo, hasta los que no sabemos leer sabemos dónde tenemos que entrar. Supongo que es como la primera vez que uno usa un post-it, que lo encuentra la mar de práctico y se extraña de que nadie lo inventara antes. Pues igual.

    Antes de dejarlos en la habitación, le dí a la señora un dinero para que se comprara algo de comer al día siguiente. Cuando nuestra enfermera fue a visitarlos, me comunicó que la señora se negaba a pagar 18 birr por un plato de injeera, que era lo que costaba en la cafetería del hospital, y que había decidido no comer durante los tres días que iban a estar allí, y que me devolvía el dinero. Tuve que llevarle una fiambrera y un termo. Luego, cuando sus vecinos del barrio averiguaron dónde estaban, acudieron todos en masa a visitarlos y a llevarles comida, y así la clínica privada se llenó de mendigos y leprosos, y en dos días las enfermeras decidieron que el niño ya estaba bien y que le daban el alta.

    A pesar de la evidente distancia que nos separa, aquella noche me sentí unida a la abuela de M. Compartíamos un objetivo común, y ambas estábamos convencidas de que la otra haría todo lo que estuviera en su mano para conseguirlo. Por una noche, fuimos iguales, aquella señora de setenta años, analfabeta y asustada; y yo, con un mundo que se me caía encima por momentos ante la perspectiva de perder a una parte de la Santa Infancia. Comprendí profundamente, no sólo su dolor, sino también su resignación, su perder con dignidad. Porque hay veces que se pierde. Sólo que nosotras, aquella noche, ganamos. Las dos.

May 20

INTERIORIDADES

_¡Kaktus, Kaktus!, ¡G. se ha sacado una lombriz del culo en el patio!
Una conversación que comienza así sólo puede mejorar. Me dirijo a comprobar el hecho denunciado. Efectivamente, en el fondo de una de las acequias de desagüe que bordean el patio, reposa el cuerpo sin vida de una lombriz blanca, de unos veinte centímetros de largo. La Santa Infancia y yo guardamos silencio ante los restos del animal.
_ Perdona -yo soy muy educada- ¿cómo coño te has sacado semejante serpiente del culo? – también soy muy clara hablando, porque el amárico tampoco lo domino tanto.
_ Se la he sacado yo -señala orgullosamente M.- Me he ganado un caramelo, ¿no?
_ No, te has ganado un lavado de manos en profundidad
_ No, no hace falta -replica- he cogido un papel del suelo para agarrarla
Las arcadas me recorren de pies a cabeza, y mientras superviso el correcto lavado de manos de G. y M., quién sabe por qué, me viene a la cabeza una canción que aprendí en el cole y que decía: “Mi corazón es una caja de música donde Dios colocó su canción”. Mientras pongo el piloto automático para comenzar la charla de “está totalmente prohibido sacarse cosas del culo los unos a los otros”, reflexiono (polivalente soy) sobre las diferencias culturales: mientras las niñas de colegio femenino católico crecimos convencidas de que nuestro interior albergaba un artefacto mecánico musical depositario de canciones celestiales, la Santa Infancia vive con un terrario en sus entrañas que les proporciona bastante más distracción que nuestra cajita de música católica.
A veces, yo sé que se me va la olla.

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