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Posts Tagged ‘Tarike’

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feb 05

PRUEBA SUPERADA

Hoy he acabado un viejo proyecto importante para mí. Hoy finalmente he empezado a llenar mi depósito de compost.

Decidí, hace ya algunos meses, construir un depósito de compost hecho de palés viejos. Sólo que en Etiopía nadie tira los palés viejos, y tampoco te regalan los palés viejos gratuitamente. Así pues, puse a mi Santa Infancia a atornillar maderas para construir los palés con los que construir el depósito de compost.

Finalizada la estructura de madera, la semana pasada aprovechando un día libre que nos cojimos por Timket, mientras el barrio se volvía loco con las procesiones, y el Arca y todos esos mitos que a la gente la tienen atontá fascinada, recubrí por dentro el depósito con tela de malla. Allí ya me dí cuenta que en los escuetos vídeos de youtube sobre depósitos de compost hechos de palé hay una cosa que no mencionan: pesan más que el David de Miguel Ángel.

Hoy he convencido a mi Santa Infancia para que me ayudara a transportarlo a su ubicación definitiva. Parecíamos un paso de Semana Santa, porque han dicho que llevarlo a hombros era más fácil. Luego todos nos hemos quedado con los hombros llenos de cortes de los clavos y las maderas. Estupen.

A pesar de mis esfuerzos, mi Santa Infancia todavía no ha entendido para qué sirve el depósito de compost, pero yo sé que se convencerán en cuanto empiece a producir compost. El Ingeniero, en frente de cuya casa he plantado el depósito, tampoco está muy convencido:
_ ¿Y si huele?
_ No va a oler
_ ¿Por qué?
_ Porque lo dice Internet
_ Internet no huele
_ Aunque huela, vivimos al lado del basurero. No te darás ni cuenta.

Y allí lo he convencido un poco más.

Brother House lo llama “la caja agujereada de Kaktus”. La Santa Infancia lo ha bautizado “la mierda ésa para el huerto”. Yo lo veo y me recuerda al Arca de Noé. Los dos servirán para repoblar la tierra. Es que me emociono con cualquier cosa.

may 19

LA CHARLA

A. (quince años) va al catecismo a la iglesia ortodoxa. Está encantada, porque dice que al final del año, si aprueba el curso este del catecismo, la pasarán al coro de la iglesia, y le darán una túnica para que cante acompañando al Arca de la Alianza en la fiesta de Timket, que como ustedes pueden imaginar es lo más parecido a una ilusión de vida que tiene la Santa Infancia.

Un día vino a decirme que el grupo de catecismo estaba organizado una excursión a una iglesia en los alrededores de Addis:
_ Hay una lista en la que se pueden apuntar los niños huérfanos, y así la iglesia les paga la excursión –me explicó, mirándome de un modo un poco raro
_ Ah, qué apañados
_ Yo no me he apuntado – A. es huérfana desde hace mucho, mucho tiempo
_ ¿Y eso?
_ Porque esa lista es para niños que no tienen a nadie. Y yo te tengo a ti –concluyó, triunfal -,¿verdad?
_ Esto… ¿y cuánto dices que cuesta la excursión esta?

Como ya he explicado más de una vez (concretamente aquí y aquí ), a A. le encanta pregonar que yo soy su madre. Y es verdad que es un poco limitada (si se ríe mucho, hasta se le cae la baba), pero así y todo siempre he intentado que viera la realidad, que es que la quiero mucho, mucho, pero que no soy su madre. Y así, algunos días más tarde me decidí a mantener La Conversación:
_ A., tú sabes que yo no soy tu madre real, ¿verdad?
_ Sí, claro –me respondió -, pero yo te quiero como si lo fueras
_ Y sabes que un día me voy a ir…
_ Ya…- y allí le falló un poco la determinación – pero me da igual - se recuperó- yo te voy a querer igual si estás aquí que si no estás.

Igual sí que tiene razón, y Dios me ha dado una hija. Una hija tonta y que se le cae la baba. Porque alguien que te quiere tanto tiene por fuerza que ser familia, ¿no?

may 04

ONCE UPON A TIME…

Ayer Y. (seis años) me contó muy emocionado que tenía dos libros en casa. Según él, eran dos libros preciosos en inglés que un cliente le había dado a su madre. Lo del “cliente”, como él mismo se dio cuenta justo después de decirlo, se le escapó. En teoría, la mamá de Y. no trabaja. Y no tiene “clientes”. Y no es puta.

Y. me dijo que me traería los dos libros, para que viera lo bonitos que eran y se los leyera. Hoy los ha traído. Uno era el folleto de normas y regulaciones de la Universidad de Addis Abeba de hace tres años. El otro, que tenía hasta dibujos, era el libro de instrucciones de un televisor. Y me ha pedido que se los leyera. Con el primero, como no tenía dibujos, le he contado la historia de los tres cerditos. El segundo ha sido más difícil, porque traía ilustraciones de un mando a distancia, y entonces le he contado una historia de un niño de su misma edad, que vivía en Addis, y, al que, como al propio Y, le encantaba rebuscar en la basura en busca de mierdetas con las que armar juegos estupendos. Esto es real. Y. con cuatro porquerías se monta unos juguetes que son la envidia de toda la Santa Infancia. Una vez, con cuatro tapones de botella, cuatro palillos y una bolsa de leche se hizo un barco con ruedas que causó sensación. Secretamente albergo la ilusión de que llegue a ingeniero.
El niño de la historia, buscando, buscando, se encontraba un mando a distancia mágico, y que cada vez que pulsaba un botón le sucedían cosas maravillosas. Pulsaba el 1, y desaparecía Koshe . Pulsaba el 2, y se encontraba un sofá. Pulsaba el 3, y le caían del cielo unas zapatillas de tacos para jugar a fútbol. El último botón se lo dejaba pulsar a su mamá, y ¡zas!, su mamá ya no tenía que trabajar y podía pasarse todo el día dándole abrazos a ese niño tan espabilado que se había encontrado un mando a distancia mágico. Y eran todos muy felices.

Los mayores se han coscado de que yo estaba mintiendo como una bellaca, y de que en los libros no ponía nada de eso. Misteriosamente, no han dicho nada, y hasta han colaborado en algunas partes de la historia (lo de los zapatos que caen del cielo es suyo). Y. se ha ido a casa súper contento con sus dos libros de historias imposibles. Espero que los pierda, se le mojen o se los roben antes de que aprenda inglés, porque se va a llevar un chasco…

abr 09

PASOS PERDIDOS

A las niñas de mi generación, nacidas ya en democracia, nos educaron para cambiar el mundo. Nosotras teníamos que llegar a todo, teníamos que serlo todo: amas de casa, madres y profesionales súper eficaces. Y había una cosa que, al menos a mí, se me quedó muy grabada: todas estas cosas teníamos que hacerlas “con la frente bien alta”. Y así, mi ideal de persona digna y productiva incluye gente que camina con la espalda derecha y la cabeza recta, mirando al frente sin vacilación. Enfrentando el futuro en cada paso que da.

En el barrio de la Santa Infancia, si te da por caminar con la cabeza bien alta lo más probable es que acabes de morros en el primer charco. Si eres afortunada, el charco contendrá al menos un cincuenta por ciento de agua. Si no, pues no será agua. Como las calles no están asfaltadas, más te vale dejar las filosofías sobre la dignidad para otro día y unirte al club del “mira bien por dónde andas”, que en la práctica equivale a caminar con la frente marchita, que decía el bolero.

Yo cuando voy al barrio suelo tropezarme aproximadamente cada cinco pasos. No me caigo, pero voy dando un traspiés detrás de otro, mientras la Santa Infancia de turno completa “aishós” (ánimo) a cada paso que doy. He probado a caminar con la frente en alto, levantando un poco más las piernas en cada paso, pero pierdo velocidad, me canso más, y parezco un vaquero borracho. Como se ve, me encanta perder el tiempo en reflexiones absurdas.

En todo esto iba pensando hoy mientras iba con A. a visitar a su madre que lleva meses enferma y que, a pesar de todos mis esfuerzos, sigue sin pesar más de cuarenta kilos. Y de reojo iba observando a A, que tiene ya dieciséis años, y me he dado cuenta de que ellos no caminan mirando al suelo. Tampoco miran exactamente al frente, sino a un punto a medio camino que les permite ver las piedras sin perder de vista el destino. Amazing, tú. Lo ve Paulo Coelho, y le sale un libro.

Embebida en estas cuestiones simbólicas, he llegado a casa de A. Su madre se llama Salud, pero, como digo, hace tiempo que está enferma. Antes de ir, he estado media hora mentalizándome, porque tiendo a perder la paciencia con estas señoras que un día no salen de la cama, y al siguiente ya se quedan allí. También fui educada para ocultar cualquier signo de debilidad y/o desgracia, por lo que la gente que abiertamente se muestra consumida por sus miserias me provoca una profunda desazón.

La mentalización ha surtido efecto, y he conseguido tranquilizar a la señora, asegurarle que mañana saldrá el sol y convencerla de que emerja al mundo exterior. La casa de A. apesta siempre a pipí, y es oscurilla, por lo que se puede entender que a la señora le den depresiones de vez en cuando. Tiene, eso sí, un patio muy bonito con algunas cosas cultivadas.

A pesar del patio y de la mentalización, la angustia de la señora como que se me ha contagiado, y he salido pensando que a esta señora no la voy a volver a ver con salud en la vida, y que todos mis esfuerzos parecen ser baldíos. Al final, he llegado a casa mirando las piedras no, lo que está debajo las piedras. Un poco como los toros que embisten el burladero. Un poco también como la madre de A., pero sin el olor a pipí.

ene 26

CONTRASTES

Un sábado aproveché que mi Santa Infancia estaba enfrascada en cienes de torneos de fútbol para irme de compras. Me dí un garbeo por la zona de la iglesia de Gabriel, a unos diez minutos en coche de donde vivimos o a otros diez a pie vadeando el río asqueroso donde el Alert Hospital vierte sus residuos. Yo opté por el coche.

Iba buscando unas ensaladeras de plástico monísimas y súper poco útiles que había visto en casa de unos amigos (demasiado grandes para comer cereales en ellas y demasiado pequeñas para poner ensalada para más de dos personas. Ideales). Así, merodeando por el lugar, que en los últimos años ha mejorado un montón, me encontré a las puertas de un centro comercial que abrieron el año pasado.

Cuando ya iba a entrar, alguien gritó mi nombre, y me encontré de bruces con A., de unos quince años, uno de nuestros fracasos, que camina por la vida y por la calle con varios dientes de menos y el pelo de tres colores. Se acercó a saludarme y, al mismo tiempo, se aproximó blandiendo su bastón el seveñá del centro comercial, preparado para librarme de mi inoportuno encuentro. Me apresuré a explicar que lo conocía, con lo que la cosa no pasó a mayores. Estuve a punto de hacer eso tan frenji que es entrarse mendigos a sitios donde no tienen nada que ver (algún día hablaremos de la temporada de recogida del niño de la calle), pero lo dejé correr porque, en mi modesto entender, son cosas que no aportan nada a nadie.

Así, me dí un garbeo por el supermercado, centro comercial y spa. Hasta piscina tenía. A mí, cuando entro en estos sitios, se me queda la boca un poco demasiado abierta. Me doy cuenta cuando me entra sed, y entonces la cierro (chica lista). Había una tienda de electrodomésticos en la que vendían hasta heladeras y yogurteras. Había muy poca gente, pero bastantes lucecillas de colores de Navidad, que me parecen fascinantes.

Después de mirar un rato las luces, por no salir con las manos vacías, compré un panecillo (sólo había con semillas por encima) y una tableta de chocolate en el súper. Cuando salí a la calle, le dí las dos cosas a mi fracaso, quien a cambio me dejó jugar en un futbolín destartalado con sus colegas mientras se comía el chocolate y el panecillo, después de quitarle las semillas.

Tras despedirme, seguí paseando sin encontrar mis ensaladeras, y me volví con mi Santa Infancia. W. (nueve años) vino a saludarme emocionadísima, porque su madre se había encontrado otro botón por la calle, y se lo había cosido en el único vestido que tiene. La madre de W., aunque tiene pocos dedos, consigue coserle botones a modo de adornos, y su vestidito komche le queda así de bonito:

Esos botones me parecen belleza en estado puro. Si la gente supiera de su existencia, seguro que pagaba por verlos. Los encuentro mucho más bonitos que el spa, la piscina o las tiendas de vestidos absurdamente caros. Los encuentro, incluso, más bonitos que las luces de Navidad.

jun 18

VEO VEO

A la Santa Infancia le gusta jugar con mi cara. Me apartan el flequillo y exclaman ¡mira, parece otra! Me quitan las gafas y también parezco una persona distinta. Imito a un pez, y parezco un pez. Hago como que duermo, y parece que me he muerto. Finjo enfadarme, y les doy miedo porque no me reconocen.

Con los años, la Santa Infancia me conoce mejor que yo misma. Les basta una mirada para saber el contenido exacto de mis emociones. Saben hasta dónde pueden probarme, saben cuándo estoy triste (normalmente también saben los motivos de mi tristeza), y saben que hay días en los que no me canso de cantar.

Este año he empezado a conducir. Hace poco llevé a varios de los grandes en el coche un domingo. Cuando volvimos, les pregunté que qué les habían parecido mis habilidades conductoras.
_ Lo haces bien, pero te falta seguridad en ti misma.

Si mi madre no estuviera viva y coleando, pensaría que su espíritu ha poseído a mi Santa Infancia. Esta frase podría resumir a la perfección mi vida entera, supongo. Ellos son así, cuando menos te lo esperas, te ahorran la visita al psicólogo. Y gratis, tú.

La Santa Infancia son tremendamente intuitivos. Rara vez ven las cosas blancas o negras, sino que ven los matices, los grises, los rojos… Te miran y ven la persona que eres, pero también la que te gustaría ser y la que deberías ser. Te miran y te ven tal como eres, con tus sombras y tus dudas, con tus culpas y tus logros. Toda tú, concentrada en sus ojos, en sus vidas.

A veces da miedo que alguien te conozca tan bien.

jun 04

NUEVA VIDA

La semana pasada nos llegó D., fresquita y todavía con aroma a autobús desde el gueter. Es de Goyam, huérfana y vive con su abuela a la que, para variar, le faltan cachos. Trece años y, hasta el momento, ni una letra en su vida. Fue verla y admitirla todo uno, porque decididamente pertenece a nuestro target de beneficiarios.

Los dos primeros días, como suele suceder, los pasó sentada al lado de Brother House, callada, tratando de pasar desapercibida y mayormente aterrada. Saludaba educadamente por las mañanas y antes de irse por las tardes. Y ya.

El tercer día… el tercer día le dio el subidón, y empezó a reírse por todo. Y empezó a besarme, y a abrazarme constantemente, maravillada de la vida. Y yo la abrazaba también, y nos reíamos como dos tontas. Tontas del bote. Y yo hacía muecas, y ella las imitaba, y nos volvíamos a reír. Y el resto de la Santa Infancia nos miraba un poco perpleja, porque ya se les ha olvidado que ellos también, un día, descubrieron las risas y los abrazos, y que a ellos también les dio un subidón que parecía que iban drogados de vida.

Los días han pasado, y D. se ha tranquilizado un poco, a Dios gracias. Sigue maravillándole cuando pronuncio su nombre por las mañanas, y todavía bastante a menudo viene y me abraza fuerte, fuerte, como si tuviera miedo de no poder hacerlo nunca más.

La Santa Infancia, a veces, se ríe de ella y le toma el pelo, y la llama komche. Ellos, que nacieron en New York. Hace un par de días me enfadé, y les dije que reírse de D. es reírse de ellos mismos, de sus padres, de su cultura. Y asintieron circunspectos (ellos también saben), y se pusieron a trenzarle el pelo a D., para que parezca un poco menos komche.

Ella está encantada de la vida, pero a mí, a veces, cuando la veo tan, pero tan emocionada, se me hace un nudo en el estómago, porque sé que la emoción pasa, y te queda la soledad de una ciudad en la que cada uno va a lo suyo, en la que no entiendes nada y en la que nadie te entiende. Porque los niños komche, aunque se olviden de que una vez fueron komches, siempre tienen como una tristeza dentro, como una nostalgia en los ojos. Nostalgia de piedras, de montañas, de espacios abiertos. Nostalgia de gueter, supongo. A los frenjis nos pasa algo parecido.

may 16

MATERIAL GIRL

Últimamente, dentro de mis funciones como gestora del desarrollo de la Santa Infancia, me ha tocado ir a Merkato varias y repetidas veces.

El Merkato provoca en mí sensaciones contradictorias, entre las que figuran el divertimento, el hastío y la desesperación, entre otras muchas.

Como los adeptos a la Cooperación al Desarrollo sabrán, los proyectos financiados por agencias oficiales se caracterizan por su facilidad de gestión y sus inexistentes cargas burocráticas. Para comprarte, pongamos por caso, unas bragas, tienes que solicitar tres presupuestos en tres tiendas distintas, evaluarlos de acuerdo a estándares de calidad, precio y disponibilidad fijados por la agencia en cuestión y, una vez hecho esto, pues ya eres libre de comprarte las bragas. Sólo que, para entonces, es oír la palabra “bragas” y ponerte a vomitar, pero como esto queda feo decirlo en un report que llevará tu firma y la de tres superiores tuyos, pues te lo callas.

Si, pongamos el caso, no se trata de comprarte unas bragas, sino quinientas bragas, que deberás adquirir en Merkato, porque es el único sitio donde venden bragas, la situación se convierte en el Gran Prix del Verano. Sólo te falta la vaquilla.

Y es que la gente en Merkato es de un heavy que asusta. Primeramente, no hacen presupuestos. Tal cual. Da igual lo que les digas, que les expliques que, sin presupuesto, no puedes comprar nada, que llores, que supliques, que implores. Presupuestos, caca. Y punto. Y ahí te sientes un poco Pretty Woman, con los bolsillos llenos de pasta para comprar cosas que nadie te quiere vender.

Además, la mitad de los vendedores no cotiza impuestos, con lo cual no pueden hacerte recibos de más de diez mil birr. Concluyendo: en el mejor de los casos, sales con cinco recibos por cantidades menores que escenifican a la perfección un fraude fiscal. O ni siquiera son vendedores legales, por lo que los recibos te los hacen en otra tienda. Y así, en tus facturas de material escolar, aparece el sello de un negocio de venta de colchones y almohadas.

La gran pregunta ahora es: cuando me lleven al trullo por irregularidades contables, ¿me llevarán a la prisión de Goterá (donde compartiría recinto con C., en el caso de que su aventura al margen de la ley acabe mal), o me meterán en una prisión dentro de la jurisdicción de la agencia donadora? La Santa Infancia ya ha dicho que, si la situación es esta última, se van ellos de cabeza a pagar por mis desmanes burocráticos. Son la mar de solidarios.

abr 24

Y YO CON ESTOS PELOS

Vivir en Etiopía es bastante difícil. Y, si llevas el pelo corto, un poquito más difícil todavía. Supongo que por eso, hay muchos frenjis que cuando viven aquí se dejan y parece que estén permanentemente de camping: sin depilar y armados de complementos del Decathlon. Yo no. Yo saco lo mejor de mi misma en mi batalla cotidiana contra la desidia estética.

Si por la Santa Infancia fuera, yo me cortaría únicamente el pelo cuando empezara a tropezarme con él. No les gusta el pelo corto. Como mis amistades saben, durante mucho tiempo tiré de home made en lo que a estilismo capilar se refiere, pero no funcionó del todo (la Santa Infancia no es todo lo habilidosa que parece, y la Doctora sabe coser cabezas pero no arreglar el pelo que crece en ellas), y el año pasado me decidí a empezar a ir a la pelu.

Animada por La Doctora, nos fuimos a la armenia, que es una señora de Armenia (por si alguno lo dudaba) que tiene una peluquería enfrente del Gandhi Hospital donde va lo más granado del frenjerío local (esta palabra me la acabo de inventar, me temo). Mola bastante, en primer lugar porque tiene revistas de cotilleos en inglés, francés e italiano. Eso sí, son revistas del año del catacrac, con lo cual te tienes que conformar con ver a Lourdes María cuando todavía no tenía vello facial.

Lo mejor de la armenia, en cualquier caso, es la propia armenia, que es una señora que ha crecido en Addis y, mientras te corta y peina, te cuenta historias de la cuidad de hace mil años, en varias lenguas. Yo la oí hablar en francés, inglés, armeno e italiano, mientras recordaba cómo una vez intentaron mover el matadero de sitio y lo tuvieron que dejar ante el aluvión de serpientes que salían al remover los restos animales que hay alrededor, y que todavía hoy el visitante puede apreciar cuando pasa por Kera. Además, te sirve para enterarte un poco de los avatares de la comunidad armenia, que son un poco como lo judíos, que se han quedado esparcidos por todo el mundo.

Centrándonos en el terreno estético, la señora armenia está especializada en melena plisada con bucle al final, por lo que encuentra cierta dificultad -ella también- en los estilismos cortos, siendo los flequillos todo un desafío que no siempre solventa con éxito. Yo no salí descontenta del todo, porque me dejó un poco como la rubia de los Ángeles de Charlie. El problema es que llegué a casa y alguien me dijo que no parecía un ángel de Charlie, sino Camilla Parker Bowles. Y eso me dolió.

Con lo cual, la vez siguiente, la Doctora y yo nos encaminamos a Miki, una pequeña peluquería en frente del Club Griego, donde la dueña (que supongo que será Miki) sólo habla amárico. El resultado no fue malo (sobre todo teniendo en cuenta que cuesta tres veces menos que la armenia), pero, tras haber vuelto una segunda vez, tengo que decir que Miki es bastante independiente, y siempre me acaba plantando el estilismo “hongo nuclear”. Porque tú llegas a Miki y más o menos le dices lo que quieres, señalando los pósters de la pared. Como los pósters tienen pinta de ser de mediados de los ochenta, no escoges el que más te gusta, sino el que menos grima te da. Y luego Miki te hace el peinado “hongo nuclear” y a correr. Como esta vez se le fue la mano cortando -“esto te crece enseguida, ya verás”, me consoló ella misma- una vez que me deshice el hongo me ha quedado una cosa a medio camino entre Julie Andrews y Amelie. O eso creo yo. La Santa Infancia, como siempre que me corto el pelo, ya me ha dicho que estoy horrible. Me gusta la épica de las batallas perdidas.

mar 25

COPING ETHIOPIA

Mis últimos días libres fueron aquellos que pasé en Nairobi, hace ya más de dos meses. Desde entonces, he trabajado como una china del Sol Naciente día sí, día también. ¿Por qué? Pues porque la Santa Infancia tiende a sabotear mis planes de descanso con artimañas tan pintorescas como fiebres tifoideas, apendicitis, pulmonías o el recientemente reseñado trastorno bipolar. Mira que oculto celosamente mis planes de fuga. Pues nada. En cuanto se huelen que me quiero pirar unos días, comienza a subirles la fiebre. Matemático. Hace algunos años pasé seis meses trabajando sin parar porque, después de varias carreras al hospital, ya llegó un momento en que me daba miedo siquiera hacer planes. Me daba cosa poner en riesgo su salud de esa manera.

Cuando cuento estas cosas, la gente me mira como con admiración. De verdad. Por eso las cuento. Es un círculo vicioso. Esa misma gente, una vez que se le pasa la admiración (2,5 segundos de media), me suele preguntar que de dónde saco la fuerza para seguir adelante día a día, así, como una Madre Teresa cualquiera (la comparación es mía). Y a mí me encantaría responder que me basta el amor que me profesa la Santa Infancia, que su cariño me sostiene y me alimenta, que no necesito nada más que el saber que me esperan para acudir a su encuentro. Pero sería un poquitín inexacto y un bastante mentira. Yo hay días que a la Santa Infancia la mandaría a tomar por saco y me quedaría tan ancha.

¿Que cómo hago para levantarme cada día, salir de mi estupendo edredón de plumas (imported, of course) y pasar diez horas preocupándome por cosas tan diversas como compras de material escolar, abusos a menores, fracaso escolar, inflamaciones de hígado y grupos de mujeres, por nombrar algunos de los temas que han llenado la jornada de hoy?

Pues yo, amigos todos, hay días que, cuando se pone el sol, me robo el proyector de la Santa Infancia, y con la recua de voluntarias que me ha tocado en suerte este año, me abro una cervecita, me preparo un mix de cacahuetes y pasas, y me veo a todo color en la pared del salón, en tamaño gigantísimo, dos capítulos de Anatomía de Grey. O de 30 Rock. O de House. O de Gossip Girl. Y me olvido de la Santa Infancia. Se me formatea el cerebro. Se me atonta el entendimiento justo lo necesario para sacudirme la niebla de tristeza que a veces nos envuelve. Y se me cae hasta la babilla, de lo relajada que me quedo. Y, ya si eso, al día siguiente me acuerdo de lo mucho que me quiere la Santa Infancia, y salgo de la cama para ir a su encuentro. Un día más.

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