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Posts Tagged ‘Tarike’

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Jul 10

PATINAZO

Como ya hemos explicado alguna vez, nuestro cine de barrio es una actividad floreciente. La Santa Infancia presenta la misma ausencia de criterio cualitativo que la mítica Señora de Cuenca , y así vemos de todo un poco, en la seguridad de que todo les encanta.

En vacaciones compré 28 Días Después (no la de Sandra Bullock rehabilitándose a base de plantas que florecen, sino la de gente que se come a gente). Yo no la había visto, y, a pesar de mi disgusto, la Santa Infancia rugía de placer. En la misma línea, la semana pasada vimos Rec. Nuevo éxito de público y crítica.

El problema de nuestro cine es la disparidad de público: hay niños desde los cinco hasta los veinticinco.

Unos días más tarde, vino la madre de H., uno de los pequeños, a pedirme permiso para llevarse al niño a las aguas benditas durante tres días. “¿Y eso”, le pregunté yo, temiendo que el niño estuviera enfermo. “Porque desde el domingo no duerme. Tiene pesadillas y se despierta gritando”. Llamé a H. y le pregunté el argumento de sus sueños. Respuesta concisa: frenjis que se comen a otros frenjis. Y así se ha ganado una estancia de tres días en el manantial, en aras de la armonía familiar (la casa sólo tiene una habitación, y son varios niños pequeños, con lo cual los terrores nocturnos se contagian como la gripe o el canibalismo de películas de miedo de serie B).

Nuestro comité de programación –a la sazón compuesto por servidora y ella misma- ha decidido revisar los criterios de nuestro espectáculo. Los disidentes de turno claman que esto son daños colaterales, pero estamos aguantando el tirón. Este domingo: Sonrisas y Lágrimas (misteriosa traducción donde las haya de The Sound of Music, pero nunca tan divertida como la italiana: Todos juntos apasionadamente). Qué suerte la de los programadores de televisión, que nunca se enfrentan cara a cara a su público…

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Jul 07

REGALINES

Si trabajas en el campo social, antes o después alguien te regalará algo. Los etíopes son muy efusivos en sus demostraciones de agradecimiento, y siempre te compran pequeños detalles propios de su cultura. Pequeños detalles mayormente horribles. Lo penúltimo que me cayó en suerte fue este lindísimo cuadro, junto a las increíbles sandalias. El cuadro podría habérmelo regalado Heidi. Las sandalias tienen pelo. Me lo mandó todo un ex trabajador que actualmente trabaja en Bahar Dar. Se ve que las cumbres nevadas son típicas de allí.




Con los años, te vas sintiendo un poco como las madres que reciben las manualidades que sus vástagos confeccionan en el cole para el Día de la Madre: no sabes muy bien qué hacer con ellos, porque aprecias el gesto, pero tampoco quieres toparte con esas obras de arte cada freaking segundo de tu existencia. Quiero decir, te has pasado meses decorando tu casa, y a lo mejor en el estilo Ikea no sabes dónde meter el cenicero hecho con pinzas de tender la ropa. Sin tener un estilo definido en mi casa, yo había pensado colgar el cuadro en el baño, pero incluso allí es demasiado horrible. Uno pasa un cierto tiempo en el baño. Además, si la persona que me lo regaló viene a mi casa, creo que se ofendería. No digo que sin razón.

Así, he decidido establecer la Esquina de los Horrores en un rincón de mi casa. Allí colgaré todos esos adefesios que he acumulado en estos años: la gacela, un cuadro sobre la ceremonia del café que lleva media taza pegada y un puñado de palomitas reales también encoladas, los múltiples cuadros con frases religiosas en amárico (“Egziabier Geta New”, Dios es Señor, y demás), y los diversos collages a base de miniaturas tradicionales, como instrumentos musicales etíopes o atrezzos religiosos.

Me quedan por adjudicar los horrores de vestuario. Tengo hasta un albornoz lleno de cruces bordadas, pasando por cubrecamas y diversas variantes del vestido abeshá tradicional. Esos me los voy poniendo en las fiestas, dejando a un lado los vestidos ideales que de vez en cuando me manda mi familia y que me quedan infinitamente mejor. Con el albornoz, sinceramente, no sé qué hacer. Es que tampoco empapa mucho como para cambiarlo por la toalla.

En estas ocasiones de agradecimiento –ceremonias del café, fiestas de final de curso, cumpleaños…-, lo mejor que te puede pasar es que te regalen un foulard. Yo tengo entre quince y veinte, y casi nunca llevo foulard, porque creo que hay que saber llevarlo, y, cuando me pongo alguno, me paso el día peleando con el dichoso foulard. Los últimos tres que he recibido (uno de mis criaturas voluntarias por mi cumple, otro de Brother House por Navidad y otro de un grupo de madres de la Santa Infancia que celebraban su segundo cumpleaños como asociación), son el mismo pañuelo en distintos tonos. Por el momento: violeta, amarillo y blanco. Le he echado el ojo al naranja de la misma gama, y supongo que antes o después me caerá.

Al final, tu armario parece un todo a cien bastante particular, dominado por el toque cultural en su versión más folclórica. Hay souvenirs monos, y luego están esos que te regalan a ti: flores de plástico, cuadros pintados sobre cuero, recipientes minúsculos cubiertos en pelo de cabra (cuando ya tienes cuatro, ya no quieres más. Tampoco tienes tantos anillos que guardar, y además suelen oler a leche rancia), cruces de todos los tamaños y colores, en plástico, madera o metal; además de múltiples pulseras y pendientes hechos de los materiales más variopintos, desde perlas de plástico hasta chapas de refresco. Si tuvieras que ponerte todo eso, parecerías un árbol de Navidad versión Timket* y Geter* tradicional para usuarios avanzados.

Y todo eso es siempre mejor que la comida. A mí me mola cuando me regalan un medio kilo de kolo*, pero no cuando este medio kilo es de café verde, porque yo no sé tostar el café, no tengo molinillo, y me tengo que poner a improvisar en el horno de casa, lo que implica siempre una humera infernal y resultados bastante pobres en lo que viene siendo el sabor. Si el medio kilo es de miel pura, con sus abejitas muertas dentro y sus cachos de insecto caramelizados eternamente, ya ni te cuento.

La Santa Infancia es más de regalarme mierdetas que se encuentran por la calle: baterías de móviles (por si funcionan y me sirven para el mío), flores varias, o joyería de contenedor (colgantes en forma de corazón con la cadena rota, pendientes oxidados, diademas descolorías…) Y vas acumulando un pingo detrás de otro, porque –te dices-, son el símbolo latente de lo mucho que la gente te quiere.

A mí una vez mi familia me regaló un paraguas por mi cumpleaños, y los gritos se oyeron en Fernando Poo. Yo antes era una persona “high maintenance”, como dicen en las series americanas. Ahora, mi Santa Infancia me regala un caramelo a medio chupar y se me saltan las lágrimas de la emoción. Por lo menos nadie espera que lo cuelgue en la pared.

* Timket: la fiesta del Bautismo de Cristo. Es una de las fiestas más importantes del calendario ortodoxo.
*Gueter: por si alguien lo había olvidado, el conuntryside
*Kolo: son semillas tostadas que se dan como aperitivo. Un poco como las pipas sin cáscara.

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Jul 06

WHAT A WONDERFUL WORLD

Tras mi último post, alguien podría pensar que soy una resentía y una negativa y una amargada. Seguramente tenga razón. También les aseguro que la gente que me rodea en mi realidad cotidiana piensa que soy irracionalmente optimista.

Si lo último fue un elenco de “aquellas pequeñas cosas que (…) hacen que lloremos cuando nadie nos ve”, hoy les ofrezco la lista de lo que más me fascina de esta cultura que me acoje en la actualidad.

Las manos.
A lo mejor no es un elemento enteramente cultural o definitorio, pero me pasaría horas mirando el modo en que los etíopes gesticulan o trabajan manualmente. A veces me quedo ensimismada mirando las manos de la gente que lava la ropa, o de las madres de mi Santa Infancia cuando intentan explicarme algo. No sé por qué. Creo que toda la dignidad que tienen puede concentrarse en esos pequeños gestos.

Risas mil.
Son divertidos. A lo mejor no de la misma manera que nosotros europeos, pero pueden ser muy divertidos. La gente de un cierto nivel cultural entiende el sarcasmo y la ironía. Aquellos que no llegan hasta ese nivel, en cualquier caso, son divertidos en su sencillez y en su dramatismo. Ejemplo: recientemente, en comemoración de Ginbot 20 (aniversario de la caída de Mengistu Hailemariam), el gobierno organizó una gran fiesta en Meskel Square. La Santa Infancia me anunció que en la escuela pública les habían ofrecido la posibilidad de ir a ver a Meles en directo:
_ ¿Y qué vais a hacer cuando tengáis a Meles delante? –, les pregunté
_ Le vamos a dar en mano el dinero para la presa del río Abay –que es una cosa que, si has asistido a todas las campañas de recolección del dinero, te parece muy graciosa si te pones a imaginar a todos los escolares de Addis Abeba en fila para darle sus diez birr a Meles para la presa del Abay.
Además, tienen la capacidad de reírse de ellos mismos, y eso siempre es un plus muy, muy importante.

Sensibilidad de bolero.
Les van las emociones fáciles y sencillas, por lo que es muy fácil comunicar conceptos fundamentales. Es fácil emocionarles o hacerles reír. También es fácil acojonarles o hacer que te tomen en serio. Es fácil provocar su complicidad o darles pena. Es un poco como vivir en una telenovela latinoamericana, pero no está mal. Si te dedicas a trabajar con la gente, prácticamente siempre sabes qué están sintiendo (que, ojo, no es lo mismo que saber qué están pensando). Y, como es fácil provocar emociones, es también fácil manipularlos usarlas en tu propio provecho. Todo el mundo sabe que el chantaje emocional es la base de la educación. Tienes que tener cuidado, porque si se emocionan demasiado, al final resulta que en vez de respetarte, viven acojonados, o que en vez de solidarizarse con una desgracia ajena, se deprimen, o que en vez de cogerte cariño, te adoren incondicionalmente. Y esto último, si no eres Alanis, no eres digna.

La desgracia abierta.
En nuestra sociedad (esa que celebra la Eurocopa), la mala suerte, la desgracia, la tristeza están mal vistas. Son incómodas. Cuando tú le preguntas a alguien ¿cómo estás?, la mayor parte del tiempo esperas que te contesten “bien, gracias”. Y ya. Quien más quien menos intenta camuflar sus penurias y aparentar una tranquila felicidad.
En lo relativo a los saludos, también los etíopes intercambian información estereotipada e inservible. Pero cuando la desgracia llama a tu puerta (o se planta directamente en tu salón) no tienes por qué avergonzarte. Nadie espera de tí un gran autocontrol. Cuando alguien cercano a ti muere, tienes todo el derecho a gritar y a mesarte los cabellos. Como ya expliqué, es algo cultural. Pero lo cierto es que cuando experimentas una pérdida brutal en tu vida, realmente querrías hacer eso: gritar hasta que estuvieras tan cansada que ya no sintieras nada. En Etiopía, puedes hacerlo.
Del mismo modo, compartes tus variadas tribulaciones. Si tu marido es un borracho, lo comentas abiertamente. Si tu hija hace dos meses que trabaja en un bunna-bet, todas tus vecinas lo saben. A lo mejor nadie te ofrecerá soluciones, pero, al menos, no tienes que esconderte. Y nadie te juzgará por eso.

Valorar el esfuerzo ajeno.

A poco que seas una curranta medianamente afanada, la gente lo valorará un montón. No digo que no sea por contraste con la paupérrima eficacia reinante en el ámbito laboral por aquí, pero el hecho es que puedes ser la peor persona del mundo que, si eres trabajadora, se te perdonará todo. Como está escrito en el best seller “vuestras obras os salvarán”.

Help! I need somebody.
Si vas cargada por la calle, recibirás una media de tres ofertas por minuto para ayudarte a llevar tu carga. Esto no sé muy bien por qué es, pero si te ven haciendo algo que requiere un esfuerzo físico, siempre se ofrecerán a ayudarte. Del mismo modo, si pides ayuda a desconocidos –por ejemplo, preguntar una dirección-, harán todo lo posible por ayudarte. Aviso para turistas: a veces esta ayuda se paga. Pero, si no eres turista, normalmente lo hacen desinteresadamente.

Hay muchísimas cosas más, como los mercados, el plástico, la capacidad de cargar camiones con cargas que superan varios metros el perímetro del camión o –siguiendo con el transporte-, los chicos que gritan la ruta en las furgonetillas de transporte urbano. Todo fascinating, tú.

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Abr 25

TRACK LIST

Servidora tiene un vicio: canturrear. Servidora canturrea como las perturbadas. Aquí les ofrezco una cuidada selección de las canciones que suenan en ese after que es en ocasiones mi cabeza:

“Go on, go on, come on, leave me breathless..” (The Coors)

Las madres de mi Santa Infancia cada vez están mejor informadas. Estuve visitando a la madre de G. y T., con el objetivo de certificar in situ que su casa es una ruina, y que hay tiendas de campaña en el Decathlon muchísimo más dignas que el lugar en el que viven. En la conversación salió, así, por casualidad, el hecho de que el padre de las criaturas todavía aparece de vez en cuando:
_ ¿Y usted no ha pensado en tomar alguna medida de anticonceptión, visto que no quiere tener más hijos?- le pregunté inocentemente, mientras pensaba que, con cinco niños, la vida de esta señora es ya un Calvario.
_ Huy, no –risas mil. Lol.- si mi marido es ciego y no puede hacer nada.
¿Por qué breathless? Porque cuando oigo estas cosas, a veces me falta el aire.

“…when the sun shines we’ll shine together…” (Rihanna)
De momento, no es el caso. Las pequeñas lluvias se han retrasado, y amenazan con empalmar con el krampt. Me da que hasta Septiembre, de brillar, nada. De momento, la Santa Infancia se entretiene recreando saloncitos de barro, con su sofá, su televisor y su jarrón de flores sobre la mesilla.

“… we never said goddbye with words. I died a hundred times…” (Amy Winehouse)
La Señora Deprimía perdió su batalla contra la depresión, el humo de Koshe y la vida, y se murió, pasando a engrosar el grupo Señoras Que Se Mueren Cuando No Debieran. Es que me encantaría hacer un grupo en Face con ese nombre. Y otro llamado Gente Que Se Preocupa por los Demás Cuando Ya No Hace Falta. Algo falla en una cultura cuando uno se preocupa infinitamente más por los muertos que por los vivos. Después de dos años de tirar del carro completamente sola, me siento vacía y aliviada, con un alivio de esos feos que sólo se te pasan poniéndote hasta las cejas de The Big Bang Theory.

Murió cien veces, y cien veces la resucité. La semana pasada gané una camilla cubierta con un netelá, y dos chavales descalzos en pantaloneta, que gritaban a la noche en el patio desnudo de un hospital, llamándola por primera vez “mamá”, cuando ya no podía oírlos.



“… parece que adivinaran que el día que se avecina viene con hambre atrasada…” (Luis Eduardo Aute)

Problemas mil con permisos de trabajo para extranjeros. El gobierno quiere la pasta, pero no la gente que trae la pasta. Consigo renovar el mío tras varios días de limbo legal en los que me muevo con el carnet de conducir y ya. Rumores de expulsiones, de no renovaciones, de procedimientos nuevos… Hay quien piensa que el objetivo es limpiar el país de cara a las próximas elecciones, que serán en tres años. Justo ahora que en España arrecia la crisis. Me veo que estoy a punto de pasar del equipo que da al equipo que pide. Y no me gusta un pelo.

“… the one that got away” (Katy Perry)
Ésa sería yo, que nunca estoy donde tengo que estar, que es en mi casa de España. Pero ya me he sacado el billete para mis vacaciones. Comienza la cuenta atrás.

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Feb 09

TU ESPALDA

La imagen de tu espalda, M. me persigue desde hace unos días. Las marcas, los moratones, las cicatrices. Me cuentas que perdiste los zapatos, y mamá se enfadó mucho. Tú no lo sabes, M., pero tu madre a un perro no se atrevería a pegarle así. Porque un perro se revuelve. Tú prometes no volver a perder los zapatos. Yo prometo sacarte de esa casa en cuanto tenga oportunidad y en cuanto sepa adónde llevarte.

Vamos a varias oficinas, y a ti te encanta el viaje porque casi nunca vas en coche. Ahora te estás acostumbrando, porque raro es el día que no voy a gritarle a tu madre, y, ya que estoy, te llevo a casa en coche. Tú no lo sabes, pero lo he intentando todo. Cuando cierro la puerta de korkoró* para que no me oigas, intento explicarle a tu madre que no eres tonto, porque no lo eres. Le digo que aprendes bien y rápido, que te gusta el cole y que la quieres mucho. Y que si te vuelve a poner la mano encima le mando los policías. Tú no lo sabes, pero entonces ella me contesta “pues que se lo lleven los policías”.

Volvemos de las oficinas, y sigo con muchas preguntas y pocas respuestas. Decido documentar todo con fotos, mientras me muerdo la rabia, porque no entiendo por qué ella no puede quererte sólo la mitad de lo que yo te quiero, porque no puedo entender que no se dé cuenta de lo listo, lo gracioso y lo guapo que eres. Porque tienes cinco años y la espalda llena de líneas moradas. Te pegó con un bastón.
_ ¿Por qué me haces fotos?- me preguntas
_ Para que no se me olvide

Y entonces haces lo que siempre haces cuando no entiendes algo, lo que siempre haces cuando te saco una foto: sonreír.

Tú no lo sabes, M., pero tu madre no te quiere.

*Korkoró, además de una palabra la mar de sonora, en amárico designa la lámina de metal con la que se construyen las casas donde nuestra Santa Infancia malvive.

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Feb 07

CREDO

Creo en Dios. Y en Alanis. Y en Ensayo sobre la Ceguera.
Creo que abrazar un niño, dar un beso o poner una tirita son trabajos igual de importantes que gobernar un país o gestionar lo que vienen siendo las órbitas de los planetas del Sistema Solar. Creo, además, que puede ser un trabajo igual de difícil.
Creo en Glee como narcótico de curso legal.
Creo que el instinto maternal no es biológico. Creo que debería serlo, pero que no lo es. Creo que se adquiere cultural o socialmente, y creo que hay gente que no lo adquiere jamás.
Creo que hay niños a los que nadie quiere. Creo que hay niños que están demasiado rotos. Creo con todo mi corazón que puedo ayudarlos.
Creo que puedo ser una mejor persona. Creo que puedo trabajar más y mejor. Creo que cuando uno de mis niños fracasa lo hace también por mi culpa. Creo que volveré a fracasar muchas veces.
Creo que cuando muera, antes o después, me encontraré a mi Santa Infancia. Creo que ellos serán los encargados de juzgarme, porque me conocen mejor que nadie. Creo que ellos me quieren bien, y me dejarán descansar en algún lugar lindo. Y con cerveza.
Creo que The West Wing tiene algunos de los mejores diálogos jamás escritos para televisión. Creo que lo mismo sirve para The Girlmore Girls. Creo que Friends es mucho mejor que How I Met Your Mother.
Creo que nadie debería mendigar para sobrevivir. Creo que alguien que se está muriendo no debería preocuparse por el alquiler.
Creo que el mundo está bastante desajustado. Creo que es culpa de todos.
Creo que muchas veces mis esfuerzos son baldíos. Creo que corro en pos de una utopía que no veré nunca realizarse. Creo en el bien como algo absoluto que permanece más allá de resultados o indicadores.
Creo que hay algunos tipos de amor que pueden cambiarlo todo y a todos.
Creo que hay gente que nace condenada, vive sin esperanza y muere en el olvido. Creo que conozco a alguna de esa gente, y creo que ni todos viven en países subdesarrollados ni todos son pobres. Creo que algunos están incluso peor que Conchita .
Creo que la pobreza no te hace mejor persona. Creo que el mito de “pobre bueno/rico malvado” es mayormente eso, un mito. Creo que la pobreza extrema te despoja de tu dignidad como persona y te convierte en algo muy parecido a una bestia, movida únicamente por instinto. Creo que el hambre y la humillación son dos cosas que nunca se olvidan y que condicionan parte de tu comportamiento durante el resto de tu vida.
Creo que siempre se puede encontrar esperanza, pero a veces hay que saber buscarla.
Creo que la única cosa más bonita que la risa de un niño son los pies de un bebé.

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Feb 05

PRUEBA SUPERADA

Hoy he acabado un viejo proyecto importante para mí. Hoy finalmente he empezado a llenar mi depósito de compost.

Decidí, hace ya algunos meses, construir un depósito de compost hecho de palés viejos. Sólo que en Etiopía nadie tira los palés viejos, y tampoco te regalan los palés viejos gratuitamente. Así pues, puse a mi Santa Infancia a atornillar maderas para construir los palés con los que construir el depósito de compost.

Finalizada la estructura de madera, la semana pasada aprovechando un día libre que nos cogimos por Timket, mientras el barrio se volvía loco con las procesiones, y el Arca y todos esos mitos que a la gente la tienen atontá fascinada, recubrí por dentro el depósito con tela de malla. Allí ya me dí cuenta que en los escuetos vídeos de youtube sobre depósitos de compost hechos de palé hay una cosa que no mencionan: pesan más que el David de Miguel Ángel.

Hoy he convencido a mi Santa Infancia para que me ayudara a transportarlo a su ubicación definitiva. Parecíamos un paso de Semana Santa, porque han dicho que llevarlo a hombros era más fácil. Luego todos nos hemos quedado con los hombros llenos de cortes de los clavos y las maderas. Estupen.

A pesar de mis esfuerzos, mi Santa Infancia todavía no ha entendido para qué sirve el depósito de compost, pero yo sé que se convencerán en cuanto empiece a producir compost. El Ingeniero, en frente de cuya casa he plantado el depósito, tampoco está muy convencido:
_ ¿Y si huele?
_ No va a oler
_ ¿Por qué?
_ Porque lo dice Internet
_ Internet no huele
_ Aunque huela, vivimos al lado del basurero. No te darás ni cuenta.

Y allí lo he convencido un poco más.

Brother House lo llama “la caja agujereada de Kaktus”. La Santa Infancia lo ha bautizado “la mierda ésa para el huerto”. Yo lo veo y me recuerda al Arca de Noé. Los dos servirán para repoblar la tierra. Es que me emociono con cualquier cosa.

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May 19

LA CHARLA

A. (quince años) va al catecismo a la iglesia ortodoxa. Está encantada, porque dice que al final del año, si aprueba el curso este del catecismo, la pasarán al coro de la iglesia, y le darán una túnica para que cante acompañando al Arca de la Alianza en la fiesta de Timket, que como ustedes pueden imaginar es lo más parecido a una ilusión de vida que tiene la Santa Infancia.

Un día vino a decirme que el grupo de catecismo estaba organizado una excursión a una iglesia en los alrededores de Addis:
_ Hay una lista en la que se pueden apuntar los niños huérfanos, y así la iglesia les paga la excursión –me explicó, mirándome de un modo un poco raro
_ Ah, qué apañados
_ Yo no me he apuntado – A. es huérfana desde hace mucho, mucho tiempo
_ ¿Y eso?
_ Porque esa lista es para niños que no tienen a nadie. Y yo te tengo a ti –concluyó, triunfal -,¿verdad?
_ Esto… ¿y cuánto dices que cuesta la excursión esta?

Como ya he explicado más de una vez (concretamente aquí y aquí ), a A. le encanta pregonar que yo soy su madre. Y es verdad que es un poco limitada (si se ríe mucho, hasta se le cae la baba), pero así y todo siempre he intentado que viera la realidad, que es que la quiero mucho, mucho, pero que no soy su madre. Y así, algunos días más tarde me decidí a mantener La Conversación:
_ A., tú sabes que yo no soy tu madre real, ¿verdad?
_ Sí, claro –me respondió -, pero yo te quiero como si lo fueras
_ Y sabes que un día me voy a ir…
_ Ya…– y allí le falló un poco la determinación – pero me da igual – se recuperó- yo te voy a querer igual si estás aquí que si no estás.

Igual sí que tiene razón, y Dios me ha dado una hija. Una hija tonta y que se le cae la baba. Porque alguien que te quiere tanto tiene por fuerza que ser familia, ¿no?

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May 04

ONCE UPON A TIME…

Ayer Y. (seis años) me contó muy emocionado que tenía dos libros en casa. Según él, eran dos libros preciosos en inglés que un cliente le había dado a su madre. Lo del “cliente”, como él mismo se dio cuenta justo después de decirlo, se le escapó. En teoría, la mamá de Y. no trabaja. Y no tiene “clientes”. Y no es puta.

Y. me dijo que me traería los dos libros, para que viera lo bonitos que eran y se los leyera. Hoy los ha traído. Uno era el folleto de normas y regulaciones de la Universidad de Addis Abeba de hace tres años. El otro, que tenía hasta dibujos, era el libro de instrucciones de un televisor. Y me ha pedido que se los leyera. Con el primero, como no tenía dibujos, le he contado la historia de los tres cerditos. El segundo ha sido más difícil, porque traía ilustraciones de un mando a distancia, y entonces le he contado una historia de un niño de su misma edad, que vivía en Addis, y, al que, como al propio Y, le encantaba rebuscar en la basura en busca de mierdetas con las que armar juegos estupendos. Esto es real. Y. con cuatro porquerías se monta unos juguetes que son la envidia de toda la Santa Infancia. Una vez, con cuatro tapones de botella, cuatro palillos y una bolsa de leche se hizo un barco con ruedas que causó sensación. Secretamente albergo la ilusión de que llegue a ingeniero.
El niño de la historia, buscando, buscando, se encontraba un mando a distancia mágico, y que cada vez que pulsaba un botón le sucedían cosas maravillosas. Pulsaba el 1, y desaparecía Koshe . Pulsaba el 2, y se encontraba un sofá. Pulsaba el 3, y le caían del cielo unas zapatillas de tacos para jugar a fútbol. El último botón se lo dejaba pulsar a su mamá, y ¡zas!, su mamá ya no tenía que trabajar y podía pasarse todo el día dándole abrazos a ese niño tan espabilado que se había encontrado un mando a distancia mágico. Y eran todos muy felices.

Los mayores se han coscado de que yo estaba mintiendo como una bellaca, y de que en los libros no ponía nada de eso. Misteriosamente, no han dicho nada, y hasta han colaborado en algunas partes de la historia (lo de los zapatos que caen del cielo es suyo). Y. se ha ido a casa súper contento con sus dos libros de historias imposibles. Espero que los pierda, se le mojen o se los roben antes de que aprenda inglés, porque se va a llevar un chasco…

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Abr 09

PASOS PERDIDOS

A las niñas de mi generación, nacidas ya en democracia, nos educaron para cambiar el mundo. Nosotras teníamos que llegar a todo, teníamos que serlo todo: amas de casa, madres y profesionales súper eficaces. Y había una cosa que, al menos a mí, se me quedó muy grabada: todas estas cosas teníamos que hacerlas “con la frente bien alta”. Y así, mi ideal de persona digna y productiva incluye gente que camina con la espalda derecha y la cabeza recta, mirando al frente sin vacilación. Enfrentando el futuro en cada paso que da.

En el barrio de la Santa Infancia, si te da por caminar con la cabeza bien alta lo más probable es que acabes de morros en el primer charco. Si eres afortunada, el charco contendrá al menos un cincuenta por ciento de agua. Si no, pues no será agua. Como las calles no están asfaltadas, más te vale dejar las filosofías sobre la dignidad para otro día y unirte al club del “mira bien por dónde andas”, que en la práctica equivale a caminar con la frente marchita, que decía el bolero.

Yo cuando voy al barrio suelo tropezarme aproximadamente cada cinco pasos. No me caigo, pero voy dando un traspiés detrás de otro, mientras la Santa Infancia de turno completa “aishós” (ánimo) a cada paso que doy. He probado a caminar con la frente en alto, levantando un poco más las piernas en cada paso, pero pierdo velocidad, me canso más, y parezco un vaquero borracho. Como se ve, me encanta perder el tiempo en reflexiones absurdas.

En todo esto iba pensando hoy mientras iba con A. a visitar a su madre que lleva meses enferma y que, a pesar de todos mis esfuerzos, sigue sin pesar más de cuarenta kilos. Y de reojo iba observando a A, que tiene ya dieciséis años, y me he dado cuenta de que ellos no caminan mirando al suelo. Tampoco miran exactamente al frente, sino a un punto a medio camino que les permite ver las piedras sin perder de vista el destino. Amazing, tú. Lo ve Paulo Coelho, y le sale un libro.

Embebida en estas cuestiones simbólicas, he llegado a casa de A. Su madre se llama Salud, pero, como digo, hace tiempo que está enferma. Antes de ir, he estado media hora mentalizándome, porque tiendo a perder la paciencia con estas señoras que un día no salen de la cama, y al siguiente ya se quedan allí. También fui educada para ocultar cualquier signo de debilidad y/o desgracia, por lo que la gente que abiertamente se muestra consumida por sus miserias me provoca una profunda desazón.

La mentalización ha surtido efecto, y he conseguido tranquilizar a la señora, asegurarle que mañana saldrá el sol y convencerla de que emerja al mundo exterior. La casa de A. apesta siempre a pipí, y es oscurilla, por lo que se puede entender que a la señora le den depresiones de vez en cuando. Tiene, eso sí, un patio muy bonito con algunas cosas cultivadas.

A pesar del patio y de la mentalización, la angustia de la señora como que se me ha contagiado, y he salido pensando que a esta señora no la voy a volver a ver con salud en la vida, y que todos mis esfuerzos parecen ser baldíos. Al final, he llegado a casa mirando las piedras no, lo que está debajo las piedras. Un poco como los toros que embisten el burladero. Un poco también como la madre de A., pero sin el olor a pipí.

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