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Posts Tagged ‘Kaktus’

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Ene 12

MEMES

Cuando A. (niña, catorce años) me ha dicho que su maestra quería verme de nuevo, me he pillado soberano rebote, porque es la quinta vez que me llaman del colegio este año y sólo estamos en enero. Esto es una cosa que yo hago mucho, que cuando me llaman los profesores para hablar, a los niños los llevo ya gritados, porque así van más sumisos y el profesor se piensa que realmente se arrepienten de sus fechorías y les da otra oportunidad. Se llama marketing con causa.

Total que, tras advertirle previamente a A. que no toleraría ni una mentira, ni un “yo no he sido”, ni un “la culpa es del resto del universo mundo”, hemos ido a ver a la maestra de matemáticas, que me ha informado, bastante rebotada ella también, que A. no presta atención en matemáticas. “Toma,”-he pensado- “ni en mates ni en el resto de asignaturas, que por algo ocupa el puesto 44 en un ránking de 50”. Pero me he callado y me he limitado a asentir circunspectamente. La maestra, realmente, no me llamaba por eso. Me llamaba por un cuaderno que le ha confiscado a A. y que ha abierto delante de mis ojos, diciéndome que había cosas terribles escritas. Yo, así, a bote pronto, no es que tenga una gran capacidad lectora del amárico, por lo que he seguido asintiendo circunspectamente (que es una cosa que, con los años, me queda bastante circunspecta). A simple vista, el cuaderno aparecía alfombrado de florecillas, brillantinas y corazones varios. Muy Candy Candy. Le he indicado a la maestra que leería con atención el cuaderno, dado que, según ella, el citado documento “is not good for her future life”. Obviamente, ante semejante diagnóstico, yo no he podido menos que volver a asentir circunspectamente, le he dado las gracias y nos hemos ido.

De vuelta a mi office (que la tengo), lo primero que he hecho ha sido llamar a M., que es una trabajadora nuestra, y pedirle que me ayudara a descifrar el cuaderno. Después de lo dicho por la maestra, yo ya había elaborado mis hipótesis, resultándome la más plausible que A. sea una madame y en el cuaderno apunte las citas de sus chicas. Yo, para mi Santa Infancia, quiero siempre lo mejor.

Un meme. Utilizan los cuadernillos para pasarse memes. La cosa funciona así: en la primera página, A. había escrito una cincuentena de preguntas, que luego sus amigos del cole contestaban en páginas subsiguientes. Sólo que, como son muy afanados, además de contestar el meme, pues ponen dibujillos o fotos de revistas o brillantina pegada. La verdad es que es el cuaderno que todo chino soñaría tener. Lo sacudes y te caen cinco flores secas, dos corazones de plástico y tres fotos de actores de cine indio.

Respecto a las preguntas, yo me esperaba “lo peor”, es decir, enterarme de que A. tiene vida emocional (y que me diera envidia), pero no, mira. Aquí van algunos ejemplos de las preguntas hechas por A. y contestadas por una de sus amigas:
_ De las tres letras del ABC anti HIV (Abstinence, Be faithful and Condom), ¿con cuál te quedas?
_ Abstinence
_ Si mañana se acabara el mundo, ¿qué harías?
_ Ir a confesarme
_ ¿Es el sexo una prueba de amor?
_ No

Asustada no, aterrada he quedado. Qué panda de fanáticas están hechas. Las respuestas, ni dictadas por USAID. Por cierto, que su color favorito era el rosa, la bebida que más le gusta es la Mirinda y la que menos el aguardiente local. Y que si un chico le gusta, pues que espera a que le entre y ya (pues espera, maja, espera).

Sí que había algunos poemillas que había escrito un chico del tipo “rezando le pregunté a Dios, ¿me querrá A. algún día?” (en amárico medio rimaba), pero ya. Nada de carnaza, vaya. Al final de nuestra lectura detallada, le he preguntado a M. , que tiene veinte años, por qué la profesora se había quedado tan escandalizada por una cosa natural y bastante ingeniosa en lo que a comunicación y modo de conocerse se refiere. La respuesta ha sido contundente:
_ Los profesores etíopes no entienden nada.

Yo he asentido circunspectamente.

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Ene 06

EL MES

Hoy ha acabado mi calvario. Ha vuelto Brother House. Debo ser la única curranta del mundo que cuenta las horas para que vuelva su jefe. Porque la vida sin Brother House es muy, muy dura. La vez pasada que hice lo que popularmente conocemos como El Mes se me retiró hasta la regla. Esta vez, que tengo más callo -han pasado cuatro años-, he conseguido menstruar a su debido tiempo pero, una vez más, he desarrollado un apetito compulsivo del que planeo hablar mañana (u otro día).

Y no es sólo que Brother House, trabajando doce horas al día 365 días al año, sea un vacío dificilillo de llenar, no. En el campo educativo (lo que viene a ser solución de problemas cotidianos de la Santa Infancia), me apaño bastante bien. Y cuando no me apaño, con decir “lo hablamos cuando vuelva Brother House”, pues tira que te va. Lo que más me cuesta es la gestión de los campos de fútbol y otros deportes.

Lo de los campos de fútbol, verdaderamente, es más difícil que organizar la sección de lácteos del Mercadona (por lo menos). Vaya por delante que, como saben mis conocidos (y también la gente que me conoce menos, porque esto es algo que yo grito a quien quiera escucharme) O.D.I.O. el fútbol. En todas sus variantes: Futbito, fútbol ocho, fútbol sub-18, fútbol sala, fútbol sub-21…. De hecho, una de las más importante motivaciones a la hora de volver a Etiopía fue el hecho de que el equipo de mi cuidad natal ascendió a Segunda División. Aguanté la primera jornada de liga. Y, mientras no desciendan, aquí que me quedo. Creo -y sé que es una opinión profundamente polémica- que el fútbol saca lo peor de la gente. Y eso que yo, de pequeñita, era fan de Pelé. Pero sólo cuando lo veía en Evasión o Victoria.

Así las cosas, como se puede imaginar, me toca un pie quién juegue en cada campo o quién tenga que arbitrar cada partido. No entiendo las reglas. Y no me importan. En teoría, hay fans del fútbol (de todo tenemos) que sí entienden de estas cosas y están a cargo de los distintos torneos. El problema es que todo el barrio quiere jugar en el mismo campo, que casualmente es el de baloncesto. Porque ahora se ha puesto de moda jugar a futbito. Una pasión que los que normalmente juegan al baloncesto en el mismo terreno no comparten. Al margen del problema del campo, está el problema del balón. Porque tú no lo sabías, reina, pero a futbito se juega con un balón del número 3. Sí, los balones vienen numerados en función de su tamaño. ¿Que cuál es el número 3? El que no venden en Etiopía. Y a futbito, aunque tú no lo entiendas (porque eres cortita), o se juega con balones del número 3 o no se puede absolutamente jugar. Y todo el mundo sabe que la juventud, si se ve privada del fútbol durante más de dos días seguidos porque tú no has encontrado el puto balón, pues no tiene más opciones que darse a las drogas o a la bebida (aquí no venden la Wii). Por tu culpa.

Luego, para los amantes del fútbol clásico, tenemos dos campos: uno dependiente del centro en el que trabajo y otro que, por pertenecer a las escuelas que se encuentran en el mismo recinto, queda, en teoría, fuera de mi jurisdicción. En la práctica, resulta que, aunque ambos campos se asemejen con milimétrica precisión, el de las escuelas es más inestable -dicen. Ni muerta me he acercado a comprobarlo- y, según los expertos jugadores, se producen más lesiones allí, y entonces se vienen a jugar a nuestro campo, que es donde juegan los pequeños, que, aun siendo pequeños, si no tienen su partido diario de fútbol se ponen a aullar como cabrones. Y entonces yo sitúo a los pequeños en el campo de las pequeñas (que también juegan al fútbol, porque somos muy modernos. Ahora entiendo yo por qué las monjas nos ponían a hacer punto de cruz, coño), y entonces son las niñas las que aúllan porque sólo les queda el campo de voley y la pelota les choca en la red. Y yo en ese momento me pregunto qué tiene el ajedrez que lo hace tan poco popular y se me queda la cabeza como en blanco mientras me imagino un porche lleno de niños con corbatas y jerseys de punto, concentrados en una sucesión interminable de acertijos reflejados en los escaques. “Dios mueve al jugador, y éste la pieza. ¿Qué Dios, detrás de Dios, la trama empieza?”, citarían, embebidos de inteligencia, mesándose una inexistente barba.

Después de un mes de tensiones cotidianas, aderezadas por la celebración del campeonato organizado por el Kebelé* que voló de un plumazo el precario equilibrio que había conseguido establecer tras tres semanas de duras negociaciones, hoy, cuando me han planteado por enésima vez el acertijo de “somos cuatro equipos y los cuatro queremos entrenar a las cinco de la tarde en un campo para nosotros solos, pero tú sólo tienes tres campos que ofrecer” -que a mí me vienen ganas de responder como al chiste de los cuatro elefantes en el Seiscientos: “dos delante y dos detrás”, por decir algo-, pues me ha venido como una risilla y les he dicho, después de algunos minutos de reflexión: “Tururú. Ya ha vuelto Brother House. Se lo preguntáis a él”. Y me he quedado tan ancha.

Kebelé: Es la autoridad loca, de barrio. Como el ayuntamiento.

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Ene 02

FUN, FUN, FUN

El otro día (que es una expresión muy española, que lo mismo puede indicar ayer que hace quince años), G., como persona libre que es, a sus doce años, decidió que ya había aprendido todo lo que tenía que aprender dentro del sistema educativo convencional y dejó de asistir a la escuela. Se ve que, analizando la bonanza del sistema educativo público etíope, le pareció que después de tercero de Primaria todo es cuesta abajo, y coligió que con lo que sabía tenía bastante. G. tomó esta decisión unilateralmente, sin comentarla previamente ni con sus padres ni conmigo. Que yo a lo mejor le hubiera dado la razón, oyes, pero el caso es que permaneció callado como una sexoservidora. Sus amigos, que son muy majos pero un poquitín cretinos, tardaron dos semanas en analizar y acordar la conveniencia de informarme de la deserción escolar de G. Por lo que, cuando dicha circunstancia llegó a mis oídos, G. llevaba tres semanas sin ir al cole. Y el sistema etíope será un caos pero, en Addis y en Fernando Poo, si faltas a clase sin justificación durante tres semanas, amigo, tienes un problema.

Desde la escuela solicitaron la presencia de sus progenitores. Y esto nos avocaba a un nuevo problema: G. no quería decirles que había dejado la escuela. Cuando al día siguiente me vino con un ojo morado (y sin padres acompañándolo), entendí por qué. Y así, aprovechando que era 24, me fui a ver a los padres de G. para felicitarles la Navidad frenji, que es una cosa que aquí a nadie le importa.

Fuimos con el sujeto de análisis -esto es, G.- y con uno de los mayores (M.) por cuya casa habíamos pasado previamente a saludar a su madre, que estaba en la cama escupiendo los pulmones (literal, mientras escribo estas líneas está ingresada en una clínica de una conocida congregación religiosa). Ya ambientados tras la deprimente visita a la madre de M., llegamos a casa de G. Allí encontramos a su madre que me saludó sin muchas ganas. Yo le comenté que venía a hablar del pequeño problema de G. y su tensa relación con la dinámica educativa y ella me contestó que no me preocupara, que al día siguiente G. se iba al pueblo y así se acabarían todos los problemas.
_ ¿Con quién se va?
_ Con una gente que conozco -respondió vagamente
_ ¿Y con quién va a vivir en el pueblo?
_ No sé, se las apañará
_ ¿Y que comerá?
_ …
_ ¿Y si se pone malo?
_ …

Vamos, que le habían comprado un billete de ida al gueter lo mismo que hubieran podido dejarlo en Bole Road (puestos a abandonar, yo abandonaría allí) y salir corriendo. Le pregunté también por el moratón en el ojo, y me dijo que el padre se había pillado tremendo cabreo por la apostasía escolar de G. Tanto, tanto se había enfadado que no le habían quedado ganas de ir a la escuela para solicitar la readmisión.

Yo, que a veces paciencia me falta, me puse un poquito nerviosa, porque no me parecía ningún tipo de solución esta de transformar a G. en una versión de Heidi sin abuelo, sin perro y sin colchón de suave heno sobre el que dormir. Sobre todo porque miraba a la madre, que me estaba diciendo que quería abandonar a su hijo con una cara absolutamente carente de ningún tipo de expresión, sin mirar ni siquiera al niño que, aunque es un bastante macarra, se estaba derrumbando en un rincón.
_ Pero es que no me obedece -me dijo
_ A mí tampoco -le repliqué
_ Y me insulta
_ A mí también
_ Y llega tarde a casa
_ Al centro viene siempre tarde
_ Y no lo quieren admitir de nuevo en la escuela
_ Lo sé
_ ¿Qué puedo hacer?
_ Quererlo. Yo lo quiero. Tú también puedes quererlo.

Y allí me pasó una cosa muy rara, porque a la señora le empezaron a caer unas lágrimas extrañas, que no le modificaban en absoluto la cara, pero la que veía borroso era yo. Y, de repente, no sé por qué, me dio por pensar que las leyes del mundo deberían prohibir que la gente dejara de querer a sus hijos. Sobre todo en Navidad. Y como ya no sabía muy bien qué decir, seguía pensando “ésta quiere abandonar al niño porque no sabe que es Navidad. Si lo supiera, a lo mejor no lo abandonaría”. Pero era un pensamiento bastante estúpido, porque en Mekanissa aquel día no era Navidad.

Al final, acordamos que el niño permanecería en su casa y yo me haría cargo de él durante el día. Lo he tenido esta semana arbitrando partidos de los pequeños y ayudándome a cambiar interruptores y cristales (estoy inmersa en una furia sin precedentes por el bricolage). Me sigue a todas partes como un perrillo, y, cuando se aburre, se dedica a desatascar los grifos. Ayer volvió a intentar por su cuenta que lo admitieran en la escuela y, mira por dónde, el maestro se apiadó de él y vuelve a estar escolarizado. A su madre le he mandado una docena de huevos y un kilo de café, en pago por los servicios prestados por G. esta semana. G. ha dicho que se había puesto bastante contenta (supongo que el champán lo descorchará en otra ocasión).

Es un poco lo que pasa con la Navidad aquí. Que a veces, de tanto echarla de menos, de tanto prescindir de ella, no te das mucha cuenta cuando llega.

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Dic 25

CUENTO DE NAVIDAD (PARA NIÑOS)

La llegada de los Magos había roto por completo la tranquilidad de la noche. Algarabía de asombro y alegría en las calles oscuras. Dentro del portal, sin embargo, reinaba el silencio. El Niño dormía. Los Magos, de rodillas, murmuraban oraciones en una lengua extraña. La Madre, algo azorada, velaba el sueño de su Hijo. El Padre, a su lado, no acababa de creerse todo lo que había visto y vivido aquella noche. En el umbral de la amplia puerta, una veintena de pastores trataban de abrirse paso a discretos codazos para ver al Niño de cerca.

La Madre miraba con ternura a aquellos hombres de monte que habían caminado varias horas para conocer a su Hijo. Por primera vez, habían dejado sus rebaños en el monte para venir a contemplar un milagro que no acababan de comprender.

De repente, entre los rostros curtidos por el sol, le pareció ver una luz. Dos luces. Dos ojos oscuros, encima de la sonrisa más blanca que jamás había visto. Un rostro menudo que se confundía con la noche. Y otro más. Y otro. Parecían niños, pero ella nunca había visto niños tan oscuros. Uno se había subido a hombros de otro, para ver mejor, mientras el tercero, bueno, la tercera, daba pequeños saltitos intentando superar los fornidos hombros de los pastores.

La Madre se levantó y, no sin antes dar un pequeño vistazo a su pequeño, se abrió paso entre los pastores que, con gestos de asombro, hicieron un pequeño pasillo, al final del cual quedaron los tres niños, sorprendidos y algo avergonzados. Temblaban.

_ Venid dentro, los animales os darán calor también a vosotros – les invitó la Madre y, cogiendo a la niña de la mano, recorrió de nuevo el pasillo abierto entre los pastores hasta el pesebre donde dormía el recién nacido.

Los niños, todavía asombrados, la siguieron y, sin decir nada, se sentaron en una esquina. El más mayor de los tres se llamaba Tesfaye que, en su lengua, quería decir “Mi esperanza”. Vestía un curioso mono de esquiar que, seguramente, había pertenecido antes a un niño que sí sabía lo que era esquiar. Las perneras estaban cortadas a la altura de las rodillas. Tesfaye no sabía por qué. Unas chanclas completaban la extraña indumentaria que atraía los comentarios de los pastores, que tampoco sabían lo que era esquiar.

El otro niño era un poco más pequeño, de unos cinco años. Se llamaba Hulumayew. Quería decir “He visto todo”. La madre de Huluayew era ciega, pero le gustaba recordar todo lo que había visto de pequeña. Hulumayew llevaba un pantalón corto y una camiseta de manga corta, con capucha. Ambos de incierto color marrón, porque a Hulumayew le encantaba jugar con la tierra.

Tarikua, la niña, miraba sobre todo a la Madre. Como ella no tenía, le parecía que aquel Niño era muy afortunado. Era una Madre muy guapa, pensaba Tarikua, mientras trataba de tapar los agujeros de su raída falda.

Entre los pastores comenzaba a cundir el descontento y la envidia. Aquellos extraños niños habían llegado los últimos, y, mira por dónde, ya estaban en primera fila. Los Magos seguían con sus oraciones, ajenos a los cuchicheos que alcanzaban un volumen creciente.

_ Míralos, qué mal vestidos
_ Sí, y solos, de noche, sin padres, qué irresponsabilidad
_ Y ni regalos han traído, menuda cara…

De pronto, Tesfaye se levantó, con energía.
_ No es verdad, sí que hemos traído regalos

La Madre lo acalló con un gesto.
_ No tenéis que traer nada. No hace falta. Ya lo han traído los demás. No os preocupéis
_ Pero es que sí que hemos traído algo – reafirmó Tesfaye
_ Bueno, pues que se lo den de una vez – espetó uno de los pastores de la segunda fila

Tesfaye se acercó al pesebre, despacio.
_ Mira, Niño, lo que te he traído. Una muñeca. La encontré en un basurero. Es que no sabíamos que podríamos llegar hasta Tí -explicó con embarazo – pero ya verás, ¡está casi nueva!

La Madre tomó la muñeca. Era la muñeca más fea del mundo, toda despeinada, sin un brazo y con un solo ojo. La Madre la cogió con mucho cariño, porque sabía que cada muñeca tiene su alma, y que no todas las muñecas son bonitas. La Madre sabía que en el mundo hay muchas muñecas sin ojos, y sin brazos, y sin voz. Colocó la muñeca en el pesebre, junto al Niño, que empezó a chupar con deleite uno de los pies de la muñeca.

Todos miraron al niño pequeño, que dio un paso al frente y, con voz temblorosa, dijo:
_ Yo te he traído estas piedras -y abrió su pequeña mano, dejando ver seis piedras de colores brillantes- son las piedras más bonitas que he podido encontrar -explicó orgulloso- y con ellas podrás jugar a un montón de cosas, ya verás. Si quieres, yo te enseño en cuanto crezcas-, acabó, y dejó las piedras a los pies del niño, que las miraba encantado. Una era un trozo de ladrillo, y otra estaba hecha de sal. Dos tenían el brillo de las piedras de río, y otra era una piedra manchada de pintura roja. La última era casi transparente, como un trozo de cristal.

_ Mi regalo no es para tí, Niño -empezó Tarikua- sino para tu madre. Es un amuleto -explicó, quitándose del cuello una pequeña bolsa de cuero –en mi país dicen que da fortuna a quien lo lleva. Señora -dijo, dirigiéndose a la Madre- espero que usted viva para siempre, para que pueda darle al Niño todos los besos que necesite -completó.

La Madre cogió el trozo de cuero. Sabía que ahí dentro estaban todas las ilusiones de la niña, la poca fortuna que había tenido en la vida. Se lo colgó al cuello con una sonrisa y besó a la niña que, despacio, volvió a su rincón.

Los pastores miraban estupefactos la escena. ¿Cómo podía alguien llevar semejantes asquerosidades como regalo al Rey de Reyes? ¡Qué desfachatez la de aquellos niños! De nuevo, murmullos de indignación en el umbral de la puerta.
_ ¡Piedras!… Los magos, al menos, han traído oro, pero piedras… ¡A quién se le ocurre!
_ Y qué muñeca más horrible, si hasta le falta un ojo…
_ Amuletos, brujería… todo superstición inútil…

_ Con la de gérmenes que tendrán todas esas cosas, a ver si el niño se las va a meter en la boca y vamos a tener un disgusto…
Los pastores no se habían dado cuenta, pero la Madre no perdía palabra de lo que decían. En un momento dado, alzó la mano, pidiendo silencio:
_ Niños, mi hijo y yo os damos las gracias. De corazón -añadió, mirando de reojo a los pastores, que callaron, avergonzados-, porque de corazón nos habéis hecho vuestros regalos. Tal vez la gente no se acuerde de estas bonitas piedras, o de esta muñeca tan sabia, o de este amuleto de esperanza, pero no os preocupéis, porque ni mi Hijo ni yo olvidaremos vuestra ofrenda.

Sin saber muy bien por qué, Tarikua, Tesfayw y Hulumayew sintieron por dentro un calor muy bonito, que les hizo olvidar el frío de la noche. Era la sonrisa del Niño, que les iluminaba el corazón.

—————————

Las agujas del reloj marcaban las diez de la noche. El encargado del enorme centro comercial apagó la luz de su oficina. Su mujer, sus hijos y sus suegros le esperaban en casa para cenar, mientras veían el especial de Navidad en la tele. Había sido un día muy atareado, con cientos de clientes que corrían apresuradamente buscando los últimos regalos de Navidad para esa tía que vivía en una residencia para ancianos (qué sorpresa se iba a llevar con ese nuevo pañuelo -el décimo en los últimos diez años- para su desvencijado cuello) o el hijo, ingeniero, que había venido de Londres en el último minuto (“qué le compro, si es que ya tiene de todo”, se oía murmurar en las tiendas).

El encargado echó la llave de la oficina y recorrió los pasillos, apagando las luces, colocando aquella guirnalda caída y asegurándose de que todas las tiendas estaban cerradas y bien cerradas. Ensimismado en sus pensamientos como estaba -seguro que su suegra recordaría con nostalgia esa receta de cardo que nunca quería preparar, pero que era indudablemente mejor que la que su mujer había cocinado con esmero-, se paró inconscientemente delante del Nacimiento montado en el recibidor central del edificio. Este año se había superado a sí mismo, comprando preciosas figuras de escayola y recubriendo la escena con musgo de verdad. Había tenido que conducir dos horas en el puente de Todos los Santos para llegar al monte y coger el musgo, cuyo perfume se resistía a morir entre las fragancias que los dependientes pulverizaban en las distintas tiendas.

Y, de repente, los vio. Tres muñecos de tosca plastilina, en una esquina del portal de escayola. El encargado esbozó una mueca de disgusto ante los trocitos de raída tela que cubrían las primitivas figuras, con caras marrones y pelo hecho con alambres rizados, recubiertos de lana negra. “Desde luego”, pensó, “la gente es que no respeta nada”. Y recordó haber visto rondando por el centro al hijo de una de las limpiadoras, Sara, que era de Cabo Verde. O de Eritrea. El encargado no se acordaba. Distinguía a las limpiadoras entre “colombianas”, que hubieran podido ser de México o de Perú; “marroquíes”, todas aquellas que no llevaban pantalones; y “africanas”, desde el Sáhara hasta Ciudad del Cabo. Intentaba adaptarse a los nuevos tiempos, y jamás usaba las palabras “negra” o “mora”.

Iba ya a tirar los muñecos a la basura, pero en el mismo ademán de coger a la que parecía una niña (llevaba falda), quién sabe por qué, le dio apuro. Como vergüenza, allí, en la soledad del centro comercial vacío. Ya arreglaría el Belén el 26, se excusó consigo mismo, mientras advertía algunas pequeñas piedras tiradas aquí y allá alrededor del mofletudo Niño Jesús. “Total -reconoció para sus adentros-, la gente está tan ocupada comprando, que no creo que nadie se haya dado cuenta”.

Apagó la última luz, echó la verja, y se dirigió a su casa. Sin saber muy bien por qué, una sonrisa así como tonta le nacía entre los labios.


felicitacion 09 español

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Dic 19

UNDER MY SKIN

Hace algunos meses me salió un chert en la mano izquierda. En inglés se dice ring worm y algunos los llaman anillos de pobreza (se ve que Marta Luisa de Noruega nunca ha tenido uno).
Como suele suceder, al principio no me dí cuenta. Era un hormigueo apenas perceptible, y pensé que me había picado un mosquito. Con el tiempo (y la dejadez por mi parte), fue adquiriendo una perfecta forma redonda, como una quemadura. Como si alguien me hubiera marcado.

El caso es que a mí me gustaba tener esa señal en el dorso de la mano. Lo veía como un símbolo de todo lo que cada día me pasa la Santa Infancia. Lo bueno y lo malo. Ellos (la Infancia), que están llenos de cherts, sin embargo, no acertaban a identificar el mismo hongo en una piel blanca, y me preguntaban constantemente si me dolía. Yo les decía que no, que sólo, de vez en cuando, por las noches, me despertaba rascándome.

Al final, como una cosa es el simbolismo y otra el sentido común, opté por comprarme una crema frenji y comenzar a medicar mi anillo. Todos los días, tres veces al día.
Y hoy, cuando me he despertado, después de una noche bastante larga, se había ido. Desaparecido. No queda ya ni la marca pálida de las últimas semanas.
Mis manos vuelven a ser mías.
Supongo.

De este tiempo de anillos imposibles y promesas mojadas, me ha quedado esta bonita canción:



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Dic 16

YAMEREBESHAL

Hoy hemos concluido la semana cultural decretada por el gobierno para todas las escuelas. Básicamente se trata de una exaltación de los distintos aspectos que componen la cultura etíope, especialmente en lo relativo a diversidad étnica.

Hoy era el gran desfile final, y lo primero que hemos hecho ha sido adoptar el más puro espíritu etíope: por una chorrada de fiesta, hoy nadie ha trabajado. Porque sí. No había seveñá en la puerta, no había cocineras en la cocina, las maestras pasaban de los niños y la gente que debía trabajar en la cadena de producción de la escuela técnica ha decidido que hoy no tocaba trabajar. Todo muy abeshá.

Al margen de esto, la gracia del día es que todo el mundo ha venido vestido de una etnia distinta. Me too. ¿De qué me he vestido? Adivinen, adivinen… Bueno, que no tiene mucho misterio. Obviamente, me he vestido de komche . Me compré la tela en el Gulit de mis amores y uno de los sastres que tienen allí el puestillo me cosió un vestido a medida, verde con flores blancas. Luego me he calzado los mítico Kongo Chama (zapatos negros de plástico), foulard negro en la cabeza, crucecilla al cuello, pertinentes tatuajes tribales pintados con eye-liner, y a triunfar. La mejor parte es que la Santa Infancia me ha confeccionado un hato de leña, como las señoras que recogen la leña en Entoto para venderla (que es de lo más Komche que se puede hacer en la ciudad). Y allí he ido yo todo el día, con los pies pre-cooked (y repitiendome a mí misma “las uñas de los pies están sobrevaloradas, no las necesitas, no las necesitas”) y mi hatillo de leña a la espalda, que voy llena de cardenales (la Santa Infancia se ha emocionado y me ha cargado con unos diez kilos de leña).


yamerebeshal

Creo que puedo reivindicar humildemente el hecho de haber sido la primera komche de la historia con sujetador de Calvin Klein (realmente, ése era el puntazo, pero nadie se ha dado cuenta) y móvil. Las madres de la Santa Infancia, cuando me han visto, no podían parar de reír. K. me ha dicho que su madre tiene mis mismas medidas, por lo que le podría regalar el vestido si no lo voy a usar más.

Decidido: el año que viene, me visto de seveñá.

P.D: El título del post es lo que me decía hoy todo el mundo. Viene a querer decir “estás priciosa”.

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Dic 06

DEVIL CAME TO ME

El otro día, W. se desmayó en la clase de baile. Sí, los mayores de la Santa Infancia han desarrollado este año una pasión nunca vista por los bailes tradicionales etíopes. Se han buscado un profe y se pasan tres horas todos los sábados sudando la gota gorda y moviendo los hombros compulsivamente.

En medio de tanta pasión, a W. le dio un jamacuco y tuvo un momento de ausencia mental. Una vez más o menos recuperada, varias amigas la acompañaron a casa. Por razones que no vienen al caso y que incluyen una voluntaria muy, muy estresá (que no soy yo), fuimos por la noche a su casa para asegurarnos de que estaba bien. Cuando llegamos era ya de noche y W. esperaba con sus tres amigas a la puerta de su casa, porque su madre estaba fuera y no había llegado todavía. La voluntaria estresá (que no, que no soy yo) sacó su vena maternal y a W., ante la atención focalizada sobre su persona, le volvieron todos los males de este mundo. Tanto, tanto le dolía, que se sumergió en una crisis histérica con todas las de la ley. Sus amigas, rápidas como el rayo, alcanzaron una conclusión unánime: está endemoniada. W. así lo entendió y, como suele hacer la Santa Infancia, una vez metida en el papel, decidió ir a por el Óscar. Todo el mundo sabe que los Golden Globes son de pobres.

Y allí estábamos cuando llegó la madre: cuatro frenjis (una de ellas apunto de empezar a repartir leches, y ésta sí era yo), tres niñas abeshá, W. que gritaba como una posesa (literal) y un nutrido grupo de vecinos que habían salido a ver el show. Para reducir la audiencia, sugerí a la madre que lo mejor sería entrar en su casa.

Una vez que llegamos a la casa, la madre hizo lo que cualquier madre había hecho: abrazó serenamente a W. y la tranquilizó con palabras amables, explicándole que es del todo imposible que el demonio habite en el cuerpo de una niña de catorce años. La acunó despacito hasta que se durmió, con una sonrisa en los labios.

Lo siento. Estaba soñando.

Cuando entramos en la cabaña, los gritos de la madre rivalizaban con los de W. Inmediatamente, sacó el tzebel* de emergencia que se ve que tienen en todas las casas, y empezó a rociar a su hija con el agua mientras recitaba oraciones sin parar. Una vecina se unió al exorcismo descolgando un cuadro del arcángel Gabriel que había en la pared y dándole con él a W. en la cabeza. W., totalmente metida en situación, incrementó el volumen de sus gritos mientras se revolcaba por el suelo, tirando los pocos muebles que había en la casa. Las otras tres niñas medio lloraban medio gritaban también.

Y allí, en medio del caos, mientras al fondo de tu cabeza Daniel Day Lewis observa con atención la escena por si tiene que hacer la segunda parte de Mi Pie Izquiero (hay gente muy rara en tu cabeza), la sientes: esa niebla, esa tristeza. Esa pobreza ignorante, asustada, oscura, densa. Esa fe triste, amargada, pegajosa. Esa certeza de que hay abismos demasiado profundos. Lo ves todo, lo oyes todo: los gritos, la oscuridad, el tzebel que te moja a ti también, el arcángel Gabriel que se ha caído de su cuadro; y sabes que todo lo que haces son escupitajos al mar. Sabes que te ahogas. Ellas te arrastran. Y te dan ganas de marcharte: salir de la cabaña (que presenta un evidente overbooking) y pirarte. Y desentenderte. Y dejarlas que hablen, que chillen, que lloren, que griten, porque jamás van a escucharte.

Pero no. En lugar de salirte tú, echas a los demás de la cabaña. El cuadro queda en el suelo, la botella con el tzebel en un rincón. W. sigue gritando, con los ojos desorbitados, afirmando que ve espíritus en una de las esquinas de la cabaña. Con la poca luz que hay, no sé cómo puede ver nada. ¿Por qué siempre ponen la única bombilla de sólo 45 watios? Me siento al lado de W., y espero a que se le pase. Eliminada una gran parte de la audiencia, y ante la indiferencia del público restante (esto es, servidora), la actriz pierde fuelle. Comienza a mirarme, a escuchar lo que le digo. Le digo que sé que está asustada, pero que ya pasó. Que sé con certeza que en su cuerpo sólo puede vivir Dios, porque la conozco bien. Que deje de gritar, porque a su madre le va a dar un yuyu también (y yo no estoy dispuesta a lidiar con dos posesas, pero esto no se lo digo, porque no me parece el momento). Que me ha asustado. Coge la mano que le ofrezco, se va calmando. Nos sentamos en un rincón. Le rehago la coleta del pelo, para que dé menos susto.

Comenzamos a recoger el desastre, por hacer algo. Devolvemos a Gabriel a su lugar original. Luego, salimos de la cabaña y tranquilizamos a todos los que hay fuera, incluida la madre. Después, me toca llevar a las tres amigas a sus respectivas casas y explicarles a sus familias por qué llegan a casa cuando ya es noche cerrada.

Luego, me voy a mi casa. Noche cerrada también para mí.

*Tzebel: Aguas benditas
* Frenji: Como muchos sabéis, así es como llaman a los extranjeros en Etiopía.

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Dic 04

APUNTES DE CONDUCTA

La Santa Infancia, como espero se deduzca de este blog, es un colectivo intrincado y apasionante. Casi tanto como las Juanis españolas. A esta Santa Infancia también la observo con pasión, y hoy os ofrezco un elenco de cosillas curiosonas que hace la Santa Infancia:

. Escupitajo y se acabó: La Santa Infancia, como ya he comentado alguna vez, se ducha semanalmente. No es la frecuencia más idónea, pero es lo que hay por el momento. En el modo de lavarse se parecen bastante a las demás personas del mundo mundial, salvo que se rascan todas las partes del cuerpo con las uñas porque, duchándote una vez a la semana, la roña está bastante enquistá y cuesta sacársela. Lo llamativo es que, antes de vestirse, lo último que hacen es escupir. Es extraño, porque normalmente sólo escupen cuando algo les da asquito. Y cuando acaban de ducharse. Y allí entro yo, rauda y veloz, con la fregona, recogiendo japos. Por algo fui a universidad de pago.

. La boca, ese gran contenedor. Muchos de los vestidos de la Santa Infancia carecen de bolsillos. Y de botones. Y de cremalleras. Y de dobladillos. Pero de esto hablaremos otro día. El caso es que, como no llevan bolsillos, si tienen que guardarse algo importante, como una moneda, pues no saben muy bien qué hacer. Lo más lógico sería en los calcetines. Pero tampoco tienen calcetines. Y entonces se lo meten en la boca. Como digo, no para chuparla (la moneda), sino para guardársela. Pueden pasar varias horas con ella en la boca. ¿Las lombrices? Hija, vienen de París.

. La pandilla basura. La Santa Infancia nunca da nada por inútil. Nunca tiran nada a la basura. Todo puede servir para algo. Una suela de zapato, un boli roto, un vaso descascarillado… Nunca sabes para qué te va a servir. Y ya no es que no tiren nada, es que lo recogen todo. La verdad, es un coñazo, porque te pasas la vida remetiendo mierdas en las papeleras, que luego la Santa Infancia vuelve a sacar y, cuando se cansan, tiran por ahí para que otro la recoja. El otro día me encontré seis veces en el patio de recreo el mismo zapato roto. Seis veces.

. Aire para respirar. La Santa Infancia es un colectivo muy afectuoso. Esto lo decimos cuando tenemos el día positivo, pero es más realista decir que son un poco agobiantes. De vez en cuando les dan arranques de cariño y te dan unos besos de esos que se quedan cinco minutos con los labios pegados a tu mejilla, haciendo fuerza hasta que se te duermen los carrillos. Lo curioso es que, cuando se despegan, hacen ¡ah!, como si se hubieran bebido una Coca Cola en un anuncio de los ochenta. Es como si cogieran aire y te preguntas si tú también hueles tan mal que tienen que contener la respiración cuando están cerca tuyo.

. Ni medio lleno, ni medio vacío: a rebosar. Cuando la Santa Infancia (y los etíopes en general) llenan un vaso de lo que sea, siempre lo llenan del todo. Hasta el borde y más allá. Resultado: el líquido (agua, café, Mirinda…) siempre, siempre se te cae cuando coges el vaso. Es una costumbre bastante molesta y, en mi humilde parecer, sin demasiado sentido.

Y hasta aquí lo que más me ha llamado la atención de entre todas esas pequeñas cosas que los hacen únicos, vivos y diferentes (y algo raritos). Al menos para mí.

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Nov 25

ELIGE TU PROPIA ADOPCIÓN (EL DESENLACE)

Queridos mamá y papá:

Soy Addisu, el niño que adoptasteis entre Jean McMillan (Escocia, 2004) y Elisabetta Giacomelli (Firenze, 2006), es decir, el décimo cuarto de vuestros veintidós hijos. La Paramount me ha pedido que os escriba para recordaros que, desde hace dos meses, vivo en una de las caravanas del rodaje de Mr. and Mrs. Smith 2, Back to the Game. Dicen, también, que os mencione que, según la cláusula adicional redactada expresamente para los contratos de vuestras seis últimas películas, no podéis dejar niños esparcidos por los rodajes. No quieren que vuelva a suceder lo que le pasó a Chuen Li de la Santa Cruz, que os la olvidasteis en el rodaje de Mother Teresa, Stronger than Love (película que le valió a mamá el tan merecido Óscar), y acabó en casa de Woody Allen. Dicen que ahora sólo lleva ropa Made in Mongolia, expresamente manufacturada para el Soho de Brooklin.

Según ellos, os habéis liado y os habéis llevado al hijo de la cocinera caboverdiana en mi lugar. La señora está preparando acciones legales, aunque yo ya les he dicho que no lo hacéis con mala intención, que es sólo que a papá le cuesta contar números de dos cifras, y que del diez en adelante se pierde (de hecho, él siempre dice que tiene nueve hijos, a pesar de que mamá le obligó a tatuarse los nombres de todos en los riñones, que si un día le tienen que operar con epidural, se la tendrán que poner en los juanetes del pie).

No os preocupéis, porque estoy bien. A pesar de que el catering se cerró hace seis semanas, cuando acabaron de desmontar los decorados, el vigilante jurado me trae hamburguesas todos los días. Con esto quiero deciros, que podéis acabar con tranquilidad vuestra visita humanitaria a los pueblos hinuits de Finlandia antes de venir a buscarme. Sé que liderar la Humanidad es un trabajo importante, y no quiero que mamá se distraiga. He oído que pasaréis por Dubai, para dar ánimo y esperanza a los pobres jeques árabes, y sólo quiero reiteraros que contáis con todo mi apoyo. Como mamá nos dice siempre, la gente que se viste con algo que no es de Prada (que los hay en el mundo), necesita todo nuestro cariño y atención. De hecho, rezo todas las noches por Helena Bonham Carter.

Los abogados de la Paramount me encargan también que os diga que vuestra solicitud para adoptar a los hijos de Michael Jackson ha sido denegada. Madonna se os ha adelantado. Ellos tampoco se explican muy bien cómo le han dado otra idoneidad sólo seis meses después de adoptar a ese modelo jamaicano de veintidós años. Lourdes María está que trina, porque, a este paso, sólo le va a quedar como herencia una Mini Pimer (y la Epilady, por supuesto).

Y nada más. Sólo que vengáis a buscarme cuanto antes, porque las rastas que me hizo mamá se me están pudriendo y, de vez en cuando, salen bichos de ellas. Sé que no es culpa de mamá. ¿Cómo iba ella a saber que el estiércol como moldeador de cabello tiene estos efectos secundarios?

Dadle recuerdos de su madre al niño caboverdiano. Y dejad de llamarlo Addisu, que no soy yo.

Vuestro hijo, que os quiere:

Addisu do Rio Incantato (qué suerte que mamá estuviera visitando las Favelas cuando decidisteis adoptarme)

P.D: Por si alguien lo duda, los ganadores fueron la familia Jolie-Pitt

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Nov 17

INTERRELIGIOSIDAD

Como tengo poco curro, y me siento un poco Borja Thyssen desocupá, pues este año me he cogido un grupo de catecismo. Sí, en el programa semanal de la Santa Infancia figura también el catecismo. No sabría definir muy bien a qué iglesia estamos adscritos, pero catecismo tenemos.

Yo tengo el grupo de 3º y 4º de Primaria. En amárico, el catecismo se llama Lección del Espíritu. Toma ya. Por el momento, no me va mal del todo. Me preparo las lecciones preguntando a los niños mayores, y uno de ellos me hace de asistente y así, si digo alguna burrada, me corrige (antes de corregirme, aprovecha y me da un codazo). Básicamente, se plantea un tema y cada uno dice lo que le parece. Hasta ahora hemos hablado del Bautismo y de la señal de la Cruz, y ellos no sé si habrán aprendido algo, pero yo, un montón. Este es uno de los problemas que estoy enfrentando: mis catecúmenos saben mucho más que yo. Yo, por ejemplo, con el signo de la cruz, les dije:
_ Y así, primero nos llevamos la mano a la frente, luego al estómago…
_ Noooo!!!!!
_ ¿Eh? -codazo de mi asistente
_ ¡No es el estómago, es al corazón!

Coño, pues va a ser que tienen razón. A veces me pregunto quién me excomulgará antes, los católicos o los ortodoxos. Yo, por si acaso, hago un catecismo muy ecuménico. Tanto, que casi me están convenciendo de pasarme de bando. La fe ortodoxa es apasionante. El día del bautismo me explicaron un montón de cosas de los bautismos ortodoxos. Por si no fuera bastante con los nombres que exhiben habitualmente, en el bautismo les dan otro más, para que vayan sobraos en lo que a identidad se refiere.

Además de cuestiones puramente religiosas, obviamente tratamos el tema de la convivencia entre religiones. La Santa Infancia es muy tolerante con los cristianos en general (nótese que, siendo ortodoxos, frecuentan un centro católico), pero con los musulmanes les cuesta más. Un día les preguntaba Brother House (que también da catecismo):
_ Porque, ¿vosotros creéis que Dios está en las iglesias ortodoxas?
_ Síííí´!!!!
_ ¿Y en las católicas?
_ Síííí!!!!
_ ¿Y en las iglesias protestantes?
_ Síííí!!!
_ Y Dios, ¿está en las mezquitas?
_ Noooo!!!!

Y ahí nos quedamos muertos Brother House y yo, porque no nos habíamos dado cuenta de que la Santa Infancia tenía esa vertiente intolerante, ciertamente preocupante en un país con un 30% de musulmanes, y creciendo día a día. Y ahí vamos, intentando convencerles de que, aunque le cambien el nombre, Dios es el mismo pá tós (menos para algunos gays, que es Kylie, y para mí, que a días es Alanis Morrisette ).

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