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Archive for the ‘Zway’ Category

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Abr 10

SORORIDAD

A la señora D. nos la trajo uno de los seveñás. Dormía en la calle de al lado de la misión, acurrucada en una esquina. Como es grandona, no conseguía esconderse lo bastante, y a veces los borrachos la intentaban molestar, por decirlo finamente. La señora D. gritaba y los seveñás de la misión acudían y espantaban a los borrachos. Y así, durante una semana. Como obviamente la situación carecía alarmantemente de sostenibilidad, los guardianes nos pidieron nuestra colaboración para reintegrar a la señora D. en la sociedad.

Las primeras semanas fueron de muchas risas. La señora D. aparecía mentalmente perjudicá, hablando científicamente. Repelía de manera patológica el contacto humano. Teníamos que hablarle a una distancia de unos cinco metros. Si nos acercábamos, se alejaba. Bailábamos por todo el recinto, nosotros dando chillos y ella farfullando cosas que nunca llegábamos a entender.

Le preguntamos que por qué estaba durmiendo en la calle. Nos respondió que porque le daba la santa gana. Le ofrecimos una caseta de lámina en el recinto del cementerio católico que forma parte de la misión. Es un sitio tranquilo, sin nadie que te moleste. No hay muchas tumbas, y sinceramente a la señora parecían molestarle más los vivos que los muertos. Como siempre hay guardián, estaría vigilada. Y hay baño. No quiso entrar en la caseta porque, afirmó, “se me caerá encima”, y durmió bajo el techo de una pequeña capilla que hay en el cementerio. Cuando le enseñamos su nuevo hogar (esto es, el cementerio), estaba la guardiana (seveñá) del cementerio: la señora K., una ex beneficiaria que tiene unos cincuenta años pero que aparenta 133 por lo menos, y que, a su salida del proyecto, fue contratada por la misión como la primera mujer seveñá, hace ya un porrón de años. Tiene un hijo bastante parasitario de veinticinco años y vive en una pequeña habitación dentro de nuestro proyecto. Fue a la señora K. a  la que se le ocurrió que, si le daba miedo dormir indoors, podía dormir debajo del techo de la capilla. “Yo la dejaré arreglada todos los días antes de irme. No os preocupéis. Y le diré al seveñá de por la noche que esté atento por si necesita algo”, nos dijo.

Dos días más tarde fuimos a visitarla después del trabajo. Ambas dos estaban lavando la ropa de D. D. lavaba y la señora K., a distancia, le daba instrucciones: “escurre bien, tiende extendido que queda mejor”. Aparentemente, D. seguía las indicaciones.

Una semana más tarde D. pidió comprarse un hornillo. Quería cocinar. Le ayudaba la señora K. Fuimos a ver cómo iba el proceso de reinserción en la sociedad. Las dos inclinadas encima del hornillo. Juntas. Con la señora K. que le explicaba todo pausadamente y D. que asentía. Hizo un pan tradicional. Lo comimos todas juntas. Su primer pan. Se comió su pedazo a sólo un metro de nosotras. Todo un logro

La señora K. es católica y así, con gran horror de la parroquia, que son bastante intolerantes, comenzó a llevarse a D., que parece venir de un entorno musulmán, a misa. Se ponían en el último banco. La señora K. de blanco riguroso, delgada y chiquinina, con la cabeza bien alta; y D., grandona y descoordinada, envuelta en los coloridos trapos que suele vestir sin orden ni concierto, siempre cabizbaja y con la inexpresiva mirada aparentemente perdida. La señora K. seguía indicándole: “levántate, santíguate, aplaude”. Y D. se levantaba, se santiguaba, aplaudía.

Cuando D. nos informó de que pensaba que sí que le apetecía dormir bajo techo, le buscamos una casa (habitación) y se la equipamos. Tuvo que ir también la señora K. a enseñarle cómo vivir en ella. Los primeros dos días no había tocado nada. Ni siquiera se había tapado con la manta: “Kaktus lo puso todo ordenado. No quiero desordenarlo”. La señora K. le enseñó que podía desordenarlo y volver a ordenarlo de nuevo.

Un día no aparecieron a misa. El lunes le pregunté a la señora K: “Ayer saltasteis la misa, ¿eh?”. “Sí”, me respondió, “nos fuimos de picnic al lago”. Decir que se me quedó la boca abierta es poco. “D. me dijo que quería ir a comer al lago, como la gente bien, y nos fuimos con la tartera a sentarnos debajo de un árbol”, explicó. “Lo pasamos muy bien”, concluyó.

Y así ha pasado un año. D. trabaja en nuestros telares. Nunca habla con nadie por iniciativa propia, pero responde cuando le preguntas algo. Ya no está tan atenta de apartarse si alguien se acerca, aunque todavía lo hace de vez en cuando. Está medicada y va cada tres meses, junto a la señora K., a visita con el psiquiatra. Se van en autobús, duermen en un hotel, y vuelven al día siguiente.

Las dos son inseparables. Los domingos se toman juntas el café y van a misa. D. no habla, pero asiente cuando la señora K. lo hace. La señora K. se apunta a un bombardeo, y D. va con ella a todo.

El pasado domingo corrimos una carrera que organizó (fatalmente, pero bueno) la oficina local de Asuntos del Niño y la Mujer para celebrar el Día de la Mujer. La señora K. y D. quisieron participar.  Verlas entrar corriendo de la mano en la línea de meta es una de esas imágenes que Etiopía me regala de vez en cuando y que atesoro en mi corazón. Creo que uno de los sentidos de esa palabra que últimamente suena tanto, “sororidad”, es ése: dos señoras, las dos solas; una joven, la otra no. Una loca, la otra menos. Una necesitada de cariño, la otra también. Caminando juntas. Ayudándose. Asumiendo como propio el dolor ajeno. Acompañándose. Luchando. Y soñando.

D. nos pidió si podía regalarle a la señora K. uno de los fulares que hace en su telar. La señora K. se emocionó hasta el infinito. Esta semana las vimos que cuchicheaban por los rincones. Se les ha ocurrido cultivar café. Nada serio. Sólo algunas plantas que nos sirvan para el proyecto. Lo tienen todo estudiado. Las dos. Este sábado compraremos las plantas.

Será el café más feliz del mundo. Si hay gallinas felices y vacas felices, digo yo que habrá café feliz también, ¿no? Pues el nuestro lo será de verdad.

 

 

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Abr 07

MI GURÚ

Además de la masajista, hay otra persona que me da consejos vitales. El conductor del gari* que nos lleva a la Nena y a mí al cole. Nos lleva a las dos, junto a otros diez niños, y luego me espera para llevarme a trabajar. Hay días en que volvemos placenteramente en silencio, otros en los que se levanta de mal humor y va amenazando con el látigo a todo bicho viviente, y otros en los que conversamos animadamente sobre los más variados temas: que si la responsabilidad de conducir (yo conduzco coche, él conduce el gari, pero en ambos casos es un web de responsabilidad, que el hombre carga con once niños de guardería), que si el frío en Europa, que si el calor en su Guraghe natal…

El año pasado íbamos en motocarro, también con otros diez niños, conducido por un macarra. Por tres macarras, porque a lo largo del año se intercambiaban el motocarro con bastante alegría, y nunca sabíamos quién nos vendría a buscar. Ni si nos vendrían a buscar.

El señor B. en eso es muy serio: pasa siempre puntual y sólo te espera exactamente un minuto. Si no, se le pasaría la hora y los críos llegarían tarde, y diez no pueden llegar tarde por uno, explica. El señor B. además tiene el mérito de ser de los pocos conductores de gari que no me ha pedido en matrimonio. El año pasado hubo uno que, en menos de cinco minutos, me elencó la lista de sus posesiones intentando convencerme: “en mi casa no te faltaría de nada: tengo maíz, tengo cebollas, tengo ajos, tengo tomates, tengo un grifo, tengo dos caballos, tengo letrina…” Estuve a punto de decirle que sí: “Si tienes ajos, me caso contigo”. No sé por qué nombró los ajos. El caso es que tenía como veinte años menos que yo. Y así perdí la oportunidad de vivir rodeada de tomates, cebollas y maíz.

El señor B. nunca ha mostrado ningún interés personal en mi humilde persona. Creo que verdaderamente la que le mola es la canguro de la Nena, que es más de su edad. Tienen bastante en común. Ambos les tienen tirri a los oromos. Cuando hay riadas: culpa de los oromos. Cuando no llueve: culpa de los oromos. Cuando sube el pan: culpa de los oromos.

“No te fíes de los oromos”, me dice. “Un guraghe, si te tienes que casar con un etíope, que sea guraghe”, me aconseja. “Pero los oromos dan vacas a la familia de la novia”, argumenté. “¿A tu edad? Las vacas las tendrías que dar tú´”. Como se ve, no tiene pelos en la lengua. “A ti te gusta contestar, y las mujeres de los oromos no pueden contestar. No te adaptarías”, remata. Pues nada. No me casaré con un oromo. Chispún. Adiós a mi flamante marido Gemechu, por ejemplo. Yo ya me veía a caballo entre las acacias. Los oromos de otra cosa no, pero de caballos suelen ser bastante entendidos. Es verdad que también suelen entender bastante, como me informaba el señor B., de darle la del pulpo a su mujer/es con periodicidad regular.

El señor B. opina que mis Señoras Vulnerables me toman el pelo. Que en la vida hay que currar para ganarse el pan. Y punto. Ni ayudas ni asistencias. Yo le digo que “currar para ganarse el pan” con siete niños pegados al piyama es más complicado que hacerlo solo. Que pasarte media vida embarazada y no haber ido ni medio día a la escuela pueden ser obstáculos importantes para “currar para ganarse el pan”. Él se apoya en su propia persona, porque tiene las piernas deformadas, no sé si por la polio. “¿Me ves a mí? ¿Con estas piernas? Nadie pensó que llegaría a caminar. Y lo hice. Camino y conduzco el gari. Y un día me compraré un Bajaj para conducirlo también. Si uno trabaja, todo es posible”, concluye siempre. Yo creo que debería dedicarse al “life coaching”. O escribir, como un Paolo Coelogurague. O a enseñar. Creo que sería un buen maestro. Él me dice que le gustan los caballos más que algunas personas. Y que hay días que no soporta a los niños. “¿A la mía tampoco?”, le pregunto. “Sólo a días”, me responde.

 

* Gari: la palabra en sí aplica a carro o carretilla. En este caso, un carro de caballo que nos sirve de transporte escolar, donde nos amontonamos cada mañana para ir y volver del cole de la Nena. Calesa, lo llamo yo.

* Piyama: es una túnica bastante colorida que llevan las señoras por aquí cuando hace calor, para estar por casa y, sobre todo, cuando están embarazadas.

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Mar 26

SER DIFERENTE

A. tiene trece años y es una Adolescente Gueter… diferente.
Hace mucho tiempo se llamaba Helen. En algún momento se cambió el nombre, se puso uno neutro (vale para chico y para chica) y nunca jamás volvió a llevar faldas. Hace dos años se quedó sin familia y bastante colgada y la canguro de la Nena la acogió en su casa. Nosotros la acogimos en el proyecto, y la escolarizamos.
En la actualidad viene al proyecto cuando la escuela que retomó y el equipo de fútbol del que forma parte se lo permiten. Tuvimos que cambiarla de escuela porque el año pasado iba a una escuela en la que le obligaban a llevar falda y pelo largo. Obviamente, no funcionó.
A pesar de su muy difícil historia familiar y personal, A. es una niña (porque es todavía más niña de lo que ella cree) sociable y cariñosa. Externamente, se viste y comporta como un chico. De hecho, hay mucha gente que piensa que es un chico, y que cuando visita el proyecto nos preguntan por qué tenemos un chico. “No es un chico”, respondo. Y ya. No digo ni una palabra más. No es asunto de nadie. Ella ha elegido vestirse y comportarse así y, visto que no perjudica a nadie, no tiene por qué dar explicaciones. Nunca se las hemos pedido y a ella, y a otra integrante del equipo de fútbol femenino que también hay en el proyecto, las demás las llaman cariñosamente “los Hermanos”.
A. es parte integrante de nuestras vidas. Mi Nena la quiere con locura. La única motivación para querer ponerse un pantalón es que “mira, así te vistes como A.”. A., por su parte, quiere a mi Nena con un cariño y una ternura que me conmueven. La veo jugar con ella durante horas, sin aburrirse, sin mirar el reloj. Tienen una complicidad de hermanas, por la que doy gracias cada día. Mi Nena sabe que A. es una de esas personas que la quieren y la protegen. Nunca se tienen bastantes de esas, ¿no?
A A. la llamaron ayer de un centro de entrenamiento de fútbol femenino de la Oromia. El lunes se irá a vivir allí. Es un internado donde juegan a fútbol. Todo pagado. La Nena ha dicho que ella se va con A. a jugar al fútbol. El internado está en Ambo, a pocos kilómetros de Addis y no demasiado lejos de aquí.
A. estaba contenta. Es su sueño. Cuando me lo ha dicho, le he dado la enhorabuena. “A ver cómo se lo decimos a la Nena”, he comentado. A. ha bajado la mirada. “¿Qué pasa?, ¿no quieres ir?”.
“Sí quiero ir… pero aquí he estado bien”, me responde. Es verdad. En Zway ha encontrado una familia, un poco rara, pero que la quiere mucho. Y que no la juzga. Y que le dejan llevar el pelo y la ropa que quiere.
“A., no te preocupes”, le he dicho, “seguro que allí encontrarás más chicas como tú”.
Me mira raro.
“Chicas que juegan al fútbol. Ya verás que enseguida te harás al ambiente. Y, si no, llama y te vamos a buscar”
“¿Vendríais?”
“Por supuesto. Que no se te olvide: aquí siempre puedes volver”.
Creo que a A. le asusta eso: perder su sitio al que volver. De momento, la niñera ya ha firmado como su madre el permiso para ir al internado. Le hemos preparado la bolsa. Le he puesto hasta bragas nuevas y sujetadores. Bragas de pantaloncillo y sujetadores deportivos, como las atletas de verdad. La vamos a echar mucho, mucho de menos.

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May 03

ROAD MOVIE

Hace poco tuve que ir a Addis Abeba para unas gestiones. Como era poca cosa, fui y volví en el día en autobús. A la vuelta, después de un día que había empezado a las cuatro de la mañana, estaba yo un poquitín cansada, deseando llegar a casa. Así, me metí en el primer minibús de 16 puestos que encontré y esperé a que lo llenaran con, al menos 30 personas.

Una vez abarrotado el vehículo, partimos. Cuando salimos de la única autopista que hay en Etiopía, nos paró la policía, más o menos a mitad de camino entre Addis y Zway. Creo que los conductores (conductor y chaval asistente) pagaron soborno para que la policía no se diera cuenta de que sobraban como diez personas en el interior de la furgoneta. Luego, para dar una apariencia de servicio, nos dijeron al pasaje “recordad que el precio justo son 55 birr”, y nos dejaron ir.

Al poco, el asistente empezó a pedirnos el precio del billete. Según él, 60 birr. Toma ya. La gente empezó a rebotarse, y el conductor paró el bus, y dijo que hasta que no pagáramos los 60 birr por barba, de allí no nos movíamos. La gente siguió roñando y, al final, como todos queríamos irnos, empezaron a decir que vale, que total 5 birr no son nada.

A mí, en aquel momento se me juntó todo: llevaba dos horas plegada en tres, estoy hasta los webs de los “vale, total para qué”. Al final siempre se paga, en todas partes. Y es un abuso. Un abuso de 5 birr, pero un abuso. Mientras el chófer repetía “o 60 birr o no nos movemos”, salté:

_ Hay otra opción – me oí decir- visto que vosotros sois dos, y nosotros somos 20 tíos y tres tías, hay otra opción.

Expectación y silencio.

_ Podemos daros una hondonada de hostias entre todos, dejaros aquí tirados, llevarnos el minibús hasta Zway (tengo carnet de conducir) y ya vendréis a buscarlo cuando podáis/queráis. Y entonces, en vez de 60 birr, pagaríamos cero birr. Todo for free.

_ ¿Y si denuncian? – me preguntó una chica que estaba a mi lado

_ Que denuncien si tienen lo que hay que tener…y los papeles en regla para conducir el minibús.

Silencio sepulcral en el minibús. El chófer y el asistente se miraban con intensidad.

_ Vale, 55 birr

_ Pues a pagar todos, que se nos va a hacer de noche.

Y así llegamos contentos y felices a Zway. Todos me dieron las gracias, menos el conductor y el asistente. Yo sólo ofrecí opciones. No es mi culpa que aquí las opciones estén muy mal vistas.

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Abr 27

PURA VIDA

Una de las cosas bonitas del África es el tópico de que la vida florece por doquier. África es vida y Etiopía más. Una pena que esa vida se empeñe en florecer dentro de los muros de mi casa. A lo largo de la semana pasada, hemos establecido contacto indoors con: lagartijas (son legión); cucarachas over sized; los consabidos mosquitos; un ratón, mantis religiosas; una invasión de grillos que tal como vino, después de unos tres días, se fue; y, el sábado por la tarde, una mangosta gigante con la que nuestro perro hubo de luchar a brazo partido para explicarle que ella NO cabía en casa.

Siguiendo la lógica de las películas comerciales apocalípticas, alguna de estas especies debería comerse a las demás y, al menos, librarnos de un par de problemas. Pues no. No está pasando. Todas conviven pacíficamente en nuestro hogar. Conmigo y con mi Nena de tres años. Y es verdad que la casa es muy grande, pero, como hay tanta variedad, normalmente también están los que más tirri te dan, que en mi caso son los ratones, y así me pasé cuatro días metiéndome el orinal de la Nena en el cuarto por la noche porque me daba miedo salir al baño y encontrarme el ratón. Al final, como la educación adquirida es siempre un peso, la verdad es que no conseguí hacer pipí en el orinal, por lo que me pasé cuatro noches soñando que me meaba y rezando para que una infección de orina no viniese a añadirse a mis muchos problemas vitales.

La mangosta, sobre la que he pasado de refilón, merecería capítulo aparte. Baste decir que, cuando el perro empezó a ladrar en dirección a su caseta, yo pensé que era una serpiente. Mi primer impulso fue cerrar la puerta y echarme la siesta, pero luego pensé que mi Nena juega en ese jardín y no puede haber serpientes campando a sus anchas. Fingiendo un valor que no poseo, cogí la escoba y salí a ver qué serpiente había encontrado el perro. Imagínense mi cara cuando sale de la caseta del perro un roedor aproximadamente el doble de grande que un gato adulto. Me di cuenta  de que en vez de la escoba necesitaba un fusil. Al final, después de diez minutos de encarnizada lucha con el perro, conseguimos llevarlo hacia la verja y echarlo fuera. San Google nos ha informado de que era una mangosta. Gigante, siempre según Google.

Más allá de nuestra verja, también la vida animal campa a sus anchas. El día de los Difuntos, en la mejor tradición cristiana, nuestra exigua parroquia marchó en procesión al cementerio. Y allí íbamos todos con nuestros velos, cruz al frente y en alto, y rezando el Rosario. La Nena sólo sabe decir “Santamaría” y “Amén”, pero le queda bastante propio. En estas estábamos cuando, en un lateral de la calle, una de las puertas de lámina se abrió y salieron dos bueyes enloquecidos que cargaron con lo primero que pillaron que era nuestra escuálida procesión.

La procesión se transformó en un caos donde cada cual corría por su vida. Yo con la Nena en brazos me dispuse a luchar por nuestra supervivencia. Lista que soy, me arrimé al otro lateral de la calle, pensando en meterme en la primera puerta que pillara. Los bueyes se giraron y uno de ellos empezó a correr hacia nosotras. Y entonces me di cuenta de que no había puerta, sólo muro. Juro que ví mi vida pasar ante mis ojos. Estoy muy satisfecha de mi vida, pero morir en una calle polvorienta y apestosa embestida por un buey me pareció súper triste. Como detrás de los bueyes habían corrido los pastores a controlarlos, uno de ellos consiguió desviar al buey y pasó el peligro. Considerando que las primeras filas de la procesión seguían cantando el Rosario ajenas al caos de la retaguardia, parecíamos una serie española costumbrista de presupuesto muy, muy bajo. Sólo nos faltaban una taberna y una pata de jamón.

El verano pasado en España fuimos a uno de los populares encierros infantiles: son toros de cartón piedra en carretillas empujados por animadores. A la Nena no le hizo demasiada gracia, y se mantuvo a distancia prudencial. Hubo quien me dijo que, claro, con la diferencia cultural, la Nena no sabe lo que es San Fermín. “No”, respondí”, “es que para nosotras, morir aplastadas por una vaca es una posibilidad real”. Ya antes del incidente “procesión”, la Nena había aprendido que vacas, coches, burros, camiones y caballos entran en la categoría de cosas que pueden atropellarte.

La niñera tiene otras categorías: animales malos y animales que dan igual. Y, si bien colaboró en el exterminio del ratón, de las lagartijas y los grillos pasa tres pueblos porque “no muerden”.

A mí los nervios me están mordiendo entre todos. Mucho me temo que la especie que se extinguirá antes será la nuestra.

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Dic 05

LA OTRA CARA

Si ustedes han leído mis anteriores posts sobre nuestra vida en el gueter, estarán ya al tanto de la fascinante adaptación de mi Nena, que se está criando cien por cien etíope (a veces, más de lo que me gustaría). Si los leen atentamente (¡anímense!), verán que siempre me he referido a momentos en que la Nena y yo estábamos en casa o a momentos en que la Nena está con otras personas etíopes. Esa es la parte bonita. La otra cara, lo que se nos hace más duro, es salir a la calle juntas. Sí, algo tan normal como salir a comprar o a dar una vuelta, se nos transforma en una gimkana a prueba de nervios.

En el barrio donde vivíamos en Addis, la gente a mí me tenía más vista que el tebeo. La llegada y la presencia de la Nena despertaba comentarios amables en un noventa por ciento de los casos. Los primeros días incluso hubo gente que vino a felicitarnos a casa con regalos. De esas primeras semanas nos ha quedado un guardarropa tradicional de lo más variado.

Aquí no. Aquí yo soy nueva, la Nena también, y las dos juntas más. Al principio fue muy duro. No exagero si digo que se paralizaba la vida en torno a nosotras. La gente salía de las tiendas para vernos pasar. Los carros se paraban, la gente se daba codazos, se levantaba de los puestecillos de té para vernos… Y lo peor es que, de cada cinco personas que nos cruzábamos, tres sentían la imperiosa necesidad de hacernos saber su opinión. A veces a gritos, a veces observaciones hechas con el convencimiento de que no podíamos entenderlos. Sólo que sí los entendemos. Y la mitad eran agradables, y hasta graciosos, pero la otra mitad no. La otra mitad eran crueles.

Salir de casa y que en los primeros diez metros otras tantas personas te recuerden que “esa no es tu hija” es, honestamente, un calvario. “No la has parido” (¿en serio?, no jodas), “ella es abeshá y tú no” (nueva constatación de la evidencia), “de dónde la has sacado”, “a quién se la has robado”, “quién te la ha vendido”… suma y sigue. Los primeros quince, los aguantas. Hasta finges no escucharlos. Como un pedo que se tira alguien que tienes al lado o como las palabras que la gente ha buscado en Google para llegar a ti. Algo externo, de alguna manera vinculado a ti, pero que en lo que no puedes influir. Luego, te hartas y contestas:

_ ¿De quién es la niña?– preguntado por un macarra de unos veinte años

_ Tuya. ¿Con quién estabas hace dos años?

_ ¿De quién es la niña? ¿A quién se la has robado? – otro joven aspirante a detective

_ No la he robado. Me la vendió tu madre. Cabrón.

Ha habido otros graciosos, como un señor que nos dijo “¡anda! Mirinda y Coca”. La Nena se lanzó a gritar Mirinda, porque le gusta mucho, a pesar de que le aclaré que mucho me temía que ella era la Coca. Y luego los consabidos “God bless you”, como si no te hubiera bendecido ya, o como si debiera bendecirte por adoptar, o como si adoptaras por compasión. Hubo un señor que, entre lágrimas, hasta me dio las gracias en nombre de toda Etiopía. Los hay que se erigen en embajadores de las cosas más extrañas.

Lejos de desanimarme, no he reducido un ápice la frecuencia de nuestros paseos, y me refugio en los números. Si esta ciudad tiene veinte mil habitantes, calculando que aproximadamente la mitad nos tengan que decir algo, y a un ritmo de unas cincuenta opiniones por paseo (paseo estándar de una hora; más opiniones en menos tiempo si es día de mercado), me costará unos doscientos paseos, pero, al final, toda la ciudad habrá expresado sus opiniones sobre el complicado tema de la adopción. Para entonces, espero, nos dejarán en paz. Calculo un año (paseamos mucho). Como de momento la Nena no parece entender mucho, pues me fío de eso. Es verdad que sale de casa mucho más contenta con la niñera que conmigo. Y es verdad que la niñera sale mucho más contenta de casa si no voy yo con ellas. Además, no sé por qué, he observado que la frecuencia de estos comentarios se incrementa alarmantemente si vamos las dos solas, o si la llevo con el pañuelo a la espalda (al principio, inocente de mí, pensé que parecer más “africanas” nos ahorraría comentarios). Si vamos con más gente, especialmente si vamos con el otro voluntario (chico) que vive con nosotras, me da la impresión de que nos gritan menos.

Luego, en el día a día, con la gente con la que tengo oportunidad de hablar, sí que creo que estamos contribuyendo a normalizar la adopción transracial. Digo transracial porque realmente ahora vivimos en la región de Oromia, y la palabra que se usa legalmente para designar la adopción es oromo (gudeficha). Aparentemente, en esta región se producen muchos abandonos y es común que las familias críen hijos que no son biológicamente suyos, por lo que en teoría el concepto de adopción no debería ser extraño. Es verdad que, al igual que en amárico estricto (miasadeg), este gudeficha oromo no quiere decir realmente adopción, sino “hacer crecer”. En amárico no se habla de padres adoptivos sino de gente “que te crece” (que te cría). Como la mayoría de padres adoptivos estarán pensando, falta un matiz. No estamos haciendo crecer a nadie. Son nuestros hijos. De verdad. No son hijos de vecinos muertos que acogemos de buena voluntad, pero con los que no nos vinculamos legalmente, que a lo mejor hasta los queremos, pero siempre menos que a nuestros hijos biológicos. Esa es la parte que en Etiopía cuesta hacer entender. No lo hacemos por pena, ni por ayudar, ni para ser mejores personas. Lo hacemos porque queremos ser padres. Y son nuestros hijos. Sin fecha de caducidad. Sin posibilidad de escape.

Tengo que decir que con los días, la cosa mejora. A veces realmente sólo nos saludan. El mercado que se celebra dos días por semana, con alta afluencia de gente que viene de pueblos cercanos, todavía se nos resiste, pero en los paseos normales ya hay gente que nos reconoce. En el mercado, normalmente, las señoras que venden sólo hacen bromas, o te preguntan si es tuya, y tú les dices “sí, es mía”, y entonces me contestan “pues es bien guapa”. Y de esto hablaré otro día: la Nena, al parecer, es verdaderamente guapa.

 

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Oct 23

GUETER

Como les comentaba, llevamos ya un mes instaladas en el Gueter. Lo llevamos bastante bien. La Nena sobretodo.

Ha encontrado mi Nena su alma gemela en este Geter africano: la nueva niñera que tenemos. Cada mañana a las 8.10 exactas salen de casa, con su mochila preparada, y se pasan la mañana en casa de la niñera, jugando con niños que yo, obviamente, no conozco. Una de las cosas que tengo que hacer es ir a ver dónde pasa mi Nena la mitad de su tiempo despierta. Vuelven a mediodía, llenas de polvo y barro (todavía llueve algo), oliendo a berberé y riendo como dos perturbadas. Un día, al entrar en casa, mi adorada Nena, muerta de la risa, me saludó “mami… you, you, you!”, que es lo que gritan los niños de Zway a los extranjeros. Muerta me quedé.

Le llegada al campo africano nos ha resuelto la confusión lingüística que exhibía mi Nena. Ahora se dedica a mugir las veinticuatro horas del día, para gran regocijo de la concurrencia. Si está contenta, muge en alto, y cuando se enfada hace “guá!”, que es una exclamación que usan los etíopes para amenazar, acompañada del acusatorio dedo índice, y empieza a mugir con un tono de una gravedad insólita para su pequeño cuerpo. Y allí, tengo que decirlo, acojona.

La casa donde vivimos, para que ustedes se hagan una idea, se parece a las que salen en ciertos reportajes de televisión. Concretamente en los reportajes que hablan del tráfico de drogas en la Cañada Real. Sólo que sin televisor de chopocientas pulgadas en el salón, entre muebles desvencijados y manchurrones de pintura vieja. Los muebles y los manchurrones sí los tenemos.

Mi vida actual haría las delicias de los partidarios del Slow Life. No porque tenga mucho tiempo libre –que no lo tengo, y de ahí la parálisis temporal de este blog- sino porque todo, todito, todo me lo tengo que hacer yo con estas manitas.

No se crean que me he dejado vencer por la adversidad. El primer día, al salir el sol, me eché a la calle y me compré tres cubos de plástico. Para hacer hogar. Y así hasta hoy. He cambiado el váter, el implante del lavabo, ordenado doscientos mil armarios y pintado la que será mi habitación con una precisión que ni los apartamentos de muestra del Ikea. Lo mejor que me dejaron los anteriores habitantes de esta casa fueron dos botes de Pronto, y así, yo el Pronto y yo el paño, tengo los muebles desvencijados que me lucen más que el sol.

A la Nena la casa le gusta bastante. Tenemos permanentemente atada una vaca (loca) en la puerta. Y tenemos dos perros. A ver ahora qué narices le regalo yo para su cumple. Había pensado un pato, pero me temo que los perros se lo comerán.

En uno de los capítulos de la Segunda Temporada de Orange Is The New Black, la protagonista, en prisión, se pasa el día buscando una cucaracha capaz de llevar cigarrillos sobre el lomo de una celda a otra. Nuestras cucarachas podrían moverte un armario. He instruído adecuadamente a mi progenie, y así la Nena ya no pierde los nervios: “Mamá, cuqui”, me grita; y allí llego rauda y veloz, armada de escoba y recogedor, a librarla de esa cucaracha que podría protagonizar una película de Disney, y hasta una serie de la HBO, grande como es.

Ustedes no lo saben, pero yo estuve dos años recogiendo fondos para que mi Santa Infancia tuviera un reluciente minibús para sus desplazamientos en Addis. Del citado minibús, he pasado a la bicicleta. Como si viviera en Amsterdan. Sólo que me está detrozando las posaderas.

Y así entre vacas, burros y caballos pasamos nuestros días. ¿Querías África? Pues toma dos tazas.

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Oct 20

SOUTH OF NOWHERE

Hace ya un mes que hice El Viaje. Ese Viaje con el que sueña todo voluntario cuando viene. Ese Viaje que te hace bajar desde el altiplano, en dirección al sol, a las acacias y a las vacas escuálidas. Ahora sí. Estás en África.

Al contrario que mucha gente que viene nueva, yo tuve la suerte de hacer ese viaje rodeada y arropada por mi ahora ex compañero de piso y una de mis cuatro o cinco BFFs. Se tomaron un día para asegurarse de que la Nena y yo llegábamos al Sur en perfectas condiciones, con nuestras ropas, nuestros juguetes y nuestras escasas pertenencias intactas.

Pensé aquel día que a lo mejor ése era el Viaje que habría debido hacer hace nueve años, cuando llegué a Addis por primera vez. En aquella ocasión, llegué a un aeropuerto a oscuras, donde me recibió una persona que ya ha fallecido. Lo que más me llamó la atención, en aquel momento, fueron los olores. Addis Abeba –me pareció- apestaba. Pasamos por el matadero, y el olor a carne podrida era nauseabundo. Algunos minutos después, el olor del Koshe que yo todavía no conocía, nos recibió en Mekanissa.

En mi Viaje de ahora no hay basurero, pero vuelvo a encontrar la pobreza. Es una pobreza distinta, creo, algo más digna, más sostenible. También más duradera (las cosas han sido siempre así) y, si cabe, más resignada.

Si alguien me busca, que me busque en Zway.

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