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Archive for the ‘Sociedad’ Category

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Oct 26

LA MAR

Sabes que algunos se morirán. Sabes que no podrás salvar a todos. Sólo esperas con toda tu alma, con todas tus fuerzas, que, cuando ese momento les llegue, su sufrimiento sea lo más breve posible. Que, al igual que lo esperas para ti, no se den cuenta. Que se despierten en un sitio seguro y bonito, lejos de la cloaca, lejos de la miseria. Esperas que las olas los acunen. Esperas que no tengan miedo.

Leo que el mar de Lampedusa se ha llevado a los niños eritreos. Niños como mi Santa Infancia. Niños a los que seguro alguien, en algún momento, acunó. Niños que alguien llamó con nombres maravillosos, como “Esperanza”, “Vida”, “Mundo”.

Los gobiernos se descojonan cruelmente (¿¿¿ciudadanía para los muertos???). Ya no son ciudadanos de ningún sitio. Son ciudadanos de pleno derecho de ese paraíso extraño y precioso donde entrarán los que menos te esperas. Donde a ti, y a lo mejor también a mí, nos dejarán a la puerta. Por cabrones. Por no sacarlos del mar.

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Oct 18

RABIA

Hace dos meses que se murió E. A pesar de que siempre pareció un poco tonto, no debía de serlo tanto, visto que murió suplicando que lo llevaran al hospital. Para su desgracia, su familia decidió llevarlo a las aguas benditas, que están justo al lado del hospital. Se bebió lo que le dieron y murió.

Horas más tarde, fui a su funeral. En animada concurrencia, me encontré a muchos de los progenitores de mi Santa Infancia, disfrutando de la tradicional comida funeraria. La madre de E., cumpliendo su papel a la perfección, lloraba inconsolable: “ojalá me hubiera muerto yo en su lugar”.

Ya. Ojalá.

Ojalá –pensé- ojalá os murierais todos. Los que pegáis a vuestros hijos, los que pasáis siete pueblos de ellos, los que acudís a comer a los funerales, los que nunca venís cuando se os necesita, los que dejáis morir a vuestros hijos, los que abandonáis a vuestros niños, pero luego lloráis cuando se mueren. Ojalá os murieráis vosotros. Si hubiera Justicia, os moriríais vosotros.

Me ofrecieron de comer. Lo rechacé sin demasiados miramientos, mientras me acordaba de cómo E. venía mitad de los días sin desayunar. Desesperada por salir de allí, solté algo de dinero que ni me alivió la rabia ni les enseñó nada a ellos. Hay situaciones de las que, sencillamente, no puede salir nada bueno.

Hoy ha salido el sol, y me he acordado de E. De la rabia que sentí en su momento, no me queda apenas nada. Me queda la tristeza de no poder reparar lo que se rompió. Me acuerdo de la mirada de Eshetu, esa que ponía cuando no acababa de entender las cosas. Me queda la certeza –y el dolor- de saber que no vendrá más.

Supongo que ya han celebrado los cuarenta días de su muerte. No me han invitado. Mejor.

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Oct 16

COMILLAS

Tres veces, tres, he escrito este post en los últimos cuatro meses. A ver si ahora me sale.

Leyendo otros blogs mucho más mejores que este mío (y mucho más serios en su periodicidad, gracias a Dios y a quien lo escribe), surge, entre la comunidad de familias con niños adoptados, una y otra vez el tema de las “etiquetas”, de cómo, para los niños adoptados, una de las principales dificultades es la adaptación a un entorno compuesto por personas mayoritariamente de una raza distinta a la del niño o niña adoptado en ultramar (o en los Servicios Sociales de la esquina).

Para consuelo y/o desesperación de quien se plantea estos interrogantes, aporto mi granito de arena: la discriminación y el racismo no son exclusivos de Europa. Aquí también, en Etiopía, en mi breve experiencia, de momento la mayoría de las opiniones que he encontrado, en amigos y extraños, se ajustan con milimétrica precisión a uno de estos dos tópicos:

  1. Como soy frenji, seré una madre estupenda
  2. Como soy frenji, estoy robando un niño

Aclaro que todavía no tengo niña, pero sí asignación. He tenido la oportunidad de ir a ver a la que será mi Señora Patata un par de veces e, incluso, en una ocasión, pude cruzar la puerta del orfanato con ella en brazos para ir a otro sitio. En nuestra breve experiencia común en el mundo exterior, me dí cuenta de que, cuando llevas un niño etíope en brazos, el “where are you from?” que te preguntan doscientas veces por minuto se sustituye por “¿dónde la has encontrado?” y, “¿por qué la abandonó su madre?”. Como ya he comentado alguna vez, el concepto “pregunta tabú” no existe en Etiopía. En aquella ocasión, encontré el responder las preguntas bastante violento, sobre todo teniendo en cuenta que la Señora Patata, por el momento, es sólo burocracia de mi burocracia. Espero mejorar con la práctica, pero me resulta difícil explicar particulares que en Europa consideramos pertenecientes a la extricta intimidad familiar a un extraño que te ha tocado al lado en una fila.

Básicamente, las familias que adoptan niños de otras razas y viven en España, afrontan la dificultad del niño “distinto” para integrarse en una sociedad mayoritariamente compuesta por personas de otra raza, así como la dificultad de esta sociedad para acoger a ese niño. En mi caso, la “distinta” en una sociedad compuesta mayoritariamente por personas de otra raza, seré yo. Hasta ahí, creo que está claro. Llevo años viviendo aquí y siempre hay quien tira de tópicos en cuanto se encuentra a un frenji. Lo llevo bastante bien, y con el tiempo he recopilado toda una bateria de respuestas de mearte de la risa (en serio). Lo que me preocupa, cuando pienso en mi hija, es que mi “diferencia” le hará también “diferente” a ella (las comillas se contagian). A pesar del color de su piel (en concordancia con el color dominante en nuestro ambiente), el problema persistirá, porque la diferencia entre su color y el mío evidenciará que no la habré parido, y eso, de nuevo, generará tópicos y malentendidos.

Conozco varias familias extranjeras que han adoptados niños etíopes y viven en Etiopía. D. el hijo de la Doctora, una vez se escuchó de un miembro particularmente idiota de mi Santa Infancia “esa no es tu madre, tú no eres su hijo”, así, sin comerlo ni beberlo. En este caso, mi elemento evidenciaba seguramente la envidia que la familia de D. le producía. Pero, al margen de sus motivaciones, el insulto se parece sorprendentemente a los que en ocasiones se escuchan los niños adoptados que viven en países de mayoría blanca.

Como se ve, esta investigación y reflexión no me está sirviendo en absoluto para aclararme las ideas. No sé si los ataques racistas se producen porque el niño tiene otro color o porque el niño es adoptado. Al final, si tengo que quedarme con una conclusión, diría que los problemas provienen –o pueden provenir- del hecho de formar parte de una familia “diferente” en un entorno compuesto por familias mayormente “convencionales” (iba a explicarlo, pero todos sabemos lo que quiere decir familia convencional). Tiene que ver con el color de piel, pero también con nuestro nivel económico y social (tenemos agua caliente en casa, coche a disposición, y tampoco me mato mucho la cabeza para llegar a final de mes). Ella es abeshá, pero su vida, por mucho que estemos en permanente contacto con su cultura y vivamos en su país, será frenji. Frenji en Etiopía, con –obviamente- muchísima gente en nuestro entorno abeshá, y también muchísima gente frenji. Pero mucho me temo que, al final, ella será encuadrada como frenji, por pertenecer a una familia frenji, y tener una lengua que no es el amárico como lengua materna (sabrá el amárico, pero no será la lengua que hablaremos entre nosotras normalmente). Y aquí, una vez que te meten en un saco, es imposible salir de él.

Como única certeza, creo que, en contra de lo que pudiera parecer, el hecho de que yo viva en el país de nacimiento de la que será mi hija no le ahorrará ningún problema. Tendremos, simplemente, otro tipo de problemas.

 

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Jun 17

HOSTILIZADA

Cuando llegan estas fechas del año, sucede que una está, mayormente, hasta los huevos de niños, familias y problemas. Como además empiezan las lluvias, -lo que quiere decir que no volverás a ver la luz del sol en tres meses-, pues la tensión se acumula y, al final, explotas.

Hoy he ido por enésima vez al traumatólogo con A. A nuestro lado, esperando, había una señora con su marido. Parecían gente con posibles. La señora estaba en silla de ruedas porque se había torcido un tobillo. En un momento dado, el señor se acercado a A. y le ha hecho la pregunta de marras:

_ ¿La frenji te ha atropellado con el coche?

Y allí no me he podido contener. Ha sido como vomitar. Porque no hay ni una sola vez en que no vaya al médico y alguien no le pregunte eso al niño de turno, porque estoy hasta las narices. Me he girado a la señora y le he soltado:

_ ¿Tu marido te ha pegado?

Se han quedado mayormente blancos del susto.

_ Tan equivocada es una hipótesis como la otra– he explicado sucintamente- sólo que seguro que a usted no se lo preguntan cada freaking día.

A lo mejor sí que necesito unas vacaciones.

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Jun 14

IDEAS…¿SIN RUMBO?

Las últimas semanas están siendo complicaditas. Adentrarse en el mundo de la adopción te avoca a cienes de interrogantes morales. Leo en Internet que muchas familias comparten esos interrogantes, que a la mayoría les han surgido después de la adopción. No lo sabían. Yo sí lo sé, por lo que todas las decisiones que tome (espero) serán con conocimiento de causa. Hasta ahora, algunas cosas que sé:

1. Si a una señora que te viene diciendo que quiere abandonar a su hijo, te ofreces a pagarle simplemente el alquiler de su casa (estamos hablando de unos veinte euros al mes), no abandonará a su hijo. Que lo quiera o no, es otro cantar. Muchos niños, en el target en el que yo trabajo, son fruto de la violencia. Téngase siempre en cuenta que ninguna de estas señoras ha elegido ser madre.

2. Hablando con gente que trabaja en orfanatos privados, les pregunté por qué las madres abandonan a sus hijos. Me respondieron “muchas veces tienen enfermedades terminales, como cáncer o Sida”. El Sida, también en Etiopía, seguido adecuadamente, entra más en la tipología de enfermedades crónicas, como la artritis. Nadie le diría a una señora con artritis que abandonara a su hijo, y muchas de las artritis son más incapacitantes que el Sida. Me quedó claro que cada vez que uno de estos trabajadores sociales se cruza con una señora seropositiva, le recomienda que abandone a sus hijos, porque no podrá criarlos. Si yo hiciera lo mismo, tendría un bus lleno de niños.

3. En los años que llevo trabajando con mi Santa Infancia, ha habido dos casos en los que me planteé recomendar la adopción. Uno era el caso de la señora F. que, con cuatro hijos, se estaba muriendo con el hígado en proceso de cirrosis debido a la Hepatitis. No probé a dar los niños en adopción porque no estaba segura de que el sistema garantizara que los cuatro siguieran juntos, y son hermanos muy unidos. En una decisión que en su momento me pareció irresponsable, decidí esperar y rezar a ver qué pasaba. Dos años después, la señora sigue viva y en estado de relativa buena salud. Depende absolutamente de nuestro centro para su supervivencia y la de sus hijos, pero siguen todos juntos. Si hubiéramos dado a los niños en adopción, estoy segura de que la señora F. se hubiera muerto.

Cuando M. se quedó embarazada tenía 16 años y a nadie en el mundo. Por supuesto, no quería ser madre. Incluso cuando fuimos a parir, el principal problema fue que ella no quería parir, porque no quería tener un hijo. A gritos, la hicimos parir. Desde ese momento, la apoyamos en todo lo que necesitó. A día de hoy, quiere muchísimo a su niña, que ahora tiene dos años, y que es lo mejor que nos ha pasado jamás. Ni la madre ni la hija son autosuficientes, y si les retiráramos la ayuda que les damos, acabarían inmediatamente en un prostíbulo. Dada la fragilidad de la madre, tampoco estoy tan segura de que, si aparece un eventual nuevo “marido”, no mande la niña a tomar por saco. Pero de momento forman una familia modélica. En su día, no le comenté la posibilidad de dar la niña en adopción porque seguramente lo hubiera hecho, y yo me habría quedado con una adolescente desestabilizada después de un parto que seguramente me habría reprochado de por vida que la hubiera convencido para dar a su hija a otras personas.

4. En Etiopía, si tú sueltas, digamos, 4,000 euros, salvo que sea para construirte una casa, puedes estar seguro de que una parte de ese dinero irá a parar donde no debiera. No es normal que tanta gente del sector adopciones tenga coche. Tener coche en Etiopía es súper, súper caro. Por mucho proyecto de desarrollo que gestionen, con su formación, su sueldo no debería permitirles comprarse un coche, salvo que trabajen para Naciones Unidas. He visto gente del sector que viaja con coches que cuestan, con los impuestos, 150,000 euros.

5. Una madre que esté dispuesta a vender a su hijo, por la cantidad o la circunstancia que sea –no sólo las que aceptan dinero a cambio de abandonarlos, sino también las que deciden mandar a sus niñas de nueve años a limpiar a casas de otras personas en la ciudad- seguramente no está preparada para ser madre, y seguramente su hijo/a estará mejor en otra familia que lo/la quiera.

6. Los operadores oficiales del sector se llenan la boca diciendo que están promocionando las adopciones locales (entendidas como adopciones solicitadas por familias etíopes). Vale. El problema es que la adopción, entendida como incorporar a tu familia un niño/a al querrás igual que a tus hijos biológicos y que será, a todos los niveles, tu hijo/a, no existe en la cultura etíope. Y nadie está haciendo nada para incorporar esa idea a la mentalidad general. Básicamente, lo que subyace, es que no quieren dar niños etíopes a familias frenjis. Porque no. No les interesa garantizar a cada niño una familia en la que crecer sino, simplemente, frenar las adopciones de niños etíopes en familias frenjis. Hay quien disimula y hay quien te lo suelta directamente a la cara. Normalmente, los que no se esconden son las personas a cargo de los distintos pasos del servicio. No consigo entender como las adopciones pueden depender de personas que no creen en la adopción. Es como si pusieras de patriarca ortodoxo a un musulmán.

7. Ni una sola de las personas que he encontrado en estas semanas y que trabajan en los distintos pasos del proceso de adopción parecen tener ni la más mínima idea de lo que supone adoptar para una familia. Para ellos es un proceso burocrático y tú eres, simplemente, una persona con prisa. Da igual que les repitas una y otra vez que el problema no es esperar, el problema es entender qué estás esperando. Para ellos tú eres un colonizador que ha venido a robar un niño. No entienden que las informaciones contradictorias te confunden. No entienden que, en lo más importante que harás en tu vida, consideras vital recopilar toda la información que puedas. No entienden que la incertidumbre te hace sufrir. No entienden que haces listas inútiles con lo que has conseguido averiguar, y que rezas para que, entre todos, no te coloquen en una posición en la que tengas que decidir entre ser madre o dormir tranquila el resto de días de tu vida.

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May 14

DE RAMOS Y PASCUAS

El domingo pasado celebramos la Pascua. El calendario etíope es así, siempre retrasadito. Previamente habíamos ya celebrado el Domingo de Ramos, que es una fiesta que me da bastante yuyu. Se celebra la aclamación de un Dios que será crucificado sólo una semana después. Simboliza bastante bien el gregarismo al que tendemos todos los humanos (veáse el fútbol), y, como soy humana (¡sorpresa!), me da yuyu.

Durante la semana pasada, en espera del Domingo de Pascua, la Iglesia Ortodoxa prohíbe demostraciones de afecto y alegría. No te puedes saludar, no puedes dar besos, no puedes reír y no puedes disfrutar de nada. Por traidor.

En Etiopía se vive siempre una fuerte influencia de la fe en la esfera privada de la vida de las personas. Las personas se definen por su etnia y por la fe que profesan: musulmanes, ortodoxos, protestantes, oromos, amaras… Los etíopes se consideran un pueblo religioso y defienden la religión como parte de su cultura. Nadie se declara ateo y todo el mundo, en mayor o menor medida, practica una religión u otra. Por lo tanto, que la Semana Santa sea una de las fiesta principales tiene un sentido. Lo mismo que el final del Ramadán o el nacimiento de Mahoma. Además, hay un hecho que escapa a mi entendimiento, y es que, cuanto más pobre es una persona, más cree en Dios y en la religión organizada.

Si Etiopía, en este sentido, me parece un país consecuente con sus raíces, su cultura y su forma de vivir, España me parece el delirio absoluto. Caminamos hacia el ateísmo de manera decidida, pero llega la Semana Santa y nos colgamos el tambor con devoción ejemplar. Yo creo que lo que gusta de la religión en España es el folclorismo y el aroma a ranciete. Y sin embargo, es una cosa que se reprocha siempre a la Iglesia Católica, que no se modernizan (no nos modernizamos). El tambor recuerda, tanto en la IC (Iglesia Católica), como en la IO (Iglesia Ortodoxa), los latigazos que recibió Cristo. No es una batucada. Es el recuerdo del que los Cristianos consideramos es el momento de mayor negrura para la raza humana, la expresión viva de su cobardía y sus miserias. No entiendo la emoción de hacer partícipes de esta tradición a niños, adolescentes y adultos que el resto del año no pisan la iglesia. Quiero decir, si te mola hacer rebaño, por lo menos ajúntate el día de fiesta (Carnaval, por ejemplo, que, sin embargo, tiende hacia Halloween), no el día de marronazo. En teoría, los penitentes purgan sus pecados en este tipo de procesiones. En los últimos tiempos, quien más quien menos, guarda la petaca debajo de la túnica. Entendámonos: a mi me mola más el tocar achispadillos que el autocastigo fanaticoide, pero no comparto la necesidad de mantener la misma tradición con dos significados totalmente distintos. Si la tradición no dice lo que tú quieres expresar, pues cambia la tradición por algo que se acomode más a lo que tú quieres comunicar al mundo. Y, si el resto del año no te bastan todos los Twitters del mundo para denigrar a la IC y a sus integrantes, quítate la cruz del pecho. Al hilo de todo y de nada, diré que la segunda equipación del equipo de fútbol de mi ciudad natal tiene una cruz como emblema principal. La Cruz de San Jorge. Se ve que la Media Luna (también fuimos un pueblo musulmán) quedaba menos aparente. Y que a lo mejor alguien se molestaba, claro. La equipación, vive Dios, tuvo un gran éxito entre los aficionados. Es que la primera equipación se parece muy mucho a la del Barcelona.

A mí el preservar la tradición por tradición me pone bastante nerviosa. Experimento esta misma desazón en las fiestas de verano de mi ciudad. Es verdad que la mitigo con varios litros de bebidas alcohólicas, por lo que sufro mucho menos. Los expertos lo llaman resiliencia. Las fiestas de mi ciudad son en honor de un santo que seguramente existió y que en mi ciudad estamos convencidos de que nació en el patio de al lado, pero hay varias otras ciudades y países en el mundo que están convencidos de la misma cosa por lo que, objetivamente, es imposible tener la seguridad.

El acto central debería ser la misa en honor del santo. Está bastante concurrida, pero suelen estar más concurridos los bares. El momento que más disfruto es cuando los danzantes, aguerridos jovenzuelos que representan a los hortelanos de la ciudad (en la ciudad los hortelanos que quedan se pueden contar con los dedos de una mano, pero admiten también a gente que no sea hortelana, siempre que sean descendientes de hortelanos y varones), llevan la peana del santo desde la Catedral a la iglesia del santo para la misa mayor. Antes de que empiece la misa, se escabullen sin ningún disimulo (van vestidos con puntillas y colores brillantes, sería difícilillo pasar de incógnito) y se van a almorzar. Esto, también es tradición. Después de la misa (y nunca en medio) vuelven a entrar en el templo, retoman palos y espadas, y sacan al santo de la celebración para llevarlo al Ayuntamiento. Al santo no lo llevan a almorzar. Ideaza. Podría convertirse en tradición. Hacer parada con la peana en todas las tascas del lugar.

Yo un año dije que si lo que molaba era adorar una cosa vieja, lo suyo sería cambiar la imagen del santo por un vinilo de Las Grecas. No me digan ustedes que no sería desternillante. Chascarrillos aparte, soy de las que creen firmemente en la separación entre Iglesia y Estado, y me sigue fascinando la obstinación con que los españoles tendemos siempre hacia el pupurrí en nuestras demostraciones festivas y religiosas. Gente que critica y se mofa la Iglesia Católica en todas sus variantes (religiosos, fieles, dirigentes…) llega Agosto y se planta el fajín, la espada y a bailar en honor del santo. Somos ese país que no cree ya en nada (más que en la crisis, y en ésa creemos ahora que estamos hasta el cuello), pero que sigue bautizando a sus niños, casándose de blanco y por la iglesia, tocando el tambor en la Procesión del Santo Sepulcro y despotricando de todo lo que huela a fe católica.

Mi no entender.

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Abr 28

MADERA

Comprar cuadernos. M. se ha escapado de casa. Tendremos que mediar (otra vez) con la señora que la acoge. G. también ha estado una semana fuera de su casa. Viene su padre. Se declara inocente. Hace meses que dejó de pegarle. A lo mejor, después de años de tratar a su hijo como un animal, no podemos esperar que el niño perdone a ese señor con gafas (¿gafas en un padre de mi Santa Infancia? Sabe Dios dónde ha encontrado las gafas). A lo mejor ese odio ya no tiene vuelta atrás.

 

B. tiene hepatitis. W. necesita un electrocardiograma. Pedir cita, quedar con ella y con su madre, ir juntas a la prueba. Explicarle lo que le van a hacer para que no se asuste. A B. le han diagnosticado artritis reumatoide… a los doce años. ¿Hay reumatólogos en Etiopía? Aparentemente sí, en el Black Lion. Sondeo el terreno. Si los hay, los tienen muy, muy escondidos. O escondido. Me huelo que sólo hay uno. Mientras B. permanece ingresado en la casa de unas monjas, su padre aprovecha para beberse las mantas, la cama y, finalmente, el alquiler de su casa. B. sólo quiere volver a su casa. Sólo que ya no tiene casa.

 

Arreglaron el teléfono… parcialmente. Sólo podemos recibir llamadas. No podemos llamar. Tendré que volver a las telecomunicaciones (y van tres…). Y esperar. Y esperar. Mi hijo/a. ¿Cuándo podré quitar la barra? Sigo esperando. Estoy preparada. Estoy paralizada. No consigo hacer nada porque todo depende de cuándo conseguiré quitar la barra. Mi vida en suspensión. ¿Baja por maternidad? Sí. ¿Dónde? ¿Cuándo? En suspensión. Me dicen los burócratas que tengo que ser paciente. Se equivocan en la palabra y les sale “tolerante” ¿? Creo que soy bastante tolerante.

 

S. está triste el jueves. Y el viernes. Y el sábado, cuando me pide el alquiler, me acuerdo de que la he visto triste. Y le pregunto. Dos años desde que su madre se ahorcó. ¿Cómo puede alguien colgarse en esa mierda de casas sin que se te caiga la casa encima? La madera, me respondieron, la madera aguanta siempre.

 

Pinocho era de madera. El Caballo de Troya era de madera. El Arca de Noé era de madera. Pinocho, mentira. Caballo de Troya, engaño. Arca de Noé, refugio. Llueve estos días en Addis.

 

Y los cuadernos, que no se me olviden. Y un mapa del mundo, porque quiero empezar una colección de monedas con las monedas que se encuentra la Santa Infancia tiradas por ahí. Estoy convencida de que podemos llegar a tener monedas de todos los países, y así tener un mapa cubierto de dinero colgado en el pasillo. Tengo que ver cómo colgar las monedas de países canijos como El Salvador.

 

A Z. finalmente la ha rapado su madre. Le medico las heridas de la tiña. Me acuerdo de dónde he visto cabezas como la suya: en La Lista de Schindler, en las fotos de los campos de concentración de la II Guera Mundial. Le recuerdo al día siguiente a la enfermera que apunte la fecha de inicio de tratamiento en su expediente, para que nos acordemos de terminarlo. Le va a tocar por lo menos un mes de pastillas. Se averguenza de su cabeza concentrada. Busco un pañuelo que le quede mono. Ya está. “Tienes suerte. Como tienes una cara preciosa, todos los pañuelos te quedan genial”. Piropo de manual para subir la autoestima. Creo que cuela.

 

Se nos está cayendo el korkoró del muro. No me preocupa que entren ladrones, me preocupa que cuando caiga le dé a un peatón en la cabeza. La madera que lo sostiene se ha podrido. La madera aguanta siempre. Aguanta hasta que se quema o se pudre, supongo. Yo siempre quise ser plástico. Ahora soy madera. Aguanto.

 

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Abr 26

CULPABLE

T. tiene nueve años. Y está convencido de que yo maté a su padre.

T. tenía un padre al que le faltaban algunos dedos de los pies. Con esa minusvalía y su avanzada edad, el señor dedicaba sus días a beber tranquilamente y a mendigar cuando se le acababa el dinero para beber.

Un día el señor se puso enfermo. Y T. me lo dijo. Le dije que su padre tenía que ir al Centro de Salud (para eso están). T. me dijo que no tenía a nadie con quién ir al Centro de Salud. Yo le dije que no podía hacer nada, y él se rebotó. A ustedes les parecerá que no tengo entrañas, pero si me dedicara a acompañar al médico a todos los enfermos del barrio, no podría hacer n.a.d.a. más. No podría dormir, no podría ir al baño, no podría trabajar en nada más. Sencillamente, no me daría tiempo.

En cualquier caso, el señor fue al Centro de Salud, donde le diagnosticaron una artritis reumatoide. Le compramos las medicinas prescritas. Como no mejoraba, le dimos todavía más dinero para que fuera a una clínica privada, donde le diagnosticaron lo mismo. En ese punto, yo le dije a T. que intentaría pasarme por su casa. Al final no pude. Me fui de vacaciones a España dos semanas. En mi ausencia, el señor decidió irse al pueblo, donde falleció un mes más tarde.

Aunque murió en el gueter, y lo enterraron allí, en casa hicieron también funeral (recepción). Decidí pasarme, más que nada a ver quién se podía hacer cargo de T. desde ese momento (no tiene madre). Cuando fui, me dí cuenta de que T. había comentado a todo el mundo que yo me había negado a tratar a su padre (aclaración: NO soy médico), y la gente me miraba como si yo hubiera disparado al señor en la cabeza.

Y así hasta el día de hoy. Actualmente, cada vez que le niego algo a T. (quiere más ropa, quiere otros zapatos…) me ataca con el mismo argumento: “Eres mala gente. Por tu culpa se murió mi padre”. Sé que, a sus nueve años, está rebotado con el mundo y lo focaliza en mí. Ya. Pero jode.

Podría decirle que exactamente lo mismo que hubiera hecho yo en caso de haber tenido tiempo de ir a visitar a su padre, podrían haberlo hecho todas y cada una de las decenas de personas que se pasaron en un momento u otro por el funeral, incluido su hermano mayor de más de veinte años. Podría decirle que los únicos que le dimos ayuda efectiva (comprarle las medicinas, mantener a su hijo durante los últimos cinco años…) fuimos nosotros. Podría decirle que sé que piensa que el mundo le debe todo. Podría decirle que jamás encontrará el pago por sus desgracias.

Podría decirle que él mismo siempre odió a su padre (el señor le curraba de cuando en cuando). Podría decirle que es, como mínimo, esperar demasiado el pensar que yo puedo hacerme cargo y gestionar todas y cada una de las enfermedades que afectan a los cientos de familias de nuestra Santa Infancia.

Podría decirle que lo quiero, pero a ratos no sería verdad. Cuando me dice esas cosas lo odio un bastante.

A lo mejor porque, en el fondo, sé que podría tener razón. He salvado a otros. A veces sólo hace falta ir a la casa, y acompañarlo al médico (si vas con un frenji, te tratan mejor). A veces, sólo hace falta tiempo. Yo no tuve tiempo. Nadie lo tuvo y, al final, el señor se murió en el olvido. Se llamaba Sitotaw. Quiere decir “Regalo”. No sé para quién.

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Abr 18

TIPOLOGÍA DEL VOLUNTARIADO

Ya Juan Pablo II tuvo la intuición de afirmar que el voluntariado es uno de los signos de nuestro tiempo. En los últimos años, ha proliferado exponencialmente el voluntariado internacional, tanto de corta como de larga duración. Como se puede imaginar, en mis siete años como gallina clueca del voluntariado en el corral de mi Santa Infancia, he visto pasar decenas de personas durante una semana, un mes, un año o un lustro. Así, intentando no ofender a nadie (no prometo nada), me decido a hacer un breve recorrido por los diversos tipos de voluntarios que nos llegan:

. La hippie (no confundir con hipster, que es otra cosa). Es la clásica rasta con bombachos y talento percusionista. Los veranos normalmente se iba de camping, y este año le ha dado por venir al África. Hablo en femenino porque suelen ser chicas, pero también hay chicos. Piercings a gogó y tatuajes que exhibe a la menor oportunidad. Por cierto, reina, si llevas un Buda tatuado y se lo explicas a la Santa Infancia (it’s Budah), su expresión no es de fascinación, sino de miedo. “Buda” quiere decir “mal de ojo” en amárico. Otra cosa: los piercings, con el polvo, la humedad y los piojos que te salen de las rastas, suelen infectarse. Tráete antibiótico. Tendencia al veganismo, ergo, si se queda más de un mes, tendencia a la anemia. Comprobado.

 

. La Kumbayá. Puede venir también con bombachos. Es un poco como la hippie, versión religiosa. Concibe el voluntariado como una experiencia religiosa (pero no de las de Enrique Iglesias). Viene equipada con guitarra y Biblia. Suelen adoptar posturas algo intransigentes, del tipo “no voy de restaurantes porque los pobres no pueden ir de restaurantes”. A pesar de que los pobres tampoco tienen ni lavadora ni agua caliente, no suelen poner reparos a ninguna de estas dos cosas. Si finalmente consigues romper sus reticencias anti-materialismo y se beben dos cubatas, no habrá Cristo que las haga volver a casa. Suelen cantar en momentos aleatorios, sin motivo aparente. Esta categoría, decididamente, está mucho más presente en el sector femenino.

 

. El manitas. Esa persona que sabe arreglar de todo… en su casa. Aquí le faltan doscientas piezas por segundo, y nada de lo que venden en las tiendas de electricidad /bricolaje/fontanería le sirve. Son eficaces hasta un cierto punto, sobre todo teniendo en cuenta que no suelen hablar ni siquiera inglés. Eso sí, suelen ser bastante mejores que tus trabajadores normales de mantenimiento, por lo tanto, bienvenidos sean.

 

. El falso cooperante. Es esa persona que se ha hecho un curso on-line de doce horas sobre Cooperación al Desarrollo, ergo, lo sabe todo, todo. Sin embargo, no sabe la diferencia existente entre cooperante y voluntario. Más allá del sueldillo (los voluntarios no tenemos), el cooperante trabaja para ONGs y agencias oficiales de Cooperación, normalmente en coordinación de proyectos. Esto es, en oficina con esporádicos viajes al terreno. El voluntario también puede trabajar para una ONG, pero suele estar implicado directamente en el proyecto y tener poco que ver con su administración y coordinación, sobre todo si viene para una semana en verano. Tiene más contacto con la gente y hace cosas como limpiar culos, que son cosas que un cooperante jamás tiene que hacer. Así, te llega el enteradillo de verano, que te hace preguntas como “¿la comunidad ha colaborado en la redacción del proyecto?”, que te dan ganas de contestarle “la evaluación la pasamos cada año, gracias. Y nos la hacen profesionales”. Después de dos días en tu proyecto, ya saben todo lo que no funciona y, sobre todo, ya saben cómo tendrías que trabajar para que todo funcionara. Una bendición de Dios.

 

. El viajero. Es esa persona que viene “a descubrir África”. La Santa Infancia le interesa sólo como elemento atropológico. Se pasará el verano dando el coñazo a las familias, de ceremonia del café en ceremonia del café, haciendo fotos con su cámara de paparazzi. La mitad de su período de voluntariado lo pasará viajando. Como suele ser bastante alternativo (si no lo fuera, se habría venido en un tour organizado, como hace la gente normal) y odia la Lonely Planet, no tiene ni idea de cómo viajar en Etiopía, por lo que tendrás que organizarle el viaje y reservarle todo en los sitios que habrás sacado de la Lonely Planet que tú sí tienes. A pesar de sus ganas de conocer África, suele ser bastante hipocondríaco: todas las diarreas le parecerán amebas y todos los catarros, pulmonías. Reza para que no se pinche con nada, porque, aunque es súper aventurero, es incapaz de ir sólo al médico.

 

. Los adolescentes. Como se imagina, en esta categoría pueden incluírse elementos ya mencionados: pueden ser rastas o aventureros o Kumbayá o fans de Física y Química. Es gente que a última hora cambió sus planes de Interrail para venir de voluntario a tu proyecto. No suele tener ningún tipo de motivación, y no suelen entender que lo que para ellos es un campamento de verano, para ti es tu vida. Vienen dispuestos a renunciar a todo durante un mes. Menos al Internet. Renuncian a limpiar, a ducharse, a cocinar, a lavar los platos (bueno, no es que renuncien, es que nunca lo han hecho), pero como no les proporciones Internet y móvil en menos de 24 horas, pueden llegar a convulsionar.

 

. Los niños de pecho. Son adultos, pero requieren la misma atención que un bebé de seis meses. Se debaten entre lo que querrían hacer y entre lo que se sienten capaces de hacer, que es más bien poco. Por lo tanto, pasan a depender de ti. No mueven un pie sin preguntarte si está culturalmente aceptado mover los pies. Jamás salen por su cuenta por la noche, ni se van de turisteo solos. No se dan cuenta de que cuando ellos oyen “¡Yupi!, nos vamos a cenar fuera”, tú oyes “mierda, adiós a la cera, otra vez cuchilla”. No parecen percibir que, cuando tú tienes vacaciones, te apetece irte a España, no a Lalibela como guía de un grupo de voluntarios de verano. No entienden que tu tiempo libre es TU tiempo libre, y que no tienes por qué pasarlo con ellos. El hecho de que viváis y trabajéis juntos un mes no los convierte en tus muy mejores amigos, y puede ser que, a pesar de todas sus virtudes, tú todavía necesites tiempo sin su presencia para tomar aire.  No quiere decir que te caigan mal, simplemente que tú, antes de ellos, ya tenías una vida (seguramente comparable a la vida que tienen ellos en sus lugares de origen), y que a lo mejor no quieres paralizar esa vida para estar con ellos cada minuto del día. Si expresas este deseo en voz alta, se ofenderán y hablarán pestes de ti cuando vuelvan a sus lugares de origen.

 

. La madre: esa señora o matrimonio que, ahora que sus hijos ya no los necesitan, se vienen al África a criar los hijos de otros. Se concentrarán en pequeñas cosas como limpiar mocos a los niños o cambiarles de ropa cuando se meen. Suelen ser apañados y dar poca guerra. Puntito Kumbayá, pero sin exagerar. La única pega es que se angustian enseguida cuando la Santa Infancia tiene problemas o se hacen heridas, aplicando el nivel de bienestar que han conseguido proporcionar a sus hijos como el obligatorio inamovible para toda la Humanidad, cuando a veces no es posible.

 

. Los voluntarios: Esto engloba todas las categoría anteriores, y alguna más. Son gente que viene con la firme intención de ayudar a los que menos tienen. Están algo cargados de tópicos y expectativas, pero la mayoría consiguen reemplazarlos por percepciones reales. Si son voluntarios de tiempo breve, seguramente la experiencia les será más útil a ellos que al proyecto pero, en cualquier caso, su presencia tiene sentido: vienen con una energía que los que vivimos aquí sólo tenemos en los días de sol, no les importan las lluvias y consiguen que vuelvas a maravillarte ante cosas que se te habían olvidado, que te acuerdes de aquellas pequeñas cosas que te emocionaron tus primeros meses aquí. Para la Santa Infancia son una novedad siempre bienvenida y una vía de contacto con el mundo exterior. De hecho, como a los que se quedan poco no les da tiempo de vivir situaciones feas ni de echar broncas, los recuerdan con gran afecto. Vivir con ellos es siempre una aventura, aunque a veces ellos no se den cuenta de que la aventura en sí misma puede ser algo tan simple como dar un abrazo, jugar a la comba, arbitrar un partido o pintar una pared.

 

Y la mayoría, eso sí, suelen acabar venerándote. Y siempre se agradece.

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Mar 21

AYUNO Y ABSTINENCIA

Al margen de los avatares de la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa Etíope procede con sus rituales anuales. Hace ya dos semanas que empezamos el período de ayuno que precede a la Pascua, y que nosotros conocemos como Cuaresma. Ellos lo llaman Ayuno, para tener que dar menos explicaciones. Tiene sentido.

El ayuno ortodoxo se mantiene durante sesenta días, en los que no se puede comer nada derivado de los animales (carne, pescado, leche, huevos), y en los que no se puede comer absolutamente nada hasta las tres de la tarde. Yo siempre había creído que Jesús murió a las seis, pero ahora he descubierto que no, que es a las tres. Yo creo que tendría más sentido empezar el ayuno a las tres, pero la Iglesia ortodoxa no comparte esta idea mía.

Mi Santa Infancia, que no conoce límites, se entrega al ayuno con devoción ejemplar. Hay que limpiarse. Yo hace años que lucho contra la limpieza, y les propongo variantes del ayuno (ayuno de insultos, ayuno de peleas en el patio, ayuno de helados guarros de hielo…) con resultados nulos por el momento. No pierdo la esperanza.

Me cuesta aceptar que toda la actividad se paralice a las tres de la tarde (las trabajadoras también ayunan). Me cuesta aceptar que tengamos que dar comidas durante cuatro horas (los de la guarde siguen comiendo a las doce). Me cuesta aceptar que decidan poner en riesgo su salud (mi Santa Infancia normalmente come carne dos veces a la semana, un promedio claramente insuficiente para niños en crecimiento).

Un día le pedí a A. que le preguntara al cura que les da el catecismo en la iglesia ortodoxa que por qué se entiende que la voluntad de Dios es que la gente pase más hambre de la que ya pasan normalmente. Al día siguiente, vino triunfal con la respuesta: “Dios nunca nos pide más de lo que sabe que podemos hacer”. Chúpate ésa.

Hoy ceno huevo frito. Como media Etiopía ayuna, la otra media nos hartamos de comer huevos, aprovechando que bajan los precios.

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