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Posts Tagged ‘Kaktus’

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May 13

COSMOPOLITA

    Hoy me ha tocado guardar turno. En la Immigration Office. Me ha encantado.

    Y es que hay sitios donde hacer cola da gusto. Yo mantengo que, en este país, la cola de inmigración es, con mucho, la más divertida de todas. Obviamente, no es la primera vez que tengo que resolver trámites de inmigración. Pero es que cada vez que voy me lo paso mejor. Nunca me decepciona.

    Para empezar, es un lugar único donde apreciar la variedad de la fauna de todas las nacionalidades que se mueve por aquí. Además, como la cola suele ser bastante larga, la gente te da un montón de conversación. La cola la haces en un banco, y te vas moviendo hacia uno de los lados cada vez que alguien se levanta porque le toca entrar en la oficina. Es decir, tus compañeros de banco son siempre los mismos, lo que se presta a entablar relaciones. Y, curiosamente, la gente allí siempre tiene mogollón de ganas de hablar. Sería un lugar ideal para terapias de grupo (sugerencia).

    La pena de hoy ha sido que, por mi actual situación migratoria, tenía que fingir que era una turista de las de verdad. Al principio me ha dado algo de penita, pero, una vez metida en el papel de “sin la Lonely Planet estaría muerta”, he descubierto que, cuando la gente piensa que te está ilustrando sobre algo que tú desconoces, te cuenta cosas mucho más interesantes.

Etiopia, Tarike

    Hoy, por ejemplo, he conocido a una enfermera jamaicana, ciudadana estadounidense, que desde hace seis años vive a caballo entre New York y Sashamane. Su marido vive siempre en Sashamane, pero ella pasa largas temporadas en Addis Abeba, porque la hija de ambos va al cole en Addis. Todos ellos son rastafaris (de los de verdad, no de los de Pirineos Sur). Así, esta señora me ha contado algunas cosas interesantes sobre el rastafarismo y la vida cotidiana en la comunidad de Sashamane. Luego me ha contado cómo había celebrado el triunfo de Obama con champán, y todo esto me lo relataba con un acento genial, como el de Bailey de Anatomía de Grey. Y yo estaba encantada de la vida.

    Nuestro vecino de banco era un chino de la China que no hablaba ni una palabra de inglés, y cuya única contribución a la conversación ha sido cuando, por gestos, nos ha hecho notar las diferencias entre los dibujos que ilustran las hojas interiores de nuestros pasaportes: en el mío figuran animales migratorios (ballenas, langostas, golondrinas…) y sus respectivas rutas all around the world, en el de la señora jamaicana, que era pasaporte del Tío Sam, figuran los lugares más bonitos del Tío Sam: unos cowboys en Texas, el edificio del Parlamento y la Estatua de la Libertad. En el del chino sólo sale el sol naciente en todas las hojas.

    A la señora rastafari, que tenía todos los papeles caducados no, lo siguiente, la han hecho pasar delante de mí. Y así he conocido a un señor francés que ha vivido un web de años en toda Latinoamérica y que ahora cultiva rosas cerca de Addis. Y que, para ilustrarme sobre el innegable poderío que la China del sol naciente está adquiriendo, ha sentenciado: “los chinos se están comiendo África”. Es una suerte que los chinos sean poco dados al aprendizaje de otras lenguas, porque si no los cinco que estaban haciendo fila con nosotros creo que se hubieran enfadado (creo).

    Había también, caído de no se sabe dónde, un señor de algún país africano de habla francesa, que pretendía la renovación por un mes de una visa de tránsito aeroportuario. A la oficinista ni siquiera se le ha torcido el gesto, con que no debe ser una situación tan insólita como a mí me lo ha parecido.

    En cualquier caso, a mí lo que más me gusta son los vestidos de las señoras del África francófona, donde tienen mucha más gracia para vestirse y los estampados son mucho más bonitos que aquí. O al menos esa es la impresión que me he formado en la Immigration, porque yo, más allá de Etiopía, no me he aventurado jamás. La próxima vez que me vengan ínfulas viajeras -decidido lo tengo- directa me encaminaré a pasar el día en la Immigration. Para sentirme viajada. Cosmopolita. Ciudadana del mundo. Whatever.

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May 11

UNPLUGGED

    Lo bonito del Interné, como reiteran siempre en los Congresos de Periodismo Digital, es el feedback, la interacción con los lectores, el que alguien te mente la madre en los comentarios. Y tú vas y le respondes: pues tú más. Y así.

    Lo bonito de Etiopía son sus nobles gentes, agrestes paisajes y arraigadas costumbres, que diría Labordeta (invitado queda). Pero no su conexión a Internet, que apesta. Porque aquí, amigos todos, aquí todavía existen los “k”. I swear (como te lo cuento). Concretamente, a mí, en los días de conexión interplanetaria, me existen 33,6 Kb por sec. Y ya. ¿Que cómo hago para mantener un blog así de apañao? Como dicen donde yo nací: con ayuda del vecino, mi abuela mató el tocino. El mismo hermano que me diseñó el blog (Mr. K) me cuelga las entradas que, cuando puedo, le mando. Yo el blog este no puedo ni abrirlo desde casa. A veces lo veo cuando voy donde la Yeshi, la señora que regenta un Ciber Cafe ubicado en un container rosa chicle, que a ella le existen 240 Kb cuando hay luz. Los comentarios me llegan, de forma inexplicable (al menos para mí) a mi correo personal, llenando mis días de alegría sin fin.

    ¿Que a qué viene todo este rollazo? Como diría mi ídolo: me encanta que me hagas esa pregunta. Pues viene a que, sintiéndolo más que mucho, no puedo contestar a los comentarios en el blog. Me hace un montón de ilusión recibirlos, por lo que irracionalmente pediría que no dejarais de hacerlos, pero, siendo honestos, os tengo que decir que probablemente no contestaré (salvo que pueda escaparme a la Yeshi). Sí que intentaré contestar a través del correo personal, que sale en los comentarios, pero allí también el problema es un poco el mismo. Y que la cosa pierde gracia, porque el resto no pueden ver la respuesta.

    En cualquier caso, aprovecho la oportunidad para agradeceros a todos los que os pasáis por aquí el interés demostrado. La Yeshi también os agradece que me obliguéis a dejarme los birretes en su Cibercafé rosa más a menudo. Un abrazo a todos.

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May 11

LA MALA PATA DE ABEBE

    Hoy he leído en el libro de inglés del equivalente a octavo de EGB una curiosa historia. La contaba un niño, y hablaba de su tío, que tenía 24 años, y tenía HIV/AIDS (no sé por qué, pero lo ponen siempre todo junto). El tío -pongamos que se llamaba Abebe-, pobrecillo, se había contagiado del HIV/AIDS a los 22 años. Se había encontrado una jeringa por la calle y, al ir a tirarla a la basura, se había pinchado. A pesar de que la mujer de Abebe es enfermera en un centro de HIV/AIDS, Abebe no le había dado mayor importancia al asunto hasta que, algunos meses más tarde, Abebe se empezó a encontrarse mal y, voilá, tenía HIV/AIDS. Según su sobrino, ahora Abebe es un hombre de provecho que ayuda a los demás enfermos de HIV/AIDS. El sobrino estaba muy orgulloso de su tío Abebe, concluía el texto.

    Como veis, según el libro de inglés (nota: es el libro que se usa en todas las escuelas del país), si te contagias de HIV/AIDS a los 22 años, lo más normal es que haya sido porque te hayas encontrado una jeringa en la calle -habida cuenta la gran cantidad de hospitales presentes en el país, te puede pasar en cualquier momento-, la hayas cogido (porque eres bastante tonto) y te hayas pinchado (porque además de tonto, eres cretino, porque mira que es fácil tirar una jeringa a la basura sin pincharse). Además, has tenido la mala malísima suerte de que, a pesar del contacto con el aire, el polvo y la vida, el virus sigue activo en la jeringa, con una carga viral tan impresionantemente alta que ¡zas!, te contagias. Como la vida misma. La posibilidad de que Abebe se fuera de putas y se infectara allí, parece que al sobrino (a la sazón, cursando octavo de EGB), no se le había ocurrido.

    Lo que el sobrino no cuenta es lo contenta que se puso su tía la enfermera cuando se enteró de que también estaba infectada de HIV/AIDS. Porque, si su marido -según el sobrino- se enteraba al año siguiente de que se había infectado el día de autos, me dirás tú si para entonces la señora de Abebe no iba de virus hasta las cejas. Bueno, o igual no, igual no le había dado por coger ninguna jeringa y, lógicamente, estaba a salvo. Nunca se sabe. Tal vez la inocencia inmunice; y en tal caso, el sobrino de Abebe podrá coger todas las jeringas que quiera (bañarse en jeringas usadas), porque es un alma de cántaro de las que hacen época.

    El texto escrito por el sobrino de Abebe venía completado con algunos consejos para tratar con enfermos de HIV/AIDS. A los enfermos de HIV/AIDS hay que cuidarlos mucho: ayudarlos económicamente, hacerles la comida, lavarlos, leerles cuentos en voz alta, darles de comer… La posibilidad de que un enfermo de HIV/AIDS con el tratamiento apropiado pueda llevar una vida autónoma y valerse por sí mismo no venía en el libro.

    En la contraportada del libro está escrito que está financiado por el USAID, con fondos procedentes de una cajita que tenía George Bush para el África (y que ahora supongo que tendrá Obama). Antes el mundo funcionaba así: tú invadías Somalia, y George te pagaba el libro de inglés. Lo comido por lo bebido. Además, el libro estaba redactado en Alabama, con colaboradores etíopes. Alguien tendría que organizar un seminario sobre vías de transmisión del HIV/AIDS a la honrada gente de Alabama.

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May 07

CABO CAÑAVERAL

    No es fácil lanzar un cohete. Primero, hay que buscar el cohete. Aunque vivas en la NASA, eso no implica necesariamente que haya cohetes disponibles. Tienes que mirar cuánto va a costarte el cohete, porque no es plan de llegar a Marte y no tener dinero para volver.

    La tripulación tiene que llegar puntual. Al estar la tripulación compuesta fundamentalmente por menores de edad y señoras que no podrían escribir su nombre ni aunque les fuera la vida en ello (no digamos leer un reloj o ponerse un despertador), informas a todos los implicados de que el cohete partirá con el amanecer, para llegar a Marte a buena hora y ser de los primeros en pisar el planeta. La tripulación te responde que hará lo que buenamente pueda para llegar a tiempo.
etiopia | kaktus

    Y luego está la atención psicológica a los astronautas. De repente, al más joven de los astronautas, le da el pánico. No le gusta Marte. No le gustan los experimentos científicos. No quiere ir. El resto de la tripulación se contagia del pánico. El señor conductor de cohetes se impacienta mientras gran parte de la tripulación está llorando.

    No es fácil lanzar un cohete. Es casi, casi tan difícil como llenar un minibus de gente enferma para ir al hospital.

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May 04

INFALIBILIDAD

    A mi rubio favorito hay un juego que le encanta: cuando estoy sentada, viene por detrás y me tapa los ojos (las gafas) con las manos:
_ ¿Quién es?
_ Esto… no estoy muy segura… pero creo que es… A.!!!
_ ¡Síííí! ¡Siempre sabes que soy yo!

    A mi rubio favorito le fascina pensar que lo quiero tanto que hasta con los ojos tapados sé quién es. Que conozco su voz, su olor, el rumor de sus pisadas. Que podría encontrarlo incluso si mi su el mundo se quedara a oscuras.
Y tal vez tenga razón.

    O tal vez sea el hecho de que sus manos están mal formadas y le faltan algunos dedos. Tal vez (a lo mejor), esas manos dignas de los Simpson sólo pueden ser suyas.
El caso es que acierto siempre.

    Fortuna la nuestra, que nos reconocemos.

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Abr 29

NOCHE DE FIESTA (Y 3)

    En la pediatría encontramos un nuevo doctor que parece bastante enfadado por el hecho de que M. tenga trece años. Nos dice, en cualquier caso, que llamará al cirujano. Nos cierra la puerta de la consulta en las narices. Cuando la vuelve a abrir, nos comunica que M. no será operado antes de las seis de la mañana, por lo que podemos irnos. Antes de esa hora, dice, no habrá material para la operación. Después de esa hora, dice, tampoco puede garantizar nada. Las enfermeras nos miran con lágrimas en los ojos. La Doctora me llama por teléfono por enésima vez -ha estado siguiendo nuestro periplo a distancia toda la noche- y me dice que tenemos que conseguir que le pongan suero y antibióticos para ganar algo de tiempo. Pedimos esos cuidados, y el doctor nos dice que tenemos que irnos, que no podemos pasar allí la noche. Nos ofrecemos a llevar el material necesario, y el doctor nos dice que no aceptan material de fuera. Las enfermeras nos dicen que no vamos a conseguir nada, que M. no aguantará hasta la mañana, y que lo mejor que podemos hacer es probar suerte en otro lado. Sólo que ni siquiera ellas mismas saben decirnos dónde podemos probar, y el tiempo se nos acaba.

    La abuela de M. apuesta por tirar la toalla. “Habéis hecho ya bastante”, me dice, “vámonos a casa. No quiero que muera aquí”. No puedo prometerle que no se va a morir porque, francamente, empiezo a dudarlo un bastante.

    Vuelvo corriendo sola a las emergencias generales, donde les cuesta creer que no vayan a operarlo inmediatamente. No pueden hacer nada en contra de la opinión del cirujano. Me preguntan que qué pensamos hacer.
_ Probaremos en la B. Clinic
_ Sí, buena idea, allí tienen servicio de Emergency
_ También aquí hay servicio de Emergency. Dos. Y otro en el Kedus Paolos. Y dos más en el Black Lyon. I’m so fed up about emergencies.
_ Lo sentimos. Good luck.

    La gente que espera en la pediatría nos ayuda a montar a M. en la parte trasera del coche. Sigue vomitando.

    Llegamos a la B. Clinic. Es un centro privado. Como allí no hay distinción entre urgencias pediátricas y generales, no tenemos problemas. Llaman al cirujano de guardia (que está en su casa) y nos dicen que lo operarán por la mañana. Que, para pasar la noche, le pondrán suero y antibióticos. Nos garantizan que aguantará. Hasta que llegan los resultados de los análisis de sangre.

    Vuelven a llamar al cirujano, que llega en media hora. A la una de la mañana lo operan. A las dos sale del quirófano. El cirujano nos explica que el apéndice estaba ya todo infectado, pero todavía sin perforar, por lo que no ha sido demasiado complicado. La operación nos ha costado lo que media lavadora (aquí el sector lavadoras tiene unos precios bastante europeos). Nosotros podemos pagar.
Abba Libreto y yo decidimos volver al Yekatit para dar las gracias a las enfermeras que tan bien nos habían tratado, y para decirles que la aventura termina bien. Se emocionan un montón por el gesto. Llegamos a casa a las tres menos cuarto.

    A las siete y media me despierto llorando. No me despierto y lloro. Abro los ojos, y los tengo llenos de lágrimas. Lloro un rato, no sé muy bien por qué. Me levanto, me ducho y voy al centro. Hace un día precioso. Poco a poco, el sol y los niños me despiertan de la pesadilla. Salgo del cubo, de la oscuridad de ese patio, de los pasillos del cuartel sanitario. Consigo, por primera vez en muchas horas, levantar los hombros, estirar los brazos, mirar arriba. Me sacudo el frío y me alegro de estar viva. De que todos estemos vivos.

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Abr 27

NOCHE DE FIESTA (2)

    Llegamos al Yekatit, ubicado en un edificio que resume a la perfección el aire decididamente vintage que rodea a la sanidad pública etíope: todo parece recuperado directamente de principios del siglo pasado. El Yekatit, concretamente, parece un cuartel abandonado hace varias décadas, en el que un grupo de personas hubiera tratado de establecer, sin conseguirlo del todo, un hospital. Aroma de cotolengo y memoria de leprosería. Lo pilla el Vogue como localización y se soluciona un especial otoño-invierno.

    Son ya las diez de la noche. M. ha comenzado a vomitar con bastante frecuencia. Sigue caminando, aunque cada vez habla menos. El guardián de la puerta nos indica que, dada la edad del paciente, nuestro sitio son las emergencias pediátricas.
Llegamos allí y sacamos la card. Acude el doctor.
_ ¿Por qué está aquí? Tiene trece años. La pediatría llega hasta los doce.
Mierda, mierda y cien mil veces mierda.

    Abba Libreto se hace el simpático con las enfermeras y éstas, a su vez, con el doctor, que accede, al menos, a hacer los análisis pertinentes. Sangre y orina. Recogemos la muestra de orina en un baño con la luz fundida. M. mea mientras yo le alumbro con el móvil. Maravillas de la tecnología.

    Volvemos a la consulta y las enfermeras llaman por teléfono al doctor, que ha aprovechado para ir a cenar. El doctor informa de que no tiene ninguna intención de llevar nuestro caso y que debemos acudir a las urgencias generales del mismo hospital. Las enfermeras le hacen notar que en la pared -tal y como le habían mostrado antes- hay un aviso que dice que las emergencias pediátricas cubren hasta los quince años. El doctor replica -siempre por teléfono- que él no ha sido informado de ese aviso.

    Cruzamos el patio totalmente sumido en la oscuridad. Paramos dos veces a vomitar. Llegamos a las urgencias generales. La doctora y el enfermero de guardia nos informan de que nos hemos equivocado: con los trece años de M., nuestro sitio es la pediatría. Les explicamos nuestro largo periplo por pediatrías y general emergencies. La doctora se solidariza -entendemos que no es la primera vez que le pasa algo así- y nos dice que va a llamar al doctor que nos ha enviado erróneamente allí. Mientras esperamos a que vuelva, el enfermero nos dice que nos tranquilicemos, que el ala de cirugía es la misma para todos, que sólo están decidiendo quién lo envía a cirugía y que hay camas suficientes.

    M. ya no puede estar de pie, y el enfermero le deja tumbarse en una cama. M. dice que le duele mucho más que antes, y quiere llorar y no puede porque está completamente deshidratado. Su abuela y yo, cogidas de la mano, rezamos cada una al Dios que mejor nos parece.

    Vuelve la doctora, y nos dice que tenemos que volver a cruzar el patio en dirección a la pediatría. Que de allí nos mandarán a cirugía. Que si tienen alguna duda en pediatría, pueden llamar por línea interna, pero que no tenemos que volver allí. Como M. no puede levantarse, nos dejan una camilla con ruedas. Cruzamos el patio los cuatro: M., su abuela, Abba Libreto y yo. Tengo la sensación de estar en Cube: saltamos de un cubo al otro, cada uno es peor que el anterior, y los miembros más frágiles de nuestro equipo cada vez están más débiles. Es como una pesadilla: hace un frío que pela (le he dejado mi jersey a M. y voy en camiseta y pantalón pirata), y sumidos en la oscuridad empujamos una camilla de hierro por un patio sembrado de escombros. Sólo que no conseguimos despertarnos.

(continuará…)

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Abr 24

NOCHE DE FIESTA

Un número.
Una superstición.
Una mierda.

    M. empieza a vomitar a las cuatro de la tarde. En lo que esperamos a La Doctora, lo envío con dos de los mayores a hacerse un examen de heces. Tardan bastante porque M. se tiene que parar cada pocos metros a sentarse.
    A las cinco y media llega La Doctora. Primera hipótesis: apendicitis.
    Confiada en la pediatría del Black Lion, me pongo en camino. Nos lleva Abba Libreto.
_ Pues para ser apendicitis, se queja muy poco
_ Ya. Eso es lo que me da más miedo

    Entre preguntarme si estaba casada e intentar conseguir mi número de teléfono, el doctor de guardia apoya la hipótesis de La Doctora. Voy a sacar la card (un carnet que te dan en el hospital, y que indica que te han abierto una ficha hospitalaria).
_ Nombre
_ M.B.
_ Edad
_13 años
_ No puedo darle la card. No es pediatría. La pediatría acoge pacientes sólo hasta los doce años.

    Vuelvo a la consulta del doctor interesado en mi persona y le comento esta circunstancia. Él insiste en pedirme el número de teléfono. Intento negociar: mi número de teléfono a cambio de poner doce años en el expediente de M. No funciona. Me dirijo a General Emergencies. El doctor se queda sin mi número de teléfono.
Las General Emergencies parecen una maqueta de un hospital de campaña (considerando que hay hospitales de campaña infinitamente mejor equipados). Voy al único doctor que tiene varias docenas de expedientes encima de la mesa. Examina a M:
_ ¿Cuántos años tiene?
_ Trece
_ Entonces es paciente de pediatría
_ No -repongo-, nos han echado de la pediatría
_ Pues aquí no hay camas

    En la pediatría sí había camas. En la General Emergency, no. El doctor me aconseja que pruebe suerte en el Saint Paul (Kedus Paolos), y me escribe una referal letter (como un volante donde explica toda la situación). “Good luck”, me dice. A mí me vienen escalofríos, porque a los frenjis nadie suele desearnos good luck por aquí, dado que existe la creencia generalizada -no digo que equivocada- de que, en habiendo dinero, a quién le importa la suerte.
M. parece llevarlo bastante bien. Comunico a Abba Libreto nuestro nuevo destino, y acude a recogernos con la abuela de M. (la madre de M. se piró hace varios años al countryside). La señora me besa las manos.
Llegamos al Saint Paul. Explicamos nuestro caso. Viene una doctora a evaluar la situación.
_ ¿Cuántos años tiene?
_ Trece
_ Es un paciente pediátrico. Aquí no tenemos cirugía pediátrica.

    Le hacemos notar que la referal letter que llevamos procede de las urgencias generales del Black Lyon, y que, en cualquier caso, no le estamos llevando un niño de seis meses. Es un chaval de la misma estatura que la doctora. No hay manera. No hacen cirugía pediátrica. Nos recomienda un tercer hospital: el Yekatit.

(continuará…)

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Abr 21

EL DIABLO VA DESCALZO

    El otro día tuvimos sarao corporativo. Esto es, tras una intensa tarde de torneos varios y diversos, Brother D. y yo teníamos que presentarnos en el centro de la ciudad para una misa y su posterior cena. Mientras Brother D. acababa de ultimar unas cosas con la Santa Infancia, yo aproveché para vestirme de persona. Una vez maqueá, volví al centro a recoger a Brother D. y a ayudarle a ultimar sus cosas con la Santa Infancia.

    En el tema vestuario, todo hay que decirlo, la Santa Infancia es de un agradecido que da gloria. A nada que te pongas te lo valoran un montón. Dado el carácter religioso del encuentro -adiós a las lentejuelas-, yo había optado por una sencilla camisa blanca local, pantalones negros y mis fabulosas DocMartens. Rancieta pero integrada, vamos.

    Iba yo toda orgullosa con mis botas, porque hacía tiempo que no me las ponía, y este año por fin me he decidido a hacerles un sitio en la maleta, porque estoy firmemente convencida de que jamás pasarán de moda. El par de Martens que tengo ahora ha pisado varios continentes y, hace más de un lustro, me costaron la friolera de trece mil pesetazas.

    El caso es que llego yo con mi camisica, mis pantalones apañaos y mis súper Martens, sintiendo nueva vida en mis pies, un andar más firme que recorría todo mi ser. Y la Santa Infancia que me dice que estoy ideal. Y yo que les digo que ni me toquen, que la camisa está recién lavada y todos sabemos que el color blanco en nuestro centro es un oxímoron en sí mismo.

    Les gusta la camisa, les gustan los pantalones…¿y las botas?, pregunto subiéndome los pantalones para que puedan apreciar mejor la nítida limpieza de sus líneas, ¿no os gustan las botas?

    _ Ye komata.
    _ ¿?
    _ Ye komata chama

    Chama quiere decir zapato. Ye es un “de” posesivo. Komata quiere decir leproso. La Santa Infancia me informa simpáticamente de que en el Alert (el hospital del barrio) dan unos zapatos iguales idénticos -eso dicen ellos- a los leprosos en tratamiento. Aseguran que es la primera vez que ven que alguien que tiene diez dedos en los pies los lleva puestos así, por gusto. No acaban de entender mi ilusión por llevar zapatos de leprosa, pero lo respetan.

    Y yo que pensaba que la Santa Infancia me había llamado ya de todo. Pero no, mira, leprosa todavía no me habían llamado. Seguro que a Sienna Miller tampoco se lo han llamado nunca.

Doc Martens Sienna Miller | tariKe | Kaktus

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Abr 20

ANALFABETISMO CORPORATIVO

    Cuando una se zambulle en las turbulentas aguas de la cooperación al desarrollo entra a formar parte del mundo Power Point. Aparentemente, los trabajadores y organismos de la cooperación al desarrollo presentan una disfunción sectorial que les impide leer más de dos párrafos seguidos, por lo que todos los documentos de trabajo tienen que adoptar la forma de cuadritos, arbolitos o mapas, y presentar una densidad bastante elevada de flechas y otras Autoformas. La Cooperación al Desarrollo contempla el mundo a través de filtros Word y Excel. Como en Matrix.

    El problema más evidente de los cuadros que intentan aprender la realidad en celdas, filas y columnas, es que caben pocas letras. Y esto nos aboca al apasionante mundo de las siglas y acrónimos: C.T.L.C.M. (Como Te Lo Cuento, Maritú). En este mi segundo día de workshop he aprendido que la Santa Infancia no se llama Santa Infancia, se llaman OVC (Orphan and Vulnerable Children). Y yo sin enterarme. Los trabajadores sociales comunitarios son CSW(Community Social Worker) y los grupos de mujeres son SHG (Self-Help Group). Amazing, que diría la californiana. Si ya entramos en harina sanitaria o nutricional, no te quiero contar la cantidad de siglas que se usan cotidianamente. La Doctora está estudiando un máster en H&M (letras que, además de la franquicia, responden a Health and Management) y rara es la palabra que viene escrita completa.

    Lo peor del tema es que engancha bastante, porque hablar en siglas da una impresión como de enteradillo, como de “este sabe lo que se dice”. Así, tras unas tres horas de escuchar siglas, te sorprendes a tí misma diciendo:
    Los CSW deberían ser los encargados de realizar periódicamente M&E (Monitoring and Evaluation) sobre la marcha de los SHG y la influencia de los mismos sobre las condiciones de vida de los OVC.

La guinda al pastel la ha puesto hoy TBD. A mí, cuando la he visto en uno de los múltiples cuadritos que nos han dado, me daba la sensación de TB Department (yo es ver TB y ponerme a toser), pero no me pegaba con el contexto del caso. Al final, dado que el hecho de ser MFV (Mujer Frenji Voluntaria) ayuda a que todo el mundo espere las cosas más insospechadas de mis intervenciones, me he decidido a preguntar qué quería decir TBD. To Be Discussed.

OMG

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