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Posts Tagged ‘Santa Infancia’

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Jun 21

ANIVERSARIO

Hoy F. ha tomado posiciones en mi dobladillo a primera hora de la mañana. A media mañana, ya me había comentado cinco veces que hacía un día precioso, y yo estaba empezando a mosquearme, porque la verdad es que hoy ha hecho un día bastante londinense.

Al final, me lo ha dicho:
_ Mi madre quiere que vengas hoy a casa.
_ ¿Por qué?
_ Porque hoy hace un año
_ ¿Un año de qué?

Y se me ha quedado mirando, callada, porque no le salían más palabras, porque no quería decirlo. Porque hoy hace un año que nos pasó esto. Porque hemos conseguido vivir sin ella, y todavía nos da la sensación de que no hubiéramos debido lograrlo.

Su familia ya no vive en la misma casa. Han alquilado el apartamento que recibieron del gobierno porque no llegaban a pagar las mensualidades. Con el dinero de ese alquiler, además de pagar la mensualidad del apartamento, alquilan una pequeña casa de ladrillo, bastante digna, con dos habitaciones. Han comprado una máquina para hacer injeera y parece que las cosas les van bastante bien. Su madre todavía lleva el jersey de chándal de Zewde. Empiezo a preguntarme si se lo ha quitado alguna vez en el último año. Al margen de ello, la señora me ha saludado con su habitual afecto, un afecto que no merezco, sobre todo si tenemos en cuenta que le devolví a su hija en una caja de madera.

La misma F. ha cambiado. Ahora lleva el pelo largo, y ya no nos duele tanto que se parezca tanto a su hermana.

El tiempo pasa, las heridas siguen allí, pero duelen siempre un poco menos. Un año después, somos más fuertes, somos mejores, somos distintos. Un año después, miramos atrás, y entendemos que podemos seguir adelante. Podemos seguir adelante, incluso aunque ella no pudiera. Un año después, su ausencia hay días que duele tanto que nos corta el aliento. Pero seguimos respirando.

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Jun 18

VEO VEO

A la Santa Infancia le gusta jugar con mi cara. Me apartan el flequillo y exclaman ¡mira, parece otra! Me quitan las gafas y también parezco una persona distinta. Imito a un pez, y parezco un pez. Hago como que duermo, y parece que me he muerto. Finjo enfadarme, y les doy miedo porque no me reconocen.

Con los años, la Santa Infancia me conoce mejor que yo misma. Les basta una mirada para saber el contenido exacto de mis emociones. Saben hasta dónde pueden probarme, saben cuándo estoy triste (normalmente también saben los motivos de mi tristeza), y saben que hay días en los que no me canso de cantar.

Este año he empezado a conducir. Hace poco llevé a varios de los grandes en el coche un domingo. Cuando volvimos, les pregunté que qué les habían parecido mis habilidades conductoras.
_ Lo haces bien, pero te falta seguridad en ti misma.

Si mi madre no estuviera viva y coleando, pensaría que su espíritu ha poseído a mi Santa Infancia. Esta frase podría resumir a la perfección mi vida entera, supongo. Ellos son así, cuando menos te lo esperas, te ahorran la visita al psicólogo. Y gratis, tú.

La Santa Infancia son tremendamente intuitivos. Rara vez ven las cosas blancas o negras, sino que ven los matices, los grises, los rojos… Te miran y ven la persona que eres, pero también la que te gustaría ser y la que deberías ser. Te miran y te ven tal como eres, con tus sombras y tus dudas, con tus culpas y tus logros. Toda tú, concentrada en sus ojos, en sus vidas.

A veces da miedo que alguien te conozca tan bien.

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Jun 04

NUEVA VIDA

La semana pasada nos llegó D., fresquita y todavía con aroma a autobús desde el gueter. Es de Goyam, huérfana y vive con su abuela a la que, para variar, le faltan cachos. Trece años y, hasta el momento, ni una letra en su vida. Fue verla y admitirla todo uno, porque decididamente pertenece a nuestro target de beneficiarios.

Los dos primeros días, como suele suceder, los pasó sentada al lado de Brother House, callada, tratando de pasar desapercibida y mayormente aterrada. Saludaba educadamente por las mañanas y antes de irse por las tardes. Y ya.

El tercer día… el tercer día le dio el subidón, y empezó a reírse por todo. Y empezó a besarme, y a abrazarme constantemente, maravillada de la vida. Y yo la abrazaba también, y nos reíamos como dos tontas. Tontas del bote. Y yo hacía muecas, y ella las imitaba, y nos volvíamos a reír. Y el resto de la Santa Infancia nos miraba un poco perpleja, porque ya se les ha olvidado que ellos también, un día, descubrieron las risas y los abrazos, y que a ellos también les dio un subidón que parecía que iban drogados de vida.

Los días han pasado, y D. se ha tranquilizado un poco, a Dios gracias. Sigue maravillándole cuando pronuncio su nombre por las mañanas, y todavía bastante a menudo viene y me abraza fuerte, fuerte, como si tuviera miedo de no poder hacerlo nunca más.

La Santa Infancia, a veces, se ríe de ella y le toma el pelo, y la llama komche. Ellos, que nacieron en New York. Hace un par de días me enfadé, y les dije que reírse de D. es reírse de ellos mismos, de sus padres, de su cultura. Y asintieron circunspectos (ellos también saben), y se pusieron a trenzarle el pelo a D., para que parezca un poco menos komche.

Ella está encantada de la vida, pero a mí, a veces, cuando la veo tan, pero tan emocionada, se me hace un nudo en el estómago, porque sé que la emoción pasa, y te queda la soledad de una ciudad en la que cada uno va a lo suyo, en la que no entiendes nada y en la que nadie te entiende. Porque los niños komche, aunque se olviden de que una vez fueron komches, siempre tienen como una tristeza dentro, como una nostalgia en los ojos. Nostalgia de piedras, de montañas, de espacios abiertos. Nostalgia de gueter, supongo. A los frenjis nos pasa algo parecido.

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May 19

LLAMADA EN ESPERA

La Santa Infancia se encontró el otro día una calculadora rota con forma de teléfono móvil, y nos hemos inventado un nuevo juego. Jugamos a que yo soy su secretaria, y recibo llamadas para ellos que les cambian la vida. Por ejemplo, que los llama la hija de Al-Amoudin, que es el señor más rico por estos lares, diciendo que, pasando por Koshe, ha visto a A. y se ha quedado profundamente prendada de su belleza, y que se quiere casar con él y ser felices y comer perdices en uno de los fabulosos palacios de su señor padre para el resto de sus días.

O que llaman para comunicarle a Z. que ha ganado el concurso de Míster Komche 2002 (no lo hay, pero debería haberlo), y que, a raíz de eso, lo han seleccionado para aparecer en un anuncio en televisión anunciando mantequilla de una cooperativa financiada por USAID en Welo (la veracidad está en los detalles). Y que, como el citado anuncio está también financiado por USAID, pues negociando, negociando (además de su secretaria, hacemos que soy su representante), conseguimos que le paguen dos mil birr por un día de trabajo (110 euracos).

O que un productor de Bolywood llama a D. para ofrecerle un papel estelar en la primera película india con protagonista etíope de todos los tiempos. Allí, además del salario, negocio las escenas de desnudo y besos, y nos morimos de la risa.

La verdad es que me sale bastante bien. De vez en cuando hago eso tan etíope -y, en mi honesto parecer, tan cateto- que es decir “ah?, ah?” cuando no entiendes algo al teléfono; y, cuando le comunico al interesado el objetivo de la llamada, tapo el auricular con la mano, para que la hija de Al-Amoudin o el productor de Bolywood no escuchen cosas que no son de su incumbencia.

Hay veces que se emocionan, sobre todo cuando negocio dinero de sus trabajos como actores en un serial de la Ethiopian Television, y me dicen por lo bajini “no insistas mucho, a ver si no nos van a dar nada”.

Cuando cuelgo, se quedan siempre un poco plof porque les encanta vivir la ilusión de lo imposible, e inmediatamente me dicen “mira que están llamando otra vez”, y me tengo que inventar otra historia.

Me gustaría creer que un día será verdad. Que alguien los llamará, y adivinará exactamente el color de sus sueños, y los hará realidad. Como mi fe no es lo bastante firme, de momento les cojo los recados que les da la vida. O los que debería darles.

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May 07

CAMINO A LA PERDICIÓN

Cuando uno comienza a trabajar en nuestro proyecto, sea como profesora, cocinera o voluntaria, atraviesa varias etapas. Los primeros días, la Santa Infancia te parece lo mejor que te ha pasado en la vida. A las pocas semanas, te desesperas profundamente porque son increíblemente desobedientes. Posteriormente, ante el caos que te rodea, como no puedes abarcar todo, decides salvar a C.

En los cinco años que hace que lo conozco -ahora tiene quince-, nunca he entendido la fascinación que parece despertar C. en los que lo rodean. Desde mi punto de vista -y estoy tratando de ser objetiva-, no es un chaval excepcionalmente simpático, ni demasiado educado, ni muy gracioso, ni muy guapo, ni, desde luego, muy inteligente.

Su historia es dura, pero no menos que otras muchas historias de otros miembros de la Santa Infancia. Su madre se piró de casa cuando C. tenía cinco años, llevándose a todos sus hijos, menos al pequeño C. (con los años, no podemos menos que pensar que a lo mejor tonta del todo no era la señora). C. quedó al cuidado de su padre, un borracho simpaticón absolutamente incapaz de cuidar de su hijo. Desde hace siete años, C. ha vivido en varias casas con familias de acogida. Su padre falleció en la indigencia hace unos tres años, motivo que aprovechó su madre para aparecer de la nada y reafirmarse en su determinación de no vivir con un hijo que, con el pasar del tiempo, ni la quería ni la necesitaba. O eso pensaba él.

C. ha sido, y es, uno de los niños más queridos y ayudados de nuestro centro. Hemos hecho de todo por él. Ha asistido a más actividades extraescolares que una niña de Puerta del Hierro: ha practicado kárate, aprendido algo de guitarra, piano y flauta, malabares, manualidades varias, teatro y baile moderno. Cuando lo expulsaron de la primera escuela, le compramos un pequeño rebaño de ovejas para tenerlo ocupado durante el día. Le construimos hasta una caseta en la que debía encerrar las ovejas al caer la tarde y que quedaba bajo su entera responsabilidad. Creo que es la vez que más emocionado lo he visto. Pegó una foto suya en una de las paredes de la caseta. En una esquina colgó un impermeable que le dimos y en la otra guardó las botas de goma que también le proporcionamos como parte de su indumentaria de trabajo.

Poco más de un mes después, una noche uno de los perros mató una oveja, porque C. había perdido la ilusión y pasaba de encerrarlas en la caseta. Y tengo que decir que el pastoreo fue la actividad en la que mostró mayor perseverancia.

Como digo, C. es el niño que todos hemos querido salvar. Y es que no hay nadie que no lo haya intentado, al menos, una vez. Es algo sobrenatural. De hecho, cuando haces tus primeras fotos de la Santa Infancia, al poco de llegar, te garantizo que C. sale en una de las diez primeras fotos. Hasta ahora, ha figurado ya en calendarios de cuatro asociaciones distintas. Incluso los niños de la calle de un proyecto cercano al nuestro, de los cuatrocientos miembros que componen nuestra Santa Infancia, prefieren sin duda a C. Ellos también piensan que nunca hemos sabido entenderlo ni apreciarlo.

C. ha sido ayudado por tres proyectos distintos. Ha vivido en cuatro casas diferentes, con gente que, realmente, intentó quererlo y ayudarlo. Ha sido expulsado de dos escuelas. Lo hemos pillado robando (robándonos, se entiende) cinco veces. Y siempre le hemos dado otra oportunidad. Lo único constante en su vida ha sido nuestro cariño y su decidida tendencia a tomar decisiones equivocadas en momentos inadecuados.

La última semana la ha pasado en la cárcel. Le rompió la pierna de una pedrada a otro chaval de su escuela. Un chaval con posibles -se ve- cuya familia denunció la agresión. Además, la primera vez que la policía lo llevó al cuartelillo, se escapó. Hemos dejado pasar varios días antes de pagar la fianza para ver si así aprende la lección. Y hemos ido a buscarlo para darle otra oportunidad. Otra más. Además, hemos contratado una psicóloga hace poco, y ella también ha decidido salvarlo.

Yo no sé que tiene, que no podemos dejar de intentarlo.

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Abr 03

EN EL NIDO DEL CUCO

Finalmente, nena, me he convertido en una asidua del Amanuel Hospital. Me gusta frecuentar los sitios más cool del momento. Vamos a ver a T. un día sí y uno no. Los días que no voy, me llama por teléfono a la noche para decirme que está bien y que no me preocupe. Es como tener un hijo de campamentos (supongo).

A fuerza de visitas, nos hemos hecho un pequeño círculo de selectas amistades entre los internos. Una de las cosas que más destaca es el buen nivel de inglés que exhiben la mayoría. Como ustedes pueden imaginar, en cuanto ven una frenji, se lanzan a practicar como locos gente que tiene muchas ganas de practicar el inglés. Hay uno que debe llevar allí la pera de tiempo, que sabe hablar francés, inglés, español e italiano, además del amárico. Me saluda todos los días en perfecto castellano:
_ Hola, ¿cómo está?
_ Bien, gracias, ¿y usted?
_ Bien también. Que pase un buen día.

Como dos jubilados.

Suelo ir por las tardes, cuando ya les han hecho efecto las drogas de la mañana. Están más tranquilos. Si voy por la mañana, necesito un seveñá al lado mío todo el tiempo, porque si no vienen todos a saludarme a la vez y no me dejan hablar con T.

El mejor amigo de T. ahí dentro se llama Miki, tiene 18 años, y afirma que hasta hace un par de meses era un buen estudiante de undécimo grado en una de las más prestigiosas escuelas de la ciudad. Yo no sé cómo sería hace dos meses, pero actualmente a Miki lo tienen de drogas hasta las cejas y se le cae la baba cuando habla inglés. Yo le digo que se atenga al amárico. Camina como un robot y le tiemblan las manos todo el tiempo. La semana pasada reunió las fuerzas necesarias para saltar el muro y pirarse, pero volvió al día siguiente por su propio pie. Con la Santa Infancia le hemos cogido cariño, y le hemos comprado una camiseta del Arsenal para Pascua.

Al lado del Amanuel Hospital está la iglesia del mismo nombre. T. me cuenta que, algunas noches, él y Miki se acercan hasta el muro, al lado de las cocinas, desde donde pueden ver la cruz que corona la iglesia. Y rezan. Rezan para que Dios vaya a buscar a sus ovejas perdidas. Y para que les devuelva la cordura.

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Mar 10

Boquita de Piñón

La Santa Infancia tiene un punto de oscuridad caracterial que resulta bastante inquietante. Por otro lado, es verdad que siempre decimos que nuestro centro es como una gran familia, y, en esta línea, resulta bastante gratificante ver cómo nuestros pupilos se insultan y se pegan como buenos hermanos. Y así, fruto de mis largas horas de recreo, hoy les traigo un elenco de lo más granado en lo que a insultos y exabruptos en amárico se refiere.
. Balegué: Yo lo traduzco como desgraciado. Es un insulto bastante insultante, que lo llevan siempre colgando del labio. Vamos, que les sale muy espontáneo, muy natural. Como un yogur con bífidus activo. Pero con afrenta.
. Moñ: Éste es más suave. Quiere decir “tonto”. Una cosa que digo mucho y que la Santa Infancia identifica como una muletilla mía, es “ye moñoch buden, sefi neu”, que quiere decir “el equipo de los tontos es amplio”. Así, les doy a entender que yo los quiero a todos por igual, en toda su tontería.
. Wusa: Perro. Muy común. Y muy feo.
. Yekomata liy: Literalmente, “hijo de leproso”. Resulta bastante extraño lo frecuentemente que lo usan, teniendo en cuenta que un porcentaje bastante significativo de ellos son, efectivamente, hijos de leprosos. Yo pensaba que era un modo de autoafirmarse, pero no. Es un improperio. Aunque seas hijo de leproso.
También se usa komata (leproso), sin la precisión de ser “hijo de”.
. Chekañ: Cruel. En amárico también queda bastante fino, por lo que no lo usan mucho.
. Afer bela/ Afer Bey / Afer belú: Literalmente “come (o comed) tierra”. Sería un “vete a tomar por culo”, pero interculturado.
. Men agebah/ Men agebash: Literalmente, “¿qué tienes tú que ver?”. Traducido y adaptado: “¿a tí qué coño te importa?” Pues eso, que no es asunto tuyo y ya. Pero no es bonito que te lo digan así.
. Gurreña: Creído, macarra, chulo pera.
. Dedeb: Estúpido, no inteligente.
. Kofo: Cabeza hueca.
Y hasta aquí los más normales que entiendo yo. Paso a la parte gore, recabada ex profeso para este post entre mis informantes:
. Enat tibeda: Mecagüentuputamadre. O al menos así lo traduzco yo. La Santa Infancia me ha dicho que quiere decir “mother fucker”. Dí que sí.
. Shale, buda o shermuta: Ambas tres puta, ramera y/o zorra. Con saña.

Y ya, que se me está poniendo mal cuerpo. Lógicamente hay más, pero no los conozco. Ni ganas, mire usted.

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Feb 26

DICES

Dices que ya no te quiero. Que hago caso a todos menos a ti. Que quiero a todos menos a ti. Que nunca te hemos entendido. Que nunca te hemos ayudado. Gritas que estás solo. Que no tienes a nadie. Lloras y dices que me odias. Que nos odias a todos.

Y yo me callo. Me callo todas las veces que caíste y te levanté. Me callo la vez que, mientras intentaba que no te mordieras la lengua, me preguntaba cuán profundo podías hundirte sin dejar de vivir. Me callo la vez que te recogí, como a un perro, y te cargué hasta el centro. Me callo que a lo mejor tienes razón, pero no tanta como crees.

Sé que es cuestión de tiempo. Sé que volverás a caer. Que volveré a correr a tu encuentro. O que volverán a traerte a mí. Roto. Desmadejado. Vencido. Y, cuando abras los ojos, cuando te despiertes, estaré otra vez allí. Y entonces, lo sé, volverás a quererme.

A veces, ¿sabes, D.?, a veces me gustaría que pudieras, de verdad, dejar de quererme. Que fueras libre. Que no me necesitaras.

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Feb 13

SMALL CHAT

Los mayores de la Santa Infancia me contaron el otro día la historia de una señora de su barrio que conozco. La señora en cuestión es seropositiva desde hace tropocientos años. Ahora ya es anciana, pero en sus años de juventud, habiéndose quedado viuda con dos niños a cargo, y ante las halagüeñas perspectivas que se le presentaban a una persona con HIV/AIDS en aquel entonces, decidió dar a sus dos hijos en adopción. Y la Santa Infancia me contaba que la semana pasada se presentaron los chavales, a la sazón con 21 y 24 años, hablando alemán, puesto que viven en Austria, a conocer a su madre biológica. La Santa Infancia dice que a la señora casi le da un tabardillo, pero que se alegró un montón de conocer a sus niños de nombres austríacos.

Y así empezamos a hablar del tema de la adopción, que es un tema que a la Santa Infancia le da bastante curiosidad. Mayormente, están a favor de la misma, pero no acaban de creerse eso de que los hijos adoptados cuentan igual que los biológicos. De hecho, a la Doctora, que tiene hijos de varios colores, siempre le preguntan cuando se va de vacaciones si se lleva también a sus hijos abeshás.

El razonamiento que exponen es bastante obvio: si un niño no tiene familia, bien está que encuentre otra, sea en Etiopía, Europa o Fernando Poo. Eso sí, dicen que ellos nunca darían a sus hijos en adopción, que tratarían siempre de sacarlos adelante “apretando los dientes” (esto es una traducción aproximada de una expresión abeshá). Los que son huérfanos, habrían estado encantados de haber sido dados en adopción. A algunos de los que tienen familia, no les importaría cambiarla. Muchos dicen que, eventualmente, les gustaría adoptar, pero lo entienden más como un ayudar a un niño sin recursos que como un tener un hijo.

Me preguntaron si una madre biológica se puede presentar así, sin más, y reclamar a su hijo biológico. Y allí es donde les expliqué el tema de derechos y responsabilidades de la maternidad. Si renuncias a tus responsabilidades, pierdes también tus derechos como madre, y -les expliqué- si quieres volver a ver a tu hijo, tendrás que pedir permiso a su familia.

Con la generalización del fenómeno de la adopción internacional, en los últimos años se ha extendido entre los etíopes, especialmente entre la clase media, esta mentalidad de “nos están robando los niños”. A mí me han dicho de todo cuando voy con la Santa Infancia por la calle. Una vez, llevé a T. al Black Lion, y en lo que esperábamos los análisis, estuvimos sentados con un señor musulmán ya anciano, que empezó a hablar al niño, a preguntarle por qué estaba allí con una frenji, cuándo me lo iba a llevar a mi país, y a decirle que no estaba bien que los frenjis se lleven a los niños etíopes. Cuando vi que T., además de todos sus dolores, comenzaba a sentirse evidentemente incómodo, decidí intervenir y le dije al señor que:
1. Entendía todo lo que estaba diciendo, por lo que me parecía de mala educación hablar de mí como si yo no estuviera delante
2. No era asunto suyo porqué T. estaba con una frenji. Me ponen de los nervios las preguntas insidiosas en las filas de los hospitales.
3. Yo soy partidaria de la adopción, pero trabajo en un proyecto que ayuda a familias como las de T. a criar a sus hijos para que no tengan que darlos en adopción. Este señor, que tanto criticaba, ¿qué hacía exactamente para evitar que las familias tengan que recurrir a la adopción como vía de supervivencia? Como en ese punto, ya me había puesto dramática, le pregunté si él pensaba que era mejor que los niños murieran, o que crecieran en orfanatos (incluso el mejor de los orfanatos, no se puede comparar a una familia, pienso). El señor, que comenzaba a sentirse incómodo también él porque el resto de la fila me estaba dando la razón, me respondió con un “go home”, al que yo le contesté, “vale, pero, si me voy a casa, ¿vendrá usted con este niño al médico la próxima vez que se ponga malo?”.

En la otra cara de la moneda, cuando fui con A. a otro médico, dos señoras en el autobús le preguntaron bastante respetuosamente si yo era su madre. Ella, escuetamente, les respondió, “sí”. No es una persona que se ande con muchos rodeos. Tampoco es una persona que tenga familia. Cuando las señoras le preguntaron que cuándo me la llevaba a mi país, ella les respondió: “No, si no nos vamos a ninguna parte. Ella se queda aquí conmigo”. Las señoras me llamaron santa. Y yo, muerta del susto.

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Feb 02

CON ESTAS MANITAS

Hay una cosa en la que la Santa Infancia es insuperable: en destrozar y romper cosas que nadie hubiera pensado que se podrían romper. Y así, acorralada por las circunstancias (se me desmenuza la casa encima), pues me he dado al bricolaje. Y que me está encantando, oyes.

Me he vuelto una mujer aún más polivalente de lo que ya era. Si antes era capaz de beber y criticar la música del bar contemporáneamente; ahora, lo mismo te cambio un interruptor que te pinto una pared. Sueño con ventanas rotas y me despierto con unas ganas locas de poner embellecedores sobre los cables al aire. Me he inventado hasta una canción. Dice así: “Plexiglás, plexiglás, qué flash”. Me la he inventado yo sola. Me faltan las estrofas, lo sé, pero no me negarán que la pilla Georgie Dan y tenemos canción pa’ tres veranos. Georgie, tío: si quieres, sírvete tú mismo.

La Santa Infancia ha acogido esta nueva ventolera mía con su habitual entusiasmo. Mientras yo sudo la gota gorda desatornillando marcos de ventanas en el porche, ellos juegan impávidos. Cuando ven que el desaliento se apodera de mí, me animan: “Betan goves nesh” (eres muy buena). Y siguen jugando a la pelota, para romper cuanto antes la ventana que tanto me está costando colocar. Se lo leo en los ojos, que no pueden esperar a que acabe de reparar las puertas para volver a colgarse de las manillas, hasta que me descuajeringuen todo. Pero yo soy más lista que ellos, y en vez de cristal estoy poniendo el ya mencionado plexiglás, que me está costando un ojo de la cara y tres dedos de los pies.

Como decía, estoy fascinada con esto del bricolaje. Ya me conocen en las ferreterías de la redolada y me estoy haciendo un bagaje en materia de compras de material. Mi proveedor del Merkato me regala siempre una Sprite en lo que me busca interruptores que no sean Made in China. Me ha cogido cariño, creo. Eso, y que, como digo, me estoy dejando un patrimonio comprando cosas a prueba de Santa Infancia. Porque, amiga, también en las ferreterías toca regatear, y yo voy sobrada de dones, pero el del regateo Dios no me lo concedió. No sé por qué, porque realmente me haría falta, la verdad (esto dicho sin rencor alguno).

Como toda pasión, también ésta tiene su lado oscuro. La Santa Infancia me dice que se me están poniendo manos de vieja. Y andares de fontanero, me temo, porque con dos destornilladores en cada bolsillo, me pesan los pantalones un montón y tengo que caminar con las piernas abiertas para que no se me caigan. Cuando vuelva a España -lo siento por el Mercadona-, directa al Leroy Merlin.

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