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Este blog no es una declaración de principios. No es un canto a la solidaridad, ni a la multiculturalidad, ni a nada. No aspira a ser un estudio en profundidad sobre el país en el que vivo o del país del que procedo. No representa necesariamente lo que la organización a la que pertenezco piensa, ni la realidad objetiva del proyecto en el que trabajo. Este blog es sólo mi historia. Como la vivo y/o como la invento. Sólo eso. Mi percepción y la percepción de quienes me rodean, en su mayoría menores de edad. No es objetivo, y tal vez ni siquiera sea cierto, pero para mí es tan verdad como mi propia vida.

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Jun 29

DIENTES, DIENTES

Hace ya algunos años, fuimos con un grupo de la Santa Infancia a la clínica de la Doctora, donde había una dentista israelí que se había comprometido a pasar consulta a una docena de nuestros niños así, por la jeta. De los niños, claro.

Nuestra Santa Infancia es verdad que cuando más se lucen es cuando los sacamos de casa (y del barrio). Así, vinieron todos repulidos a la visita con la doctora israelí y esta chica se emocionó ya un bastante cuando le expliqué que no es que todos los días vengan con chándales con brillos plateados, sino que los brillos eran fruto de la impresión de acudir a un dentista de verdad.

Al final de las consultas, tras una breve deliberación con la Santa Infancia, decidimos pagar a la doctora. Como la cosa no iba de dinero, la Santa Infancia le pagó con la historia de la versión local del Ratón Pérez.

Aquí lo que hay no es un ratón, sino un pájaro. El pájaro no tiene nombre y sólo se llama así, Pájaro. Pájaro tiene el pico lleno de dientes preciosos. El pico es grande, largo y dentudo. Así, cuando se te cae un diente, tienes que tirarlo encima de un tejado para que Pájaro pueda venir a buscarlo. Pájaro se lleva tu diente, y ¿qué te da a cambio? Pues un diente nuevo directamente de su pico, y vas que te matas. Después de la historia, la dentista de Israel se enterneció tanto que nos saturó de cepillos de dientes, tubos de pasta con las etiquetas escritas en hebreo y enjuagues bucales.

Como la Santa Infancia tiene los tejados de las casas algo destartalados, normalmente tiran los dientes en los tejados del centro para asegurarse de que Pájaro vendrá a buscarlos y les dará dientes nuevos y bonitos (dientes retornables, vaya). Así, te vienen a buscar en mitad de reuniones sobre reasignamientos de presupuesto con unas ansias tremendas porque se les ha caído un diente. Y tienes que dejar la reunión, abrir una de las clases, y cantar con ellos una cancioncilla que básicamente dice “Pájaro, Pájaro, llévate mi diente y tráeme un nuevo”. Y luego tiras el diente. Es mejor que lo tires tú, porque así se queda más lejos. Y da menos asco, porque no hay nada que dé más bajón que abrir la ventana de una clase y encontrarte cinco dientes justo en el alféizar. Y luego, con el diente correctamente posicionado en el tejado, te vuelves a tus reasignaciones de presupuesto con formatos Excel para rellenar, mientras las personas Excel te miran un poco raro porque ellos no creen en Pájaro. Peor para ellos, que Pájaro no les dará dientes nuevos.

P.D: Según mis investigaciones, Pájaro no vuela en toda Etiopía, sino sólo en ciertas regiones como Wello.

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Jun 01

UNDER CONTROL

Me he quedado de encargada del garito. Brother House ha tenido que ausentarse repentinamente durante un par de semanas y, según la Santa Infancia, esta circunstancia me hace ascender automáticamente en nuestra sencilla escala de mando. Soy la boss.

Y lo llevo divinamente, oiga usted. De momento:
. T. ha decidido dejar sus benditas medicinas y se pasa todo el día enfadado con el mundo. Ayer intentó que aceptáramos “cuchillo”como “complemento de moda”. Dice que lo trajo para pelarse el mango. Así dicho queda un poquitín ordinario, pero es verdad que ahora les damos mangos casi todos los días para postre. De momento, apenas sale el sol, me tengo que levantar y darle en la boca sus drogas. Lo mismo antes de que el sol se ponga. Para que no se transforme en vampiro, supongo.

. Z . nos reveló finalmente que lo que la consumía hace algunas semanas no era una maldición, sino un embarazo. Y que lo de excavar las aguas benditas era mayormente una mentira como un piano. Cuando descubrió que estaba embarazada, contrariamente a lo que hizo M . decidió tirar por el camino más corto y acudió a Marie Stopes, que es una red de clínicas fundada por una señora cuando menos particular (esto lo digo basándome únicamente en la Wikipedia), en las que se dedican a “ayudar” a chicas “en problemas”. Afortunadamente para Z., hay una de estas clínicas cerquita de nuestro barrio (las hay que nacen con suerte), y, dado que ya es mayor de edad y el aborto se legalizó completamente hace unos meses en Etiopía, pues pudo deshacerse de su “problema” sin mayores consecuencias. No me lo dijo porque yo jamás la habría dejado abortar. Z. es bastante perspicaz, como se ve. Una pena que la perspicacia le venga cuando ya no le hace falta para nada, cuando todos los principios que hemos intentado inculcarle en los últimos diez años se han demostrado totalmente carentes de sentido.

. Llevo tres días seguidos enviando un niño diario a la clínica a que le cosan la cabeza. El pegote de esparadrapo forma ya parte del uniforme de la guarde. Se ve que con el inicio de las lluvias, a nuestra Santa Infancia le pesa más la cabeza y se me desequilibran constantemente.

. A G . lo han vuelto a expulsar del colegio. Sus padres han decidido secundar al colegio, y lo han echado también de casa. Duerme cada día con una familia diferente del barrio.

Como ven ustedes, todo bajo control. Una balsa de aceite. Nada me turba, nada me espanta.

P.D. Hoy me dijeron que tu niña J. nació demasiado chiquita para este mundo tan grande. Mientras esperamos a que crezca, os envío esta canción . Ánimo, campeonas. Os pienso.

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May 25

HOPE OF DELIVERANCE

Hace algunos meses, M. (16 años) faltó durante toda una semana. Nos preocupamos, porque lo último que supimos de ella es que le dolía la tripa. Con la psicóloga, fuimos una tarde a su casa. No la encontramos, pero hablamos con la señora que le alquila la habitación donde vive. Nos dijo que ella veía a M. bien de salud, pero bastante embarazada.

Así, vinimos a saber que M. se había echado un noviete, que el noviete era militar, que el noviete se desapareció, y que, en el trauma posterior, M. se dio cuenta de que, además del noviete, se le había desaparecido también la regla. Como M. a sus dieciséis, no ha llegado a acabar Cuarto de Primaria, se hizo un lío con los números, y pensó que estaba de cuatro meses, cuando en realidad estaba de ocho. Y nosotros pensando que eran lombrices, tú.

Anticipando el ciclo de la vida, organicé toda una Operación Parto (¿de la risa?). Preparamos con M. la mítica bolsa que tienen las embarazadas para ir a los hospitales y le dejé mi número de móvil con instrucciones claras y concisas: sólo tenía que llamarme, coger la bolsa, y esperar a la puerta de su casa.

El día de autos, M. empezó a sentir los dolores de parto. Decidió bañarse bien (ponerse bragas no se le ocurrió) e, ignorando mis dos sencillas instrucciones, se echó a la calle para venir andando hasta el centro. Por supuesto, sin mítica bolsa de parturienta. Para entonces, las contracciones eran considerables y acabó sentadita en una piedra en mitad del chabolerío, llorando como la huérfana que es, y con la ropa empapada. Así la encontró una de las mayores de la Santa Infancia que, aunque no conocía la Operación Parto, sí entendió que debía llamarme.

Acabamos en el Corea Hospital, que es un sitio fetén para parir. Entré en el paritorio en calidad de padre de la criatura. Ahí me empecé a emocionar, porque me dieron unos zuecos y una camisola como las que salen en Grey’s Anatomy. Pedí un gorrito de operar, pero me dijeron que no tenían. Lástima.

La criatura nació a las nueve y media de la noche, al mismo tiempo que caían por tierra para mí todos los tópicos acerca de la mística del parto. Casquería fina, oiga. Lo demás, poesía para sobrellevar el trago, supongo.

Yo pensaba que habíamos pasado ya la parte heavy, pero no. Me quedaba toda la noche por delante. Durante las siguientes tres horas, a M. seguía doliéndole todo y no hacía más que revolverse en la cama, manchar las sábanas abudantemente con todo tipo de fluidos y gritar cada vez que las enfermeras la sometían a torturantes masajes para sacar “todo” fuera.
Allá a las dos de la mañana, se le pasaron los dolores. Como era el único padre mujer, las enfermeras me pusieron una camilla pegada a la cama de M. para que pudiera echar un sueñecito. Tenía la ventaja de que M. sólo tenía que darme un codazo cuando necesitara algo. Y empezó a necesitar de todo: tengo sed, tengo calor (al final acabé girando la cabeza y soplandole en la cara), mira que la niña ha abierto los ojos, mira que la niña ha hecho un ruido raro… Y así durante un rato. Cuando yo conseguía cerrar los ojos, M. me cogía de la mano, y parecíamos los Amantes de Teruel.

Luego, cuando ya estaban satisfechas sus necesidades físicas y le habían dejado de extrañar los imperceptibles ruidos de la criatura, le dio un subidón de hormonas y se puso a hablar por los codos. Cuatro de la mañana. Y no era un monólogo. Hablaba conmigo. Que si el parto duele mucho, que si a quién crees que se parece la niña… Yo, que ya estaba un poquitín exhausta y no disponía de hormonas para mantenerme high, le dije que se dejara de tópicos sociales: yo no conozco ni al padre de la criatura, ni a la familia de M (porque no tiene), con lo que, consecuentemente, yo hubiera podido encontrarle más parecido con cualquiera de las enfermeras que con las personas conectadas biológicamente con ella. Así, estuvimos hablando hasta que salió el sol, momento en el que le dije: M., cari, que me voy a desayunar.
_ Ah, ¿que ya es de día?
_ Sí, son las siete de la mañana
_ Uy, pues se me ha hecho la noche super corta

Y yo que me alegro, honey. Como M. no había cogido la bolsa, pues sólo teníamos para vestir a la niña una camiseta y una especie de mantita verde fosforita que la propia M. había elegido, con lo cual el bebé nos quedó un poco Gusiluz. Me consolé pensando que una amiga me dijo que en este blog tan cuqui habían anticipado que este verano vuelven los tonos flúor.

Por haber nacido en el mes de Mayo–Ginbot, la niña se llamará Mariamawit (aquella en la que se refleja María). Como si la hubieran llamado Mari, pero maqueado con el barniz cultural, que siempre queda más propio. Nueva vida, nueva esperanza y, a lo mejor, un futuro distinto. A lo mejor esta vez sí.

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May 19

LA CHARLA

A. (quince años) va al catecismo a la iglesia ortodoxa. Está encantada, porque dice que al final del año, si aprueba el curso este del catecismo, la pasarán al coro de la iglesia, y le darán una túnica para que cante acompañando al Arca de la Alianza en la fiesta de Timket, que como ustedes pueden imaginar es lo más parecido a una ilusión de vida que tiene la Santa Infancia.

Un día vino a decirme que el grupo de catecismo estaba organizado una excursión a una iglesia en los alrededores de Addis:
_ Hay una lista en la que se pueden apuntar los niños huérfanos, y así la iglesia les paga la excursión –me explicó, mirándome de un modo un poco raro
_ Ah, qué apañados
_ Yo no me he apuntado – A. es huérfana desde hace mucho, mucho tiempo
_ ¿Y eso?
_ Porque esa lista es para niños que no tienen a nadie. Y yo te tengo a ti –concluyó, triunfal -,¿verdad?
_ Esto… ¿y cuánto dices que cuesta la excursión esta?

Como ya he explicado más de una vez (concretamente aquí y aquí ), a A. le encanta pregonar que yo soy su madre. Y es verdad que es un poco limitada (si se ríe mucho, hasta se le cae la baba), pero así y todo siempre he intentado que viera la realidad, que es que la quiero mucho, mucho, pero que no soy su madre. Y así, algunos días más tarde me decidí a mantener La Conversación:
_ A., tú sabes que yo no soy tu madre real, ¿verdad?
_ Sí, claro –me respondió -, pero yo te quiero como si lo fueras
_ Y sabes que un día me voy a ir…
_ Ya…– y allí le falló un poco la determinación – pero me da igual – se recuperó- yo te voy a querer igual si estás aquí que si no estás.

Igual sí que tiene razón, y Dios me ha dado una hija. Una hija tonta y que se le cae la baba. Porque alguien que te quiere tanto tiene por fuerza que ser familia, ¿no?

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May 11

EL GATO

Esta semana tenemos dos niñas poseídas. Por el demonio, se entiende. Z. (16 años) está convencida desde hace un par de meses de que su padre le ha enviado una maldición. Concretamente, asegura que se le aparece un gato enorme en algún momento entre la vigilia y el sueño. Y que no puede parar de beber café. No me ha quedado muy clara la vinculación entre el gato y el café. Por suerte, de momento el gato no le habla (yo es lo primero que le pregunté). Sólo la mira fijamente. El café tampoco le habla, pero no hace más que beber café, y luego dice que el gato no le deja dormir. No te jode. No se lo he dicho, pero dudo mucho que el papá de Z. piense tanto en ella como para enviarle una maldición. Contando con que papá y mamá se piraron hace ya dos años, abandonando a sus dos hijos mayores, y no han dado apenas señales de vida… mucho me extraña que el gato venga de ahí.

Z. decidió que la maldición se debe a que es pecadora. Y quién no, querida, y quién no. Y así dejó de venir una semana. En nuestro centro, los niños mayores trabajan una hora cada día, y les damos un sueldo el sábado para llevar a casa. Cuando Z. vino al final de la semana, le pregunté por qué no había venido ni a estudiar ni a trabajar. Me dijo que había estado haciendo penitencia para ver si se sacaba la maldición de encima. Concretamente, había estado ayudando en la excavación de un manantial de aguas benditas. Me pareció una excusa tan original que le pagué el sueldo entero. Y le dí un frasco para que me trajera un poco de agua bendita, a ver si me ayudaba con lo mío (así, en general). Le iba a dar una botella de Coca Cola vacía, pero me explicó algo que no acabé de entender acerca de gente que fuma y luego con esa misma boca los poca vergüenza beben Coca Cola, y que como aquí los envases son retornables, pues que no puedes meter el agua bendita en una botella de la que ha bebido alguien que ha fumado. O algo así. Me dijo que, una vez encontradas las aguas benditas (escena que yo imagino como el pozo de petróleo de Gigantes), se bañó y se lavó y le aplicaron todo el kit de sanación mental. Pero que el gato sigue allí. Con dos cojones.

M. (trece años) sacó malas notas en el cole, y hace tres días Satán la invadió, y me da que voy a tener que ir a rescatarla a las aguas benditas, porque desde que empezó a echar escupitajos como un aspersor de jardín, no la hemos vuelto a ver.

Lo de las posesiones, como ya he comentado en alguna ocasión, es bastante común en Etiopía. La iglesia ortodoxa cree ciegamente que, en un momento dado, Satán se puede apoderar de tu cuerpo. Como ya expliqué, yo creo que, sencillamente, los etíopes cuando se ponen a actuar, deciden ir a por el Óscar. Hablando en serio, supongo que es el modo que han adquirido culturalmente para expresar las crisis nerviosas. En España posteas en tu muro del Facebook “de los nervios estoy”, y en Etiopía te tiras al suelo y empiezas a berrear que ves a Satán con prístina claridad en cada esquina de la habitación. Esto lo acompañas con convulsiones y rigidez de miembros, lo sirves en caliente con los ojos en blanco, y lo riegas con toda la saliva que puedas. Invita la casa.

Y si las posesiones están a la orden del día, igualmente populares son los exorcismos. Te tumban en el suelo de la iglesia y te empiezan a echar agua bendita por encima. Si estás verdaderamente fatal, además te ponen encima la cruz principal, que es una cruz de oro que tienen en todas las iglesias. Y tú, si estás bien metida en el papel, gritas como la posesa que eres hasta que finalmente te sacan el demonio y te quedas relajada y feliz. Eso, si cuentas con un entorno de amigos y familia organizado. Si no, pueden probar la versión casera del mismo tema, en la que, sobre la marcha, te berrean pasajes de la Biblia al oído, te empapan con agua bendita de emergencia y chillan contigo hasta que se te pasa el sofocón, sin salir de casa.

Yo, entre los exorcismos para los nervios, y la ablación del clítoris para prevenir la histeria, como ustedes comprenderán, intento mostrar una conducta lo más normal posible y pasar desapercibida, que nunca sabes cuándo se te aparecerá el gato… ni los métodos asertivos que aplicará el cura de turno para espantarlo.

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May 04

ONCE UPON A TIME…

Ayer Y. (seis años) me contó muy emocionado que tenía dos libros en casa. Según él, eran dos libros preciosos en inglés que un cliente le había dado a su madre. Lo del “cliente”, como él mismo se dio cuenta justo después de decirlo, se le escapó. En teoría, la mamá de Y. no trabaja. Y no tiene “clientes”. Y no es puta.

Y. me dijo que me traería los dos libros, para que viera lo bonitos que eran y se los leyera. Hoy los ha traído. Uno era el folleto de normas y regulaciones de la Universidad de Addis Abeba de hace tres años. El otro, que tenía hasta dibujos, era el libro de instrucciones de un televisor. Y me ha pedido que se los leyera. Con el primero, como no tenía dibujos, le he contado la historia de los tres cerditos. El segundo ha sido más difícil, porque traía ilustraciones de un mando a distancia, y entonces le he contado una historia de un niño de su misma edad, que vivía en Addis, y, al que, como al propio Y, le encantaba rebuscar en la basura en busca de mierdetas con las que armar juegos estupendos. Esto es real. Y. con cuatro porquerías se monta unos juguetes que son la envidia de toda la Santa Infancia. Una vez, con cuatro tapones de botella, cuatro palillos y una bolsa de leche se hizo un barco con ruedas que causó sensación. Secretamente albergo la ilusión de que llegue a ingeniero.
El niño de la historia, buscando, buscando, se encontraba un mando a distancia mágico, y que cada vez que pulsaba un botón le sucedían cosas maravillosas. Pulsaba el 1, y desaparecía Koshe . Pulsaba el 2, y se encontraba un sofá. Pulsaba el 3, y le caían del cielo unas zapatillas de tacos para jugar a fútbol. El último botón se lo dejaba pulsar a su mamá, y ¡zas!, su mamá ya no tenía que trabajar y podía pasarse todo el día dándole abrazos a ese niño tan espabilado que se había encontrado un mando a distancia mágico. Y eran todos muy felices.

Los mayores se han coscado de que yo estaba mintiendo como una bellaca, y de que en los libros no ponía nada de eso. Misteriosamente, no han dicho nada, y hasta han colaborado en algunas partes de la historia (lo de los zapatos que caen del cielo es suyo). Y. se ha ido a casa súper contento con sus dos libros de historias imposibles. Espero que los pierda, se le mojen o se los roben antes de que aprenda inglés, porque se va a llevar un chasco…

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May 03

LAGARTO, LAGARTO

La semana pasada, a la hora del recreo, sufrimos un pequeño (diminuto) tornado. Duró poco y el viento sólo empujó a una niña que jugaba, haciéndole un raspón en la rodilla. Y ya. La Santa Infancia extrajo sus conclusiones en 0,2 segundos: Satán. Les dije que Satán está súper bussy en el Infierno y que dudo mucho que tenga tiempo de venir hasta nuestro compound para organizar pequeños tornados con el único objetivo de que una niña se haga un raspón en la pierna. Por supuesto, no me creyeron.

Los etíopes tienen fama de orgullosos. Los aragoneses también nos consideramos un pueblo orgulloso. Sólo que donde nosotros lucimos el “orgullosos”, el resto de España nos asigna un “tozudos como mulas”. Cabezudos o cabezones. Los etíopes son un poco así también, y desarraigar cosas como la presencia constante del diablo mismo en nuestras vidas, pues es un poco cansado y bastante improductivo.

La Santa Infancia está llena de supersticiones. Por ejemplo, están convencidos de que si a un niño pequeño se le da miel para comer, el niño será tartamudo. Los defensores de las culturas tradicionales (de todo hay en este mundo) me dirán que normalmente estas cosas tienen un fondo de verdad, a saber: a los bebés no se les puede dar azúcar. Supongo que si a un niño de meses le das miel, sí que le puede dar un tabardo y quedarse perjudicadín, pero no entiendo por qué tiene que quedarse precisamente tartamudo. La Santa Infancia dice que esto es una verdad universal, y que lo saben hasta los niños de pecho. Y esto me lo dicen los tartamudos. Se ve que los niños de pecho saben más que sus madres.

Otro de los grandes mitos cuenta que, si a un bebé le da la luz del sol, se quedará bizco. Así, las recién paridas y sus hijos se quedan en casa, encerradas a cal y canto, durante cuarenta días después del parto si es una niña, u ochenta días si es un niño. Este período varía según las etnias. A partir de esa fecha, cuando finalmente salen al mundo exterior, al niño lo llevan envuelto en siete netelás (por lo menos). En la práctica, una cierta cantidad de sol ayuda a que el calcio se fije en los huesos de los bebés. El estrabismo lo tienen bastante controlado, pero Etiopía sería el stand oficial del raquitismo en una hipotética feria de las enfermedades, con niños de huesos frágiles como cañas.

Mi Santa Infancia de rodillas deformadas y frentes en las que se podría proyectar un Power Point, me contaba también que, siempre que una gallina incuba una hornada de huevos (¿hornada? ¿alguien sabe cómo se llama el conjunto de huevos que incuba una gallina?), uno de los huevos nunca llega a eclosionar. Vamos, que uno de los huevos vendrá sin pollito. Esto me lo creo. La Santa Infancia dice que es que se lo queda la Virgen María, que tiene que estar ya amarilla limón de tanto huevo. Dicen que, por otro lado, cuando los ratones paren, siempre se comen una de las crías de la camada, y esto es una ofrenda que la señora ratona le hace a Satán, que se ve que también controla la natalidad del sector roedores. Pongo estas dos creencias juntas, porque otro mito dice que, donde hay pollos, hay ratones. Esto es verdad. Y encima, los ratones adoran a Satán. Por si no tenías bastante con su sola presencia.

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Abr 17

FOLLOW ME

Como nuestros informados seguidores ya sabrán (y, espero, también los que se informan menos), la lengua oficial de Etiopía, además del amárico, es el inglés. El inglés es una lengua maravillosa. Esto lo digo para desanimar de un plumazo a todos los lectores que cursan la ESO.

Si hay algo que nos hermana a españoles y abeshás es la dificultad genética para hablar en lenguas pertenecientes a culturas allende los mares. Los abeshás, eso sí, son más lanzados que los españoles y lo intentan, con resultados bastante divertidos. A continuación, en esta fuente de pérdida de tiempo que es Tariké, un elenco de cosillas graciosas que los ojos de servidora han visto en estos años:
_ “We wash you all the best”. Esto escrito por las señoras de la limpieza en una tarjeta de despedida a una persona que pasó varios meses aquí. Lo encontré súper simbólico.
_ “When you fill some pain, take one tab”. Receta de un médico. A lo mejor hay una cantidad de dolor que todos tenemos que cubrir en la vida y, sólo entonces, podemos tomarnos la pastillita.
_ “I live you”. Esto me lo escribió uno de la Santa Infancia en un dibujo que me regaló, en el que había un corazón enorme. Lo más bonito es que a lo mejor tenía razón.
_ “One cup of tea and a peace of bread”. Las señoras de esta cafetería se ve que dieron mucho más que comida a sus clientas aquel día, y así lo reflejaron en su factura. El pan debía estar súper rico.

Más allá de éstas, que encuentro verdaderamente hilarantes (yo es que soy mucho de la risa tonta), tenemos las comunes divisiones de palabras que normalmente van juntas, como break fast, well come, o –en un libro de texto- el explorador Living Stone. Hilarious.

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Abr 09

PASOS PERDIDOS

A las niñas de mi generación, nacidas ya en democracia, nos educaron para cambiar el mundo. Nosotras teníamos que llegar a todo, teníamos que serlo todo: amas de casa, madres y profesionales súper eficaces. Y había una cosa que, al menos a mí, se me quedó muy grabada: todas estas cosas teníamos que hacerlas “con la frente bien alta”. Y así, mi ideal de persona digna y productiva incluye gente que camina con la espalda derecha y la cabeza recta, mirando al frente sin vacilación. Enfrentando el futuro en cada paso que da.

En el barrio de la Santa Infancia, si te da por caminar con la cabeza bien alta lo más probable es que acabes de morros en el primer charco. Si eres afortunada, el charco contendrá al menos un cincuenta por ciento de agua. Si no, pues no será agua. Como las calles no están asfaltadas, más te vale dejar las filosofías sobre la dignidad para otro día y unirte al club del “mira bien por dónde andas”, que en la práctica equivale a caminar con la frente marchita, que decía el bolero.

Yo cuando voy al barrio suelo tropezarme aproximadamente cada cinco pasos. No me caigo, pero voy dando un traspiés detrás de otro, mientras la Santa Infancia de turno completa “aishós” (ánimo) a cada paso que doy. He probado a caminar con la frente en alto, levantando un poco más las piernas en cada paso, pero pierdo velocidad, me canso más, y parezco un vaquero borracho. Como se ve, me encanta perder el tiempo en reflexiones absurdas.

En todo esto iba pensando hoy mientras iba con A. a visitar a su madre que lleva meses enferma y que, a pesar de todos mis esfuerzos, sigue sin pesar más de cuarenta kilos. Y de reojo iba observando a A, que tiene ya dieciséis años, y me he dado cuenta de que ellos no caminan mirando al suelo. Tampoco miran exactamente al frente, sino a un punto a medio camino que les permite ver las piedras sin perder de vista el destino. Amazing, tú. Lo ve Paulo Coelho, y le sale un libro.

Embebida en estas cuestiones simbólicas, he llegado a casa de A. Su madre se llama Salud, pero, como digo, hace tiempo que está enferma. Antes de ir, he estado media hora mentalizándome, porque tiendo a perder la paciencia con estas señoras que un día no salen de la cama, y al siguiente ya se quedan allí. También fui educada para ocultar cualquier signo de debilidad y/o desgracia, por lo que la gente que abiertamente se muestra consumida por sus miserias me provoca una profunda desazón.

La mentalización ha surtido efecto, y he conseguido tranquilizar a la señora, asegurarle que mañana saldrá el sol y convencerla de que emerja al mundo exterior. La casa de A. apesta siempre a pipí, y es oscurilla, por lo que se puede entender que a la señora le den depresiones de vez en cuando. Tiene, eso sí, un patio muy bonito con algunas cosas cultivadas.

A pesar del patio y de la mentalización, la angustia de la señora como que se me ha contagiado, y he salido pensando que a esta señora no la voy a volver a ver con salud en la vida, y que todos mis esfuerzos parecen ser baldíos. Al final, he llegado a casa mirando las piedras no, lo que está debajo las piedras. Un poco como los toros que embisten el burladero. Un poco también como la madre de A., pero sin el olor a pipí.

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Mar 14

ANIMALICOS

Hace ya unos años traté de hacer un juego con los pequeños de la Santa Infancia. La dinámica era bastante sencilla: uno se ponía en el medio del corro, imitaba a un animal, y los demás lo tenían que adivinar. Como mi Santa Infancia a veces es un poco cortita de entendederas, pues empecé yo poniéndome en el centro, para dar ejemplo. Con mi mejor voluntad, me puse a cuatro patas y empecé:
_ ¡Muuu!, ¡muuu!– mientras pensaba “tener estudios pa’ esto”
Por si la humillación no fuera ya bastante, la Santa Infancia no conseguía adivinar el animal que yo estaba representando, y me miraban con cara de “ya está. El día ha llegado. Se ha vuelto loca”. Después de cinco minutos mugiendo desesperadamente, me levanté y les comuniqué que el animal que yo intentaba representar era la vaca. Una simple vaca, coño.
_ Aaahhh… es que lo estabas haciendo mal– me repusieron
_ ¿…?– nunca se me había ocurrido que se pudiera errar en el imitar a una vaca
_ Las vacas hacen embuá, embuá– y todos se pusieron a hacer embuá.
Tras haber experimentado en mis propias carnes este episodio de desencuentro cultural, como soy una persona curiosa me documenté sobre el particular. Así, en el libro de ciencias de Primero de Primaria encontré que:
. el gallo no hace kikirikí, que hace kukulukú
. el burro no hace ia, ia, sino hi, hi, hi
. la oveja ni hace be, sino ba
. los pollos no hacen pío. Hacen pí. Y basta.
Y luego habrá quien hable de globalización. Si ni siquiera las bestezuelas se ponen de acuerdo…

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