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Archive for the ‘Santa Infancia’ Category

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Nov 11

MÁTAME

_ Kaktus, me quiero cambiar el nombre

_ No

_ Mi madre ya me ha dado permiso

_ Yo no te doy permiso

_ Pero si el nombre te va a encantar –arqueo la ceja, porque no es que me fascinen los nombres nuevos que se buscan, y lo saben

_ De ahora en adelante, me llamaré Ana Paula.

Toma ya.

Y así vengo a saber que lo que ahora está de moda en Etiopía son las telenovelas. Bueno, esto no es novedad, ya expliqué en su día  que la Ethiopian Television hace unas telenovelas de mearte de la risa. El cambio –creo- es que se han quedado sin pasta para producción local y han decidido comprar en el extranjero, concretamente en Televisa Land (México Lindo). Y así ahora el prime time etíope lo copan dos novelas mexicanas (convenientemente dobladas al inglés): Cuidado con el Ángel y La que no podía amar.

Mi Santa Infancia se ha dado al fenómeno fan con devoción ejemplar y, aunque yo paso siete pueblos de las novelas (y de la tele etíope en general), ellos, que se preocupan por mi integración en la sociedad que me rodea, me mantienen al tanto de las cuitas de Ana Paula y Marichui (les juro que El Ángel se llama Marichui).

De lo que he podido entender, Marichui está enamorada del doctor Juan Miguel (Hakim Huan Miguel para mi Santa Infancia), un chico decididamente demasiado joven para ser doctor de ningún tipo. Marichui fue violada de chiquitilla, y no puede amar. Ah, no, esa es Ana Paula. Marichui creo que era niña de la calle hasta que la descubrió el Hakim Huan Miguel. O algo así.

Con el tiempo, la Santa Infancia –que no es tonta- se ha coscado de mi falta de interés tanto en la vida de Ana Paula como de Marichui. Hasta que un día me pillaron con una canción de Jesse y Joy en el ordenador, que, aparentemente, es la canción de cierre de la telenovela de Marichui (ye Marichui sefen, para los avanzados en amárico). Y han decidido que mi sarcasmo encierra una pasión oculta. Y aquí me tienen, que todos los días me llegan con el relato completo del episodio.

Creo que al final Marichui sí se queda con el Hakim. Lo que no sé es cómo, porque el Hakim está casado con una que se murió pero que no está muerta.

El mundo cada vez es más chiquitico, mi reina

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Oct 18

RABIA

Hace dos meses que se murió E. A pesar de que siempre pareció un poco tonto, no debía de serlo tanto, visto que murió suplicando que lo llevaran al hospital. Para su desgracia, su familia decidió llevarlo a las aguas benditas, que están justo al lado del hospital. Se bebió lo que le dieron y murió.

Horas más tarde, fui a su funeral. En animada concurrencia, me encontré a muchos de los progenitores de mi Santa Infancia, disfrutando de la tradicional comida funeraria. La madre de E., cumpliendo su papel a la perfección, lloraba inconsolable: “ojalá me hubiera muerto yo en su lugar”.

Ya. Ojalá.

Ojalá –pensé- ojalá os murierais todos. Los que pegáis a vuestros hijos, los que pasáis siete pueblos de ellos, los que acudís a comer a los funerales, los que nunca venís cuando se os necesita, los que dejáis morir a vuestros hijos, los que abandonáis a vuestros niños, pero luego lloráis cuando se mueren. Ojalá os murieráis vosotros. Si hubiera Justicia, os moriríais vosotros.

Me ofrecieron de comer. Lo rechacé sin demasiados miramientos, mientras me acordaba de cómo E. venía mitad de los días sin desayunar. Desesperada por salir de allí, solté algo de dinero que ni me alivió la rabia ni les enseñó nada a ellos. Hay situaciones de las que, sencillamente, no puede salir nada bueno.

Hoy ha salido el sol, y me he acordado de E. De la rabia que sentí en su momento, no me queda apenas nada. Me queda la tristeza de no poder reparar lo que se rompió. Me acuerdo de la mirada de Eshetu, esa que ponía cuando no acababa de entender las cosas. Me queda la certeza –y el dolor- de saber que no vendrá más.

Supongo que ya han celebrado los cuarenta días de su muerte. No me han invitado. Mejor.

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Jun 03

TEOLOGÍA APLICADA

Los domingos, con aquellos miembros de nuestra Santa Infancia que son tan dejados que ni siquiera van a las iglesias ortodoxas, nos juntamos en las gradas del campo de baloncesto, rezamos un poquitín, cantamos dos canciones, y yo les ofrezco una reflexión que, en teoría, deben repensar durante la semana. Obviamente, en la práctica, la reflexión la reflexionan durante cero coma dos (segundos) antes de empezar los consabidos partidos de fútbol.

A veces, como se imaginarán, voy algo cortita de temas, y recurro a lo que he oído en la misa de ese día (esta lección te la dan en Primero de Sermón Educativo). Así, el domingo pasado, les hablé del Buen Pastor, y de cómo nosotros (Brother House y yo), nos sentimos pastores de ellos, que vendrían a ser nuestro rebaño, y de cómo conocemos nuestras ovejitas, y de cómo, aunque nuestras ovejitas se despeñen por un barranco y las perdamos, pues siempre nos acordamos de nuestras ovejitas queridas. Como se ve, no era un discurso excepcionalmente inspirado. Doy lo mejor de mí misma cuando hablo de lombrices-mocos-higiene, pero últimamente me arriesgo a caer en el monotematismo, por lo que intento diversificarme con las chorradas del pastoreo, en la esperanza de que pillen la parábola porque algunos han sido pastores cuando habitaban en su Wello natal.

Las ovejitas escuchaban con aparente atención, que mutaron en carreras desenfrenadas para ir coger las galletas que les damos a media mañana. Mientras repartía las galletas, un elemento me ofreció la conclusión de mi parábola: “Los pastores, cuando tienen hambre, se comen a las ovejas”. “Eso”, dijo otro, “los pastores crían ovejas o para comérselas o para venderlas”.

Toma ya. Teólogos del mundo, a ver cómo encajais la realidad en la parábola.

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Abr 26

CULPABLE

T. tiene nueve años. Y está convencido de que yo maté a su padre.

T. tenía un padre al que le faltaban algunos dedos de los pies. Con esa minusvalía y su avanzada edad, el señor dedicaba sus días a beber tranquilamente y a mendigar cuando se le acababa el dinero para beber.

Un día el señor se puso enfermo. Y T. me lo dijo. Le dije que su padre tenía que ir al Centro de Salud (para eso están). T. me dijo que no tenía a nadie con quién ir al Centro de Salud. Yo le dije que no podía hacer nada, y él se rebotó. A ustedes les parecerá que no tengo entrañas, pero si me dedicara a acompañar al médico a todos los enfermos del barrio, no podría hacer n.a.d.a. más. No podría dormir, no podría ir al baño, no podría trabajar en nada más. Sencillamente, no me daría tiempo.

En cualquier caso, el señor fue al Centro de Salud, donde le diagnosticaron una artritis reumatoide. Le compramos las medicinas prescritas. Como no mejoraba, le dimos todavía más dinero para que fuera a una clínica privada, donde le diagnosticaron lo mismo. En ese punto, yo le dije a T. que intentaría pasarme por su casa. Al final no pude. Me fui de vacaciones a España dos semanas. En mi ausencia, el señor decidió irse al pueblo, donde falleció un mes más tarde.

Aunque murió en el gueter, y lo enterraron allí, en casa hicieron también funeral (recepción). Decidí pasarme, más que nada a ver quién se podía hacer cargo de T. desde ese momento (no tiene madre). Cuando fui, me dí cuenta de que T. había comentado a todo el mundo que yo me había negado a tratar a su padre (aclaración: NO soy médico), y la gente me miraba como si yo hubiera disparado al señor en la cabeza.

Y así hasta el día de hoy. Actualmente, cada vez que le niego algo a T. (quiere más ropa, quiere otros zapatos…) me ataca con el mismo argumento: “Eres mala gente. Por tu culpa se murió mi padre”. Sé que, a sus nueve años, está rebotado con el mundo y lo focaliza en mí. Ya. Pero jode.

Podría decirle que exactamente lo mismo que hubiera hecho yo en caso de haber tenido tiempo de ir a visitar a su padre, podrían haberlo hecho todas y cada una de las decenas de personas que se pasaron en un momento u otro por el funeral, incluido su hermano mayor de más de veinte años. Podría decirle que los únicos que le dimos ayuda efectiva (comprarle las medicinas, mantener a su hijo durante los últimos cinco años…) fuimos nosotros. Podría decirle que sé que piensa que el mundo le debe todo. Podría decirle que jamás encontrará el pago por sus desgracias.

Podría decirle que él mismo siempre odió a su padre (el señor le curraba de cuando en cuando). Podría decirle que es, como mínimo, esperar demasiado el pensar que yo puedo hacerme cargo y gestionar todas y cada una de las enfermedades que afectan a los cientos de familias de nuestra Santa Infancia.

Podría decirle que lo quiero, pero a ratos no sería verdad. Cuando me dice esas cosas lo odio un bastante.

A lo mejor porque, en el fondo, sé que podría tener razón. He salvado a otros. A veces sólo hace falta ir a la casa, y acompañarlo al médico (si vas con un frenji, te tratan mejor). A veces, sólo hace falta tiempo. Yo no tuve tiempo. Nadie lo tuvo y, al final, el señor se murió en el olvido. Se llamaba Sitotaw. Quiere decir “Regalo”. No sé para quién.

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Mar 22

PUES TÚ MÁS

A. es una niña que llora mucho. No es especialmente desgraciada, pero es súper dramática, y cualquier escusa es buena para practicar sus dotes como actriz, que son muchas y variadas. Hoy viene llorando (para variar), que uno de los perros del recinto le ha quitado una chancleta. Y yo me reboto, porque le he dicho doscientas veces que no juegue donde están los perros, más que nada porque es el sitio más guarro de un compound que cuenta con la friolera de tres campos de fútbol, uno de basket, otro de volley, dos porches y un cacho con hierba para jugar.

Pues ahora vas y te las apañas para recuperar la chancla. Que no voy, que me da miedo. Pues vamos las dos. Que yo no voy. La cojo en brazos. Que sí vienes. Que no, que me sueltes. Que no me da la gana, que vamos las dos a buscar la chancla. Que como no me sueltes, me meo. Que no te suelto.

Y va la tía y se mea. Encima mío. Delante de toda la Santa Infancia. Va la tía y se mea.

_ Pues yo no te pienso limpiar los pantalones – le digo – te quedas así toda la tarde

_ Pues yo tampoco te pienso limpiar la camisa. Te quedas así toda la tarde.

Y así nos hemos quedado las dos toda la tarde. Empapadas en pipí.

Yo sé que este trabajo me rejuvenece. Concretamente, hasta la edad de cinco años.

 

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Mar 10

LA PELU

Pues sí, fui a la pelu. El sitio me lo reservo, para que no se diga que hago publicidad a nadie (sin recibir el correspondiente honorario, claro). Era un sitio super fashion, super frenji, donde incluso tenían revistuchas de cotilleo americanas. El café también era americano. Total que lavar y cortar, con la tontería de la decoración cuqui y la peluquera recién llegada de su diáspora canadiense, me costó 200 birr (unos 8 euros al cambio). Como todas las compras culpables, pasarlo a euros ayuda mucho a dormir mejor.

Respecto al estilismo en sí, yo iba con Alice (la hermana de Edward) en la cabeza, y al final ha resultado ser una versión algo (sólo algo) más moderna del mítico hongo nuclear que en tiempos me cascaba la peluquera armenia.

Al día siguiente, la Santa Infancia acogió mi nuevo corte de pelo con gran algarabía, dentro del duelo que mantienen cada vez que me corto el pelo. Me preguntaron que dónde me lo había cortado:

_ En una peluquería – dije yo, sin especificar que las peluqueras vestían unos uniformes monísimos, y que había incluso agua caliente en el local.

_ Y cuánto te ha costado – y allí me decidí a mentir. Es duro decirle a un niño que te has gastado el equivalente a la mitad del alquiler mensual de su casa en cortarte el pelo. Así, fui a lo seguro:

_ Treinta birr

_ Desde luego, te lo hemos dicho mil veces, que tienes que ir con nosotros a los sitios. Te estafan siempre.

Se ve que realmente cuesta 25 birr. Pero seguro que en esos sitios donde ellos me llevarían no tienen revistas guays.

 

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Dic 05

OBSERVACIÓN EMPÍRICA

A las niñas de la Santa Infancia les encanta examinar las características físicas de sus educadores frenjis, esto es, Brother House y yo. Cuando estamos sentados tomándonos un respiro, se nos suben encima y analizan nuestros cuerpos. Comentan entre ellas los hallazgos, y hablan como si nosotros no estuviéramos delante, cosa que se agradece. Sólo se dirigen a nosotros cuando necesitan algún tipo de confirmación:
_ ¿Tú no has pensado nunca en hacerte algo bonito en el pelo?
Son encantadoras.
Hoy el tema de disección, aprovechando que llevaba piratas, eran mis pantorrillas:
_ Qué blancas – “depende de con qué las compares”, he pensado yo.
_ Y qué delgaditas – traducción en mi cabeza: “tipazo”
_ Y qué blandas, no tiene nada de músculo – sí, no estoy todo lo tonificada que mi delgadez sugiere.
_ Y tiene pelos
¡Arrgg! Me miro las piernas y me doy cuenta de que han pasado muchas cosas desde la última vez que me miré las piernas. Sobre todo, ha pasado tiempo. Mucho tiempo. Y mientras anoto mentalmente que, o hago algo al respecto, o tendré que cambiarme el nombre y llamarme José Luis, la Santa Infancia lleva sus reflexiones un paso más allá:
_ ¿Quién tendrá más pelos, Kaktus o Brother House?
Y, después de discutirlo un rato (tenemos momentos un poco vacíos), se van a mirarle las piernas a Brother House, mientras yo intento tranquilizarme pensando que Brother House es un señor de más de sesenta años, que lleva casi treinta en África vistiendo diariamente pantalón recio, por lo que puede ser que el roce le haya desvitalizado los capilares y tenga pocos pelos en las piernas. Sea cual sea el resultado, no me va a traumatizar. Vuelven.
_ Brother House tiene más pelos en las piernas – anuncian. Hurra. Campanas de alivio suenan en mi cabeza.
_ Pero los de Kaktus pinchan más.
Son encantadoras.

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Nov 21

DOCTOR, DOCTOR

El pueblo etíope tiene una relación cuando menos curiosa con sus propios cuerpos. Si alguno de nuestros lectores ha tenido la oportunidad de trabajar en el ámbito sanitario etíope, seguro que recuerdan con cariño algunas de estas expresiones:

. “Me he roto un brazo”. Cuando se caen, siempre se rompen cosas. No dicen “me he dado un golpe en el brazo”, sino “me he roto el brazo”. Esto, los primeros días, te asusta un mucho, hasta que aprendes a hacer las preguntas adecuadas: “¿te has roto el hueso?”, y entonces ya te dicen que no, que el hueso lo tienen bien. Y les das su pomadita para golpes y a correr.

. “Se me ha caído el corazón”. Esta es súper común. Se llevan un jaleo con el corazón que no hay quién lo entienda: que si se les cae, que si se les cansa, que si les tiembla…. Factores a tener en cuenta:

  1. Consideran corazón a todo lo que es el pecho
  2. En la mayoría de los casos es gastristis (acidez). Es lo que tiene desayunar berberé, que a los cinco años ya sabes lo que es el Pepto Bismol.
  3. Cuando no es acidez, quiere decir que sienten que el corazón les late más fuerte de lo normal lo que, sobre todo en niños, puede ser síntoma de fiebre.

. “La garganta no me deja comer injeera”. Y entonces tú les preguntas: “¿te duele?”, y ellos te repiten “no me deja comer injeera”. Tú, que eres avispada, ya has entendido que es un modo de decir “me duele la garganta”. Sólo que vinculado a la máxima utilidad de la garganta, que es la deglución de injeera.

. Bichos mil: La palabra “awre” quiere decir bicho o animal salvaje. Esto aplica lo mismo para un ogro que para una araña. Cuando oyen ruidos que no saben de dónde vienen, pues los hace un awre. Ejemplo: “se me ha metido un awre en el oído”. Y tú te quedas muerta, pensando “pues a ver cómo lo sacamos…”. Pero no. Es que oyen ruidos. Lo más divertido es pedirles que te reproduzcan los ruidos que hace el animal. Reproducirán como un vientecillo silbante la mar de gracioso. Traducción: tímpano agujereado. Si el awre habla cosas concretas, preocúpate porque NO es el tímpano.

A veces el awre puede entrarles en el cuerpo e instalarse cómodamente a vivir en el corazón. Suele provocarles ardor de estómago.

. “Me duele el riñón”. Esto es una declaración que, al menos yo, había oído normalmente a personas mayores. Aquí te lo dicen hasta los niños de cuatro años. Te llega un mico de Primero de Guardería y te salta “me duele el riñón”. Cágate. El riñón. Tienen una conciencia de sus órganos internos que no es normal. Lo del riñón puede ser de todo, desde flato hasta gases, pasando por dolor de espalda. Normalmente, no es el riñón. Y cuando sí es el riñón, tú eres la que se da cuenta de que olvidaron mencionarte que mean marrón intenso y que tienen los tobillos inflados como botijos. Entonces no se les ocurre que pueda ser el riñón.

. Vida interior. Etiopía es el paraíso de los parásitos intestinales. Servidora, cuando recibe la visita de estos inquilinos, se ve obligada a cambiar radicalmente sus prioridades, convirtiéndose el “no cagarse encima” en el objetivo general de la jornada. Los etíopes, que tienen más callo, pueden hacer vida normal en compañía de amebas, giardias y solitarias.

Lo más llamativo es la multitud de teorías sobre el origen de las lombrices. Según mi Santa Infancia, las lombrices te las pillas:

. por comer plátanos (por los hilos, que tienen la misma forma)

. por comer wot hecho de patatas y zanahorias (no sé por qué, porque está cocinado)

. por tomar demasiada azúcar (yo esto también lo he oído de pequeña. Desconozco si el azúcar reactiva los parásitos o no)

Lo más curioso es que ninguno relaciona las lombrices con su verdadera causa, que sería el comerse la mierda propia y/o ajena. Cuando se lo explico, normalmente me responden sucintamente: “No. Estás equivocada”.

Esto me pasa mucho. Los awres sólo les entran a los abeshá, por eso los frenjis no sabemos lo que son. Yo soy una persona despiadada, por lo tanto no tengo corazón que recoger cuando se me cae. Así es la vida.

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Nov 15

ECHANDO DE MENOS (Y DE MÁS)

Hace unos días vino B., que a veces parece un poco tonto, pero que no lo es en absoluto, y me dijo:

_ Estoy enfadado contigo

_ ¿Y eso? –yo, ante estas declaraciones de amor, reacciono con normalidad. Trabajo con adolescentes. SIEMPRE hay alguien rebotado conmigo.

_ Te has llevado a M. , y no me has dicho nada

_ No me lo he llevado –corrijo- lo hemos metido en un internado – es verdad, desde hace un mes, está felizmente internado con una congregación de curas. Dicen que es la sensación del internado – y sabes que es por su bien.

_ Ya, pero no me habías dicho nada

_ Lo siento –concedo

_ Y lo echo de menos

Y ahí sí no puedo ayudarle. Yo también lo echo de menos, pero estoy infinitamente contenta de que hayamos encontrado una solución que lo ha apartado de las calles y de su madre. Porque en los últimos meses, M. se había convertido también en la sensación del barrio, la mascota de todos los macarras.

 

En vez de venir al cole, se iba a pedir limosna a los minibuses. Hasta ahí, pues normal. Nuestra Santa Infancia tiene una tendencia natural a pedir (y a necesitar) limosna. Yo intenté combatir el instinto:

_ M., tienes que venir a clase. La calle es peligrosa. Para los macarras eres como un cachorro, y te abandonarán cuando crezcas – es verdad. La gente le toma cariño a los niños pequeños y, cuando crecen, los mandan a tomar por saco. Este año era el turno de M. como Niño Gracioso. Como la presidencia de la Unión Europea, el título de Niño Gracioso caduca más o menos a los seis meses.

_ Además, -proseguí-, te estás jugando la vida por unos céntimos de nada – la efectividad de sus actos puede ser un concepto difícil para un niño de seis años, pero no imposible – porque, ayer, al final, ¿cuánto dinero recogiste?

M., baja los ojos. Evita siempre el contacto visual, para regocijo de las que nos empapamos de manuales de psicología evolutiva. Se lleva la mano al bolsillo, cuenta, y me comunica:

_ Ciento cincuenta birr

Coño pelota. Eso es una pasta.

_ Un señor me dio cien birr, y los otros cincuenta me los dio otra gente. Además, una señora me dio ropa nueva y zapatos.

Y, mientras miraba a nuestro pequeño Huckleberry Finn, vestido más limpio que en todos los días de su vida, me di cuenta de que el problema era serio. Si yo fuera él, y cada día me encontrara ciento cincuenta birr, más ropa, más zapatos, con las narices que iba yo al colegio.

Y así procedimos a buscarle un internado en el campo. Y, con mucha ayuda de mucha gente, lo encontramos.

Lo echo de menos. Los macarras del barrio me preguntan por él. También ellos lo echan de menos. Luego me he enterado de que es porque el pequeño M. les pagaba la comida con lo que sacaba mendigando. Desde que se fue, no han vuelto a comer caliente.

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Oct 14

ABRIENDO EL GARITO

Como algunos ya saben, hace semanas que he vuelto a Addis. El caso es que mi trabajo es como cualquier otro trabajo del mundo: para pillarte el mes de vacaciones, tienes que trabajar el doble un mes antes y un mes después.

Addis se ha transformado en una ciudad de m.i.e.r.d.a.. Las obras en la Bole han dejado la totalidad de la calle destrozada, con ríos de agua que siguen fluyendo tres semanas después de acabadas las lluvias. O han tocado tubería, o quieren hacer piscina. Por si esto fuera poco, últimamente cada vez que quiero ir a algún sitio, se ve que telepáticamente estoy conectada con varios jefazos que deciden ir al mismo sitio, y las fuerzas de seguridad me cortan la calle durante media hora para que los jefazos pasen, aunque estoy convencida que la idea de ir a ese sitio se me ocurrió a mí primero. Me siento como Harry Potter con Voldemort, sólo que creo que estoy conectada con nuestro nuevo Primer Ministro, Haile Mariam Desalegn.

Como no todo el mundo es Bole, los destrozos provocados por las lluvias y el asfalto de pésima calidad también se pueden sufrir en muchos otros puntos de la ciudad entre los que, cómo no, figura el barrio donde yo vivo. El intento de regular el modo de conducir de los taxis estableciendo rutas obligatorias y eliminando paradas imprevistas no dio los resultados esperados y cada quién sigue conduciendo como mayormente le sale del higo, animados por la creencia inquebrantable de que uno es siempre el más listo de la redolada, el que puede circular por ese carril en dirección contraria, el que puede meter el morro un poco más adentro.

Mi reciente cumpleaños y mi vuelta a mi Santa Infancia me han reportado todo tipo de regalos que añadir a mi colección de horrores y cosicas. A destacar una moneda de Dubai, un manojo de menta fresca, un set completo de vestido Afar que me asegurará popularidad máxima en la celebración del próximo Día Cultural, y, -tachán, tachán-, esta hermosa iglesia ortodoxa hecha de palitos. Una pena que Playmobil no haya tenido la misma idea y no fabrique muñecos vestidos de curas ortodoxos. Sería lo más. Con sus paraguas, su Tabot y sus bastones sobaqueros.

 Como novedad, las maestras de la guarde se han empeñado en pronunciar también ellas un discurso de buenos días que anime a nuestros pequeños a llegar puntuales para beber la sabiduría que emana de nuestros labios. Además de la pequeña charla de buenos días, rezamos cosas ortodoxas y cantamos el himno nacional. Como nuestros pequeños no lo tienen muy pillado, se inventan una versión extremadamente reducida del mismo. Aunque no nos habíamos dado cuenta, hay un punto de la canción donde puedes coger un atajo sin que se note y saltarte la mitad. Como somos nuevos en la parafernalia patriótica, nuestros niños están un poco confusos y en vez de levantar el puño al final, levantan el pulgar y les queda bastante cool. Sólo tenemos que acabar de explicar la diferencia entre rezar y cantar el himno, porque hay varios que mantienen las manos cruzadas bajo la barbilla cuando cantan el himno, y dan como cosica. Nuestra bandera está sujeta a un palo en vez de a un mastil, por lo que permanece siempre alzada como en los barcos piratas. Al abordaje que vamos.

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