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Archive for the ‘Sociedad’ Category

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May 31

ALGO SE MUEVE

Algo se mueve en el aire. Lo bonito sería decir que ha llegado la primavera, y las buganvillas florecen que es un primor. Pero no. Yo de la vegetación paso tres pueblos. Lo que se mueve, y no se sabe muy bien qué es, es una situación como de permanente alerta.

Me explico: proliferan los controles policiales en toda Addis Abeba, corren rumores como gacelas, que hablan de imanes de escuelas coránicas que han sido encarcelados, con el consiguiente rebote de la comunidad musulmana. El aeropuerto se ha cerrado a las visitas, con lo cual si vas a despedir o a buscar a alguien, te tienes que encontrar en el parking. Y nadie suelta prenda del motivo de todo este despliegue.

El rumor apunta hacia una amenaza del radicalismo musulmán. Con las cenizas calientes de los atentados en Nairobi y Nigeria, la proliferación de organizaciones musulmanas cada vez más radicales en nuestra amada Abisinia puede llevar hacia una escalada de violencia intrareligiosa.

Después del ataque a un grupo de turistas en Enero, el gobierno etíope intenta por todos los medios, no sólo atajar las amenazas, sino también las noticias relativas a las mismas. Sin ir más lejos, en mi humilde investigación, me ha resultado verdaderamente difícil encontrar información en Internet. La mayoría de noticias han sido borradas o, sencillamente, no permite el acceso. Sólo se pueden leer las pertenecientes a medios con sede en el extranjero que, supongo, deben ser más difíciles de censurar.

Lo que sí parece claro es que el gobierno ha cerrado dos mezquitas de la zona de Merkato. Un imán fue encarcelado hace unas dos semanas, y sus fieles irrumpieron en la comisaría para liberarlo. No me ha quedado muy claro si lo liberaron o no, pero cuatro policías murieron en la refriega.

En las distintas fronteras prosiguen escaramuzas e incursiones. En Gambela (frontera con Sudán), los distintos grupos étnicos están reaccionando contra las empresas extranjeras (chinas e indias) a las que el gobierno ha decidido vender la mitad del país (metáfora). Se han producido varios ataques a plantaciones –dicen que de arroz-, y se habla de algunos extranjeros muertos.

Etiopía siempre se había enorgullecido –con razón- de ser un país seguro. En este convulso cuerno de África, con nuestros amigos Eritreos y Somalíes devastados por guerras y dictaduras, los Sudanes viviendo en el delirio permanente, y con Nairobi convertida en un nido de delincuencia común, Addis Abeba se presentaba como un remanso algo cutre de paz y serenidad. La mayoría de los apoyos internacionales logrados por Meles los recibe como premio a la supuesta estabilidad lograda en el país. A qué precio se ha logrado esta estabilidad, esto nadie lo pregunta. El hecho es que todos los ejércitos y ONGs del mundo pueden tener su pequeña base aquí donde enviar a sus expatriados a restarse y recrearse (del inglés Rest & Recreation) cuando no aguantan más la situación en los países de alrededor, que suele suceder aproximadamente una semana cada diez, gastos pagados, a mayor gloria del Sheraton.

Hasta ahora. Soplan vientos de revuelta también aquí, pero nadie está seguro de que las cosas se vayan a revolver en la dirección adecuada. Cuánto tiempo Meles conseguirá controlar el radicalismo islámico que ha cobrado fuerza no sólo religiosa, sino también económica, es una de las múltiples preguntas del millón. Los oromo son un 60% del país, y la mayoría son musulmanes. Son el grupo étnico más importante del país, sus pueblos se consideran el granero de Etiopía, y no tienen apenas representación en el actual gobierno.

Como digo, sopla el viento. El viento de Mayo, en Addis, trae siempre millones de moscas. En Europa es el mes de las flores. Aquí, es el mes de las moscas.

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Abr 23

ACTUALIDAD

Nena: el rey ha pedido perdón. Ni más, ni menos. Y la parroquia digital que yo sigo se lanza a hacer valoraciones. Y hablan de “temple”, “grandeza”, un gesto que “engrandece al monarca”. Cómo no va a parecer la monarquía pasada de moda, si todas las palabras que se usan para hablar de ella las sacan de El Cossío. En España somos muy de engrandecer lo caduco, y así nos va. En el otro platillo de la balanza se queda el anuncio de Loewe, que se empeña en adherirse a mi memoria. Debo reconocer que en un primer momento me pareció que se me iban a caer las córneas, luego me pareció que se me iban a marchitar los oídos, y al final de la visualización del mismo llegué a la conclusión incuestionable de que me había vuelto más tonta durante los dos minutos que dura. Hay partes de mi cerebro que se niegan a salir de la fascinación. Ahora, cada vez que pienso en el anuncio de marras, me río sola en el patio. Que les hagan una serie o un reality ya.

Todo esto viene a cuento de que sé que debería escribir más. Pero es que estoy mu’ estresá. La crisis, tú.

En Etiopía también, la palabra mágica es “inversor”. Si eres inversor, te dan el duty free, el permiso de trabajo y un Perrito Piloto (creo). Y así florecen fábricas varias. Recientemente, dos unidades de mi Santa Infancia se han incorporado al mercado laboral en una fábrica de zapatos. La fábrica tiene buena pinta y manufacturan trozos de cuero cosidos para la Geox. Mi madre recientemente me compró unos Geox. “Es importante ir bien calzada”, sentenció, “y además los tiene también Telma Ortiz”. Por si lo del buen calzado no me convencía del todo. Yo siempre he tenido a la Hermanísima como referencia. De hecho, estoy a sólo una lengua de alcanzarla. Ella habla cinco y yo cuatro. Pero a ella le cuentan el catalán, que yo entiendo, pero no hablo.

El caso es que, a raíz del trabajo de mi Santa Infancia, he comprendido en toda su amplitud el argumento principal que hace que algunos inversores decidan abrir fábricas en Etiopía en vez de irse a China: aquí la mano de obra es más barata. Dieciocho eurazos al mes por más de cuarenta horas de trabajo a la semana. Con dos cojones. Por mucho que mi Santa Infancia se sitúe al final de la escala de bienestar social, teniendo en cuenta que se gastan unos diez euros ya sólo en el bus para ir a trabajar, pues no les llega ni para el alquiler. Y allí es donde entro yo, porque yo les prometí que, si encontraban un trabajo, podrían ser autosuficientes. Y al final ha resultado ser “si encontrarais un trabajo y además os prostituyerais por las noches en las calles de Kasanchis, a lo mejor podríais ser autosuficientes”. Sólo que son chicos y aquí la prostitución masculina no tiene tanto mercado.

De momento les pagamos nosotros el bus, para que al menos se puedan pagar el alquiler a final de mes. Y allí van, cosiendo los zapatos que lleva Telma Ortiz. Y que yo no sé si llevar o no, porque la verdad es que son comodísimos, y ya que los tengo… Me los voy a poner, porque tampoco es para tanto. No es como si me hubiera ido a cazar elefantes a Botswana, ¿no?

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Nov 16

RESISTENCIA

Aprovechando que yo estaba de vacaciones, dos unidades (individuos) de la Santa Infancia decidieron ir a robar piezas de hierro a una fábrica de ventanas china que tenemos en las inmediaciones. Su plan estratégico era “nos han contado que no hay seveñás”. Por supuesto que había seveñás. Los seveñás de la fábrica los pillaron con las manos en la masa, y durante varias horas les dieron la del pulpo, hasta que los llevaron a comisaría, de allí al juzgado, y de allí a pasar ocho meses en la prisión de Kaliti.
Tras preguntar a ambas familias qué hacía falta para entrar a verlos en la cárcel –basta que lleves tu tarjeta de identidad, me dijeron-, nos fuimos un domingo de mañanita yo, la madre de L. y la hermana de M. a visitarlos.

Y allí estaba yo, ya casi dentro de la prisión, pasando los múltiples controles (“lo que usted está palpando se llama salva slip”), cuando apareció el aschekari de turno. Aschekari es una palabra que me encanta. Viene de chikir (o chekir, o cheker), que quiere decir problema, y puedes hacer lo que te dé la gana con ella: puedes conjugarla, aschekeraleu, y quiere decir “doy problemas”; en impersonal “aschekeral”, el problema no lo darás tú, que lo dará una situación o una cosa; y si eres un “aschekari”, es que eres un problemático. El clásico follonero.

Llega el militar:
_ Buenos días, ¿qué hace usted aquí?
_ Vengo a ver a esta persona –nombre de uno de los niños-, que está aquí– mi primer impulso era contestar, “nada, buscando una rave”, pero me contuve.
_ Pues no puede entrar.
_ ¿Por qué?– soy una utópica, lo sé. Pedir explicaciones coherentes.
_ Porque usted no es etíope– allí me dí cuenta de que el aschekari tenía estudios.
_ ¿Y…?
_ Pues que no puede usted entrar
_ ¿Por?
_ Porque usted no es etíope– y nos quedamos enganchados en el bucle como unos dos minutos, hasta que me dí cuenta de que la hermana y la madre de los chavales seguían esperándome, y les indiqué que fueran entrando y que, ya si eso, o nos veíamos dentro o las esperaba en el coche en unas dos horas.

Y allí elaboré un plan de acción. Tenía delante de mí dos horas en las que, o entraba en la prisión, o esperaba a las dos chicas. O me dedicaba a amargarles la mañana a los guardianes de la entrada, vamos, lo que viene siendo aschekerar (una cosa que me encanta hacer es conjugar verbos amáricos en español o italiano. Me río sola y todo cuando lo hago).

Así, solicité ver al responsable directo del aschekari:
_ Es que la oficina del coronel no está aquí.
_ Pues lléveme adónde está –y me llevó a otro recinto cerca.
_ Es que el coronel está ocupado
_ Pues lo esperaré
_ Es que igual tarda
_ Pues que tarde –y me quedé de pie delante de la puerta. Que la gente espere de pie es una cosa que a los etíopes les causa gran desazón. No sé por qué, pero es así. Si te sientas, desapareces. Si esperas de pie, es como si tuvieran un palo finito metido por el culo. No les duele, pero les molesta mucho, mucho.
_ Siéntese, por favor– y me señalaba un banco cercano
_ No gracias, estoy bien
_ Pero es que el coronel igual tarda
_ No se preocupe, que yo lo espero
_ Pero es que estaría más cómoda sentada
_ Pues estoy más cómoda de pie
_ Pero es que no se puede esperar en medio de la puerta
_ ¿Por qué?
_ Por si entra un coche
_ Si entra un coche, me apartaré
_ Pero es que no puede esperar aquí
_ Es la vía pública. Es de libre circulación.
_ Es que usted no está circulando, está parada.
_ Pues ya me muevo –y empecé a patrullar la parte exterior de la verja de lado a lado, lo que todavía puso al guardia más de los nervios –¿así mejor?

El militar cada vez estaba más angustiado, y a mí ya me estaba entrando la risa. Como se puede imaginar, en ese punto de la discusión, el corrillo de curiosos era ya bastante nutrido.

En estas estábamos (“vamos, mujer, no haga eso, siéntese”, “entiéndalo, no me siento”), cuando salió el coronel a explicarme el racismo reinante en todas las instituciones etíopes. Me repitió que yo no podía entrar porque no era etíope. Yo le enseñé mi tarjeta de identidad expedida por el Gobierno Federal de la República de Etiopía, donde no dice que el titular no pueda entrar a la cárcel. Él me contestó que mi embajada tenía que pedir oficialmente que se me permitiera entrar en la prisión. Yo le contesté que era una solemne tontería, sobre todo teniendo en cuenta que una de las chicas que iban conmigo había entrado ¡con el carnet de la biblioteca de su colegio! Me dijo que era una cuestión de nacionalidad. Yo le dije que era una cuestión de racismo. Él me dijo que fuera como fuese no me iba a dejar entrar y punto. Y se piró.

Allí, volví a quedar en manos del primer seveña. Como todavía me faltaba media horita para que mis chicas volvieran, elaboré un plan B:
_ Pues yo no me voy hasta que no me dejen entrar.
_ Pero ya ha oído al coronel
_ Pues aquí me quedo hasta que cambie de idea – amenacé – y me quedo de pie.
Allí volvimos a empezar la discusión sobre la vía pública, los derechos de cada quien, la comodidad de estar sentado… Treinta minutos donde el señor intentó, por este orden:
. Convencerme por las buenas de que o me fuera o me sentara
. Convencerme por las malas de que o me fuera o me sentara. “Si me pone un dedo encima, entonces sí que van a venir los de mi Embajada”, y ya no me puso el dedo encima.

Al final, salieron mis chicas. Me dijeron que los niños estaban bien y que ya podíamos irnos.
_ Bueno, pues adiós –le dije al seveñá
_ ¿Y ahora se va, así sin más?
_ Sí
_ ¿Y no se podría haber ido hace dos horas, sin más?
_ No, tenía que esperarlas.
_ Pues menuda mañana me ha dado.
_ Ya, es que no soporto estar sin hacer nada– cosa que es radicalmente cierta. Soy culo inquieto.
_ ¡Aschekari!
_ ¡Presente!
Cuando yo les contaba mis avatares a la Santa Infancia, ayudada por la hermana de M. que, de lo que había escuchado incluso dentro de la prisión dedujo parte de la diversión, se meaban de la risa, aunque no acababan de entender por qué no me había resignado a esperar pacíficamente sentada. Les expliqué que era una cuestión de principios: no podían decirme que no sólo por mi nacionalidad. Yo sólo quería una razón válida para no dejarme entrar. Me parecía que se estaban vulnerando mis derechos. Y se reían todavía más, con la sola idea de que a veces quedarse de pie es mejor que sentarse a esperar. Son gente de humor fácil, y en el fondo lo que les encanta es verme perder los nervios cuando lucho por ellos.

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