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Posts Tagged ‘Sociedad’

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Dic 13

THY WILL BE DONE

Hoy vamos a volver a hablar de religión, porque el tema política está como copao estos días, y a mí de pequeñita me enseñaron que lo poco gusta, pero lo mucho cansa. Educación General Básica.

Hace años visité en la ínclita Universidad de Navarra –aquí donde ustedes me leen, yo soy ex-alumni de tan magno centro- una exposición sobre la doctrina de mi paisano San José María. Como se puede imaginar, la exposición era rompedora como un concierto de Lady Gaga en Chueca: adoctrinamiento para fans y conversos.

Se recordaban varias frases del santo, entre ellas una que me llamó la atención. Decía más o menos así: “Dios te ha dado diez hijos, mujer. Afortunada tú, porque Él ha confiado en ti”. Por si tenías alguna duda acerca de la conveniencia de dedicar tu vida a la procreación de la especie, que sepas que no tienes tantas opciones, según determinadas personas.

Hace poco le explicaba yo a Brother House estos pequeños matices que la Iglesia Católica mantiene contra viento y marea en el tema de la salud reproductiva, puntualizando que, según nuestros jefes menos directos, cada vez que Dios envía diez hijos a una de las madres de la Santa Infancia, lo único que cabe es alegrarse. Y que como nos pillen haciendo algunas cosas que hacemos y diciendo algunas cosas que decimos, puede que no les guste un pelo. Brother House, que se fía bastante poco de mí, me respondió:
_ Hombre, esas ideas serían hace años. Tú es que te has quedado anticuada. Seguro que han cambiado de opinión.

No sé si la jerarquía católica es consciente, pero en ese pensamiento recurrente de “Dios lo quiere” o “es la voluntad de Dios”, coinciden con las madres de mi Santa Infancia: “Es la voluntad de Dios que yo tenga un tumor benigno que me ocupa media cara, por lo que no pienso ir al médico”, “si mi hijo acaba en la calle, será que es la voluntad de Dios”, “si la niña entra en un bunna-bet (prostíbulo) ”, -adivina-, “será que Dios lo quiere”. Aquí son muy de respetar la voluntad de Dios. Cuando les conviene. Porque si Dios insiste en su confianza ilimitada en tus capacidades, y te manda un sexto hijo, puede que no te apetezca, o que ya no puedas seguir su voluntad, y decidas abortar, y agonices durante una semana en casa hasta que por fin Dios te conceda la gracia de morir, dejando huérfanos a tus otros cinco hijos que serán internados separadamente en varias instituciones estatales de uno de los países más pobres del mundo. ¿Es esa la voluntad de Dios? Una cosa son renglones torcidos, y otra es no querer enderezarlos.

Cuando estas señoras empiezan a hablar de la voluntad de Dios, honestamente, me pongo de los nervios. A veces hasta las dejo solas en la oficina, y salgo a tomar el aire, lo que las desconcierta bastante. Cuando me calmo y vuelvo, les suelto: “Noticia: Dios me ha enviado a mí. Yo soy la voluntad de Dios”. Sin medias tintas.

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Nov 16

RESISTENCIA

Aprovechando que yo estaba de vacaciones, dos unidades (individuos) de la Santa Infancia decidieron ir a robar piezas de hierro a una fábrica de ventanas china que tenemos en las inmediaciones. Su plan estratégico era “nos han contado que no hay seveñás”. Por supuesto que había seveñás. Los seveñás de la fábrica los pillaron con las manos en la masa, y durante varias horas les dieron la del pulpo, hasta que los llevaron a comisaría, de allí al juzgado, y de allí a pasar ocho meses en la prisión de Kaliti.
Tras preguntar a ambas familias qué hacía falta para entrar a verlos en la cárcel –basta que lleves tu tarjeta de identidad, me dijeron-, nos fuimos un domingo de mañanita yo, la madre de L. y la hermana de M. a visitarlos.

Y allí estaba yo, ya casi dentro de la prisión, pasando los múltiples controles (“lo que usted está palpando se llama salva slip”), cuando apareció el aschekari de turno. Aschekari es una palabra que me encanta. Viene de chikir (o chekir, o cheker), que quiere decir problema, y puedes hacer lo que te dé la gana con ella: puedes conjugarla, aschekeraleu, y quiere decir “doy problemas”; en impersonal “aschekeral”, el problema no lo darás tú, que lo dará una situación o una cosa; y si eres un “aschekari”, es que eres un problemático. El clásico follonero.

Llega el militar:
_ Buenos días, ¿qué hace usted aquí?
_ Vengo a ver a esta persona –nombre de uno de los niños-, que está aquí– mi primer impulso era contestar, “nada, buscando una rave”, pero me contuve.
_ Pues no puede entrar.
_ ¿Por qué?– soy una utópica, lo sé. Pedir explicaciones coherentes.
_ Porque usted no es etíope– allí me dí cuenta de que el aschekari tenía estudios.
_ ¿Y…?
_ Pues que no puede usted entrar
_ ¿Por?
_ Porque usted no es etíope– y nos quedamos enganchados en el bucle como unos dos minutos, hasta que me dí cuenta de que la hermana y la madre de los chavales seguían esperándome, y les indiqué que fueran entrando y que, ya si eso, o nos veíamos dentro o las esperaba en el coche en unas dos horas.

Y allí elaboré un plan de acción. Tenía delante de mí dos horas en las que, o entraba en la prisión, o esperaba a las dos chicas. O me dedicaba a amargarles la mañana a los guardianes de la entrada, vamos, lo que viene siendo aschekerar (una cosa que me encanta hacer es conjugar verbos amáricos en español o italiano. Me río sola y todo cuando lo hago).

Así, solicité ver al responsable directo del aschekari:
_ Es que la oficina del coronel no está aquí.
_ Pues lléveme adónde está –y me llevó a otro recinto cerca.
_ Es que el coronel está ocupado
_ Pues lo esperaré
_ Es que igual tarda
_ Pues que tarde –y me quedé de pie delante de la puerta. Que la gente espere de pie es una cosa que a los etíopes les causa gran desazón. No sé por qué, pero es así. Si te sientas, desapareces. Si esperas de pie, es como si tuvieran un palo finito metido por el culo. No les duele, pero les molesta mucho, mucho.
_ Siéntese, por favor– y me señalaba un banco cercano
_ No gracias, estoy bien
_ Pero es que el coronel igual tarda
_ No se preocupe, que yo lo espero
_ Pero es que estaría más cómoda sentada
_ Pues estoy más cómoda de pie
_ Pero es que no se puede esperar en medio de la puerta
_ ¿Por qué?
_ Por si entra un coche
_ Si entra un coche, me apartaré
_ Pero es que no puede esperar aquí
_ Es la vía pública. Es de libre circulación.
_ Es que usted no está circulando, está parada.
_ Pues ya me muevo –y empecé a patrullar la parte exterior de la verja de lado a lado, lo que todavía puso al guardia más de los nervios –¿así mejor?

El militar cada vez estaba más angustiado, y a mí ya me estaba entrando la risa. Como se puede imaginar, en ese punto de la discusión, el corrillo de curiosos era ya bastante nutrido.

En estas estábamos (“vamos, mujer, no haga eso, siéntese”, “entiéndalo, no me siento”), cuando salió el coronel a explicarme el racismo reinante en todas las instituciones etíopes. Me repitió que yo no podía entrar porque no era etíope. Yo le enseñé mi tarjeta de identidad expedida por el Gobierno Federal de la República de Etiopía, donde no dice que el titular no pueda entrar a la cárcel. Él me contestó que mi embajada tenía que pedir oficialmente que se me permitiera entrar en la prisión. Yo le contesté que era una solemne tontería, sobre todo teniendo en cuenta que una de las chicas que iban conmigo había entrado ¡con el carnet de la biblioteca de su colegio! Me dijo que era una cuestión de nacionalidad. Yo le dije que era una cuestión de racismo. Él me dijo que fuera como fuese no me iba a dejar entrar y punto. Y se piró.

Allí, volví a quedar en manos del primer seveña. Como todavía me faltaba media horita para que mis chicas volvieran, elaboré un plan B:
_ Pues yo no me voy hasta que no me dejen entrar.
_ Pero ya ha oído al coronel
_ Pues aquí me quedo hasta que cambie de idea – amenacé – y me quedo de pie.
Allí volvimos a empezar la discusión sobre la vía pública, los derechos de cada quien, la comodidad de estar sentado… Treinta minutos donde el señor intentó, por este orden:
. Convencerme por las buenas de que o me fuera o me sentara
. Convencerme por las malas de que o me fuera o me sentara. “Si me pone un dedo encima, entonces sí que van a venir los de mi Embajada”, y ya no me puso el dedo encima.

Al final, salieron mis chicas. Me dijeron que los niños estaban bien y que ya podíamos irnos.
_ Bueno, pues adiós –le dije al seveñá
_ ¿Y ahora se va, así sin más?
_ Sí
_ ¿Y no se podría haber ido hace dos horas, sin más?
_ No, tenía que esperarlas.
_ Pues menuda mañana me ha dado.
_ Ya, es que no soporto estar sin hacer nada– cosa que es radicalmente cierta. Soy culo inquieto.
_ ¡Aschekari!
_ ¡Presente!
Cuando yo les contaba mis avatares a la Santa Infancia, ayudada por la hermana de M. que, de lo que había escuchado incluso dentro de la prisión dedujo parte de la diversión, se meaban de la risa, aunque no acababan de entender por qué no me había resignado a esperar pacíficamente sentada. Les expliqué que era una cuestión de principios: no podían decirme que no sólo por mi nacionalidad. Yo sólo quería una razón válida para no dejarme entrar. Me parecía que se estaban vulnerando mis derechos. Y se reían todavía más, con la sola idea de que a veces quedarse de pie es mejor que sentarse a esperar. Son gente de humor fácil, y en el fondo lo que les encanta es verme perder los nervios cuando lucho por ellos.

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Nov 06

TABLAS

Tenemos un grupo de teatro, formado por cuatro adolescentes de la Santa Infancia, que cada sábado representan algo para los más pequeños del centro. Y son la monda. En serio: llevo muchos años haciendo teatro con niños, y lo de estas chicas se sale de lo común. Son muy, muy buenas.

Normalmente, representan escenas de temática familiar, con temas que suelen repetirse de semana en semana: son familias monoparentales (niños que sólo tienen madre o viven con su abuela) o, en caso de haber un padre, es ese señor que en un momento u otro de la obra saca el bastón y pega a la fémina que tenga más a mano. Los niños de la familia se desmandan (se dan a las drogas, o faltan a la escuela, o se emborrachan, o roban) y al final siempre vuelven arrepentidos a su redil.

A mí la que más me gusta es A., que hace siempre papeles de komche: habla al teléfono gritando al auricular desde una distancia de varios centímetros, se lía al marcar, le habla a la televisión… También a veces hace de loca, y es muy graciosa porque le queda como muy auténtico. La semana pasada hizo de señora que iba a ver a su hijo a la cárcel, y se perdía dentro de la cárcel y hablaba con varios presos con historias bastante curiosas.

Colaboré una temporada con ellas, y de nuestro trabajo en común surgió La Abuela Karateka. Yo hacía de una abuela que criaba a varios nietos gamberros, que se metían en problemas. Cuando el problema parecía irresoluble, yo me transformaba en karateka (de joven había salido de mi Wello natal para limpiar en casa de Jackie Chan), y usando mi bastón de madera como katana, salvaba a mis nietos del macarra de turno. A los peques les fascinaba verme dar patadas con mi vestido verde hierba. Como yo hacía el papel de cateta, durante esos sábados A. se cambió de papel y hacía de mala.

La Santa Infancia se muere de la risa con A., y sus hermanas están súper orgullosas de ella. Le dije que un día debería traer a su madre, para que la vea crecerse encima del escenario, pero rechazó la idea de plano. Me dí cuenta de que había sido una mala idea: A. no interpreta a un komche cualquiera, interpreta a su madre. Y es su hermano el que lleva en la cárcel un mes. Y supongo que es a ella a la que le encantaría ser tan macarra como para que le diera todo igual, pero no puede.

Cuando era pequeña, A. también lloraba mucho. Sobre todo cuando su madre oía voces que no existían. Ahora ya no llora. Ahora hace teatro. Y lo hace mejor que nadie.

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Oct 31

BANDERA

Hoy celebramos el día de la bandera. Si tenemos suerte, ustedes leerán esto después de Meskel, una vez que Míster K., ese poder en la sombra, vuelva de recorrerse Andalucía en bici. Como se ve, no soy la única que ha estado de vacaciones. Esto ya parece el suplemento dominical del País, donde no hay columnista que no se sienta en la necesidad de puntualizar que ellas escriben con quince días de anticipación, y que el mundo da muchas vueltas en quince días.

Como les digo, hoy hemos reunido a todos en el patio, la gente ha desfilado vestida de aranguadi-bicha-key (verde, amarillo, rojo), hemos cantado el himno nacional y todos tan contentos. Es una fiesta que el gobierno se inventó hace un par de años y que plantó en la última semana de Septiembre, que es una semana así como tonta, ya pasado el Año Nuevo y con Meskel aún por venir, y en la que, de no mediar el Día de la Bandera, a lo mejor habría hasta que trabajar.

A la Santa Infancia le asombra bastante mi escasez de orgullo patrio en lo referente a la cuestión simbólica. Léase: nunca me visto con los colores de mi bandera, que tampoco me parecen el colmo de la combinación cromatil. Y que viví en Pamplona cuatro años, y vestirte en cualquier combinación de rojo y amarillo te abocaba a convertirte en involuntaria protagonista de diversos tipos de expresiones de opinión ciudadana, ninguno de ellos placentero.

Para la Santa Infancia, lo de la bandera es súper necesario. Si les das a elegir tres colores del mundo mundial, hasta los niños de teta elegirán, por este orden, araguadi, bicha, key (verde, amarillo y rojo). Para lo que sea: un dibujo de una casa, la pintura para un muro o los colores de una camiseta.

Esta mañana les decía yo a los mayores que la identidad nacional es mucho más que los vivas a un trozo de tela, poniéndoles como ejemplo que, si tanto, tanto quieren a su país, cómo es que casi ninguno de los mayores de 18 años se molestó en ir a votar las pasadas elecciones. Me han contestado que no fueron a votar porque total iba a salir el mismo gobierno, y a ellos este gobierno les encanta. Tal cual.

Y allí hemos empezado con la discusión de “os encanta porque os tiene totalmente controlados y porque no habéis conocido otro”. Ellos saben que yo el alma de periodista todavía la llevo en mi interior (uno de esos lastres que atesoro), y hemos entablado una larga discusión sobre los medios de comunicación en Etiopía, poniendo ejemplos de cómo ven ellos ciertas noticias (percepción basada únicamente en lo que dicen los medios del Gobierno), y cómo veo yo la misma noticia (percepción ligeramente ampliada por mi macarrónico acceso a Internet).

Ellos están convencidos que a la comunidad internacional está exagerando la hambruna en Etiopía, y que realmente nadie quiere aflojar la pasta. Yo les he comentado que el acceso a la zona, hasta hace algunos meses, era bastante limitado (por el gobierno etíope, se entiende) y que en los últimos años las ONGs cada vez encuentran más trabas para trabajar aquí. Y que la pasta ya ha sido aflojada, pero que hay muchos intereses en juego, entre ellos los intereses del gobierno etíope.

Allí se han salido por la tangente, y me han dicho que debería volver al periodismo, porque, según ellos, tengo que ser una gran periodista (¡angelicos!). Les he cazado cuando les he dicho que ese gobierno que les encanta me expulsaría del país si yo me pasara al periodismo así, sin previo aviso. “Hombre, tampoco es tan raro que te expulsaran. Ni siquiera nos haces cantar el himno por las mañanas”. Si al final tendrán razón y todo….

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Oct 16

TÍO MATT

A raíz de la muerte del señor Jobs, leí en un periódico que una de las grandes contribuciones del genio –más allá de discursos de graduación, brand names, manzanas u ordenadores súper cool -, fue el haber contribuido decisivamente a que “todos llevemos Internet en el bolsillo”. Todos, dear.

Este verano, llegué a casa extasiada después de mi vuelo El Cairo-Madrid. “No sabéis lo que he visto en el avión”, expliqué nada más llegar a mi familia, “había gente que tenía como una especie de pantallas súper planas donde miraban cosas. He echado un vistazo a una de ellas cuando mi vecino de asiento se ha ido al baño y ¡estaba leyendo un libro en PDF!”. “Ah, sí, se llaman tablets”, me respondieron escuetamente. Me sentí un poco como Matt el viajero de los Fraggle.

Siguiendo con el verano, en ese intento desesperado de integrarme en la sociedad actual que Míster K. realiza cada año, me dio un móvil más actualizado que el que tengo en Addis. El que tengo en Addis me costó unos 20 euracos al cambio, y el proceso de compra se desarrolló más o menos así:
_ Buenos días, quisiera el móvil más barato que tengan.
_ Pues éste. Cuesta 400 birr
_ Ah, qué mono. ¿Y qué tiene?
_ Linterna. Tiene linterna.

Míster K. me dio un móvil que no tenía linterna, pero que tenía pantalla táctil, Interné incorporada y cienes de aplicaciones. A los dos días, desesperada, volví a sacar del cajón mi móvil con linterna y lo encendí. Con la pantalla táctil no era capaz ni de descolgar el bicho ése. Mis amigas estaban empezando a acostumbrarse a comunicarse con perdidas, como cuando teníamos 25 años (a nuestros 15 el único que tenía móvil era Michael Knight en El Coche Fantástico).

Llevo años oyendo lo de la “brecha digital”, que a mí me sonaba a “yaya, no hace falta que pongas otro cubierto, que el señor del telediario no va a salir de la tele para sentarse a comer con nosotros”. Me hacía mucha gracia, esa gente que no sabía ni lo que era Facebook. Hace ya algunos años empecé a entender que en el lado oscuro de la brecha digital se encuentran todos los países que quedan sumidos cada vez más en esa densa ignorancia que supone el no tener acceso más que a una versión de la realidad, todos esos millones de personas que ni siquiera saben que existe un universo paralelo en el que todos tienen derecho a participar. Y este año he entendido que me hallo suspendida en mitad del barranco tecnológico: tengo este mi blog, sé lo que es Facebook, pero el sólo capricho del gobierno etíope puede dejarme sin voz en cualquier momento. Basta una reunión de la African Union para que todos mis privilegios tecnológicos se vean revocados radicalmente (no hay conexión para todos). Y empiezo a no entender muy bien de lo que habla la gente común (mi gente común del Primer Mundo) cuando hablan de estos nuevos modos de comunicarse.

Vamos, que yo en el bolsillo llevo el móvil (con linterna) y las llaves. A ver si un día de éstos me encuentro el Interné ese que el señor Jobs le proporcionó a todo (todo) el mundo…

P.D: Los comments sí los leo y me animan muchísimo. No los contesto porque me costaría light years (años luz)

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Oct 10

YO VENGO DEL CAMPO

Nuestra niña Mariamawit finalmente no sabemos si se llamará Mariamawit. Papá Soltero apareció y, a sus tiernos veinte años, decidió cambiarle el nombre antes de desaparecer nuevamente. Estrategia guerrilla: golpea fuerte y desvanécete en el aire. Según él, Mariamawit se debería llamar Shewaye, que viene de la región de Shoa, que es donde se ubica Addis Abeba. La traducción de este nombre es: “como yo soy más de pueblo que una boina, quiero que todos sepan que mi hija ha nacido en Addis Abeba y será una ciudadana cosmopolita y panaafricana”. Otra traducción, en esta Etiopía llena de prejuicios y racismos, es “a la niña le tomarán el pelo por cateta durante toda la Primaria y la Secundaria hasta que, si llega a la High School, decida renunciar a su identidad y se cambie el nombre, y se ponga Mary, Helen, Samerawit, Selam (paz) o Niggist (reina), que se ve que son socialmente más aceptados”.

Lo mismo aplica para otros nombres como Ketama (que literalmente quiere decir “ciudad”); o nombres que se identifican con gente mayor como Turiye (“mi bien”), Tiliksew (persona grande), Belachew (que no tengo muy claro si quiere decir “me lo dijo” o “me pegó”), Gashaw (escudo); nombres de cosas típicas del campo como Godada (que es un tipo de grano, aunque no tengo muy claro cuál), o Masresha (cosecha); o con nombres demasiado comunes como “Habtamu” (rico) y todos sus derivados, o “Tiggist” (paciencia). A mí se me escapa un poco la distinción entre nombres cools y nombres no cools, pero la gente aquí la tiene bastante clara. Una muestra de ello es que nuestra M., a la sazón madre de la niña Mariamawit, se ha negado en redondo a aceptar lo de Shewaye, provocando el primer desencuentro en esta pareja circunstancial.

Y es que, a pesar de la pasión con que se viven las Semanas Culturales y de todos los orgullos patrios, los Komche son siempre Komche, y nunca son “señores” o “señoras”. Tú vas al mercado, compras un baúl de madera de veinte kilos, y no te llaman un “chico” para que te ayude a llevártelo. Te llaman un “komche”. Y cuando tu les puntualizas que el “komche” es un “chico” se te quedan mirando como diciendo “mira la lista, que no sabe ni siquiera qué es un komche”. Y uno esperaría que, ante estas acometidas, siguiendo el tópico del orgullo local, los komches se reafirmaran en su identidad, pero lo cierto es que no les gusta un pelo lo de ser komches. Y así queman sus vestidos verdes y sus pantalonetas, se ponen la primera camiseta del Barsa que pillan, se aprenden el estribillo de “Loca, loca, loca” (y eso que muchos no conocen la misteriosa conexión entre ambos elementos), y se creen que son más felices en la ciudad. Benditos ellos.

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Oct 04

LAS QUE TIENEN QUE SERVIR

Tras un verano lleno de sorpresas tecnológicas –estoy sinceramente convencida de que los Iphone tienen una aplicación para criar niños del Tercer Mundo que podría hacer mi trabajo mucho mejor que yo y con menos gritos-, aquí que me tienen ustedes again.

A pesar de la gigantesca atención mediática dedicada por el mundo mundial a la emergencia somalí, aquí a lo que viene siendo el mainstream local, pues es una cosa que no le inquieta mucho. O por lo menos no la nombran demasiado. Como además en Addis Abeba llueve que es un gozo, la lógica conclusión es que si llueve en Addis, llueve en el mundo entero.

Lo que ahora copa la atención de las noticias es la revolución libia. Como siempre, a los etíopes lo que es la realidad del mundo se la suda bastante, pero cuando la cosa les afecta aunque sea de refilón, allí que vuelcan toda su atención y sentimientos.

Estos días, la gente no hace más que hablar de Shewaye . ¿Que quién es Shewaye? Pues Shewaye Mollah es una señora etíope que se fue a trabajar a Libia, a través de una de las numerosas agencias que contratan chicas etíopes para servir en casas en países árabes, y que acabó de sirvienta en casa de la mujer de uno de los hijos de Gadafi.

Resultó que en la nevera de esa casa faltaron galletas (¿quién coño mete galletas en la nevera? La señora del hijo de Gaddafi, por lo que se ve, que era modelo libanesa), y la señora acusó a Shewaye. Y no sólo la acusó, sino que para castigarla le echó encima una olla de agua hirviendo, desoyando vida a Shewaye. La chica se encuentra actualmente en un hospital de Trípoli, bastante desfigurada. Al parecer, David Cameron le ha ofrecido asilo en el Reino Unido. El gobierno etíope, por el momento no ha realizado ningún tentativo de repatriarla, con lo cual Shewaye sigue en Trípoli, concediendo entrevistas con bastante frecuencia.

La historia está en todos los medios de comunicación del país y ha servido, por lo menos, para que se empiece a reflexionar sobre las condiciones de vida de los miles de chicas etíopes que trabajan en países árabes como personal de servicio doméstico. Igual que en España en los noventa se “llevaban” las filipinas como señoras de la limpieza para familias bien, pues se ve que en el Oriente Medio (Líbano, Libia, Emiratos, Dubai…) se llevan las etíopes.

De nuestra Santa Infancia, ya hay dos que viven en Beirut. De la última que se fue todavía no sabemos nada, pero la chica que ya lleva unos años dice que la tratan medio bien. Hasta le dejan salir de la casa. Un señor libanés con el que me crucé en una fiesta, me dijo que la verdad es que la gente allí trata bastante mal a las etíopes, porque tienen fama de vagas y ladronas. Así me lo dijo el señor. Y que las encierran en las casas porque también tienen fama de levantar el vuelo cuando menos te lo esperas y dejarte con las chilabas sin planchar.

El hecho, por otro lado, es que a pesar de los racismos y prejuicios reinantes, la gran mayoría de etíopes (no todos, eso sí), darían medio brazo por vivir en un país extranjero. En el que fuera y haciendo lo que fuera. Para muestra, un botón de muestra: para la Jornada Mundial de la Juventud, la Diócesis de Addis Abeba mandó un grupo de 31 personas como representación. Su tour incluía una parada en Ginebra, una semana en Oviedo y la traca final en Madrid. Entre los participantes había abogados, trabajadores sociales y otros profesionales bien situados. La organización se quedó con los pasaportes en cuanto pisaron suelo europeo, precisamente para prevenir la tentación de quedarse rezando más de la cuenta en el Viejo Continente. A pesar de todas las precauciones, sólo volvieron quince. Entre las que volvió figura una amiga y compañera mía de trabajo, que quedó encantada con la acogida que le brindó la familia española con la que estuvo en Oviedo (¡gracias, Asturias!), y que me comentó que fueron perdiendo gente durante todo el trayecto. Gente que tenía un sueldo y un trabajo más que dignos, y que estarán ya malviviendo en España. Y espera, que todavía no ha empezado el invierno, porque se van a cagar.

Volviendo a Shewaye, por fin los etíopes han comprendido las bases de la revolución libia: si tratan así a la gente, como para no rebelarse. Y a lo mejor tienen razón.

P.D: De la emergencia somalí, todavía me estoy formando una opinión. Cuando haya empezado a entender algo, se lo comunicaré a todos ustedes.

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Jun 29

DIENTES, DIENTES

Hace ya algunos años, fuimos con un grupo de la Santa Infancia a la clínica de la Doctora, donde había una dentista israelí que se había comprometido a pasar consulta a una docena de nuestros niños así, por la jeta. De los niños, claro.

Nuestra Santa Infancia es verdad que cuando más se lucen es cuando los sacamos de casa (y del barrio). Así, vinieron todos repulidos a la visita con la doctora israelí y esta chica se emocionó ya un bastante cuando le expliqué que no es que todos los días vengan con chándales con brillos plateados, sino que los brillos eran fruto de la impresión de acudir a un dentista de verdad.

Al final de las consultas, tras una breve deliberación con la Santa Infancia, decidimos pagar a la doctora. Como la cosa no iba de dinero, la Santa Infancia le pagó con la historia de la versión local del Ratón Pérez.

Aquí lo que hay no es un ratón, sino un pájaro. El pájaro no tiene nombre y sólo se llama así, Pájaro. Pájaro tiene el pico lleno de dientes preciosos. El pico es grande, largo y dentudo. Así, cuando se te cae un diente, tienes que tirarlo encima de un tejado para que Pájaro pueda venir a buscarlo. Pájaro se lleva tu diente, y ¿qué te da a cambio? Pues un diente nuevo directamente de su pico, y vas que te matas. Después de la historia, la dentista de Israel se enterneció tanto que nos saturó de cepillos de dientes, tubos de pasta con las etiquetas escritas en hebreo y enjuagues bucales.

Como la Santa Infancia tiene los tejados de las casas algo destartalados, normalmente tiran los dientes en los tejados del centro para asegurarse de que Pájaro vendrá a buscarlos y les dará dientes nuevos y bonitos (dientes retornables, vaya). Así, te vienen a buscar en mitad de reuniones sobre reasignamientos de presupuesto con unas ansias tremendas porque se les ha caído un diente. Y tienes que dejar la reunión, abrir una de las clases, y cantar con ellos una cancioncilla que básicamente dice “Pájaro, Pájaro, llévate mi diente y tráeme un nuevo”. Y luego tiras el diente. Es mejor que lo tires tú, porque así se queda más lejos. Y da menos asco, porque no hay nada que dé más bajón que abrir la ventana de una clase y encontrarte cinco dientes justo en el alféizar. Y luego, con el diente correctamente posicionado en el tejado, te vuelves a tus reasignaciones de presupuesto con formatos Excel para rellenar, mientras las personas Excel te miran un poco raro porque ellos no creen en Pájaro. Peor para ellos, que Pájaro no les dará dientes nuevos.

P.D: Según mis investigaciones, Pájaro no vuela en toda Etiopía, sino sólo en ciertas regiones como Wello.

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May 11

EL GATO

Esta semana tenemos dos niñas poseídas. Por el demonio, se entiende. Z. (16 años) está convencida desde hace un par de meses de que su padre le ha enviado una maldición. Concretamente, asegura que se le aparece un gato enorme en algún momento entre la vigilia y el sueño. Y que no puede parar de beber café. No me ha quedado muy clara la vinculación entre el gato y el café. Por suerte, de momento el gato no le habla (yo es lo primero que le pregunté). Sólo la mira fijamente. El café tampoco le habla, pero no hace más que beber café, y luego dice que el gato no le deja dormir. No te jode. No se lo he dicho, pero dudo mucho que el papá de Z. piense tanto en ella como para enviarle una maldición. Contando con que papá y mamá se piraron hace ya dos años, abandonando a sus dos hijos mayores, y no han dado apenas señales de vida… mucho me extraña que el gato venga de ahí.

Z. decidió que la maldición se debe a que es pecadora. Y quién no, querida, y quién no. Y así dejó de venir una semana. En nuestro centro, los niños mayores trabajan una hora cada día, y les damos un sueldo el sábado para llevar a casa. Cuando Z. vino al final de la semana, le pregunté por qué no había venido ni a estudiar ni a trabajar. Me dijo que había estado haciendo penitencia para ver si se sacaba la maldición de encima. Concretamente, había estado ayudando en la excavación de un manantial de aguas benditas. Me pareció una excusa tan original que le pagué el sueldo entero. Y le dí un frasco para que me trajera un poco de agua bendita, a ver si me ayudaba con lo mío (así, en general). Le iba a dar una botella de Coca Cola vacía, pero me explicó algo que no acabé de entender acerca de gente que fuma y luego con esa misma boca los poca vergüenza beben Coca Cola, y que como aquí los envases son retornables, pues que no puedes meter el agua bendita en una botella de la que ha bebido alguien que ha fumado. O algo así. Me dijo que, una vez encontradas las aguas benditas (escena que yo imagino como el pozo de petróleo de Gigantes), se bañó y se lavó y le aplicaron todo el kit de sanación mental. Pero que el gato sigue allí. Con dos cojones.

M. (trece años) sacó malas notas en el cole, y hace tres días Satán la invadió, y me da que voy a tener que ir a rescatarla a las aguas benditas, porque desde que empezó a echar escupitajos como un aspersor de jardín, no la hemos vuelto a ver.

Lo de las posesiones, como ya he comentado en alguna ocasión, es bastante común en Etiopía. La iglesia ortodoxa cree ciegamente que, en un momento dado, Satán se puede apoderar de tu cuerpo. Como ya expliqué, yo creo que, sencillamente, los etíopes cuando se ponen a actuar, deciden ir a por el Óscar. Hablando en serio, supongo que es el modo que han adquirido culturalmente para expresar las crisis nerviosas. En España posteas en tu muro del Facebook “de los nervios estoy”, y en Etiopía te tiras al suelo y empiezas a berrear que ves a Satán con prístina claridad en cada esquina de la habitación. Esto lo acompañas con convulsiones y rigidez de miembros, lo sirves en caliente con los ojos en blanco, y lo riegas con toda la saliva que puedas. Invita la casa.

Y si las posesiones están a la orden del día, igualmente populares son los exorcismos. Te tumban en el suelo de la iglesia y te empiezan a echar agua bendita por encima. Si estás verdaderamente fatal, además te ponen encima la cruz principal, que es una cruz de oro que tienen en todas las iglesias. Y tú, si estás bien metida en el papel, gritas como la posesa que eres hasta que finalmente te sacan el demonio y te quedas relajada y feliz. Eso, si cuentas con un entorno de amigos y familia organizado. Si no, pueden probar la versión casera del mismo tema, en la que, sobre la marcha, te berrean pasajes de la Biblia al oído, te empapan con agua bendita de emergencia y chillan contigo hasta que se te pasa el sofocón, sin salir de casa.

Yo, entre los exorcismos para los nervios, y la ablación del clítoris para prevenir la histeria, como ustedes comprenderán, intento mostrar una conducta lo más normal posible y pasar desapercibida, que nunca sabes cuándo se te aparecerá el gato… ni los métodos asertivos que aplicará el cura de turno para espantarlo.

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May 03

LAGARTO, LAGARTO

La semana pasada, a la hora del recreo, sufrimos un pequeño (diminuto) tornado. Duró poco y el viento sólo empujó a una niña que jugaba, haciéndole un raspón en la rodilla. Y ya. La Santa Infancia extrajo sus conclusiones en 0,2 segundos: Satán. Les dije que Satán está súper bussy en el Infierno y que dudo mucho que tenga tiempo de venir hasta nuestro compound para organizar pequeños tornados con el único objetivo de que una niña se haga un raspón en la pierna. Por supuesto, no me creyeron.

Los etíopes tienen fama de orgullosos. Los aragoneses también nos consideramos un pueblo orgulloso. Sólo que donde nosotros lucimos el “orgullosos”, el resto de España nos asigna un “tozudos como mulas”. Cabezudos o cabezones. Los etíopes son un poco así también, y desarraigar cosas como la presencia constante del diablo mismo en nuestras vidas, pues es un poco cansado y bastante improductivo.

La Santa Infancia está llena de supersticiones. Por ejemplo, están convencidos de que si a un niño pequeño se le da miel para comer, el niño será tartamudo. Los defensores de las culturas tradicionales (de todo hay en este mundo) me dirán que normalmente estas cosas tienen un fondo de verdad, a saber: a los bebés no se les puede dar azúcar. Supongo que si a un niño de meses le das miel, sí que le puede dar un tabardo y quedarse perjudicadín, pero no entiendo por qué tiene que quedarse precisamente tartamudo. La Santa Infancia dice que esto es una verdad universal, y que lo saben hasta los niños de pecho. Y esto me lo dicen los tartamudos. Se ve que los niños de pecho saben más que sus madres.

Otro de los grandes mitos cuenta que, si a un bebé le da la luz del sol, se quedará bizco. Así, las recién paridas y sus hijos se quedan en casa, encerradas a cal y canto, durante cuarenta días después del parto si es una niña, u ochenta días si es un niño. Este período varía según las etnias. A partir de esa fecha, cuando finalmente salen al mundo exterior, al niño lo llevan envuelto en siete netelás (por lo menos). En la práctica, una cierta cantidad de sol ayuda a que el calcio se fije en los huesos de los bebés. El estrabismo lo tienen bastante controlado, pero Etiopía sería el stand oficial del raquitismo en una hipotética feria de las enfermedades, con niños de huesos frágiles como cañas.

Mi Santa Infancia de rodillas deformadas y frentes en las que se podría proyectar un Power Point, me contaba también que, siempre que una gallina incuba una hornada de huevos (¿hornada? ¿alguien sabe cómo se llama el conjunto de huevos que incuba una gallina?), uno de los huevos nunca llega a eclosionar. Vamos, que uno de los huevos vendrá sin pollito. Esto me lo creo. La Santa Infancia dice que es que se lo queda la Virgen María, que tiene que estar ya amarilla limón de tanto huevo. Dicen que, por otro lado, cuando los ratones paren, siempre se comen una de las crías de la camada, y esto es una ofrenda que la señora ratona le hace a Satán, que se ve que también controla la natalidad del sector roedores. Pongo estas dos creencias juntas, porque otro mito dice que, donde hay pollos, hay ratones. Esto es verdad. Y encima, los ratones adoran a Satán. Por si no tenías bastante con su sola presencia.

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