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Archive for the ‘Viajes’ Category

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Sep 17

DE PASO

Hace ya un par de meses, un día apareció en nuestro jardín una pareja de mochileros franceses. Llevaban dos años recorriendo el mundo en autoestop. Nos pidieron alojamiento. Se quedaron tres días con nosotros. Eran súper simpáticos y compartieron algunas anécdotas de su viaje muy interesantes. Sobre todo, no fueron pesados para nada, que es siempre un riesgo de los viajeros. Me pidieron colaborar en nuestro fondo común de gastos de casa. Obviamente, les dije que si un día una Nena etíope se plantaba en su casa en autoestop, que por favor le dieran alojamiento, y que con eso nos dábamos por pagados. Con eso y con compartir ese momento de su sueño viajero. Explicaron que dejarán de viajar cuándo entiendan por qué se fueron de viaje.

Algunos días más tarde, vinieron a visitarnos tres madres de niños muertos. Me explico: son tres señoras italianas que han perdido hijos. Una de ellas, con ayuda de un grupo de familias todas con lutos en sus vidas, empezó una ONG haciendo pozos en memoria de su hijo fallecido. Lleva trece pozos.

Yo ya había oído hablar de ellas, y lo de los pozos en honor a los niños muertos me había dado siempre bastante yuyu. Personalmente me produce un rechazo casi visceral la típica placa conmemorativa del donador muerto. A mí me aterraría ver mi nombre -no digamos ya mi foto, y no digamos ya mi foto peinada en los años noventa-, en nada que tenga que permanecer. Pero esa soy yo. No quiere decir que todo el mundo piense/sienta así.

Las madres de los niños muertos tuvieron a bien compartir toda una tarde conmigo. Les enseñé el proyecto donde trabajo y nos tomamos un café. Tuvieron la generosidad de compartir sus historias conmigo, y allí entendí cómo esos pozos y esas escuelas que financian, les ayudan a vivir con ese Dolor. Una de ellas, ya mayor, con un hijo fallecido a los treinta años y viuda, había decidido apuntarse al suicidio asistido. Le parecía que, habiendo trabajado y enterrado todo lo que tenía que trabajar y enterrar, mejor estaría Allá Arriba con sus seres queridos. El apoyo del resto del grupo de familias en luto, y la posibilidad de que la memoria de su hijo viviera en un aula de informática para niños de la calle (lleva ya dos financiadas la señora), le dieron nuevas fuerzas. Y nueva vida. Las tres señoras con las que compartí aquella tarde me parecieron extraordinariamente vitales, y si bien sus vidas giraban en torno a ese luto que las marcaba y definía, no era esa idea ningún nubarrón, sino más bien un vapor, un perfume, que las envolvía en su hablar alegre, ininterrumpido y generoso.

Una vez vivimos tres meses con una chica que era súper fan de Hombres, Mujeres y Viceversa. Era también fan de una variante de la música electrónica que se llama bumping. Lo juro que un día estando ella en su habitación escuchando música cuando llegué a casa, lo primero que pensé al escuchar el estruendo fue “mierda, la lavadora a tomar por saco”. Obviamente, era el bumping a todo trapo.

S., tan opuesta a mí, tan adulta en muchas cosas y tan adolescente en otras, nos enseñó muchísimas cosas que no sabíamos. La mayoría buenas. Trabajó sin descanso con nuestros peques, que todavía añoran aquellas tardes en las que bailaban Walaytiña sin descanso a todo tren (además del bumping, le fascinaban los bailes del Walayta). La Nena todavía recuerda hoy con gran cariño su vestuario basado en el flúor y el animal print. Y su pelazo. Y sus permanentes ganas de hacer cosas. Y lo bien que bailaba hip hop.

La instalación eléctrica del proyecto nos la cambió el año pasado un chico que es igual que Peter Queen de Homeland. Físicamente parecido y mismo trabajo. Cualquiera que sea ese trabajo. Me pasé un mes rezando para que nada explotara en ningún sitio, no porque me preocupe la paz mundial (que sí que me preocupa, pero así en la cotidianeidad, pues no me ronda tanto la cabeza), sino porque si a algún chico/a del radicalismo se le iba la cabeza, yo me veía con los cables al aire por siempre jamás. Tuvimos suerte y el terrorismo internacional le permitió a nuestro voluntario acabar la instalación. Desde entonces tenemos horno eléctrico de pan.

En otra ocasión, durante quince días, tuvimos como voluntario a un socorrista. Era guapo como un príncipe Disney. Juro que cuando se movía parecían caerle chispillas de aquel pelo que, incluso en nuestra Zway petada de cal en el agua, le caía sedosamente sobre la frente perfecta. Por las noches, para estar en casa, se ponía la camiseta, la pantaloneta y las chanclas de socorrista de piscina. Se notaba que el tema del socorrismo lo llevaba con orgullo. En invierno, trabajaba en una fábrica de chocolate, haciendo monas de Pascua. Nos pintó la clase para enseñar inglés, que luego reconvertimos en vivienda de emergencia.

El verano pasado, uno de los voluntarios era un estudiante de Filosofía. Raro, raro. Le parecimos, en general, bastante superficiales. Pintó varias clases de la escuela de los curas. Se pasaba el día pensando, y le buscaba no tres, sino quinientos pies al gato. Sigue con sus estudios de Filosofía, en lo que averigua si el gato existe o no, y si lo devorará o no. Además, participó en actividades de tiempo libre con niños del campo.

En nuestro top tres de personas raras tenemos a una señora, catedrática de universidad, viuda y jubilada, a la que su marido le dejó un dinerito que ella se dedica a distribuir entre distintos proyectos. Estuvo quince días con nosotros, dejándonos una retahíla de anécdotas para los restos (era poeta, y tenía un novio por Whatsapp al que llamaba “El Guerrero”). La que a mí más me puso de los nervios es el día en el que se presentó en el proyecto con una niña de unos ocho años:

_ Tenemos que escolarizarla. Me la he encontrado por la calle.

Entiéndase que de casa al proyecto hay unos doscientos metros. Obviamente, la niña ya estaba escolarizada (cursaba segundo de Primaria). No estaba en la calle. Estaba jugando a la puerta de su casa, porque la mayoría de las escuelas sólo tienen horarios de media jornada. Desde un punto de vista incluso legal, la frenji no la estaba ayudando. La estaba secuestrando. Le ordenamos devolver la niña donde se la había encontrado.

Las Navidades pasadas nos visitó un jardinero que daba clases de jardinería en un hogar de jubilados, y que además en sus ratos libres era tenor lírico. Superadas las primeras diferencias estéticas (a él le gustaban las flores, a mí también, pero me gustan más las flores que se pueden comer), nos construyó un jardín que es un primor. Además, nos cantó dos arias para la inauguración de la guardería de los peques. Momento para la posteridad.

A lo largo de los años, he vivido/trabajado con –calculo-, más de doscientas personas. De varios rincones del planeta. La casa donde vivimos (y también la casa en la que vivíamos antes) son casas de voluntarios. A días, lo confieso sin problemas, me tienen hasta el moño. Pero la mayor parte del tiempo considero que uno de los grandes regalos que me da esta vida loca es la cantidad de gente que he conocido: no sólo los amigos añadidos a mi vida, sino también aquellos que, a veces durante un verano, a veces dos días, me regalaron su tiempo y sus historias. Y tengo que decir que, más allá de las anécdotas, el panorama que se dibuja en nuestra casa abierta de esta humanidad que nos circunda es muy caótico, pero siempre interesante y esperanzador.

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Dic 12

SE APRENDE

Hace siete u ocho años fui un día a las oficinas de Inmigración de Addis Abeba. Allí me encontré un grupo de familias españolas envueltos en los últimos trámites de la adopción de sus churumbeles. Ya entonces me llamaron poderosamente la atención. Ellos y sus carritos. Porque todos llevaban carritos, y serían como seis familias, y en aquel pasillo no había quien se moviera, con tanto carrito por medio. Me pareció algo absurdo, contando con que todos los niños eran pequeños, Addis está muy poco asfaltada, y para llegar a Inmigración subes una escalinata de al menos veinte peldaños, y tienes que pasar por una muy estrecha caseta de seguridad, de forma separada hombres y mujeres, y por lo tanto el carrito lo había tenido que meter sólo uno de los dos. Poco imaginaba que el correr del tiempo me sorprendería también a mí tratando inútilmente de empujar el freaking carrito en las mal asfaltadas calles de la periferia de Addis Abeba.

Aquel día, en Inmigración, uno de los niños estornudó. Entiéndase que en aquella época había como tres supermercados en toda Addis. Me dejó bastante estupefacta la inmediata proliferación de cleenex, toallitas de varios tipos, esponjillas y detergentes varios entre la tropa española. Hubieran podido sonarle los mocos a un batallón de recién nacidos y esterilizar una sala operatoria en el mismo pasillo de Inmigración.

Algunos años después me encontraba yo en el aeropuerto, aguardando pacíficamente para venir a España. Había una pareja de españoles con su peque recién adoptado. El niño se cagó. Me entretuve observándolos mientras le cambiaban el pañal. Como si viera una película, porque eso es lo que les costó cambiar el pañal. Tardaron como cinco minutos, usaron unas veinte toallitas, abrieron y cerraron el pañal varias veces (“si no se lo atas bien, se le saldrá todo”) y se intercambiaron varias veces los roles (“déjame a mí, anda”): uno cambiaba pañal mientras el otro le indicaba desde la espalda lo que tenía que hacer, en una dinámica tan agradable como ir conduciendo con alguien de copiloto que te indica constantemente cómo tienes que conducir. Antes de proceder al cambio de pañal, acondicionaron el banco como si el niño tuviera que permanecer encamado quince años en el mismo, y desvistieron completamente a la criatura. Obviamente, le cambiaron hasta los lazos del pelo y le pusieron lazos del pelo nuevos y limpios, y se pusieron a contar cuántos lazos del pelo y cuántos pañales limpios les quedaban porque el vuelo iba con retraso. Luego se pasaron dos horas intentando dormir al churumbel, hasta que éste se volvió a cagar y repitieron toda la operación, esta vez intercalando teorías de lo más variopinto sobre la caguerilla del churumbel: la leche, que es nueva; la cena, que es nueva; nosotros, que somos nuevos.

A lo largo de los años, esta escena de familia recién formada en el aeropuerto o en el avión la he vivido varias veces. Una vez, incluso, me tocó vivirla a mí. Contrariamente a mis planes, mi Nena y yo viajamos a España sólo un mes después de su llegada a nuestro hogar. Fue con diferencia el peor viaje de mi vida, que alcanzó su momento cumbre cuando mi Nena, aprovechando el único momento en el que se me dobló la cabeza, sobre las cinco de la mañana, le mordió las orejas al pasajero de al lado, que también dormía. Conclusión obvia, a nuestra llegada a casa: “La maternidad te sienta fatal”. Llegué descompuesta, después de todo tipo de vicisitudes.

Después de aquel primer viaje, una idea me asaltó con claridad: “volveremos sólo cuando le toque hacer la primera comunión o cuando hayan perfeccionado la teletransportación. Lo que pase antes”. Obviamente, mi familia en España no ha compartido esta idea y hemos vuelto desde entonces, al menos, una vez al año. El último vuelo, el pasado verano, fue increíblemente bien. La Nena parecía sacada de un catálogo de nenes de comportamiento perfecto. Cenó, vio la película, y se durmió del tirón hasta Madrid.

Viene todo esto a que la principal conclusión que puedo ofrecer después de tres años de vida en común junto a la Nena es la siguiente: se aprende. Aprendemos ella y yo. Se aprende a cambiar pañales en situaciones inverosímiles, se aprende a limpiarle el culete con una hoja si nos hemos olvidado los cleenex en casa, se aprende a cocinar una cena aceptable en diez minutos, se aprende que a ella le importa más que me siente junto a ella a jugar cuando llego a casa que que me ponga a cocinar, se aprende que, si estamos juntas en casa, me será materialmente imposible hacer nada que me tome más de veinte minutos, se aprende que llevar un libro a la playa no quiere decir que vayas a leerlo.

Hace dos días estábamos la Nena y yo en un baño fuera de casa. Tenía el cordón de la cadenilla caído dentro de la cisterna. En lo que la Nena se subía los pantalones, abrí la cisterna y saqué el cordón por el agujero.

_ Mamá, ¿qué haces?

_ Arreglo el váter

_ ¿Por qué? Mamá, no tienes porqué arreglar todo – me soltó.

Nos queda mucho, mucho por aprender. Ciertamente, me queda más a mí por aprender que a ella, porque todavía hay cosas que me pillan medio pez. Hasta ahora ha sido fascinante. Es fascinante. Y seguro que será fascinante.

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May 03

ROAD MOVIE

Hace poco tuve que ir a Addis Abeba para unas gestiones. Como era poca cosa, fui y volví en el día en autobús. A la vuelta, después de un día que había empezado a las cuatro de la mañana, estaba yo un poquitín cansada, deseando llegar a casa. Así, me metí en el primer minibús de 16 puestos que encontré y esperé a que lo llenaran con, al menos 30 personas.

Una vez abarrotado el vehículo, partimos. Cuando salimos de la única autopista que hay en Etiopía, nos paró la policía, más o menos a mitad de camino entre Addis y Zway. Creo que los conductores (conductor y chaval asistente) pagaron soborno para que la policía no se diera cuenta de que sobraban como diez personas en el interior de la furgoneta. Luego, para dar una apariencia de servicio, nos dijeron al pasaje “recordad que el precio justo son 55 birr”, y nos dejaron ir.

Al poco, el asistente empezó a pedirnos el precio del billete. Según él, 60 birr. Toma ya. La gente empezó a rebotarse, y el conductor paró el bus, y dijo que hasta que no pagáramos los 60 birr por barba, de allí no nos movíamos. La gente siguió roñando y, al final, como todos queríamos irnos, empezaron a decir que vale, que total 5 birr no son nada.

A mí, en aquel momento se me juntó todo: llevaba dos horas plegada en tres, estoy hasta los webs de los “vale, total para qué”. Al final siempre se paga, en todas partes. Y es un abuso. Un abuso de 5 birr, pero un abuso. Mientras el chófer repetía “o 60 birr o no nos movemos”, salté:

_ Hay otra opción – me oí decir- visto que vosotros sois dos, y nosotros somos 20 tíos y tres tías, hay otra opción.

Expectación y silencio.

_ Podemos daros una hondonada de hostias entre todos, dejaros aquí tirados, llevarnos el minibús hasta Zway (tengo carnet de conducir) y ya vendréis a buscarlo cuando podáis/queráis. Y entonces, en vez de 60 birr, pagaríamos cero birr. Todo for free.

_ ¿Y si denuncian? – me preguntó una chica que estaba a mi lado

_ Que denuncien si tienen lo que hay que tener…y los papeles en regla para conducir el minibús.

Silencio sepulcral en el minibús. El chófer y el asistente se miraban con intensidad.

_ Vale, 55 birr

_ Pues a pagar todos, que se nos va a hacer de noche.

Y así llegamos contentos y felices a Zway. Todos me dieron las gracias, menos el conductor y el asistente. Yo sólo ofrecí opciones. No es mi culpa que aquí las opciones estén muy mal vistas.

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Oct 20

SOUTH OF NOWHERE

Hace ya un mes que hice El Viaje. Ese Viaje con el que sueña todo voluntario cuando viene. Ese Viaje que te hace bajar desde el altiplano, en dirección al sol, a las acacias y a las vacas escuálidas. Ahora sí. Estás en África.

Al contrario que mucha gente que viene nueva, yo tuve la suerte de hacer ese viaje rodeada y arropada por mi ahora ex compañero de piso y una de mis cuatro o cinco BFFs. Se tomaron un día para asegurarse de que la Nena y yo llegábamos al Sur en perfectas condiciones, con nuestras ropas, nuestros juguetes y nuestras escasas pertenencias intactas.

Pensé aquel día que a lo mejor ése era el Viaje que habría debido hacer hace nueve años, cuando llegué a Addis por primera vez. En aquella ocasión, llegué a un aeropuerto a oscuras, donde me recibió una persona que ya ha fallecido. Lo que más me llamó la atención, en aquel momento, fueron los olores. Addis Abeba –me pareció- apestaba. Pasamos por el matadero, y el olor a carne podrida era nauseabundo. Algunos minutos después, el olor del Koshe que yo todavía no conocía, nos recibió en Mekanissa.

En mi Viaje de ahora no hay basurero, pero vuelvo a encontrar la pobreza. Es una pobreza distinta, creo, algo más digna, más sostenible. También más duradera (las cosas han sido siempre así) y, si cabe, más resignada.

Si alguien me busca, que me busque en Zway.

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Oct 15

COSAS QUE HACER EN ETIOPÍA CUANDO NO TIENES UN DURO

En contra de los tópicos, hacer turismo en Etiopía cuesta un dinero. Yo hoy aquí quería ofrecerles un pequeño repertorio de cosicas que se pueden hacer de manera gratuita y que, a mí particularmente, m’ncantan:

1. Vagabundar por Merkato

Ir al Merkato a comprar, como ya expliqué en su día, es El Horror. Sin embargo, yo encuentro fascinarte ir a pasear sin rumbo fijo, sólo por el placer de ver de cerca El Caos Absoluto. Es verdad que te gritan mucho y puede ser agobiante, pero la cantidad de plásticos que puedes apreciar compensa con creces los pequeños inconvenientes. El máximo de la visita: coincidir con un camión cargado hasta los topes de plásticos en sus más diversas variantes. Para mí, comparable al Louvre. Sobre todo –además de los plásticos- las partes dedicadas a la cestería y a las especias.

2. Ir al molino

El molino es ese sitio donde uno va a que le muelan lo que tenga que moler: trigo, maíz y, sobre todo, berberé. La gente lleva el berberé ya mezclado (las pepitas de los chiles, pimienta y el largo etcétera de especias que lo componen) y allí te lo muelen, dando como resultado el preciado polvo. Los molinos son sitios oscuros y pequeños, pero la gracia está en la vertiente multisensorial de la experiencia: hueles a berberé por todas partes, y, recién molido, tiene un color precioso. El proceso del berberé se combina, en la misma habitación, con la limpieza de las harinas en tamizadores y otras moliendas. Yo, cuando van las cocineras, me apunto fijo. No me gusta mucho ni el picante ni el berberé en la comida, pero el olor de la especia me encanta. Y, una vez que te dejan de llorar los ojos (berberé is in the air), puedes hasta apreciar los colores.

 3. Ir por la mañana tempranito a Meskel Square.

Sobre las seis de la mañana, el pueblo etíope se pone en marcha. Alrededor de Meskel Square, la gente se concentra para correr. En general, entre las cinco y las seis de la mañana, puedes encontrar bastante gente prácticando jogging en toda la ciudad. Mola porque parecen una gente súper emprendedora y sanota. El top es cuando tienes la suerte de encontrar a algún corredor que, con zapatos de plástico y pantaloneta gueter, corre con el mejor de sus empeños.

 4. Ver la luna llena al atardecer

Cuando, a punto de anochecer, sale la luna, y coincide que es luna llena, se ve increíblemente grande, y mucho más cerca que en Europa. Desconozco la causa científica (sí, soy así de ignorante), pero se ve muy, muy bonita. Del cielo estrellado africano no hablo porque, la verdad, en Addis sólo puedes apreciarlo cuando se va la luz. Y es verdad que sucede bastante a menudo, pero sueles estar ocupada tropezándote por toda la casa buscando esa vela o linterna que dejaste tan a mano por si acaso.

 5. Los jardines del Sheraton

El Sheraton es el conocido hotel de súper lujo en Addis. Tomarse lo que sea cuesta un patrimonio y medio, pero a los frenjis nos dejan entrar sin hacer preguntas, y pasear por los jardines aunque no te tomes nada. Hay un parque de juegos infantiles bastante chulo, pero normalmente desierto. Si vas los martes y los jueves en torno a las siete de la tarde, encienden las fuentes y los focos en los jardines. No es la experiencia de tu vida, pero son cuquis de ver. Como digo, si vais con amigos abeshás, a lo mejor os indican que el paseo por los jardines es sólo para huéspedes. Y sí, esta última observación habla de racismo.

 6. Visitar una iglesia ortodoxa

Salvo que sean las de Lalibela, en las que la entrada va camino de costar lo mismo que la de Disneyland, entrar en las iglesias ortodoxas es gratuito. Yo voy con la Santa Infancia el día de Viernes Santo, jornada dedicada a la expiación de nuestros pecados (no todo van a ser cupcakes en el mundo), cuando los jardines que circundan las iglesias se llenan de fieles que repiten miles de veces las preceptivas genuflexiones. A mí me relaja.

Habrá quien incluya la ceremonia del café en esta lista. Yo no porque, aunque vayas de colegueo, siempre está bien llevar algo. Y ese algo costará dinero. Pero vamos, que con todo lo que os comento, te llenas un día estupendo.

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May 12

NUNCA MÁS

El sábado me levanté con ésta noticia: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/05/11/actualidad/1368283196_614466.html

Viví en Guatemala desde 2000 a 2002. En aquellos años, el genocida ocupaba la presidencia del Parlamento. Desde su inmunidad, se permitía relativizar, ironizar, predicar, ordenar y amenazar.

Recuerdo Guatemala como un país mágico en todas las acepciones del término. Recuerdo vivir una semirrealidad donde tragedia y maravilla se sucedían sin solución de continuidad. Recuerdo la conciencia y la necesidad de hacer Historia cada día. Todas las semanas traían una portada para la eternidad. Todo era dramático, tremendo, extraordinario. Vivían los guatemaltecos con el peso de una Memoria que siempre amenazaba con quedar impune. Allí aprendí el significado profundo de esa palabra, Memoria, y de otras como Justicia, Derechos Humanos, Impunidad, Genocidio. El pueblo guatemalteco fue capaz, durante casi cuatro décadas, de perpetrar las mayores atrocidades. Se sucedían –y se suceden- los testimonios de quien sobrevivió a la barbarie.

Conocí también lo que se llamaba Triángulo Ixil, un nombre, como tantos otros, sacado de la terminología militar que usaban los encargados del exterminio. El vocabulario pasó a la población civil, y, terminada la guerra, los campesinos todavía usaban el término “elemento” para referirse a una persona. El Triángulo Ixil había quedado sembrado de viudas y huérfanos. Estamos hablando de hace sólo doce años. Todos atesoraban la memoria del horror. Para conjurarla, o para sobrellevarla, se hacían y se hacen exumaciones, entierros tardíos, rituales antiguos.

Guatemala ha sido el primer pueblo del mundo en conseguir juzgar su Historia, en su propio territorio, con sus jueces y sus leyes. En un país donde la vida se te puede escapar en un semáforo, donde nada está garantizado, han conseguido vencer miedo y amenazas. El General duerme este fin de semana en la prisión. Seguramente, las artimañas legales conseguirán que antes o después pase a un hospital, pero nadie podrá quitar a los guatemaltecos el triunfo conseguido. Su Historia, sangrienta, torturada –venas abiertas, alas quebradas, vientres vaciados- sigue escribiéndose cada día.

Recuerdo Guatemala con una sensación de hogar, de refugio. Era en aquel entonces –y lo sigue siendo- uno de los países más peligrosos del mundo. La conciencia de escribir la Historia superaba con creces el miedo. La amistad de quienes te rodeaban, sus historias, tan emocionantes como terribles, te asomaban a un mundo hecho de realismo delirante y mágico.

Hay una sensación que conservo desde mi primera visita a Nebaj (uno de los vértices del Triángulo). La sensación de pequeñez, de asombro. El pensar “quién me hubiera dicho a mí que llegaría hasta este mundo”. La conciencia de que mi vida era –y es- mucho más de lo que pude imaginar, de lo que pude soñar.

De Guatemala me quedan la valentía de quienes lucharon y luchan por la dignidad de los que calleron. Me queda el sentimiento de Patria, entendida como una idea común a la que todos contribuyen. Me queda la fe en que, incluso en las situaciones más terribles, se puede luchar. Se debe luchar. Me queda la convicción de que los pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla. Me queda la nostalgia de aquellos volcanes, aquellas señoras con sus huipiles, aquella comida estupenda. Hoy, además, me queda la esperanza que nos trae la caída –varias décadas más tarde- de quien simbolizó el horror y la impunidad. Nunca Más la barbarie.

Algunos años más tarde entré en un Starbucks de Madrid. En un panel, anunciaban las dos promociones del día: Café de Guatemala, Café de Etiopía. Mi vida en ese panel, en dos espacios distintos, en dos países fascinantes.

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Oct 04

LAS QUE TIENEN QUE SERVIR

Tras un verano lleno de sorpresas tecnológicas –estoy sinceramente convencida de que los Iphone tienen una aplicación para criar niños del Tercer Mundo que podría hacer mi trabajo mucho mejor que yo y con menos gritos-, aquí que me tienen ustedes again.

A pesar de la gigantesca atención mediática dedicada por el mundo mundial a la emergencia somalí, aquí a lo que viene siendo el mainstream local, pues es una cosa que no le inquieta mucho. O por lo menos no la nombran demasiado. Como además en Addis Abeba llueve que es un gozo, la lógica conclusión es que si llueve en Addis, llueve en el mundo entero.

Lo que ahora copa la atención de las noticias es la revolución libia. Como siempre, a los etíopes lo que es la realidad del mundo se la suda bastante, pero cuando la cosa les afecta aunque sea de refilón, allí que vuelcan toda su atención y sentimientos.

Estos días, la gente no hace más que hablar de Shewaye . ¿Que quién es Shewaye? Pues Shewaye Mollah es una señora etíope que se fue a trabajar a Libia, a través de una de las numerosas agencias que contratan chicas etíopes para servir en casas en países árabes, y que acabó de sirvienta en casa de la mujer de uno de los hijos de Gadafi.

Resultó que en la nevera de esa casa faltaron galletas (¿quién coño mete galletas en la nevera? La señora del hijo de Gaddafi, por lo que se ve, que era modelo libanesa), y la señora acusó a Shewaye. Y no sólo la acusó, sino que para castigarla le echó encima una olla de agua hirviendo, desoyando vida a Shewaye. La chica se encuentra actualmente en un hospital de Trípoli, bastante desfigurada. Al parecer, David Cameron le ha ofrecido asilo en el Reino Unido. El gobierno etíope, por el momento no ha realizado ningún tentativo de repatriarla, con lo cual Shewaye sigue en Trípoli, concediendo entrevistas con bastante frecuencia.

La historia está en todos los medios de comunicación del país y ha servido, por lo menos, para que se empiece a reflexionar sobre las condiciones de vida de los miles de chicas etíopes que trabajan en países árabes como personal de servicio doméstico. Igual que en España en los noventa se “llevaban” las filipinas como señoras de la limpieza para familias bien, pues se ve que en el Oriente Medio (Líbano, Libia, Emiratos, Dubai…) se llevan las etíopes.

De nuestra Santa Infancia, ya hay dos que viven en Beirut. De la última que se fue todavía no sabemos nada, pero la chica que ya lleva unos años dice que la tratan medio bien. Hasta le dejan salir de la casa. Un señor libanés con el que me crucé en una fiesta, me dijo que la verdad es que la gente allí trata bastante mal a las etíopes, porque tienen fama de vagas y ladronas. Así me lo dijo el señor. Y que las encierran en las casas porque también tienen fama de levantar el vuelo cuando menos te lo esperas y dejarte con las chilabas sin planchar.

El hecho, por otro lado, es que a pesar de los racismos y prejuicios reinantes, la gran mayoría de etíopes (no todos, eso sí), darían medio brazo por vivir en un país extranjero. En el que fuera y haciendo lo que fuera. Para muestra, un botón de muestra: para la Jornada Mundial de la Juventud, la Diócesis de Addis Abeba mandó un grupo de 31 personas como representación. Su tour incluía una parada en Ginebra, una semana en Oviedo y la traca final en Madrid. Entre los participantes había abogados, trabajadores sociales y otros profesionales bien situados. La organización se quedó con los pasaportes en cuanto pisaron suelo europeo, precisamente para prevenir la tentación de quedarse rezando más de la cuenta en el Viejo Continente. A pesar de todas las precauciones, sólo volvieron quince. Entre las que volvió figura una amiga y compañera mía de trabajo, que quedó encantada con la acogida que le brindó la familia española con la que estuvo en Oviedo (¡gracias, Asturias!), y que me comentó que fueron perdiendo gente durante todo el trayecto. Gente que tenía un sueldo y un trabajo más que dignos, y que estarán ya malviviendo en España. Y espera, que todavía no ha empezado el invierno, porque se van a cagar.

Volviendo a Shewaye, por fin los etíopes han comprendido las bases de la revolución libia: si tratan así a la gente, como para no rebelarse. Y a lo mejor tienen razón.

P.D: De la emergencia somalí, todavía me estoy formando una opinión. Cuando haya empezado a entender algo, se lo comunicaré a todos ustedes.

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Ene 21

NAIROBI

Hay una cosa de la que yo no hablo nunca, porque me da reparo. Del voluntariado. Aquí donde ustedes me ven, yo parezco una don nadie, una pringá. Y probablemente lo soy. Pero hay gente que ve más allá de mi evidente belleza física, y confía en mí para tareas de alto calado, y así recientemente me eligieron como representante de los voluntarios que trabajan en Etiopía con la congregación religiosa a la que pertenece el proyecto de la Santa Infancia, y me han mandado a Nairobi cuatro días a un encuentro de voluntarios laicos del África africana. Comparto habitación con una muchacha de Jo’burg, que yo pensaba que era el modo que tenían los enteraos de decir Yohannesburg, pero no debe de ser así porque la muchacha esta dice todo el nombre completo, como la gente normal.
Nairobi
A mí ya el programa del encuentro éste me tocó un poco los pies, porque yo del África, como digo frecuentemente, no he visto nada, y, ya que te traen a Nairobi, lo mínimo que te podrían enseñar sería un rinoceronte. Pero no. Nos han planificado una visita a un slum. A ver pobres nos llevan, como si no viéramos bastantes cada uno en nuestro respectivo país. Luego he entendido que gran parte de los participantes trabajan en oficinas de coordinación de proyectos, y los pobres los ven poco, y a ellos, que sí saben lo que es un safari, pues les tira más el slum para turistear. Porque en este encuentro no sólo hay voluntarios, sino también gente con un sueldecillo que ha viajado. Y que son un rollazo, porque se pasan la vida mencionando otros países distintos: huy, esta carne es como la que hacen en Ghana; ostras, ésos kaktus también crecen en Kinsasha; hala, el crepúsculo me recuerda a Bujumbura; pues los plátanos en Kigali son más sabrosos. Y así. Yo es que la gente viajada no la soporto.

Ayer tuvimos una especie de velada donde cada quien aportó lo que buenamente pudo. Y de allí la delegación de Etiopía salimos un poco chafaos, porque nos dimos cuenta de que vivimos en el África triste, y, de repente, nos apetecía vivir en el África alegre, que tiene unos cantos preciosos. Porque, reinas, qué bonita música la de los otros países. Qué divertidos los de habla portuguesa, y qué camisas coloridas. Los que venían del Congo intentaron consolarnos asegurando que la música allí también apesta, pero creo que lo decían por solidaridad. Yo ya estoy escribiendo a CCC para ponerme a aprender francés.

Y del voluntariado en sí, pues ya os contaré otro día. Tampoco es tan importante.

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Ago 04

DIAGNÓSTICO DIFERENCIAL

La Santa Infancia está preocupada: “Estás demasiado delgada”, me dicen.

_ No es para tanto, más delgados estáis vosotros -respondo, apoyándome en la evidencia.

_ Ya, pero tú tienes la muñeca igual que la mía, y yo tengo doce años -alega A., que también es muy empírico él.

A la Santa Infancia le gusta analizar cualquier mínima incidencia en mi físico. Y comienzan a hacer hipótesis:

_ Tienes la tripa hacia adentro, como los tuberculosos

_ No toso. No tengo tuberculosis

_ Tienes las mejillas marcadas, como los del HIV/AIDS

_ Tengo la vida emocional de una piedra de río. No puedo tener Sida.

B., con su habitual pragmatismo, ha sentenciado:

_ Es que piensas demasiado. No tienes que pensar tanto.

A B. le gustaría que me volviera tonta, feliz y ortodoxa. Por ese orden.

Al final, A. ha dado con la solución:

_ Ya lo tengo. Tú te vas a tu casa, con tu familia, y ahí te engordas.

Los demás lo han mirado raro. Al fin y al cabo, hace sólo tres meses que me pillé cuatro días libres para ir a Harar.

A. se repone rápidamente:

_ Y, una vez que te hayas engordado, tolo nei (ven deprisa).

Y ahí sí hemos encontrado el quórum. Sobre todo yo, porque las señales comienzan a acumularse: hace un mes se me paró el reloj y hace dos días se me rompieron las gafas

Pues eso, a engordarme voy. Que a todo cerdo le llega su San Martín. Y su San Lorenzo, en mi caso. Nos vemos en los bares.

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Jul 29

ESO NO ES ASÍ

En esta mi labor de denuncia de las pequeñas (y grandes) injusticias cósmicas, hoy quiero desenmascarar una gran mentira que el pueblo etíope grita al mundo en los famosos cartelitos con gente vestida de regional: Thirteen months of sunshine. Venga ya.

El eslógan, supongo, fue elegido por el tema de los trece meses del calendario etíope. Vale. Es curiosón. Pero, ¿de sunshine? Ni de coña.

Porque uno lee el eslógan antes de venir y, a poco emocionado que sea, se llena la maleta de pantalonetas del Coronel Tapioca y camisas de lino (yo tengo tres). Y, cuando llegas a la tierra de Teddy Afro tras dejar atrás el tórrido verano de la piel de toro, ¿qué te encuentras? Que más te hubiera valido traerte el Barbour*, porque esto parece Londres.

Durante diez-once meses al año el sol brilla en el cielo de Addis, es verdad. Pero los otros dos-tres meses tu vida se convierte en un sobrevivir entre el fango y un tender las bragas en la ducha con la esperanza de que se sequen en menos de tres días.

Este año el Krampt** ha tardado bastante en llegar. La Santa Infancia rezó durante más de un mes para que llegaran las lluvias y, al final, parece que Dios les escuchó. Cuando las lluvias comienzan, todos nos alegramos: el agua es vida, es cosecha, es futuro… Se nos llena la boca de tópicos sobre las bondades del agua y nos convertimos en stands ambulantes de la Expo de Zaragoza. Esta fase nos dura unas dos semanas. Exactamente lo que tarda el barrio en convertirse en un cenagal inmundo y resbaloso, donde las bolsas de plástico se mezclan con el estiércol, el fango y la tristeza de no tener dónde guarecerte.

Y es que las cosas mojadas son siempre más tristes. La Santa Infancia, cuando se moja, parece más sucia, más pobre y, sobre todo, mucho más olorosa (y ya, de por sí, la Santa Infancia huele que alimenta). Además, dejan de usar el baño y se mean por todas partes, con la escusa de que el agua “se lo lleva todo”, y comienza a ser usual verlos caminar por el campo de fútbol despreocupadamente mientras mean.

Ayer nos pilló la lluvia mientras bordeábamos Koshe, y, no es por ser alarmista, pero luego la ropa me a.p.e.s.t.a.b.a. Yo creo que era lluvia ácida. Lo menos.

*Jamás he tenido un Barbour, pero siempre me ha tentado. Soy débil, lo sé.
** El Krampt (escrito así o de otra manera) es la estación de las lluvias, el veranito, vamos
.

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