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Posts Tagged ‘Etiopia’

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Jun 22

CUANDO SE ACABA EL ASFALTO

Soy persona de paso rápido. Un Coso (la calle mayor de mi ciudad natal) me lo hago en cinco minutos. Aquí también, cuando salgo con mi Santa Infancia, me es difícil acomodar mi paso al suyo, y normalmente tengo que pararme a esperarles, sobre todo si son pequeños. Hasta que se acaba el asfalto. El barrio de la Santa Infancia empieza exactamente allí: donde se acaba el asfalto.

Cuando entramos en el korkonch* hasta los niños de pecho caminan más rápido que yo. Cuando se acaba el asfalto me vuelvo más torpe, más lenta, más pequeña. No es mi mundo, y se nota. La Santa Infancia me marca el camino, me espera en lo que me arremango los pantalones para no manchar los bajos (momento “yo quiero ser percebeira”). No me quitan ojo, porque saben que me siento bastante perdida allí. Mis seguridades me esperan en la tienda pintada con el logo de la Pepsi.

Donde se acaba el asfalto el mundo se vuelve de color marrón. Todo es marrón: la gente, la calle, las casas… Chabolas a medio construir, o a medio derribar. Barro, mucho, por todas partes. De vez en cuando, el destello amarillo de esas monjas ortodoxas que parecen haber cumplido los ciento diez la semana pasada (aunque seguramente no lleguen a los sesenta). Niños que juegan en la calle, que me preguntan si Harry Potter se muere al final de las ocho películas. Gente que conozco, o que no, que me mira evaluando los motivos de mi visita a este lugar donde los pocos extranjeros que entran van con guitarra, rosario y pandereta (Dios bendiga a los protestantes).

El destino final de mis paseos suele ser alguno de los distintos recintos donde se arraciman las chabolas. Su estructura desafía toda lógica y, donde menos te lo esperas, te encuentras con otras dos chabolas que hay que alcanzar a través de pasillos donde hay que pasar de medio lado (y yo soy delgaína).

Los motivos que me llevan más allá del asfalto rara vez son alegres: enfermedades o dejadez familiar. Hablo con esas personas marrones, y me acuerdo de mis seguridades, que estarán ya tomándose la segunda Mirinda en la tienda de la Pepsi. En la tienda de la Pepsi no venden alcohol. Las señoras tienen un modo gracioso y muy dramático de expresarse. En algún momento de la conversación, especialmente si estamos tratando un asunto delicado, se señalarán el vientre, y me contarán su historia. La del vientre. “Este vientre ha parido cinco hijos”. O “Dios es el único dueño de este vientre”. Como si el vientre estuviera allí, escuchándonos. O como si Dios estuviera allí de pie, vigilando que nadie se lleve su vientre, cosa poco probable, visto que implicaría llevarse también a la momia que acarrea el vientre.

Y yo escucho lo mejor que sé. E intento decir cosas igual de dramáticas:
_ Yo no puedo más con mi nieta. No nació de mi vientre –y se señalan el vientre- Que Dios se ocupe de ella. Yo bastante tengo con rezar.
_ Yo no sé nada de Dios –humildad y honestidad ante todo-, pero sé que un día Dios le preguntará qué hizo con su nieta. No creo que le pregunte cuánto rezó, porque eso ya lo sabrá. Le preguntará cómo es que su nieta ha acabado en el bunna-bet. Y, entonces, señora, ¿qué responderá usted? – y me quedo callada, esperando que el vientre me haya entendido, porque mientras estudiaba el amárico cometí el gran error de menospreciar la importancia del tratamiento de respeto (usted), y no lo manejo tan bien como quisiera.
_ Quiere decir que la niña es su responsabilidad –traduce el elemento de mi Santa Infancia que me esté acompañando en ese momento. Ellos son más de concretar.

Es bastante frecuente que alguna de las personas que habitan en el recinto intente aportar su granito de arena. Sólo que a veces, en vez de un granito, te descargan el camión encima, y se pasan dos horas intentando mediar entre el vientre y la nieta. Suelen ser señoras con algún tipo de discapacidad (ciegos, leprosos..) y tienden a apoyarse más en la discapacidad que en su vientre a la hora de argumentar su posición: “estos ojos que Dios cerró lo han visto todo”, o “yo, que ya no espero nada de la vida, porque estoy enferma…” (y sabes que está enferma de esa enfermedad que tiene varias siglas).

Y luego vuelves al barro. Y te acuerdas de que, en tu ciudad natal, a ciertos bares los llallamaban “el barro”, porque, a partir de cierta hora, todo se amalgamaba. Aquí también: el agua de lluvia, el pipí, los restos de wot*, el vómito, los frutos de su vientre. Y vas despacito, lenta, pequeña, aturdida. Porque nunca entenderás el mundo que hay más allá del asfalto. Porque el barro te vuelve más torpe. Tus seguridades se han acabado la Mirinda, y te alcanzan cuando sales al asfalto. Recuperas tu paso. Vuelves a tu mundo.

*Korkonch: Tan sonora palabra denomina las calles sin asfaltar.
*Wot: la salsa que acompaña la injeera.

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Jun 02

FUNERALES

El fallecimiento de la Señora Deprimía puede ser un momento tan bueno como cualquier otro para reflexionar sobre… ¡los funerales!

Partamos de la base (les anticipo un estudio con cierta profundidad) de que pocas cosas reflejan mejor la esencia de una cultura que el modo en que los que viven en ella se enfrentan a la muerte. Cuando uno de los miembros del grupo desaparece, el resto del grupo sabe exactamente qué tiene que hacer. Ante la más grande de las incógnitas, cada cultura te traza un patrón preciso de actuación. Objetivo: no tener que pensar, porque la pérdida no te va a dejar pensar. Y así, cada cultura te proporciona una serie de pautas que tienes que seguir con precisión más o menos milimétrica. Este proceso cultural es una de las partes constitutivas del duelo.

Al leer lo anterior, uno pensaría que tengo estudios de Antropología. Para nada. Yo hablo porque me lo pide el cuerpo.

En Etiopía, las primeras horas después del fallecimiento de una persona son de gritos desesperados. Hay dos roles que hay que asumir inmediatamente: el de la persona que llora desconsolada e incansable, y el de la persona que se encargará de organizar el sarao, y a la que apenas le quedará tiempo para llorar. Normalmente el primero lo desempeña espontáneamente una mujer (la esposa, hermana, hija de la persona fallecida), y el segundo un hombre (esposo, hermano, hijo de la persona fallecida). Si sólo hay personas de un género entre los familiares (por ejemplo, sólo dos hijos), el más joven se encargará de llorar y el más mayor de organizar.

Los más cercanos al fallecido establecen, siempre a gritos, un diálogo ficticio con la persona que se ha ido. Por cuanto parezca una manifestación expontánea de dolor, las preguntas que realizan son siempre las mismas y ni una sola de las frases gritadas se separa de los tópicos establecidos para el caso: “Ay, Dios mío, ¿por qué te la has llevado?», “¿qué voy a hacer sin él/ella?”…etc. Parece una escena caótica y sin control, con gente que se revuelca por el suelo presa de la desesperación, pero si te fijas bien verás que los “organizadores” ya han empezado discretamente su labor. Alguien ha encendido ya el fuego, comienzan a poner bancos sacados de casas vecinas para que la gente se siente, la persona fallecida (que normalmente reposa en la cama hasta que es enterrada) ya está envuelta en un netelá y poco a poco todo el mundo se va poniendo el netelá, prenda obligatoria en los funerales.

La primera llamada que la familia realiza es al jefe del Heder, que son asociaciones tradicionales a las que les pagas cada mes para que, cuando te mueras, te monten un bonito funeral. Para lo caótica que es aquí la gente a la hora de organizarse, lo necesario para un funeral en condiciones te lo montan en media hora: una cocina con capacidad para dar de comer a un centenar de personas, una tienda de campaña tamaño comedor de barracón y, por supuesto, el pago a la iglesia ortodoxa para poder enterrar a la persona en el cementerio.

El entierro en sí es más bien breve. Entierran a la gente a las pocas horas de fallecer. El cuerpo es llevado al interior de la iglesia porque cuando te mueres ya sí puedes entrar. Antes de morirte, a poco que hayas hecho no puedes entrar (si has comido ese día, si tienes la regla…) con lo que la mayoría de la gente se queda fuera esperando sentada. Cuando los sacerdotes acaban con las oraciones, sacan el ataúd y le dan tres vueltas alrededor de la iglesia. Luego lo llevan al cementerio y, en un momento de histeria colectiva, lo entierran. A los frenjis esta parte nos da bastante yuyu, porque gritan mucho, mucho, y saltan, y te da la sensación de estar en Regreso al Futuro, siglo XI, sección África profunda. El momento dura, en total, unos cinco minutos y luego todo el mundo se retira rápidamente, porque el cementerio de nuestro barrio es un bosque mal cuidado y sucio, y da mucha tristeza estar allí.

Rapidito, rapidito, porque suele ser hora de comer, se vuelve a la casa del difunto. Allí, los “organizadores” te esperan ya a la puerta con una jarra para lavarte las manos y un plato lleno de sinde (granos de cebada tostados), que es el aperitivo de las fiestas. Y todo el mundo toma asiento y empieza el funeral en sí, que durará una semana.

Los siete días son más como una acampada hippy. La gente habla de todo un poco, juega a las cartas, come y duerme donde buenamente puede. Poco a poco llegarán familiares de otras partes del país, a los que jamás habías visto y que, cuando la persona estaba viva y les pediste ayuda, jamás vinieron. Gente que parecía olvidada de todo y por todos resulta que tiene más amigos que Pippa Midleton. Y la familia tiene que dar de comer a todos esos colegas y parientes que, si vivieran en España, se llevarían las gambas en el bolsillo de la americana.

De vez en cuando, alguien se pondrá a llorar a voz en grito, reproduciendo el diálogo de las primeras horas, y todos romperán a llorar, hasta que alguno de los ancianos se levante y tranquilice a la turba, que volverá a jugar a las cartas. O se dosifican, o no aguantan los siete días.

De por sí, estos momentos de dolor duran poco. Durante el resto del tiempo, nadie habla del fallecido, sino que la charla es bastante intrascendental. Si no consigues compañero de charla intrascedental, te tocará quedarte sentado mirando al vacío, porque no hay fórmulas de pésame que puedas usar para transmitir tus condolencias a la familia.

En algún momento a lo largo de la semana, los organizadores limpiarán la casa y todas las pertenencias de la famlia, para ayudar a recibir a los parientes del gueter. Si tu cuota de Heder es de las bajas –ergo, eres pobre-, la tienda la retiran al tercer día y se continúa el sarao en casa.

Después de siete días ya ni te acuerdas de quién se ha muerto. Sólo sabes que quieres dormir y, sobre todo, quieres que toda esa gente se vaya de tu casa. Y se irán, sí, más que nada porque la comida se ha acabado. Volverán en cuarenta días, a celebrar el aniversario de la muerte. Pero será sólo una jornada, y luego te volverás a quedar solo, con tu pérdida, con tu vida, con la sensación de vacío de quien nació, vivió y murió en vano.

En el funeral de mi señora Deprimía yo también recé. Recé para que Dios le de un sentido a estas vidas, porque el mundo no supo dárselo. Recé porque ni ella, ni yo teníamos que haber estado en esa mierda de cementerio. Rezas para que Dios te de entendimiento cuando la fuerza ya no te sirve para nada.

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May 31

ALGO SE MUEVE

Algo se mueve en el aire. Lo bonito sería decir que ha llegado la primavera, y las buganvillas florecen que es un primor. Pero no. Yo de la vegetación paso tres pueblos. Lo que se mueve, y no se sabe muy bien qué es, es una situación como de permanente alerta.

Me explico: proliferan los controles policiales en toda Addis Abeba, corren rumores como gacelas, que hablan de imanes de escuelas coránicas que han sido encarcelados, con el consiguiente rebote de la comunidad musulmana. El aeropuerto se ha cerrado a las visitas, con lo cual si vas a despedir o a buscar a alguien, te tienes que encontrar en el parking. Y nadie suelta prenda del motivo de todo este despliegue.

El rumor apunta hacia una amenaza del radicalismo musulmán. Con las cenizas calientes de los atentados en Nairobi y Nigeria, la proliferación de organizaciones musulmanas cada vez más radicales en nuestra amada Abisinia puede llevar hacia una escalada de violencia intrareligiosa.

Después del ataque a un grupo de turistas en Enero, el gobierno etíope intenta por todos los medios, no sólo atajar las amenazas, sino también las noticias relativas a las mismas. Sin ir más lejos, en mi humilde investigación, me ha resultado verdaderamente difícil encontrar información en Internet. La mayoría de noticias han sido borradas o, sencillamente, no permite el acceso. Sólo se pueden leer las pertenecientes a medios con sede en el extranjero que, supongo, deben ser más difíciles de censurar.

Lo que sí parece claro es que el gobierno ha cerrado dos mezquitas de la zona de Merkato. Un imán fue encarcelado hace unas dos semanas, y sus fieles irrumpieron en la comisaría para liberarlo. No me ha quedado muy claro si lo liberaron o no, pero cuatro policías murieron en la refriega.

En las distintas fronteras prosiguen escaramuzas e incursiones. En Gambela (frontera con Sudán), los distintos grupos étnicos están reaccionando contra las empresas extranjeras (chinas e indias) a las que el gobierno ha decidido vender la mitad del país (metáfora). Se han producido varios ataques a plantaciones –dicen que de arroz-, y se habla de algunos extranjeros muertos.

Etiopía siempre se había enorgullecido –con razón- de ser un país seguro. En este convulso cuerno de África, con nuestros amigos Eritreos y Somalíes devastados por guerras y dictaduras, los Sudanes viviendo en el delirio permanente, y con Nairobi convertida en un nido de delincuencia común, Addis Abeba se presentaba como un remanso algo cutre de paz y serenidad. La mayoría de los apoyos internacionales logrados por Meles los recibe como premio a la supuesta estabilidad lograda en el país. A qué precio se ha logrado esta estabilidad, esto nadie lo pregunta. El hecho es que todos los ejércitos y ONGs del mundo pueden tener su pequeña base aquí donde enviar a sus expatriados a restarse y recrearse (del inglés Rest & Recreation) cuando no aguantan más la situación en los países de alrededor, que suele suceder aproximadamente una semana cada diez, gastos pagados, a mayor gloria del Sheraton.

Hasta ahora. Soplan vientos de revuelta también aquí, pero nadie está seguro de que las cosas se vayan a revolver en la dirección adecuada. Cuánto tiempo Meles conseguirá controlar el radicalismo islámico que ha cobrado fuerza no sólo religiosa, sino también económica, es una de las múltiples preguntas del millón. Los oromo son un 60% del país, y la mayoría son musulmanes. Son el grupo étnico más importante del país, sus pueblos se consideran el granero de Etiopía, y no tienen apenas representación en el actual gobierno.

Como digo, sopla el viento. El viento de Mayo, en Addis, trae siempre millones de moscas. En Europa es el mes de las flores. Aquí, es el mes de las moscas.

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Abr 23

ACTUALIDAD

Nena: el rey ha pedido perdón. Ni más, ni menos. Y la parroquia digital que yo sigo se lanza a hacer valoraciones. Y hablan de “temple”, “grandeza”, un gesto que “engrandece al monarca”. Cómo no va a parecer la monarquía pasada de moda, si todas las palabras que se usan para hablar de ella las sacan de El Cossío. En España somos muy de engrandecer lo caduco, y así nos va. En el otro platillo de la balanza se queda el anuncio de Loewe, que se empeña en adherirse a mi memoria. Debo reconocer que en un primer momento me pareció que se me iban a caer las córneas, luego me pareció que se me iban a marchitar los oídos, y al final de la visualización del mismo llegué a la conclusión incuestionable de que me había vuelto más tonta durante los dos minutos que dura. Hay partes de mi cerebro que se niegan a salir de la fascinación. Ahora, cada vez que pienso en el anuncio de marras, me río sola en el patio. Que les hagan una serie o un reality ya.

Todo esto viene a cuento de que sé que debería escribir más. Pero es que estoy mu’ estresá. La crisis, tú.

En Etiopía también, la palabra mágica es “inversor”. Si eres inversor, te dan el duty free, el permiso de trabajo y un Perrito Piloto (creo). Y así florecen fábricas varias. Recientemente, dos unidades de mi Santa Infancia se han incorporado al mercado laboral en una fábrica de zapatos. La fábrica tiene buena pinta y manufacturan trozos de cuero cosidos para la Geox. Mi madre recientemente me compró unos Geox. “Es importante ir bien calzada”, sentenció, “y además los tiene también Telma Ortiz”. Por si lo del buen calzado no me convencía del todo. Yo siempre he tenido a la Hermanísima como referencia. De hecho, estoy a sólo una lengua de alcanzarla. Ella habla cinco y yo cuatro. Pero a ella le cuentan el catalán, que yo entiendo, pero no hablo.

El caso es que, a raíz del trabajo de mi Santa Infancia, he comprendido en toda su amplitud el argumento principal que hace que algunos inversores decidan abrir fábricas en Etiopía en vez de irse a China: aquí la mano de obra es más barata. Dieciocho eurazos al mes por más de cuarenta horas de trabajo a la semana. Con dos cojones. Por mucho que mi Santa Infancia se sitúe al final de la escala de bienestar social, teniendo en cuenta que se gastan unos diez euros ya sólo en el bus para ir a trabajar, pues no les llega ni para el alquiler. Y allí es donde entro yo, porque yo les prometí que, si encontraban un trabajo, podrían ser autosuficientes. Y al final ha resultado ser “si encontrarais un trabajo y además os prostituyerais por las noches en las calles de Kasanchis, a lo mejor podríais ser autosuficientes”. Sólo que son chicos y aquí la prostitución masculina no tiene tanto mercado.

De momento les pagamos nosotros el bus, para que al menos se puedan pagar el alquiler a final de mes. Y allí van, cosiendo los zapatos que lleva Telma Ortiz. Y que yo no sé si llevar o no, porque la verdad es que son comodísimos, y ya que los tengo… Me los voy a poner, porque tampoco es para tanto. No es como si me hubiera ido a cazar elefantes a Botswana, ¿no?

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Nov 24

QUE TE ALABEN LOS DJs

Dios me habla.

No, no son ese tipo de voces; y no, no contestaré a quien me pregunte en qué oído lo escucho.

Dios me habla a través de la radio. Me explico: un día, hace ya años, iba yo en un minibus. A mi lado tenía a una niña de unos diez años de la Santa Infancia que no paraba de toser. Concretamente, llevaba más de tres meses sin parar de toser. Además, en ese Qué Apostamos que en ocasiones es mi vida cotidiana (sin la Obregón, gracias al cielo), tenía que encontrar ese mismo día casa para un chaval terrible de unos quince años, que, por azares del destino, se había quedado sin sitio donde dormir.

Así iba yo rumiando mis desventuras y, como no podía hacer nada porque estaba en el bus, pues me puse a rezar. Yo es que soy católica. Y con poca personalidad, porque eso de rezar en los buses se me ha pegado de unas monjas muy lindas que nos quieren mucho. Y entonces, en mitad del barullo, el locutor etíope de la radio dejó de hablar y empezó a sonar una canción de Shakira: La Tortura, con Alejandro Sanz.

Y ustedes pensarán que, para provenir de Dios, el mensaje era bastante chabacano. Pues sí, pero el caso es que a mí me alegró el día. Y al final resultó que la niña no tenía tuberculosis –era sólo una pulmonía de ná- y, cuando volví a la misión, una de las trabajadoras tenía una habitación libre para acoger a la bestia sin techo.

Desde entonces voy súper atenta a las canciones de la radio. Específicamente, si estoy en el coche a esa hora, me pongo una especie de radio fórmula de canciones en inglés que transmiten en red varias emisoras del África, entre ellas la 102,1 de Addis, y donde a veces me ponen Rihanna y/o Katy Perry, o incluso canciones de la banda sonora de Glee.

Estos días, como voy en coche traficando con material escolar (la situación comercial en Etiopía no ha cambiado, y en vez de hacer compras parece que traficas), oigo mucho la radio, ergo Dios tiene cienes de oportunidades de mensajearme. Y me anima un web, porque todos los días me suena esto :

Todavía estoy trabajando en el desencriptado de los mensajes musicales, pero mientras tanto voy la mar de contenta, sobre todo después de la paupérrima calidad de la música predominante en la piel de toro este verano: Danza Kuduro, “Ayer la ví…”, y ya, porque no había nada más. Probé hasta a rezar en los bares, a ver si Dios se decidía a enviarme mensajes también en España, pero no funcionó. Lo de “si cierro los ojos fuerte, fuerte, cuando los abra el pesado ya no estará allí” tampoco funciona. Y lo de “si me concentro mucho podré hacer explotar los bafles con el poder de mi mente”, tampoco. Como se ve, mi vida intelectual en los bares es (era) de lo más intenso.

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Nov 16

RESISTENCIA

Aprovechando que yo estaba de vacaciones, dos unidades (individuos) de la Santa Infancia decidieron ir a robar piezas de hierro a una fábrica de ventanas china que tenemos en las inmediaciones. Su plan estratégico era “nos han contado que no hay seveñás”. Por supuesto que había seveñás. Los seveñás de la fábrica los pillaron con las manos en la masa, y durante varias horas les dieron la del pulpo, hasta que los llevaron a comisaría, de allí al juzgado, y de allí a pasar ocho meses en la prisión de Kaliti.
Tras preguntar a ambas familias qué hacía falta para entrar a verlos en la cárcel –basta que lleves tu tarjeta de identidad, me dijeron-, nos fuimos un domingo de mañanita yo, la madre de L. y la hermana de M. a visitarlos.

Y allí estaba yo, ya casi dentro de la prisión, pasando los múltiples controles (“lo que usted está palpando se llama salva slip”), cuando apareció el aschekari de turno. Aschekari es una palabra que me encanta. Viene de chikir (o chekir, o cheker), que quiere decir problema, y puedes hacer lo que te dé la gana con ella: puedes conjugarla, aschekeraleu, y quiere decir “doy problemas”; en impersonal “aschekeral”, el problema no lo darás tú, que lo dará una situación o una cosa; y si eres un “aschekari”, es que eres un problemático. El clásico follonero.

Llega el militar:
_ Buenos días, ¿qué hace usted aquí?
_ Vengo a ver a esta persona –nombre de uno de los niños-, que está aquí– mi primer impulso era contestar, “nada, buscando una rave”, pero me contuve.
_ Pues no puede entrar.
_ ¿Por qué?– soy una utópica, lo sé. Pedir explicaciones coherentes.
_ Porque usted no es etíope– allí me dí cuenta de que el aschekari tenía estudios.
_ ¿Y…?
_ Pues que no puede usted entrar
_ ¿Por?
_ Porque usted no es etíope– y nos quedamos enganchados en el bucle como unos dos minutos, hasta que me dí cuenta de que la hermana y la madre de los chavales seguían esperándome, y les indiqué que fueran entrando y que, ya si eso, o nos veíamos dentro o las esperaba en el coche en unas dos horas.

Y allí elaboré un plan de acción. Tenía delante de mí dos horas en las que, o entraba en la prisión, o esperaba a las dos chicas. O me dedicaba a amargarles la mañana a los guardianes de la entrada, vamos, lo que viene siendo aschekerar (una cosa que me encanta hacer es conjugar verbos amáricos en español o italiano. Me río sola y todo cuando lo hago).

Así, solicité ver al responsable directo del aschekari:
_ Es que la oficina del coronel no está aquí.
_ Pues lléveme adónde está –y me llevó a otro recinto cerca.
_ Es que el coronel está ocupado
_ Pues lo esperaré
_ Es que igual tarda
_ Pues que tarde –y me quedé de pie delante de la puerta. Que la gente espere de pie es una cosa que a los etíopes les causa gran desazón. No sé por qué, pero es así. Si te sientas, desapareces. Si esperas de pie, es como si tuvieran un palo finito metido por el culo. No les duele, pero les molesta mucho, mucho.
_ Siéntese, por favor– y me señalaba un banco cercano
_ No gracias, estoy bien
_ Pero es que el coronel igual tarda
_ No se preocupe, que yo lo espero
_ Pero es que estaría más cómoda sentada
_ Pues estoy más cómoda de pie
_ Pero es que no se puede esperar en medio de la puerta
_ ¿Por qué?
_ Por si entra un coche
_ Si entra un coche, me apartaré
_ Pero es que no puede esperar aquí
_ Es la vía pública. Es de libre circulación.
_ Es que usted no está circulando, está parada.
_ Pues ya me muevo –y empecé a patrullar la parte exterior de la verja de lado a lado, lo que todavía puso al guardia más de los nervios –¿así mejor?

El militar cada vez estaba más angustiado, y a mí ya me estaba entrando la risa. Como se puede imaginar, en ese punto de la discusión, el corrillo de curiosos era ya bastante nutrido.

En estas estábamos (“vamos, mujer, no haga eso, siéntese”, “entiéndalo, no me siento”), cuando salió el coronel a explicarme el racismo reinante en todas las instituciones etíopes. Me repitió que yo no podía entrar porque no era etíope. Yo le enseñé mi tarjeta de identidad expedida por el Gobierno Federal de la República de Etiopía, donde no dice que el titular no pueda entrar a la cárcel. Él me contestó que mi embajada tenía que pedir oficialmente que se me permitiera entrar en la prisión. Yo le contesté que era una solemne tontería, sobre todo teniendo en cuenta que una de las chicas que iban conmigo había entrado ¡con el carnet de la biblioteca de su colegio! Me dijo que era una cuestión de nacionalidad. Yo le dije que era una cuestión de racismo. Él me dijo que fuera como fuese no me iba a dejar entrar y punto. Y se piró.

Allí, volví a quedar en manos del primer seveña. Como todavía me faltaba media horita para que mis chicas volvieran, elaboré un plan B:
_ Pues yo no me voy hasta que no me dejen entrar.
_ Pero ya ha oído al coronel
_ Pues aquí me quedo hasta que cambie de idea – amenacé – y me quedo de pie.
Allí volvimos a empezar la discusión sobre la vía pública, los derechos de cada quien, la comodidad de estar sentado… Treinta minutos donde el señor intentó, por este orden:
. Convencerme por las buenas de que o me fuera o me sentara
. Convencerme por las malas de que o me fuera o me sentara. “Si me pone un dedo encima, entonces sí que van a venir los de mi Embajada”, y ya no me puso el dedo encima.

Al final, salieron mis chicas. Me dijeron que los niños estaban bien y que ya podíamos irnos.
_ Bueno, pues adiós –le dije al seveñá
_ ¿Y ahora se va, así sin más?
_ Sí
_ ¿Y no se podría haber ido hace dos horas, sin más?
_ No, tenía que esperarlas.
_ Pues menuda mañana me ha dado.
_ Ya, es que no soporto estar sin hacer nada– cosa que es radicalmente cierta. Soy culo inquieto.
_ ¡Aschekari!
_ ¡Presente!
Cuando yo les contaba mis avatares a la Santa Infancia, ayudada por la hermana de M. que, de lo que había escuchado incluso dentro de la prisión dedujo parte de la diversión, se meaban de la risa, aunque no acababan de entender por qué no me había resignado a esperar pacíficamente sentada. Les expliqué que era una cuestión de principios: no podían decirme que no sólo por mi nacionalidad. Yo sólo quería una razón válida para no dejarme entrar. Me parecía que se estaban vulnerando mis derechos. Y se reían todavía más, con la sola idea de que a veces quedarse de pie es mejor que sentarse a esperar. Son gente de humor fácil, y en el fondo lo que les encanta es verme perder los nervios cuando lucho por ellos.

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Oct 31

BANDERA

Hoy celebramos el día de la bandera. Si tenemos suerte, ustedes leerán esto después de Meskel, una vez que Míster K., ese poder en la sombra, vuelva de recorrerse Andalucía en bici. Como se ve, no soy la única que ha estado de vacaciones. Esto ya parece el suplemento dominical del País, donde no hay columnista que no se sienta en la necesidad de puntualizar que ellas escriben con quince días de anticipación, y que el mundo da muchas vueltas en quince días.

Como les digo, hoy hemos reunido a todos en el patio, la gente ha desfilado vestida de aranguadi-bicha-key (verde, amarillo, rojo), hemos cantado el himno nacional y todos tan contentos. Es una fiesta que el gobierno se inventó hace un par de años y que plantó en la última semana de Septiembre, que es una semana así como tonta, ya pasado el Año Nuevo y con Meskel aún por venir, y en la que, de no mediar el Día de la Bandera, a lo mejor habría hasta que trabajar.

A la Santa Infancia le asombra bastante mi escasez de orgullo patrio en lo referente a la cuestión simbólica. Léase: nunca me visto con los colores de mi bandera, que tampoco me parecen el colmo de la combinación cromatil. Y que viví en Pamplona cuatro años, y vestirte en cualquier combinación de rojo y amarillo te abocaba a convertirte en involuntaria protagonista de diversos tipos de expresiones de opinión ciudadana, ninguno de ellos placentero.

Para la Santa Infancia, lo de la bandera es súper necesario. Si les das a elegir tres colores del mundo mundial, hasta los niños de teta elegirán, por este orden, araguadi, bicha, key (verde, amarillo y rojo). Para lo que sea: un dibujo de una casa, la pintura para un muro o los colores de una camiseta.

Esta mañana les decía yo a los mayores que la identidad nacional es mucho más que los vivas a un trozo de tela, poniéndoles como ejemplo que, si tanto, tanto quieren a su país, cómo es que casi ninguno de los mayores de 18 años se molestó en ir a votar las pasadas elecciones. Me han contestado que no fueron a votar porque total iba a salir el mismo gobierno, y a ellos este gobierno les encanta. Tal cual.

Y allí hemos empezado con la discusión de “os encanta porque os tiene totalmente controlados y porque no habéis conocido otro”. Ellos saben que yo el alma de periodista todavía la llevo en mi interior (uno de esos lastres que atesoro), y hemos entablado una larga discusión sobre los medios de comunicación en Etiopía, poniendo ejemplos de cómo ven ellos ciertas noticias (percepción basada únicamente en lo que dicen los medios del Gobierno), y cómo veo yo la misma noticia (percepción ligeramente ampliada por mi macarrónico acceso a Internet).

Ellos están convencidos que a la comunidad internacional está exagerando la hambruna en Etiopía, y que realmente nadie quiere aflojar la pasta. Yo les he comentado que el acceso a la zona, hasta hace algunos meses, era bastante limitado (por el gobierno etíope, se entiende) y que en los últimos años las ONGs cada vez encuentran más trabas para trabajar aquí. Y que la pasta ya ha sido aflojada, pero que hay muchos intereses en juego, entre ellos los intereses del gobierno etíope.

Allí se han salido por la tangente, y me han dicho que debería volver al periodismo, porque, según ellos, tengo que ser una gran periodista (¡angelicos!). Les he cazado cuando les he dicho que ese gobierno que les encanta me expulsaría del país si yo me pasara al periodismo así, sin previo aviso. “Hombre, tampoco es tan raro que te expulsaran. Ni siquiera nos haces cantar el himno por las mañanas”. Si al final tendrán razón y todo….

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Oct 04

LAS QUE TIENEN QUE SERVIR

Tras un verano lleno de sorpresas tecnológicas –estoy sinceramente convencida de que los Iphone tienen una aplicación para criar niños del Tercer Mundo que podría hacer mi trabajo mucho mejor que yo y con menos gritos-, aquí que me tienen ustedes again.

A pesar de la gigantesca atención mediática dedicada por el mundo mundial a la emergencia somalí, aquí a lo que viene siendo el mainstream local, pues es una cosa que no le inquieta mucho. O por lo menos no la nombran demasiado. Como además en Addis Abeba llueve que es un gozo, la lógica conclusión es que si llueve en Addis, llueve en el mundo entero.

Lo que ahora copa la atención de las noticias es la revolución libia. Como siempre, a los etíopes lo que es la realidad del mundo se la suda bastante, pero cuando la cosa les afecta aunque sea de refilón, allí que vuelcan toda su atención y sentimientos.

Estos días, la gente no hace más que hablar de Shewaye . ¿Que quién es Shewaye? Pues Shewaye Mollah es una señora etíope que se fue a trabajar a Libia, a través de una de las numerosas agencias que contratan chicas etíopes para servir en casas en países árabes, y que acabó de sirvienta en casa de la mujer de uno de los hijos de Gadafi.

Resultó que en la nevera de esa casa faltaron galletas (¿quién coño mete galletas en la nevera? La señora del hijo de Gaddafi, por lo que se ve, que era modelo libanesa), y la señora acusó a Shewaye. Y no sólo la acusó, sino que para castigarla le echó encima una olla de agua hirviendo, desoyando vida a Shewaye. La chica se encuentra actualmente en un hospital de Trípoli, bastante desfigurada. Al parecer, David Cameron le ha ofrecido asilo en el Reino Unido. El gobierno etíope, por el momento no ha realizado ningún tentativo de repatriarla, con lo cual Shewaye sigue en Trípoli, concediendo entrevistas con bastante frecuencia.

La historia está en todos los medios de comunicación del país y ha servido, por lo menos, para que se empiece a reflexionar sobre las condiciones de vida de los miles de chicas etíopes que trabajan en países árabes como personal de servicio doméstico. Igual que en España en los noventa se “llevaban” las filipinas como señoras de la limpieza para familias bien, pues se ve que en el Oriente Medio (Líbano, Libia, Emiratos, Dubai…) se llevan las etíopes.

De nuestra Santa Infancia, ya hay dos que viven en Beirut. De la última que se fue todavía no sabemos nada, pero la chica que ya lleva unos años dice que la tratan medio bien. Hasta le dejan salir de la casa. Un señor libanés con el que me crucé en una fiesta, me dijo que la verdad es que la gente allí trata bastante mal a las etíopes, porque tienen fama de vagas y ladronas. Así me lo dijo el señor. Y que las encierran en las casas porque también tienen fama de levantar el vuelo cuando menos te lo esperas y dejarte con las chilabas sin planchar.

El hecho, por otro lado, es que a pesar de los racismos y prejuicios reinantes, la gran mayoría de etíopes (no todos, eso sí), darían medio brazo por vivir en un país extranjero. En el que fuera y haciendo lo que fuera. Para muestra, un botón de muestra: para la Jornada Mundial de la Juventud, la Diócesis de Addis Abeba mandó un grupo de 31 personas como representación. Su tour incluía una parada en Ginebra, una semana en Oviedo y la traca final en Madrid. Entre los participantes había abogados, trabajadores sociales y otros profesionales bien situados. La organización se quedó con los pasaportes en cuanto pisaron suelo europeo, precisamente para prevenir la tentación de quedarse rezando más de la cuenta en el Viejo Continente. A pesar de todas las precauciones, sólo volvieron quince. Entre las que volvió figura una amiga y compañera mía de trabajo, que quedó encantada con la acogida que le brindó la familia española con la que estuvo en Oviedo (¡gracias, Asturias!), y que me comentó que fueron perdiendo gente durante todo el trayecto. Gente que tenía un sueldo y un trabajo más que dignos, y que estarán ya malviviendo en España. Y espera, que todavía no ha empezado el invierno, porque se van a cagar.

Volviendo a Shewaye, por fin los etíopes han comprendido las bases de la revolución libia: si tratan así a la gente, como para no rebelarse. Y a lo mejor tienen razón.

P.D: De la emergencia somalí, todavía me estoy formando una opinión. Cuando haya empezado a entender algo, se lo comunicaré a todos ustedes.

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Jun 01

UNDER CONTROL

Me he quedado de encargada del garito. Brother House ha tenido que ausentarse repentinamente durante un par de semanas y, según la Santa Infancia, esta circunstancia me hace ascender automáticamente en nuestra sencilla escala de mando. Soy la boss.

Y lo llevo divinamente, oiga usted. De momento:
. T. ha decidido dejar sus benditas medicinas y se pasa todo el día enfadado con el mundo. Ayer intentó que aceptáramos “cuchillo”como “complemento de moda”. Dice que lo trajo para pelarse el mango. Así dicho queda un poquitín ordinario, pero es verdad que ahora les damos mangos casi todos los días para postre. De momento, apenas sale el sol, me tengo que levantar y darle en la boca sus drogas. Lo mismo antes de que el sol se ponga. Para que no se transforme en vampiro, supongo.

. Z . nos reveló finalmente que lo que la consumía hace algunas semanas no era una maldición, sino un embarazo. Y que lo de excavar las aguas benditas era mayormente una mentira como un piano. Cuando descubrió que estaba embarazada, contrariamente a lo que hizo M . decidió tirar por el camino más corto y acudió a Marie Stopes, que es una red de clínicas fundada por una señora cuando menos particular (esto lo digo basándome únicamente en la Wikipedia), en las que se dedican a “ayudar” a chicas “en problemas”. Afortunadamente para Z., hay una de estas clínicas cerquita de nuestro barrio (las hay que nacen con suerte), y, dado que ya es mayor de edad y el aborto se legalizó completamente hace unos meses en Etiopía, pues pudo deshacerse de su “problema” sin mayores consecuencias. No me lo dijo porque yo jamás la habría dejado abortar. Z. es bastante perspicaz, como se ve. Una pena que la perspicacia le venga cuando ya no le hace falta para nada, cuando todos los principios que hemos intentado inculcarle en los últimos diez años se han demostrado totalmente carentes de sentido.

. Llevo tres días seguidos enviando un niño diario a la clínica a que le cosan la cabeza. El pegote de esparadrapo forma ya parte del uniforme de la guarde. Se ve que con el inicio de las lluvias, a nuestra Santa Infancia le pesa más la cabeza y se me desequilibran constantemente.

. A G . lo han vuelto a expulsar del colegio. Sus padres han decidido secundar al colegio, y lo han echado también de casa. Duerme cada día con una familia diferente del barrio.

Como ven ustedes, todo bajo control. Una balsa de aceite. Nada me turba, nada me espanta.

P.D. Hoy me dijeron que tu niña J. nació demasiado chiquita para este mundo tan grande. Mientras esperamos a que crezca, os envío esta canción . Ánimo, campeonas. Os pienso.

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May 19

LA CHARLA

A. (quince años) va al catecismo a la iglesia ortodoxa. Está encantada, porque dice que al final del año, si aprueba el curso este del catecismo, la pasarán al coro de la iglesia, y le darán una túnica para que cante acompañando al Arca de la Alianza en la fiesta de Timket, que como ustedes pueden imaginar es lo más parecido a una ilusión de vida que tiene la Santa Infancia.

Un día vino a decirme que el grupo de catecismo estaba organizado una excursión a una iglesia en los alrededores de Addis:
_ Hay una lista en la que se pueden apuntar los niños huérfanos, y así la iglesia les paga la excursión –me explicó, mirándome de un modo un poco raro
_ Ah, qué apañados
_ Yo no me he apuntado – A. es huérfana desde hace mucho, mucho tiempo
_ ¿Y eso?
_ Porque esa lista es para niños que no tienen a nadie. Y yo te tengo a ti –concluyó, triunfal -,¿verdad?
_ Esto… ¿y cuánto dices que cuesta la excursión esta?

Como ya he explicado más de una vez (concretamente aquí y aquí ), a A. le encanta pregonar que yo soy su madre. Y es verdad que es un poco limitada (si se ríe mucho, hasta se le cae la baba), pero así y todo siempre he intentado que viera la realidad, que es que la quiero mucho, mucho, pero que no soy su madre. Y así, algunos días más tarde me decidí a mantener La Conversación:
_ A., tú sabes que yo no soy tu madre real, ¿verdad?
_ Sí, claro –me respondió -, pero yo te quiero como si lo fueras
_ Y sabes que un día me voy a ir…
_ Ya…– y allí le falló un poco la determinación – pero me da igual – se recuperó- yo te voy a querer igual si estás aquí que si no estás.

Igual sí que tiene razón, y Dios me ha dado una hija. Una hija tonta y que se le cae la baba. Porque alguien que te quiere tanto tiene por fuerza que ser familia, ¿no?

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