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Posts Tagged ‘Kaktus’

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Jul 29

ESO NO ES ASÍ

En esta mi labor de denuncia de las pequeñas (y grandes) injusticias cósmicas, hoy quiero desenmascarar una gran mentira que el pueblo etíope grita al mundo en los famosos cartelitos con gente vestida de regional: Thirteen months of sunshine. Venga ya.

El eslógan, supongo, fue elegido por el tema de los trece meses del calendario etíope. Vale. Es curiosón. Pero, ¿de sunshine? Ni de coña.

Porque uno lee el eslógan antes de venir y, a poco emocionado que sea, se llena la maleta de pantalonetas del Coronel Tapioca y camisas de lino (yo tengo tres). Y, cuando llegas a la tierra de Teddy Afro tras dejar atrás el tórrido verano de la piel de toro, ¿qué te encuentras? Que más te hubiera valido traerte el Barbour*, porque esto parece Londres.

Durante diez-once meses al año el sol brilla en el cielo de Addis, es verdad. Pero los otros dos-tres meses tu vida se convierte en un sobrevivir entre el fango y un tender las bragas en la ducha con la esperanza de que se sequen en menos de tres días.

Este año el Krampt** ha tardado bastante en llegar. La Santa Infancia rezó durante más de un mes para que llegaran las lluvias y, al final, parece que Dios les escuchó. Cuando las lluvias comienzan, todos nos alegramos: el agua es vida, es cosecha, es futuro… Se nos llena la boca de tópicos sobre las bondades del agua y nos convertimos en stands ambulantes de la Expo de Zaragoza. Esta fase nos dura unas dos semanas. Exactamente lo que tarda el barrio en convertirse en un cenagal inmundo y resbaloso, donde las bolsas de plástico se mezclan con el estiércol, el fango y la tristeza de no tener dónde guarecerte.

Y es que las cosas mojadas son siempre más tristes. La Santa Infancia, cuando se moja, parece más sucia, más pobre y, sobre todo, mucho más olorosa (y ya, de por sí, la Santa Infancia huele que alimenta). Además, dejan de usar el baño y se mean por todas partes, con la escusa de que el agua “se lo lleva todo”, y comienza a ser usual verlos caminar por el campo de fútbol despreocupadamente mientras mean.

Ayer nos pilló la lluvia mientras bordeábamos Koshe, y, no es por ser alarmista, pero luego la ropa me a.p.e.s.t.a.b.a. Yo creo que era lluvia ácida. Lo menos.

*Jamás he tenido un Barbour, pero siempre me ha tentado. Soy débil, lo sé.
** El Krampt (escrito así o de otra manera) es la estación de las lluvias, el veranito, vamos
.

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Jul 17

RITMOS AFRICANOS

    Hoy he dado dos horas de inglés, desatascado cuatro lavabos, hecho diez camas, participado en una terrible charla con la madre de M., jugado una hora al pañuelo, otra hora arbitrando torneos de ping-pong, buscado zapatos para una pierna con elefantiasis y rellenado un quaterly report.

    Y habrá quién diga que la vida en el África es relajada.
    Tocotó.

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Jul 14

DRAMATIS PERSONAE 1: LA SANTA INFANCIA

Yo crecí en un tiempo en el que todavía existían las fronteras. Para pasar a Francia te pedían el pasaporte, teníamos los consabidos dos canales de televisión y nuestro concepto del fashion incluía los calentadores. Lo poco que conocíamos del África era lo que nos contaban los misioneros que venían al cole de vez en cuando, y, cada año, nos recorríamos la ciudad solicitando donativos para la Santa Infancia. Así lo decíamos: por favor, un donativo para la Santa Infancia.

Esta Santa Infancia se nos aparecía como una serie de caritas oscuras que atravesaban desgracias sin fin y que morían de hambre por culpa de lo que nosotros no nos queríamos comer. La Santa Infancia eran niños mucho mejores que nosotros, dónde iba a parar, y que realmente se merecían nuestra vida más que nosotros, sólo que la injusticia cósmica les había dado a ellos una vida sin zapatos y a nosotros la posibilidad de decir “no me gusta”.

A la Santa Infancia se le presuponía siempre una altura moral más allá de cualquier duda. La Santa Infancia eran niños perfectos con una vida mayormente imperfecta. Por eso ellos eran santos y nosotros no.

La Santa Infancia pertenecía a culturas ancestrales, habitaba entre leones y elefantes y, según la imagen que nos inculcaron, venía con un imprescindible cántaro de barro en la cabeza como complemento todoterreno. Esta era mi idea de la Santa Infancia.

En la realidad real, la Santa Infancia no ha visto un león en los días de su vida. De vez en cuando los llevamos a Furry* y se entretienen un rato persiguiendo hienas. En vez de cántaros en la cabeza llevan a la espalda garrafas de plástico, que duran más. Y de su cultura ancestral se acuerdan entre poco y menos.

A la Santa Infancia, más que las historias sobre la reina de Saba y el rey Salomón, lo que les fascina es la película Crepúsculo y sus vampiros adolescentes de anémica tez. Tú a la Santa Infancia le pones una película concienciada, tipo La Misión, y la Santa Infancia se mea de la risa. Porque a la Santa Infancia ver indígenas acribillados le parece una cosa súper graciosa. Eso y que no se acaban de creer que la película transcurre en América, porque a ellos los indígenas esos les parecen China (pronunciado chaina, como en inglés). Y es que, para la Santa Infancia, los habitantes del mundo mundial se dividen en abeshá, frenji y china, y en este último contenedor meten todo lo que no cabe en los dos anteriores, incluidos Pocahontas y los polinesios.

Si la Santa Infancia viniera a nuestro mundo, ni se fijarían en lo que nosotros dejamos en los platos, porque en la cultura de la Santa Infancia es de buena educación dejar algo en el plato, aunque también es verdad que la Santa Infancia pasa bastante de los buenos modales y se come todo, hasta la mayonesa. En nuestro mundo, lo que les alucinaría de verdad de la buena serían los contenedores de basura, porque para la Santa Infancia no existen objetos desechables. Todo tiene una utilidad, por lo que van acaparando porquerías todo el día que al final acaban perdiendo a través de los múltiples agujeros de sus bolsillos: tapones de botellas, tazas descascarilladas, trozos de alambre… Lo que sea. Para algo servirá. La Santa Infancia, con la basura de uno de nuestros contenedores, se construiría un adosado de dos plantas con chimenea, trastero y catálogo del Ikea en la mesilla del salón.

Como proyectos de vida, la Santa Infancia se decanta básicamente por dos opciones: futbolista o piloto de avión. Entre los siete y los diez años, ésas son sus metas. Luego pasan a querer ser doctores, científicos o maestros, para acabar estudiando peluquería, electricidad y secretariado. Todo muy africano y muy ancestral y muy distinto de la Infancia No Santa Consumista.

La Santa Infancia son niños y, como tales, de vez en cuando, crueles. Se dirigen insultos tan pérfidos como “desgraciado”, “perro” o “leproso” sin que se les tuerza el gesto. Presentan también una preocupante tendencia a la pedrada impulsiva y desproporcionada, por lo que no es tan raro que una pelea entre niños de ocho años por una partida de canicas acabe con tres puntos de sutura.

Al final, lo que distingue a la Santa Infancia de la Infancia No Santa Consumista no es lo que tienen o lo que comen o cómo se visten. Es lo que sufren y los motivos de su sufrimiento. Porque no es lo mismo llorar porque mamá y papá se están separando, que llorar porque no tienes ni mamá ni papá ni perro que te ladre. No es lo mismo que te discriminen por llevar pantalones de cintura alta (que sepas que te discriminan con toda la razón del mundo) que por ser hijo de un leproso. No es lo mismo que La Ciudad de la Alegría te impacte por la dureza de su argumento o que te quedes flipado de lo mucho que se parece a tu barrio. No es lo mismo.

Yo no sé si son santos o no. Sé que cada día me sorprenden. Que son distintos, pero no por vivir aquí, sino porque son ellos. Sé que su capacidad de vivir, de reír, de jugar, de perdonar y de sufrir no tiene límites. Como la de todos los demás niños del mundo.

* Furry es el nombre de la montaña que tenemos enfrente de la misión

P.D: Sí, plagio al ex marido de Jaydi Michel. Pero no pongo la canción, que me da asquito.

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Jun 24

WENE (Tengo)

Tengo.

Tengo una llamada en mitad de la noche. Tengo el aullido herido de tu hermano, que me dice que te has ido.

Tengo su segunda llamada insistente, para avisar al jefe del heder*, decidle que ha muerto una hija de los pobres.

Tengo la mirada alucinada de tus otros hermanos y tus amigas, cuando te llevo de vuelta a casa, metida en una caja, tu cuerpo envuelto en algodón y plástico, siempre plástico, con el amanecer comiéndonos el alma.

Tengo la memoria de las flores que recogieron y compraron para ti la Santa Infancia. Nadie lleva flores a los pobres, dijeron. Para nosotros, nunca lo fuiste.

Tengo la cinta que los mayores pintaron sobre las coronas, que te identificaba, sin lugar a dudas, como una de los nuestros. Se oía por las calles del barrio: “Se murió una niña de House”.

Tengo la mirada perdida de Brother House, sentado en el colchón que te compró para que sufrieras (un poco) menos. Tengo su estupefacción, los proyectos que, a lo largo de los años, construyó para ti. Porque tú sí, tú ibas a conseguirlo. Eras una de las pocas.

Tengo el grito desgarrado de tu madre: “Ven, Zewde, que han venido a verte tu otro padre, tu otra madre y todos tus hermanos”, cuando ayer fuimos a velarte.

Tengo el silencio triste de las mañanas, cuando rezamos por ti, cuando nos damos cuenta de que ya no vendrás más.

Tengo a tu hermana M., que, de repente, ya no sabe cómo vivir sin tenerte cada día a su lado.

Tengo también a G. y a F., que se pasan aquí el día, porque les da miedo tu velatorio. Todavía no han entendido que no volverás a venir con ellos, que su presencia es lo último que nos has dejado.

Tengo las caras exhaustas de tus amigas, que de vez en cuando vienen a descansar. Llevan dos días apostadas en tu casa, cuidando de que nada falte a los que te lloran.

Tengo una oración apenas musitada, ayer, a la puerta de tu casa, todos juntos, los niños de House.

Tengo el cariño de los que sí entienden que la diferencia entre 399 y 400 puede ser brutal. Es brutal. Y que no cabe en ningún formulario.

Tengo la comprensión -inútil, ya- de los que en su momento me criticaron por saltarme reuniones y trainings para llevarte de hospital en hospital.

Tengo un sobre lleno de análisis y pruebas, que leo y releo, buscando en qué me equivoqué, en qué se equivocaron.

Tengo un post escrito hace un mes, hablando del miedo que me daba perderte, que nunca publiqué porque, como te dije, yo no iba a dejar que nada de esto pasara.

Tengo un mar de porqués, de “y si…”.

Tengo palabras vacías, consuelos vanos, tristeza sólida y espesa.

Tengo, tengo, tengo. Y tú,… tú no tienes nada.

Tú estás muerta.

Wene, Zewdiye, wene.

Heder: Asociación tradicional a la que las familias pagan cada mes para poder tener un funeral digno cuando uno de sus miembros fallece.

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Jun 09

NOMINADOS

    Cuando conocí al pequeño Y. hace tres años, se llamaba Ybakal, que quiere decir algo así como “es bastante” o “tengo bastante”. Se ve que su madre pensaba que, con cuatro hijos aportados, había cumplido con creces su deber cívico para con la sociedad como dadora de vida, y expresaba con ese nombre su deseo de ser relevada de esta función. Se ve también que el día de sus oraciones estaba de guardia San Josemaría Escrivá, por lo que, a día de hoy, el pequeño Ybakal es el cuarto de seis hermanos que sobreviven como buenamente saben y pueden.

    Cuando Ybakal llegó a nuestro centro decidió cambiar de vida. Y comenzó por el nombre. Ahora se llama Ybeltal, que suena casi igual y quiere decir “el mejor”. No se acuerda que yo lo conocí cuando todavía se llamaba Ybakal, y está convencido de que todos creemos que, después de parirlo, su madre decidió que era lo mejor que le había pasado jamás y le dio un nombre acorde con su valía personal.

    Ybeltal no es el único que ha cambiado de nombre. El pequeño Yared (nombre de profeta) se llamaba Taschekeg (diste problemas). Ahora, como digo, sigue la estela del profetismo nominal, tratando de olvidar lo que probablemente fue un parto infernal para su madre.

    Al orfanato de la Doctora llegó hace algún tiempo Selasebeum (porque no lo pensé). Esa misma tarde figuraba en los papeles como Philipos (Felipe). A Tewalegn (le dije que no me tocara) no nos hemos atrevido a cambiarle el nombre, pero hubiéramos debido animar a su madre a hacerlo en cuanto llegó. Sólo que estábamos demasiado ocupados curándole su malaria de gueter y su pulmonía.

    El pequeño Hulumayew tiene un nombre precioso: he visto todo. Su madre tiene un raro sentido del humor. Además de graciosa, la madre de Hulumayew es ciega.

    Entre los cuatrocientos niños que componen la Santa Infancia, el nombre más popular, con ocho adeptos, es riqueza y sus derivados (rico, mi riqueza, su riqueza). Estamos petados de Haftes y Haftamus (o Habtes y Habtamus, que cada quien lo escribe como le sale del interior). Hasta una Hafta tenemos, y eso que es un nombre que no suele verse en niñas. Entre el sector femenino, gana por goleada Tiggist (paciencia), seguida de cerca por Abeba (flor) que, a decir verdad, son nombres que no denotan un gran alarde de imaginación. A mí, particularmente, el nombre que más me gusta es Tesfalem (la esperanza del mundo). Me parece todo un augurio. Una lástima que a nuestro Tesfalem todo el mundo lo llame Abiti, que es un diminutivo cariñoso que se usa mucho para los niños pequeños, y al que responden indistintamente todos los niños menores de diez años.

    La riqueza nominal etíope, como puede intuirse, es amplia como la vida misma. De hecho, les cuesta concebir un nombre sin significado. Tanto es así, que la Santa Infancia suele modificar los nombres de los frenjis que conoce para darles su correcto significado. Yo, por ejemplo, tengo un nombre completamente normal, con su onomástica y todo. Todo el mundo tiene una tía que se llama como yo. La Santa Infancia, ya desde un primer momento, acortaba una de las vocales del nombre. La palabra resultante quiere decir “ella fue olvidada” o, con una levísima variación en una de las vocales, “dejad que ella olvide”. De hecho, al principio, me consideraban una persona bastante desgraciada y solitaria, y hubo quién me preguntó por qué yo tenía un nombre abeshá en vez de uno frenji.

    Han elaborado todo tipo de teorías sobre mi nombre, resultando la más plausible la que cuenta que yo he acabado aquí cuidando niños porque todo el mundo se había olvidado de mí en mi ciudad natal. No me he atrevido a contradecirlos.

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May 29

AMÁRICO DE GUERRILLA

    Hace dos años, a través de la Catalan Girl, salimos un par de noches con una pareja de Barcelona que, en aquellos días, habían recibido “niño nuevo”. Era el primer hijo y los padres exudaban ilusión por los cuatro costados con su niño, el chaval de tres años más grande del mundo mundial (maravillas de la burocracia etíope. Comía con tenedor).

En aquellos primeros días como familia todo eran risas, proyectos y, sobre todo, palabras nuevas.

  • _ Oye, hay algo que repite continuamente y no sabemos lo que quiere decir: “nbí”.
  • _ ¿Al mismo tiempo que lo dice se encoje de hombros?
  • _ Sí!!! ¿Qué quiere decir? (Ahí estaba aquella señora, joven, guapa, primeriza, ilusionada, pendiente de mis palabras)
  • _ Esto… literalmente vendría a ser un “no me da la gana”

Gran “bluff” en el ambiente. Creo que le habían adjudicado un significado mucho más positivo.

    Viene la anécdota a que muchas familias intentan introducirse en las procelosas aguas del idioma amárico. Y uno empieza aprendiéndose los números, los colores, la ropa…Y está muy bien, pero hay otras palabras sencillas que -en mi humilde opinión- pueden ser muy útiles en esos primeros días en los que no sabes nada de tu hijo/a. Realizo la transcripción como me sale del alma, esperando que si la leéis con parámetros castellano-peninsulares la gente os entenderá. Lo pondría en amárico, pero Mr. K. (field coordinator de este blog) no tiene el mítico Power Gue’ez.

.El susodicho “nbí”: Como ya hemos comentado, viene a ser “no me da la gana”. Tradicionalmente suelen encogerse de hombros a la vez que lo dicen, lo que despista mucho para adjudicarle su significado real (lejos de significar desconocimiento, implica una gran certeza de que no van a hacer lo que les has pedido). Como podéis imaginar, no es una expresión que usarías en tu veraneo del siglo pasado con los condes de Barcelona en Estoril. A los niños se les permite usarla, pero si lo dice un adulto se considera no demasiado educado (salvo que, conscientemente, esté imitando a un niño, que también aquí hay mucho cachondeo).

Lo más curioso de “enbí” es que las cosas también dicen “enbí”. Así “enbí ale” (dijo “enbí”) se puede traducir como “no funciona”. Mola porque es como si las cosas se rebelaran y tuvieran voluntad propia, y te imaginas a los coches encogiéndose de hombros faros y diciendo “enbí” y dejándote tirada en mitad de la Ring Road, y te da una paranoia de flipar.

.»Gobes». No es por presionar, pero esta palabra recomiendo aprenderla sí o sí (o también). En español no tenemos nada parecido, pero vendría a ser el “bravo” italiano. Es un adjetivo que se traduce como “físicamente fuerte o inteligente. Bueno en algo”. En la práctica, se usa como exclamación, algo así como “¡buen chico!” cuando alguien hace alto que nos gusta.
Ejemplo de la vida terrenal: El niño se lava las manos antes de comer.
Acto seguido tú, como buena madre, le dices ¡Gobes!. Y tan amigos.

.»Rebash»: Travieso, desobediente. Yo doy las opciones. Luego, cada cual, que juzgue cómo usarla.

. Lela: Otro/a. ¿Qué quiere que le pongas otra camiseta? Pues te dirá “lela”. ¿Que quiere otra Coca-Cola? Pues -adivina- será “lela”.

.»Ndeguena»:
Otra vez, de nuevo. Estáis en un balancín. No sabes si el niño quiere seguir jugando o está tan mareado que sólo quiere vomitar. Manera sencilla de preguntarlo: ¿Endeguena? Cabe recordar que en amárico -como en español- las preguntas tienen la misma estructura que las frases afirmativas, pero adoptando una entonación interrogativa.

.“Enyá” o “Ene Nya” (pronunciada la y como una ll, es decir, ye): “No sé” o “yo no sé”. Vendría a ser más bien un “no tengo ni idea”. Es una expresión coloquial, dado que “no sé”, literalmente, se dice “alaukeum”, pero enyá es fácil de recordar, directa, y los niños la usan mucho.

.“Abet”: En Latinoamérica -pueblos mucho más educados que nosotros- es de malísima educación contestar “¿qué?“ cuando alguien reclama tu atención. En Guatemala, la fórmula más correcta, que usaban sobre todo la gente educada en ambientes más tradicionales, era:
_ Fulanita
_ ¿Qué manda?

Sí, era un poco excesivo, pero ahí se usaba. En Etiopía, más o menos por lo mismo, se usa “abet” (pronunciado en algunos casos como “abiet”). Vendría a significar “presente” (de hecho lo dicen en clase después de cada nombre, cuando se pasa lista), pero se usa también en la vida cotidiana. No hace falta que lo uséis pero, si vuestro hijo/a ya sabe hablar, seguramente lo escucharéis cuando lo llaméis.

.“Ale” y “Yelem”: “Hay” y “no hay”. Usados con mucha imaginación y bastante desesperación pueden dar resultados encomiables. Ahí quedan.

.“Ichalal” y “Aichalem”: “Se puede” y “no se puede”. Indica tanto capacidad personal (¿puedes hablar amárico?) como normativa (¿se puede fumar?). Señalando lo que sea o gesticulando y pronunciando el verbo, al igual que en el caso anterior, puede serviros. Si queréis indicarle que no puede hacer algo, no porque a vosotros os moleste, sino porque no está permitido (atracar bancos, llevarse la servilleta del restaurante, ir en bolas por la calle…), le podéis decir “aichalem” y sabrá que hay un factor externo que condiciona la prohibición.

.“Chikir Yelem”: Pronunciado todo junto y a mogollón, “no hay problema”. Lo usan constantemente. Hay quien lo transcribe “Cheker”. Haced un mix de las dos pronunciaciones y lo tendréis, pero no os agobiéis, porque se entiende bien.

.“Eshi”: Ok, vale, de acuerdo. Se usa siempre. La gente más humilde suele encadenar un interminable eshi-eshi-eshi-eshi para dar a entender su conformidad. En algunos casos significa que no están entendiendo nada de lo que les dices y que te dan la razón como a los loquitos.

.”Endasí”: Así, de esta manera. Sirve para corregir o para enseñar algo (cómo coger un lápiz, cómo lavarse las manos, cómo sentarse en el váter…)

.“Beka” o “Baka” (o a medio camino, para los más capaces): Basta, bastante. Sorprendentemente, sirve para mucho en las ocasiones más dispares. Por un lado, el significado más obvio: te están sirviendo café y dices “beka”. Ya no quieres más. Pero aún hay más: tu nuevo niño está peleándose con otro nuevo europeo en el jardín del hotel. “¡Beka!”, dicho con decisión y firmeza les hará entender que todos los nuevos europeos soportan un cierto nivel de estrés y que a golpes no se resuelve nada.

.“¡¡Wene!!”: Una de mis favoritísimas. No tengo ni idea de lo que significa literalmente. Es una exclamación que indica pesar, tristeza o consternación. Se usa lo mismo en funerales que tras derramar el café en la camisa nueva de tu compañero de mesa. En las telenovelas, que son tan tristes como la vida misma, de cada dos palabras, tres son wene.

.»Endeee????!!!» Otra genial: Tampoco sé lo que quiere decir literalmente. Yo la traduzco por algo a medio camino entre ¡¿Qué me estás contando?! (dicho así, como estupefacta) y ¡¿Cómo?! en su sentido más amplio. Indica sorpresa, pero con un cierto matiz negativo. Por ejemplo, cuando te viene tu niño y te dice “Mama, ahora que ya sé hablar español, me voy a Gran Hermano (Tilik Wendemu)”, pues tú le contestas airada ¿Endeeé?!, vamos, un rollo “ya me estás contando cómo puñetas se te ha ocurrido esa idea descabellada a los nueve años”.

.“Aisó” (dirigido a un chico), «aisósh» (dirigido a una chica) o “aisuachu” (dirigido a varias personas): Todas ellas, ánimo. Es extraño, pero se usa mucho. Si se te muere el marido, pues todo el mundo te dice “aisósh”. Si te pillas los dedos con la puerta, mientras tratas de contener las lágrimas, la gente te dice qué putada “aisósh”. Si alguien se cae, pues lo mismo. También sirve para animar en los deportes.

    Y ya no se me ocurren más. Las palabras anteriormente reseñadas fueron las primeras que yo aprendí cuando adopté a tiempo parcial a trescientos niños de golpe y porrazo. He pensado que pueden ser útiles. Está bien saber los números, pero yo creo que, en familia, cuantos menos números, mejor.

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May 28

EN-FILA-DOS

    He decidido hacer un ránking de filas. Dado que al cabo de la semana me trago varias (sanitarias, burocráticas…), creo -humildemente- que puedo hablar con cierta autoridad. Hay quien se hace un máster en gestión de recursos humanos. Yo me estoy haciendo un doctorado en turnos de espera.

    Así pues, mi número dos es la fila de la clínica de la Doctora. De quién es la Doctora y qué pinta en este blog hablaremos otro día (o no). Por hoy, baste decir que dirige una clínica para mujeres y niños de escasos recursos, situada dentro de un orfanato de una conocida congregación religiosa.

    Yo, como de costumbre, no estaba haciendo la fila sola. Estaba con A., que pasó algún tiempo en el centro de La Doctora ingresado por varias y múltiples circunstancias. El resto de la fila eran todo señoras con niños de pecho. Allí tengo que decir que me he sentido un poco estéril, porque era la única de pechos vacíos y sin niño propio. También era la única con sujetador, pero esto tiene menos simbolismo.
    Las señoras eran bastante gueter*, todas con sus netelá. El netelá es un complemento que me encanta. Es el velo blanco que normalmente debería usarse para cubrirse la cabeza cuando se va a misa. En la práctica, las señoras de gueter lo usan lo mismo para un roto que para un descosido, especialmente las que van con el niño colgando. En primer lugar, el netelá te sirve para atarte el niño a la espalda. Cuando el niño no lo llevas a la espalda, lo llevas en brazos envuelto en el susodicho netelá. Aparte de estos usos evidentes, el netelá te sirve también para limpiar al niño, igual cuando se caga que cuando se le cae un moco. Tú lo limpias con el netelá. Del mismo modo, cuando el niño se mea en la cola de la clínica de La Doctora, también limpias el suelo con el netelá, ante el horror de algunos voluntarios extranjeros. Si les plantearan el mítico acertijo sobre la hipotética isla desierta, las señoras gueter no lo dudarían un minuto: se llevarían el netelá. El súmmum del gueterismo es llevar un netelá de repuesto atado en torno al torso, un poco como las cartucheras de balas de los guerrilleros latinoamericanos. Supongo que será por si les dejan llevarse dos cosas a la isla desierta.

    El netelá para los niños tiene un poder relajante. Está científicamente comprobado (descarao) que si tú a un niño lo envuelves en un netelá, se queda sopinstant, que decía Elvira Lindo cuando todavía era graciosa. Incluso los adultos cuando se ponen enfermos se envuelven en el netelá de pies a cabeza. Y no hay forma de desenvolverlos, porque fuera del poder sedante del netelá todo les duele mucho, mucho más.

    Volviendo a la fila, allí estaban las señoras, sus niños, sus netelás y yo. La clínica de la doctora es pequeñita pero coquetona, y se crea en la fila un ambiente de camaradería entre las señoras que se cuentan sus desgracias. El momento más simpático lo ha protagonizado una de las señoras cuando la enfermera le ha traído un bote porque necesitaba una muestra de heces del bebé. La señora, rauda y veloz, le ha dicho que no era necesario ni siquiera desenvolver al niño, dado que, casualmente, había un poco de caca en uno de los extremos del netelá. El diálogo ha continuado por derroteros que rayaban el sainete valleinclanesco (en caso de que Valle Inclán hubiera decidido escribir sainetes africanos):

    Enfermera: Pero, la caca del netelá, ¿es fresca?
    Señora: Sí, hace sólo media hora que lo he limpiado
    Enfermera: Ah, pues entonces sí que me vale

    Había otra señora que también tenía que recoger caca de su niño, y la enfermera le ha dado el botecito y los pertinentes guantes. La señora ha desenvuelto al niño, ha abierto el trapo que le servía de pañal, y ha cogido un poquito del contenido del pañal. Los guantes se los ha dado a los otros dos hijos que venían con ella, más mayores, para que jugaran. Los han inflado y yo los he atado (la señora no sabía), y hemos pasado un rato de lo más entretenido jugando con los globos de cinco dedos.

    Otra de las señoras de la fila venía a recoger a su niño, que había estado un mes ingresado. Como la señora tiene siete hijos más en casa, casi no había podido ir a ver al que estaba ingresado. Cuando las enfermeras se lo han traído, la señora se ha quedado un poco plof, porque el niño, de algo menos de un año, no parecía reconocerla. El resto de las señoras la ha consolado diciendo que es normal, que a esa edad un mes es un montón de tiempo, y que no se preocupe que enseguida volverá a quererla. Yo, en mi amárico macarrónico, he aportado el tradicional “madre no hay más que una” (enat and bicha nat). Otra de las señoras, más práctica, le ha dicho que no tenía por qué estar triste, que si el niño estaba tranquilo era porque en la clínica lo habían querido tanto como en su casa, y que lo que tenía que hacer era alegrarse porque a su hijo no le había faltado amor en ningún momento. Como puede verse, las señoras gueter de vez en cuando tienen una profundidad mental que te deja ojiplática, que decía Eva H. cuando todavía era graciosa. Al final, la señora del niño ingresado se ha ido bastante contenta, ya que otra señora que la conocía de antes le ha dicho que se notaba de lejos que el niño estaba mucho más sano que hace un mes.

    Y yo, después de una media horita de espera, también me he ido bastante contenta. Sobre todo, porque he encontrado mi fila número dos. Mantengo en el top del ránking la de Inmigración, porque la considero insuperable, pero ya le he dicho a La Doctora que la de su clínica también es la mar de entretenida. Volveré.

*Gueter: Se traduce por countryside. Los etíopes denominan gueter a todo lo que no es ciudad. El noventa por ciento de Etiopía es gueter, pero, a veces, parece como si no existiera.

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May 25

INTERCAMBIO

    Leyendo mi periplo festivalero nocturno de hace algún tiempo, puede parecer que aquella noche fue la peor de mi vida. Y no, mira. Con el pasar de las semanas, me quedo con la experiencia de haber compartido aquella noche con la abuela de M, una señora que, desde una gran serenidad, nos mostró el rostro de quienes han nacido, viven y morirán en la pobreza. Como ya conté, en un momento de la noche, la señora sólo quería llevarse a M. a casa, porque a los etíopes no les gusta morir en los hospitales. No es que se diera por vencida, simplemente aceptaba la realidad. Que se te muera un hijo, un nieto, no es tan raro. Entra dentro de lo previsible. No es que no lo quiera –“es lo único que tengo”, repetía-, pero la gente como ella están acostumbrados a perder, y supongo que tratan de hacerlo con la mayor dignidad posible.

    Cuando llegamos a la clínica privada, la mujer se llevó aparte a una de las enfermeras y le preguntó cuánto costaba el estar allí. La enfermera, amable y claramente, le dijo: “donde habéis estado antes eran hospitales públicos. Éste no, éste es muy caro”. Acto seguido, la señora vino a asegurarse de que yo conocía esta circunstancia, que, por otro lado, a ella se le escapaba un poco: “Yo en toda mi vida lo máximo que he visto son los cien birr que pago de alquiler al mes”. Que la enfermera le dijo que en la clínica, con eso, ni los buenos días nos iban a dar. Como se puede imaginar, cuando nos indicaron el depósito que teníamos que realizar (2.500 birr), la señora tuvo un momento de pánico al llegar a la lógica conclusión: “Jamás podré devolveros ese dinero”. Le indiqué que ya nos habíamos percatado de ese hecho, y que no se preocupara, que la salud del niño no tenía precio para nosotros (aunque sí para la sanidad privada).

    Realmente, el mejor momento de la noche llegó cuando se llevaron a M. al quirófano de la clínica privada y yo me quedé sola con su abuela. Por matar un poco el tiempo, y dado que se tenían que quedar algunos días, aproveché para enseñarle los baños y explicarle el basic management de lo que viene siendo un váter con agua corriente. Al final del tour, le indiqué que, para saber en qué baño entrar, debía mirar los dibujos de las puertas: el que lleva faldas es para las señoras y el que lleva pantalones es para los señores. Por primera vez en varias horas, la señora rompió en una sonora carcajada. Le pareció La Idea, eso de los dibujos así de claros en la puerta del baño. Así, dedujo, hasta los que no sabemos leer sabemos dónde tenemos que entrar. Supongo que es como la primera vez que uno usa un post-it, que lo encuentra la mar de práctico y se extraña de que nadie lo inventara antes. Pues igual.

    Antes de dejarlos en la habitación, le dí a la señora un dinero para que se comprara algo de comer al día siguiente. Cuando nuestra enfermera fue a visitarlos, me comunicó que la señora se negaba a pagar 18 birr por un plato de injeera, que era lo que costaba en la cafetería del hospital, y que había decidido no comer durante los tres días que iban a estar allí, y que me devolvía el dinero. Tuve que llevarle una fiambrera y un termo. Luego, cuando sus vecinos del barrio averiguaron dónde estaban, acudieron todos en masa a visitarlos y a llevarles comida, y así la clínica privada se llenó de mendigos y leprosos, y en dos días las enfermeras decidieron que el niño ya estaba bien y que le daban el alta.

    A pesar de la evidente distancia que nos separa, aquella noche me sentí unida a la abuela de M. Compartíamos un objetivo común, y ambas estábamos convencidas de que la otra haría todo lo que estuviera en su mano para conseguirlo. Por una noche, fuimos iguales, aquella señora de setenta años, analfabeta y asustada; y yo, con un mundo que se me caía encima por momentos ante la perspectiva de perder a una parte de la Santa Infancia. Comprendí profundamente, no sólo su dolor, sino también su resignación, su perder con dignidad. Porque hay veces que se pierde. Sólo que nosotras, aquella noche, ganamos. Las dos.

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May 20

INTERIORIDADES

_¡Kaktus, Kaktus!, ¡G. se ha sacado una lombriz del culo en el patio!
Una conversación que comienza así sólo puede mejorar. Me dirijo a comprobar el hecho denunciado. Efectivamente, en el fondo de una de las acequias de desagüe que bordean el patio, reposa el cuerpo sin vida de una lombriz blanca, de unos veinte centímetros de largo. La Santa Infancia y yo guardamos silencio ante los restos del animal.
_ Perdona -yo soy muy educada- ¿cómo coño te has sacado semejante serpiente del culo? – también soy muy clara hablando, porque el amárico tampoco lo domino tanto.
_ Se la he sacado yo -señala orgullosamente M.- Me he ganado un caramelo, ¿no?
_ No, te has ganado un lavado de manos en profundidad
_ No, no hace falta -replica- he cogido un papel del suelo para agarrarla
Las arcadas me recorren de pies a cabeza, y mientras superviso el correcto lavado de manos de G. y M., quién sabe por qué, me viene a la cabeza una canción que aprendí en el cole y que decía: “Mi corazón es una caja de música donde Dios colocó su canción”. Mientras pongo el piloto automático para comenzar la charla de “está totalmente prohibido sacarse cosas del culo los unos a los otros”, reflexiono (polivalente soy) sobre las diferencias culturales: mientras las niñas de colegio femenino católico crecimos convencidas de que nuestro interior albergaba un artefacto mecánico musical depositario de canciones celestiales, la Santa Infancia vive con un terrario en sus entrañas que les proporciona bastante más distracción que nuestra cajita de música católica.
A veces, yo sé que se me va la olla.

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May 17

RACISMO

En Navidades repartimos muñecas a todas las niñas pequeñas y medianas. A una le tocó una preciosa muñeca negra, supongo llegada como donación de algún hogar progresista europeo. Todas las niñas estaban híper contentas con sus muñecas.

_ ¡Qué mona! -le digo a la niña- ¡una muñeca abeshá!
_ No es abeshá -categoriza- es Gambela
Pobre muñeca. Qué dura vida le espera en Addis.

Abeshá, como muchos sabéis, es el nombre con el que se designan los etíopes a sí mismos como raza. Gambela es la frontera con Sudán, y allí la gente tiene rasgos más africanos, además de ser más oscura de piel.

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