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Posts Tagged ‘Santa Infancia’

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Ene 25

ENCUENTROS

Una de las cosas más lindas que me han dicho en la vida vino del mítico A. , algunos días después de su vuelta al centro, tras haber pasado más de un año en el gueter. Habíamos estado en total dos años sin vernos, y retomamos nuestras conversaciones sobre vacas, montañas e iglesias ortodoxas. Estábamos inmersos en una de esas charlas en las que él me cuenta su vida en el campo y yo me meo de la risa, porque tiene un modo muy gracioso de explicarlo. De repente, se puso serio:
_ Kaktus, tú… ¿me escuchabas?
_ ¿Cómo que si te escuchaba?
_ Durante este tiempo que yo no he estado, tú, ¿me escuchabas?
_ ¿Y eso?
_ Porque allí, en el campo, cuando rezaba, yo te hablaba
_ A., cuando uno reza habla con Dios, no con las personas
_ Ya, pero yo le decía que te contara todo, que supieras que estaba bien. Tú, ¿Me escuchabas?

Me quedé sin saber muy bien qué contestarle. A lo mejor sí. A lo mejor lo escuché. A lo mejor fue él que me llamó. A lo mejor por eso volví.

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Ene 12

MEMES

Cuando A. (niña, catorce años) me ha dicho que su maestra quería verme de nuevo, me he pillado soberano rebote, porque es la quinta vez que me llaman del colegio este año y sólo estamos en enero. Esto es una cosa que yo hago mucho, que cuando me llaman los profesores para hablar, a los niños los llevo ya gritados, porque así van más sumisos y el profesor se piensa que realmente se arrepienten de sus fechorías y les da otra oportunidad. Se llama marketing con causa.

Total que, tras advertirle previamente a A. que no toleraría ni una mentira, ni un “yo no he sido”, ni un “la culpa es del resto del universo mundo”, hemos ido a ver a la maestra de matemáticas, que me ha informado, bastante rebotada ella también, que A. no presta atención en matemáticas. “Toma,”-he pensado- “ni en mates ni en el resto de asignaturas, que por algo ocupa el puesto 44 en un ránking de 50”. Pero me he callado y me he limitado a asentir circunspectamente. La maestra, realmente, no me llamaba por eso. Me llamaba por un cuaderno que le ha confiscado a A. y que ha abierto delante de mis ojos, diciéndome que había cosas terribles escritas. Yo, así, a bote pronto, no es que tenga una gran capacidad lectora del amárico, por lo que he seguido asintiendo circunspectamente (que es una cosa que, con los años, me queda bastante circunspecta). A simple vista, el cuaderno aparecía alfombrado de florecillas, brillantinas y corazones varios. Muy Candy Candy. Le he indicado a la maestra que leería con atención el cuaderno, dado que, según ella, el citado documento “is not good for her future life”. Obviamente, ante semejante diagnóstico, yo no he podido menos que volver a asentir circunspectamente, le he dado las gracias y nos hemos ido.

De vuelta a mi office (que la tengo), lo primero que he hecho ha sido llamar a M., que es una trabajadora nuestra, y pedirle que me ayudara a descifrar el cuaderno. Después de lo dicho por la maestra, yo ya había elaborado mis hipótesis, resultándome la más plausible que A. sea una madame y en el cuaderno apunte las citas de sus chicas. Yo, para mi Santa Infancia, quiero siempre lo mejor.

Un meme. Utilizan los cuadernillos para pasarse memes. La cosa funciona así: en la primera página, A. había escrito una cincuentena de preguntas, que luego sus amigos del cole contestaban en páginas subsiguientes. Sólo que, como son muy afanados, además de contestar el meme, pues ponen dibujillos o fotos de revistas o brillantina pegada. La verdad es que es el cuaderno que todo chino soñaría tener. Lo sacudes y te caen cinco flores secas, dos corazones de plástico y tres fotos de actores de cine indio.

Respecto a las preguntas, yo me esperaba “lo peor”, es decir, enterarme de que A. tiene vida emocional (y que me diera envidia), pero no, mira. Aquí van algunos ejemplos de las preguntas hechas por A. y contestadas por una de sus amigas:
_ De las tres letras del ABC anti HIV (Abstinence, Be faithful and Condom), ¿con cuál te quedas?
_ Abstinence
_ Si mañana se acabara el mundo, ¿qué harías?
_ Ir a confesarme
_ ¿Es el sexo una prueba de amor?
_ No

Asustada no, aterrada he quedado. Qué panda de fanáticas están hechas. Las respuestas, ni dictadas por USAID. Por cierto, que su color favorito era el rosa, la bebida que más le gusta es la Mirinda y la que menos el aguardiente local. Y que si un chico le gusta, pues que espera a que le entre y ya (pues espera, maja, espera).

Sí que había algunos poemillas que había escrito un chico del tipo “rezando le pregunté a Dios, ¿me querrá A. algún día?” (en amárico medio rimaba), pero ya. Nada de carnaza, vaya. Al final de nuestra lectura detallada, le he preguntado a M. , que tiene veinte años, por qué la profesora se había quedado tan escandalizada por una cosa natural y bastante ingeniosa en lo que a comunicación y modo de conocerse se refiere. La respuesta ha sido contundente:
_ Los profesores etíopes no entienden nada.

Yo he asentido circunspectamente.

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Ene 06

EL MES

Hoy ha acabado mi calvario. Ha vuelto Brother House. Debo ser la única curranta del mundo que cuenta las horas para que vuelva su jefe. Porque la vida sin Brother House es muy, muy dura. La vez pasada que hice lo que popularmente conocemos como El Mes se me retiró hasta la regla. Esta vez, que tengo más callo -han pasado cuatro años-, he conseguido menstruar a su debido tiempo pero, una vez más, he desarrollado un apetito compulsivo del que planeo hablar mañana (u otro día).

Y no es sólo que Brother House, trabajando doce horas al día 365 días al año, sea un vacío dificilillo de llenar, no. En el campo educativo (lo que viene a ser solución de problemas cotidianos de la Santa Infancia), me apaño bastante bien. Y cuando no me apaño, con decir “lo hablamos cuando vuelva Brother House”, pues tira que te va. Lo que más me cuesta es la gestión de los campos de fútbol y otros deportes.

Lo de los campos de fútbol, verdaderamente, es más difícil que organizar la sección de lácteos del Mercadona (por lo menos). Vaya por delante que, como saben mis conocidos (y también la gente que me conoce menos, porque esto es algo que yo grito a quien quiera escucharme) O.D.I.O. el fútbol. En todas sus variantes: Futbito, fútbol ocho, fútbol sub-18, fútbol sala, fútbol sub-21…. De hecho, una de las más importante motivaciones a la hora de volver a Etiopía fue el hecho de que el equipo de mi cuidad natal ascendió a Segunda División. Aguanté la primera jornada de liga. Y, mientras no desciendan, aquí que me quedo. Creo -y sé que es una opinión profundamente polémica- que el fútbol saca lo peor de la gente. Y eso que yo, de pequeñita, era fan de Pelé. Pero sólo cuando lo veía en Evasión o Victoria.

Así las cosas, como se puede imaginar, me toca un pie quién juegue en cada campo o quién tenga que arbitrar cada partido. No entiendo las reglas. Y no me importan. En teoría, hay fans del fútbol (de todo tenemos) que sí entienden de estas cosas y están a cargo de los distintos torneos. El problema es que todo el barrio quiere jugar en el mismo campo, que casualmente es el de baloncesto. Porque ahora se ha puesto de moda jugar a futbito. Una pasión que los que normalmente juegan al baloncesto en el mismo terreno no comparten. Al margen del problema del campo, está el problema del balón. Porque tú no lo sabías, reina, pero a futbito se juega con un balón del número 3. Sí, los balones vienen numerados en función de su tamaño. ¿Que cuál es el número 3? El que no venden en Etiopía. Y a futbito, aunque tú no lo entiendas (porque eres cortita), o se juega con balones del número 3 o no se puede absolutamente jugar. Y todo el mundo sabe que la juventud, si se ve privada del fútbol durante más de dos días seguidos porque tú no has encontrado el puto balón, pues no tiene más opciones que darse a las drogas o a la bebida (aquí no venden la Wii). Por tu culpa.

Luego, para los amantes del fútbol clásico, tenemos dos campos: uno dependiente del centro en el que trabajo y otro que, por pertenecer a las escuelas que se encuentran en el mismo recinto, queda, en teoría, fuera de mi jurisdicción. En la práctica, resulta que, aunque ambos campos se asemejen con milimétrica precisión, el de las escuelas es más inestable -dicen. Ni muerta me he acercado a comprobarlo- y, según los expertos jugadores, se producen más lesiones allí, y entonces se vienen a jugar a nuestro campo, que es donde juegan los pequeños, que, aun siendo pequeños, si no tienen su partido diario de fútbol se ponen a aullar como cabrones. Y entonces yo sitúo a los pequeños en el campo de las pequeñas (que también juegan al fútbol, porque somos muy modernos. Ahora entiendo yo por qué las monjas nos ponían a hacer punto de cruz, coño), y entonces son las niñas las que aúllan porque sólo les queda el campo de voley y la pelota les choca en la red. Y yo en ese momento me pregunto qué tiene el ajedrez que lo hace tan poco popular y se me queda la cabeza como en blanco mientras me imagino un porche lleno de niños con corbatas y jerseys de punto, concentrados en una sucesión interminable de acertijos reflejados en los escaques. “Dios mueve al jugador, y éste la pieza. ¿Qué Dios, detrás de Dios, la trama empieza?”, citarían, embebidos de inteligencia, mesándose una inexistente barba.

Después de un mes de tensiones cotidianas, aderezadas por la celebración del campeonato organizado por el Kebelé* que voló de un plumazo el precario equilibrio que había conseguido establecer tras tres semanas de duras negociaciones, hoy, cuando me han planteado por enésima vez el acertijo de “somos cuatro equipos y los cuatro queremos entrenar a las cinco de la tarde en un campo para nosotros solos, pero tú sólo tienes tres campos que ofrecer” -que a mí me vienen ganas de responder como al chiste de los cuatro elefantes en el Seiscientos: “dos delante y dos detrás”, por decir algo-, pues me ha venido como una risilla y les he dicho, después de algunos minutos de reflexión: “Tururú. Ya ha vuelto Brother House. Se lo preguntáis a él”. Y me he quedado tan ancha.

Kebelé: Es la autoridad loca, de barrio. Como el ayuntamiento.

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Dic 06

DEVIL CAME TO ME

El otro día, W. se desmayó en la clase de baile. Sí, los mayores de la Santa Infancia han desarrollado este año una pasión nunca vista por los bailes tradicionales etíopes. Se han buscado un profe y se pasan tres horas todos los sábados sudando la gota gorda y moviendo los hombros compulsivamente.

En medio de tanta pasión, a W. le dio un jamacuco y tuvo un momento de ausencia mental. Una vez más o menos recuperada, varias amigas la acompañaron a casa. Por razones que no vienen al caso y que incluyen una voluntaria muy, muy estresá (que no soy yo), fuimos por la noche a su casa para asegurarnos de que estaba bien. Cuando llegamos era ya de noche y W. esperaba con sus tres amigas a la puerta de su casa, porque su madre estaba fuera y no había llegado todavía. La voluntaria estresá (que no, que no soy yo) sacó su vena maternal y a W., ante la atención focalizada sobre su persona, le volvieron todos los males de este mundo. Tanto, tanto le dolía, que se sumergió en una crisis histérica con todas las de la ley. Sus amigas, rápidas como el rayo, alcanzaron una conclusión unánime: está endemoniada. W. así lo entendió y, como suele hacer la Santa Infancia, una vez metida en el papel, decidió ir a por el Óscar. Todo el mundo sabe que los Golden Globes son de pobres.

Y allí estábamos cuando llegó la madre: cuatro frenjis (una de ellas apunto de empezar a repartir leches, y ésta sí era yo), tres niñas abeshá, W. que gritaba como una posesa (literal) y un nutrido grupo de vecinos que habían salido a ver el show. Para reducir la audiencia, sugerí a la madre que lo mejor sería entrar en su casa.

Una vez que llegamos a la casa, la madre hizo lo que cualquier madre había hecho: abrazó serenamente a W. y la tranquilizó con palabras amables, explicándole que es del todo imposible que el demonio habite en el cuerpo de una niña de catorce años. La acunó despacito hasta que se durmió, con una sonrisa en los labios.

Lo siento. Estaba soñando.

Cuando entramos en la cabaña, los gritos de la madre rivalizaban con los de W. Inmediatamente, sacó el tzebel* de emergencia que se ve que tienen en todas las casas, y empezó a rociar a su hija con el agua mientras recitaba oraciones sin parar. Una vecina se unió al exorcismo descolgando un cuadro del arcángel Gabriel que había en la pared y dándole con él a W. en la cabeza. W., totalmente metida en situación, incrementó el volumen de sus gritos mientras se revolcaba por el suelo, tirando los pocos muebles que había en la casa. Las otras tres niñas medio lloraban medio gritaban también.

Y allí, en medio del caos, mientras al fondo de tu cabeza Daniel Day Lewis observa con atención la escena por si tiene que hacer la segunda parte de Mi Pie Izquiero (hay gente muy rara en tu cabeza), la sientes: esa niebla, esa tristeza. Esa pobreza ignorante, asustada, oscura, densa. Esa fe triste, amargada, pegajosa. Esa certeza de que hay abismos demasiado profundos. Lo ves todo, lo oyes todo: los gritos, la oscuridad, el tzebel que te moja a ti también, el arcángel Gabriel que se ha caído de su cuadro; y sabes que todo lo que haces son escupitajos al mar. Sabes que te ahogas. Ellas te arrastran. Y te dan ganas de marcharte: salir de la cabaña (que presenta un evidente overbooking) y pirarte. Y desentenderte. Y dejarlas que hablen, que chillen, que lloren, que griten, porque jamás van a escucharte.

Pero no. En lugar de salirte tú, echas a los demás de la cabaña. El cuadro queda en el suelo, la botella con el tzebel en un rincón. W. sigue gritando, con los ojos desorbitados, afirmando que ve espíritus en una de las esquinas de la cabaña. Con la poca luz que hay, no sé cómo puede ver nada. ¿Por qué siempre ponen la única bombilla de sólo 45 watios? Me siento al lado de W., y espero a que se le pase. Eliminada una gran parte de la audiencia, y ante la indiferencia del público restante (esto es, servidora), la actriz pierde fuelle. Comienza a mirarme, a escuchar lo que le digo. Le digo que sé que está asustada, pero que ya pasó. Que sé con certeza que en su cuerpo sólo puede vivir Dios, porque la conozco bien. Que deje de gritar, porque a su madre le va a dar un yuyu también (y yo no estoy dispuesta a lidiar con dos posesas, pero esto no se lo digo, porque no me parece el momento). Que me ha asustado. Coge la mano que le ofrezco, se va calmando. Nos sentamos en un rincón. Le rehago la coleta del pelo, para que dé menos susto.

Comenzamos a recoger el desastre, por hacer algo. Devolvemos a Gabriel a su lugar original. Luego, salimos de la cabaña y tranquilizamos a todos los que hay fuera, incluida la madre. Después, me toca llevar a las tres amigas a sus respectivas casas y explicarles a sus familias por qué llegan a casa cuando ya es noche cerrada.

Luego, me voy a mi casa. Noche cerrada también para mí.

*Tzebel: Aguas benditas
* Frenji: Como muchos sabéis, así es como llaman a los extranjeros en Etiopía.

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Dic 04

APUNTES DE CONDUCTA

La Santa Infancia, como espero se deduzca de este blog, es un colectivo intrincado y apasionante. Casi tanto como las Juanis españolas. A esta Santa Infancia también la observo con pasión, y hoy os ofrezco un elenco de cosillas curiosonas que hace la Santa Infancia:

. Escupitajo y se acabó: La Santa Infancia, como ya he comentado alguna vez, se ducha semanalmente. No es la frecuencia más idónea, pero es lo que hay por el momento. En el modo de lavarse se parecen bastante a las demás personas del mundo mundial, salvo que se rascan todas las partes del cuerpo con las uñas porque, duchándote una vez a la semana, la roña está bastante enquistá y cuesta sacársela. Lo llamativo es que, antes de vestirse, lo último que hacen es escupir. Es extraño, porque normalmente sólo escupen cuando algo les da asquito. Y cuando acaban de ducharse. Y allí entro yo, rauda y veloz, con la fregona, recogiendo japos. Por algo fui a universidad de pago.

. La boca, ese gran contenedor. Muchos de los vestidos de la Santa Infancia carecen de bolsillos. Y de botones. Y de cremalleras. Y de dobladillos. Pero de esto hablaremos otro día. El caso es que, como no llevan bolsillos, si tienen que guardarse algo importante, como una moneda, pues no saben muy bien qué hacer. Lo más lógico sería en los calcetines. Pero tampoco tienen calcetines. Y entonces se lo meten en la boca. Como digo, no para chuparla (la moneda), sino para guardársela. Pueden pasar varias horas con ella en la boca. ¿Las lombrices? Hija, vienen de París.

. La pandilla basura. La Santa Infancia nunca da nada por inútil. Nunca tiran nada a la basura. Todo puede servir para algo. Una suela de zapato, un boli roto, un vaso descascarillado… Nunca sabes para qué te va a servir. Y ya no es que no tiren nada, es que lo recogen todo. La verdad, es un coñazo, porque te pasas la vida remetiendo mierdas en las papeleras, que luego la Santa Infancia vuelve a sacar y, cuando se cansan, tiran por ahí para que otro la recoja. El otro día me encontré seis veces en el patio de recreo el mismo zapato roto. Seis veces.

. Aire para respirar. La Santa Infancia es un colectivo muy afectuoso. Esto lo decimos cuando tenemos el día positivo, pero es más realista decir que son un poco agobiantes. De vez en cuando les dan arranques de cariño y te dan unos besos de esos que se quedan cinco minutos con los labios pegados a tu mejilla, haciendo fuerza hasta que se te duermen los carrillos. Lo curioso es que, cuando se despegan, hacen ¡ah!, como si se hubieran bebido una Coca Cola en un anuncio de los ochenta. Es como si cogieran aire y te preguntas si tú también hueles tan mal que tienen que contener la respiración cuando están cerca tuyo.

. Ni medio lleno, ni medio vacío: a rebosar. Cuando la Santa Infancia (y los etíopes en general) llenan un vaso de lo que sea, siempre lo llenan del todo. Hasta el borde y más allá. Resultado: el líquido (agua, café, Mirinda…) siempre, siempre se te cae cuando coges el vaso. Es una costumbre bastante molesta y, en mi humilde parecer, sin demasiado sentido.

Y hasta aquí lo que más me ha llamado la atención de entre todas esas pequeñas cosas que los hacen únicos, vivos y diferentes (y algo raritos). Al menos para mí.

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Nov 17

INTERRELIGIOSIDAD

Como tengo poco curro, y me siento un poco Borja Thyssen desocupá, pues este año me he cogido un grupo de catecismo. Sí, en el programa semanal de la Santa Infancia figura también el catecismo. No sabría definir muy bien a qué iglesia estamos adscritos, pero catecismo tenemos.

Yo tengo el grupo de 3º y 4º de Primaria. En amárico, el catecismo se llama Lección del Espíritu. Toma ya. Por el momento, no me va mal del todo. Me preparo las lecciones preguntando a los niños mayores, y uno de ellos me hace de asistente y así, si digo alguna burrada, me corrige (antes de corregirme, aprovecha y me da un codazo). Básicamente, se plantea un tema y cada uno dice lo que le parece. Hasta ahora hemos hablado del Bautismo y de la señal de la Cruz, y ellos no sé si habrán aprendido algo, pero yo, un montón. Este es uno de los problemas que estoy enfrentando: mis catecúmenos saben mucho más que yo. Yo, por ejemplo, con el signo de la cruz, les dije:
_ Y así, primero nos llevamos la mano a la frente, luego al estómago…
_ Noooo!!!!!
_ ¿Eh? -codazo de mi asistente
_ ¡No es el estómago, es al corazón!

Coño, pues va a ser que tienen razón. A veces me pregunto quién me excomulgará antes, los católicos o los ortodoxos. Yo, por si acaso, hago un catecismo muy ecuménico. Tanto, que casi me están convenciendo de pasarme de bando. La fe ortodoxa es apasionante. El día del bautismo me explicaron un montón de cosas de los bautismos ortodoxos. Por si no fuera bastante con los nombres que exhiben habitualmente, en el bautismo les dan otro más, para que vayan sobraos en lo que a identidad se refiere.

Además de cuestiones puramente religiosas, obviamente tratamos el tema de la convivencia entre religiones. La Santa Infancia es muy tolerante con los cristianos en general (nótese que, siendo ortodoxos, frecuentan un centro católico), pero con los musulmanes les cuesta más. Un día les preguntaba Brother House (que también da catecismo):
_ Porque, ¿vosotros creéis que Dios está en las iglesias ortodoxas?
_ Síííí´!!!!
_ ¿Y en las católicas?
_ Síííí!!!!
_ ¿Y en las iglesias protestantes?
_ Síííí!!!
_ Y Dios, ¿está en las mezquitas?
_ Noooo!!!!

Y ahí nos quedamos muertos Brother House y yo, porque no nos habíamos dado cuenta de que la Santa Infancia tenía esa vertiente intolerante, ciertamente preocupante en un país con un 30% de musulmanes, y creciendo día a día. Y ahí vamos, intentando convencerles de que, aunque le cambien el nombre, Dios es el mismo pá tós (menos para algunos gays, que es Kylie, y para mí, que a días es Alanis Morrisette ).

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Nov 13

CABELLOS AFRICANOS

Sé que entre el colectivo adoptante el tema “pelos” es un asunto bastante espinoso (obsérvese cómo evito el obvio juego de palabras “pelo-peliagudo”). Porque si hay algo que nos diferencia de los abeshás, amigos, es nuestro cabello. Decídmelo a mí, que me es imposible encontrar un champú que no me deje el pelo chorreando aceite, que parezco un gladiador (se ve que los indios y los chinos también tienen el pelo muy seco, y los champús fabricados en ambos países intentan compensar estas carencias).

Para la Santa Infancia, el pelo también es un tema importante. Cuando eres pobre como las ratas, intentas conservar lo poco que tienes, que en este caso es pelo. Básicamente, las mamás gueter lo que hacen es rapar a sus hijos con una cuchilla nada más nacer y durante los primeros meses de vida, para que el pelo se fortalezca. Cuando comienza a salir que pincha, lo dejan crecer.

Para hidratar y peinar esa maraña de pelo, utilizan distintos productos, siendo los más populares la vaselina líquida o parafina. Además, una vez a la semana se untan mantequilla en todo el pelo, se ponen una bolseta de plástico y se lo dejan así varias horas, para que absorba. La bolseta, además, permite al resto de la población continuar con sus actividades cotidianas, dado que la mantequilla tradicional que se usa para estos menesteres a.p.e.s.t.a. y, de no mediar la bolseta, resulta humanamente imposible permanecer a menos de diez metros de la cabeza untada. De hecho, normalmente, las escuelas prohíben a sus alumnas entrar en clase con la mantequilla puesta, porque así no hay quien enseñe.

Los que son un poco más apañados, de vez en cuando sustituyen la mantequilla por una mascarilla que huele muy bien a base de coco que venden en todas las tienduchas del barrio. Pero sólo de vez en cuando porque la mantequilla es el abc del cuidado capilar abeshá y nadie renuncia a ella, ni siquiera la gente con posibles.

Como se puede deducir, entre vaselinas, mantequillas y cocos, lo que tienen es una película de grasa que luego, en la ducha, resulta imposible de quitar. Para lavarse el pelo utilizan jabón tipo Lagarto. Hay que frotar bastante hasta que consigues abrir una grieta en la capa de grasa preexistente, pero una vez que empieza a hacer espumilla es un gustazo masajearles el pelo. A mí me relaja un montón.
Y luego, una vez lavado y vuelto a untar de nuevo, queda ya a la habilidad de cada quien el trenzarlo con mayor o menor fortuna. Una cosa muy frenji es hacerte trenzar los pelos cuando vienes a Etiopía. Yo le veo varios inconvenientes:
1. Es un coñazo destrenzarlos
2. En las cabezas frenjis, las cosas como son, queda bastante mal. O tienes una buena mata, o se te ve demasiado el cuero cabelludo blanco.
3. DUELE. Para hacer las trenzas, la Santa Infancia tiende a pasarse tirando (si se afanan, te resultará difícil cerrar los ojos después). Más allá de que pierdes media mata en el proceso de trenzado (a tí nadie te rapó cuando eras cría), duele que te cagas.

Un problema común a frenjis y abeshás son los piojos. En el caso del pelo abeshá, cuando pillan piojos, las opciones se reducen básicamente a…¡bienvenida señora cuchilla! Es muy, muy difícil conseguir sacar todos los piojos y huevos de una buena mata de pelo abeshá. Yo sólo lo he logrado una vez, y tuvimos que hacer turnos con las niñas mayores para liberar a nuestra pobre A. de sus molestos visitantes.

Como veis, el cabello africano es fuente inagotable de entretenimiento y emoción. A algunos miembros de la Santa Infancia, la vida les ha dado sólo eso: pelo. Un pelo precioso, eso sí.

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Sep 21

TIEMPO DE JUGAR

A pesar de que en Etiopía sólo se distingue entre la estación de lluvias y la seca, todo tiene su tiempo (y lugar, supongo). Así, te das cuenta de que el año va pasando porque cambias de las naranjas y los plátanos, al mango y la papaya. Luego viene el maíz y los aguacates, y vuelta a empezar.

Yo, además de por la comida, me doy cuenta por los juegos. Y me acuerdo de cuando yo era niña, que teníamos el mes de las calcas, y todo el mundo jugaba a calcas hasta que nos despellejábamos las palmas de las manos. Luego nos daba por las cocinillas, y no sabíamos hacer otra cosa, aparte de ensaladas de piñas y hojas. Después, venía un mes de saltar como posesas a la goma y más tarde de hacer el pino puente, hasta que alguien volvía a traer las calcas al colegio y nos parecía que nunca habíamos jugado a nada tan divertido.

Yo siempre pensé que esto era debido a que éramos niñas sin mucha personalidad. De hecho, la mayoría nos vestimos actualmente entre el H&M, el Zara-pastrosa y el Extraordinarious. Alguna outsider se viste también en el Decathlon (no querría dejarme a nadie fuera).

Sin embargo, veo que la Santa Infancia presenta la misma ausencia de criterio lúdico. Las niñas acaban de superar mes y medio de saltar a la goma sin goma (suelen hacerlo con cuerdas viejas o con la cinta que viene dentro de los vídeos y los casetes). Los niños están reviviendo tras seis semanas de jugar a la petanca en sus diversas variantes (con piedras, con discos de plástico, con bolas hechas de calcetines… habrían hecho las delicias de cualquier hogar del jubilado). Desde hace algunos días, un tiempo nuevo ha comenzado: el de las cuádrigas.

La cosa funciona así: un niño se pone en cuclillas, con sendas botellas de plástico vacías y aplastadas debajo de los pies, para resbalar mejor. Otros dos lo empujan, uno de cada mano, a lo largo de todo el porche a la máxima velocidad posible. Y ya.

El juego es bastante simple (no es el Stratego, vaya), pero mola un montón. Después de una semana con la versión básica, ahora están experimentando con nuevas variantes: con un sólo pie, deslizándose sobre la tripa, utilizando cuerdas en vez de sólo los brazos para impulsarse… Es un poco como el esquí acuático, pero de porche. Yo he probado algunas veces (todas las que pude antes de que los seveñás empezaran a mirarme raro, dando a entender que ya no estoy en edad de hacer esas cosas) y es un juego genial.

foto-tiempo-de-jugar

Como todos los juegos de la Santa Infancia, esta versión africana de Ben-Hur (de verdad, que tenemos un tráfico que es imposible caminar tranquilamente), tiene siempre su punto de misterio: ¿quién será el primero en desencajarse un hombro? A mí, particularmente, me encantaría que la Santa Infancia jugara sólo al ajedrez. Piénsese que servidora acompañó al hospital a todos los que se abrieron la cabeza con piedras de petanca mal tiradas, a la que se rompió el brazo en la época de “queremos ser cheerleaders”, a dos que se metieron canicas en los oídos y luego no había Dios que se las sacara, y a Y., que se rompió la clavícula jugando al Circo del Sol.

Eso sí, nunca habíamos tenido el porche tan limpio. Y, oye, que a lo mejor esta vez no se les rompe nada.

Dios, que vuelvan pronto las chapas.

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Ago 04

DIAGNÓSTICO DIFERENCIAL

La Santa Infancia está preocupada: “Estás demasiado delgada”, me dicen.

_ No es para tanto, más delgados estáis vosotros -respondo, apoyándome en la evidencia.

_ Ya, pero tú tienes la muñeca igual que la mía, y yo tengo doce años -alega A., que también es muy empírico él.

A la Santa Infancia le gusta analizar cualquier mínima incidencia en mi físico. Y comienzan a hacer hipótesis:

_ Tienes la tripa hacia adentro, como los tuberculosos

_ No toso. No tengo tuberculosis

_ Tienes las mejillas marcadas, como los del HIV/AIDS

_ Tengo la vida emocional de una piedra de río. No puedo tener Sida.

B., con su habitual pragmatismo, ha sentenciado:

_ Es que piensas demasiado. No tienes que pensar tanto.

A B. le gustaría que me volviera tonta, feliz y ortodoxa. Por ese orden.

Al final, A. ha dado con la solución:

_ Ya lo tengo. Tú te vas a tu casa, con tu familia, y ahí te engordas.

Los demás lo han mirado raro. Al fin y al cabo, hace sólo tres meses que me pillé cuatro días libres para ir a Harar.

A. se repone rápidamente:

_ Y, una vez que te hayas engordado, tolo nei (ven deprisa).

Y ahí sí hemos encontrado el quórum. Sobre todo yo, porque las señales comienzan a acumularse: hace un mes se me paró el reloj y hace dos días se me rompieron las gafas

Pues eso, a engordarme voy. Que a todo cerdo le llega su San Martín. Y su San Lorenzo, en mi caso. Nos vemos en los bares.

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Jul 14

DRAMATIS PERSONAE 1: LA SANTA INFANCIA

Yo crecí en un tiempo en el que todavía existían las fronteras. Para pasar a Francia te pedían el pasaporte, teníamos los consabidos dos canales de televisión y nuestro concepto del fashion incluía los calentadores. Lo poco que conocíamos del África era lo que nos contaban los misioneros que venían al cole de vez en cuando, y, cada año, nos recorríamos la ciudad solicitando donativos para la Santa Infancia. Así lo decíamos: por favor, un donativo para la Santa Infancia.

Esta Santa Infancia se nos aparecía como una serie de caritas oscuras que atravesaban desgracias sin fin y que morían de hambre por culpa de lo que nosotros no nos queríamos comer. La Santa Infancia eran niños mucho mejores que nosotros, dónde iba a parar, y que realmente se merecían nuestra vida más que nosotros, sólo que la injusticia cósmica les había dado a ellos una vida sin zapatos y a nosotros la posibilidad de decir “no me gusta”.

A la Santa Infancia se le presuponía siempre una altura moral más allá de cualquier duda. La Santa Infancia eran niños perfectos con una vida mayormente imperfecta. Por eso ellos eran santos y nosotros no.

La Santa Infancia pertenecía a culturas ancestrales, habitaba entre leones y elefantes y, según la imagen que nos inculcaron, venía con un imprescindible cántaro de barro en la cabeza como complemento todoterreno. Esta era mi idea de la Santa Infancia.

En la realidad real, la Santa Infancia no ha visto un león en los días de su vida. De vez en cuando los llevamos a Furry* y se entretienen un rato persiguiendo hienas. En vez de cántaros en la cabeza llevan a la espalda garrafas de plástico, que duran más. Y de su cultura ancestral se acuerdan entre poco y menos.

A la Santa Infancia, más que las historias sobre la reina de Saba y el rey Salomón, lo que les fascina es la película Crepúsculo y sus vampiros adolescentes de anémica tez. Tú a la Santa Infancia le pones una película concienciada, tipo La Misión, y la Santa Infancia se mea de la risa. Porque a la Santa Infancia ver indígenas acribillados le parece una cosa súper graciosa. Eso y que no se acaban de creer que la película transcurre en América, porque a ellos los indígenas esos les parecen China (pronunciado chaina, como en inglés). Y es que, para la Santa Infancia, los habitantes del mundo mundial se dividen en abeshá, frenji y china, y en este último contenedor meten todo lo que no cabe en los dos anteriores, incluidos Pocahontas y los polinesios.

Si la Santa Infancia viniera a nuestro mundo, ni se fijarían en lo que nosotros dejamos en los platos, porque en la cultura de la Santa Infancia es de buena educación dejar algo en el plato, aunque también es verdad que la Santa Infancia pasa bastante de los buenos modales y se come todo, hasta la mayonesa. En nuestro mundo, lo que les alucinaría de verdad de la buena serían los contenedores de basura, porque para la Santa Infancia no existen objetos desechables. Todo tiene una utilidad, por lo que van acaparando porquerías todo el día que al final acaban perdiendo a través de los múltiples agujeros de sus bolsillos: tapones de botellas, tazas descascarilladas, trozos de alambre… Lo que sea. Para algo servirá. La Santa Infancia, con la basura de uno de nuestros contenedores, se construiría un adosado de dos plantas con chimenea, trastero y catálogo del Ikea en la mesilla del salón.

Como proyectos de vida, la Santa Infancia se decanta básicamente por dos opciones: futbolista o piloto de avión. Entre los siete y los diez años, ésas son sus metas. Luego pasan a querer ser doctores, científicos o maestros, para acabar estudiando peluquería, electricidad y secretariado. Todo muy africano y muy ancestral y muy distinto de la Infancia No Santa Consumista.

La Santa Infancia son niños y, como tales, de vez en cuando, crueles. Se dirigen insultos tan pérfidos como “desgraciado”, “perro” o “leproso” sin que se les tuerza el gesto. Presentan también una preocupante tendencia a la pedrada impulsiva y desproporcionada, por lo que no es tan raro que una pelea entre niños de ocho años por una partida de canicas acabe con tres puntos de sutura.

Al final, lo que distingue a la Santa Infancia de la Infancia No Santa Consumista no es lo que tienen o lo que comen o cómo se visten. Es lo que sufren y los motivos de su sufrimiento. Porque no es lo mismo llorar porque mamá y papá se están separando, que llorar porque no tienes ni mamá ni papá ni perro que te ladre. No es lo mismo que te discriminen por llevar pantalones de cintura alta (que sepas que te discriminan con toda la razón del mundo) que por ser hijo de un leproso. No es lo mismo que La Ciudad de la Alegría te impacte por la dureza de su argumento o que te quedes flipado de lo mucho que se parece a tu barrio. No es lo mismo.

Yo no sé si son santos o no. Sé que cada día me sorprenden. Que son distintos, pero no por vivir aquí, sino porque son ellos. Sé que su capacidad de vivir, de reír, de jugar, de perdonar y de sufrir no tiene límites. Como la de todos los demás niños del mundo.

* Furry es el nombre de la montaña que tenemos enfrente de la misión

P.D: Sí, plagio al ex marido de Jaydi Michel. Pero no pongo la canción, que me da asquito.

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