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Posts Tagged ‘Etiopia’

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May 28

EN-FILA-DOS

    He decidido hacer un ránking de filas. Dado que al cabo de la semana me trago varias (sanitarias, burocráticas…), creo -humildemente- que puedo hablar con cierta autoridad. Hay quien se hace un máster en gestión de recursos humanos. Yo me estoy haciendo un doctorado en turnos de espera.

    Así pues, mi número dos es la fila de la clínica de la Doctora. De quién es la Doctora y qué pinta en este blog hablaremos otro día (o no). Por hoy, baste decir que dirige una clínica para mujeres y niños de escasos recursos, situada dentro de un orfanato de una conocida congregación religiosa.

    Yo, como de costumbre, no estaba haciendo la fila sola. Estaba con A., que pasó algún tiempo en el centro de La Doctora ingresado por varias y múltiples circunstancias. El resto de la fila eran todo señoras con niños de pecho. Allí tengo que decir que me he sentido un poco estéril, porque era la única de pechos vacíos y sin niño propio. También era la única con sujetador, pero esto tiene menos simbolismo.
    Las señoras eran bastante gueter*, todas con sus netelá. El netelá es un complemento que me encanta. Es el velo blanco que normalmente debería usarse para cubrirse la cabeza cuando se va a misa. En la práctica, las señoras de gueter lo usan lo mismo para un roto que para un descosido, especialmente las que van con el niño colgando. En primer lugar, el netelá te sirve para atarte el niño a la espalda. Cuando el niño no lo llevas a la espalda, lo llevas en brazos envuelto en el susodicho netelá. Aparte de estos usos evidentes, el netelá te sirve también para limpiar al niño, igual cuando se caga que cuando se le cae un moco. Tú lo limpias con el netelá. Del mismo modo, cuando el niño se mea en la cola de la clínica de La Doctora, también limpias el suelo con el netelá, ante el horror de algunos voluntarios extranjeros. Si les plantearan el mítico acertijo sobre la hipotética isla desierta, las señoras gueter no lo dudarían un minuto: se llevarían el netelá. El súmmum del gueterismo es llevar un netelá de repuesto atado en torno al torso, un poco como las cartucheras de balas de los guerrilleros latinoamericanos. Supongo que será por si les dejan llevarse dos cosas a la isla desierta.

    El netelá para los niños tiene un poder relajante. Está científicamente comprobado (descarao) que si tú a un niño lo envuelves en un netelá, se queda sopinstant, que decía Elvira Lindo cuando todavía era graciosa. Incluso los adultos cuando se ponen enfermos se envuelven en el netelá de pies a cabeza. Y no hay forma de desenvolverlos, porque fuera del poder sedante del netelá todo les duele mucho, mucho más.

    Volviendo a la fila, allí estaban las señoras, sus niños, sus netelás y yo. La clínica de la doctora es pequeñita pero coquetona, y se crea en la fila un ambiente de camaradería entre las señoras que se cuentan sus desgracias. El momento más simpático lo ha protagonizado una de las señoras cuando la enfermera le ha traído un bote porque necesitaba una muestra de heces del bebé. La señora, rauda y veloz, le ha dicho que no era necesario ni siquiera desenvolver al niño, dado que, casualmente, había un poco de caca en uno de los extremos del netelá. El diálogo ha continuado por derroteros que rayaban el sainete valleinclanesco (en caso de que Valle Inclán hubiera decidido escribir sainetes africanos):

    Enfermera: Pero, la caca del netelá, ¿es fresca?
    Señora: Sí, hace sólo media hora que lo he limpiado
    Enfermera: Ah, pues entonces sí que me vale

    Había otra señora que también tenía que recoger caca de su niño, y la enfermera le ha dado el botecito y los pertinentes guantes. La señora ha desenvuelto al niño, ha abierto el trapo que le servía de pañal, y ha cogido un poquito del contenido del pañal. Los guantes se los ha dado a los otros dos hijos que venían con ella, más mayores, para que jugaran. Los han inflado y yo los he atado (la señora no sabía), y hemos pasado un rato de lo más entretenido jugando con los globos de cinco dedos.

    Otra de las señoras de la fila venía a recoger a su niño, que había estado un mes ingresado. Como la señora tiene siete hijos más en casa, casi no había podido ir a ver al que estaba ingresado. Cuando las enfermeras se lo han traído, la señora se ha quedado un poco plof, porque el niño, de algo menos de un año, no parecía reconocerla. El resto de las señoras la ha consolado diciendo que es normal, que a esa edad un mes es un montón de tiempo, y que no se preocupe que enseguida volverá a quererla. Yo, en mi amárico macarrónico, he aportado el tradicional “madre no hay más que una” (enat and bicha nat). Otra de las señoras, más práctica, le ha dicho que no tenía por qué estar triste, que si el niño estaba tranquilo era porque en la clínica lo habían querido tanto como en su casa, y que lo que tenía que hacer era alegrarse porque a su hijo no le había faltado amor en ningún momento. Como puede verse, las señoras gueter de vez en cuando tienen una profundidad mental que te deja ojiplática, que decía Eva H. cuando todavía era graciosa. Al final, la señora del niño ingresado se ha ido bastante contenta, ya que otra señora que la conocía de antes le ha dicho que se notaba de lejos que el niño estaba mucho más sano que hace un mes.

    Y yo, después de una media horita de espera, también me he ido bastante contenta. Sobre todo, porque he encontrado mi fila número dos. Mantengo en el top del ránking la de Inmigración, porque la considero insuperable, pero ya le he dicho a La Doctora que la de su clínica también es la mar de entretenida. Volveré.

*Gueter: Se traduce por countryside. Los etíopes denominan gueter a todo lo que no es ciudad. El noventa por ciento de Etiopía es gueter, pero, a veces, parece como si no existiera.

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May 25

INTERCAMBIO

    Leyendo mi periplo festivalero nocturno de hace algún tiempo, puede parecer que aquella noche fue la peor de mi vida. Y no, mira. Con el pasar de las semanas, me quedo con la experiencia de haber compartido aquella noche con la abuela de M, una señora que, desde una gran serenidad, nos mostró el rostro de quienes han nacido, viven y morirán en la pobreza. Como ya conté, en un momento de la noche, la señora sólo quería llevarse a M. a casa, porque a los etíopes no les gusta morir en los hospitales. No es que se diera por vencida, simplemente aceptaba la realidad. Que se te muera un hijo, un nieto, no es tan raro. Entra dentro de lo previsible. No es que no lo quiera –“es lo único que tengo”, repetía-, pero la gente como ella están acostumbrados a perder, y supongo que tratan de hacerlo con la mayor dignidad posible.

    Cuando llegamos a la clínica privada, la mujer se llevó aparte a una de las enfermeras y le preguntó cuánto costaba el estar allí. La enfermera, amable y claramente, le dijo: “donde habéis estado antes eran hospitales públicos. Éste no, éste es muy caro”. Acto seguido, la señora vino a asegurarse de que yo conocía esta circunstancia, que, por otro lado, a ella se le escapaba un poco: “Yo en toda mi vida lo máximo que he visto son los cien birr que pago de alquiler al mes”. Que la enfermera le dijo que en la clínica, con eso, ni los buenos días nos iban a dar. Como se puede imaginar, cuando nos indicaron el depósito que teníamos que realizar (2.500 birr), la señora tuvo un momento de pánico al llegar a la lógica conclusión: “Jamás podré devolveros ese dinero”. Le indiqué que ya nos habíamos percatado de ese hecho, y que no se preocupara, que la salud del niño no tenía precio para nosotros (aunque sí para la sanidad privada).

    Realmente, el mejor momento de la noche llegó cuando se llevaron a M. al quirófano de la clínica privada y yo me quedé sola con su abuela. Por matar un poco el tiempo, y dado que se tenían que quedar algunos días, aproveché para enseñarle los baños y explicarle el basic management de lo que viene siendo un váter con agua corriente. Al final del tour, le indiqué que, para saber en qué baño entrar, debía mirar los dibujos de las puertas: el que lleva faldas es para las señoras y el que lleva pantalones es para los señores. Por primera vez en varias horas, la señora rompió en una sonora carcajada. Le pareció La Idea, eso de los dibujos así de claros en la puerta del baño. Así, dedujo, hasta los que no sabemos leer sabemos dónde tenemos que entrar. Supongo que es como la primera vez que uno usa un post-it, que lo encuentra la mar de práctico y se extraña de que nadie lo inventara antes. Pues igual.

    Antes de dejarlos en la habitación, le dí a la señora un dinero para que se comprara algo de comer al día siguiente. Cuando nuestra enfermera fue a visitarlos, me comunicó que la señora se negaba a pagar 18 birr por un plato de injeera, que era lo que costaba en la cafetería del hospital, y que había decidido no comer durante los tres días que iban a estar allí, y que me devolvía el dinero. Tuve que llevarle una fiambrera y un termo. Luego, cuando sus vecinos del barrio averiguaron dónde estaban, acudieron todos en masa a visitarlos y a llevarles comida, y así la clínica privada se llenó de mendigos y leprosos, y en dos días las enfermeras decidieron que el niño ya estaba bien y que le daban el alta.

    A pesar de la evidente distancia que nos separa, aquella noche me sentí unida a la abuela de M. Compartíamos un objetivo común, y ambas estábamos convencidas de que la otra haría todo lo que estuviera en su mano para conseguirlo. Por una noche, fuimos iguales, aquella señora de setenta años, analfabeta y asustada; y yo, con un mundo que se me caía encima por momentos ante la perspectiva de perder a una parte de la Santa Infancia. Comprendí profundamente, no sólo su dolor, sino también su resignación, su perder con dignidad. Porque hay veces que se pierde. Sólo que nosotras, aquella noche, ganamos. Las dos.

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May 20

INTERIORIDADES

_¡Kaktus, Kaktus!, ¡G. se ha sacado una lombriz del culo en el patio!
Una conversación que comienza así sólo puede mejorar. Me dirijo a comprobar el hecho denunciado. Efectivamente, en el fondo de una de las acequias de desagüe que bordean el patio, reposa el cuerpo sin vida de una lombriz blanca, de unos veinte centímetros de largo. La Santa Infancia y yo guardamos silencio ante los restos del animal.
_ Perdona -yo soy muy educada- ¿cómo coño te has sacado semejante serpiente del culo? – también soy muy clara hablando, porque el amárico tampoco lo domino tanto.
_ Se la he sacado yo -señala orgullosamente M.- Me he ganado un caramelo, ¿no?
_ No, te has ganado un lavado de manos en profundidad
_ No, no hace falta -replica- he cogido un papel del suelo para agarrarla
Las arcadas me recorren de pies a cabeza, y mientras superviso el correcto lavado de manos de G. y M., quién sabe por qué, me viene a la cabeza una canción que aprendí en el cole y que decía: “Mi corazón es una caja de música donde Dios colocó su canción”. Mientras pongo el piloto automático para comenzar la charla de “está totalmente prohibido sacarse cosas del culo los unos a los otros”, reflexiono (polivalente soy) sobre las diferencias culturales: mientras las niñas de colegio femenino católico crecimos convencidas de que nuestro interior albergaba un artefacto mecánico musical depositario de canciones celestiales, la Santa Infancia vive con un terrario en sus entrañas que les proporciona bastante más distracción que nuestra cajita de música católica.
A veces, yo sé que se me va la olla.

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May 17

RACISMO

En Navidades repartimos muñecas a todas las niñas pequeñas y medianas. A una le tocó una preciosa muñeca negra, supongo llegada como donación de algún hogar progresista europeo. Todas las niñas estaban híper contentas con sus muñecas.

_ ¡Qué mona! -le digo a la niña- ¡una muñeca abeshá!
_ No es abeshá -categoriza- es Gambela
Pobre muñeca. Qué dura vida le espera en Addis.

Abeshá, como muchos sabéis, es el nombre con el que se designan los etíopes a sí mismos como raza. Gambela es la frontera con Sudán, y allí la gente tiene rasgos más africanos, además de ser más oscura de piel.

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May 13

COSMOPOLITA

    Hoy me ha tocado guardar turno. En la Immigration Office. Me ha encantado.

    Y es que hay sitios donde hacer cola da gusto. Yo mantengo que, en este país, la cola de inmigración es, con mucho, la más divertida de todas. Obviamente, no es la primera vez que tengo que resolver trámites de inmigración. Pero es que cada vez que voy me lo paso mejor. Nunca me decepciona.

    Para empezar, es un lugar único donde apreciar la variedad de la fauna de todas las nacionalidades que se mueve por aquí. Además, como la cola suele ser bastante larga, la gente te da un montón de conversación. La cola la haces en un banco, y te vas moviendo hacia uno de los lados cada vez que alguien se levanta porque le toca entrar en la oficina. Es decir, tus compañeros de banco son siempre los mismos, lo que se presta a entablar relaciones. Y, curiosamente, la gente allí siempre tiene mogollón de ganas de hablar. Sería un lugar ideal para terapias de grupo (sugerencia).

    La pena de hoy ha sido que, por mi actual situación migratoria, tenía que fingir que era una turista de las de verdad. Al principio me ha dado algo de penita, pero, una vez metida en el papel de “sin la Lonely Planet estaría muerta”, he descubierto que, cuando la gente piensa que te está ilustrando sobre algo que tú desconoces, te cuenta cosas mucho más interesantes.

Etiopia, Tarike

    Hoy, por ejemplo, he conocido a una enfermera jamaicana, ciudadana estadounidense, que desde hace seis años vive a caballo entre New York y Sashamane. Su marido vive siempre en Sashamane, pero ella pasa largas temporadas en Addis Abeba, porque la hija de ambos va al cole en Addis. Todos ellos son rastafaris (de los de verdad, no de los de Pirineos Sur). Así, esta señora me ha contado algunas cosas interesantes sobre el rastafarismo y la vida cotidiana en la comunidad de Sashamane. Luego me ha contado cómo había celebrado el triunfo de Obama con champán, y todo esto me lo relataba con un acento genial, como el de Bailey de Anatomía de Grey. Y yo estaba encantada de la vida.

    Nuestro vecino de banco era un chino de la China que no hablaba ni una palabra de inglés, y cuya única contribución a la conversación ha sido cuando, por gestos, nos ha hecho notar las diferencias entre los dibujos que ilustran las hojas interiores de nuestros pasaportes: en el mío figuran animales migratorios (ballenas, langostas, golondrinas…) y sus respectivas rutas all around the world, en el de la señora jamaicana, que era pasaporte del Tío Sam, figuran los lugares más bonitos del Tío Sam: unos cowboys en Texas, el edificio del Parlamento y la Estatua de la Libertad. En el del chino sólo sale el sol naciente en todas las hojas.

    A la señora rastafari, que tenía todos los papeles caducados no, lo siguiente, la han hecho pasar delante de mí. Y así he conocido a un señor francés que ha vivido un web de años en toda Latinoamérica y que ahora cultiva rosas cerca de Addis. Y que, para ilustrarme sobre el innegable poderío que la China del sol naciente está adquiriendo, ha sentenciado: “los chinos se están comiendo África”. Es una suerte que los chinos sean poco dados al aprendizaje de otras lenguas, porque si no los cinco que estaban haciendo fila con nosotros creo que se hubieran enfadado (creo).

    Había también, caído de no se sabe dónde, un señor de algún país africano de habla francesa, que pretendía la renovación por un mes de una visa de tránsito aeroportuario. A la oficinista ni siquiera se le ha torcido el gesto, con que no debe ser una situación tan insólita como a mí me lo ha parecido.

    En cualquier caso, a mí lo que más me gusta son los vestidos de las señoras del África francófona, donde tienen mucha más gracia para vestirse y los estampados son mucho más bonitos que aquí. O al menos esa es la impresión que me he formado en la Immigration, porque yo, más allá de Etiopía, no me he aventurado jamás. La próxima vez que me vengan ínfulas viajeras -decidido lo tengo- directa me encaminaré a pasar el día en la Immigration. Para sentirme viajada. Cosmopolita. Ciudadana del mundo. Whatever.

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May 11

UNPLUGGED

    Lo bonito del Interné, como reiteran siempre en los Congresos de Periodismo Digital, es el feedback, la interacción con los lectores, el que alguien te mente la madre en los comentarios. Y tú vas y le respondes: pues tú más. Y así.

    Lo bonito de Etiopía son sus nobles gentes, agrestes paisajes y arraigadas costumbres, que diría Labordeta (invitado queda). Pero no su conexión a Internet, que apesta. Porque aquí, amigos todos, aquí todavía existen los “k”. I swear (como te lo cuento). Concretamente, a mí, en los días de conexión interplanetaria, me existen 33,6 Kb por sec. Y ya. ¿Que cómo hago para mantener un blog así de apañao? Como dicen donde yo nací: con ayuda del vecino, mi abuela mató el tocino. El mismo hermano que me diseñó el blog (Mr. K) me cuelga las entradas que, cuando puedo, le mando. Yo el blog este no puedo ni abrirlo desde casa. A veces lo veo cuando voy donde la Yeshi, la señora que regenta un Ciber Cafe ubicado en un container rosa chicle, que a ella le existen 240 Kb cuando hay luz. Los comentarios me llegan, de forma inexplicable (al menos para mí) a mi correo personal, llenando mis días de alegría sin fin.

    ¿Que a qué viene todo este rollazo? Como diría mi ídolo: me encanta que me hagas esa pregunta. Pues viene a que, sintiéndolo más que mucho, no puedo contestar a los comentarios en el blog. Me hace un montón de ilusión recibirlos, por lo que irracionalmente pediría que no dejarais de hacerlos, pero, siendo honestos, os tengo que decir que probablemente no contestaré (salvo que pueda escaparme a la Yeshi). Sí que intentaré contestar a través del correo personal, que sale en los comentarios, pero allí también el problema es un poco el mismo. Y que la cosa pierde gracia, porque el resto no pueden ver la respuesta.

    En cualquier caso, aprovecho la oportunidad para agradeceros a todos los que os pasáis por aquí el interés demostrado. La Yeshi también os agradece que me obliguéis a dejarme los birretes en su Cibercafé rosa más a menudo. Un abrazo a todos.

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May 11

LA MALA PATA DE ABEBE

    Hoy he leído en el libro de inglés del equivalente a octavo de EGB una curiosa historia. La contaba un niño, y hablaba de su tío, que tenía 24 años, y tenía HIV/AIDS (no sé por qué, pero lo ponen siempre todo junto). El tío -pongamos que se llamaba Abebe-, pobrecillo, se había contagiado del HIV/AIDS a los 22 años. Se había encontrado una jeringa por la calle y, al ir a tirarla a la basura, se había pinchado. A pesar de que la mujer de Abebe es enfermera en un centro de HIV/AIDS, Abebe no le había dado mayor importancia al asunto hasta que, algunos meses más tarde, Abebe se empezó a encontrarse mal y, voilá, tenía HIV/AIDS. Según su sobrino, ahora Abebe es un hombre de provecho que ayuda a los demás enfermos de HIV/AIDS. El sobrino estaba muy orgulloso de su tío Abebe, concluía el texto.

    Como veis, según el libro de inglés (nota: es el libro que se usa en todas las escuelas del país), si te contagias de HIV/AIDS a los 22 años, lo más normal es que haya sido porque te hayas encontrado una jeringa en la calle -habida cuenta la gran cantidad de hospitales presentes en el país, te puede pasar en cualquier momento-, la hayas cogido (porque eres bastante tonto) y te hayas pinchado (porque además de tonto, eres cretino, porque mira que es fácil tirar una jeringa a la basura sin pincharse). Además, has tenido la mala malísima suerte de que, a pesar del contacto con el aire, el polvo y la vida, el virus sigue activo en la jeringa, con una carga viral tan impresionantemente alta que ¡zas!, te contagias. Como la vida misma. La posibilidad de que Abebe se fuera de putas y se infectara allí, parece que al sobrino (a la sazón, cursando octavo de EGB), no se le había ocurrido.

    Lo que el sobrino no cuenta es lo contenta que se puso su tía la enfermera cuando se enteró de que también estaba infectada de HIV/AIDS. Porque, si su marido -según el sobrino- se enteraba al año siguiente de que se había infectado el día de autos, me dirás tú si para entonces la señora de Abebe no iba de virus hasta las cejas. Bueno, o igual no, igual no le había dado por coger ninguna jeringa y, lógicamente, estaba a salvo. Nunca se sabe. Tal vez la inocencia inmunice; y en tal caso, el sobrino de Abebe podrá coger todas las jeringas que quiera (bañarse en jeringas usadas), porque es un alma de cántaro de las que hacen época.

    El texto escrito por el sobrino de Abebe venía completado con algunos consejos para tratar con enfermos de HIV/AIDS. A los enfermos de HIV/AIDS hay que cuidarlos mucho: ayudarlos económicamente, hacerles la comida, lavarlos, leerles cuentos en voz alta, darles de comer… La posibilidad de que un enfermo de HIV/AIDS con el tratamiento apropiado pueda llevar una vida autónoma y valerse por sí mismo no venía en el libro.

    En la contraportada del libro está escrito que está financiado por el USAID, con fondos procedentes de una cajita que tenía George Bush para el África (y que ahora supongo que tendrá Obama). Antes el mundo funcionaba así: tú invadías Somalia, y George te pagaba el libro de inglés. Lo comido por lo bebido. Además, el libro estaba redactado en Alabama, con colaboradores etíopes. Alguien tendría que organizar un seminario sobre vías de transmisión del HIV/AIDS a la honrada gente de Alabama.

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May 07

CABO CAÑAVERAL

    No es fácil lanzar un cohete. Primero, hay que buscar el cohete. Aunque vivas en la NASA, eso no implica necesariamente que haya cohetes disponibles. Tienes que mirar cuánto va a costarte el cohete, porque no es plan de llegar a Marte y no tener dinero para volver.

    La tripulación tiene que llegar puntual. Al estar la tripulación compuesta fundamentalmente por menores de edad y señoras que no podrían escribir su nombre ni aunque les fuera la vida en ello (no digamos leer un reloj o ponerse un despertador), informas a todos los implicados de que el cohete partirá con el amanecer, para llegar a Marte a buena hora y ser de los primeros en pisar el planeta. La tripulación te responde que hará lo que buenamente pueda para llegar a tiempo.
etiopia | kaktus

    Y luego está la atención psicológica a los astronautas. De repente, al más joven de los astronautas, le da el pánico. No le gusta Marte. No le gustan los experimentos científicos. No quiere ir. El resto de la tripulación se contagia del pánico. El señor conductor de cohetes se impacienta mientras gran parte de la tripulación está llorando.

    No es fácil lanzar un cohete. Es casi, casi tan difícil como llenar un minibus de gente enferma para ir al hospital.

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May 04

INFALIBILIDAD

    A mi rubio favorito hay un juego que le encanta: cuando estoy sentada, viene por detrás y me tapa los ojos (las gafas) con las manos:
_ ¿Quién es?
_ Esto… no estoy muy segura… pero creo que es… A.!!!
_ ¡Síííí! ¡Siempre sabes que soy yo!

    A mi rubio favorito le fascina pensar que lo quiero tanto que hasta con los ojos tapados sé quién es. Que conozco su voz, su olor, el rumor de sus pisadas. Que podría encontrarlo incluso si mi su el mundo se quedara a oscuras.
Y tal vez tenga razón.

    O tal vez sea el hecho de que sus manos están mal formadas y le faltan algunos dedos. Tal vez (a lo mejor), esas manos dignas de los Simpson sólo pueden ser suyas.
El caso es que acierto siempre.

    Fortuna la nuestra, que nos reconocemos.

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Abr 29

NOCHE DE FIESTA (Y 3)

    En la pediatría encontramos un nuevo doctor que parece bastante enfadado por el hecho de que M. tenga trece años. Nos dice, en cualquier caso, que llamará al cirujano. Nos cierra la puerta de la consulta en las narices. Cuando la vuelve a abrir, nos comunica que M. no será operado antes de las seis de la mañana, por lo que podemos irnos. Antes de esa hora, dice, no habrá material para la operación. Después de esa hora, dice, tampoco puede garantizar nada. Las enfermeras nos miran con lágrimas en los ojos. La Doctora me llama por teléfono por enésima vez -ha estado siguiendo nuestro periplo a distancia toda la noche- y me dice que tenemos que conseguir que le pongan suero y antibióticos para ganar algo de tiempo. Pedimos esos cuidados, y el doctor nos dice que tenemos que irnos, que no podemos pasar allí la noche. Nos ofrecemos a llevar el material necesario, y el doctor nos dice que no aceptan material de fuera. Las enfermeras nos dicen que no vamos a conseguir nada, que M. no aguantará hasta la mañana, y que lo mejor que podemos hacer es probar suerte en otro lado. Sólo que ni siquiera ellas mismas saben decirnos dónde podemos probar, y el tiempo se nos acaba.

    La abuela de M. apuesta por tirar la toalla. “Habéis hecho ya bastante”, me dice, “vámonos a casa. No quiero que muera aquí”. No puedo prometerle que no se va a morir porque, francamente, empiezo a dudarlo un bastante.

    Vuelvo corriendo sola a las emergencias generales, donde les cuesta creer que no vayan a operarlo inmediatamente. No pueden hacer nada en contra de la opinión del cirujano. Me preguntan que qué pensamos hacer.
_ Probaremos en la B. Clinic
_ Sí, buena idea, allí tienen servicio de Emergency
_ También aquí hay servicio de Emergency. Dos. Y otro en el Kedus Paolos. Y dos más en el Black Lyon. I’m so fed up about emergencies.
_ Lo sentimos. Good luck.

    La gente que espera en la pediatría nos ayuda a montar a M. en la parte trasera del coche. Sigue vomitando.

    Llegamos a la B. Clinic. Es un centro privado. Como allí no hay distinción entre urgencias pediátricas y generales, no tenemos problemas. Llaman al cirujano de guardia (que está en su casa) y nos dicen que lo operarán por la mañana. Que, para pasar la noche, le pondrán suero y antibióticos. Nos garantizan que aguantará. Hasta que llegan los resultados de los análisis de sangre.

    Vuelven a llamar al cirujano, que llega en media hora. A la una de la mañana lo operan. A las dos sale del quirófano. El cirujano nos explica que el apéndice estaba ya todo infectado, pero todavía sin perforar, por lo que no ha sido demasiado complicado. La operación nos ha costado lo que media lavadora (aquí el sector lavadoras tiene unos precios bastante europeos). Nosotros podemos pagar.
Abba Libreto y yo decidimos volver al Yekatit para dar las gracias a las enfermeras que tan bien nos habían tratado, y para decirles que la aventura termina bien. Se emocionan un montón por el gesto. Llegamos a casa a las tres menos cuarto.

    A las siete y media me despierto llorando. No me despierto y lloro. Abro los ojos, y los tengo llenos de lágrimas. Lloro un rato, no sé muy bien por qué. Me levanto, me ducho y voy al centro. Hace un día precioso. Poco a poco, el sol y los niños me despiertan de la pesadilla. Salgo del cubo, de la oscuridad de ese patio, de los pasillos del cuartel sanitario. Consigo, por primera vez en muchas horas, levantar los hombros, estirar los brazos, mirar arriba. Me sacudo el frío y me alegro de estar viva. De que todos estemos vivos.

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