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Archive for the ‘Sociedad’ Category

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Abr 27

PURA VIDA

Una de las cosas bonitas del África es el tópico de que la vida florece por doquier. África es vida y Etiopía más. Una pena que esa vida se empeñe en florecer dentro de los muros de mi casa. A lo largo de la semana pasada, hemos establecido contacto indoors con: lagartijas (son legión); cucarachas over sized; los consabidos mosquitos; un ratón, mantis religiosas; una invasión de grillos que tal como vino, después de unos tres días, se fue; y, el sábado por la tarde, una mangosta gigante con la que nuestro perro hubo de luchar a brazo partido para explicarle que ella NO cabía en casa.

Siguiendo la lógica de las películas comerciales apocalípticas, alguna de estas especies debería comerse a las demás y, al menos, librarnos de un par de problemas. Pues no. No está pasando. Todas conviven pacíficamente en nuestro hogar. Conmigo y con mi Nena de tres años. Y es verdad que la casa es muy grande, pero, como hay tanta variedad, normalmente también están los que más tirri te dan, que en mi caso son los ratones, y así me pasé cuatro días metiéndome el orinal de la Nena en el cuarto por la noche porque me daba miedo salir al baño y encontrarme el ratón. Al final, como la educación adquirida es siempre un peso, la verdad es que no conseguí hacer pipí en el orinal, por lo que me pasé cuatro noches soñando que me meaba y rezando para que una infección de orina no viniese a añadirse a mis muchos problemas vitales.

La mangosta, sobre la que he pasado de refilón, merecería capítulo aparte. Baste decir que, cuando el perro empezó a ladrar en dirección a su caseta, yo pensé que era una serpiente. Mi primer impulso fue cerrar la puerta y echarme la siesta, pero luego pensé que mi Nena juega en ese jardín y no puede haber serpientes campando a sus anchas. Fingiendo un valor que no poseo, cogí la escoba y salí a ver qué serpiente había encontrado el perro. Imagínense mi cara cuando sale de la caseta del perro un roedor aproximadamente el doble de grande que un gato adulto. Me di cuenta  de que en vez de la escoba necesitaba un fusil. Al final, después de diez minutos de encarnizada lucha con el perro, conseguimos llevarlo hacia la verja y echarlo fuera. San Google nos ha informado de que era una mangosta. Gigante, siempre según Google.

Más allá de nuestra verja, también la vida animal campa a sus anchas. El día de los Difuntos, en la mejor tradición cristiana, nuestra exigua parroquia marchó en procesión al cementerio. Y allí íbamos todos con nuestros velos, cruz al frente y en alto, y rezando el Rosario. La Nena sólo sabe decir “Santamaría” y “Amén”, pero le queda bastante propio. En estas estábamos cuando, en un lateral de la calle, una de las puertas de lámina se abrió y salieron dos bueyes enloquecidos que cargaron con lo primero que pillaron que era nuestra escuálida procesión.

La procesión se transformó en un caos donde cada cual corría por su vida. Yo con la Nena en brazos me dispuse a luchar por nuestra supervivencia. Lista que soy, me arrimé al otro lateral de la calle, pensando en meterme en la primera puerta que pillara. Los bueyes se giraron y uno de ellos empezó a correr hacia nosotras. Y entonces me di cuenta de que no había puerta, sólo muro. Juro que ví mi vida pasar ante mis ojos. Estoy muy satisfecha de mi vida, pero morir en una calle polvorienta y apestosa embestida por un buey me pareció súper triste. Como detrás de los bueyes habían corrido los pastores a controlarlos, uno de ellos consiguió desviar al buey y pasó el peligro. Considerando que las primeras filas de la procesión seguían cantando el Rosario ajenas al caos de la retaguardia, parecíamos una serie española costumbrista de presupuesto muy, muy bajo. Sólo nos faltaban una taberna y una pata de jamón.

El verano pasado en España fuimos a uno de los populares encierros infantiles: son toros de cartón piedra en carretillas empujados por animadores. A la Nena no le hizo demasiada gracia, y se mantuvo a distancia prudencial. Hubo quien me dijo que, claro, con la diferencia cultural, la Nena no sabe lo que es San Fermín. “No”, respondí”, “es que para nosotras, morir aplastadas por una vaca es una posibilidad real”. Ya antes del incidente “procesión”, la Nena había aprendido que vacas, coches, burros, camiones y caballos entran en la categoría de cosas que pueden atropellarte.

La niñera tiene otras categorías: animales malos y animales que dan igual. Y, si bien colaboró en el exterminio del ratón, de las lagartijas y los grillos pasa tres pueblos porque “no muerden”.

A mí los nervios me están mordiendo entre todos. Mucho me temo que la especie que se extinguirá antes será la nuestra.

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Abr 24

CORRE, KIA, CORRE

La veo venir, teta al aire, niña en brazos, pijama (túnica) descolocada.

_ ¿Ya ha venido? – me pregunta- ¿dónde está?

_ Está en tu casa, Kia, te espera allí con la gente que lo ha traído

_ ¿Y qué hago?

_ ¿Qué vas a hacer? ¡Corre, Kía, corre, que te está esperando!

Y la veo correr, cabeza de niña al viento, la teta todavía fuera del pijama, perdiendo chanclas y esperanza en la calle polvorienta.

Corre, Kía, corre. Corre porque a lo mejor esta vez es la buena. Corre porque tu hijo estaba perdido y te lo han hallado. Corre porque a lo mejor esta vez vuelve para quedarse. Corre porque puede ser que, si corres lo bastante, no te des cuenta de que ya no es él, de que se le ha secado el cerebro, anegado en cola en las noches de Addis Abeba.

Corre, Kía, corre, y dile una vez más que lo quieres, que has echado a su padre de casa, que no le pegará más. Y enséñale la pequeña, la enésima Tiggist, que todavía no la conoce. Y reza para que el agujero y sus seis hermanos le basten como perspectiva de futuro. Corre, Kía, corre, porque si corres no te pararás a pensar en todo lo que has perdido, en esos hijos que has parido que malviven en el polvo, siempre sucios, piojosos. Corre, Kía, corre, corre por una vez en tu vida, corre hacia esa esperanza antes de que se derrumbe. Corre porque hoy sí tienes algo que celebrar. Corre porque tú sabías que volvería. Corre porque no sabes que lo han obligado a volver. Corre porque hoy come en casa, pero no sabes dónde dormirá, ni dónde amanecerá mañana, ni dónde irá el mes que viene. Corre porque hoy está contigo, y no escuches nada de lo que nadie te diga. Que volvió loco. Que ya no es él. Tienes ocho hijos. Nunca lo conociste realmente. Corre, Kía, corre, con tu teta eterna y tu perpetuo bebé, y reza para que, por una vez, el correr te salve. Os salve.

Corre por tu hijo, Kía. Corre. Por tu vida.

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Abr 22

DE MORDOR A LA OROMÍA

Se me acerca un niño corriendo por la calle. Me enseña la mano. En el dedo pulgar, lleva una anilla de hierro:

_ Me he encontrado el anillo de Frodo –me suelta

_ ¿Y qué vas a hacer con él?

_ Destruirlo antes de que vengan los orcos

_ Cuidado con el poder –le digo – te destruirá a ti

_ Ya, ya lo noto cómo me va entrando –me replica riéndose

Su madre sale de una casa cercana. Tiene que ir a por agua. Se despide: “Nos vemos el domingo”.

En la misión en la que vivo ahora, comparto vida y trabajo con gente que conoció mi trabajo con mi Santa Infancia. Ya la primera semana, me pidieron que comenzara aquí también con mi actividad cinéfila. Digo mi actividad cinéfila porque es así: es mía. No pongo grandes condiciones, sólo una: si yo traduzco, es mía también la decisión final sobre las películas que se proyectan.

Pongo esta condición porque hay más gente de la que parece que, cuando nosotros decimos “los domingos tenemos cine”, entienden “los domingos hacemos un cine-fórum”. No. Son actividades distintas. Podríamos hacer un cine fórum… pero es complicado con niños de edades tan distintas… y no me apetece.

A lo largo de los años, me he encontrado con dos opiniones, fundamentalmente expresadas por gente que trabaja en proyectos católicos:

  1. El cine es un elemento de colonización cultural, por lo que cualquier referencia audiovisual no etíope debe ser evitada y jamás incentivada. Las películas no hablan de su cultura y, por lo tanto, no les aportan nada. Acto seguido suelen sugerirte que proyectes El Rey León, esa película hecha en américa, con argumento y espíritu americanos, con música compuesta por un inglés. Pero salen leones. Creo que en toda Etiopía debe haber veinte leones. Los más radicales suelen prohibir cine y televisión al interno de proyectos y orfanatos.

Ante este argumento, yo mantengo la idea de que uno de los recuerdos más potentes y muchas veces más entrañables que todos tenemos habla de cuando íbamos al cine de pequeños. Y no íbamos a ver películas ni de Alfredo Landa ni de Buñuel. Íbamos a ver los Goonies y ET. Y nos encantaban. Y muchos atesoramos estos recuerdos entre los más preciados de nuestra infancia, cualesquiera que fueran las condiciones en las que vivimos. Si yo puedo dar a los chavales etíopes ese mismo recuerdo… ¿por qué no hacerlo?, ¿por qué negárselo? Y, aunque muchos misioneros de la vieja escuela y toda la iglesia ortodoxa parecen haberlo olvidado, el cine es arte. Igual que la literatura. Igual que la música. Lo mismo que estudian literatura, deberían estudiar cine. Nadie diría que estudiar un cuadro de Van Gogh es colonización cultural. No sé por qué, cuando hablamos de recursos audiovisuales, hay gente que pretende que sólo veamos películas etíopes. Películas que, por cierto, tienen una calidad pésima desde todos toditos los puntos de vista. Y que rara vez son mínimamente adecuadas y/o atractivas para niños.

  1. Es desperdiciar recursos. Las películas tienen que hacerles pensar. Que reflexionen. Y acto seguido te preguntan si ya has proyectado Hotel Rwuanda. Mi Santa Infancia, después de ver Hotel Ruanda, Shooting Dogs y The Last King of Scotland, me preguntaron si no había películas de africanos en las que no mataran salvajemente a otros africanos. Sí, claro. Hay también películas de rappers de Sudáfrica, y películas etíopes de calidad… hechas en el extranjero por etíopes de la diáspora con fondos extranjeros y que son muy difíciles de conseguir, no ya en copia original, sino en copia pirata de calidad medio decente.

Volviendo a mi respuesta anterior, nadie decimos “cómo la gocé viendo La Lista de Schindler”. Puede ser que nos gustara La Lista de Schindler, pero seguramente no forma parte de esos recuerdos entrañables. Sí que nos hubiera gustado salvar judíos, pero a una cierta edad le ves más atractivo a volar en bicicleta.

No digo que no haya que hacer cine fórums. Sí que hay que hacerlos. Pero con grupos pequeños y personal preparado para hacerlos… y mi amárico no da para tanto (ni mi tiempo, son cosas que hay que preparar muy bien).

Además, como reina soberana de la actividad, lo digo bien claro: el objetivo no es que piensen, no es que reflexionen. Quiero que sueñen. Que se evadan. Que se escapen de la porquería de vidas que suelen tener. Muchas veces, no puedo cambiarles la vida. Pero, durante dos horas, pueden ser reyes y reinas de Narnia. Pueden encontrarse el anillo de Frodo en la polvorienta calle de su casa, al lado de los restos de la última vaca muerta

En mi sitio actual, como primera película, elegí la primera de Narnia. Éxito brutal. Después de las tres de Narnia, recalamos temporalmente en Spider Man y, desde hace varios fines de semana, estamos inmersos en El Señor de los Anillos. Nos ocupa bastantes domingos porque el salón en el que lo hacemos acumula mucho, mucho calor y hemos comprobado que después de una hora y media, los niños se ponen agresivos. En serio. Cuando vimos entera la tercera parte de Spiderman, en la segunda hora, un chaval le pegó a otro porque se había tirado un pedo. Tuvimos que separarlos por la fuerza. Así que vemos como máximo una hora y media cada domingo, para que nadie se deshidrate.

Como espero que se entienda, a mí me fascina. Me encanta ver las películas con ellos y me encanta que salgan de mi boca palabras con la sabiduría de Legolas. Es una actividad que, lo digo honestamente, me deja exhausta. Es como hacer teatro improvisado durante una hora y media, traduciendo entre dos lenguas (inglés y amárico) que no son la tuya. Pero me da un subidón de adrenalina que, me acompaña toda la semana.

 

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Ago 06

NEGUER GUEN

Hace ya un tiempo, en ese foro de reflexión que es Madre de Marte, alguien lanzaba al aire la cuestión sobre el control y/o fomento de la natalidad que realizan proyectos católicos. Un tema tan estupendo como cualquier otro.

En nuestro proyecto, siempre comenzamos a hablar del tema diciendo “todos los niños son un regalo de Dios”, y luego, obviamente, nos lanzamos al “pero” (neguer guen, en amárico). Les sugerimos que, visto que el período previsto en el proyecto es de sólo un año, reservarse ese año para ellas. Es decir, evitar embarazos durante ese año (y si esperan otro más, mejor) para asegurarse de que retoman su vida con capacidades plenas. Como todo, esta es la teoría. En la práctica, siempre tenemos alguna embarazada, y allí, dependiendo de la situación (si tienen marido o no, fundamentalmente), se les apoya de un modo u otro.

Las Señoras Vulnerables utilizan mayormente las inyecciones anticonceptivas, que tomamos como el menor de los males posibles. Obviamente, no les protegen contra el Sida. Así, cuando alguna le sale el número en la rifa, la actitud más frecuente es cerrar los ojos fuerte fuerte y desear que, cuando los abras, el dinosaurio ya no esté allí. O sea, esperar a ver si te curas. Hay una Señora Vulnerable que, cuando le recordé que su nena S. necesita urgentemente empezar la medicación, me contestó que la nena sólo necesita tiempo. Y miel por las mañanas, que tiene muchas vitaminas. “Le estoy dando miel. Se pondrá bien”. Pos va a ser que no.

Las inyecciones, como digo, presentan sus problemas y carencias. En mi modesto entender, a veces se pasan con las hormonas. Hay señoras que lloran durante días así, sin saber por qué. Y que a las Señoras Vulnerables se les olvida que hay que volvérsela a dar cada cierto tiempo. Y que tienen una fertilidad a prueba de bombas.

Como se puede imaginar, en esta proliferación de embarazos sorpresa, a veces hay quien intenta salir del problema tolo tolo (deprisa) y decide abortar. En Etiopía trabaja la ONG internacional Marie Stopes que centra sus actividades en lo que definen como “family planning” y que en la práctica se limita bastante a los abortos. Además, desde –creo- 2008, el aborto es legal hasta las 22 semanas en todos los supuestos, por lo que incluso en los hospitales públicos se realizan sin problemas.

Como al final todo lo que nos puede pasar nos pasa, un día llegó una Señora Vulnerable con un recibo médico de un aborto, pidiendo el reembolso de gastos médicos que todas las señoras reciben durante su estancia en nuestro proyecto. Hubiera sido su cuarto hijo. Tiene marido de esos que son como una ola: van y vienen. ¿La inyección? Se le pasó la cita. Se le pasó tres meses.

Delante del papelillo del hospital, tuvimos que decidir así, en dos patadas, la postura de nuestro proyecto en relación al aborto voluntario y no forzado por circunstancias médicas. Sólo que en aquel momento me di cuenta de que, para mí, no había tanto que decidir. No se lo iba a pagar. No podía pagárselo.

En primer lugar, porque es un procedimiento médico electivo. No redunda en un bien para su salud. No redunda en una mejora de las condiciones de salud de nadie. Desde un punto de vista formal, podría ser una rinoplastia. Tú eliges hacértelo por cuestiones personales y/o sociales.

Segunda cuestión: no es tan caro. Estamos hablando de 250 – 300 birr. Has hecho una cagada (te has olvidado de las inyecciones), somos todos adultos, asume tu responsabilidad, arregla como te parezca el follón en el que te has metido. Pero, cari, del tamaño del sapo tiene que ser la pedrada. A gran cagada, gran responsabilidad. Si cuando no fuiste a darte la inyección no me lo contaste, si cuando descubriste el embarazo y decidiste abortar no me lo contaste… no me puedes pedir que te reembolse la responsabilidad de una decisión que tomaste completamente sola. No puedes tampoco escudarte en el consabido “no me hubieras dejado abortar”. Sí te hubiera dejado. Pero no te lo hubiera pagado. Tampoco sirve “qué podía hacer yo”. Podías tener el niño. Te hubiéramos apoyado, como ya hemos hecho con otras. Podías dar Vida.

Así se lo dije a la señora, y así se quedó la cuestión. No le conté el argumento más importante, porque era –entendí- demasiado personal. No puedo pagar abortos de las Señoras Vulnerables porque no podría vivir con la idea de tener que dar gracias porque la madre de mi hija jamás encontró un proyecto como el mío. La madre de mi hija no abortó. Cómo puedo impedir que otros niños, otras familias, vivan. Cómo puedo oponerme a que tengan la misma suerte que mi Nena y yo. No puedo. Y no lo hago.

 

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Ago 02

IDEAS SIN RUMBO… (2)

Post Anterior: ideas ¿sin rumbo?

Un día fuimos a visitar a una ex Señora Vulnerable. Pasábamos por la puerta de su casa, y mi compañera de trabajo me pidió que entráramos, porque había parido hace poco. La nueva nena, que se llama igual que mi Nena, tiene un mes. “En cuanto pueda, se la doy a alguien”. Los dos hijos mayores de los seis que ya tiene esta señora están ya con otra familia en Addis. Familia de la que la señora sabe poco o nada. Supongo que volverá a saber cuando echen a sus hijos de casa.

Al poco de mi llegada el proyecto, una Señora Vulnerable abandonó a sus cuatro hijos. Vació la casa donde vivían, quemó el colchón infestado de chinches, los dejó a cargo de distintos vecinos sin dar muchas explicaciones, y se piró diciendo que se iba a los países árabes para no volver más. La llamamos por teléfono varias veces, suplicándole que volviera, hasta que empezó a no responder. O a colgarnos en cuanto escuchaba la voz de sus hijos. “Es la línea, que se ha cortado”, les decíamos.

En aquella tesitura, me dirigí a los servicios sociales de la ciudad. Los niños eran dos chicos de 13 y 11 años, ya con experiencias de vida en la calle, y dos niñas de cuatro y siete. Mi plan de acción: internar a los chicos en un proyecto y dar a las niñas en adopción. El plan de acción de los servicios sociales: esperar a que volviera la madre. “Ya no hay adopciones”, me dijeron. “Mentira podrida”, les dije yo. “Si no vuelve su madre, nos cogemos uno cada trabajador de esta oficina en nuestra casa”. Propuesta del siglo. “No necesitan un sitio donde dormir”, les contesté, “ya tienen un sitio donde dormir. Necesitan una madre”.

La señora volvió al cabo de cinco meses porque los de la inmigración ilegal la dejaron tirada en Addis Abeba. Llamamos a los Servicios Sociales para establecer un plan de reunificación de la familia. La madre se rebotó y los Servicios Sociales la metieron una noche en la cárcel. Lo juro. Su counselling: “si vuelves a abandonar a tus hijos, te volvemos a meter en la cárcel”. Flipa.

Tres meses después, los dos niños mayores están en la calle. Uno en Zway, otro en Addis. A las dos niñas se les ha pasado la fecha de inscribirse en el colegio, por lo que tendremos que pedir varios favores si queremos que se escolaricen con normalidad. Y pagarles todo porque el exiguo sueldo que su madre recibe a cambio de trabajar en los invernaderos apenas le da para pagar los múltiples préstamos que pidió para su viaje de la desesperanza. Han dejado de odiarla, o al menos en vez de odiarla abiertamente la ignoran pacíficamente. Siguen viniendo a mis brazos y pidiéndome que las acune como si fueran bebés de seis meses.

Leemos constantemente que ya no hay niños adoptables. Etiopía se declara públicamente capaz de atender a todos sus menores. Todo mentiras podridas. Lo que no hay son Servicios Sociales capaces de detectar situaciones reales de abandono y/o negligencia, con capacidad para retirar niños de sus familias, sea de manera temporal o permanente, y darles el apoyo que realmente necesitan. Pero que hay niños sin familias, niños abandonados, niños no queridos, niños desatendidos… los hay y son Legión.

Dice el gobierno que la adopción internacional da una imagen de pobreza del país. Al parecer, la lepra, la creciente presencia de niños de la calle, no sólo en Addis, sino también en ciudades pequeñas como la nuestra, y los niños constantemente desatendidos, no. Al parecer, la mentalidad que identifica “familia” con “lugar para dormir” es una mentalidad súper desarrollada.

En todas estas cosas pienso yo cuando veo a las dos hijas de la señora viajera, a la bebé que su madre quiere regalar. A la niña S., cuya madre le niega los antirretrovirales porque no quiere que nadie sepa que tiene Sida. Y tengo la certeza de que estarían mejor en otra parte. Y ese eslogan que dicen “siempre, siempre, lo mejor es la madre biológica” se me agrieta en la cabeza y en el alma. Porque todos tenemos la imagen de unas madres biológicas forzadas por las circunstancias, que con todo el dolor de su corazón abandonan a sus hijos para darles una vida mejor. Y no siempre es así. A veces, aun pudiendo recuperar a los hijos que mandaron como siervos a los nueve años, las Señoras Vulnerables eligen comprarse un televisor. A veces la circunstancia de no haber elegido ser madres, de haberlo sido a la fuerza, oscurece todo lo demás, nubla todo lo bueno que pueda tener una maternidad. Y en algunos casos son situaciones que no tienen salida, que no mejorarán jamás, con ningún tipo de asistencia. Son situaciones que sólo pueden traducirse en un sufrimiento para el menor.

Como digo, yo tenía claro que un niño siempre tiene que permanecer con su familia biológica, salvo en casos extremos de riesgo para el menor. Ahora me doy cuenta que entre el riesgo físico de muerte inminente y la satisfacción apropiada de las necesidades físicas y emocionales de un niño hay toda una gama de situaciones a medio camino que normalmente producen niños emocionalmente heridos y profundamente rotos. Y no tiene tanto que ver con el nivel económico de las madres, sino más bien con el background cultural y vital de estas señoras. Hay Señoras Vulnerables que adoran a sus niños, seguramente porque ellas también fueron niñas queridas. No son todas, y hay días en los que pienso que no son ni siquiera la mayoría.

Dicen que salen miles de niños cada año. Deberían salir millones.

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Jul 31

A ELLA MISMA

Dice uno de los personajes de Orange Is The New Black que en la coronilla siempre hueles a ti mismo. Cuando duerme a mi lado, la coronilla de la Nena me huele a berberé. Otros días me huele a humo. Me huele a polvo y, según dónde haya jugado, a veces a estiércol de vaca. Me huele a pipí de otros niños, a wot*, a vaselina para el pelo. En estos días de Ramadán, me huele a perfume barato si ha estado en brazos de algún musulmán. Me huele a sudor de la canguro. Me huele a hierba, y a Carrot Oil. Me huele a incienso y a café tostado. Me huele a Saba Samuna** y a pella hervida.

La coronilla de la Nena, me huele a Etiopía.

 

*Wot: La salsa que acompaña la injeera.

** Saba Samuna: jabón para lavar la ropa a mano.

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Jul 29

CINCO AÑOS

Esta semana fui al banco. Para variar, no había luz. A mi lado, en la cola, un señor le preguntó al cajero: “¿Y cuándo volverá la luz?” Sin pensarlo, disparé: “esperemos que dentro de cinco años”.

No diré que ha vuelto a pasar. Diré que lo han vuelto a hacer. Han ganado los mismos. En buena lógica, lo más realista es aceptar el hecho de que va a seguir sin cambiar nada. De que vamos a seguir sin luz y sin agua y sin comunicaciones y sin sanidad decente. De que vamos a seguir pagando impuestos desorbitantes a cambio de servicios inexistentes. De que los etíopes se van a seguir muriendo de enfermedades perfectamente tratables sin que a nadie le importe mucho el hecho de que haya almacenes llenos de medicinas sin distribuir porque los funcionarios están demasiado ocupados cobrando los per-diem de las capacitaciones internacionales de turno como para trabajar. Llevan años con el building capacity. Y lo único que se está construyendo son centros comerciales vacíos e inservibles. Y el tren de Addis. Y la presa. El puto tren de Addis cuyas obras han vuelto la ciudad invivible y la puta presa que siempre están a punto de acabar y que nunca se acaba.

Cuentan que antes de las elecciones pasadas, hace cinco años, el partido regalaba cabras a cambio de votos. Lo considero un desperdicio. Con una camiseta les hubiera bastado. Este año, se ve que han optimizado recursos, y, como no había observadores, actuaron directamente a pie de mesa electoral. Cuando alguien preguntaba cómo se tenía que votar, le indicaban sucintamente que tachara el símbolo de la abejita. Como mucha gente va a votar sólo para que le vendan el aceite barato en el ayuntamiento, pues la gente tachó la abejita, y así se aseguraron otros cinco años de impunidad. Tiro por la culata a todos los niveles, porque el mes de antes de las elecciones distribuyeron aceite cuatro veces, y el mes de después ya pasaron a dos. Y tú, que vendiste tu voto a cambio de dos litros de aceite de palma, te has quedado sin aceite, y sin voto. Y sin dignidad. Literalmente, a dos puñeteras velas, que es lo que toca encender cada noche.

Leí en un libro, creo que en El Negus, de Kapuczinsky, que el pueblo etíope ayuna demasiado como para tener fuerzas para rebelarse. De acuerdo al cien por cien. El gobierno vende que no hay mejor democracia que un plato de injeera para todos y cada uno de sus ciudadanos, y en aras de ese desarrollo económico que –dicen- sacude al país en los últimos años, se vulneran Derechos Humanos y Libertades (en el banco la gente me miró como si les hubiera mentado la madre o como si hubiera mentado la madre del cajero). El plato de injeera no llega, la luz tampoco, el agua menos y el Interné… el Interné en esta ciudad de provincias cuesta más de cincuenta euros al mes (bastante más que el salario medio), y, si no, al Internet café. Cuando hay luz, claro.

Advirtieron que podía haber disturbios el día de la publicación de los resultados. Y no pasó nada. Absolutamente nada. Nada que no pase una vez cada cinco años.

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Feb 04

ESAS FOTOS DE HAMBRUNAS…

Desde hace ya algunos años, sobre todo desde que los índices de crecimiento económico dan la razón sobre el papel al gobierno, todo artículo que se precie sobre Etiopía comienza haciendo referencia al imaginario colectivo sobre el país: las hambrunas de los 80 y esas fotos de niños famélicos. Y entonces los artículos, sobre todo los que aparecen en los periódicos de aquí, te dicen que todo eso ya no es así. Que estamos creciendo como la espuma. Que el gobierno se está empeñando con todo su ser para que todos tengan su plato de injeera cotidiana. Yo percibo siempre este esfuerzo soterrado de ir más allá del tópico, de cambiar el imaginario colectivo, de presentar Etiopía como un país en marcha, activo, con futuro.

En todas estas cosas pensaba yo cuando me pusieron en brazos al sobrino de la señora B., un niño de menos de un mes cuya madre había fallecido a la semana de dar a luz. Había ido al hospital, le dijeron que todavía no le tocaba parir, volvió a casa y parió allí y una semana después murió. La señora B. decidió llevarse al recién nacido, porque estaba algo pachucho y porque el viudo tenía otros cinco hijos de los que ocuparse. Y yo, oliéndome de lejos la tostada, fui a visitarla y a preguntarle cómo estaba su sobrino. Pues eso, no del todo bien, me dijo. Traémelo, le pedí, como si fuera un rey medieval, preséntame a tu hijo. Mandíbula desencajada cuando mi compañera desenvolvió el paquetillo y nos encontramos al imaginario colectivo: niño aparentemente prematuro (y eso explicaría la absurda confusión hospitalaria) con un grado híper alto de malnutrición. Así, a simple vista.

Dí el pistoletazo de salida y todas a correr como locas. En unos hospitales no tenían la leche especial que necesitaba el pequeño y en otros, sencillamente, no tenían permiso para tratar malnutridos recién nacidos. De oca a oca y tiro porque me toca. En un país que recibe miles de millones de todas las monedas posibles para el combate a la malnutrición, y en trescientos kilómetros a la redonda ningún hospital público tenía los recursos ni la capacidad de tratar a nuestro pequeño todavía sin nombre. Eso sí, para no aumentar los números sobre mortalidad, ni siquiera lo ingresan. Así no es su responsabilidad. Así se queda sin nombre, sin número. Fuera.

En un momento dado de la carrera, me lo volvieron a plantar en los brazos, mientras las Señoras Vulnerables organizaban todo para el enésimo traslado. Y allí es donde, mientras miraba a aquel monillo recién nacido, ya desfigurado, respirando débilmente, con aquellos dedos que supongo que eran de longitud normal, pero que parecían muy, muy largos porque eran finos, finos, con miedo de que cualquier gesto, cualquier movimiento, pudiera quebrarle la vida, pensé en todos esos artículos, en todos esos intentos de negar la realidad sólo porque se ha convertido en mainstream. He conocido mucha gente que, cuando viene a Etiopía, queriendo ir más allá del tópico, se fijan sólo en lo positivo (que lo hay). Y Etiopía, hoy por hoy, es todavía niños que mueren de hambre. Y adultos que mueren de hambre. En Etiopía todavía hay mucha, muchísima gente que pasa hambre. De la de verdad. Y muchas mujeres que mueren al dar a luz. Y luego te dicen que es porque, culturalmente, nadie va al hospital. Pero en esta ciudad donde vivo todos saben que el hospital tiene de hospital sólo eso: el nombre.

Me gustaría decirles que esta historia acabó bien. Que el monillo sobrevivió y que pudimos buscarle un nombre más adecuado que el que se nos ocurrió para rellenar el registro en el primer hospital en el que estuvimos (le pusimos un nombre ortodoxo y luego resultó que el niño era musulmán). Pero no. Behamlak falleció diez días después de su ingreso en un hospital de la Iglesia Católica. Falleció en un sitio digno, donde hicieron mucho más de lo que habían hecho en los tres hospitales precedentes, públicos y privados. Pero falleció. De hambre. Y de ignorancia. Y sí, Behamlak es Etiopía. Y como él, tantos otros.

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Feb 02

TRIBUS ETÍOPES: LAS TIGGISTS

Hay gente que nació para llamarse Tiggist. Niñas. Y mujeres.

Tiggist quiere decir “paciencia” y, como ya dije hace tiempo, es un nombre extremadamente común. En ciertos sectores.

Las Tiggist suelen ser gente nacida en el campo. En la ciudad nadie llamaría a su hija Tiggist. Rara vez son hijas únicas. Lo más normal es que sean la quinta o la cuarta de una fila de siete u ocho hijos. Cuando se te acaban las ideas, pues le pones Tiggist. De pequeñas son niñas tranquilas, que te las puedes llevar a cualquier sitio y ni te enteras de que están. A lo mejor porque pasan su vida sin que nadie se entere de que están. Las crían hermanos y hermanas, con la ayuda de madres normalmente analfabetas y profundamente ignorantes. Así, las Tiggist cuando crecen, a lo mejor sí aprenden a leer y escribir, pero el poso de ignorancia se lo quedan de por vida.

La Tiggist estándar suele ser mujer de pocas luces y menos energía. La Tiggist media hace lo justo y necesario para sobrevivir. Suelen ser seres anodinos que, con el tiempo, desaparecen de tu memoria o intercambian caras e historias en tu recuerdo. Conoces tantas que te lías, y ya no te acuerdas quién era la señora de la limpieza y quién la madre de varios de la Santa Infancia. Porque las Tiggist rara vez escapan a su destino. Suelen perpetuar roles: casarse con un marido no elegido, parir hijos así como hacen todo… con desgana y un poco porque es lo que toca.

Las más despiertas, en cuanto pueden, se cambian el nombre, y se ponen Yordanos o Selamawit. Y a veces realmente consiguen ser Yordanos o Selamawit: gente de ciudad, con posibles, despiertas, activas. Si se quedan con Tiggist, suelen embarazarse a los 18 a más tardar y perpetúan los roles de aquella madre que un día, porque ya se había quedado sin ideas, las llamó Tiggist. O Addisé. O Abeba.

La parte positiva es que en Etiopía los niños nunca se llaman como los padres, por lo que es poco probabe que una madre Tiggist le ponga a su hija Tiggist. Y que a poco que pienses un poco el nombre, se te ocurren cosas más bonitas. Y que, por suerte, cada vez hay menos mujeres que tienen más de cinco hijos. En ciertos sectores.

En mi trabajo actual, una de los miembros del staff se llama Tiggist. Cuando me la presentaron, le pregunté a mi colega si era una Tiggist de manual. Después de mi explicación sucinta de lo que era un Tiggist de manual, mi colega me confirmó que nuestra trabajadora era eso: una Tiggist. Sin muchas luces. Sin mucha maldad, tampoco. Pocas picardías. Pocos sueños. Anodina. Gris en esta Etiopía aranguadi-bicha-key (verde-amarillo-rojo).

P.D: Espero que nadie se ofenda porque su hija o su esposa/compañera o su madre se llaman Tiggist. Me encantan los tópicos. Este es sólo otro más. También les digo que nada me alegra más que encontrar una Tiggist meando fuera del tiesto con los cinco sentidos alerta… sólo que por el momento no me ha pasado nunca.

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Ene 30

TARGET 2: LAS CHICAS GUETER

Además de las Señoras Vulnerables, mi nuevo proyecto tiene otro target, que para mí es El Target: adolescentes. Finalmente. Me fascinan.

Nuestras Chicas Gueter son chicas de un cierto nivel, porque están cursando estudios medios o superiores. Vamos, que saben leer. Algunas hasta están estudiando Information Technology. Y son tan listas que aprueban sin saber decir ni siquiera What’s your name? Flipa.

Como nos enseñó Mean Girls, en cualquier grupo adolescente que se precie se pueden apreciar las distintas especies con claridad. Así, al interno de las Chicas Gueter se pueden visualizar y distinguir las guays, las responsables, las tristes, las catetas y las raras de cualquier tipo, raza y condición. Por nombrar algunos grupos.

A pesar de que el target me encanta, a mí y a las Chicas Gueter nos separa algo que con la Santa Infancia ya habíamos superado: no saben quién son Bella Swan ni Katniss Everdeen. Y así cómo van a llegar a nada, si no tienen modelos que seguir. No me desanimo y ya les he dicho que, apenas reúna la pasta, les compro un proyector, porque esta ciudad no puede seguir viviendo en la ignorancia. O al menos en la ignorancia sin fantasía y sin vía de escape, porque creo firmemente que, entre los cinco y los veinte años de edad, no hay penuria ni desgracia que no curen dos horas y media de Narnia bien explicado. Al menos temporalmente.

Lo más interesante de mis dos nuevos targets es la delgada línea que las separa, una línea definida: las Señoras Vulnerables han parido, y las Chicas Gueter, no. A veces las juntamos, y las adolescentes miran al grupo adolescente de las Señoras Vulnerables, chicas que eran exactamente iguales a ellas, con las mismas esperanzas, los mismos sueños… hasta que se quedaron embarazadas y alguien las abandonó (su familia, su marido/ligue/violador). Caminan de puntillas, las Chicas Gueter, porque saben que el día menos pensado se pueden volver, de golpe y porrazo, Señoras Vulnerables.

Con las unas y las otras, hacemos todo lo que podemos. Para que las Chicas Gueter nunca sean Vulnerables. Y para que las Señoras, de alguna manera, puedan retomar aquellos sueños y vivirlos, ahora, con sus Tiggist y sus Habtamus colgados de la teta.

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