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Archive for the ‘Sociedad’ Category

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Ene 28

TARGET 1: LAS SEÑORAS VULNERABLES

Hace unos años, en Cooperación al Desarrollo, se llevaba mucho la vulnerabilidad, entendida como cúmulo de desgracias que te convierten en alguien proclive a la miseria. Últimamente lo que se lleva es la resiliencia, palabra que explicaremos otro día. El día que la entendamos, por ejemplo. Broma. Claro que la entiendo. Ja.

Habiendo cambiado de target, ahora trabajo con lo que me empeño en llamar Señoras Vulnerables. Porque no me gusta hablar de pobras. Y porque no creo que sean pobres. Todas las Señoras Vulnerables tienen hijos y, como bien saben los Habtamus de este mundo, tener hijos es ya tener mucho.

Las Señoras Vulnerables son señoras bastante catetas, con un abanico de desgracias variopintas, con el punto en común de ser madres de niños que no han elegido parir, y de ser, en este momento de sus vidas, bastante carentes de cosas materiales. Las hay que tienen un pasado brillante (fueron peluqueras) y que cayeron en desgracia al parir esos hijos que nadie quería. Las hay que están tomando aire antes de salir a luchar de nuevo. Las hay que nunca tuvieron nada y que, probablemente, nunca conseguirán tener nada. Las hay que van de proyecto en proyecto y supongo que el nuestro será sólo uno más de la lista. Las hay que sueñan todavía y las hay que ni siquiera saben lo que es soñar. Las hay con estudios y las hay analfabetas. Lo mejor es que también las hay muy, muy divertidas.

Mi nueva familia es bastante variopinta. Tienen como segundo punto en común historias tan fascinantes como a veces contradictorias, que hablan de una Etiopía para mí hasta ahora desconocida: la Etiopía femenino interior (del país).

Ya si eso, les cuento otro día.

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Dic 05

LA OTRA CARA

Si ustedes han leído mis anteriores posts sobre nuestra vida en el gueter, estarán ya al tanto de la fascinante adaptación de mi Nena, que se está criando cien por cien etíope (a veces, más de lo que me gustaría). Si los leen atentamente (¡anímense!), verán que siempre me he referido a momentos en que la Nena y yo estábamos en casa o a momentos en que la Nena está con otras personas etíopes. Esa es la parte bonita. La otra cara, lo que se nos hace más duro, es salir a la calle juntas. Sí, algo tan normal como salir a comprar o a dar una vuelta, se nos transforma en una gimkana a prueba de nervios.

En el barrio donde vivíamos en Addis, la gente a mí me tenía más vista que el tebeo. La llegada y la presencia de la Nena despertaba comentarios amables en un noventa por ciento de los casos. Los primeros días incluso hubo gente que vino a felicitarnos a casa con regalos. De esas primeras semanas nos ha quedado un guardarropa tradicional de lo más variado.

Aquí no. Aquí yo soy nueva, la Nena también, y las dos juntas más. Al principio fue muy duro. No exagero si digo que se paralizaba la vida en torno a nosotras. La gente salía de las tiendas para vernos pasar. Los carros se paraban, la gente se daba codazos, se levantaba de los puestecillos de té para vernos… Y lo peor es que, de cada cinco personas que nos cruzábamos, tres sentían la imperiosa necesidad de hacernos saber su opinión. A veces a gritos, a veces observaciones hechas con el convencimiento de que no podíamos entenderlos. Sólo que sí los entendemos. Y la mitad eran agradables, y hasta graciosos, pero la otra mitad no. La otra mitad eran crueles.

Salir de casa y que en los primeros diez metros otras tantas personas te recuerden que “esa no es tu hija” es, honestamente, un calvario. “No la has parido” (¿en serio?, no jodas), “ella es abeshá y tú no” (nueva constatación de la evidencia), “de dónde la has sacado”, “a quién se la has robado”, “quién te la ha vendido”… suma y sigue. Los primeros quince, los aguantas. Hasta finges no escucharlos. Como un pedo que se tira alguien que tienes al lado o como las palabras que la gente ha buscado en Google para llegar a ti. Algo externo, de alguna manera vinculado a ti, pero que en lo que no puedes influir. Luego, te hartas y contestas:

_ ¿De quién es la niña?– preguntado por un macarra de unos veinte años

_ Tuya. ¿Con quién estabas hace dos años?

_ ¿De quién es la niña? ¿A quién se la has robado? – otro joven aspirante a detective

_ No la he robado. Me la vendió tu madre. Cabrón.

Ha habido otros graciosos, como un señor que nos dijo “¡anda! Mirinda y Coca”. La Nena se lanzó a gritar Mirinda, porque le gusta mucho, a pesar de que le aclaré que mucho me temía que ella era la Coca. Y luego los consabidos “God bless you”, como si no te hubiera bendecido ya, o como si debiera bendecirte por adoptar, o como si adoptaras por compasión. Hubo un señor que, entre lágrimas, hasta me dio las gracias en nombre de toda Etiopía. Los hay que se erigen en embajadores de las cosas más extrañas.

Lejos de desanimarme, no he reducido un ápice la frecuencia de nuestros paseos, y me refugio en los números. Si esta ciudad tiene veinte mil habitantes, calculando que aproximadamente la mitad nos tengan que decir algo, y a un ritmo de unas cincuenta opiniones por paseo (paseo estándar de una hora; más opiniones en menos tiempo si es día de mercado), me costará unos doscientos paseos, pero, al final, toda la ciudad habrá expresado sus opiniones sobre el complicado tema de la adopción. Para entonces, espero, nos dejarán en paz. Calculo un año (paseamos mucho). Como de momento la Nena no parece entender mucho, pues me fío de eso. Es verdad que sale de casa mucho más contenta con la niñera que conmigo. Y es verdad que la niñera sale mucho más contenta de casa si no voy yo con ellas. Además, no sé por qué, he observado que la frecuencia de estos comentarios se incrementa alarmantemente si vamos las dos solas, o si la llevo con el pañuelo a la espalda (al principio, inocente de mí, pensé que parecer más “africanas” nos ahorraría comentarios). Si vamos con más gente, especialmente si vamos con el otro voluntario (chico) que vive con nosotras, me da la impresión de que nos gritan menos.

Luego, en el día a día, con la gente con la que tengo oportunidad de hablar, sí que creo que estamos contribuyendo a normalizar la adopción transracial. Digo transracial porque realmente ahora vivimos en la región de Oromia, y la palabra que se usa legalmente para designar la adopción es oromo (gudeficha). Aparentemente, en esta región se producen muchos abandonos y es común que las familias críen hijos que no son biológicamente suyos, por lo que en teoría el concepto de adopción no debería ser extraño. Es verdad que, al igual que en amárico estricto (miasadeg), este gudeficha oromo no quiere decir realmente adopción, sino “hacer crecer”. En amárico no se habla de padres adoptivos sino de gente “que te crece” (que te cría). Como la mayoría de padres adoptivos estarán pensando, falta un matiz. No estamos haciendo crecer a nadie. Son nuestros hijos. De verdad. No son hijos de vecinos muertos que acogemos de buena voluntad, pero con los que no nos vinculamos legalmente, que a lo mejor hasta los queremos, pero siempre menos que a nuestros hijos biológicos. Esa es la parte que en Etiopía cuesta hacer entender. No lo hacemos por pena, ni por ayudar, ni para ser mejores personas. Lo hacemos porque queremos ser padres. Y son nuestros hijos. Sin fecha de caducidad. Sin posibilidad de escape.

Tengo que decir que con los días, la cosa mejora. A veces realmente sólo nos saludan. El mercado que se celebra dos días por semana, con alta afluencia de gente que viene de pueblos cercanos, todavía se nos resiste, pero en los paseos normales ya hay gente que nos reconoce. En el mercado, normalmente, las señoras que venden sólo hacen bromas, o te preguntan si es tuya, y tú les dices “sí, es mía”, y entonces me contestan “pues es bien guapa”. Y de esto hablaré otro día: la Nena, al parecer, es verdaderamente guapa.

 

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Nov 26

WORK IN PROGRESS

Aquí seguimos, de crianza en el gueter. Yo sé que más de uno me envidia, o, al menos, envidia a mi Nena, por esa oportunidad que me cuesta tantos supiros de crecer en su cultura y con su gente. Como ya expliqué, mi Nena cada mañana marcha al recinto donde vive la niñera, y se pasa las horas allí. No he encontrado guardería.

A las pocas semanas, intrigada, le pregunté a la niñera si podía ir un día a verla. Me contestó invitándome a tomar café un domingo por la mañana, junto a la familia que antes ocupaba el puesto que nosotras ocupamos ahora.

El recinto es un cuadrado de arena y piedras bastante amplio, circundado por casas de barro no demasiado desastradas. Mejor de lo que pensaba. Peor de lo que supongo recomiendan las revistas de temática familiar.

Lo más llamativo, era el cambio de conducta de la Nena en ese ambiente. Lejos de ser la Nena caótica y desordenada que es cuando está conmigo, allí se sentó con los demás niños alrededor del plato de injeera y comía shiro wot a las diez de la mañana con precisión y orden ejemplares. Acabado el plato, los tres niños hicieron la fila y se lavaron las manos, la cara y los pies. Siempre con una mano, como hacen los etíopes (en la otra mano aguantas la jarra para echarse el agua). Ni un grito, ni una voz. Si cuando yo le doy de comer, a nada que la comida esté caliente se lanza desaforada a gritar “¡¡¡¡quema, quema!!!” que parece que la estén quemando viva, allí apenas hizo una mueca mientras se bebía el té todavía humeante. Hasta levantaba el dedo meñique. Entiéndase que yo he dejado de ir a Misa porque me avergüenzo de mis habilidades como madre desde que la Nena se echó por encima los cacillos con el agua bendita de la entrada, entre gritos con mucha más alegría de la que me hubiera gustado para un momento tan serio como es la Consagración, para pasmo de todos los niños etíopes de su edad, que aguantan sin pestañear las dos horas de celebración. De ahí mi asombro ante esa niña que decía gracias y que, cuando llegamos, saludó educadamente casa por casa, llamando a todos sus ocupantes por nombre de pila.

Con resignación, pronuncié el diagnóstico: “decididamente, la Nena es más feliz aquí”. Mientras mis amigos me consolaban, una de las señoras, pensando que el poema de mi cara era porque estaba preocupada, me dijo ”no te preocupes. La cuidamos bien. Es nuestra niña”. Ya te digo.

Al final decidí abrazar el lado positivo del tema, que es que mi Nena va a una guardería informal donde aprende un montón de cosas todos los días. Y además me la devuelven con el pelo trenzado.

Algunos días después de la visita, la niñera decidió que teníamos que quitar el pañal a la Nena. La otra nena de su edad que vive en el recinto estaba también en pleno potty training etíope y la niñera decidió que mi Nena seguiría el modelo estándar: cada media hora, los mayores mandan a los pequeños a cagar (literalmente). Los nenes se acuclillan en círculo y están así hasta que han producido lo que tengan que producir. Tengo que decir que ha funcionado. Diez días más tarde, el pipí lo tenemos dominado. La caca, menos. Lo que no tenemos dominado es el concepto “váter”. Cuando tiene ganas, la Nena simplemente busca el lugar más próximo con hierba, se baja los pantalones, se acuclilla y mea. A mí no me parecía mal. Está graciosa, acuclilladita en mitad de la calle. Hasta que el otro día, finalizado el pipí, cogió una hojita del suelo y se limpió el culete con gran destreza. Muerta quedé. Cuando, minutos más tarde, usó otra hoja para limpiarse los mocos, decidí que tenía que poner freno a la crianza africana. Me la imaginaba en el baño de un Bachiller español preguntando a sus amigas con piercings dónde estaban las hojas para limpiarse el culo. O sacándose los mocos con la mano en el after y tirándolos al suelo o estampándolos en la pared, que es otra cosa muy etíope que también hace con alegría flamenca.

La Nena, qué duda cabe, será un cruce de culturas. Esperemos sólo que no sea un atasco. O una colisión.

prueben ustedes a adivinar quién es la Nena

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Nov 24

VUELA

Vuelvo a Kore. Llego a mi sitio anterior, cargo en el coche a dos elementos de la Santa Infancia, y nos vamos a ver a la señora F.

La encontramos, obviamente, en la cama. A pesar de que mira ya sin ver, con los ojos y el alma ya más Allá que aquí, me reconoce. Me arrodillo, la beso en la frente, le acaricio la cara como si fuera esa niña pequeña que creo que nunca fue. Levanta la mano, cuatro dedos extendidos. Sus cuatro hijos, me recuerda. Intenta hablar. No puede. Le digo que esté tranquila, que la he entendido.

Es casi de noche, y hace ya cinco años desde que también, casi de noche, llegué a su casa porque sus hijos me pidieron que fuera a verla. Mientras intento sacar conversación de donde no la hay, me asaltan todos los momentos vividos desde entonces: los hospitales, los ingresos, aquella vez que había tanto barro que la tuve que cargar en brazos hasta el coche (no fue difícil. Pesaba ya muy poco)… y también la sonrisa de su peque, A., que entonces tenía dos años y ahora me mira asombrado, desde sus siete años.

Y sé que se ha acabado. Y sé que ella también lo sabe. Que el tiempo regalado se ha agotado. Que ella está muy cansada. Y no le pido que aguante. No le pido que lo haga por sus hijos. No le pido que mire hacia adelante. Porque ya no hay más adelante al que mirar. Le pido que descanse. De verdad. Le pido que vuele, que salga de su miseria, que corra a buscar lo que sea que la esté esperando. Por fuerza, tiene que ser mejor que lo que ha vivido hasta ahora, hijos aparte.

La Nena pide entrar en la chabola, y la cojo en brazos. La señora F., desde la cama, sonríe al verla. La Nena trepa y, a pesar de que la señora F., objetivamente, da miedo, le sonríe también y le da un beso. Le digo que está enferma. La Nena le acaricia también la cara, que se ve que es lo que hacemos en esta casa cuando alguien está enfermo. La señora F. duerme.

Tardará quince días más en dormirse del todo. En ese sol despiadado en el que vivo ahora, miro al cielo cuando suena el teléfono. Aquí hay muchos, muchos pájaros. Espero que la señora F. esté volando como ellos. Y que, vista desde arriba, su vida tenga algún sentido.

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Jul 04

SEGURO

B. tiene 16 años, y nunca ha sido muy habladora. Tan poco, tan poco sabemos de ella, que nos enteramos un mes más tarde de que ha sido mamá. Recojo toda la alegría absurda que puedo y voy a verla. Si fuera con mi idea de “cariño, te has arruinado la vida de buena manera”, a lo mejor se la arruinaba más. Además de alegría absurda, robo aquí y allá ropita de recién nacido. Un bebé no deseado vestido lindo es siempre mejor que un bebé no deseado hecho una porquería. En cualquier caso, encuentro al bebé bastante limpio y sano.

La historia es, con pocas variantes, la de siempre: violada y embarazada. Lo cuenta sin grandes dramas. Cosas que (le) pasan.

La visita resucita en mí una de mis obsesiones cuando pienso en la vida de las madres de la Santa Infancia: la mayoría de ellas, nunca ha conocido el amor. No quiero decir el amor de películas de Meg Ryan. Simplemente el amor de pareja, entendido como que te guste alguien, que te atraiga, que consigas que se fije en ti, que establezcas una relación en la que, aunque sea por un breve período de tiempo, piensas que has encontrado a alguien que te entiende como nadie en este ancho mundo. La mayoría se encuentran un día con un señor que necesita un sitio donde vivir. Si tienen suerte, el señor pagará el alquiler de la chabola. Si no, no. En la cumbre de la tristeza, normalmente este señor les exigirá que echen de casa a los hijos de emparejamientos precedentes. Y lo harán. Eso sí, cuidarán a los hijos de los emparejamientos precedentes del señor. Hasta que el señor se canse, o encuentre un alquiler más barato, o se muera. Este es el ciclo vital de una pareja en el target donde yo trabajo.

Volviendo a B., me cuenta que dentro de una semana sacarán al bebé de casa. Primer paseo. Destino: el kebelé (ayuntamiento de zona). Dicen que dan ayuda a niños de madres solteras. Dan leche en polvo. “Pero él te coge bien el pecho”, le digo, mientras el bebé succiona con alegría delante de mí. “La leche la venderá mi madre”, me responde. Ni siquiera se la beberá ella. La venderán.

Yo a la madre de B. hace años que la odio con todas mis fuerzas. Ahora mismo, yo no me creo que la violación de B. sea algo tan fortuito. Más me creo que su madre la vendió al mejor postor. Dos hijas, las dos abusadas. Ni siquiera aquí el azar es tan cruel.

De lo que puedo entender, entiendo que la señora ha encontrado una nueva IGA (Income Generating Activity): el nieto. Primera vez que lo sacan de casa y es para usarlo como reclamo para recibir ayuda, después de años de peregrinar con sus propias hijas de proyecto en proyecto.

A veces creo que tendríamos que insistir más en el abandono. No puede ser que la única motivación para quedarte con un hijo sea que, mientras es pequeño, el mundo te ayudará. Suele pasar que cuando crece y el mundo deja de ayudarte, te deshaces del pequeño IGA. Sólo que entonces ya es tarde y nadie lo quiere, y el pequeño IGA que, como es chico, no puedes vender, malvive como puede.

Cuando nos vemos en estos círculos sin fin aparente, un poco la desesperación se te sube a la chepa. Para vencerla, el mejor de los remedios: miras al pequeño IGA, cómodamente instalado en su mantita, ajeno a la ignorancia, verdadera dueña y señora de la chabola donde ha venido a nacer. Y esperas que el pequeño IGA lo consiga. De momento, tiene ya más que muchos: está sano y su madre es joven y podrá criarlo. Y, si tiene suerte, su abuela se morirá dentro de no tanto.

Lo bueno de la Vida es que por cada fracaso, te da una nueva oportunidad.

Seguro que ahora sí lo conseguimos.

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Jun 30

MONITORING AND EVALUATION

Viviendo en África, el modelo en el que estoy criando a la Nena se aproxima más al que en Europa se conoce como “crianza con apego”. El modelo, como la mayoría de cosas en mi vida, no lo he elegido yo. Lo ha elegido toda la gente que me rodea y que constituyen el día a día de la Nena. A continuación, evaluación de lo súper bien que nos va con algunos aspectos de lo que yo supongo que es el modelo estándar (no sé si lo de la tribu está en los libros o no…)

. El porteo. En Europa la gente se piensa que llevar a los niños a la espalda es una cosa súper fácil y súper natural, con sólo ventajas (te deja las manos libres, el niño va tranquilo y permanente dormido…). Ya.

Normalmente las señoras africanas con niño a la espalda las vemos en fotos. Si las viéramos en vídeo, nos daríamos cuenta de que esa naturalidad serena y relajada la mantienen sólo los cinco segundos de la foto. Las señoras africanas con niño a la espalda no paran quietas e, incluso ellas, que lo llevan en los genes, se pasan la vida recolocandose niño y pañuelos varios constantemente. Un sin vivir.

En mi caso específico, porteo como las locas porque con nuestras calles irregulares el carrito sirve más bien poco. Esto es, porteo porque no me queda otra. Pero la llevo en brazos normalmente. Como buena frenji viviendo en África, he probado en varias ocasiones a llevarla a la espalda, con diferentes grados de fracaso. La niña está inquieta porque tiene la sensación de que se cae (no es sensación. Se cae), y aún se mueve más. Es verdad que cuando se la pone la niñera va mucho más tranquila, pero es verdad que tampoco es que la niñera pueda hacer punto de cruz durante horas con la niña a la espalda porque irle mirando a alguien la coronilla todo el rato, incluso para un niño de año y medio, es un coñazo.

. La crianza en tribu. La Nena ha aprendido a decir mamá en un plis plás. De hecho, me lo llama a mí y a media docena de señoras más. La única diferencia que marca es que, dado que conmigo se suele portar peor, supongo que es porque me considera ya familia. Como se habrá ya intuído, nuestra tribu es amplia como el mundo. Sólo que cada miembro de la tribu se considera más capacitado que los demás para orientar el crecimiento de la Nena. Y así, aunque yo diga que de picante nada, siempre hay quien, de tapadillo, me la llena de shiro wot. Y aunque yo diga que todavía no traga bien, como el resto de la tribu jamás ha conocido a nadie que se haya afixiado con palomitas, allí que van. Y además, como tiene esa sonrisa tan mona, pues puede hacer un poco lo que le salga de los webs (pegar a otros niños, quitarles las galletas, pisarle la cola a los perros, abrir la llave del gas…) porque “es tan mona…” Ya veremos dónde está la tribu cuando me toque lidiar con una Miley Cyrus desatá porque “es tan mona…” Por descontado, llama papá a todo lo que tenga barba, y a Brother House, a pesar de que no tiene barba.

. El colecho: en su momento ya expliqué nuestras vicisitudes nocturnas. Íbamos avanzando bastante bien, y ya llevábamos varios días donde la nena y yo dormíamos juntas, y era estupendo, porque me agarraba una oreja y se quedaba dormidita, y yo me quedaba disfrutando de ese diminuto garfio en mi oreja. Hasta que hace un par de días me encontraba tan a gusto que me dormí profundamente. La Nena se cayó de la cama y casi se abre la crisma. En cualquier caso, esto ha reforzado nuestro vínculo: pasamos las noches abrazadas estrechamente sin pegar ojo ninguna de las dos, aterradas ante la posibilidad de que vuelva a caerse. Podríamos trasladarnos a una cama que pegue con la pared, pero, como somos reinas, nos quedamos en la King Size (las otras son canijas) y disfrutamos de la adrenalina que supone el anticipar un despertar en el vacío. Como en Inception.

Y así, con estas chorradas, se nos pasa el verano, que aquí ha traído, un año más, lluvias, nubes y frío. Y el recuerdo de que hace un año, entre lluvia, nubes y frío, conocí a mi Nena. Miro dónde estaba, y miro dónde estoy. Y la lluvia este año me gusta mucho. Porque también se moja mi Nena.

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Jun 19

LA DOLCE VITA

Cuando expresé mi deseo de iniciar un proceso en adopción, hubo gente en mi entorno que se preocupó por motivos obvios: soy una madre sola y trabajo como voluntaria. Hace años que no ingresa un euro en mi cuenta corriente, y vivo en el extranjero, lejos de mi familia próxima y de mis amigos más antiguos. Mi jornada estándar de trabajo, en aquel momento, eran diez horas diarias, siete días a la semana, colmada de responsabilidades inaplazables.

He leído una entrada de Madre de Marte y creo que, seis meses después de la llegada de la Nena, puedo afirmar con rotundidad que, si ustedes me conocieran, me envidiarían. Mogollón. Todo lo que he hecho hasta el momento me ha conducido a la situación óptima para ser madre soltera.

Desde el minuto 1, mi entorno de trabajo ha asumido que, después de ocho años de entrega dedicada, mi prioridad ahora es la Nena. Sigo trabajando diez horas al día, pero en muchos momentos la Nena está conmigo. Es verdad que echar broncas mientras la Nena se mea de la risa y me mete los dedos en la nariz puede ser un desafío, pero es mejor que vivir con sentido de culpa y resentimiento hacia la Humanidad mientras mi Nena espera en casa a que yo llegue. Además, tengo los fines de semana libres. Y, si un día me agobio, tengo doscientas niñeras eventuales encantadas de llevarse a la Nena a dar una vuelta mientras yo me relajo. Y, sobre todo, mi trabajo me sigue encantando.

El hecho de vivir en Etiopía me permitió adoptar como madre soltera. En España no me habrían dado la idoneidad ni borrachos. No por mi desequilibrio mental –que disimulo bastante bien-, sino por mi paupérrima situación económica. En Etiopía accedí a la adopción nacional, y aquí sí cumplo los requisitos. Hay una asociación que certificó que tengo un presupuesto a disposición para mis gastos con un límite bastante más alto de lo que el sentido común y mi conciencia me marcan.

Comparto mi casa con otros voluntarios. A priori, se puede pensar que esto te quita intimidad y privacidad y demás. Como saben las madres solteras, los momentos de angustia son mucho, mucho más angustiosos si estás sola. Los que viven conmigo me apoyan y, sobre todo, quieren mucho a la Nena. Si quiero, puedo salir cualquier noche a darme un garbeo sin problemas. Si no salgo, es porque estoy cansada o no me apetece separarme de la Nena, no porque no tenga o no pueda pagar a alguien de confianza con quién dejarla. La semana pasada tuve dolor de espalda. El voluntario que vive conmigo se levantó antes y vino a sacarme a la Nena de la cuna. Cuando él se fue a trabajar, llegó la niñera. Estuve toda la mañana en la cama viendo 30 Rock. Entre episodio y episodio, me levantaba a ver a la Nena, que, por supuesto, ni siquiera se enteró de que yo no estaba bien.

Nuestra casa es enorme. A veces presenta overbooking, pero la Nena tiene siempre un salón enorme para jugar, e incluso un jardincillo con su columpio y su tobogán. Cuando llegó la Nena, a mi me parecía que teníamos ya de todo. Hasta que abrí la bolsa que me mandó mi madre y descubrí lo que nos faltaba: pijamas. No se me había ocurrido que podía necesitar pijamas. Pero llegó esa bolsa, y muchas otras de más gente después, y a día de hoy tenemos ropa que jamás me habría podido permitir, y juegos de segunda, tercera o primera mano, hechos por mí o regalados, con los que, de momento, no se aburre.

Es verdad, nuestro plan para emergencias gordas se reduce a una lista de personas que darían medio brazo por nosotras sin rechistar (plan para emergencias pequeñas no tenemos, porque la emergencia es un poco nuestro estado natural). Pero eso ya es mucho. Y mi baja por maternidad se redujo a un mes y medio, pero si un día no voy a trabajar porque la niñera no viene, ni me echan, ni se acaba el mundo. Hago lo que puedo con la Nena a cuestas y sanseacabó. Y, si decido trabajar en fin de semana, es porque quiero o porque me divierte, no porque nadie me obligue.

Como yo soy mucho de prepárame para lo peor, me puse en un proceso de adopción que, según mis previsiones, tenía muchas posibilidades de emparejarme de por vida con un niño/a cargado de traumas y con problemas de conducta. La Nena, por el momento, es la niña ideal. Muy, muy trasto, pero capaz de concentrarse cuando algo le gusta. Cuando ocasionalmente me disculpo por tener una niña capaz de destrozarte la plancha en treinta segundos, hay quién me pregunta si de verdad yo, que soy culo inquieto, esperaba que el destino me asignara una niña toda zen. Además de movida, es muy afectuosa, apegada a mí desde el primer minuto. Sigo con mi idea de prepararme para lo peor (adolescencia resentida) pero de momento he conseguido convencerme de que puede ser que sí, puede ser que realmente haya tenido tanta suerte. Y me dedico a disfrutar de este primer año como familia. La veo crecer, y me creo lo que me dice la Santa Infancia: que es una Nena preciosa y feliz. Me ha costado creérmelo (no puede ser, algo tiene que ir mal), pero lo consigo cada día.

Cuando en Navidad estuvimos en España, pasé por delante de un vendedor de lotería. Normalmente, siempre compro algún número si estoy en España en esas fechas. Nunca se sabe. Este año no compré. Me pareció que sería pedir demasiado. Y no puedo pedir más, porque lo tengo ya todo. Y, sinceramente, creo que lo que no tengo (casa en propiedad, marido, nómina, revistas de cotilleo periódicas, conexión decente a Interné…) es porque no lo necesito.

 

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May 27

EL DIABLO Y ASOCIADOS

Pasada la Pascua, y a la espera de Pentecostés, la Iglesia Ortodoxa etíope está que se sale. Hace tres días, la Santa Infancia me informó de que estaban vendiendo un CD titulado “Ye Seitan Mahaber” (La Asociación de Satán) por el módico precio de 25 birr. Obviamente lo compramos y, en la grata compañía de cinco de mis chicos grandes, nos dispusimos a verlo en casa. 40 minutos de alta comedia. De mearte.

El CD estaba presentado por un diácono ortodoxo, vestido de blanco, quien nos explicaba que en los albores de la Iglesia Católica (en serio, precisaba que era la IC), un monje hizo un pacto con el Diablo, quien le dio fuerzas para escribir la Biblia de Satán. Lo escenificaban con escenas de El Nombre de la Rosa. Según este diácono, la Biblia de Satán ha tenido una gran difusión en el mundo y, recientemente, un desalmado la ha traducido al amárico, y se está difundiendo también en Etiopía. Además, el DVD te explica que la Asociación de Satán la forman todo tipo de personalidades a las que el Diablo les ha dado fama y dinero a cambio de adorarlo. El elenco de los miembros de tan selecto club es de lo más granado: Justin Bieber, Jay Z, Beyonce, Miley Cyrus y, cómo no, Rihanna. Rihanna, según el DVD, es la que está peor porque se hizo una foto tipo reverencia en medio de un triángulo. Con esa foto, el DVD te explica cómo los huesos de los musculados hombros de Rihanna componen las orejas del carnero diabólico. Realmente creo que es el efecto que buscaba Rihanna con la foto. Lo de hacer el triángulo con las manos, o los cuernos, es para esta gente un símbolo inequívoco de pertenencia a la Asociación de Satán.

El DVD termina con una tertulia entre el presentador, otro diácono etíope y, -tachán, tachán- un diácono frenji que habla un amárico más que aceptable, y que va vestido con sotana negra. El diácono dice llamarse Rowan Williams, y asegura que antes de fraile fue rastafari y DJ, que es lo peor que se puede ser en la vida. A mí, después de buscar en Interné, me da que el nombre es totalmente fake (así se llamaba el patriarca anterior de la iglesia anglicana, mucha coincidencia). Y que me pone bastante de los nervios el hecho de que, si lo dice un frenji, será verdad por fuerza.

El hermano Rowan, actualmente diácono Tesfamikael, explica que las canciones religiosas (mesmur) vienen de Dios, y que toda la música que no es Mesmur (que se llama Zefen) es diabólica y viene del diablo. Dice que él lo sabe bien porque, hasta que vio la luz, era DJ. Después de una detallada explicación sobre las bondades de escuchar música no religiosa (vas derecho al Infierno), los tres diáconos se ponen a cantar una canción sobre la Virgen, pareciéndose mucho, mucho a los teletubis. Y luego se acaba el DVD.

El Mahaber o asociación cultural, para el que no lo sepa, son asociaciones formadas normalmente por mujeres, que se reúnen periódicamente, beben café juntas, y rezan y hablan de sus cosas. Yo me imaginaba a Rihanna y Beyoncé sentadas en mini bancos de madera, haciendo café, junto a Jay Z y Justin Beaber, y se me escapaba la risa.

Además, el DVD te dice que Michael Jackson también formaba parte del Mahaber, pero que luego se quiso salir, y que por eso lo mataron. Te ponen hasta una parte del video de Thriller para demostrarlo.

Lo peor de lo peor es que mi Santa Infancia, que a veces es más tonta de lo que parece, anda loca borrándose las canciones de Rihanna del móvil para evitar el consabido destino infernal. Eso sí, los vaqueros de pitillo (ye Beyonce surri, los llaman, los pantalones de Beyonce), que no se los quite nadie. Hasta que salga otro DVD de la iglesia ortodoxa, supongo. Yo ya les he dicho que si en el Infierno me puedo encontrar a Rihanna, a Beyonce, a Justin, a Jay Z, a Miley y a Michael todos juntos tostando café, allí que me voy de cabeza. A hacerme un selfie y colgármelo en el Face. Y, luego, ya si eso, when the sun shine we’ll shine together.

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May 10

La Nena y la Semana Santa

Estos días de vacaciones voy de trabajo hasta el cuello y más arriba. La Santa Infancia me echa una mano y, cuando tengo que trabajar en casa, se cojen a la Nena y se la llevan de festival religioso. Desde el Viernes Santo, cada vez que ve un velo blanco, se reverencia y pronuncia con gran claridad “Amen”. Tóma ya.
El caso es que la Santa Infancia anda estos días mosca con el tema de la educación religiosa de la Nena. Ellos están convencidos de que debería bautizarla en una iglesia ortodoxa. “Ella es abeshá”, señalan con rotundidad. De allí deducen que lo más lógico es que profese la fe ortodoxa. Dos y dos son cuatro. Mientras me explican estas cosas, yo piensDSC_0054o que tendríamos que ser más protestantes, y haberlos convertido a todos años ha.
Ajenos a mis indicaciones, han comenzado a evangelizar a la Nena. A lo bestia. La cocinera de la Santa Infancia ha dado instrucciones precisas: en cuanto me descuido, se la llevan. Coge a la Nena y se recorren el comedor, donde hay colgados varios cuadros de santos etíopes. Delante de cada uno, se reverencian ambas dos y dicen “Amen”. Cuando acaban la ruta, le da de merendar shiro-wot. Madre de Misericordia… Amen. Arcángel Miguel… Amen Y así.
Con esta preparación, cuando llegó el Viernes Santo, la Nena estaba plenamente concienciada. Yo no fui con ella porque, como digo, estaba currando. Así, con las mayores de la Santa Infancia, se metieron en nuestra parroquia que sigue a rajatabla el rito católico que es bastante igual al ortodoxo estos días. La Nena se pasó toda la mañana tirada por el suelo de la Iglesia, mientras los parroquianos procedían con sus reverencias penitenciales. Sólo que dicen que la Nena hacía mucha gracia, porque pone el culo en pompa, y de vez en cuando gritaba “Amen”, y claro, a los demás se les escapaba la risa. El párroco no estaba todo lo contento que hubiera debido por la presencia de la Nena en un acto tan ceremonial.
Sólo salieron de la Iglesia para cambiarla y ponerle las manoletinas con un vestido monísimo de pana que tiene y una camiseta del decatlón que colisionaba cromática y estilísticamente con todo lo demás. Por supuesto, le plantaron hasta el netelá (velo blanco).
“Ha aguantado toda la mañana”, resumieron cuando me la devolvieron a la hora de comer. “Deberías aprender de ella”, completaron.

 
En los juicios de adopción en Etiopía, el juez te pregunta si te comprometes a criar a tus hijos en el conocimiento y respeto de las tradiciones y la cultura etíopes. Tienes que contestar que sí. A mí, ya entonces, me daban ganas de contestar “qué remedio, señora, qué remedio”.

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Abr 11

LA NENA Y LA YESHI

En este blog que va un poco a su aire, intentaré hoy dar continuidad y final a alguno de los temas expuestos. Closure, lo llaman en inglés. Concretamente, hoy daremos continuidad al tema babysitter. Escojo los temas más punteros, como ustedes pueden ver.

Después de Abebayew y de un par de días de dedicarme a mis labores, la Santa Infancia me presentó a Yeshi, una chica del Wello de unos 17 años. Como la desesperación amenazaba con convertirse en un miembro más de nuestra exigua familia, la acojí con gran alegría.

El primer día, bajé a la puerta de la calle, como hago cada mañana, para abrirla. Gran susto cuando me la encontré ya esperando. Faltaban quince minutos para el inicio de su horario laboral. Alguien que llega antes de su hora. Flipa.

Pensé que era debido a la novedad del trabajo y al deseo de propiciar una primera impresión positiva. Eso ya me impresionó, porque nadie suele llegar tan lejos en sus razonamientos laborales. Nuestro nuevo contable se presentó el primer día en chándal, y tiene una licenciatura.

Pero no. La Yeshi llega siempre puntual como un reloj. Todos. Los. Días. La mitad de las veces me pilla todavía en pijama. Por si esto fuera poco, limpia que es un gozo. Hasta quita el polvo de los muebles. Incluso los fogones de la cocina. Hasta las telarañas de la escalera. Nada escapa a su ojo crítico ni a su furia limpiadora.

Desde que llegó a nuestras vidas, la Nena ha aprendido un montón de cosas. Sabe decir one-two-three en inglés y, de vez en cuando, acompaña con sonidos los números hasta el diez (menos el ocho, que, no sé por qué, a la Yeshi se le suele olvidar). También le ha enseñado una canción en amárico muy mona, con un baile en el que la Nena mueve las manos en molinillo que te mueres de la risa. Si antes los cuatro libros que teníamos la Nena los usaba básicamente para babear encima, ahora pasa las páginas con precisión británica, imitando los ruidos de los animalitos (en amárico, eso sí). Cuando acaba con el libro, lo devuelve a su caja. Antes yo solía encontrarme juguetes hasta dentro del wáter. Ahora jamás.

En definitiva: estamos acojonados. Nunca habíamos tenido una trabajadora así de eficaz. Mantenernos a la altura nos cuesta un mundo. Yo me levanto antes para que no me pille con la casa manga por hombro. Aparte de que, a furia de ordenar, ya no conseguimos encontrar nada, ni yo ni mis compañeros de casa. Que se te ha perdido el USB del Internet, pues seguro que la Yeshi sabe dónde está. Que te falta el calcetín rosa de la Nena, pues no te preocupes que la Yeshi te lo encuentra. Es una máquina.

Sólo hay dos “peros”. El primero: el sentido estético. Cuando estuvimos en España, a la Nena le regalaron varios pares de zapatos, entre los que había unas manoletinas blancas, que yo pensé “mira, por si las bodas”. Son las favoritas de la Yeshi. Da igual lo que yo le ponga por las mañanas a la Nena. En cuanto llega la Yeshi, manoletinas al canto. Con chándal o con vaquero. Con pijama o con enterizo africano que nos trajeron de Senegal. La pregunta ya no es qué le pongo a la Nena, sino qué le pongo para que le combine con las manoletinas. Son un must. Como siga así, la Nena va derecha a las perlas con chándal de táctel, o al animal print (leopardos de toda la vida).

El segundo “pero” es más serio: no tengo ninguna gana de que vuelva nuestra señora G., que es la babysitter con plaza. Es que mola mucho no tener que limpiar los fogones. Es como si estuviera cambiando el viento, y vieras a Mary Poppins que va abriendo el paraguas. Ese paraguas limpio y reluciente que tienes ahora porque, eso también lo ha hecho, me ha limpiado el paraguas. Pero es que la señora G. es familia. Mary Poppins no era familia. Por eso se fue de casa de los Banks.

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