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Posts Tagged ‘Sociedad’

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Mar 10

LA PELU

Pues sí, fui a la pelu. El sitio me lo reservo, para que no se diga que hago publicidad a nadie (sin recibir el correspondiente honorario, claro). Era un sitio super fashion, super frenji, donde incluso tenían revistuchas de cotilleo americanas. El café también era americano. Total que lavar y cortar, con la tontería de la decoración cuqui y la peluquera recién llegada de su diáspora canadiense, me costó 200 birr (unos 8 euros al cambio). Como todas las compras culpables, pasarlo a euros ayuda mucho a dormir mejor.

Respecto al estilismo en sí, yo iba con Alice (la hermana de Edward) en la cabeza, y al final ha resultado ser una versión algo (sólo algo) más moderna del mítico hongo nuclear que en tiempos me cascaba la peluquera armenia.

Al día siguiente, la Santa Infancia acogió mi nuevo corte de pelo con gran algarabía, dentro del duelo que mantienen cada vez que me corto el pelo. Me preguntaron que dónde me lo había cortado:

_ En una peluquería – dije yo, sin especificar que las peluqueras vestían unos uniformes monísimos, y que había incluso agua caliente en el local.

_ Y cuánto te ha costado – y allí me decidí a mentir. Es duro decirle a un niño que te has gastado el equivalente a la mitad del alquiler mensual de su casa en cortarte el pelo. Así, fui a lo seguro:

_ Treinta birr

_ Desde luego, te lo hemos dicho mil veces, que tienes que ir con nosotros a los sitios. Te estafan siempre.

Se ve que realmente cuesta 25 birr. Pero seguro que en esos sitios donde ellos me llevarían no tienen revistas guays.

 

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Nov 15

ECHANDO DE MENOS (Y DE MÁS)

Hace unos días vino B., que a veces parece un poco tonto, pero que no lo es en absoluto, y me dijo:

_ Estoy enfadado contigo

_ ¿Y eso? –yo, ante estas declaraciones de amor, reacciono con normalidad. Trabajo con adolescentes. SIEMPRE hay alguien rebotado conmigo.

_ Te has llevado a M. , y no me has dicho nada

_ No me lo he llevado –corrijo- lo hemos metido en un internado – es verdad, desde hace un mes, está felizmente internado con una congregación de curas. Dicen que es la sensación del internado – y sabes que es por su bien.

_ Ya, pero no me habías dicho nada

_ Lo siento –concedo

_ Y lo echo de menos

Y ahí sí no puedo ayudarle. Yo también lo echo de menos, pero estoy infinitamente contenta de que hayamos encontrado una solución que lo ha apartado de las calles y de su madre. Porque en los últimos meses, M. se había convertido también en la sensación del barrio, la mascota de todos los macarras.

 

En vez de venir al cole, se iba a pedir limosna a los minibuses. Hasta ahí, pues normal. Nuestra Santa Infancia tiene una tendencia natural a pedir (y a necesitar) limosna. Yo intenté combatir el instinto:

_ M., tienes que venir a clase. La calle es peligrosa. Para los macarras eres como un cachorro, y te abandonarán cuando crezcas – es verdad. La gente le toma cariño a los niños pequeños y, cuando crecen, los mandan a tomar por saco. Este año era el turno de M. como Niño Gracioso. Como la presidencia de la Unión Europea, el título de Niño Gracioso caduca más o menos a los seis meses.

_ Además, -proseguí-, te estás jugando la vida por unos céntimos de nada – la efectividad de sus actos puede ser un concepto difícil para un niño de seis años, pero no imposible – porque, ayer, al final, ¿cuánto dinero recogiste?

M., baja los ojos. Evita siempre el contacto visual, para regocijo de las que nos empapamos de manuales de psicología evolutiva. Se lleva la mano al bolsillo, cuenta, y me comunica:

_ Ciento cincuenta birr

Coño pelota. Eso es una pasta.

_ Un señor me dio cien birr, y los otros cincuenta me los dio otra gente. Además, una señora me dio ropa nueva y zapatos.

Y, mientras miraba a nuestro pequeño Huckleberry Finn, vestido más limpio que en todos los días de su vida, me di cuenta de que el problema era serio. Si yo fuera él, y cada día me encontrara ciento cincuenta birr, más ropa, más zapatos, con las narices que iba yo al colegio.

Y así procedimos a buscarle un internado en el campo. Y, con mucha ayuda de mucha gente, lo encontramos.

Lo echo de menos. Los macarras del barrio me preguntan por él. También ellos lo echan de menos. Luego me he enterado de que es porque el pequeño M. les pagaba la comida con lo que sacaba mendigando. Desde que se fue, no han vuelto a comer caliente.

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Jul 10

PATINAZO

Como ya hemos explicado alguna vez, nuestro cine de barrio es una actividad floreciente. La Santa Infancia presenta la misma ausencia de criterio cualitativo que la mítica Señora de Cuenca , y así vemos de todo un poco, en la seguridad de que todo les encanta.

En vacaciones compré 28 Días Después (no la de Sandra Bullock rehabilitándose a base de plantas que florecen, sino la de gente que se come a gente). Yo no la había visto, y, a pesar de mi disgusto, la Santa Infancia rugía de placer. En la misma línea, la semana pasada vimos Rec. Nuevo éxito de público y crítica.

El problema de nuestro cine es la disparidad de público: hay niños desde los cinco hasta los veinticinco.

Unos días más tarde, vino la madre de H., uno de los pequeños, a pedirme permiso para llevarse al niño a las aguas benditas durante tres días. “¿Y eso”, le pregunté yo, temiendo que el niño estuviera enfermo. “Porque desde el domingo no duerme. Tiene pesadillas y se despierta gritando”. Llamé a H. y le pregunté el argumento de sus sueños. Respuesta concisa: frenjis que se comen a otros frenjis. Y así se ha ganado una estancia de tres días en el manantial, en aras de la armonía familiar (la casa sólo tiene una habitación, y son varios niños pequeños, con lo cual los terrores nocturnos se contagian como la gripe o el canibalismo de películas de miedo de serie B).

Nuestro comité de programación –a la sazón compuesto por servidora y ella misma- ha decidido revisar los criterios de nuestro espectáculo. Los disidentes de turno claman que esto son daños colaterales, pero estamos aguantando el tirón. Este domingo: Sonrisas y Lágrimas (misteriosa traducción donde las haya de The Sound of Music, pero nunca tan divertida como la italiana: Todos juntos apasionadamente). Qué suerte la de los programadores de televisión, que nunca se enfrentan cara a cara a su público…

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Jul 07

REGALINES

Si trabajas en el campo social, antes o después alguien te regalará algo. Los etíopes son muy efusivos en sus demostraciones de agradecimiento, y siempre te compran pequeños detalles propios de su cultura. Pequeños detalles mayormente horribles. Lo penúltimo que me cayó en suerte fue este lindísimo cuadro, junto a las increíbles sandalias. El cuadro podría habérmelo regalado Heidi. Las sandalias tienen pelo. Me lo mandó todo un ex trabajador que actualmente trabaja en Bahar Dar. Se ve que las cumbres nevadas son típicas de allí.




Con los años, te vas sintiendo un poco como las madres que reciben las manualidades que sus vástagos confeccionan en el cole para el Día de la Madre: no sabes muy bien qué hacer con ellos, porque aprecias el gesto, pero tampoco quieres toparte con esas obras de arte cada freaking segundo de tu existencia. Quiero decir, te has pasado meses decorando tu casa, y a lo mejor en el estilo Ikea no sabes dónde meter el cenicero hecho con pinzas de tender la ropa. Sin tener un estilo definido en mi casa, yo había pensado colgar el cuadro en el baño, pero incluso allí es demasiado horrible. Uno pasa un cierto tiempo en el baño. Además, si la persona que me lo regaló viene a mi casa, creo que se ofendería. No digo que sin razón.

Así, he decidido establecer la Esquina de los Horrores en un rincón de mi casa. Allí colgaré todos esos adefesios que he acumulado en estos años: la gacela, un cuadro sobre la ceremonia del café que lleva media taza pegada y un puñado de palomitas reales también encoladas, los múltiples cuadros con frases religiosas en amárico (“Egziabier Geta New”, Dios es Señor, y demás), y los diversos collages a base de miniaturas tradicionales, como instrumentos musicales etíopes o atrezzos religiosos.

Me quedan por adjudicar los horrores de vestuario. Tengo hasta un albornoz lleno de cruces bordadas, pasando por cubrecamas y diversas variantes del vestido abeshá tradicional. Esos me los voy poniendo en las fiestas, dejando a un lado los vestidos ideales que de vez en cuando me manda mi familia y que me quedan infinitamente mejor. Con el albornoz, sinceramente, no sé qué hacer. Es que tampoco empapa mucho como para cambiarlo por la toalla.

En estas ocasiones de agradecimiento –ceremonias del café, fiestas de final de curso, cumpleaños…-, lo mejor que te puede pasar es que te regalen un foulard. Yo tengo entre quince y veinte, y casi nunca llevo foulard, porque creo que hay que saber llevarlo, y, cuando me pongo alguno, me paso el día peleando con el dichoso foulard. Los últimos tres que he recibido (uno de mis criaturas voluntarias por mi cumple, otro de Brother House por Navidad y otro de un grupo de madres de la Santa Infancia que celebraban su segundo cumpleaños como asociación), son el mismo pañuelo en distintos tonos. Por el momento: violeta, amarillo y blanco. Le he echado el ojo al naranja de la misma gama, y supongo que antes o después me caerá.

Al final, tu armario parece un todo a cien bastante particular, dominado por el toque cultural en su versión más folclórica. Hay souvenirs monos, y luego están esos que te regalan a ti: flores de plástico, cuadros pintados sobre cuero, recipientes minúsculos cubiertos en pelo de cabra (cuando ya tienes cuatro, ya no quieres más. Tampoco tienes tantos anillos que guardar, y además suelen oler a leche rancia), cruces de todos los tamaños y colores, en plástico, madera o metal; además de múltiples pulseras y pendientes hechos de los materiales más variopintos, desde perlas de plástico hasta chapas de refresco. Si tuvieras que ponerte todo eso, parecerías un árbol de Navidad versión Timket* y Geter* tradicional para usuarios avanzados.

Y todo eso es siempre mejor que la comida. A mí me mola cuando me regalan un medio kilo de kolo*, pero no cuando este medio kilo es de café verde, porque yo no sé tostar el café, no tengo molinillo, y me tengo que poner a improvisar en el horno de casa, lo que implica siempre una humera infernal y resultados bastante pobres en lo que viene siendo el sabor. Si el medio kilo es de miel pura, con sus abejitas muertas dentro y sus cachos de insecto caramelizados eternamente, ya ni te cuento.

La Santa Infancia es más de regalarme mierdetas que se encuentran por la calle: baterías de móviles (por si funcionan y me sirven para el mío), flores varias, o joyería de contenedor (colgantes en forma de corazón con la cadena rota, pendientes oxidados, diademas descolorías…) Y vas acumulando un pingo detrás de otro, porque –te dices-, son el símbolo latente de lo mucho que la gente te quiere.

A mí una vez mi familia me regaló un paraguas por mi cumpleaños, y los gritos se oyeron en Fernando Poo. Yo antes era una persona “high maintenance”, como dicen en las series americanas. Ahora, mi Santa Infancia me regala un caramelo a medio chupar y se me saltan las lágrimas de la emoción. Por lo menos nadie espera que lo cuelgue en la pared.

* Timket: la fiesta del Bautismo de Cristo. Es una de las fiestas más importantes del calendario ortodoxo.
*Gueter: por si alguien lo había olvidado, el conuntryside
*Kolo: son semillas tostadas que se dan como aperitivo. Un poco como las pipas sin cáscara.

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Jul 06

WHAT A WONDERFUL WORLD

Tras mi último post, alguien podría pensar que soy una resentía y una negativa y una amargada. Seguramente tenga razón. También les aseguro que la gente que me rodea en mi realidad cotidiana piensa que soy irracionalmente optimista.

Si lo último fue un elenco de “aquellas pequeñas cosas que (…) hacen que lloremos cuando nadie nos ve”, hoy les ofrezco la lista de lo que más me fascina de esta cultura que me acoje en la actualidad.

Las manos.
A lo mejor no es un elemento enteramente cultural o definitorio, pero me pasaría horas mirando el modo en que los etíopes gesticulan o trabajan manualmente. A veces me quedo ensimismada mirando las manos de la gente que lava la ropa, o de las madres de mi Santa Infancia cuando intentan explicarme algo. No sé por qué. Creo que toda la dignidad que tienen puede concentrarse en esos pequeños gestos.

Risas mil.
Son divertidos. A lo mejor no de la misma manera que nosotros europeos, pero pueden ser muy divertidos. La gente de un cierto nivel cultural entiende el sarcasmo y la ironía. Aquellos que no llegan hasta ese nivel, en cualquier caso, son divertidos en su sencillez y en su dramatismo. Ejemplo: recientemente, en comemoración de Ginbot 20 (aniversario de la caída de Mengistu Hailemariam), el gobierno organizó una gran fiesta en Meskel Square. La Santa Infancia me anunció que en la escuela pública les habían ofrecido la posibilidad de ir a ver a Meles en directo:
_ ¿Y qué vais a hacer cuando tengáis a Meles delante? –, les pregunté
_ Le vamos a dar en mano el dinero para la presa del río Abay –que es una cosa que, si has asistido a todas las campañas de recolección del dinero, te parece muy graciosa si te pones a imaginar a todos los escolares de Addis Abeba en fila para darle sus diez birr a Meles para la presa del Abay.
Además, tienen la capacidad de reírse de ellos mismos, y eso siempre es un plus muy, muy importante.

Sensibilidad de bolero.
Les van las emociones fáciles y sencillas, por lo que es muy fácil comunicar conceptos fundamentales. Es fácil emocionarles o hacerles reír. También es fácil acojonarles o hacer que te tomen en serio. Es fácil provocar su complicidad o darles pena. Es un poco como vivir en una telenovela latinoamericana, pero no está mal. Si te dedicas a trabajar con la gente, prácticamente siempre sabes qué están sintiendo (que, ojo, no es lo mismo que saber qué están pensando). Y, como es fácil provocar emociones, es también fácil manipularlos usarlas en tu propio provecho. Todo el mundo sabe que el chantaje emocional es la base de la educación. Tienes que tener cuidado, porque si se emocionan demasiado, al final resulta que en vez de respetarte, viven acojonados, o que en vez de solidarizarse con una desgracia ajena, se deprimen, o que en vez de cogerte cariño, te adoren incondicionalmente. Y esto último, si no eres Alanis, no eres digna.

La desgracia abierta.
En nuestra sociedad (esa que celebra la Eurocopa), la mala suerte, la desgracia, la tristeza están mal vistas. Son incómodas. Cuando tú le preguntas a alguien ¿cómo estás?, la mayor parte del tiempo esperas que te contesten “bien, gracias”. Y ya. Quien más quien menos intenta camuflar sus penurias y aparentar una tranquila felicidad.
En lo relativo a los saludos, también los etíopes intercambian información estereotipada e inservible. Pero cuando la desgracia llama a tu puerta (o se planta directamente en tu salón) no tienes por qué avergonzarte. Nadie espera de tí un gran autocontrol. Cuando alguien cercano a ti muere, tienes todo el derecho a gritar y a mesarte los cabellos. Como ya expliqué, es algo cultural. Pero lo cierto es que cuando experimentas una pérdida brutal en tu vida, realmente querrías hacer eso: gritar hasta que estuvieras tan cansada que ya no sintieras nada. En Etiopía, puedes hacerlo.
Del mismo modo, compartes tus variadas tribulaciones. Si tu marido es un borracho, lo comentas abiertamente. Si tu hija hace dos meses que trabaja en un bunna-bet, todas tus vecinas lo saben. A lo mejor nadie te ofrecerá soluciones, pero, al menos, no tienes que esconderte. Y nadie te juzgará por eso.

Valorar el esfuerzo ajeno.

A poco que seas una curranta medianamente afanada, la gente lo valorará un montón. No digo que no sea por contraste con la paupérrima eficacia reinante en el ámbito laboral por aquí, pero el hecho es que puedes ser la peor persona del mundo que, si eres trabajadora, se te perdonará todo. Como está escrito en el best seller “vuestras obras os salvarán”.

Help! I need somebody.
Si vas cargada por la calle, recibirás una media de tres ofertas por minuto para ayudarte a llevar tu carga. Esto no sé muy bien por qué es, pero si te ven haciendo algo que requiere un esfuerzo físico, siempre se ofrecerán a ayudarte. Del mismo modo, si pides ayuda a desconocidos –por ejemplo, preguntar una dirección-, harán todo lo posible por ayudarte. Aviso para turistas: a veces esta ayuda se paga. Pero, si no eres turista, normalmente lo hacen desinteresadamente.

Hay muchísimas cosas más, como los mercados, el plástico, la capacidad de cargar camiones con cargas que superan varios metros el perímetro del camión o –siguiendo con el transporte-, los chicos que gritan la ruta en las furgonetillas de transporte urbano. Todo fascinating, tú.

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Jul 03

DE LOS NERVIOS

Dicen que cuando uno se va a vivir a otro país, especialmente si la cultura en el mismo es radicalmente distinta de la cultura de origen, se atraviesa por varias etapas. En un primer momento, uno se hace super fan de la nueva cultura. Le fascina la ropa, los ritos, la gente le parece encantadora… Al cabo de algunas semanas, se pasa al extremo contrario: se tiende a despreciar todo y a comparar despectivamente con nuestra cultura original, tipo “todo apesta y mientras no se den cuenta de que apesta no irán a ningún lado”. Al final, uno se instala como buenamente puede en un precario equilibrio que combina los días de desaliento total con otros donde la nueva cultura nos sigue fascinando en su complejidad (¡toma tópico!)

Si el cambio cultural se vive en un país del llamado Tercer Mundo (sí, ya sé que la denominación está algo pasada de moda), el riesgo de caer en tópicos negativos –“cómo no van a ser pobres, si aquí no hay nadie que empieza a trabajar a la hora fijada”, “tienen unos huevos como bolas de barandado”…- asociados a la pobreza del país es todavía mayor. Y, no nos equivoquemos, el racismo es una amenaza latente en todo este proceso. Yo reconozco que desde que vivo aquí, caigo en pensamientos de vergonzosa superioridad moral y de cierto racismo. Creo que sé más cosas que ellos y que tengo razón más veces que ellos, entendiendo como “ellos” todo el pueblo etíope. Tiendo a comparar la situación actual de este país con la España de mis abuelos, y, en el fondo, creo que deberían seguir un camino de desarrollo cultural y económico similar al de muchos países europes. Como se ve, no me dieron mi puesto de trabajo debido a mis profundos análisis en materia de desarrollo global. Tiendo también a culpar a la gente de su propia desgracia, y en muchas ocasiones me siento tentada a acabar las discusiones diciendo “la pobreza principal es la pobreza mental”. Gracias a Dios, las buenas maneras me lo impiden. La mayor parte del tiempo. Una vez lo solté en una oficina de la Agencia Nacional de Inteligencia. Pero es que no sabían donde estaban los Países Bajos. En una Agencia Nacional de Inteligencia.

En este punto, ustedes se preguntarán qué puñetas hago aquí, si a mí la idea de África como destino de comunión cultural me parece material de folletos estampados en marrón y naranja, con fondos en arena o madera. Yo hay días que también me lo pregunto, y la mayor parte del tiempo la Santa Infancia dice alguna chorrada que me hace reír y que me salva de salir corriendo hacia el aeropuerto. Otros días intento individualizar lo que verdaderamente me pone de los nervios y situarlo en su justa dimensión. Conocer a tu enemigo es la mejor manera de vencerlo. Y así, les comunico que toda esta digresión iba únicamente encaminada a introducir un elenco de cosas propias de la cultura etíope (según mi percepción) y que me dificultan la vida extremadamente. Sé que es un elenco hecho de tópicos y la realidad presenta –por suerte- muchas excepciones a la regla.

La negación de la evidencia:
Los etíopes no son muy de reconocer errores o culpas. Para acusarlos de algo necesitas cienes de evidencias, testigos y, sobre todo, pillarlos in fraganti. Y, a pesar de eso, negarán como bellacos. Ejemplo: pillas aun niño saliendo de clase con un puñado de bolígrafos en la mano. Sabe que no tiene permiso para sacar ningún tipo de material escolar, ergo está robando conscientemente.
_ ¿De dónde has cogido los bolis?
_ ¿Qué bolis? Yo no he hecho nada, yo no he cogido nada.

Y los bolis los tiene en la mano, en esa mano que ambos dos estáis viendo. Da igual. Negará haber cogido nada y, de repente, ni siquiera sabrá lo que es un boli. Si los bolis no existen, tampoco puede tenerlos en la mano. Consecuentemente, no es culpable de nada. Son momentos de gran frustración, porque te da la sensación de que te está tomando el pelo un niño de cinco años. Pero no te preocupes, luego descubrirás que también te pueden tomar el pelo señoras de cuarenta, hombres de cincuenta, adolescentes y, por supuesto, tus propios trabajadores. Yo no he sido.

El racismo.
No es que tu piel te delate. Es que tu piel te define, te condiciona y te limita. Eres abesha, frenji o china. La gente de Gambella son caníbales; los amara son vagos; los guragues, rácanos; los de Sashamane, ladrones; los del Tigray, tozudos. Todos los países tienen sus tópicos regionales. El problema es cuando nunca serás nada más que el tópico. Para bien o para mal. En el caso de los frenjis, por el mero hecho de serlo, te tratarán mejor o peor, pero nunca igual que a un abeshá. Por muchos años que vivas en Etiopía, serás siempre un invitado.
El racismo impregna la sociedad etíope, a pesar de la propaganda que habla de un país donde decenas de culturas conviven en paz y respeto. Mentira. A menudo achacan sus comentarios racistas a problemas lingüísticos. También mentira. La mayoría de las veces que me siento insultada, me siento insultada en amárico. Ejemplo: estoy esperando en una clínica, y van llamando a todos los pacientes. A los pacientes etíopes los llaman: “señor Abebe, señora Burtukan, señorita Kalkidan”. Cuando llega mi turno, la enfermera me señala y me dice “you. Come”. No soy ni señora, ni señorita, ni señor. Soy “you”. Cuando hablen de mí, tampoco seré ni señora, ni señorita, ni señor. Seré “la frenji”. Y, a pesar de todo, es mucho mejor ser frenji que china. Considero que ni todo el oro del mundo podría compensar las humillaciones que sufren continuamente los asiáticos que viven en este país. Si a los frenjis nos gritan por la calle, a los asiáticos les aúllan.
Como ya he explicado alguna vez, esta mentalidad se extiende también a las relaciones inter-étnicas. Sólo que ningún etíope se considera racista, no consideran el racismo un problema y, por lo tanto, no se hace nada para cambiar tópicos. De hecho, cuando tú señales situaciones de flagrante racismo, se quedarán profundamente sorprendidos y no entenderán muy bien exactamente de qué te quejas. La conclusión: te quejas porque eres frenji.

Robar a un frenji no está mal.
Esto sería un corolario del anterior punto. Todos los frenjis son ricos, todos los abeshás son pobres, ergo robarle a un frenji es sólo un modo de equilibrar la balanza. Si fuéramos sinceros, cuando redactamos una propuesta de financiación para un proyecto de Cooperación al Desarrollo, en la casilla de condiciones externas a tener en cuenta deberíamos incluir el hecho de que –especialmente si el coordinador del proyecto en terreno es expatriado- un treinta por ciento de los beneficiarios intentará engañar/robar/recibir más de lo que le corresponde en algún momento del proyecto. En el punto dos deberíamos escribir lo mismo acerca de las personas que trabajen en el proyecto. Al menos un cuarto del tiempo y energías que inviertas en un Proyecto de Desarrollo, lo pasarás diseñando mecanismos de control que impidan este tipo de prácticas. Ten siempre en cuenta que tus beneficiarios pasarán al menos el mismo porcentaje de su tiempo (y tienen más tiempo que tú) pensando en cómo engañar /robar/recibir más de lo que les corresponde.

Nunca es suficiente.
El progresar y el aspirar a lo mejor que puedas conseguir forma parte del ser humano. El problema es cuando esta mentalidad la aplicas sólo a conseguir todo lo que puedas… de los demás. Si recibiste comida, querrás zapatos. Si te dan zapatos, por qué coño no te dan calcetines. Si te dan los calcetines, deberían darte también pantalones, y, por supuesto, chaqueta. Si te han dado toda la ropa del mundo, deberían de pensar también en pagarte el alquiler de casa. Si ya te pagan el alquiler de casa –y esto es verídico. Me ha pasado- deberían comprarte una televisión para que tus niños no se aburran por las noches. Esta mentalidad no es exclusiva de las clases menos favorecidas: que levante la mano el extranjero residente aquí al que no le hayan pedido nunca que regale una cámara de fotos digital o un lap top, como si crecieran en los árboles de toda Europa. Y te lo piden tus compañeros de trabajo.

Yo nunca me equivoco.
Aquí nadie se equivoca. Jamás. La culpa de todo lo negativo que te pasa, es siempre de los demás. Disculparse de corazón y admitir que uno se ha equivocado sólo lo hacen los débiles. Evaluar algo quiere decir distintas cosas según el bando en que te sitúes:

  • Si eres el evaluador: enfatizar lo negativo y dejar claro que dices cosas positivas porque vienen en los manuales sobre motivación. De hecho, las cosas positivas que digas estarán literalmente sacadas de los manuales sobre motivación.
  • Si eres al que evalúan: negar la existencia de todo aquello que el evaluador considera que se debe mejorar.

Como punto positivo de esta tendencia, es verdad que cuando alguien reconoce un error y se disculpa –especialmente si esa persona tiene un cargo de responsabilidad-, lo valoran muchísimo y no tienen grandes problemas en aceptar de corazón esas disculpas.

…Y creo que podemos dejarlo aquí por hoy. Suena (literal) la campana del recreo. Voy a salir a jugar con la Santa Infancia. Hoy toca chapas y evasión mental.

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Jun 22

CUANDO SE ACABA EL ASFALTO

Soy persona de paso rápido. Un Coso (la calle mayor de mi ciudad natal) me lo hago en cinco minutos. Aquí también, cuando salgo con mi Santa Infancia, me es difícil acomodar mi paso al suyo, y normalmente tengo que pararme a esperarles, sobre todo si son pequeños. Hasta que se acaba el asfalto. El barrio de la Santa Infancia empieza exactamente allí: donde se acaba el asfalto.

Cuando entramos en el korkonch* hasta los niños de pecho caminan más rápido que yo. Cuando se acaba el asfalto me vuelvo más torpe, más lenta, más pequeña. No es mi mundo, y se nota. La Santa Infancia me marca el camino, me espera en lo que me arremango los pantalones para no manchar los bajos (momento “yo quiero ser percebeira”). No me quitan ojo, porque saben que me siento bastante perdida allí. Mis seguridades me esperan en la tienda pintada con el logo de la Pepsi.

Donde se acaba el asfalto el mundo se vuelve de color marrón. Todo es marrón: la gente, la calle, las casas… Chabolas a medio construir, o a medio derribar. Barro, mucho, por todas partes. De vez en cuando, el destello amarillo de esas monjas ortodoxas que parecen haber cumplido los ciento diez la semana pasada (aunque seguramente no lleguen a los sesenta). Niños que juegan en la calle, que me preguntan si Harry Potter se muere al final de las ocho películas. Gente que conozco, o que no, que me mira evaluando los motivos de mi visita a este lugar donde los pocos extranjeros que entran van con guitarra, rosario y pandereta (Dios bendiga a los protestantes).

El destino final de mis paseos suele ser alguno de los distintos recintos donde se arraciman las chabolas. Su estructura desafía toda lógica y, donde menos te lo esperas, te encuentras con otras dos chabolas que hay que alcanzar a través de pasillos donde hay que pasar de medio lado (y yo soy delgaína).

Los motivos que me llevan más allá del asfalto rara vez son alegres: enfermedades o dejadez familiar. Hablo con esas personas marrones, y me acuerdo de mis seguridades, que estarán ya tomándose la segunda Mirinda en la tienda de la Pepsi. En la tienda de la Pepsi no venden alcohol. Las señoras tienen un modo gracioso y muy dramático de expresarse. En algún momento de la conversación, especialmente si estamos tratando un asunto delicado, se señalarán el vientre, y me contarán su historia. La del vientre. “Este vientre ha parido cinco hijos”. O “Dios es el único dueño de este vientre”. Como si el vientre estuviera allí, escuchándonos. O como si Dios estuviera allí de pie, vigilando que nadie se lleve su vientre, cosa poco probable, visto que implicaría llevarse también a la momia que acarrea el vientre.

Y yo escucho lo mejor que sé. E intento decir cosas igual de dramáticas:
_ Yo no puedo más con mi nieta. No nació de mi vientre –y se señalan el vientre- Que Dios se ocupe de ella. Yo bastante tengo con rezar.
_ Yo no sé nada de Dios –humildad y honestidad ante todo-, pero sé que un día Dios le preguntará qué hizo con su nieta. No creo que le pregunte cuánto rezó, porque eso ya lo sabrá. Le preguntará cómo es que su nieta ha acabado en el bunna-bet. Y, entonces, señora, ¿qué responderá usted? – y me quedo callada, esperando que el vientre me haya entendido, porque mientras estudiaba el amárico cometí el gran error de menospreciar la importancia del tratamiento de respeto (usted), y no lo manejo tan bien como quisiera.
_ Quiere decir que la niña es su responsabilidad –traduce el elemento de mi Santa Infancia que me esté acompañando en ese momento. Ellos son más de concretar.

Es bastante frecuente que alguna de las personas que habitan en el recinto intente aportar su granito de arena. Sólo que a veces, en vez de un granito, te descargan el camión encima, y se pasan dos horas intentando mediar entre el vientre y la nieta. Suelen ser señoras con algún tipo de discapacidad (ciegos, leprosos..) y tienden a apoyarse más en la discapacidad que en su vientre a la hora de argumentar su posición: “estos ojos que Dios cerró lo han visto todo”, o “yo, que ya no espero nada de la vida, porque estoy enferma…” (y sabes que está enferma de esa enfermedad que tiene varias siglas).

Y luego vuelves al barro. Y te acuerdas de que, en tu ciudad natal, a ciertos bares los llallamaban “el barro”, porque, a partir de cierta hora, todo se amalgamaba. Aquí también: el agua de lluvia, el pipí, los restos de wot*, el vómito, los frutos de su vientre. Y vas despacito, lenta, pequeña, aturdida. Porque nunca entenderás el mundo que hay más allá del asfalto. Porque el barro te vuelve más torpe. Tus seguridades se han acabado la Mirinda, y te alcanzan cuando sales al asfalto. Recuperas tu paso. Vuelves a tu mundo.

*Korkonch: Tan sonora palabra denomina las calles sin asfaltar.
*Wot: la salsa que acompaña la injeera.

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Jun 02

FUNERALES

El fallecimiento de la Señora Deprimía puede ser un momento tan bueno como cualquier otro para reflexionar sobre… ¡los funerales!

Partamos de la base (les anticipo un estudio con cierta profundidad) de que pocas cosas reflejan mejor la esencia de una cultura que el modo en que los que viven en ella se enfrentan a la muerte. Cuando uno de los miembros del grupo desaparece, el resto del grupo sabe exactamente qué tiene que hacer. Ante la más grande de las incógnitas, cada cultura te traza un patrón preciso de actuación. Objetivo: no tener que pensar, porque la pérdida no te va a dejar pensar. Y así, cada cultura te proporciona una serie de pautas que tienes que seguir con precisión más o menos milimétrica. Este proceso cultural es una de las partes constitutivas del duelo.

Al leer lo anterior, uno pensaría que tengo estudios de Antropología. Para nada. Yo hablo porque me lo pide el cuerpo.

En Etiopía, las primeras horas después del fallecimiento de una persona son de gritos desesperados. Hay dos roles que hay que asumir inmediatamente: el de la persona que llora desconsolada e incansable, y el de la persona que se encargará de organizar el sarao, y a la que apenas le quedará tiempo para llorar. Normalmente el primero lo desempeña espontáneamente una mujer (la esposa, hermana, hija de la persona fallecida), y el segundo un hombre (esposo, hermano, hijo de la persona fallecida). Si sólo hay personas de un género entre los familiares (por ejemplo, sólo dos hijos), el más joven se encargará de llorar y el más mayor de organizar.

Los más cercanos al fallecido establecen, siempre a gritos, un diálogo ficticio con la persona que se ha ido. Por cuanto parezca una manifestación expontánea de dolor, las preguntas que realizan son siempre las mismas y ni una sola de las frases gritadas se separa de los tópicos establecidos para el caso: “Ay, Dios mío, ¿por qué te la has llevado?», “¿qué voy a hacer sin él/ella?”…etc. Parece una escena caótica y sin control, con gente que se revuelca por el suelo presa de la desesperación, pero si te fijas bien verás que los “organizadores” ya han empezado discretamente su labor. Alguien ha encendido ya el fuego, comienzan a poner bancos sacados de casas vecinas para que la gente se siente, la persona fallecida (que normalmente reposa en la cama hasta que es enterrada) ya está envuelta en un netelá y poco a poco todo el mundo se va poniendo el netelá, prenda obligatoria en los funerales.

La primera llamada que la familia realiza es al jefe del Heder, que son asociaciones tradicionales a las que les pagas cada mes para que, cuando te mueras, te monten un bonito funeral. Para lo caótica que es aquí la gente a la hora de organizarse, lo necesario para un funeral en condiciones te lo montan en media hora: una cocina con capacidad para dar de comer a un centenar de personas, una tienda de campaña tamaño comedor de barracón y, por supuesto, el pago a la iglesia ortodoxa para poder enterrar a la persona en el cementerio.

El entierro en sí es más bien breve. Entierran a la gente a las pocas horas de fallecer. El cuerpo es llevado al interior de la iglesia porque cuando te mueres ya sí puedes entrar. Antes de morirte, a poco que hayas hecho no puedes entrar (si has comido ese día, si tienes la regla…) con lo que la mayoría de la gente se queda fuera esperando sentada. Cuando los sacerdotes acaban con las oraciones, sacan el ataúd y le dan tres vueltas alrededor de la iglesia. Luego lo llevan al cementerio y, en un momento de histeria colectiva, lo entierran. A los frenjis esta parte nos da bastante yuyu, porque gritan mucho, mucho, y saltan, y te da la sensación de estar en Regreso al Futuro, siglo XI, sección África profunda. El momento dura, en total, unos cinco minutos y luego todo el mundo se retira rápidamente, porque el cementerio de nuestro barrio es un bosque mal cuidado y sucio, y da mucha tristeza estar allí.

Rapidito, rapidito, porque suele ser hora de comer, se vuelve a la casa del difunto. Allí, los “organizadores” te esperan ya a la puerta con una jarra para lavarte las manos y un plato lleno de sinde (granos de cebada tostados), que es el aperitivo de las fiestas. Y todo el mundo toma asiento y empieza el funeral en sí, que durará una semana.

Los siete días son más como una acampada hippy. La gente habla de todo un poco, juega a las cartas, come y duerme donde buenamente puede. Poco a poco llegarán familiares de otras partes del país, a los que jamás habías visto y que, cuando la persona estaba viva y les pediste ayuda, jamás vinieron. Gente que parecía olvidada de todo y por todos resulta que tiene más amigos que Pippa Midleton. Y la familia tiene que dar de comer a todos esos colegas y parientes que, si vivieran en España, se llevarían las gambas en el bolsillo de la americana.

De vez en cuando, alguien se pondrá a llorar a voz en grito, reproduciendo el diálogo de las primeras horas, y todos romperán a llorar, hasta que alguno de los ancianos se levante y tranquilice a la turba, que volverá a jugar a las cartas. O se dosifican, o no aguantan los siete días.

De por sí, estos momentos de dolor duran poco. Durante el resto del tiempo, nadie habla del fallecido, sino que la charla es bastante intrascendental. Si no consigues compañero de charla intrascedental, te tocará quedarte sentado mirando al vacío, porque no hay fórmulas de pésame que puedas usar para transmitir tus condolencias a la familia.

En algún momento a lo largo de la semana, los organizadores limpiarán la casa y todas las pertenencias de la famlia, para ayudar a recibir a los parientes del gueter. Si tu cuota de Heder es de las bajas –ergo, eres pobre-, la tienda la retiran al tercer día y se continúa el sarao en casa.

Después de siete días ya ni te acuerdas de quién se ha muerto. Sólo sabes que quieres dormir y, sobre todo, quieres que toda esa gente se vaya de tu casa. Y se irán, sí, más que nada porque la comida se ha acabado. Volverán en cuarenta días, a celebrar el aniversario de la muerte. Pero será sólo una jornada, y luego te volverás a quedar solo, con tu pérdida, con tu vida, con la sensación de vacío de quien nació, vivió y murió en vano.

En el funeral de mi señora Deprimía yo también recé. Recé para que Dios le de un sentido a estas vidas, porque el mundo no supo dárselo. Recé porque ni ella, ni yo teníamos que haber estado en esa mierda de cementerio. Rezas para que Dios te de entendimiento cuando la fuerza ya no te sirve para nada.

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May 31

ALGO SE MUEVE

Algo se mueve en el aire. Lo bonito sería decir que ha llegado la primavera, y las buganvillas florecen que es un primor. Pero no. Yo de la vegetación paso tres pueblos. Lo que se mueve, y no se sabe muy bien qué es, es una situación como de permanente alerta.

Me explico: proliferan los controles policiales en toda Addis Abeba, corren rumores como gacelas, que hablan de imanes de escuelas coránicas que han sido encarcelados, con el consiguiente rebote de la comunidad musulmana. El aeropuerto se ha cerrado a las visitas, con lo cual si vas a despedir o a buscar a alguien, te tienes que encontrar en el parking. Y nadie suelta prenda del motivo de todo este despliegue.

El rumor apunta hacia una amenaza del radicalismo musulmán. Con las cenizas calientes de los atentados en Nairobi y Nigeria, la proliferación de organizaciones musulmanas cada vez más radicales en nuestra amada Abisinia puede llevar hacia una escalada de violencia intrareligiosa.

Después del ataque a un grupo de turistas en Enero, el gobierno etíope intenta por todos los medios, no sólo atajar las amenazas, sino también las noticias relativas a las mismas. Sin ir más lejos, en mi humilde investigación, me ha resultado verdaderamente difícil encontrar información en Internet. La mayoría de noticias han sido borradas o, sencillamente, no permite el acceso. Sólo se pueden leer las pertenecientes a medios con sede en el extranjero que, supongo, deben ser más difíciles de censurar.

Lo que sí parece claro es que el gobierno ha cerrado dos mezquitas de la zona de Merkato. Un imán fue encarcelado hace unas dos semanas, y sus fieles irrumpieron en la comisaría para liberarlo. No me ha quedado muy claro si lo liberaron o no, pero cuatro policías murieron en la refriega.

En las distintas fronteras prosiguen escaramuzas e incursiones. En Gambela (frontera con Sudán), los distintos grupos étnicos están reaccionando contra las empresas extranjeras (chinas e indias) a las que el gobierno ha decidido vender la mitad del país (metáfora). Se han producido varios ataques a plantaciones –dicen que de arroz-, y se habla de algunos extranjeros muertos.

Etiopía siempre se había enorgullecido –con razón- de ser un país seguro. En este convulso cuerno de África, con nuestros amigos Eritreos y Somalíes devastados por guerras y dictaduras, los Sudanes viviendo en el delirio permanente, y con Nairobi convertida en un nido de delincuencia común, Addis Abeba se presentaba como un remanso algo cutre de paz y serenidad. La mayoría de los apoyos internacionales logrados por Meles los recibe como premio a la supuesta estabilidad lograda en el país. A qué precio se ha logrado esta estabilidad, esto nadie lo pregunta. El hecho es que todos los ejércitos y ONGs del mundo pueden tener su pequeña base aquí donde enviar a sus expatriados a restarse y recrearse (del inglés Rest & Recreation) cuando no aguantan más la situación en los países de alrededor, que suele suceder aproximadamente una semana cada diez, gastos pagados, a mayor gloria del Sheraton.

Hasta ahora. Soplan vientos de revuelta también aquí, pero nadie está seguro de que las cosas se vayan a revolver en la dirección adecuada. Cuánto tiempo Meles conseguirá controlar el radicalismo islámico que ha cobrado fuerza no sólo religiosa, sino también económica, es una de las múltiples preguntas del millón. Los oromo son un 60% del país, y la mayoría son musulmanes. Son el grupo étnico más importante del país, sus pueblos se consideran el granero de Etiopía, y no tienen apenas representación en el actual gobierno.

Como digo, sopla el viento. El viento de Mayo, en Addis, trae siempre millones de moscas. En Europa es el mes de las flores. Aquí, es el mes de las moscas.

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Abr 23

ACTUALIDAD

Nena: el rey ha pedido perdón. Ni más, ni menos. Y la parroquia digital que yo sigo se lanza a hacer valoraciones. Y hablan de “temple”, “grandeza”, un gesto que “engrandece al monarca”. Cómo no va a parecer la monarquía pasada de moda, si todas las palabras que se usan para hablar de ella las sacan de El Cossío. En España somos muy de engrandecer lo caduco, y así nos va. En el otro platillo de la balanza se queda el anuncio de Loewe, que se empeña en adherirse a mi memoria. Debo reconocer que en un primer momento me pareció que se me iban a caer las córneas, luego me pareció que se me iban a marchitar los oídos, y al final de la visualización del mismo llegué a la conclusión incuestionable de que me había vuelto más tonta durante los dos minutos que dura. Hay partes de mi cerebro que se niegan a salir de la fascinación. Ahora, cada vez que pienso en el anuncio de marras, me río sola en el patio. Que les hagan una serie o un reality ya.

Todo esto viene a cuento de que sé que debería escribir más. Pero es que estoy mu’ estresá. La crisis, tú.

En Etiopía también, la palabra mágica es “inversor”. Si eres inversor, te dan el duty free, el permiso de trabajo y un Perrito Piloto (creo). Y así florecen fábricas varias. Recientemente, dos unidades de mi Santa Infancia se han incorporado al mercado laboral en una fábrica de zapatos. La fábrica tiene buena pinta y manufacturan trozos de cuero cosidos para la Geox. Mi madre recientemente me compró unos Geox. “Es importante ir bien calzada”, sentenció, “y además los tiene también Telma Ortiz”. Por si lo del buen calzado no me convencía del todo. Yo siempre he tenido a la Hermanísima como referencia. De hecho, estoy a sólo una lengua de alcanzarla. Ella habla cinco y yo cuatro. Pero a ella le cuentan el catalán, que yo entiendo, pero no hablo.

El caso es que, a raíz del trabajo de mi Santa Infancia, he comprendido en toda su amplitud el argumento principal que hace que algunos inversores decidan abrir fábricas en Etiopía en vez de irse a China: aquí la mano de obra es más barata. Dieciocho eurazos al mes por más de cuarenta horas de trabajo a la semana. Con dos cojones. Por mucho que mi Santa Infancia se sitúe al final de la escala de bienestar social, teniendo en cuenta que se gastan unos diez euros ya sólo en el bus para ir a trabajar, pues no les llega ni para el alquiler. Y allí es donde entro yo, porque yo les prometí que, si encontraban un trabajo, podrían ser autosuficientes. Y al final ha resultado ser “si encontrarais un trabajo y además os prostituyerais por las noches en las calles de Kasanchis, a lo mejor podríais ser autosuficientes”. Sólo que son chicos y aquí la prostitución masculina no tiene tanto mercado.

De momento les pagamos nosotros el bus, para que al menos se puedan pagar el alquiler a final de mes. Y allí van, cosiendo los zapatos que lleva Telma Ortiz. Y que yo no sé si llevar o no, porque la verdad es que son comodísimos, y ya que los tengo… Me los voy a poner, porque tampoco es para tanto. No es como si me hubiera ido a cazar elefantes a Botswana, ¿no?

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