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Posts Tagged ‘Sociedad’

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Abr 17

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Como nuestros informados seguidores ya sabrán (y, espero, también los que se informan menos), la lengua oficial de Etiopía, además del amárico, es el inglés. El inglés es una lengua maravillosa. Esto lo digo para desanimar de un plumazo a todos los lectores que cursan la ESO.

Si hay algo que nos hermana a españoles y abeshás es la dificultad genética para hablar en lenguas pertenecientes a culturas allende los mares. Los abeshás, eso sí, son más lanzados que los españoles y lo intentan, con resultados bastante divertidos. A continuación, en esta fuente de pérdida de tiempo que es Tariké, un elenco de cosillas graciosas que los ojos de servidora han visto en estos años:
_ “We wash you all the best”. Esto escrito por las señoras de la limpieza en una tarjeta de despedida a una persona que pasó varios meses aquí. Lo encontré súper simbólico.
_ “When you fill some pain, take one tab”. Receta de un médico. A lo mejor hay una cantidad de dolor que todos tenemos que cubrir en la vida y, sólo entonces, podemos tomarnos la pastillita.
_ “I live you”. Esto me lo escribió uno de la Santa Infancia en un dibujo que me regaló, en el que había un corazón enorme. Lo más bonito es que a lo mejor tenía razón.
_ “One cup of tea and a peace of bread”. Las señoras de esta cafetería se ve que dieron mucho más que comida a sus clientas aquel día, y así lo reflejaron en su factura. El pan debía estar súper rico.

Más allá de éstas, que encuentro verdaderamente hilarantes (yo es que soy mucho de la risa tonta), tenemos las comunes divisiones de palabras que normalmente van juntas, como break fast, well come, o –en un libro de texto- el explorador Living Stone. Hilarious.

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Mar 08

FASHION HEROES

Hoy me he levantado divertida, y, aparcando facturas en amárico, familias que no llegan a pagar el alquiler y niñas con brazos quemados, me he puesto a curiosear en el Facebook. Yo curioseo mucho el Facebook, más que nada para mantenerme al día de los avances conseguidos por algunas amigas mías, empeñadas en la loable labor de repoblar el mundo, esfuerzo que, aunque ellas no lo saben, comparten con algunas de las madres de mi Santa Infancia. Nuestras señoras dicen que lo hacen para garantizar el futuro de nuestro proyecto: mientras su útero y sus ocasionales maridos den de sí (y sigan teniendo suerte con los partos home made) jamás nos faltarán beneficiarios para nuestro proyecto. Eso sí, habrá que pagarles el alquiler, porque con tanto niño en casa, o pagas el alquiler, o la chiquillería se te muere del hambre. Como se ve, tengo algunas obsesiones profundamente arraigadas.

Y así, curioseando, curioseando, me he encontrado con esta entrevista realizada en Cibeles a Ana Locking. Reveladora. Especialmente la parte relativa a la grifería–bisutería. A mí, que debido a mis pérdidas de peso llevo los cinturones para realmente mantener los pantalones más o menos en su sitio (herejía fashionista, soy consciente), la primera duda que me ha surgido es la de cómo harán para ajustar los cinturones–tubo de agua recubiertos en oro de 17 kilates. Este tipo de arreglos, ¿te las hace una modista, un herrero, un joyero o directamente el fontanero?

Esto, en la vida cotidiana, te abre un horizonte de nuevos temas de conversación:
_ Hola cari, ¿qué haces hoy?
_ Me coges saliendo por la puerta para ir de shopping, que tengo boda el mes que viene. La ruta normal: Zara, Mango, H&M y Leroy Merlín, que están de rebajas en fontanería y calefacción.
_ Huy, pues ya que vas, ¿me puedes pillar dos tapones de bañera? Me estoy customizando la parte de arriba del bikini para este verano.

Ustedes dirán que no, pero en el párrafo anterior hay como dos o tres ideas que te pueden solucionar una jornada de Cibeles. Yo las doy gratuitamente. Basta que se siga la licencia Creative Commons y citen la procedencia. ¿Los bikinis hechos con alcachofas de ducha en la parte del pecho, tubos varios, y el grifo –recubierto en oro de algunos kilates, vale- instalado en la entrepierna pesarán demasiado para bañarse con ellos? Caramba, hoy estoy que me salgo.

Sin conocer a Ana Locking, nuestra Santa Infancia también sigue también esta filosofía del todo vale. S. (niño, nueve años) juega de portero con un guante de cocina que encontró Dios sabe dónde. Bueno, que sí sabemos dónde: en Koshe . Y. (niño, siete años) vino un día con un disfraz de Spiderman por toda vestimenta. A. (niña, nueve años) solía venir cuando era pequeña con bonitos vestidos que tomaba prestados de su joven mamá. Su joven mamá practicaba en aquel entonces el oficio más antiguo del mundo (CSW – Commercial Sex Worker, en el argot del desarrollo) y los vestidos eran saltos de cama rojos de raso con muchas, muchas puntillas. Daba un poco de cosica.

A sus quince años, N. va calzado con manoletinas de Skechers y su amigo Y. vino un día con zapatos de tacón (unos cinco centímetros), porque no había encontrado nada más que ponerse en los pies.

Y eso que hemos mejorado con el tiempo. Hace unos años, nos llegó un contenedor de Austria lleno de ropa de segunda mano. Nuestra Santa Infancia desarrolló entonces una pasión por los monos de esquiar que todavía recuerdan con nostalgia. En aquel entonces, el mono de esquiar (que en amárico llamaron “la ropa completa”) junto con las chanclas eran para ellos lo más lindo entre lo lindo. Algunos de los peques, hay días en que, con seis y siete años, se presentan con pijamas enterizos de niños de dos, con sus pies cosidos al final y todo. Los botones para cambiar el pañal se les desabrochan siempre, porque les van algo canijos.

En complementos también dan lo mejor de sí mismos: gorros de bolchevique ruso, de señora de los andes peruanos, de esquiador con borla en la punta y todo y, cómo no, de rapero americano metido en rehab.

Estoy por llamar a Cibeles y reservarme pasarela para la próxima edición. Me ofrezco hasta a pagar el servicio de control de plagas y desinfección necesarios al final de nuestro show. En la bolsita promocional, regalaré collares antipulgas para que los famosos puedan sentarse despreocupadamente en mi front row. Cayetana y Alfonso, Borja Thyssen y consorte, Alfonso de Borbón y chica millonaria del Venezuela, hijos de Nati Abascal, Nati Abascal, participantes en reality shows varios… invitados quedáis. (Tengo en mente un front row–homenaje a la indolencia patria).

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Ene 26

CONTRASTES

Un sábado aproveché que mi Santa Infancia estaba enfrascada en cienes de torneos de fútbol para irme de compras. Me dí un garbeo por la zona de la iglesia de Gabriel, a unos diez minutos en coche de donde vivimos o a otros diez a pie vadeando el río asqueroso donde el Alert Hospital vierte sus residuos. Yo opté por el coche.

Iba buscando unas ensaladeras de plástico monísimas y súper poco útiles que había visto en casa de unos amigos (demasiado grandes para comer cereales en ellas y demasiado pequeñas para poner ensalada para más de dos personas. Ideales). Así, merodeando por el lugar, que en los últimos años ha mejorado un montón, me encontré a las puertas de un centro comercial que abrieron el año pasado.

Cuando ya iba a entrar, alguien gritó mi nombre, y me encontré de bruces con A., de unos quince años, uno de nuestros fracasos, que camina por la vida y por la calle con varios dientes de menos y el pelo de tres colores. Se acercó a saludarme y, al mismo tiempo, se aproximó blandiendo su bastón el seveñá del centro comercial, preparado para librarme de mi inoportuno encuentro. Me apresuré a explicar que lo conocía, con lo que la cosa no pasó a mayores. Estuve a punto de hacer eso tan frenji que es entrarse mendigos a sitios donde no tienen nada que ver (algún día hablaremos de la temporada de recogida del niño de la calle), pero lo dejé correr porque, en mi modesto entender, son cosas que no aportan nada a nadie.

Así, me dí un garbeo por el supermercado, centro comercial y spa. Hasta piscina tenía. A mí, cuando entro en estos sitios, se me queda la boca un poco demasiado abierta. Me doy cuenta cuando me entra sed, y entonces la cierro (chica lista). Había una tienda de electrodomésticos en la que vendían hasta heladeras y yogurteras. Había muy poca gente, pero bastantes lucecillas de colores de Navidad, que me parecen fascinantes.

Después de mirar un rato las luces, por no salir con las manos vacías, compré un panecillo (sólo había con semillas por encima) y una tableta de chocolate en el súper. Cuando salí a la calle, le dí las dos cosas a mi fracaso, quien a cambio me dejó jugar en un futbolín destartalado con sus colegas mientras se comía el chocolate y el panecillo, después de quitarle las semillas.

Tras despedirme, seguí paseando sin encontrar mis ensaladeras, y me volví con mi Santa Infancia. W. (nueve años) vino a saludarme emocionadísima, porque su madre se había encontrado otro botón por la calle, y se lo había cosido en el único vestido que tiene. La madre de W., aunque tiene pocos dedos, consigue coserle botones a modo de adornos, y su vestidito komche le queda así de bonito:

Esos botones me parecen belleza en estado puro. Si la gente supiera de su existencia, seguro que pagaba por verlos. Los encuentro mucho más bonitos que el spa, la piscina o las tiendas de vestidos absurdamente caros. Los encuentro, incluso, más bonitos que las luces de Navidad.

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Ene 08

FUNERAL

El domingo me fui de funeral. El modo y los ritos con los que los etíopes acompañan la muerte requerirían una enciclopedia. Por ahora, baste decir que a la gente la entierran pocas horas después de morir, y que luego se pegan una semana de recepción en casa.

El funeral al que yo fui era de una señora tigriña (del Tigray), madre de una chica que, sin ser Santa Infancia, la queremos como si lo fuera. Y allí me enteré de una cosa muy curiosa: la gente juega en los funerales. Es decir, yo hasta ahora había visto a los hombres jugar a cartas. La cosa funciona así: de repente, alguien se pone a llorar, y la demás gente lo/la sigue con gritos alucinantes, hasta que uno de los ancianos presentes se levanta y les dice que ya vale. Entonces la gente se calla y vuelven a lo que estaban, fuera charlar, comer o jugar a cartas. Así, dicen, se aseguran de que aguantarán toda la semana, porque estar gritando siete días puede ser bastante destructivo. Ahí les doy la razón.

En los funerales de los tigriños, las señoras también juegan. En el que estuve yo, había una señora muy graciosa que lanzaba varias conchas pequeñitas encima de una panera de mimbre, y hacía como que leía el futuro y adivinaba cosas según la posición de las conchas. A mí me adivinó que procedía de un país extranjero. Qué lista, le dije. Luego siguió adivinando, y me dijo que yo ganaba mucho dinero. Y ahí las señoras que me conocían le dijeron que se había equivocado. Luego me dijo que me iba a casar, pero no me supo decir con quién (y mira que se lo pregunté). Y que a mi padre le caería bien mi marido, o sea que podría casarme por amor. Y me dijo que sería muy feliz. Aunque yo ya me considero una persona feliz, le agradecí la intención.

Con la chorrada, nos reímos un montón, porque yo quería que las conchas me contestaran a un montón de cosas, y la señora me decía que me estaba emocionando demasiado, que sólo era un juego, pero a pesar de todo se inventaba respuestas bastante molonas (me dijo que mis hijos serían abeshás, y que mi marido sería rico riquísimo). Hasta que alguien se echó a llorar, y la señora guardó las conchas y se puso a llorar también.

Así es este país: de la risa al llanto, del dolor a la vida, de la muerte al futuro. Todo junto, al mismo tiempo, unido, inextricable. Una Etiopía y millones de formas de vivirla, de sufrirla. De amarla.

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Dic 21

TRIBUS URBANAS 2: LAS SECRETARIES

Bien es verdad que las secciones de este blog van un poco como les da la gana. Y así, este intento de retratos sociales que comencé con los seveñás, sólo había tenido continuidad en mi cabeza.

En esta segunda entrega analizaremos las secretaries, esos seres maquillados y enigmáticos que se esconden tras los escritorios de empresas, oficinas estatales y oenegés varias.

La secretary media presenta un físico bastante notable del cual saca el mejor de los partidos. Las secretaries tienen esta rigurosa lista de prioridades:

  1. Ir impecables
  2. Ya si eso, trabajar. Pensemos que nuestras secretaries no tienen Internet, por lo que la única alternativa al trabajo es el aburrimiento total y absoluto. Lo prefieren. Como en las películas de la posguerra, se liman las uñas.

Una de las habilidades más notables de la secretary media se pone de manifiesto con la estación de las lluvias: da igual el nivel de barro de la calle, ellas llegan con el tacón inmaculado. Que lleguen puntuales es otro cantar muy distinto. Llegan cuando llegan (y nunca antes), pero con los zapatos impolutos. A ti, que vas en deportivas todoterreno, de las de “hasta luego chicos, me voy mañana al Annapurna”, se te mete el barro hasta las bragas. Ellas pisan estratégicamente en las piedras más diminutas que sobresalen del barro, y así, con seguridad, de chinita en chinita, llegan a su oficina.

Ya en la oficina, las secretaries intentan que su cubículo de trabajo (aquí las oficinas no son muy grandes) refleje en todo su esplendor su cuqui personalidad. Así, en el ABC del equipamiento de oficina etíope figuran:

  1. Flores de plástico. Lindas, lindas.
  2. Un cartelillo con una imagen religiosa, tipo Sagrado Corazón, y una frase de la imaginería religiosa local, tipo “todo procede de Dios”, “Dios es el todo”, o “Dios lo ha creado todo” (son bastante absolutistas).
  3. Fotos de la familia. Si las secretaries tienen hijos, ponen la foto de los niños vestidos de tradicional (las niñas con el pelo alisado, como las mamás). Si las secretaries no tienen niños, ponen las de los sobrinos vestidos de tradicional. Si son bebés, el niño aparece tumbado en una cama sobre un edredón de raso rojo horrendo, con bordados en forma de corazón.
  4. La impresión en papel de uno de esos dulzones mails en cadena tipo “Diez motivos por los que hoy es un día radiante” o “Cien razones para reconocer a un verdadero amigo”, o “mandamientos para una vida ejemplar”. En Etiopía, las secretaries todavía no han descubierto los libros de autoayuda. Cuando éstos lleguen, las editoriales se van a de forrar. Descarao.

En lo relativo a su conducta, las secretaries normalmente son seres de pelo artificialmente liso, con una personalidad contradictoria. Me explico: normalmente no hacen ni el huevo, y no parecen ser capaces de hacer mucho más de lo que ya hacen. Pero esto es sólo fachada. No te equivoques: el jefe rara vez es mejor que su secretary, por lo que, aunque no lo parezca, la que corta el bacalao es la chica de las uñas estupendas. Si tú consigues ganarte a la secretary, tendrás acceso a todo lo que acontece en esa oficina, porque la tía saber, sabe. Otra cosa es que quiera compartir ese conocimiento contigo.

Caerle bien a las secretaries que trabajan a tu alrededor es vital. Yo no siempre lo consigo. Cuando perdí momentáneamente los payrolls, una de las secretaries me echó una bronca que casi me hace llorar. Y luego que son gente de modales, a la que le gusta conversar (pillar capazos, en argot de mi ciudad de procedencia), y no pueden entender que a lo mejor tú no tienes tiempo para los setecientos saludos rituales etíopes o para preguntarles por toda su familia (a la que no conoces más allá de las fotos del escritorio).

Me encanta observarlas, pero siempre me ha faltado el valor de contratar una para mí sola, no porque no la necesite, sino porque me haría sombra, sobre todo en el terreno estético. Yo para mi Santa Infancia soy (y seré) siempre la más guapa del lugar, pero opino que, a su tierna edad, no es bueno confundir su criterio dándoles elementos innecesarios de comparación. A ver si se van a liar.

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Nov 24

INCULTURACIÓN

Hemos vuelto al Amanuel Hospital con T. De hecho, hemos vuelto varias veces en las últimas dos semanas. El jueves pasado, fuimos a la desesperada, porque T. no sólo intentó hacer daño a los demás, sino que también intentó hacerse daño a sí mismo. Así que lo metimos en el coche como buenamente pudimos, y nos fuimos al hospital. Llegados al hospital, tengo que decir que, entre la fauna reinante, T. nos situaba en la cúspide del caos. Era el que más gritaba de todo el hospital. Decidieron ingresarlo pero, al ir a preguntar a la señora que administra las camas, la señora dijo que no había camas. Y allí yo me reboté un bastante, porque me sentía incapaz de controlarlo un día más.

El viernes volvimos al hospital y, oh milagro, estaba la misma señora administrando camas:
_ Perdone, buenos días, estuvimos ayer aquí…
_ Sí, me acuerdo– me contestó secamente- y os dije que os llamaría cuando hubiera una cama. Y no os he llamado
_ Ya… es que hemos pensado en venir directamente y así, si se quedaba una cama libre, pues usted no tenía que tomarse la molestia de llamar…
_ Sentaos a esperar – me cortó
Hasta a mí me quedó claro que mi perorata del día anterior sobre de quién iba a ser la responsabilidad si T. de verdad hacía algo gordo durante la noche le había molestado a la señora. Intenté disculparme, más que nada porque la tía de T. había tenido que quitarle cuchillos de las manos un par de veces durante la noche, y cuando al final lo echó de casa, a las cuatro de la mañana, T. se puso a gritar por todo el barrio, hasta que, a las seis, decidió cambiar de sitio y venir a gritar a mi ventana, hasta que me levanté y le dí de desayunar. Luego lo duché, porque había venido sin zapatos, con un ojo morado y lleno de mierda. A pesar de mis disculpas, la señora se negó a rebelarme si había una cama disponible o no. Pues a esperar.

Durante la espera, T. dio lo mejor de sí mismo: cabezazos contra la pared, proposiciones sexuales a todas las señoras de la redolada, sermones religiosos a voz en cuello… Yo lo frenaba como buenamente podía, asegurándole que todo iba a ir bien, que Dios lo quiere mucho, y pidiendo perdón a las señoras. Él a ratos me gritaba que yo era la enviada de Satán, y a veces lloraba y me pedía perdón porque yo era la Virgen María. Una fiesta, oiga.

La señora de las camas no perdía comba, porque su oficina daba al patio donde estábamos. Al final, salió:
_ ¿Eres su madre?- me preguntó
_ No– repuse- sólo soy alguien que lo ayuda
_ Pues pareces su madre– me replicó, a lo que yo me quedé sin saber muy bien qué responder.
_ Ayer no me caíste bien – me explicó- pero hoy he cambiado de idea. Se ha quedado una cama libre, y os la voy a dar a vosotros.

Hace algunos años, me hubiera puesto a despotricar como las locas, asombrada de que algo tan importante como la adjudicación de una cama de hospital psiquiátrico dependa del criterio arbitrario de una secretaria medio analfabeta. El viernes sólo tenía ganas de besar los pies de aquella señora, que se apiadaba de mí y de mi niño loquito, que ya no me llama por las noches, porque le tiemblan tanto las manos que no puede marcar los números.

A lo mejor eso es lo que llaman inculturarse: dejar de preguntarse cómo deberían de ser las cosas, dejar de asombrarte, cuz this is Africa. Callar, aceptar, rezar, trabajar. Y, cuando la suerte te sonríe, seguir luchando por los tuyos. Como las madres de mi Santa Infancia. Como yo, que no soy madre, pero a veces lo parezco.

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Nov 14

ENGAÑA LISTOS

A veces engaño a la gente que nos da el dinero par criar a nuestra Santa Infancia. No es que yo me quede la pasta, no. Hacer eso de forma sostenible durante un tiempo lo suficientemente prolongado como para forrarme, requeriría de una inteligencia de la que, humildemente lo digo, no dispongo. Y que, si yo me pusiera a robar, la Santa Infancia me lo notaría a los cinco minutos. Finos son ellos.

Tampoco es que engañe, es que camuflo mis carencias. Porque a mí de vez en cuando vienen a hacerme auditorías, en la presunción de que servidora siempre tiene tiempo y ganas de hacer las cosas como deberían hacerse. Y mira, a veces sí. Pero a veces no. Y que yo, hasta hace algunos años, era periodista. Traducido del italiano llano, yo era una “buena para nada”. Que a qué viene todo esto, comenzarán a preguntarse ustedes. Pues viene a que, en ocasiones, cuando llegan estos señores a examinar mi precario sistema contable, pues no siempre las cosas están como deberían estar. Sí soy capaz de demostrar en qué nos hemos gastado la pasta, pero no tengo los informes todo lo aparentes que debiera. Y esto yo lo sé. Pero ellos, así, a bote pronto, no.

He desarrollado un sistema: primero les hago ver todo nuestro centro, con nuestros cienes de niños inmersos en cienes de actividades. El objetivo, realmente, no es enseñarles nuestro trabajo, sino indicarle sutilmente a la Santa Infancia que tenemos invitados. Luego, cuando ya están bastante impresionadillos, los paso a la oficina para enseñarles la parte contable. Y –aquí viene el truco-, dejo la puerta abierta. Sé fehacientemente que la Santa Infancia es incapaz de pasar delante de la oficina, ver la puerta abierta, y no intentar entrar. Y entonces, cuando ya les he enseñado nuestros registros -una cosa es maquillar nuestro nivel de competencia burocrática, y otra es negarse a rendir cuentas, que eso sí está feo-, y están a punto de hacerme todas esas preguntas que evidenciarán que me faltan al menos dos o tres sistemas de seguridad y control contables, la Santa Infancia empieza a entrar en la oficina, y empiezan a besar a estos señores, y a decir cosas divertidas. Y entonces, los señores contables se emocionan un montón, y dejan para luego la parte contable, y salen al patio y se hacen fotos con la Santa Infancia, que los quiere tanto (porque quieren a todo el mundo). Y así, entre besos, fotos y gracietas, pues se les olvida preguntarme si yo pido siempre tres presupuestos antes de cada compra, o si cada vez que el coche sale por la puerta obligo a quien lo conduce a rellenar un informe, y así no tengo que explicarles que yo ya sé que mi chófer se pasa la mitad del tiempo en distintas cafeterías, y que utilizó el coche sin mi permiso para mudarse de casa, y que para saber todas estas cosas, no me hace falta ningún formulario.

Los hay que, después de la turné, hasta me felicitan. Lo juro.

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Oct 26

THE CITY AND… THE CITY

Hoy vamos a hablar de La Ciudad. Addis Abeba. Me ha costado cinco años adquirir los conocimientos necesarios para redactar este post. Como saben mis amistades, una de mis grandes carencias es el sentido de la orientación. No es que Dios no me haya bendecido con el don de orientarme, no. Es que me quitó el que venía de serie.

Si alguien me preguntara por mi zona favorita (una pena que nadie me pregunte ese tipo de cosas), le respondería sin dudar: Kasanchis. Me encanta Kasanchis. Si fuera una frenji como Dios manda –es decir, con un sueldín-, me iría a vivir a Kasanchis. Estás cerca de todo y fuera de la Bole. La Bole también me gusta, pero ya que te molestas en vivir en un país que no es el tuyo, digo yo que una mínima interacción con la fauna local está bien tenerla. Y en la Bole eso no te pasa demasiado, porque hay mucho frenji suelto, y los abeshás que viven allí son más frenjis que los propios frenjis. Y que, puestos a vivir en la Bole, pues vive en la Tele Bole (que es la calle de al lado de la Bole), que es más mona y tiene menos tráfico. La llaman Tele Bole porque hay un edificio de las telecomunicaciones. Los nombres aquí son bastante imaginativos, como se ve.

Kasanchis está cerca de Bole, pero no es tan pijo como Bole. Tiene de todo, los alquileres son más baratos que en Bole y, si te aburres, siempre puedes darte un garbeo a la noche para observar la elevada densidad de prostitutas por metro cuadrado. Además, allí está La Vòtre, que es un bar como muy apañado donde celebran hasta el Oktober Fest. Y dan salchichas de verdad y cerveza de barril. He oído que a veces lo frecuentan españoles.

Después de Kasanchis, mi segundo barrio en el ránking es Piazza y sus numerosas tiendas. Un poco como Rodeo Drive. Puedes encontrar desde sillas de ruedas hasta generadores eléctricos, pasando por madera, lámparas y accesorios de fontanería. Hay una calle toda de joyerías, donde venden los míticos sistemas solares (son como planetas dorados) que se ponen las novias trenzados en los cabellos para las bodas.

No demasiado lejos de Piazza, llegas a Arat y Setdist Kilo (Cuatro y Seis Kilómetros respectivamente), que son barrios universitarios, también bastante apañados, a los que normalmente vas cuando visitas los museos de Addis. Yo recomiendo el Museo de la Universidad, que cuenta los últimos días del Emperador, que a mí me parece mucho, mucho más mono (y más limpio) que el Museo Nacional y su horrenda reproducción de Lucy, también situado en la misma zona.

¿Que dónde vivo yo? En Mekanissa, reina. En llegando a tomar por culo, sigue la peste, que llegas fijo. A mí me gusta, porque me encanta Kore, que es donde vive mi Santa Infancia, pero reconozco que esto es algo que no todo el mundo aprecia. Eso y que el barrio de al lado del basurero se llama Ayer Tena, que quiere decir El Aire de la Salud, y me muero de la risa cada vez que lo pienso. Como centros neurálgicos tenemos Koshe, el Alert Hospital y, pasado Ayer Tena, el Fistula Hospital. Museos no hay. Luz en las calles por la noche, tampoco. Pero de vez en cuando vemos carros tirados por caballos (llamados gari), que siempre te dan alegría, un poco rollo rociero. Y olé.

P.D: El título es un homenaje a Carrie Bradshaw. Mi sueño es hacerme una sesión de fotos, vestida con el tutú de Sarah Jessica, en lo más alto de Koshe. Es lo que tiene Addis, la ciudad de los sueños imposibles.

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Oct 15

DIARIO DE KAKTUS JONES

Querido diario:

Hoy hemos decidido empezar a preparar Thanksgiving con las voluntarias americanas (de ahora en adelante, Las Criaturas Americanas). Nos ha pegado la ventolera frenji y hemos decidido engordar nuestro propio pavo. Digo la ventolera frenji, porque a la mayoría de frenjis que viven aquí les da por acabar criando algo (perros, cervatillos, avestruces, ovejas… de todo han visto mis ojos en los patios traseros de las mejores casas de Bole).

Metidas ya en situación frenji, hemos decidido ir nada menos que a Debre Zeit (55 kilómetros de Addis) a buscar el pavo de nuestros sueños en la Genesis Farm, que es un sitio muy frenji (y muy protestante) en el que, además de yogures y leche, también venden verduras y huevos. Pero no pavos. Ni pollos, según nos hemos enterado cuando nos hemos plantado allí. Bueno, nos han dicho que a lo mejor un pollo nos lo podrían vender, pero pidiendo cita primero. Vamos, que hay que reservar el pollo, se ve.

Sin desanimarnos, hemos buscado la complicidad de un alegre lugareño que nos ha llevado en una maravillosa turné por todas las granjas de pollos de Debre Zeit. Lo del pavo nos ha dicho que era una utopía. Y, después de que se nos hayan reído en la cara en todas las granjas del lugar, al final en una han accedido a vendernos un pollo de corral. Como era muy pequeño, y los lugareños aseguraban que se nos iba a morir, pues hemos comprado dos. Y nos hemos vuelto a Addis con nuestros dos pollos. De corral.

He llegado justo a tiempo para ir a la reunión de padres de una de las escuelas estatales a las que asiste nuestra Santa Infancia. La escuela en cuestión está pegada al Alert Hospital, en mitad del barrio-slum de Kore. He ido en el coche que estoy cuidando (alguien me dejó un coche para que lo cuidara durante un tiempo), porque no quería llegar tarde, porque la Santa Infancia me había asegurado que empezaba a la una. Quiá. He llegado la primera entre las primeras. He aparcado en la puerta. Cuando el seveñá de la escuela me ha dicho que entrara el coche dentro del recinto, he empezado a explicarle que bastante cantazo es ya ser la única frenji como para ser también la única que llega en coche. Y en esas estaba yo cuando ha saltado la alarma antirrobo del coche, dando por finalizados mis planes de incógnito. Se ha formado un círculo bastante curioso, en lo que yo averiguaba cómo desconectar la cosa ésa.

Finalmente ha empezado la reunión. En una de las clases estábamos un centenar de padres y yo, que iba con A., a la que le encanta fingir que verdaderamente somos madre e hija, ante la estupefacción de la concurrencia. Yo ya ni me molesto en desmentirla. La gente intentaba explicarle que era materialmente imposible que yo fuera su madre de verdad de la buena. Y ella que nada, que ésta es mi madre y que lo de la diferencia cromática, una mera anécdota.

Yo empezaba a sentirme invadida por una sensación extraña. Una desazón. He entendido lo que era cuando hemos tenido que votar algo relativo a la distribución de los libros (de la mitad no me he enterado, y he votado lo que me ha dicho A., que para algo es la que asiste a la escuela). Al ochenta por ciento de los allí presentes les faltaban dedos. Yo era de las pocas poquísimas que tenía los diez dedos de la mano. El Alert está especializado en lepra, y gran parte de la gente que vive en Kore ha sufrido esta enfermedad, como bien testimoniaban los padres de la clase donde yo me encontraba.

Había también un señor que nos ha hablado un rato, que ha dicho que pertenecía a la Asociación de Padres. Y yo le he dicho a A., “mira, éste sí tiene todos los dedos” (porque los tenía). Y A. me ha respondido: “pero lleva muletas”. No me había fijado, porque el señor estaba de pie, pero se apoyaba en muletas para caminar.

Tres horas, querido diario, ha durado la reunión. Es lo que tienen los leprosos, que nunca tienen prisa, porque la mayoría no curran. Han estado dos horas discutiendo los dos euros de cuota escolar anual que hay que pagar. La gentes estaba súper indignada. Había un señor sin nariz que gritaba el que más. Al final me he hartado, y me he animado a participar en el debate. Le he pedido al señor que gritaba que dejara de gritar porque:
1. Dos euros por todo un año de educación no son n.a.d.a. En los tres cafés que todo cristo se toma al día se gastan mucho más. Calculando, salían tres birr al mes. Un cuaderno pequeño vale tres birr. Medio kilo de naranjas vale tres birr. Dos huevos valen tres birr. Coño, ahorre.
2. El señor en cuestión, que lo había visto yo, está ayudado en un proyecto de una ong que le paga las cuotas escolares de los niños, con que no sé a qué venía tanto grito. Lo mismo aplicaba para una gran mayoría de los descontentos. Los leprosos son target prioritario para la mayoría de proyectos de la zona (incluidos nosotros). Y somos unos cuantos (proyectos y leprosos).

En cualquier caso, la gente estaba tan estupefacta al ver una frenji hablando amárico que no sé si se han enterado muy bien de lo que he dicho, pero se ha acabado la discusión, porque, total, las cuotas las hemos pagado ya. Luego han hablado algo del Sida, y allí hemos descubierto que la gente con dedos era seropositiva.

He llegado a casa, querido diario, justo a tiempo para comprobar que había cerrado mal la puerta, el perro había entrado dentro, y se había zampado mis dos pollos de corral sin dejar ni una pluma.

Y nada más.

Hasta mañana:

Kaktus

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Oct 04

SONRISAS Y…

Este año tenemos un manatí . Obviamente, no es un manatí real. Es un miembro de la Santa Infancia que, a Dios pongo por testigo, tiene cara de manatí. La Santa Infancia al principio decía que tiene cara de rata, porque no saben lo que es un manatí. Ahora, aunque todavía no saben lo que es un manatí (no he encontrado ninguna foto), pues todos lo llaman Manatí. Es curioso, porque los únicos que pillamos el chiste somos los frenjis, que nos encanta decir cosas como, “el Manatí se ha cagado, hay que limpiarlo”, o “el Manatí está berreando en mitad del patio”. Y es que al Manatí, que tiene siete años, antes lo llamábamos Claxon, porque cada dos minutos se ponía a rugir como un becerro y nos mataba bastante los nervios.

Además de la cara, el Manatí tiene piel de manatí. Nunca he tocado un beluga, pero su piel tiene por fuerza que ser igual de suave que la de nuestro Manatí. De verdad que es como alucinante: no es que tenga la piel como el culito de un bebé, es que tiene la piel como una reproducción sintética y perfeccionada, elaborada experimentalmente en los laboratorios de Procter & Gamble, del culito de un bebé. Me paso horas acariciándole las mejillas y el Manatí se ríe sin saber muy bien por qué, porque es algo tonto.

Como digo, el Manatí al principio nos sacaba de quicio, porque a lo mejor estábamos jugando a pillar, y alguien empujaba por error al Manatí, y de repente se tirada al suelo y se ponía a chillar como un lechón al que le están haciendo un tatoo del Entierro del Conde Orgaz en el omoplato, y no había quien lo calmara.

Esto la Santa Infancia lo hace mucho, que por cualquier tontería se pegan jartás de llorar. Yo instruyo siempre a nuestro personal: si chillan, es que no les pasa nada. Es una verdad universal. Cuando a la Santa Infancia le duele algo de verdad de la buena, no dicen ni mú. Cuando a la Santa Infancia algo le hace mal, al máximo les caen dos o tres lágrimas, como gotas de agua de las estalactitas, que llevan meses preparándose a caer, hasta que al final ruedan mejilla abajo. Un poco como en los anuncios de Veri.

Eso nos pasó el otro día con T. (once años), que lloraba bajito porque le da mucha rabia tener que ir a mendigar con su padre que es ciego. Porque a T. no le parece justo que, para dos meses al año que su padre pasa en casa (los necesarios para procrear otro hermanito con la madre de T.), él tenga que cuidarlo todo el tiempo. Porque a T., aunque no lo dice, lo que de verdad le gustaría es que su padre no volviera más. A T., además, le da mucha rabia ser pobre, y, cuando le preguntamos si tiene algún problema, sólo baja la vista y deja correr dos lágrimas. Una y dos.

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