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Posts Tagged ‘Etiopia’

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Abr 19

LA SANTA JOBA

Atravesamos una época de grandes carencias. Concretamente, en estos momentos, carecemos de teléfono, agua y butano. A ratos también carecemos de luz. A ratos carecemos además de paciencia. Yo no puedo más.

Pensarán ustedes que hace falta tener cierta jeta para quejarse en el ambiente en el que yo vivo. Duermo con nórdico (edredón, no persona), lo que ya me sitúa alta altísima en la escala del bienestar social. Además, puedo coger el coche para poner la lavadora en casa de algún amigo de buena voluntad. Esta última posibilidad no la tienen el 99% de la gente que vive a mi alrededor.

No es que me queje, entendámonos. Bueno, sí me quejo. Pero es sólo que mi vida se ha vuelto bastante más difícil, y eso siempre jode. Me siento como un famoso de la Isla de los Famosos. Uno de esos famosos sin demasiada maña para la supervivencia, que se pasan el reality intentado pescar peces con clips atados a cuerdas, y que lo intentan cada día, y que nunca pescan nada, y que cada vez están más delgaínos. Esa soy yo.

La señora que nos cuida, a la que llamaremos señora G., lo lleva bastante bien. Hace un par de días tuve que pararla porque se había puesto a lavarme la ropa a mano, acarreando el agua de un grifo cercano. Tengo tanta ropa que podría estar dos meses sin lavar, y seguiría teniendo bragas limpias. No hace falta que se deje los riñones.

La mayoría de los etíopes que conozco no tienen agua corriente en casa. Eso hace que maximicen al infinito el uso de agua y, sobre todo, que no se les caiga una gota en el trasvase entre cubo y cubo. Yo no hago más que regar la casa de salpicones. Luego piso encima de los salpicones y, si normalmente limpiamos el suelo un par de veces por semana, ahora tengo que limpiar el suelo de la cocina cada día mientras pienso que si algo bueno tiene el suelo de barro de las cabañas es que absorbe el agua. Y que es sufrido. Seguro que los salpicones no se ven. En mi suelo de baldosa blanca, mira por dónde, se ven.

Con el tiempo y la práctica, la cosa mejora. En vez de usar un cubo para ducharte, acabas usando mitad. El pelo te queda menos bonito, pero con lo que te sobra de la ducha te da para echarlo en el váter y así te ahorras un viaje al grifo del jardín que sí tiene agua. Adquieres una habilidad inaudita en el arte de lavarte la cara con una sola mano, porque en la otra tienes la latilla que usas para echarte el agua.

El butano lo llevo peor, y tiene menos pinta de arreglarse. Sencillamente los distribuidores de butano ya no distribuyen butano. Me encantaría saber a qué han decidido dedicar sus esfuerzos, pero nadie ha sabido darme una respuesta. De momento, cocino con electricidad, pero le cuesta una vida. El café comienza a salir cuando oigo sonar la campana que me anuncia que tendría que estar ya trabajando.

Lo del teléfono se lo cuento mañana. Me voy a llenar el cubo.

 

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Abr 18

TIPOLOGÍA DEL VOLUNTARIADO

Ya Juan Pablo II tuvo la intuición de afirmar que el voluntariado es uno de los signos de nuestro tiempo. En los últimos años, ha proliferado exponencialmente el voluntariado internacional, tanto de corta como de larga duración. Como se puede imaginar, en mis siete años como gallina clueca del voluntariado en el corral de mi Santa Infancia, he visto pasar decenas de personas durante una semana, un mes, un año o un lustro. Así, intentando no ofender a nadie (no prometo nada), me decido a hacer un breve recorrido por los diversos tipos de voluntarios que nos llegan:

. La hippie (no confundir con hipster, que es otra cosa). Es la clásica rasta con bombachos y talento percusionista. Los veranos normalmente se iba de camping, y este año le ha dado por venir al África. Hablo en femenino porque suelen ser chicas, pero también hay chicos. Piercings a gogó y tatuajes que exhibe a la menor oportunidad. Por cierto, reina, si llevas un Buda tatuado y se lo explicas a la Santa Infancia (it’s Budah), su expresión no es de fascinación, sino de miedo. “Buda” quiere decir “mal de ojo” en amárico. Otra cosa: los piercings, con el polvo, la humedad y los piojos que te salen de las rastas, suelen infectarse. Tráete antibiótico. Tendencia al veganismo, ergo, si se queda más de un mes, tendencia a la anemia. Comprobado.

 

. La Kumbayá. Puede venir también con bombachos. Es un poco como la hippie, versión religiosa. Concibe el voluntariado como una experiencia religiosa (pero no de las de Enrique Iglesias). Viene equipada con guitarra y Biblia. Suelen adoptar posturas algo intransigentes, del tipo “no voy de restaurantes porque los pobres no pueden ir de restaurantes”. A pesar de que los pobres tampoco tienen ni lavadora ni agua caliente, no suelen poner reparos a ninguna de estas dos cosas. Si finalmente consigues romper sus reticencias anti-materialismo y se beben dos cubatas, no habrá Cristo que las haga volver a casa. Suelen cantar en momentos aleatorios, sin motivo aparente. Esta categoría, decididamente, está mucho más presente en el sector femenino.

 

. El manitas. Esa persona que sabe arreglar de todo… en su casa. Aquí le faltan doscientas piezas por segundo, y nada de lo que venden en las tiendas de electricidad /bricolaje/fontanería le sirve. Son eficaces hasta un cierto punto, sobre todo teniendo en cuenta que no suelen hablar ni siquiera inglés. Eso sí, suelen ser bastante mejores que tus trabajadores normales de mantenimiento, por lo tanto, bienvenidos sean.

 

. El falso cooperante. Es esa persona que se ha hecho un curso on-line de doce horas sobre Cooperación al Desarrollo, ergo, lo sabe todo, todo. Sin embargo, no sabe la diferencia existente entre cooperante y voluntario. Más allá del sueldillo (los voluntarios no tenemos), el cooperante trabaja para ONGs y agencias oficiales de Cooperación, normalmente en coordinación de proyectos. Esto es, en oficina con esporádicos viajes al terreno. El voluntario también puede trabajar para una ONG, pero suele estar implicado directamente en el proyecto y tener poco que ver con su administración y coordinación, sobre todo si viene para una semana en verano. Tiene más contacto con la gente y hace cosas como limpiar culos, que son cosas que un cooperante jamás tiene que hacer. Así, te llega el enteradillo de verano, que te hace preguntas como “¿la comunidad ha colaborado en la redacción del proyecto?”, que te dan ganas de contestarle “la evaluación la pasamos cada año, gracias. Y nos la hacen profesionales”. Después de dos días en tu proyecto, ya saben todo lo que no funciona y, sobre todo, ya saben cómo tendrías que trabajar para que todo funcionara. Una bendición de Dios.

 

. El viajero. Es esa persona que viene “a descubrir África”. La Santa Infancia le interesa sólo como elemento atropológico. Se pasará el verano dando el coñazo a las familias, de ceremonia del café en ceremonia del café, haciendo fotos con su cámara de paparazzi. La mitad de su período de voluntariado lo pasará viajando. Como suele ser bastante alternativo (si no lo fuera, se habría venido en un tour organizado, como hace la gente normal) y odia la Lonely Planet, no tiene ni idea de cómo viajar en Etiopía, por lo que tendrás que organizarle el viaje y reservarle todo en los sitios que habrás sacado de la Lonely Planet que tú sí tienes. A pesar de sus ganas de conocer África, suele ser bastante hipocondríaco: todas las diarreas le parecerán amebas y todos los catarros, pulmonías. Reza para que no se pinche con nada, porque, aunque es súper aventurero, es incapaz de ir sólo al médico.

 

. Los adolescentes. Como se imagina, en esta categoría pueden incluírse elementos ya mencionados: pueden ser rastas o aventureros o Kumbayá o fans de Física y Química. Es gente que a última hora cambió sus planes de Interrail para venir de voluntario a tu proyecto. No suele tener ningún tipo de motivación, y no suelen entender que lo que para ellos es un campamento de verano, para ti es tu vida. Vienen dispuestos a renunciar a todo durante un mes. Menos al Internet. Renuncian a limpiar, a ducharse, a cocinar, a lavar los platos (bueno, no es que renuncien, es que nunca lo han hecho), pero como no les proporciones Internet y móvil en menos de 24 horas, pueden llegar a convulsionar.

 

. Los niños de pecho. Son adultos, pero requieren la misma atención que un bebé de seis meses. Se debaten entre lo que querrían hacer y entre lo que se sienten capaces de hacer, que es más bien poco. Por lo tanto, pasan a depender de ti. No mueven un pie sin preguntarte si está culturalmente aceptado mover los pies. Jamás salen por su cuenta por la noche, ni se van de turisteo solos. No se dan cuenta de que cuando ellos oyen “¡Yupi!, nos vamos a cenar fuera”, tú oyes “mierda, adiós a la cera, otra vez cuchilla”. No parecen percibir que, cuando tú tienes vacaciones, te apetece irte a España, no a Lalibela como guía de un grupo de voluntarios de verano. No entienden que tu tiempo libre es TU tiempo libre, y que no tienes por qué pasarlo con ellos. El hecho de que viváis y trabajéis juntos un mes no los convierte en tus muy mejores amigos, y puede ser que, a pesar de todas sus virtudes, tú todavía necesites tiempo sin su presencia para tomar aire.  No quiere decir que te caigan mal, simplemente que tú, antes de ellos, ya tenías una vida (seguramente comparable a la vida que tienen ellos en sus lugares de origen), y que a lo mejor no quieres paralizar esa vida para estar con ellos cada minuto del día. Si expresas este deseo en voz alta, se ofenderán y hablarán pestes de ti cuando vuelvan a sus lugares de origen.

 

. La madre: esa señora o matrimonio que, ahora que sus hijos ya no los necesitan, se vienen al África a criar los hijos de otros. Se concentrarán en pequeñas cosas como limpiar mocos a los niños o cambiarles de ropa cuando se meen. Suelen ser apañados y dar poca guerra. Puntito Kumbayá, pero sin exagerar. La única pega es que se angustian enseguida cuando la Santa Infancia tiene problemas o se hacen heridas, aplicando el nivel de bienestar que han conseguido proporcionar a sus hijos como el obligatorio inamovible para toda la Humanidad, cuando a veces no es posible.

 

. Los voluntarios: Esto engloba todas las categoría anteriores, y alguna más. Son gente que viene con la firme intención de ayudar a los que menos tienen. Están algo cargados de tópicos y expectativas, pero la mayoría consiguen reemplazarlos por percepciones reales. Si son voluntarios de tiempo breve, seguramente la experiencia les será más útil a ellos que al proyecto pero, en cualquier caso, su presencia tiene sentido: vienen con una energía que los que vivimos aquí sólo tenemos en los días de sol, no les importan las lluvias y consiguen que vuelvas a maravillarte ante cosas que se te habían olvidado, que te acuerdes de aquellas pequeñas cosas que te emocionaron tus primeros meses aquí. Para la Santa Infancia son una novedad siempre bienvenida y una vía de contacto con el mundo exterior. De hecho, como a los que se quedan poco no les da tiempo de vivir situaciones feas ni de echar broncas, los recuerdan con gran afecto. Vivir con ellos es siempre una aventura, aunque a veces ellos no se den cuenta de que la aventura en sí misma puede ser algo tan simple como dar un abrazo, jugar a la comba, arbitrar un partido o pintar una pared.

 

Y la mayoría, eso sí, suelen acabar venerándote. Y siempre se agradece.

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Mar 21

AYUNO Y ABSTINENCIA

Al margen de los avatares de la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa Etíope procede con sus rituales anuales. Hace ya dos semanas que empezamos el período de ayuno que precede a la Pascua, y que nosotros conocemos como Cuaresma. Ellos lo llaman Ayuno, para tener que dar menos explicaciones. Tiene sentido.

El ayuno ortodoxo se mantiene durante sesenta días, en los que no se puede comer nada derivado de los animales (carne, pescado, leche, huevos), y en los que no se puede comer absolutamente nada hasta las tres de la tarde. Yo siempre había creído que Jesús murió a las seis, pero ahora he descubierto que no, que es a las tres. Yo creo que tendría más sentido empezar el ayuno a las tres, pero la Iglesia ortodoxa no comparte esta idea mía.

Mi Santa Infancia, que no conoce límites, se entrega al ayuno con devoción ejemplar. Hay que limpiarse. Yo hace años que lucho contra la limpieza, y les propongo variantes del ayuno (ayuno de insultos, ayuno de peleas en el patio, ayuno de helados guarros de hielo…) con resultados nulos por el momento. No pierdo la esperanza.

Me cuesta aceptar que toda la actividad se paralice a las tres de la tarde (las trabajadoras también ayunan). Me cuesta aceptar que tengamos que dar comidas durante cuatro horas (los de la guarde siguen comiendo a las doce). Me cuesta aceptar que decidan poner en riesgo su salud (mi Santa Infancia normalmente come carne dos veces a la semana, un promedio claramente insuficiente para niños en crecimiento).

Un día le pedí a A. que le preguntara al cura que les da el catecismo en la iglesia ortodoxa que por qué se entiende que la voluntad de Dios es que la gente pase más hambre de la que ya pasan normalmente. Al día siguiente, vino triunfal con la respuesta: “Dios nunca nos pide más de lo que sabe que podemos hacer”. Chúpate ésa.

Hoy ceno huevo frito. Como media Etiopía ayuna, la otra media nos hartamos de comer huevos, aprovechando que bajan los precios.

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Mar 19

AL VOLANTE, PELIGRO CONSTANTE

Siendo de ciudad de provincias, en España nunca he conducido. Me saqué el carnet hace años y lo he usado poco poquísimo. No tengo coche en España y, obviamente, no lo necesito. A la gente le gusta cargar conmigo en mis vacaciones.

Así, mi iniciación al mundo del automovilismo se produjo en Addis Abeba. En vez de empezar a conducir un Seat Panda o un Ibiza, como hizo toda mi generación, yo hice mis primeros pinitos con un Land Cruiser de ocho plazas que trepaba como las lagartijas por los socavones de Addis Abeba. La prosperidad americana se me acabó, y actualmente conduzco otro Land Cruiser, también de ocho plazas, pero bastante, bastante más ajado. Es una maravilla, porque cada día me sorprende con un ruido distinto. Como no tengo ni idea de mecánica, me santiguo cada mañana y me lanzo a la ciudad, haciendo caso omiso del despliegue musical de mi vehículo. Cuando se enfada, lo llevo al mecánico, y a correr.

El tráfico en Addis, como se puede imaginar, roza el delirio. El gobierno de Hailemariam se ha decidido a implementar hasta la última idea que se le pasó por la cabeza al difunto Meles, y así han vuelto levantar todas las calles recién asfaltadas para hacer…¡un tranvía! Addis nunca deja de sorprenderte.

Con varias de las principales arterias de la capital parcial o totalmente cerradas, los atascos en hora punta se multiplican. Como el parque vehicular de Addis presenta un nivel de mantenimiento paupérrimo, los coches se recalientan enseguida y, al caos del atasco, tienes normalmente que añadirle el caos que provoca cuando uno de los coches se queda parado bloqueando un carril. Si tienes suerte, el motor se funde en plena rotonda, y ahí que se queda por los siglos de los siglos (amen).

El principal problema que presenta la circulación de Addis es conceptual: concretamente, el concepto de “preferencia” se ha sustituído por el concepto de “meter el morro”. En los cruces, pasa primero quien le hecha más morro o quien aprecia menos la carrocería de su coche.

Esta ausencia de criterio da como resultado un necesario incremento de la comunicación entre conductores: te pasas la vida pitando. Cuando ves que alguien va a incorporarse, le pitas para avisarle de que no vas a parar. Cuando ves a alguien caminando por la carretera, le pitas para avisarle de que no se arrime demasiado. Esto, si lo haces en España, es de mala educación. No sólo no te paras en los pasos de cebra, sino que además le pitas a la gente que está esperando.

Otra cosa muy guay que hacen con el claxon es pitar al imposible. Ejemplo: tú estás parada en un cruce porque el guardia de tráfico que está justo delante de tu coche te ha pedido que esperes. ¿Qué hace el coche de detrás? Te pita. Para que pases. Para que atropelles al guardia, dejes sus restos desmenuzados en el siguiente socavón, y acabes en la cárcel de Kaliti. Lo mismo sucede cuando, esporádicamente, te atreves a parar en un paso de cebra y dejar que la gente pase. El de atrás te pita. Si cada vez que te pitan, arrancaras, el aumento desmedido de población en Addis se resolvería en un plis plás.

En contra de lo que pudiera parecer, el caos reinante no quiere decir que no haya reglas. Sí las hay, También hay multas. Los únicos que conocen las reglas son los guardias de tráfico. Como ellos son los que te ponen la multa, la cosa tiene sentido. Cuando te ponen una multa, no sólo te ponen la multa, sino que te quitan el carnet de conducir. Luego, tienes que ir a tráfico a pagar y después a la comisaria del señor policía a recuperar tu carnet. No es un proceso difícil, pero jode perder la mañana.

Los etíopes están convencidos de que la razón del caos es la cantidad de vehículos que hay en la ciudad. No es cierto. Considerando el número de habitantes, no hay tantos coches. Yo (experta en ser experta) apunto como razones del caos:

. las mencionadas obras

. los taxis (furgonetillas) que se paran y cambian de carril cuando les sale de los webs

. la extendida idea de que uno es siempre más listo que los demás, y los demás están esperando porque son tontos y no se les ha ocurrido invadir el carril contrario

. la extendida idea de que todos somos Iron Man. La gente camina despreocupadamente por mitad de la calzada. Todo el mundo sabe que cuando el binomio peatón-coche colisiona, siempre ganan los buenos, que sería el peatón.

. los agujerillos de la calzada, que no todos los coches pueden superar. Si tienes un utilitario normal, te pasas la vida circulando a diez por hora en el terror de morir sepultado en uno de los socavones.

. las carreras a veinte por hora. A la gente le encanta adelantar. Aunque conduzcas un camión de hace veinte años, con tráiler suplementario, cargado de piedras, y no puedas pasar de treinta kilómetros por hora, si encuentras a otro que va a veintiocho kilómetros por hora, tú lo adelantas. Por las leyes de la física, eventualmente llegará un momento en el que conseguirás completar tu adelantamiento, después de tres minutos de bloquear los dos carriles disponibles en la carretera, para gozo y regocijo de los demás conductores. Eso si, con el esfuerzo, no se te recalienta el camión y te quedas a mitad.

Sinceramente, por muy cateta que yo sea, no creo que el problema resida en que “la ciudad no es para mí”. Es que creo que no es para nadie.

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Mar 12

FEKER NA KETEMA

En los últimos tiempos, por razones que no vienen al caso y que contaré otro día, paso mis días libres de oficina en oficina gubernamental en Addis. Tengo una amiga que también comparte estas razones que no vienen al caso, y así hemos bautizado nuestros lunes “Feker na Ketema”. Para los no avanzados en amárico, sería la traducción de Sex and the City. Nos partimos de la risa solas.

Dedicamos nuestros lunes a buscar oficinas gubernativas. Así, nos hemos dado cuenta de que la burocracia etíope es culo inquieto, y cambian sus dependencias aproximadamente una vez cada dos meses. Considerando que la ciudad ha superado ampliamente al Madrid de Gallardón en lo que a obras se refiere, las tournés son siempre divertidas.

Con las semanas, cada vez nos hemos ido emocionando más. Si Carrie compra en Hermés, nosotras nos plantamos en Merkato. Ella va con los míticos Manolo’s, y yo, para emularla, me he comprado unas sandalias de cuerdas por 20 birr. Es como ir descalza. Literal. Notas todas las piedras en la planta del pie. Así, nos ponemos nuestro mejor plástico encima y nos lanzamos a la ciudad. La semana pasada, mi colega se emocionó tanto que vino hasta maquillada.

El caso es que a mí me encantaría adaptar series petardas a la cultura local. Me quedarían fantásticas. Soy capaz de verlo: una Carrie Bradshaw en Koshe, con sus bolsitas de plástico llenas de mierdas rescatadas entre la basura; una Blair Waldorf malcriada entre vacas en Wello; un Glee en una escuela de barro en Gondar. Molaría mil. Mañana llamo a la Ethiopian Television. Me veo como la próxima Lena Dunham. De verdad.

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Mar 10

LA PELU

Pues sí, fui a la pelu. El sitio me lo reservo, para que no se diga que hago publicidad a nadie (sin recibir el correspondiente honorario, claro). Era un sitio super fashion, super frenji, donde incluso tenían revistuchas de cotilleo americanas. El café también era americano. Total que lavar y cortar, con la tontería de la decoración cuqui y la peluquera recién llegada de su diáspora canadiense, me costó 200 birr (unos 8 euros al cambio). Como todas las compras culpables, pasarlo a euros ayuda mucho a dormir mejor.

Respecto al estilismo en sí, yo iba con Alice (la hermana de Edward) en la cabeza, y al final ha resultado ser una versión algo (sólo algo) más moderna del mítico hongo nuclear que en tiempos me cascaba la peluquera armenia.

Al día siguiente, la Santa Infancia acogió mi nuevo corte de pelo con gran algarabía, dentro del duelo que mantienen cada vez que me corto el pelo. Me preguntaron que dónde me lo había cortado:

_ En una peluquería – dije yo, sin especificar que las peluqueras vestían unos uniformes monísimos, y que había incluso agua caliente en el local.

_ Y cuánto te ha costado – y allí me decidí a mentir. Es duro decirle a un niño que te has gastado el equivalente a la mitad del alquiler mensual de su casa en cortarte el pelo. Así, fui a lo seguro:

_ Treinta birr

_ Desde luego, te lo hemos dicho mil veces, que tienes que ir con nosotros a los sitios. Te estafan siempre.

Se ve que realmente cuesta 25 birr. Pero seguro que en esos sitios donde ellos me llevarían no tienen revistas guays.

 

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Nov 21

DOCTOR, DOCTOR

El pueblo etíope tiene una relación cuando menos curiosa con sus propios cuerpos. Si alguno de nuestros lectores ha tenido la oportunidad de trabajar en el ámbito sanitario etíope, seguro que recuerdan con cariño algunas de estas expresiones:

. “Me he roto un brazo”. Cuando se caen, siempre se rompen cosas. No dicen “me he dado un golpe en el brazo”, sino “me he roto el brazo”. Esto, los primeros días, te asusta un mucho, hasta que aprendes a hacer las preguntas adecuadas: “¿te has roto el hueso?”, y entonces ya te dicen que no, que el hueso lo tienen bien. Y les das su pomadita para golpes y a correr.

. “Se me ha caído el corazón”. Esta es súper común. Se llevan un jaleo con el corazón que no hay quién lo entienda: que si se les cae, que si se les cansa, que si les tiembla…. Factores a tener en cuenta:

  1. Consideran corazón a todo lo que es el pecho
  2. En la mayoría de los casos es gastristis (acidez). Es lo que tiene desayunar berberé, que a los cinco años ya sabes lo que es el Pepto Bismol.
  3. Cuando no es acidez, quiere decir que sienten que el corazón les late más fuerte de lo normal lo que, sobre todo en niños, puede ser síntoma de fiebre.

. “La garganta no me deja comer injeera”. Y entonces tú les preguntas: “¿te duele?”, y ellos te repiten “no me deja comer injeera”. Tú, que eres avispada, ya has entendido que es un modo de decir “me duele la garganta”. Sólo que vinculado a la máxima utilidad de la garganta, que es la deglución de injeera.

. Bichos mil: La palabra “awre” quiere decir bicho o animal salvaje. Esto aplica lo mismo para un ogro que para una araña. Cuando oyen ruidos que no saben de dónde vienen, pues los hace un awre. Ejemplo: “se me ha metido un awre en el oído”. Y tú te quedas muerta, pensando “pues a ver cómo lo sacamos…”. Pero no. Es que oyen ruidos. Lo más divertido es pedirles que te reproduzcan los ruidos que hace el animal. Reproducirán como un vientecillo silbante la mar de gracioso. Traducción: tímpano agujereado. Si el awre habla cosas concretas, preocúpate porque NO es el tímpano.

A veces el awre puede entrarles en el cuerpo e instalarse cómodamente a vivir en el corazón. Suele provocarles ardor de estómago.

. “Me duele el riñón”. Esto es una declaración que, al menos yo, había oído normalmente a personas mayores. Aquí te lo dicen hasta los niños de cuatro años. Te llega un mico de Primero de Guardería y te salta “me duele el riñón”. Cágate. El riñón. Tienen una conciencia de sus órganos internos que no es normal. Lo del riñón puede ser de todo, desde flato hasta gases, pasando por dolor de espalda. Normalmente, no es el riñón. Y cuando sí es el riñón, tú eres la que se da cuenta de que olvidaron mencionarte que mean marrón intenso y que tienen los tobillos inflados como botijos. Entonces no se les ocurre que pueda ser el riñón.

. Vida interior. Etiopía es el paraíso de los parásitos intestinales. Servidora, cuando recibe la visita de estos inquilinos, se ve obligada a cambiar radicalmente sus prioridades, convirtiéndose el “no cagarse encima” en el objetivo general de la jornada. Los etíopes, que tienen más callo, pueden hacer vida normal en compañía de amebas, giardias y solitarias.

Lo más llamativo es la multitud de teorías sobre el origen de las lombrices. Según mi Santa Infancia, las lombrices te las pillas:

. por comer plátanos (por los hilos, que tienen la misma forma)

. por comer wot hecho de patatas y zanahorias (no sé por qué, porque está cocinado)

. por tomar demasiada azúcar (yo esto también lo he oído de pequeña. Desconozco si el azúcar reactiva los parásitos o no)

Lo más curioso es que ninguno relaciona las lombrices con su verdadera causa, que sería el comerse la mierda propia y/o ajena. Cuando se lo explico, normalmente me responden sucintamente: “No. Estás equivocada”.

Esto me pasa mucho. Los awres sólo les entran a los abeshá, por eso los frenjis no sabemos lo que son. Yo soy una persona despiadada, por lo tanto no tengo corazón que recoger cuando se me cae. Así es la vida.

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Oct 14

ABRIENDO EL GARITO

Como algunos ya saben, hace semanas que he vuelto a Addis. El caso es que mi trabajo es como cualquier otro trabajo del mundo: para pillarte el mes de vacaciones, tienes que trabajar el doble un mes antes y un mes después.

Addis se ha transformado en una ciudad de m.i.e.r.d.a.. Las obras en la Bole han dejado la totalidad de la calle destrozada, con ríos de agua que siguen fluyendo tres semanas después de acabadas las lluvias. O han tocado tubería, o quieren hacer piscina. Por si esto fuera poco, últimamente cada vez que quiero ir a algún sitio, se ve que telepáticamente estoy conectada con varios jefazos que deciden ir al mismo sitio, y las fuerzas de seguridad me cortan la calle durante media hora para que los jefazos pasen, aunque estoy convencida que la idea de ir a ese sitio se me ocurrió a mí primero. Me siento como Harry Potter con Voldemort, sólo que creo que estoy conectada con nuestro nuevo Primer Ministro, Haile Mariam Desalegn.

Como no todo el mundo es Bole, los destrozos provocados por las lluvias y el asfalto de pésima calidad también se pueden sufrir en muchos otros puntos de la ciudad entre los que, cómo no, figura el barrio donde yo vivo. El intento de regular el modo de conducir de los taxis estableciendo rutas obligatorias y eliminando paradas imprevistas no dio los resultados esperados y cada quién sigue conduciendo como mayormente le sale del higo, animados por la creencia inquebrantable de que uno es siempre el más listo de la redolada, el que puede circular por ese carril en dirección contraria, el que puede meter el morro un poco más adentro.

Mi reciente cumpleaños y mi vuelta a mi Santa Infancia me han reportado todo tipo de regalos que añadir a mi colección de horrores y cosicas. A destacar una moneda de Dubai, un manojo de menta fresca, un set completo de vestido Afar que me asegurará popularidad máxima en la celebración del próximo Día Cultural, y, -tachán, tachán-, esta hermosa iglesia ortodoxa hecha de palitos. Una pena que Playmobil no haya tenido la misma idea y no fabrique muñecos vestidos de curas ortodoxos. Sería lo más. Con sus paraguas, su Tabot y sus bastones sobaqueros.

 Como novedad, las maestras de la guarde se han empeñado en pronunciar también ellas un discurso de buenos días que anime a nuestros pequeños a llegar puntuales para beber la sabiduría que emana de nuestros labios. Además de la pequeña charla de buenos días, rezamos cosas ortodoxas y cantamos el himno nacional. Como nuestros pequeños no lo tienen muy pillado, se inventan una versión extremadamente reducida del mismo. Aunque no nos habíamos dado cuenta, hay un punto de la canción donde puedes coger un atajo sin que se note y saltarte la mitad. Como somos nuevos en la parafernalia patriótica, nuestros niños están un poco confusos y en vez de levantar el puño al final, levantan el pulgar y les queda bastante cool. Sólo tenemos que acabar de explicar la diferencia entre rezar y cantar el himno, porque hay varios que mantienen las manos cruzadas bajo la barbilla cuando cantan el himno, y dan como cosica. Nuestra bandera está sujeta a un palo en vez de a un mastil, por lo que permanece siempre alzada como en los barcos piratas. Al abordaje que vamos.

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Jul 06

WHAT A WONDERFUL WORLD

Tras mi último post, alguien podría pensar que soy una resentía y una negativa y una amargada. Seguramente tenga razón. También les aseguro que la gente que me rodea en mi realidad cotidiana piensa que soy irracionalmente optimista.

Si lo último fue un elenco de “aquellas pequeñas cosas que (…) hacen que lloremos cuando nadie nos ve”, hoy les ofrezco la lista de lo que más me fascina de esta cultura que me acoje en la actualidad.

Las manos.
A lo mejor no es un elemento enteramente cultural o definitorio, pero me pasaría horas mirando el modo en que los etíopes gesticulan o trabajan manualmente. A veces me quedo ensimismada mirando las manos de la gente que lava la ropa, o de las madres de mi Santa Infancia cuando intentan explicarme algo. No sé por qué. Creo que toda la dignidad que tienen puede concentrarse en esos pequeños gestos.

Risas mil.
Son divertidos. A lo mejor no de la misma manera que nosotros europeos, pero pueden ser muy divertidos. La gente de un cierto nivel cultural entiende el sarcasmo y la ironía. Aquellos que no llegan hasta ese nivel, en cualquier caso, son divertidos en su sencillez y en su dramatismo. Ejemplo: recientemente, en comemoración de Ginbot 20 (aniversario de la caída de Mengistu Hailemariam), el gobierno organizó una gran fiesta en Meskel Square. La Santa Infancia me anunció que en la escuela pública les habían ofrecido la posibilidad de ir a ver a Meles en directo:
_ ¿Y qué vais a hacer cuando tengáis a Meles delante? –, les pregunté
_ Le vamos a dar en mano el dinero para la presa del río Abay –que es una cosa que, si has asistido a todas las campañas de recolección del dinero, te parece muy graciosa si te pones a imaginar a todos los escolares de Addis Abeba en fila para darle sus diez birr a Meles para la presa del Abay.
Además, tienen la capacidad de reírse de ellos mismos, y eso siempre es un plus muy, muy importante.

Sensibilidad de bolero.
Les van las emociones fáciles y sencillas, por lo que es muy fácil comunicar conceptos fundamentales. Es fácil emocionarles o hacerles reír. También es fácil acojonarles o hacer que te tomen en serio. Es fácil provocar su complicidad o darles pena. Es un poco como vivir en una telenovela latinoamericana, pero no está mal. Si te dedicas a trabajar con la gente, prácticamente siempre sabes qué están sintiendo (que, ojo, no es lo mismo que saber qué están pensando). Y, como es fácil provocar emociones, es también fácil manipularlos usarlas en tu propio provecho. Todo el mundo sabe que el chantaje emocional es la base de la educación. Tienes que tener cuidado, porque si se emocionan demasiado, al final resulta que en vez de respetarte, viven acojonados, o que en vez de solidarizarse con una desgracia ajena, se deprimen, o que en vez de cogerte cariño, te adoren incondicionalmente. Y esto último, si no eres Alanis, no eres digna.

La desgracia abierta.
En nuestra sociedad (esa que celebra la Eurocopa), la mala suerte, la desgracia, la tristeza están mal vistas. Son incómodas. Cuando tú le preguntas a alguien ¿cómo estás?, la mayor parte del tiempo esperas que te contesten “bien, gracias”. Y ya. Quien más quien menos intenta camuflar sus penurias y aparentar una tranquila felicidad.
En lo relativo a los saludos, también los etíopes intercambian información estereotipada e inservible. Pero cuando la desgracia llama a tu puerta (o se planta directamente en tu salón) no tienes por qué avergonzarte. Nadie espera de tí un gran autocontrol. Cuando alguien cercano a ti muere, tienes todo el derecho a gritar y a mesarte los cabellos. Como ya expliqué, es algo cultural. Pero lo cierto es que cuando experimentas una pérdida brutal en tu vida, realmente querrías hacer eso: gritar hasta que estuvieras tan cansada que ya no sintieras nada. En Etiopía, puedes hacerlo.
Del mismo modo, compartes tus variadas tribulaciones. Si tu marido es un borracho, lo comentas abiertamente. Si tu hija hace dos meses que trabaja en un bunna-bet, todas tus vecinas lo saben. A lo mejor nadie te ofrecerá soluciones, pero, al menos, no tienes que esconderte. Y nadie te juzgará por eso.

Valorar el esfuerzo ajeno.

A poco que seas una curranta medianamente afanada, la gente lo valorará un montón. No digo que no sea por contraste con la paupérrima eficacia reinante en el ámbito laboral por aquí, pero el hecho es que puedes ser la peor persona del mundo que, si eres trabajadora, se te perdonará todo. Como está escrito en el best seller “vuestras obras os salvarán”.

Help! I need somebody.
Si vas cargada por la calle, recibirás una media de tres ofertas por minuto para ayudarte a llevar tu carga. Esto no sé muy bien por qué es, pero si te ven haciendo algo que requiere un esfuerzo físico, siempre se ofrecerán a ayudarte. Del mismo modo, si pides ayuda a desconocidos –por ejemplo, preguntar una dirección-, harán todo lo posible por ayudarte. Aviso para turistas: a veces esta ayuda se paga. Pero, si no eres turista, normalmente lo hacen desinteresadamente.

Hay muchísimas cosas más, como los mercados, el plástico, la capacidad de cargar camiones con cargas que superan varios metros el perímetro del camión o –siguiendo con el transporte-, los chicos que gritan la ruta en las furgonetillas de transporte urbano. Todo fascinating, tú.

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Jul 03

DE LOS NERVIOS

Dicen que cuando uno se va a vivir a otro país, especialmente si la cultura en el mismo es radicalmente distinta de la cultura de origen, se atraviesa por varias etapas. En un primer momento, uno se hace super fan de la nueva cultura. Le fascina la ropa, los ritos, la gente le parece encantadora… Al cabo de algunas semanas, se pasa al extremo contrario: se tiende a despreciar todo y a comparar despectivamente con nuestra cultura original, tipo “todo apesta y mientras no se den cuenta de que apesta no irán a ningún lado”. Al final, uno se instala como buenamente puede en un precario equilibrio que combina los días de desaliento total con otros donde la nueva cultura nos sigue fascinando en su complejidad (¡toma tópico!)

Si el cambio cultural se vive en un país del llamado Tercer Mundo (sí, ya sé que la denominación está algo pasada de moda), el riesgo de caer en tópicos negativos –“cómo no van a ser pobres, si aquí no hay nadie que empieza a trabajar a la hora fijada”, “tienen unos huevos como bolas de barandado”…- asociados a la pobreza del país es todavía mayor. Y, no nos equivoquemos, el racismo es una amenaza latente en todo este proceso. Yo reconozco que desde que vivo aquí, caigo en pensamientos de vergonzosa superioridad moral y de cierto racismo. Creo que sé más cosas que ellos y que tengo razón más veces que ellos, entendiendo como “ellos” todo el pueblo etíope. Tiendo a comparar la situación actual de este país con la España de mis abuelos, y, en el fondo, creo que deberían seguir un camino de desarrollo cultural y económico similar al de muchos países europes. Como se ve, no me dieron mi puesto de trabajo debido a mis profundos análisis en materia de desarrollo global. Tiendo también a culpar a la gente de su propia desgracia, y en muchas ocasiones me siento tentada a acabar las discusiones diciendo “la pobreza principal es la pobreza mental”. Gracias a Dios, las buenas maneras me lo impiden. La mayor parte del tiempo. Una vez lo solté en una oficina de la Agencia Nacional de Inteligencia. Pero es que no sabían donde estaban los Países Bajos. En una Agencia Nacional de Inteligencia.

En este punto, ustedes se preguntarán qué puñetas hago aquí, si a mí la idea de África como destino de comunión cultural me parece material de folletos estampados en marrón y naranja, con fondos en arena o madera. Yo hay días que también me lo pregunto, y la mayor parte del tiempo la Santa Infancia dice alguna chorrada que me hace reír y que me salva de salir corriendo hacia el aeropuerto. Otros días intento individualizar lo que verdaderamente me pone de los nervios y situarlo en su justa dimensión. Conocer a tu enemigo es la mejor manera de vencerlo. Y así, les comunico que toda esta digresión iba únicamente encaminada a introducir un elenco de cosas propias de la cultura etíope (según mi percepción) y que me dificultan la vida extremadamente. Sé que es un elenco hecho de tópicos y la realidad presenta –por suerte- muchas excepciones a la regla.

La negación de la evidencia:
Los etíopes no son muy de reconocer errores o culpas. Para acusarlos de algo necesitas cienes de evidencias, testigos y, sobre todo, pillarlos in fraganti. Y, a pesar de eso, negarán como bellacos. Ejemplo: pillas aun niño saliendo de clase con un puñado de bolígrafos en la mano. Sabe que no tiene permiso para sacar ningún tipo de material escolar, ergo está robando conscientemente.
_ ¿De dónde has cogido los bolis?
_ ¿Qué bolis? Yo no he hecho nada, yo no he cogido nada.

Y los bolis los tiene en la mano, en esa mano que ambos dos estáis viendo. Da igual. Negará haber cogido nada y, de repente, ni siquiera sabrá lo que es un boli. Si los bolis no existen, tampoco puede tenerlos en la mano. Consecuentemente, no es culpable de nada. Son momentos de gran frustración, porque te da la sensación de que te está tomando el pelo un niño de cinco años. Pero no te preocupes, luego descubrirás que también te pueden tomar el pelo señoras de cuarenta, hombres de cincuenta, adolescentes y, por supuesto, tus propios trabajadores. Yo no he sido.

El racismo.
No es que tu piel te delate. Es que tu piel te define, te condiciona y te limita. Eres abesha, frenji o china. La gente de Gambella son caníbales; los amara son vagos; los guragues, rácanos; los de Sashamane, ladrones; los del Tigray, tozudos. Todos los países tienen sus tópicos regionales. El problema es cuando nunca serás nada más que el tópico. Para bien o para mal. En el caso de los frenjis, por el mero hecho de serlo, te tratarán mejor o peor, pero nunca igual que a un abeshá. Por muchos años que vivas en Etiopía, serás siempre un invitado.
El racismo impregna la sociedad etíope, a pesar de la propaganda que habla de un país donde decenas de culturas conviven en paz y respeto. Mentira. A menudo achacan sus comentarios racistas a problemas lingüísticos. También mentira. La mayoría de las veces que me siento insultada, me siento insultada en amárico. Ejemplo: estoy esperando en una clínica, y van llamando a todos los pacientes. A los pacientes etíopes los llaman: “señor Abebe, señora Burtukan, señorita Kalkidan”. Cuando llega mi turno, la enfermera me señala y me dice “you. Come”. No soy ni señora, ni señorita, ni señor. Soy “you”. Cuando hablen de mí, tampoco seré ni señora, ni señorita, ni señor. Seré “la frenji”. Y, a pesar de todo, es mucho mejor ser frenji que china. Considero que ni todo el oro del mundo podría compensar las humillaciones que sufren continuamente los asiáticos que viven en este país. Si a los frenjis nos gritan por la calle, a los asiáticos les aúllan.
Como ya he explicado alguna vez, esta mentalidad se extiende también a las relaciones inter-étnicas. Sólo que ningún etíope se considera racista, no consideran el racismo un problema y, por lo tanto, no se hace nada para cambiar tópicos. De hecho, cuando tú señales situaciones de flagrante racismo, se quedarán profundamente sorprendidos y no entenderán muy bien exactamente de qué te quejas. La conclusión: te quejas porque eres frenji.

Robar a un frenji no está mal.
Esto sería un corolario del anterior punto. Todos los frenjis son ricos, todos los abeshás son pobres, ergo robarle a un frenji es sólo un modo de equilibrar la balanza. Si fuéramos sinceros, cuando redactamos una propuesta de financiación para un proyecto de Cooperación al Desarrollo, en la casilla de condiciones externas a tener en cuenta deberíamos incluir el hecho de que –especialmente si el coordinador del proyecto en terreno es expatriado- un treinta por ciento de los beneficiarios intentará engañar/robar/recibir más de lo que le corresponde en algún momento del proyecto. En el punto dos deberíamos escribir lo mismo acerca de las personas que trabajen en el proyecto. Al menos un cuarto del tiempo y energías que inviertas en un Proyecto de Desarrollo, lo pasarás diseñando mecanismos de control que impidan este tipo de prácticas. Ten siempre en cuenta que tus beneficiarios pasarán al menos el mismo porcentaje de su tiempo (y tienen más tiempo que tú) pensando en cómo engañar /robar/recibir más de lo que les corresponde.

Nunca es suficiente.
El progresar y el aspirar a lo mejor que puedas conseguir forma parte del ser humano. El problema es cuando esta mentalidad la aplicas sólo a conseguir todo lo que puedas… de los demás. Si recibiste comida, querrás zapatos. Si te dan zapatos, por qué coño no te dan calcetines. Si te dan los calcetines, deberían darte también pantalones, y, por supuesto, chaqueta. Si te han dado toda la ropa del mundo, deberían de pensar también en pagarte el alquiler de casa. Si ya te pagan el alquiler de casa –y esto es verídico. Me ha pasado- deberían comprarte una televisión para que tus niños no se aburran por las noches. Esta mentalidad no es exclusiva de las clases menos favorecidas: que levante la mano el extranjero residente aquí al que no le hayan pedido nunca que regale una cámara de fotos digital o un lap top, como si crecieran en los árboles de toda Europa. Y te lo piden tus compañeros de trabajo.

Yo nunca me equivoco.
Aquí nadie se equivoca. Jamás. La culpa de todo lo negativo que te pasa, es siempre de los demás. Disculparse de corazón y admitir que uno se ha equivocado sólo lo hacen los débiles. Evaluar algo quiere decir distintas cosas según el bando en que te sitúes:

  • Si eres el evaluador: enfatizar lo negativo y dejar claro que dices cosas positivas porque vienen en los manuales sobre motivación. De hecho, las cosas positivas que digas estarán literalmente sacadas de los manuales sobre motivación.
  • Si eres al que evalúan: negar la existencia de todo aquello que el evaluador considera que se debe mejorar.

Como punto positivo de esta tendencia, es verdad que cuando alguien reconoce un error y se disculpa –especialmente si esa persona tiene un cargo de responsabilidad-, lo valoran muchísimo y no tienen grandes problemas en aceptar de corazón esas disculpas.

…Y creo que podemos dejarlo aquí por hoy. Suena (literal) la campana del recreo. Voy a salir a jugar con la Santa Infancia. Hoy toca chapas y evasión mental.

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