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Archive for the ‘Santa Infancia’ Category

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Jul 10

PATINAZO

Como ya hemos explicado alguna vez, nuestro cine de barrio es una actividad floreciente. La Santa Infancia presenta la misma ausencia de criterio cualitativo que la mítica Señora de Cuenca , y así vemos de todo un poco, en la seguridad de que todo les encanta.

En vacaciones compré 28 Días Después (no la de Sandra Bullock rehabilitándose a base de plantas que florecen, sino la de gente que se come a gente). Yo no la había visto, y, a pesar de mi disgusto, la Santa Infancia rugía de placer. En la misma línea, la semana pasada vimos Rec. Nuevo éxito de público y crítica.

El problema de nuestro cine es la disparidad de público: hay niños desde los cinco hasta los veinticinco.

Unos días más tarde, vino la madre de H., uno de los pequeños, a pedirme permiso para llevarse al niño a las aguas benditas durante tres días. “¿Y eso”, le pregunté yo, temiendo que el niño estuviera enfermo. “Porque desde el domingo no duerme. Tiene pesadillas y se despierta gritando”. Llamé a H. y le pregunté el argumento de sus sueños. Respuesta concisa: frenjis que se comen a otros frenjis. Y así se ha ganado una estancia de tres días en el manantial, en aras de la armonía familiar (la casa sólo tiene una habitación, y son varios niños pequeños, con lo cual los terrores nocturnos se contagian como la gripe o el canibalismo de películas de miedo de serie B).

Nuestro comité de programación –a la sazón compuesto por servidora y ella misma- ha decidido revisar los criterios de nuestro espectáculo. Los disidentes de turno claman que esto son daños colaterales, pero estamos aguantando el tirón. Este domingo: Sonrisas y Lágrimas (misteriosa traducción donde las haya de The Sound of Music, pero nunca tan divertida como la italiana: Todos juntos apasionadamente). Qué suerte la de los programadores de televisión, que nunca se enfrentan cara a cara a su público…

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Jul 07

REGALINES

Si trabajas en el campo social, antes o después alguien te regalará algo. Los etíopes son muy efusivos en sus demostraciones de agradecimiento, y siempre te compran pequeños detalles propios de su cultura. Pequeños detalles mayormente horribles. Lo penúltimo que me cayó en suerte fue este lindísimo cuadro, junto a las increíbles sandalias. El cuadro podría habérmelo regalado Heidi. Las sandalias tienen pelo. Me lo mandó todo un ex trabajador que actualmente trabaja en Bahar Dar. Se ve que las cumbres nevadas son típicas de allí.




Con los años, te vas sintiendo un poco como las madres que reciben las manualidades que sus vástagos confeccionan en el cole para el Día de la Madre: no sabes muy bien qué hacer con ellos, porque aprecias el gesto, pero tampoco quieres toparte con esas obras de arte cada freaking segundo de tu existencia. Quiero decir, te has pasado meses decorando tu casa, y a lo mejor en el estilo Ikea no sabes dónde meter el cenicero hecho con pinzas de tender la ropa. Sin tener un estilo definido en mi casa, yo había pensado colgar el cuadro en el baño, pero incluso allí es demasiado horrible. Uno pasa un cierto tiempo en el baño. Además, si la persona que me lo regaló viene a mi casa, creo que se ofendería. No digo que sin razón.

Así, he decidido establecer la Esquina de los Horrores en un rincón de mi casa. Allí colgaré todos esos adefesios que he acumulado en estos años: la gacela, un cuadro sobre la ceremonia del café que lleva media taza pegada y un puñado de palomitas reales también encoladas, los múltiples cuadros con frases religiosas en amárico (“Egziabier Geta New”, Dios es Señor, y demás), y los diversos collages a base de miniaturas tradicionales, como instrumentos musicales etíopes o atrezzos religiosos.

Me quedan por adjudicar los horrores de vestuario. Tengo hasta un albornoz lleno de cruces bordadas, pasando por cubrecamas y diversas variantes del vestido abeshá tradicional. Esos me los voy poniendo en las fiestas, dejando a un lado los vestidos ideales que de vez en cuando me manda mi familia y que me quedan infinitamente mejor. Con el albornoz, sinceramente, no sé qué hacer. Es que tampoco empapa mucho como para cambiarlo por la toalla.

En estas ocasiones de agradecimiento –ceremonias del café, fiestas de final de curso, cumpleaños…-, lo mejor que te puede pasar es que te regalen un foulard. Yo tengo entre quince y veinte, y casi nunca llevo foulard, porque creo que hay que saber llevarlo, y, cuando me pongo alguno, me paso el día peleando con el dichoso foulard. Los últimos tres que he recibido (uno de mis criaturas voluntarias por mi cumple, otro de Brother House por Navidad y otro de un grupo de madres de la Santa Infancia que celebraban su segundo cumpleaños como asociación), son el mismo pañuelo en distintos tonos. Por el momento: violeta, amarillo y blanco. Le he echado el ojo al naranja de la misma gama, y supongo que antes o después me caerá.

Al final, tu armario parece un todo a cien bastante particular, dominado por el toque cultural en su versión más folclórica. Hay souvenirs monos, y luego están esos que te regalan a ti: flores de plástico, cuadros pintados sobre cuero, recipientes minúsculos cubiertos en pelo de cabra (cuando ya tienes cuatro, ya no quieres más. Tampoco tienes tantos anillos que guardar, y además suelen oler a leche rancia), cruces de todos los tamaños y colores, en plástico, madera o metal; además de múltiples pulseras y pendientes hechos de los materiales más variopintos, desde perlas de plástico hasta chapas de refresco. Si tuvieras que ponerte todo eso, parecerías un árbol de Navidad versión Timket* y Geter* tradicional para usuarios avanzados.

Y todo eso es siempre mejor que la comida. A mí me mola cuando me regalan un medio kilo de kolo*, pero no cuando este medio kilo es de café verde, porque yo no sé tostar el café, no tengo molinillo, y me tengo que poner a improvisar en el horno de casa, lo que implica siempre una humera infernal y resultados bastante pobres en lo que viene siendo el sabor. Si el medio kilo es de miel pura, con sus abejitas muertas dentro y sus cachos de insecto caramelizados eternamente, ya ni te cuento.

La Santa Infancia es más de regalarme mierdetas que se encuentran por la calle: baterías de móviles (por si funcionan y me sirven para el mío), flores varias, o joyería de contenedor (colgantes en forma de corazón con la cadena rota, pendientes oxidados, diademas descolorías…) Y vas acumulando un pingo detrás de otro, porque –te dices-, son el símbolo latente de lo mucho que la gente te quiere.

A mí una vez mi familia me regaló un paraguas por mi cumpleaños, y los gritos se oyeron en Fernando Poo. Yo antes era una persona “high maintenance”, como dicen en las series americanas. Ahora, mi Santa Infancia me regala un caramelo a medio chupar y se me saltan las lágrimas de la emoción. Por lo menos nadie espera que lo cuelgue en la pared.

* Timket: la fiesta del Bautismo de Cristo. Es una de las fiestas más importantes del calendario ortodoxo.
*Gueter: por si alguien lo había olvidado, el conuntryside
*Kolo: son semillas tostadas que se dan como aperitivo. Un poco como las pipas sin cáscara.

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Jul 03

DE LOS NERVIOS

Dicen que cuando uno se va a vivir a otro país, especialmente si la cultura en el mismo es radicalmente distinta de la cultura de origen, se atraviesa por varias etapas. En un primer momento, uno se hace super fan de la nueva cultura. Le fascina la ropa, los ritos, la gente le parece encantadora… Al cabo de algunas semanas, se pasa al extremo contrario: se tiende a despreciar todo y a comparar despectivamente con nuestra cultura original, tipo “todo apesta y mientras no se den cuenta de que apesta no irán a ningún lado”. Al final, uno se instala como buenamente puede en un precario equilibrio que combina los días de desaliento total con otros donde la nueva cultura nos sigue fascinando en su complejidad (¡toma tópico!)

Si el cambio cultural se vive en un país del llamado Tercer Mundo (sí, ya sé que la denominación está algo pasada de moda), el riesgo de caer en tópicos negativos –“cómo no van a ser pobres, si aquí no hay nadie que empieza a trabajar a la hora fijada”, “tienen unos huevos como bolas de barandado”…- asociados a la pobreza del país es todavía mayor. Y, no nos equivoquemos, el racismo es una amenaza latente en todo este proceso. Yo reconozco que desde que vivo aquí, caigo en pensamientos de vergonzosa superioridad moral y de cierto racismo. Creo que sé más cosas que ellos y que tengo razón más veces que ellos, entendiendo como “ellos” todo el pueblo etíope. Tiendo a comparar la situación actual de este país con la España de mis abuelos, y, en el fondo, creo que deberían seguir un camino de desarrollo cultural y económico similar al de muchos países europes. Como se ve, no me dieron mi puesto de trabajo debido a mis profundos análisis en materia de desarrollo global. Tiendo también a culpar a la gente de su propia desgracia, y en muchas ocasiones me siento tentada a acabar las discusiones diciendo “la pobreza principal es la pobreza mental”. Gracias a Dios, las buenas maneras me lo impiden. La mayor parte del tiempo. Una vez lo solté en una oficina de la Agencia Nacional de Inteligencia. Pero es que no sabían donde estaban los Países Bajos. En una Agencia Nacional de Inteligencia.

En este punto, ustedes se preguntarán qué puñetas hago aquí, si a mí la idea de África como destino de comunión cultural me parece material de folletos estampados en marrón y naranja, con fondos en arena o madera. Yo hay días que también me lo pregunto, y la mayor parte del tiempo la Santa Infancia dice alguna chorrada que me hace reír y que me salva de salir corriendo hacia el aeropuerto. Otros días intento individualizar lo que verdaderamente me pone de los nervios y situarlo en su justa dimensión. Conocer a tu enemigo es la mejor manera de vencerlo. Y así, les comunico que toda esta digresión iba únicamente encaminada a introducir un elenco de cosas propias de la cultura etíope (según mi percepción) y que me dificultan la vida extremadamente. Sé que es un elenco hecho de tópicos y la realidad presenta –por suerte- muchas excepciones a la regla.

La negación de la evidencia:
Los etíopes no son muy de reconocer errores o culpas. Para acusarlos de algo necesitas cienes de evidencias, testigos y, sobre todo, pillarlos in fraganti. Y, a pesar de eso, negarán como bellacos. Ejemplo: pillas aun niño saliendo de clase con un puñado de bolígrafos en la mano. Sabe que no tiene permiso para sacar ningún tipo de material escolar, ergo está robando conscientemente.
_ ¿De dónde has cogido los bolis?
_ ¿Qué bolis? Yo no he hecho nada, yo no he cogido nada.

Y los bolis los tiene en la mano, en esa mano que ambos dos estáis viendo. Da igual. Negará haber cogido nada y, de repente, ni siquiera sabrá lo que es un boli. Si los bolis no existen, tampoco puede tenerlos en la mano. Consecuentemente, no es culpable de nada. Son momentos de gran frustración, porque te da la sensación de que te está tomando el pelo un niño de cinco años. Pero no te preocupes, luego descubrirás que también te pueden tomar el pelo señoras de cuarenta, hombres de cincuenta, adolescentes y, por supuesto, tus propios trabajadores. Yo no he sido.

El racismo.
No es que tu piel te delate. Es que tu piel te define, te condiciona y te limita. Eres abesha, frenji o china. La gente de Gambella son caníbales; los amara son vagos; los guragues, rácanos; los de Sashamane, ladrones; los del Tigray, tozudos. Todos los países tienen sus tópicos regionales. El problema es cuando nunca serás nada más que el tópico. Para bien o para mal. En el caso de los frenjis, por el mero hecho de serlo, te tratarán mejor o peor, pero nunca igual que a un abeshá. Por muchos años que vivas en Etiopía, serás siempre un invitado.
El racismo impregna la sociedad etíope, a pesar de la propaganda que habla de un país donde decenas de culturas conviven en paz y respeto. Mentira. A menudo achacan sus comentarios racistas a problemas lingüísticos. También mentira. La mayoría de las veces que me siento insultada, me siento insultada en amárico. Ejemplo: estoy esperando en una clínica, y van llamando a todos los pacientes. A los pacientes etíopes los llaman: “señor Abebe, señora Burtukan, señorita Kalkidan”. Cuando llega mi turno, la enfermera me señala y me dice “you. Come”. No soy ni señora, ni señorita, ni señor. Soy “you”. Cuando hablen de mí, tampoco seré ni señora, ni señorita, ni señor. Seré “la frenji”. Y, a pesar de todo, es mucho mejor ser frenji que china. Considero que ni todo el oro del mundo podría compensar las humillaciones que sufren continuamente los asiáticos que viven en este país. Si a los frenjis nos gritan por la calle, a los asiáticos les aúllan.
Como ya he explicado alguna vez, esta mentalidad se extiende también a las relaciones inter-étnicas. Sólo que ningún etíope se considera racista, no consideran el racismo un problema y, por lo tanto, no se hace nada para cambiar tópicos. De hecho, cuando tú señales situaciones de flagrante racismo, se quedarán profundamente sorprendidos y no entenderán muy bien exactamente de qué te quejas. La conclusión: te quejas porque eres frenji.

Robar a un frenji no está mal.
Esto sería un corolario del anterior punto. Todos los frenjis son ricos, todos los abeshás son pobres, ergo robarle a un frenji es sólo un modo de equilibrar la balanza. Si fuéramos sinceros, cuando redactamos una propuesta de financiación para un proyecto de Cooperación al Desarrollo, en la casilla de condiciones externas a tener en cuenta deberíamos incluir el hecho de que –especialmente si el coordinador del proyecto en terreno es expatriado- un treinta por ciento de los beneficiarios intentará engañar/robar/recibir más de lo que le corresponde en algún momento del proyecto. En el punto dos deberíamos escribir lo mismo acerca de las personas que trabajen en el proyecto. Al menos un cuarto del tiempo y energías que inviertas en un Proyecto de Desarrollo, lo pasarás diseñando mecanismos de control que impidan este tipo de prácticas. Ten siempre en cuenta que tus beneficiarios pasarán al menos el mismo porcentaje de su tiempo (y tienen más tiempo que tú) pensando en cómo engañar /robar/recibir más de lo que les corresponde.

Nunca es suficiente.
El progresar y el aspirar a lo mejor que puedas conseguir forma parte del ser humano. El problema es cuando esta mentalidad la aplicas sólo a conseguir todo lo que puedas… de los demás. Si recibiste comida, querrás zapatos. Si te dan zapatos, por qué coño no te dan calcetines. Si te dan los calcetines, deberían darte también pantalones, y, por supuesto, chaqueta. Si te han dado toda la ropa del mundo, deberían de pensar también en pagarte el alquiler de casa. Si ya te pagan el alquiler de casa –y esto es verídico. Me ha pasado- deberían comprarte una televisión para que tus niños no se aburran por las noches. Esta mentalidad no es exclusiva de las clases menos favorecidas: que levante la mano el extranjero residente aquí al que no le hayan pedido nunca que regale una cámara de fotos digital o un lap top, como si crecieran en los árboles de toda Europa. Y te lo piden tus compañeros de trabajo.

Yo nunca me equivoco.
Aquí nadie se equivoca. Jamás. La culpa de todo lo negativo que te pasa, es siempre de los demás. Disculparse de corazón y admitir que uno se ha equivocado sólo lo hacen los débiles. Evaluar algo quiere decir distintas cosas según el bando en que te sitúes:

  • Si eres el evaluador: enfatizar lo negativo y dejar claro que dices cosas positivas porque vienen en los manuales sobre motivación. De hecho, las cosas positivas que digas estarán literalmente sacadas de los manuales sobre motivación.
  • Si eres al que evalúan: negar la existencia de todo aquello que el evaluador considera que se debe mejorar.

Como punto positivo de esta tendencia, es verdad que cuando alguien reconoce un error y se disculpa –especialmente si esa persona tiene un cargo de responsabilidad-, lo valoran muchísimo y no tienen grandes problemas en aceptar de corazón esas disculpas.

…Y creo que podemos dejarlo aquí por hoy. Suena (literal) la campana del recreo. Voy a salir a jugar con la Santa Infancia. Hoy toca chapas y evasión mental.

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Jun 15

CÚRALO

Dicen que rula por el bosque del barrio. Dicen que ya no tiene la cabeza en su sitio. Él lo explica más sucintamente: “Me fumé todo lo que se podía meter en una botella de plástico”. Punto pelota.

Mis niños L. y M. ya están fuera de la cárcel. Los ocho meses pasados en chirona les han abierto un mundo de posibilidades desconocidas hasta el momento. Concretamente, el mundo de las drogas, que aquí hasta hace unos años era limitadito, pero que se ve que la gente se ha puesto las pilas y le está echando bastante imaginación: gasolina, disolvente, y todo lo que te quepa en la susodicha botellita, con la que te fabricas una cachimba o shisha casera. Muy Bricomanía.

Nuestros elementos empezaron con el consabido hachis, y cuando se acabó el hachis, pues se dieron a la improvisación. Ocho meses después, a L. se le cae la babilla de vez en cuando y se queda atascado en pensamientos obsesivos tipo “tengo que ir al Tzebel” o “yo quiero ir a la Universidad”. Duerme gran parte del día y, cuando sale de casa, rula por el bosque. Dicen que habla solo. Yo pasé dos horas intentando hablar con él, pero no saqué nada en claro. He vuelto varias veces con idéntico resultado, y esta semana volveré otra vez. La gente me dice que lo deje correr, pero la gente no sabe que K., su hermano pequeño, vino y me dijo que fuera a su casa: “Cúralo”, me dijo, “haz que vuelva a ser el de antes”. Sólo que L. no está enfermo. Y que nunca volverá a ser el de antes.

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Feb 09

TU ESPALDA

La imagen de tu espalda, M. me persigue desde hace unos días. Las marcas, los moratones, las cicatrices. Me cuentas que perdiste los zapatos, y mamá se enfadó mucho. Tú no lo sabes, M., pero tu madre a un perro no se atrevería a pegarle así. Porque un perro se revuelve. Tú prometes no volver a perder los zapatos. Yo prometo sacarte de esa casa en cuanto tenga oportunidad y en cuanto sepa adónde llevarte.

Vamos a varias oficinas, y a ti te encanta el viaje porque casi nunca vas en coche. Ahora te estás acostumbrando, porque raro es el día que no voy a gritarle a tu madre, y, ya que estoy, te llevo a casa en coche. Tú no lo sabes, pero lo he intentando todo. Cuando cierro la puerta de korkoró* para que no me oigas, intento explicarle a tu madre que no eres tonto, porque no lo eres. Le digo que aprendes bien y rápido, que te gusta el cole y que la quieres mucho. Y que si te vuelve a poner la mano encima le mando los policías. Tú no lo sabes, pero entonces ella me contesta “pues que se lo lleven los policías”.

Volvemos de las oficinas, y sigo con muchas preguntas y pocas respuestas. Decido documentar todo con fotos, mientras me muerdo la rabia, porque no entiendo por qué ella no puede quererte sólo la mitad de lo que yo te quiero, porque no puedo entender que no se dé cuenta de lo listo, lo gracioso y lo guapo que eres. Porque tienes cinco años y la espalda llena de líneas moradas. Te pegó con un bastón.
_ ¿Por qué me haces fotos?- me preguntas
_ Para que no se me olvide

Y entonces haces lo que siempre haces cuando no entiendes algo, lo que siempre haces cuando te saco una foto: sonreír.

Tú no lo sabes, M., pero tu madre no te quiere.

*Korkoró, además de una palabra la mar de sonora, en amárico designa la lámina de metal con la que se construyen las casas donde nuestra Santa Infancia malvive.

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Feb 07

CREDO

Creo en Dios. Y en Alanis. Y en Ensayo sobre la Ceguera.
Creo que abrazar un niño, dar un beso o poner una tirita son trabajos igual de importantes que gobernar un país o gestionar lo que vienen siendo las órbitas de los planetas del Sistema Solar. Creo, además, que puede ser un trabajo igual de difícil.
Creo en Glee como narcótico de curso legal.
Creo que el instinto maternal no es biológico. Creo que debería serlo, pero que no lo es. Creo que se adquiere cultural o socialmente, y creo que hay gente que no lo adquiere jamás.
Creo que hay niños a los que nadie quiere. Creo que hay niños que están demasiado rotos. Creo con todo mi corazón que puedo ayudarlos.
Creo que puedo ser una mejor persona. Creo que puedo trabajar más y mejor. Creo que cuando uno de mis niños fracasa lo hace también por mi culpa. Creo que volveré a fracasar muchas veces.
Creo que cuando muera, antes o después, me encontraré a mi Santa Infancia. Creo que ellos serán los encargados de juzgarme, porque me conocen mejor que nadie. Creo que ellos me quieren bien, y me dejarán descansar en algún lugar lindo. Y con cerveza.
Creo que The West Wing tiene algunos de los mejores diálogos jamás escritos para televisión. Creo que lo mismo sirve para The Girlmore Girls. Creo que Friends es mucho mejor que How I Met Your Mother.
Creo que nadie debería mendigar para sobrevivir. Creo que alguien que se está muriendo no debería preocuparse por el alquiler.
Creo que el mundo está bastante desajustado. Creo que es culpa de todos.
Creo que muchas veces mis esfuerzos son baldíos. Creo que corro en pos de una utopía que no veré nunca realizarse. Creo en el bien como algo absoluto que permanece más allá de resultados o indicadores.
Creo que hay algunos tipos de amor que pueden cambiarlo todo y a todos.
Creo que hay gente que nace condenada, vive sin esperanza y muere en el olvido. Creo que conozco a alguna de esa gente, y creo que ni todos viven en países subdesarrollados ni todos son pobres. Creo que algunos están incluso peor que Conchita .
Creo que la pobreza no te hace mejor persona. Creo que el mito de “pobre bueno/rico malvado” es mayormente eso, un mito. Creo que la pobreza extrema te despoja de tu dignidad como persona y te convierte en algo muy parecido a una bestia, movida únicamente por instinto. Creo que el hambre y la humillación son dos cosas que nunca se olvidan y que condicionan parte de tu comportamiento durante el resto de tu vida.
Creo que siempre se puede encontrar esperanza, pero a veces hay que saber buscarla.
Creo que la única cosa más bonita que la risa de un niño son los pies de un bebé.

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Dic 30

QUERIDOS REYES MAGOS

QUERIDOS REYES MAGOS:

Este año creo que he sigo bastante buena, y aunque a mí mis padres me ponían siempre un límite de tres regalos, este año me gustaría que me trajeráis algunos (pocos) más. Prometo no pedir nada imposible:

A la señora T. traedle algo de salud de una puñetera vez. Y una cama nueva, que se le ha descuajeringado la que tiene y duermen los cuatro en el suelo.

A S. traedle una mamá nueva que se preocupe por ella más que la que le vino de serie. Bueno, que he dicho que no iba a pedir imposibles. Traedle una conciencia a la mamá de S., entonces.

A la gente de Huesca que está bailando y haciendo un montón de cosas más por mi Santa Infancia, traedles sonrisas tan bonitas como las que la Santa Infancia me regala todos los días.

A T. traedle algo de esperanza y el amor que yo no supe darle. Porque está en la cárcel y ya no puedo preocuparme por él. Porque tengo miedo de que ni siquiera sepa que es Navidad.

A A. traedle un vestido con el que esté tan preciosa como yo la veo.

A la señora F. traedle otro hígado, u otro año de vida, u otra familia que pueda encargarse de sus cuatro hijos cuando ella ya no esté. Lo primero que encontréis en el pasillo de oportunidades del Ikea, vaya. Este regalo es muy, muy urgente.

A Brother House no le traigáis nada, porque ya sabéis que no suele aceptar regalos. Pero comparte la intención de esta lista.

A la madre de B. traedle el valor para decirle a su hijo que ha descubierto que tiene Sida, pero que piensa vivir muchos años todavía hasta que él sea mayor.

A M. traedle esas zapatillas de fútbol que tanto quiere.

A G. traedle todos los abrazos que nadie le ha dado jamás. Él no sabe que los necesita, pero ya veréis que si se los traéis se va a poner súper contento.

A M. quitadle los mocos que lleva siempre colgando. Y recordadle a su madre que no es un animal, y que hay que lavarlo.

A Y. traedle un cirujano que se atreva a colocarle hombro en su sitio, porque le gustaría volver a mover el brazo de nuevo.

A mi Santa Infancia, a todos, traedles la ropa que siempre quisieron. Unos vestidos maravillosos con los que dejen de parecer pobres.

A mí traedme mucha paciencia, la tercera temporada de Glee y la octava de Anatomía de Grey. Y la ilusión para esperar con todo mi corazón que la Noche de Reyes, Melchor, Gaspar y Baltasar paren en Mekanissa. Sigo mirando al cielo…

Y nada más. Un abrazo:

Kaktus

P.D: Y si no podéis llegar a todo, no os preocupéis. Ya lo haré yo.
.

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Nov 11

FEKER

Hay días en los que no creo mucho en la Iglesia Católica, especialmente cuando desde las esferas de poder de la misma emanan mensajes de intolerancia y falta de respeto hacia la gente que cree o ama cosas distintas. En cualquier caso, también considero que en muchas familias hay primos que a lo mejor te son menos simpáticos, pero que no por eso dejas de pertenecer a esa familia, por lo que al final me defino como católica practicante. Intento cuidar mi fe del mismo modo que intento cuidar mi pelo o el modo en que me visto, esto es, intentándolo cada día pero con escasos resultados en ninguno de los tres campos; y respeto profundamente a todos aquellos que no precisan de una fé que les dé fuerzas para luchar cada día por aquello que creen digno de ser combatido.

Mi jefe directo aquí es Brother House. Como su título indica, es una persona consagrada (tiene votos de castidad, pobreza y obediencia). Más allá de sus votos, Brother House es una persona de pocas palabras, convicciones sencillas y trabajo incansable. Hace tres años, cuando empezamos un proyecto con una agencia oficial de desarrollo, nos hicieron cienes de assesments, que son reuniones interminables donde entre cuatro y cinco personas te hacen miles de preguntas con la única intención de rellenar el correspondiente report-cuestionario. Bueno, no exactamente. Lo que quieren es ver en qué fallas y ayudarte a solucionarlo, pero en vez de preguntarte abiertamente cuáles crees que son tus carencias, pues te montan diez o doce reuniones que te apartan temporalmente de tu cotidiana lucha contra tus carencias, y que se limitan a concluir lo que ya sabías.

En este marco, nos hicieron un assesment sobre nuestras capacidades educativas, al que yo obligué a asistir a Brother Hourse. Metidos en harina, una de las preguntas era:

_ ¿Qué retos enfrentáis cotidianamente en el cuidado de vuestra Santa Infancia?- no dijeron “Santa Infancia”, pero sí utilizaron el término “retos”, porque en la Cooperación nunca “tienes problemas”, siempre “se te presentan retos”.

_ La desintegración familiar, la movilidad campo-ciudad, la violencia doméstica, bla, bla, bla –esta era yo, que me sé la lección de memoria. Todas las personas assesment rellenaban incasables las celdas de sus cuadros.

_ ¿Y qué tácticas ponéis en práctica para afrontar esos retos?- como se ve, el lenguaje sobrecargado en estas reuniones es parte fundamental de las mismas.

Y allí, misteriosamente, porque no suele intervenir, habló Brother House: _ Feker -, dijo. “Amor” –los queremos un montón-, completó. Y retornó a su mutismo.

Las personas assesment se quedaron blancas. Comenzaron a mirar sus cuadros con aparente desazón, sin saber muy bien dónde poner la palabra. Al final, tras cinco minutos de deliberación, alcanzaron un acuerdo: “Quiere decir ‘orientación tradicional’ (‘traditional counselling’ en inglés)”, y eso es lo que pusieron en el report. Y respiraron satisfechos. Cuando salimos, Brother House comentó lacónico que no pensaba venir a ningún assesment más, porque le ponen nervioso las personas que no quieren escuchar.

Esta anécdota me vino el otro día a la cabeza cuando a T. se le volvió a ir la pinza. Esta vez el pollo nos lo montó a mí y a Brother House, que no accedimos a una de sus pretensiones. Y así estuvo dando el coñazo todo el día, inmerso en una espiral de ira que alcanzó su punto álgido cuando, tras cinco minutos de descanso, volvió a enfrentarnos con un pedrusco gigante en la mano. Cuando lo vimos venir, directo hacia nosotros, yo le susurré a Brother House “¿el pedrusco crees que te lo comes tú o yo?”, a lo que él me respondió, también por lo bajini, “quietos, sólo tenemos que quedarnos quietos”. Tensión máxima, mientras yo lamentaba mis nulas habilidades como portera de fútbol.

T. alzó la piedra y la lanzó con toda la fuerza que pudo… encima del futbolín que estaba justo delante de Brother House y de mí, que quedó lo que viene siendo destrozao. Luego, se dirigió hacia mí e intentó pegarme, y Brother House se interpuso, y así T. empezó a empujar a Brother House, mientras el resto de mayores de la Santa Infancia le suplicaban que parara, y Brother House nos indicaba que era mejor no acercarse.

Y allí, en ese momento de caos, con T. empujando a House, que se dejaba hacer, quedándose quieto, sólo quieto, sin moverse un centímetro, sin decir nada, sólo intentando alcanzar los ojos de T., intentando entender su ira, pensé con aboluta claridad: “cuánto Amor desperdiciado”. Amor de ese raro, de ese incondicional, del que perdona siempre, aguanta siempre y espera siempre.

Después de dos horas de hablar con Brother House, T. se calmó finalmente y pidió perdón. A mí, de la angustia, me dio un subidón de adrenalina que me duró toda la tarde, y que, en el lado positivo, me hizo traducir la película con una brillantez que parecía el cine una reunión de Naciones Unidas. No me pude dormir hasta la una de la mañana, cuando conseguí dejar de hablar compulsivamente. Un poco como me está pasando en este post.

La Iglesia en la que yo creo es la Iglesia de Brother House, de nuestra Santa Infancia y de tanta otra gente que cada día intenta equilibrar de nuevo la balanza. La Iglesia que cada día sale al patio de recreo, a las calles del chabolerío, a los pasillos de los hospitales más guarros del mundo. La Iglesia que es capaz de mirar a nuestro T. como si todavía creyera que puede ayudarle. La Iglesia que nunca pierde la esperanza.

El domingo 22 de Octubre, la Iglesia Católica celebró el Domingo Misionero. Gracias a todos aquellos que rezaron y se acordaron de gente como Brother House.

P.D: Brother House es un Salesiano de Don Bosco, y el centro donde él y yo trabajamos pertenece a esta misma congregación.

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Nov 06

TABLAS

Tenemos un grupo de teatro, formado por cuatro adolescentes de la Santa Infancia, que cada sábado representan algo para los más pequeños del centro. Y son la monda. En serio: llevo muchos años haciendo teatro con niños, y lo de estas chicas se sale de lo común. Son muy, muy buenas.

Normalmente, representan escenas de temática familiar, con temas que suelen repetirse de semana en semana: son familias monoparentales (niños que sólo tienen madre o viven con su abuela) o, en caso de haber un padre, es ese señor que en un momento u otro de la obra saca el bastón y pega a la fémina que tenga más a mano. Los niños de la familia se desmandan (se dan a las drogas, o faltan a la escuela, o se emborrachan, o roban) y al final siempre vuelven arrepentidos a su redil.

A mí la que más me gusta es A., que hace siempre papeles de komche: habla al teléfono gritando al auricular desde una distancia de varios centímetros, se lía al marcar, le habla a la televisión… También a veces hace de loca, y es muy graciosa porque le queda como muy auténtico. La semana pasada hizo de señora que iba a ver a su hijo a la cárcel, y se perdía dentro de la cárcel y hablaba con varios presos con historias bastante curiosas.

Colaboré una temporada con ellas, y de nuestro trabajo en común surgió La Abuela Karateka. Yo hacía de una abuela que criaba a varios nietos gamberros, que se metían en problemas. Cuando el problema parecía irresoluble, yo me transformaba en karateka (de joven había salido de mi Wello natal para limpiar en casa de Jackie Chan), y usando mi bastón de madera como katana, salvaba a mis nietos del macarra de turno. A los peques les fascinaba verme dar patadas con mi vestido verde hierba. Como yo hacía el papel de cateta, durante esos sábados A. se cambió de papel y hacía de mala.

La Santa Infancia se muere de la risa con A., y sus hermanas están súper orgullosas de ella. Le dije que un día debería traer a su madre, para que la vea crecerse encima del escenario, pero rechazó la idea de plano. Me dí cuenta de que había sido una mala idea: A. no interpreta a un komche cualquiera, interpreta a su madre. Y es su hermano el que lleva en la cárcel un mes. Y supongo que es a ella a la que le encantaría ser tan macarra como para que le diera todo igual, pero no puede.

Cuando era pequeña, A. también lloraba mucho. Sobre todo cuando su madre oía voces que no existían. Ahora ya no llora. Ahora hace teatro. Y lo hace mejor que nadie.

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Oct 31

BANDERA

Hoy celebramos el día de la bandera. Si tenemos suerte, ustedes leerán esto después de Meskel, una vez que Míster K., ese poder en la sombra, vuelva de recorrerse Andalucía en bici. Como se ve, no soy la única que ha estado de vacaciones. Esto ya parece el suplemento dominical del País, donde no hay columnista que no se sienta en la necesidad de puntualizar que ellas escriben con quince días de anticipación, y que el mundo da muchas vueltas en quince días.

Como les digo, hoy hemos reunido a todos en el patio, la gente ha desfilado vestida de aranguadi-bicha-key (verde, amarillo, rojo), hemos cantado el himno nacional y todos tan contentos. Es una fiesta que el gobierno se inventó hace un par de años y que plantó en la última semana de Septiembre, que es una semana así como tonta, ya pasado el Año Nuevo y con Meskel aún por venir, y en la que, de no mediar el Día de la Bandera, a lo mejor habría hasta que trabajar.

A la Santa Infancia le asombra bastante mi escasez de orgullo patrio en lo referente a la cuestión simbólica. Léase: nunca me visto con los colores de mi bandera, que tampoco me parecen el colmo de la combinación cromatil. Y que viví en Pamplona cuatro años, y vestirte en cualquier combinación de rojo y amarillo te abocaba a convertirte en involuntaria protagonista de diversos tipos de expresiones de opinión ciudadana, ninguno de ellos placentero.

Para la Santa Infancia, lo de la bandera es súper necesario. Si les das a elegir tres colores del mundo mundial, hasta los niños de teta elegirán, por este orden, araguadi, bicha, key (verde, amarillo y rojo). Para lo que sea: un dibujo de una casa, la pintura para un muro o los colores de una camiseta.

Esta mañana les decía yo a los mayores que la identidad nacional es mucho más que los vivas a un trozo de tela, poniéndoles como ejemplo que, si tanto, tanto quieren a su país, cómo es que casi ninguno de los mayores de 18 años se molestó en ir a votar las pasadas elecciones. Me han contestado que no fueron a votar porque total iba a salir el mismo gobierno, y a ellos este gobierno les encanta. Tal cual.

Y allí hemos empezado con la discusión de “os encanta porque os tiene totalmente controlados y porque no habéis conocido otro”. Ellos saben que yo el alma de periodista todavía la llevo en mi interior (uno de esos lastres que atesoro), y hemos entablado una larga discusión sobre los medios de comunicación en Etiopía, poniendo ejemplos de cómo ven ellos ciertas noticias (percepción basada únicamente en lo que dicen los medios del Gobierno), y cómo veo yo la misma noticia (percepción ligeramente ampliada por mi macarrónico acceso a Internet).

Ellos están convencidos que a la comunidad internacional está exagerando la hambruna en Etiopía, y que realmente nadie quiere aflojar la pasta. Yo les he comentado que el acceso a la zona, hasta hace algunos meses, era bastante limitado (por el gobierno etíope, se entiende) y que en los últimos años las ONGs cada vez encuentran más trabas para trabajar aquí. Y que la pasta ya ha sido aflojada, pero que hay muchos intereses en juego, entre ellos los intereses del gobierno etíope.

Allí se han salido por la tangente, y me han dicho que debería volver al periodismo, porque, según ellos, tengo que ser una gran periodista (¡angelicos!). Les he cazado cuando les he dicho que ese gobierno que les encanta me expulsaría del país si yo me pasara al periodismo así, sin previo aviso. “Hombre, tampoco es tan raro que te expulsaran. Ni siquiera nos haces cantar el himno por las mañanas”. Si al final tendrán razón y todo….

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