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Posts Tagged ‘Tarike’

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Ene 26

CONTRASTES

Un sábado aproveché que mi Santa Infancia estaba enfrascada en cienes de torneos de fútbol para irme de compras. Me dí un garbeo por la zona de la iglesia de Gabriel, a unos diez minutos en coche de donde vivimos o a otros diez a pie vadeando el río asqueroso donde el Alert Hospital vierte sus residuos. Yo opté por el coche.

Iba buscando unas ensaladeras de plástico monísimas y súper poco útiles que había visto en casa de unos amigos (demasiado grandes para comer cereales en ellas y demasiado pequeñas para poner ensalada para más de dos personas. Ideales). Así, merodeando por el lugar, que en los últimos años ha mejorado un montón, me encontré a las puertas de un centro comercial que abrieron el año pasado.

Cuando ya iba a entrar, alguien gritó mi nombre, y me encontré de bruces con A., de unos quince años, uno de nuestros fracasos, que camina por la vida y por la calle con varios dientes de menos y el pelo de tres colores. Se acercó a saludarme y, al mismo tiempo, se aproximó blandiendo su bastón el seveñá del centro comercial, preparado para librarme de mi inoportuno encuentro. Me apresuré a explicar que lo conocía, con lo que la cosa no pasó a mayores. Estuve a punto de hacer eso tan frenji que es entrarse mendigos a sitios donde no tienen nada que ver (algún día hablaremos de la temporada de recogida del niño de la calle), pero lo dejé correr porque, en mi modesto entender, son cosas que no aportan nada a nadie.

Así, me dí un garbeo por el supermercado, centro comercial y spa. Hasta piscina tenía. A mí, cuando entro en estos sitios, se me queda la boca un poco demasiado abierta. Me doy cuenta cuando me entra sed, y entonces la cierro (chica lista). Había una tienda de electrodomésticos en la que vendían hasta heladeras y yogurteras. Había muy poca gente, pero bastantes lucecillas de colores de Navidad, que me parecen fascinantes.

Después de mirar un rato las luces, por no salir con las manos vacías, compré un panecillo (sólo había con semillas por encima) y una tableta de chocolate en el súper. Cuando salí a la calle, le dí las dos cosas a mi fracaso, quien a cambio me dejó jugar en un futbolín destartalado con sus colegas mientras se comía el chocolate y el panecillo, después de quitarle las semillas.

Tras despedirme, seguí paseando sin encontrar mis ensaladeras, y me volví con mi Santa Infancia. W. (nueve años) vino a saludarme emocionadísima, porque su madre se había encontrado otro botón por la calle, y se lo había cosido en el único vestido que tiene. La madre de W., aunque tiene pocos dedos, consigue coserle botones a modo de adornos, y su vestidito komche le queda así de bonito:

Esos botones me parecen belleza en estado puro. Si la gente supiera de su existencia, seguro que pagaba por verlos. Los encuentro mucho más bonitos que el spa, la piscina o las tiendas de vestidos absurdamente caros. Los encuentro, incluso, más bonitos que las luces de Navidad.

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Jun 18

VEO VEO

A la Santa Infancia le gusta jugar con mi cara. Me apartan el flequillo y exclaman ¡mira, parece otra! Me quitan las gafas y también parezco una persona distinta. Imito a un pez, y parezco un pez. Hago como que duermo, y parece que me he muerto. Finjo enfadarme, y les doy miedo porque no me reconocen.

Con los años, la Santa Infancia me conoce mejor que yo misma. Les basta una mirada para saber el contenido exacto de mis emociones. Saben hasta dónde pueden probarme, saben cuándo estoy triste (normalmente también saben los motivos de mi tristeza), y saben que hay días en los que no me canso de cantar.

Este año he empezado a conducir. Hace poco llevé a varios de los grandes en el coche un domingo. Cuando volvimos, les pregunté que qué les habían parecido mis habilidades conductoras.
_ Lo haces bien, pero te falta seguridad en ti misma.

Si mi madre no estuviera viva y coleando, pensaría que su espíritu ha poseído a mi Santa Infancia. Esta frase podría resumir a la perfección mi vida entera, supongo. Ellos son así, cuando menos te lo esperas, te ahorran la visita al psicólogo. Y gratis, tú.

La Santa Infancia son tremendamente intuitivos. Rara vez ven las cosas blancas o negras, sino que ven los matices, los grises, los rojos… Te miran y ven la persona que eres, pero también la que te gustaría ser y la que deberías ser. Te miran y te ven tal como eres, con tus sombras y tus dudas, con tus culpas y tus logros. Toda tú, concentrada en sus ojos, en sus vidas.

A veces da miedo que alguien te conozca tan bien.

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Jun 04

NUEVA VIDA

La semana pasada nos llegó D., fresquita y todavía con aroma a autobús desde el gueter. Es de Goyam, huérfana y vive con su abuela a la que, para variar, le faltan cachos. Trece años y, hasta el momento, ni una letra en su vida. Fue verla y admitirla todo uno, porque decididamente pertenece a nuestro target de beneficiarios.

Los dos primeros días, como suele suceder, los pasó sentada al lado de Brother House, callada, tratando de pasar desapercibida y mayormente aterrada. Saludaba educadamente por las mañanas y antes de irse por las tardes. Y ya.

El tercer día… el tercer día le dio el subidón, y empezó a reírse por todo. Y empezó a besarme, y a abrazarme constantemente, maravillada de la vida. Y yo la abrazaba también, y nos reíamos como dos tontas. Tontas del bote. Y yo hacía muecas, y ella las imitaba, y nos volvíamos a reír. Y el resto de la Santa Infancia nos miraba un poco perpleja, porque ya se les ha olvidado que ellos también, un día, descubrieron las risas y los abrazos, y que a ellos también les dio un subidón que parecía que iban drogados de vida.

Los días han pasado, y D. se ha tranquilizado un poco, a Dios gracias. Sigue maravillándole cuando pronuncio su nombre por las mañanas, y todavía bastante a menudo viene y me abraza fuerte, fuerte, como si tuviera miedo de no poder hacerlo nunca más.

La Santa Infancia, a veces, se ríe de ella y le toma el pelo, y la llama komche. Ellos, que nacieron en New York. Hace un par de días me enfadé, y les dije que reírse de D. es reírse de ellos mismos, de sus padres, de su cultura. Y asintieron circunspectos (ellos también saben), y se pusieron a trenzarle el pelo a D., para que parezca un poco menos komche.

Ella está encantada de la vida, pero a mí, a veces, cuando la veo tan, pero tan emocionada, se me hace un nudo en el estómago, porque sé que la emoción pasa, y te queda la soledad de una ciudad en la que cada uno va a lo suyo, en la que no entiendes nada y en la que nadie te entiende. Porque los niños komche, aunque se olviden de que una vez fueron komches, siempre tienen como una tristeza dentro, como una nostalgia en los ojos. Nostalgia de piedras, de montañas, de espacios abiertos. Nostalgia de gueter, supongo. A los frenjis nos pasa algo parecido.

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May 16

MATERIAL GIRL

Últimamente, dentro de mis funciones como gestora del desarrollo de la Santa Infancia, me ha tocado ir a Merkato varias y repetidas veces.

El Merkato provoca en mí sensaciones contradictorias, entre las que figuran el divertimento, el hastío y la desesperación, entre otras muchas.

Como los adeptos a la Cooperación al Desarrollo sabrán, los proyectos financiados por agencias oficiales se caracterizan por su facilidad de gestión y sus inexistentes cargas burocráticas. Para comprarte, pongamos por caso, unas bragas, tienes que solicitar tres presupuestos en tres tiendas distintas, evaluarlos de acuerdo a estándares de calidad, precio y disponibilidad fijados por la agencia en cuestión y, una vez hecho esto, pues ya eres libre de comprarte las bragas. Sólo que, para entonces, es oír la palabra “bragas” y ponerte a vomitar, pero como esto queda feo decirlo en un report que llevará tu firma y la de tres superiores tuyos, pues te lo callas.

Si, pongamos el caso, no se trata de comprarte unas bragas, sino quinientas bragas, que deberás adquirir en Merkato, porque es el único sitio donde venden bragas, la situación se convierte en el Gran Prix del Verano. Sólo te falta la vaquilla.

Y es que la gente en Merkato es de un heavy que asusta. Primeramente, no hacen presupuestos. Tal cual. Da igual lo que les digas, que les expliques que, sin presupuesto, no puedes comprar nada, que llores, que supliques, que implores. Presupuestos, caca. Y punto. Y ahí te sientes un poco Pretty Woman, con los bolsillos llenos de pasta para comprar cosas que nadie te quiere vender.

Además, la mitad de los vendedores no cotiza impuestos, con lo cual no pueden hacerte recibos de más de diez mil birr. Concluyendo: en el mejor de los casos, sales con cinco recibos por cantidades menores que escenifican a la perfección un fraude fiscal. O ni siquiera son vendedores legales, por lo que los recibos te los hacen en otra tienda. Y así, en tus facturas de material escolar, aparece el sello de un negocio de venta de colchones y almohadas.

La gran pregunta ahora es: cuando me lleven al trullo por irregularidades contables, ¿me llevarán a la prisión de Goterá (donde compartiría recinto con C., en el caso de que su aventura al margen de la ley acabe mal), o me meterán en una prisión dentro de la jurisdicción de la agencia donadora? La Santa Infancia ya ha dicho que, si la situación es esta última, se van ellos de cabeza a pagar por mis desmanes burocráticos. Son la mar de solidarios.

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Abr 24

Y YO CON ESTOS PELOS

Vivir en Etiopía es bastante difícil. Y, si llevas el pelo corto, un poquito más difícil todavía. Supongo que por eso, hay muchos frenjis que cuando viven aquí se dejan y parece que estén permanentemente de camping: sin depilar y armados de complementos del Decathlon. Yo no. Yo saco lo mejor de mi misma en mi batalla cotidiana contra la desidia estética.

Si por la Santa Infancia fuera, yo me cortaría únicamente el pelo cuando empezara a tropezarme con él. No les gusta el pelo corto. Como mis amistades saben, durante mucho tiempo tiré de home made en lo que a estilismo capilar se refiere, pero no funcionó del todo (la Santa Infancia no es todo lo habilidosa que parece, y la Doctora sabe coser cabezas pero no arreglar el pelo que crece en ellas), y el año pasado me decidí a empezar a ir a la pelu.

Animada por La Doctora, nos fuimos a la armenia, que es una señora de Armenia (por si alguno lo dudaba) que tiene una peluquería enfrente del Gandhi Hospital donde va lo más granado del frenjerío local (esta palabra me la acabo de inventar, me temo). Mola bastante, en primer lugar porque tiene revistas de cotilleos en inglés, francés e italiano. Eso sí, son revistas del año del catacrac, con lo cual te tienes que conformar con ver a Lourdes María cuando todavía no tenía vello facial.

Lo mejor de la armenia, en cualquier caso, es la propia armenia, que es una señora que ha crecido en Addis y, mientras te corta y peina, te cuenta historias de la cuidad de hace mil años, en varias lenguas. Yo la oí hablar en francés, inglés, armeno e italiano, mientras recordaba cómo una vez intentaron mover el matadero de sitio y lo tuvieron que dejar ante el aluvión de serpientes que salían al remover los restos animales que hay alrededor, y que todavía hoy el visitante puede apreciar cuando pasa por Kera. Además, te sirve para enterarte un poco de los avatares de la comunidad armenia, que son un poco como lo judíos, que se han quedado esparcidos por todo el mundo.

Centrándonos en el terreno estético, la señora armenia está especializada en melena plisada con bucle al final, por lo que encuentra cierta dificultad -ella también- en los estilismos cortos, siendo los flequillos todo un desafío que no siempre solventa con éxito. Yo no salí descontenta del todo, porque me dejó un poco como la rubia de los Ángeles de Charlie. El problema es que llegué a casa y alguien me dijo que no parecía un ángel de Charlie, sino Camilla Parker Bowles. Y eso me dolió.

Con lo cual, la vez siguiente, la Doctora y yo nos encaminamos a Miki, una pequeña peluquería en frente del Club Griego, donde la dueña (que supongo que será Miki) sólo habla amárico. El resultado no fue malo (sobre todo teniendo en cuenta que cuesta tres veces menos que la armenia), pero, tras haber vuelto una segunda vez, tengo que decir que Miki es bastante independiente, y siempre me acaba plantando el estilismo “hongo nuclear”. Porque tú llegas a Miki y más o menos le dices lo que quieres, señalando los pósters de la pared. Como los pósters tienen pinta de ser de mediados de los ochenta, no escoges el que más te gusta, sino el que menos grima te da. Y luego Miki te hace el peinado “hongo nuclear” y a correr. Como esta vez se le fue la mano cortando -“esto te crece enseguida, ya verás”, me consoló ella misma- una vez que me deshice el hongo me ha quedado una cosa a medio camino entre Julie Andrews y Amelie. O eso creo yo. La Santa Infancia, como siempre que me corto el pelo, ya me ha dicho que estoy horrible. Me gusta la épica de las batallas perdidas.

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Mar 25

COPING ETHIOPIA

Mis últimos días libres fueron aquellos que pasé en Nairobi, hace ya más de dos meses. Desde entonces, he trabajado como una china del Sol Naciente día sí, día también. ¿Por qué? Pues porque la Santa Infancia tiende a sabotear mis planes de descanso con artimañas tan pintorescas como fiebres tifoideas, apendicitis, pulmonías o el recientemente reseñado trastorno bipolar. Mira que oculto celosamente mis planes de fuga. Pues nada. En cuanto se huelen que me quiero pirar unos días, comienza a subirles la fiebre. Matemático. Hace algunos años pasé seis meses trabajando sin parar porque, después de varias carreras al hospital, ya llegó un momento en que me daba miedo siquiera hacer planes. Me daba cosa poner en riesgo su salud de esa manera.

Cuando cuento estas cosas, la gente me mira como con admiración. De verdad. Por eso las cuento. Es un círculo vicioso. Esa misma gente, una vez que se le pasa la admiración (2,5 segundos de media), me suele preguntar que de dónde saco la fuerza para seguir adelante día a día, así, como una Madre Teresa cualquiera (la comparación es mía). Y a mí me encantaría responder que me basta el amor que me profesa la Santa Infancia, que su cariño me sostiene y me alimenta, que no necesito nada más que el saber que me esperan para acudir a su encuentro. Pero sería un poquitín inexacto y un bastante mentira. Yo hay días que a la Santa Infancia la mandaría a tomar por saco y me quedaría tan ancha.

¿Que cómo hago para levantarme cada día, salir de mi estupendo edredón de plumas (imported, of course) y pasar diez horas preocupándome por cosas tan diversas como compras de material escolar, abusos a menores, fracaso escolar, inflamaciones de hígado y grupos de mujeres, por nombrar algunos de los temas que han llenado la jornada de hoy?

Pues yo, amigos todos, hay días que, cuando se pone el sol, me robo el proyector de la Santa Infancia, y con la recua de voluntarias que me ha tocado en suerte este año, me abro una cervecita, me preparo un mix de cacahuetes y pasas, y me veo a todo color en la pared del salón, en tamaño gigantísimo, dos capítulos de Anatomía de Grey. O de 30 Rock. O de House. O de Gossip Girl. Y me olvido de la Santa Infancia. Se me formatea el cerebro. Se me atonta el entendimiento justo lo necesario para sacudirme la niebla de tristeza que a veces nos envuelve. Y se me cae hasta la babilla, de lo relajada que me quedo. Y, ya si eso, al día siguiente me acuerdo de lo mucho que me quiere la Santa Infancia, y salgo de la cama para ir a su encuentro. Un día más.

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Mar 23

SHINE A LIGHT

El viernes pasado, a T. se le encendió una luz. Y no sabemos cómo hacer para apagarla.

Descubrió que somos diferentes. Que hay pobres y ricos, hombres y mujeres, ángeles y personas, luz y sombra, mar y tierra, frenjis y abeshás, niños y adultos, perros y gatos… y así hasta el infinito. Se quedó atascado allí, en la diferencia. Y en Dios. Porque Dios nos ha hecho diferentes. Dios nos ha creado hombres y mujeres, pobres y ricos, frenjis y abeshás…

Como la ocasión lo merecía, el domingo fuimos a comprobar si hay urgencias en el Amanuel Hospital . Y mira, sí. Y allí nos dieron la llave del purgatorio en dos palabras: trastorno bipolar. Desde entonces, T. vive envuelto en luz. Una luz tan fuerte que no le deja dormir. Una luz tan fuerte que lo está cegando.

Alguien que quiso ayudarle le escribió esto en un papel:

“El Señor es mi pastor, nada me falta.
En verdes praderas me hace reposar,
me conduce junto a aguas tranquilas
y repone mis fuerzas.
Me guía por la senda del bien,
haciendo honor a su nombre.
Aunque pase por un valle tenebroso,
ningún mal temeré:
porque tú estás conmigo;
tu vara y tu cayado me dan seguridad
(…)
Tu amor y tu bondad me acompañan
todos los días de mi vida:
y habitaré en la casa del Señor
por días sin término.”

A veces se lo saca del bolsillo, y me lo lee en voz baja. Y luego me repite, “el Señor es mi pastor. No tengo miedo”. Y leo en sus ojos que está aterrado. Sólo que no se da cuenta. Dice que Dios le cambió la vida el viernes, y que le está muy agradecido. Y a mí, que cuando pasan estas cosas procuro no pensar demasiado en Dios, se me hace un nudo en la garganta, y miro hacia otra parte.

Antes del viernes, yo sé que T. me quería mucho. Ahora me quiere todavía más, y me lo repite quinientas veces al día. Hablamos durante horas. ¿Por qué soy pobre?, ¿por qué eres frenji?, el Señor es mi pastor, no tengo miedo, te quiero, no te preocupes, estoy bien, el Señor es mi pastor, estaré bien. Algo preocupada sí estoy, porque me siento completamente en sintonía con él. A él le pasa lo mismo, y así pasamos todo el día juntos.

La Santa Infancia ha cerrado filas, y lo protegen como buenamente pueden. Lo van a buscar a casa todas las mañanas y me lo traen. A la tarde, lo acompañan y le dan las pastillas antes de dormir. Es uno de los nuestros, y está sufriendo.

Mañana tenemos una nueva cita con el médico, y nos dirán si lo ingresan o no. Por si acaso, hoy le he puesto dos mudas en una bolsa, una toalla, una pastilla de jabón y un rollo de papel higiénico. Todos dicen que es mejor que lo ingresen, que no podemos hacernos cargo, que no puedo protegerlo y controlarlo 24 horas al día, que es una bomba de relojería, que tengo 400 niños más a los que también tengo que proteger. Y yo no sé si tienen razón o no, pero cuando he salido con la bolsa y los ojos cargados de lágrimas, T. me ha abrazado: “Piensas demasiado en mí”, me ha dicho, “el Señor es mi pastor, Dios me quiere, no pienses, no te preocupes”.

Es verdad. Dios lo quiere. Dios nos ha creado. Ricos y pobres. Frenjis y abeshás. Enfermos y sanos.

Cuerdos y locos.

Hay días que llegas a casa, y sólo tienes ganas de llorar.

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Feb 26

DICES

Dices que ya no te quiero. Que hago caso a todos menos a ti. Que quiero a todos menos a ti. Que nunca te hemos entendido. Que nunca te hemos ayudado. Gritas que estás solo. Que no tienes a nadie. Lloras y dices que me odias. Que nos odias a todos.

Y yo me callo. Me callo todas las veces que caíste y te levanté. Me callo la vez que, mientras intentaba que no te mordieras la lengua, me preguntaba cuán profundo podías hundirte sin dejar de vivir. Me callo la vez que te recogí, como a un perro, y te cargué hasta el centro. Me callo que a lo mejor tienes razón, pero no tanta como crees.

Sé que es cuestión de tiempo. Sé que volverás a caer. Que volveré a correr a tu encuentro. O que volverán a traerte a mí. Roto. Desmadejado. Vencido. Y, cuando abras los ojos, cuando te despiertes, estaré otra vez allí. Y entonces, lo sé, volverás a quererme.

A veces, ¿sabes, D.?, a veces me gustaría que pudieras, de verdad, dejar de quererme. Que fueras libre. Que no me necesitaras.

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Feb 23

MI MOMENTO

Mi momento preferido del día es después de comer, cuando vuelvo al porche donde todavía está comiendo la Santa Infancia. Me siento en el lavadero de metal donde lavan su ropa los fines de semana. Las piernas me cuelgan en el borde, sin tocar el suelo, y el metal me calienta el culo. El sol me da en la cara, y M. (19 años) se sienta a mi lado y me da conversación. A veces me dice que estoy tan guapa que parece que me voy a morir, que es una expresión que ella asegura que es muy etíope, pero que yo creo que se la ha inventado. Sabe que me hace gracia, y nos reímos las dos. Algunos de los pequeños se acercan, y se acomodan entre mis piernas, pero como también ellos han acabado de comer, pues también son felices y no se pegan ni discuten. Comienzan a llegar los del segundo turno de comida, y pasan a mi lado saludándome. Y tampoco se pegan ni discuten, porque están concentrados en su próxima comida.

Es mi pequeño momento de paz. El momento donde todo encaja: el sol, el calor del metal, la Santa Infancia que me acaricia el pelo, M. que me cuenta alguna gracieta, alguien que me da un trozo de pan o un macarrón de su plato, alguien más que me da la mano o me abraza al pasar… Soy feliz. Sin más . Cada día, a esa hora, soy feliz.

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Feb 13

SMALL CHAT

Los mayores de la Santa Infancia me contaron el otro día la historia de una señora de su barrio que conozco. La señora en cuestión es seropositiva desde hace tropocientos años. Ahora ya es anciana, pero en sus años de juventud, habiéndose quedado viuda con dos niños a cargo, y ante las halagüeñas perspectivas que se le presentaban a una persona con HIV/AIDS en aquel entonces, decidió dar a sus dos hijos en adopción. Y la Santa Infancia me contaba que la semana pasada se presentaron los chavales, a la sazón con 21 y 24 años, hablando alemán, puesto que viven en Austria, a conocer a su madre biológica. La Santa Infancia dice que a la señora casi le da un tabardillo, pero que se alegró un montón de conocer a sus niños de nombres austríacos.

Y así empezamos a hablar del tema de la adopción, que es un tema que a la Santa Infancia le da bastante curiosidad. Mayormente, están a favor de la misma, pero no acaban de creerse eso de que los hijos adoptados cuentan igual que los biológicos. De hecho, a la Doctora, que tiene hijos de varios colores, siempre le preguntan cuando se va de vacaciones si se lleva también a sus hijos abeshás.

El razonamiento que exponen es bastante obvio: si un niño no tiene familia, bien está que encuentre otra, sea en Etiopía, Europa o Fernando Poo. Eso sí, dicen que ellos nunca darían a sus hijos en adopción, que tratarían siempre de sacarlos adelante “apretando los dientes” (esto es una traducción aproximada de una expresión abeshá). Los que son huérfanos, habrían estado encantados de haber sido dados en adopción. A algunos de los que tienen familia, no les importaría cambiarla. Muchos dicen que, eventualmente, les gustaría adoptar, pero lo entienden más como un ayudar a un niño sin recursos que como un tener un hijo.

Me preguntaron si una madre biológica se puede presentar así, sin más, y reclamar a su hijo biológico. Y allí es donde les expliqué el tema de derechos y responsabilidades de la maternidad. Si renuncias a tus responsabilidades, pierdes también tus derechos como madre, y -les expliqué- si quieres volver a ver a tu hijo, tendrás que pedir permiso a su familia.

Con la generalización del fenómeno de la adopción internacional, en los últimos años se ha extendido entre los etíopes, especialmente entre la clase media, esta mentalidad de “nos están robando los niños”. A mí me han dicho de todo cuando voy con la Santa Infancia por la calle. Una vez, llevé a T. al Black Lion, y en lo que esperábamos los análisis, estuvimos sentados con un señor musulmán ya anciano, que empezó a hablar al niño, a preguntarle por qué estaba allí con una frenji, cuándo me lo iba a llevar a mi país, y a decirle que no estaba bien que los frenjis se lleven a los niños etíopes. Cuando vi que T., además de todos sus dolores, comenzaba a sentirse evidentemente incómodo, decidí intervenir y le dije al señor que:
1. Entendía todo lo que estaba diciendo, por lo que me parecía de mala educación hablar de mí como si yo no estuviera delante
2. No era asunto suyo porqué T. estaba con una frenji. Me ponen de los nervios las preguntas insidiosas en las filas de los hospitales.
3. Yo soy partidaria de la adopción, pero trabajo en un proyecto que ayuda a familias como las de T. a criar a sus hijos para que no tengan que darlos en adopción. Este señor, que tanto criticaba, ¿qué hacía exactamente para evitar que las familias tengan que recurrir a la adopción como vía de supervivencia? Como en ese punto, ya me había puesto dramática, le pregunté si él pensaba que era mejor que los niños murieran, o que crecieran en orfanatos (incluso el mejor de los orfanatos, no se puede comparar a una familia, pienso). El señor, que comenzaba a sentirse incómodo también él porque el resto de la fila me estaba dando la razón, me respondió con un “go home”, al que yo le contesté, “vale, pero, si me voy a casa, ¿vendrá usted con este niño al médico la próxima vez que se ponga malo?”.

En la otra cara de la moneda, cuando fui con A. a otro médico, dos señoras en el autobús le preguntaron bastante respetuosamente si yo era su madre. Ella, escuetamente, les respondió, “sí”. No es una persona que se ande con muchos rodeos. Tampoco es una persona que tenga familia. Cuando las señoras le preguntaron que cuándo me la llevaba a mi país, ella les respondió: “No, si no nos vamos a ninguna parte. Ella se queda aquí conmigo”. Las señoras me llamaron santa. Y yo, muerta del susto.

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