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Posts Tagged ‘Kaktus’

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Mar 31

GENDER AND OUTFITS

Me llegó hace un tiempo una columna que me gustó bastante de Pérez Reverte sobre cómo le había conmovido un padre que protegía con su actitud a su hijo disfrazado de Rapunzel. Sí, aparentemente Pérez Reverte de vez en cuando se conmueve.

A mí, obviamente, me da igual que la Nena se vista de Cenicienta o de Spiderman. El problema es que a ella lo que le gusta no es vestirse de Cenicienta o de Spiderman. Lo que ella le gusta es vestirse de rabalera.

Baste decir que para Reyes se pidió unos zapatos de tacón (recordemos que tiene cuatro años). Desde hace un año, nos florecen en casa pintalabios, esmaltes de uñas, coloretes y botes de perfumes a cada cual más pestilente que le compran las señoras y las adolescentes del barrio. En los días de mi vida había tenido yo tanto maquillaje en mi armario del baño. Y lo peor estas Navidades, contra viento y lluvia, me arrastraba fuera de casa en España exprofeso para ir a ver el escaparate del Stradivarius. El escaparate de Nochevieja. Toda la ropa incluída en el susodicho escaparate hubiera cabido en un bote de Cola Cao.Y allí se quedaba, con la nariz pegada al cristal hasta que hacía vaho, repitiendo sin cesar: “Mamá, es precioso. Mamá, quiero esas lentejuelas. Mamá, quiero esos flecos. Mamá, qué mono ese vestido de las tetas. Mamá, quiero ese pelo. Está toooodo bonito”. La transcripción es literal. Sabe decir lentejuelas, flecos, plataformas y animal print. Pintalabios lo sabe decir también. En cuatro lenguas distintas: español, amárico, inglés e italiano.

Lo difícil, en mi humilde opinión, no es sacar la cara y el pecho por tu hijo de cinco años vestido de Rapunzel. Lo difícil será sacar la cara y el pecho por la Nena de diez años vestida de tronista. Tiempo al tiempo.

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Dic 22

ESA CLASE DE MADRE

Hace un mes tuvimos una reunión con la Señora F. y su marido para anunciarles que había llegado un equipo de cirujanos extranjeros a un hospital cercano y que su pequeña A., de siete años, podría por fin someterse a la amputación de la pierna izquiera, una pierna que se le dañó de pequeña y que en la actualidad le colgaba inerte dándole un aspecto muy Crónicas de Narnia, visto que la criatura se movía, fundamentalmente, a la pata coja.

No es la primera vez que alguien les comentaba la necesidad de amputar. La Señora F. miraba perdida alrededor: _ Qué pasa, F., qué piensas – le pregunté

_ Siempre hace igual– bufó el marido – la vez pasada igual.

_ F., díme qué pasa

_ Que no quiero serlo

_ Ser el qué

_ Ese tipo de madre

_ ¿Qué tipo?

_ La clase de madre que deja que alguien le corte las piernas a sus hijos. ¿Qué clase de madre soy? ¿Qué madre consiente que corten la carne que ha parido?

Y allí hubo una diferencia en las reacciones: la gente sin hijos se puso a explicarle las ventajas de la amputación. Las que tenemos hijos sólo la mirábamos. Y la entendíamos. Qué clase de madre eres, que ni siquiera puedes conservar las dos piernas de tu hija. En qué mundo extraño y retorcido tienes que alegrarte porque alguien se ofrezca a cortarle la pierna a tu hija. En un mundo de mierda, sin lugar a dudas.

A un cierto punto, la señora F. se echó a llorar. La gente sin hijos le decía que no era para tanto, que luego le pondrán la prótesis. Que no llorara.

_ No – le dije – llora ahora. Llora mucho. Porque es una faena que haya que cortarle la pierna a A., porque es pequeña y porque se va a enfadar. Llora ahora y luego, luego prométeme que no vas a llorar hasta el año que viene. Porque A. te necesita fuerte, y porque la amputación es sólo el principio. Lloramos hoy y luego, F., no volveremos a llorar hasta dentro de un año. Ese es el plan.

Y así lo hemos hecho. Cuando hoy han venido con las muletas y sin pierna, nadie ha llorado. “Guau, A. qué muletas tan chulas”– le he dicho. Con un gesto rápido me las ha tirado: _ Pues para ti. Yo no las quiero. Quiero que me devuelvas mi pierna.

He mirado a la señora F. No llores. No ha pasado un año. Todavía no.

_ Vale, me las quedo. Me parecen súper chúlas. Mañana las pinto. Y podemos jugar – he llamado a los demás niños – podemos fingir que son fusiles, espadas –he comenzado a disparar con las muletas, luego hemos hecho el trenecillo con las muletas, hemos jugado un rato con las freacking muletas.

_ Bueno, me voy a trabajar

Los peques, obviamente, querían seguir jugando con las muletas.

_ Las dejo aquí. El que las quiera, que le pida permiso a A. Porque son suyas– la he mirado – que nadie toque las muletas sin su permiso.

_ Sí, son mías – me ha dicho – ¿mañana podemos pintarlas?

_ Por supuesto. Del color que tú quieras. Bien bonitas las vamos a dejar

Su madre me mira. Me sonríe. “Se acostumbrará”, le digo. “La que no se acostumbra soy yo”, me responde. Supongo que no se acostumbra a ser esa clase de madre. Esa que ni siquiera puede preservar la carne de sus hijos. Supongo que a ciertas cosas es mejor no acostumbrarse. Cuando tienes hijos (y me van a permitir que no distinga entre maternidades), al dolor de madre, ese dolor impotente, enorme, desgarrador, incluso cuando es otra la que lo sufre (me van a permitir también que me quede en femenino), es imposible acostumbrarse.

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Dic 20

MUNDO ADELANTE

Hace un par de semanas me llegó un mensaje al móvil, anunciándome que estaban por aquí los de Españoles por el Mundo. Que, si alguien estaba interesado, que fuera a un bar a una hora para verlos. Yo no fui, en primer lugar porque era en Addis, y en segundo porque me conozco: soy demasiado empática. Mi pasado de periodista, lejos de darme las bases para una adecuada protección de mi intimidad y de la de la Nena, hace que me den pena las Paqui Peña de turno. Yo sé que si me ponen un micrófono, lo largo todo, Nena incluída.

En esto pensaba yo esta mañana, en mitad de mi sesión de masaje. Hace un mes empezó a dolerme la espalda y yo, que soy muy de “donde fueres, haz lo que vieres”, hoy me he decidido a acudir a una masajista local. Muy local.

He ido a su casa, que era la tradicional chabola de barro. En el patio, entre los árboles de falso banano, la señora me había puesto un plastiquillo con un colchón de paja. Primero me ha ofrecido un café, luego se ha calentado las manos acercándolas al hornillo del café, y luego me ha pedido que me desvistiera y me tumbara en la mencionada zona chill out.

Allí he estado durante veinte minutos mientras la señora me hacía el masaje. A mí me ha parecido bastante profesional, al margen de las ovejas que nos pululaban alrededor. Al menos ha cerrado la puerta de la calle con candado, porque a mí la imagen de la frenji tumbada medio en bolas bajo los árboles de banano con la señora curandera que me manoseaba me parecía desternillante, y sé sin lugar a dudas que la gente pagaría entrada para verlo. Y allí es cuando he pensado que, si me pillan los de Españoles por el Mundo, me hacen un especial. Los de Documentos TV no, pero los de Españoles sí. Dirán ustedes que estoy exagerando. Les comento que el final de la jornada laboral por la tarde me ha pillado subida en un carro tirado por asnos, sentada encima de una montaña de sacos de berberé, circulando por las calles de la ciudad cual reina de las fiestas de un pueblo mú raro.

Si no los llamo es por miedo al qué dirán, porque luego la gente dirá que quién soy yo para lanzar a la Nena a la fama y demás. En fin. Esperaremos hasta que desarrollen Etíopes por el Mundo y la vengan a ver a España.

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Dic 18

HAPPY THREE

Entre mis conocidos, hay quien celebra aniversarios cuando menos cuestionables. Celebran el aniversario de esa vez en la que, medio borrachas, se liaron con un desconocido en un bar a las tres de la mañana. Sí, lo han adivinado: el desconocido es hoy el padre de sus hijos. Puede pasar.

Por eso yo también celebro el aniversario del día en que la Nena llegó a casa. Celebrarlo no quiere decir que fuera el día más maravilloso ni de su vida ni de la mía. No lo fue. Pero sí quiere decir que fue el inicio de una historia muy importante para las dos: la nuestra como familia.

Por supuesto no lo llamo el Gotcha Day ni lanzo fuegos artificiales. Lo del Gotcha Day me parece de un mal gusto y un ofensivo difícilmente superable No hay regalos, ni nada demasiado especial. Hablamos de ese día en el que llegó a casa, hablamos de antes y después, intentamos no estar solas para cenar, hago un bizcocho (de los normales sin fondant y realmente comestibles) y aprovecho para agradecer en mi interior que seguimos juntas, que nos queremos mucho y que tenemos la posibilidad, incluso, de aprender a querernos bien. Para mí es un día de reflexión y agradecimiento. Con el tiempo, ella decidirá si quiere seguir recordando el día o no. Yo sí sé que lo recordaré siempre. Porque, en mi caso también, esa persona que me tocó en suerte en el bar a las cuatro de la mañana, es la más importante de mi vida.

Es mi persona.

En el sentido Grey’s Anatomy.

Claro.

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Dic 16

MEDALLÓN

Llego a la oficina y me encuentro a M. Es una Señora Vulnerable, sólo que no es una señora, porque tiene dieciséis años. A su lado, otra de las señoras, bastante más mayor (al menos treinta años) le está, aparentemente, echando la bronca “díle, díle a Kaktus lo que le ha pasado a la niña”. La niña de M. tiene nueve meses.

“Es que… es que ayer se quemó la niña”, me dice M. bastante compungida. “¿Y qué se ha hecho?”, le pregunto. “Enséñale, enséñale”, le dice la señora. Obviamente, le indico a la señora que salga de la oficina que para echar broncas ya estoy yo. M. me enseña una quemadura más aparatosa que grave en el cuello de su peque.

“Mi madre se despistó, y tiró el agua hirviendo de la col sin darse cuenta de que C. estaba al lado en el suelo, y le salpicó. No fue culpa mía. Yo estaba en el baño. Lo siento, Kaktus, de verdad”.

“¿Qué hicisteis?”

“Fuimos corriendo al hospital, a urgencias, le han dado antibiótico y una pomada. La cura se le ha caído durante la noche. Ahora la llevo a que se la cambien”

“No te preocupes, con la pomada se la puedo volver a poner yo. ¿Ya le has dado el antibiótico?”

“Sí, me dijeron que empezara ayer noche. Pero, de verdad, Kaktus, que no volverá a pasar, que fue un despiste”, repite.

A M. y a su madre, la abuela de treinta años de la niña, las conocí el año pasado. La niña tenía una semana de vida, pesaba un kilo y trescientos gramos, y querían abandonarla porque no podían alimentarla. M., en aquel momento, parecía bastante indiferente en su relación con la criatura. La abuela estaba firmemente convencida de que no quería más críos en casa.

_ M., deja de decir que no volverá a pasar– le digo- claro que volverá a pasar. Los niños se caen, se queman, se hacen cosas.

_ A ella no le volverá a pasar. Te lo prometo-, me dice

_ No me tienes que prometer nada. Además, -completo- estoy muy, muy orgullosa de ti

_ ¿Por haber quemado a la niña?

_ Por supuesto que no. Porque habéis tenido una emergencia, y la habéis resuelto bien. Tenías dinero para pagar el hospital y le estás dando las medicinas. Y todo sin perder los nervios.

_ Bueno… en el hospital me eché a llorar… pero así nos hicieron pasar antes

_ Bien hecho, M. Todo muy bien hecho.

Y, mientras ella piensa en lo que le estoy diciendo, me acuerdo de toda la gente que nos ha ayudado a que C. viviera, desde los doctores de Meki, hasta el voluntario que, cada día, la pesaba en una ensaladera en la báscula de la cocina, pasando por mis padres, que nos trajeron vestidos preciosos para niños minúsculamente preciosos. Y de todas las señoras vulnerables, que han ayudado a que C. sea, a día de hoy, una niña querida y cuidada.

A media mañana pasa la abuela, esa que hace nueve meses no dejaba de preguntar dónde tenía que firmar el abandono, a ver cómo está la peque. “Nos llevamos un susto…”, me cuenta, “qué agobio, por Dios, como se le quede marca, me muero, ¿le habéis puesto la pomada?”. Afirmo con una sonrisa.

Yo no soy muy de colgarme medallas, pero esta, con el permiso de las tres generaciones de chicas, me la voy a poner bien vistosa.

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Dic 10

Y VOLVER, VOLVER…

¿Y cuándo volveréis a casa?

Esta pregunta es de esas que engañan. Ustedes pensarán que es algo normal que preguntar a alguien que, como yo, lleva varios años viviendo fuera. Para mí, esa pregunta dispara algunos de mis peores miedos.

En primer lugar, porque parte de varios supuestos, no todos tan supuestos para mí:

. que nos volveremos

. que volveremos al sitio de donde yo salí

. que “casa” para mí sigue siendo ese sitio

. que para mi hija “casa” no es nuestro sitio actual

. que “casa” para mi hija sea o pueda llegar a ser ese sitio de donde yo salí

En segundo lugar porque tampoco el argumento de “es lo mejor para ti y para ella” me convence mucho. No me convence que sea lo mejor para mí: me costará mucho encontrar trabajo, tendré un sueldo miserable y seguramente unos horarios horribles que me permitirán criar a mi hija a través de Skype, y no creo que sea un trabajo que me guste tanto como el que tengo aquí. Tendré que preocuparme por cosas como pagar un alquiler, viviré en cuarenta metros cuadrados y pasaré frío, mucho frío. Y mucho de lo que hable la gente por la calle y/o en Internet me parecerá vacío y sin sentido. No digo que lo sea, digo que me lo parecerá, porque me sentiré súper superior, porque yo salvo vidas y doy de comer a los niños famélicos del África. Superar esta actitud de mierda me costará un porcentaje de mis amistades que me han idealizado en estos diez años que llevo fuera.

No me convence que sea lo mejor para ella: sí, es verdad, tendrá un cole estupendo, y una atención sanitaria de calidad. No es poco. Pero, desde el momento en que nos mudemos, será inmigrante. Para siempre, puesto que olvidará su lengua y su sitio en el mundo, por lo que si un día decide volver, se dará cuenta de que ya no es abeshá. Ni frenji, desde luego. Ahora la Nena tiene lo que llamo “espacios de normalidad”: el cole y la casa de la niñera, incluso a veces nuestra casa. Momentos en los que es una más. No es la hija de la frenji, no es alguien que seguramente se irá al extranjero. Es sólo una niña más. Desde el momento en el que nos mudemos, jamás en su vida volverá a sentirse “una más”. Nunca. En ningún sitio.

Por supuesto, yo también soy inmigrante. También sufro racismos, esteriotipos y me desespero intentando encajar sin perder lo que soy. Pero yo he elegido ser inmigrante. Ella no lo elegirá.

Al hilo de esto, tercer argumento en contra del volver a España: en este momento, hay un ambientazo de flipar. Sí es verdad que cada vez hay más concienciación, atención a la diversidad, etc. En la superficie. Entre tus amigos del Face que, por fuerza, son gente más o menos cercana a ti, y no radicalmente opuesta a tus valores. Pero el otro día estaba leyendo una de esas noticias de “ciudad de medio millón de habitantes acoge a dos familias sirias” y, leyendo los comentarios, se me saltaban las lágrimas. No metafóricamente hablando, no. Acabé llorando, incapaz de leerlos todos. Y no era cólera, ni rabia. Era simplemente tristeza. Y pena de ese “yo en el paro, y el estado acogiendo a todos los sirios del mundo, todos a chupar del bote, así va España”, que me recuerda a la Santa Infancia “quieres a todos menos a mí”. Qué poco “yo en el paro, y las fuerzas del orden de toda Madrid cobrando horas extras para celebrar la Champions”, que tendría más sentido. No. Como mi ciudad, recalco, de medio millón de habitantes, ha decidido darle asistencia a un total de diez personas, esta decisión, de manera inequívoca y directa, me aboca a mí a pasar hambre y a mis hijos a una vida de privaciones sin fin. Y allí me pregunto que, si uno no puede empatizar con gente que llevaba una vida muy similar a la del europeo medio, y que huye intentando evitar que maten a sus hijos, que si no nos podemos poner de acuerdo en que la posibilidad de que tus hijos no te sobrevivan es la más horrible de todas las perspectivas imaginables, imaginémonos qué futuro le espera a mi Nena africana en esa Europa resentída e ignorante. Tan ignorante.

Una vez en España fui a dar una “charla” a una clase de Tercero de Educación Infantil. Les hablé del África, de lo grande que es el mundo, de la Santa Infancia, de cómo eran las vidas de los niños de su edad que yo conocía. Los niños, considerando que eran pequeños, que son contenidos difíciles, y que tampoco es que yo sea Mary Poppins, me siguieron con bastante atención, e incluso hicieron algunas preguntas. Hasta que uno, espontáneamente, dijo: “a mí los negros me dan asco”. Seis años la criatura, educado en una escuela modélica, con profesores estupendos, llena de actividades de sensibilización, atención a la diversidad y educación en valores que comparto plenamente. Los profes, con sus batas preciosas de colores, recogiendo la mandíbula del suelo y pidiendo disculpas azorados. Yo, quitándole hierro al asunto, porque entonces no tenía Nena, porque era idiota, porque el niño tenía seis años y porque bastante apuro llevaban los profes. Y porque seguramente era algo que el niño no entendía y que había oído en otro sitio. En su casa, por ejemplo.

Y así llegamos a hoy, cuando me aterra la posibilidad de que, el día de mañana, mi hija comparta mesa con el niño de seis años al que le dan asco los negros. Porque es verdad que aquel día hablé para unos cincuenta niños, y a cuarenta y nueve no les daban asco los negros. Pero había uno al que sí. Y entiendo que a sus padres también. Y a sus hermanos, en lo que crecen y se forman criterios propios.

En el cole al que va mi hija ahora, a nadie le dan asco los negros. Sí es verdad que a veces se nota que su madre no es abeshá (no tenemos el pelo todo lo controlado que deberíamos), pero a nadie le doy asco.

Realmente, a volver le veo sólo un argumento incuestionable: hay gente que nos espera. Lo que es nuestra familia, lo que sería el plan B de mi Nena si yo fallara, está allá. Todo lo que puede garantizarle una vida de posibles (entendida como posibilidad de elegir) está allá: educación, salud y familia presente. En las últimas semanas, la evidente diferencia de opiniones educativas entre sus maestras y yo me recuerda que, por desgracia, el sistema educativo etíope no es lo que la Nena necesita. La pregunta es si lo será el español.

Hay otro argumento que mis amigos me repiten: al final, siempre hay que volver. Pero que nadie se asombre cuando digo que es una decisión que prefiero retrasar cuanto más tiempo mejor, porque sé que será muy duro. También te dicen que cuanto más tardes, más le costará adaptarse. Este último argumento, esgrimido como definitivo, no lo es. Se parte de la base de que tendrá que adaptarse. Dicen “adaptarse”, cuando quieren decir “reprimirse”, “esconderse”, “protegerse”. Aprender a comportarse, que me dijo alguien. Ya sabe comportarse. Se comporta como una niña feliz. No digo que lo sea, pero sí que, en este momento. se comparta mayormente como si lo fuera. Eso lo traía de serie.

Y mi mayor miedo es que lo pierda.

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Dic 07

TÚ, QUE NUNCA HACES CASO

Ella nunca hizo caso. A nadie. Ni siquiera cuando le dijeron que tenía que casarse. Ni siquiera cuando le dijeron que a una mujer los estudios le servían para más bien poco. Nunca se casó. Acabó la FP y se fue de aquel pueblo hecho de polvo y envidias. No hizo caso cuando le aconsejaron marcharse a Addis Abeba. Su objetivo era otro. Volvió de Dilla dos años más tarde con algo de dinero, embarazada, sola y contenta.

Dicen de ella que siempre ha hecho un poco lo que le ha dado la gana. Yo tengo que decir que, cuando tuve que decirle lo peor que le he dicho jamás a nadie –“no, M., esto no tiene solución”-, sí que me hizo caso. Se dobló en dos, y calló profundo, profundo. Y después de un rato, se levantó para vivir cuatro días eternos.

Me llamó al día siguiente: “Kaktus, nos vamos a casa. Dejamos el hospital”. Y sé que quería que le contestase “no, esperad, tiene que tomarse las medicinas”. Lo podía sentir, en su respiración, que esperaba esa respuesta. Tragué saliva. “Me parece bien. Os paso a ver luego”.

Y de nuevo, en este África despiadada, otra Piedad. Cuatro días con sus noches. M. y su niño bonito, su bebé. “Sólo esperamos que venga Dios”, me decía. Y a mí me faltaban las fuerzas para decirle “ya está aquí. Lo tienes en brazos”. He tragado tanta saliva estos días. Y la Madre, M., que de puertas afuera afirmaba que habría aceptado la voluntad de ese Dios ortodoxo, mientras bajito le susurraba a su niño amarillo “no te vayas, amor, quédate conmigo”.

En Etiopía los lutos de niños de menos de un año son asumidos como un mal necesario. Algo que te puede pasar. La tradición manda que muestres al mal tiempo buena cara, que te perfumes y te pongas mantequilla en el pelo, para demostrar que aceptas la voluntad de Dios con el mejor de tus ánimos. Y para que Dios no te castigue.

Así, al día siguiente del entierro de su niño amarillo, a M. se le aparecieron los ancianos del barrio, dispuestos a ponerle la mantequilla en la cabeza. No hizo caso. Les gritó como nadie les había gritado nunca. La recriminaron: “no querrás que Dios te castigue. No querrás que te quite otras cosas u otra gente”.

Dicen que respondió “y qué me va a quitar, si ya se lo ha llevado todo. Que venga, ahora que ya no lo espero, y que se lleve lo que quiera”

Cuando volví a verla, una semana más tarde, se estaba poniendo la mantequilla en el pelo. “Ya que la trajeron, era una pena que se pusiera mala”, explicó con sonrisa cansada. “Y no tengo nada que perder. Ya no”

Entró en mi vida de forma fortuita. Alguien me pidió que la ayudara a entender los males que aquejaban a su pequeño. Dos meses más tarde, lo único que pude darle fue el convencimiento de que nada ni nadie, en ningún sitio, hubiera podido salvar a su pequeño. De que es la mejor madre que ese niño podía tener. De que vivir y morir rodeado de amor es algo bonito. Aunque sólo se viva cuatro meses.

Cuando nos encontramos la primera vez, le dije: “sabes que no soy ni doctora ni enfermera”. “Sí, lo sé, pero me han dicho que sabes cómo luchar”. Me he labrado una fama como problemática en hospitales. Luchamos las dos, luchamos con todo lo que éramos, ella infinitamente más que yo, porque tenía infinitamente más que perder.

Mantengo que esas semanas fueron para mí un regalo: el regalo de acompañar a alguien que sufre, y no acompañarlo con dinero, o con proyectos, o con actividades…sólo acompañar. Estar allí. Hasta que Niño Amarillo se fue, y nos desaparecimos todos, y la dejamos con su mantequilla y su pena, y su seno rebosante y su tristeza final.

Ayer me la encontré, después de varios meses de no verla. Iba por la calle, con velo negro, empeñada en su luto –nadie lleva mucho luto por los niños pequeños-, con unas amigas. Saludé a todas con un abrazo. Ella me abrazó sólo un poquitín más de lo necesario. Cuando siguieron ellas su camino y yo el mío, concluidos los saludos de rigor, me volví para verla marchar. Se volvió ella también.

“Gracias”, me articuló con la boca.

Hay muchísimas cosas que no merezco. Su agradecimiento es sólo una de ellas.

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Dic 05

MAMÁ, ¿TÚ TIENES AMIGOS?

Desde que acabó la Pascua estamos en temporada de bodas. La Nena hace ya tiempo que está fascinada con el tema “bodas”. Se podría pensar que ella lo que quiere es tener un papá. Para nada. Ella lo que quiere es que nos compremos un “vestido de las tetas”, esto es, palabra de honor. Lo demás le toca un pie. Así, hemos mantenido diversas conversaciones al respecto:

Un día estábamos en misa y anunciaron que una pareja se casaría al domingo siguiente, y los novios se pusieron de pie para que todos los viéramos. La Nena, por lo bajini, empezó:

_ Mamá, ¿qué hacen?

_ Se van a casar el domingo que viene

_ Y tú, ¿no te casas?

_ No, hija, Hoy no.

_ Mamá, ¿tú tienes amigos?

_ Sí, muchos

_ ¿Amigos chicos?

_ Sí, también amigos chicos

_ ¿De los que se casan?

_ Sí, cari, de los que se casan. Pero no conmigo.

 

Otro día:

_ Mamá, te puedes casar con el yayo (mi padre)

_ No, no me puedo casar con el yayo. El yayo es familia y no te puedes casar con nadie de la misma familia.

_ Pues el yayo está casado con la yaya

 

Y, finalmente, después de haberle pedido matrimonio a cinco niños y niñas distintos, mi preferida:

_ P. (a una amiga nuestra), ¡yo me quiero casar ya!

_ Primero tienes que encontrar a una persona que te quiera mucho para toda la vida

_ Pues me caso con mamá

 

Nadando en baba me encuentro.

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May 03

ROAD MOVIE

Hace poco tuve que ir a Addis Abeba para unas gestiones. Como era poca cosa, fui y volví en el día en autobús. A la vuelta, después de un día que había empezado a las cuatro de la mañana, estaba yo un poquitín cansada, deseando llegar a casa. Así, me metí en el primer minibús de 16 puestos que encontré y esperé a que lo llenaran con, al menos 30 personas.

Una vez abarrotado el vehículo, partimos. Cuando salimos de la única autopista que hay en Etiopía, nos paró la policía, más o menos a mitad de camino entre Addis y Zway. Creo que los conductores (conductor y chaval asistente) pagaron soborno para que la policía no se diera cuenta de que sobraban como diez personas en el interior de la furgoneta. Luego, para dar una apariencia de servicio, nos dijeron al pasaje “recordad que el precio justo son 55 birr”, y nos dejaron ir.

Al poco, el asistente empezó a pedirnos el precio del billete. Según él, 60 birr. Toma ya. La gente empezó a rebotarse, y el conductor paró el bus, y dijo que hasta que no pagáramos los 60 birr por barba, de allí no nos movíamos. La gente siguió roñando y, al final, como todos queríamos irnos, empezaron a decir que vale, que total 5 birr no son nada.

A mí, en aquel momento se me juntó todo: llevaba dos horas plegada en tres, estoy hasta los webs de los “vale, total para qué”. Al final siempre se paga, en todas partes. Y es un abuso. Un abuso de 5 birr, pero un abuso. Mientras el chófer repetía “o 60 birr o no nos movemos”, salté:

_ Hay otra opción – me oí decir- visto que vosotros sois dos, y nosotros somos 20 tíos y tres tías, hay otra opción.

Expectación y silencio.

_ Podemos daros una hondonada de hostias entre todos, dejaros aquí tirados, llevarnos el minibús hasta Zway (tengo carnet de conducir) y ya vendréis a buscarlo cuando podáis/queráis. Y entonces, en vez de 60 birr, pagaríamos cero birr. Todo for free.

_ ¿Y si denuncian? – me preguntó una chica que estaba a mi lado

_ Que denuncien si tienen lo que hay que tener…y los papeles en regla para conducir el minibús.

Silencio sepulcral en el minibús. El chófer y el asistente se miraban con intensidad.

_ Vale, 55 birr

_ Pues a pagar todos, que se nos va a hacer de noche.

Y así llegamos contentos y felices a Zway. Todos me dieron las gracias, menos el conductor y el asistente. Yo sólo ofrecí opciones. No es mi culpa que aquí las opciones estén muy mal vistas.

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Abr 27

PURA VIDA

Una de las cosas bonitas del África es el tópico de que la vida florece por doquier. África es vida y Etiopía más. Una pena que esa vida se empeñe en florecer dentro de los muros de mi casa. A lo largo de la semana pasada, hemos establecido contacto indoors con: lagartijas (son legión); cucarachas over sized; los consabidos mosquitos; un ratón, mantis religiosas; una invasión de grillos que tal como vino, después de unos tres días, se fue; y, el sábado por la tarde, una mangosta gigante con la que nuestro perro hubo de luchar a brazo partido para explicarle que ella NO cabía en casa.

Siguiendo la lógica de las películas comerciales apocalípticas, alguna de estas especies debería comerse a las demás y, al menos, librarnos de un par de problemas. Pues no. No está pasando. Todas conviven pacíficamente en nuestro hogar. Conmigo y con mi Nena de tres años. Y es verdad que la casa es muy grande, pero, como hay tanta variedad, normalmente también están los que más tirri te dan, que en mi caso son los ratones, y así me pasé cuatro días metiéndome el orinal de la Nena en el cuarto por la noche porque me daba miedo salir al baño y encontrarme el ratón. Al final, como la educación adquirida es siempre un peso, la verdad es que no conseguí hacer pipí en el orinal, por lo que me pasé cuatro noches soñando que me meaba y rezando para que una infección de orina no viniese a añadirse a mis muchos problemas vitales.

La mangosta, sobre la que he pasado de refilón, merecería capítulo aparte. Baste decir que, cuando el perro empezó a ladrar en dirección a su caseta, yo pensé que era una serpiente. Mi primer impulso fue cerrar la puerta y echarme la siesta, pero luego pensé que mi Nena juega en ese jardín y no puede haber serpientes campando a sus anchas. Fingiendo un valor que no poseo, cogí la escoba y salí a ver qué serpiente había encontrado el perro. Imagínense mi cara cuando sale de la caseta del perro un roedor aproximadamente el doble de grande que un gato adulto. Me di cuenta  de que en vez de la escoba necesitaba un fusil. Al final, después de diez minutos de encarnizada lucha con el perro, conseguimos llevarlo hacia la verja y echarlo fuera. San Google nos ha informado de que era una mangosta. Gigante, siempre según Google.

Más allá de nuestra verja, también la vida animal campa a sus anchas. El día de los Difuntos, en la mejor tradición cristiana, nuestra exigua parroquia marchó en procesión al cementerio. Y allí íbamos todos con nuestros velos, cruz al frente y en alto, y rezando el Rosario. La Nena sólo sabe decir “Santamaría” y “Amén”, pero le queda bastante propio. En estas estábamos cuando, en un lateral de la calle, una de las puertas de lámina se abrió y salieron dos bueyes enloquecidos que cargaron con lo primero que pillaron que era nuestra escuálida procesión.

La procesión se transformó en un caos donde cada cual corría por su vida. Yo con la Nena en brazos me dispuse a luchar por nuestra supervivencia. Lista que soy, me arrimé al otro lateral de la calle, pensando en meterme en la primera puerta que pillara. Los bueyes se giraron y uno de ellos empezó a correr hacia nosotras. Y entonces me di cuenta de que no había puerta, sólo muro. Juro que ví mi vida pasar ante mis ojos. Estoy muy satisfecha de mi vida, pero morir en una calle polvorienta y apestosa embestida por un buey me pareció súper triste. Como detrás de los bueyes habían corrido los pastores a controlarlos, uno de ellos consiguió desviar al buey y pasó el peligro. Considerando que las primeras filas de la procesión seguían cantando el Rosario ajenas al caos de la retaguardia, parecíamos una serie española costumbrista de presupuesto muy, muy bajo. Sólo nos faltaban una taberna y una pata de jamón.

El verano pasado en España fuimos a uno de los populares encierros infantiles: son toros de cartón piedra en carretillas empujados por animadores. A la Nena no le hizo demasiada gracia, y se mantuvo a distancia prudencial. Hubo quien me dijo que, claro, con la diferencia cultural, la Nena no sabe lo que es San Fermín. “No”, respondí”, “es que para nosotras, morir aplastadas por una vaca es una posibilidad real”. Ya antes del incidente “procesión”, la Nena había aprendido que vacas, coches, burros, camiones y caballos entran en la categoría de cosas que pueden atropellarte.

La niñera tiene otras categorías: animales malos y animales que dan igual. Y, si bien colaboró en el exterminio del ratón, de las lagartijas y los grillos pasa tres pueblos porque “no muerden”.

A mí los nervios me están mordiendo entre todos. Mucho me temo que la especie que se extinguirá antes será la nuestra.

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