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Archive for the ‘Etiopia’ Category

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Nov 11

MÁTAME

_ Kaktus, me quiero cambiar el nombre

_ No

_ Mi madre ya me ha dado permiso

_ Yo no te doy permiso

_ Pero si el nombre te va a encantar –arqueo la ceja, porque no es que me fascinen los nombres nuevos que se buscan, y lo saben

_ De ahora en adelante, me llamaré Ana Paula.

Toma ya.

Y así vengo a saber que lo que ahora está de moda en Etiopía son las telenovelas. Bueno, esto no es novedad, ya expliqué en su día  que la Ethiopian Television hace unas telenovelas de mearte de la risa. El cambio –creo- es que se han quedado sin pasta para producción local y han decidido comprar en el extranjero, concretamente en Televisa Land (México Lindo). Y así ahora el prime time etíope lo copan dos novelas mexicanas (convenientemente dobladas al inglés): Cuidado con el Ángel y La que no podía amar.

Mi Santa Infancia se ha dado al fenómeno fan con devoción ejemplar y, aunque yo paso siete pueblos de las novelas (y de la tele etíope en general), ellos, que se preocupan por mi integración en la sociedad que me rodea, me mantienen al tanto de las cuitas de Ana Paula y Marichui (les juro que El Ángel se llama Marichui).

De lo que he podido entender, Marichui está enamorada del doctor Juan Miguel (Hakim Huan Miguel para mi Santa Infancia), un chico decididamente demasiado joven para ser doctor de ningún tipo. Marichui fue violada de chiquitilla, y no puede amar. Ah, no, esa es Ana Paula. Marichui creo que era niña de la calle hasta que la descubrió el Hakim Huan Miguel. O algo así.

Con el tiempo, la Santa Infancia –que no es tonta- se ha coscado de mi falta de interés tanto en la vida de Ana Paula como de Marichui. Hasta que un día me pillaron con una canción de Jesse y Joy en el ordenador, que, aparentemente, es la canción de cierre de la telenovela de Marichui (ye Marichui sefen, para los avanzados en amárico). Y han decidido que mi sarcasmo encierra una pasión oculta. Y aquí me tienen, que todos los días me llegan con el relato completo del episodio.

Creo que al final Marichui sí se queda con el Hakim. Lo que no sé es cómo, porque el Hakim está casado con una que se murió pero que no está muerta.

El mundo cada vez es más chiquitico, mi reina

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Nov 01

LO QUE PIENSAN LOS DEMÁS

En una de mis entradas precedentes sobre adopción (hay quien las lee), en los comentarios, mucha gente vino a decirme “no hay que preocuparse tanto por lo que piensen los demás”.

Yo también pensaba así y, generalmente, me identifico con el “lo que piensen los demás está de más” (mítico Mecano. Sí soy así de mayor). Hasta que vine a vivir aquí. Entendámonos, me tocan los dos pies muchas de las opiniones que otra gente pueda tener sobre mí, sobre todo si es gente que no me conoce y/o no me tiene ningún aprecio (de todo hay en el mundo). El problema es cuando este amplio colectivo de gente que no me conoce (en serio, son un montón) verbaliza sus opiniones una media de diez veces por minuto. Cuando vas por la calle, aproximadamente una de cada tres personas que te cruces te gritará “frenji”. Incluso sin necesidad de salir a la calle, tus compañeros de trabajo se referirán a ti como “la frenji”. Las madres de la Santa Infancia también preguntarán por “la frenji”. Cuando alguien quiera hablar de ti, te llamará por ese mismo denominativo. Siempre. Aparte de la constatación de tu raza con una palabra que –por mucho que haya quien afirme lo contrario- es peyorativa (yo la comparo con la denominación “gringo” para los estadounidenses en América Latina), es una palabra que te asocia con un montón de tópicos (superficial, colonizadora, explotadora, con aires de superioridad, rica, desesperada por limpiarte la conciencia a base de caridad…) basándose única y exclusivamente en tu color de piel.

Cuando vas con niño, de cualquier raza o edad, estas observaciones se multiplican. De una de cada tres personas, pasan a decirte algo la mitad de las personas con las que te cruzas, esperas en la cola de la fruta o vas en el minibus. No es exageración, es así. Una cosa es que te insulten una vez cada dos o tres meses (y, aún así, entiendo que puede ser terrible). Otra cosa es que te juzguen basándose únicamente en el color de tu piel (ergo, racistamente) una vez cada, aproximadamente, diez minutos. Todos los días. Siempre.

Al final, no puedes evitar que te importe y, sobre todo, te planteas si a tu hija le quieres hacer sufrir de esa manera. Porque, cuando cruce contigo la puerta de tu casa, exactamente la mitad de las personas que se encuentre le preguntará, sin ningún rubor de dónde viene, que relación tiene contigo, cuándo y por qué fue abandonada, y qué le parece el hecho de tener una mamá frenji. La mayoría de las veces se dirigirán a ella sin ni siquiera molestarse en preguntarme a mí primero, dando por descontado que ella sabe amárico y yo no (cuando, por el momento, es al revés).  Habrá quien preguntará con simpatía e intentando comprender una realidad diferente. Habrá quien lo hará buscando encasillarnos en el enésimo tópico racista. Pero todos, todos preguntarán. Y, cuando estés harta de responder y digas “nena, vamos a tomarnos un café, que no puedo más”, la camarera, antes de tomaros nota, os hará todas y cada una de las mencionadas preguntas.

Y sí, al final importa. Y es un problema. Para mí, honestamente, el problema más enorme de vivir en Etiopía.

 

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Oct 16

COMILLAS

Tres veces, tres, he escrito este post en los últimos cuatro meses. A ver si ahora me sale.

Leyendo otros blogs mucho más mejores que este mío (y mucho más serios en su periodicidad, gracias a Dios y a quien lo escribe), surge, entre la comunidad de familias con niños adoptados, una y otra vez el tema de las “etiquetas”, de cómo, para los niños adoptados, una de las principales dificultades es la adaptación a un entorno compuesto por personas mayoritariamente de una raza distinta a la del niño o niña adoptado en ultramar (o en los Servicios Sociales de la esquina).

Para consuelo y/o desesperación de quien se plantea estos interrogantes, aporto mi granito de arena: la discriminación y el racismo no son exclusivos de Europa. Aquí también, en Etiopía, en mi breve experiencia, de momento la mayoría de las opiniones que he encontrado, en amigos y extraños, se ajustan con milimétrica precisión a uno de estos dos tópicos:

  1. Como soy frenji, seré una madre estupenda
  2. Como soy frenji, estoy robando un niño

Aclaro que todavía no tengo niña, pero sí asignación. He tenido la oportunidad de ir a ver a la que será mi Señora Patata un par de veces e, incluso, en una ocasión, pude cruzar la puerta del orfanato con ella en brazos para ir a otro sitio. En nuestra breve experiencia común en el mundo exterior, me dí cuenta de que, cuando llevas un niño etíope en brazos, el “where are you from?” que te preguntan doscientas veces por minuto se sustituye por “¿dónde la has encontrado?” y, “¿por qué la abandonó su madre?”. Como ya he comentado alguna vez, el concepto “pregunta tabú” no existe en Etiopía. En aquella ocasión, encontré el responder las preguntas bastante violento, sobre todo teniendo en cuenta que la Señora Patata, por el momento, es sólo burocracia de mi burocracia. Espero mejorar con la práctica, pero me resulta difícil explicar particulares que en Europa consideramos pertenecientes a la extricta intimidad familiar a un extraño que te ha tocado al lado en una fila.

Básicamente, las familias que adoptan niños de otras razas y viven en España, afrontan la dificultad del niño “distinto” para integrarse en una sociedad mayoritariamente compuesta por personas de otra raza, así como la dificultad de esta sociedad para acoger a ese niño. En mi caso, la “distinta” en una sociedad compuesta mayoritariamente por personas de otra raza, seré yo. Hasta ahí, creo que está claro. Llevo años viviendo aquí y siempre hay quien tira de tópicos en cuanto se encuentra a un frenji. Lo llevo bastante bien, y con el tiempo he recopilado toda una bateria de respuestas de mearte de la risa (en serio). Lo que me preocupa, cuando pienso en mi hija, es que mi “diferencia” le hará también “diferente” a ella (las comillas se contagian). A pesar del color de su piel (en concordancia con el color dominante en nuestro ambiente), el problema persistirá, porque la diferencia entre su color y el mío evidenciará que no la habré parido, y eso, de nuevo, generará tópicos y malentendidos.

Conozco varias familias extranjeras que han adoptados niños etíopes y viven en Etiopía. D. el hijo de la Doctora, una vez se escuchó de un miembro particularmente idiota de mi Santa Infancia “esa no es tu madre, tú no eres su hijo”, así, sin comerlo ni beberlo. En este caso, mi elemento evidenciaba seguramente la envidia que la familia de D. le producía. Pero, al margen de sus motivaciones, el insulto se parece sorprendentemente a los que en ocasiones se escuchan los niños adoptados que viven en países de mayoría blanca.

Como se ve, esta investigación y reflexión no me está sirviendo en absoluto para aclararme las ideas. No sé si los ataques racistas se producen porque el niño tiene otro color o porque el niño es adoptado. Al final, si tengo que quedarme con una conclusión, diría que los problemas provienen –o pueden provenir- del hecho de formar parte de una familia “diferente” en un entorno compuesto por familias mayormente “convencionales” (iba a explicarlo, pero todos sabemos lo que quiere decir familia convencional). Tiene que ver con el color de piel, pero también con nuestro nivel económico y social (tenemos agua caliente en casa, coche a disposición, y tampoco me mato mucho la cabeza para llegar a final de mes). Ella es abeshá, pero su vida, por mucho que estemos en permanente contacto con su cultura y vivamos en su país, será frenji. Frenji en Etiopía, con –obviamente- muchísima gente en nuestro entorno abeshá, y también muchísima gente frenji. Pero mucho me temo que, al final, ella será encuadrada como frenji, por pertenecer a una familia frenji, y tener una lengua que no es el amárico como lengua materna (sabrá el amárico, pero no será la lengua que hablaremos entre nosotras normalmente). Y aquí, una vez que te meten en un saco, es imposible salir de él.

Como única certeza, creo que, en contra de lo que pudiera parecer, el hecho de que yo viva en el país de nacimiento de la que será mi hija no le ahorrará ningún problema. Tendremos, simplemente, otro tipo de problemas.

 

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Oct 15

COSAS QUE HACER EN ETIOPÍA CUANDO NO TIENES UN DURO

En contra de los tópicos, hacer turismo en Etiopía cuesta un dinero. Yo hoy aquí quería ofrecerles un pequeño repertorio de cosicas que se pueden hacer de manera gratuita y que, a mí particularmente, m’ncantan:

1. Vagabundar por Merkato

Ir al Merkato a comprar, como ya expliqué en su día, es El Horror. Sin embargo, yo encuentro fascinarte ir a pasear sin rumbo fijo, sólo por el placer de ver de cerca El Caos Absoluto. Es verdad que te gritan mucho y puede ser agobiante, pero la cantidad de plásticos que puedes apreciar compensa con creces los pequeños inconvenientes. El máximo de la visita: coincidir con un camión cargado hasta los topes de plásticos en sus más diversas variantes. Para mí, comparable al Louvre. Sobre todo –además de los plásticos- las partes dedicadas a la cestería y a las especias.

2. Ir al molino

El molino es ese sitio donde uno va a que le muelan lo que tenga que moler: trigo, maíz y, sobre todo, berberé. La gente lleva el berberé ya mezclado (las pepitas de los chiles, pimienta y el largo etcétera de especias que lo componen) y allí te lo muelen, dando como resultado el preciado polvo. Los molinos son sitios oscuros y pequeños, pero la gracia está en la vertiente multisensorial de la experiencia: hueles a berberé por todas partes, y, recién molido, tiene un color precioso. El proceso del berberé se combina, en la misma habitación, con la limpieza de las harinas en tamizadores y otras moliendas. Yo, cuando van las cocineras, me apunto fijo. No me gusta mucho ni el picante ni el berberé en la comida, pero el olor de la especia me encanta. Y, una vez que te dejan de llorar los ojos (berberé is in the air), puedes hasta apreciar los colores.

 3. Ir por la mañana tempranito a Meskel Square.

Sobre las seis de la mañana, el pueblo etíope se pone en marcha. Alrededor de Meskel Square, la gente se concentra para correr. En general, entre las cinco y las seis de la mañana, puedes encontrar bastante gente prácticando jogging en toda la ciudad. Mola porque parecen una gente súper emprendedora y sanota. El top es cuando tienes la suerte de encontrar a algún corredor que, con zapatos de plástico y pantaloneta gueter, corre con el mejor de sus empeños.

 4. Ver la luna llena al atardecer

Cuando, a punto de anochecer, sale la luna, y coincide que es luna llena, se ve increíblemente grande, y mucho más cerca que en Europa. Desconozco la causa científica (sí, soy así de ignorante), pero se ve muy, muy bonita. Del cielo estrellado africano no hablo porque, la verdad, en Addis sólo puedes apreciarlo cuando se va la luz. Y es verdad que sucede bastante a menudo, pero sueles estar ocupada tropezándote por toda la casa buscando esa vela o linterna que dejaste tan a mano por si acaso.

 5. Los jardines del Sheraton

El Sheraton es el conocido hotel de súper lujo en Addis. Tomarse lo que sea cuesta un patrimonio y medio, pero a los frenjis nos dejan entrar sin hacer preguntas, y pasear por los jardines aunque no te tomes nada. Hay un parque de juegos infantiles bastante chulo, pero normalmente desierto. Si vas los martes y los jueves en torno a las siete de la tarde, encienden las fuentes y los focos en los jardines. No es la experiencia de tu vida, pero son cuquis de ver. Como digo, si vais con amigos abeshás, a lo mejor os indican que el paseo por los jardines es sólo para huéspedes. Y sí, esta última observación habla de racismo.

 6. Visitar una iglesia ortodoxa

Salvo que sean las de Lalibela, en las que la entrada va camino de costar lo mismo que la de Disneyland, entrar en las iglesias ortodoxas es gratuito. Yo voy con la Santa Infancia el día de Viernes Santo, jornada dedicada a la expiación de nuestros pecados (no todo van a ser cupcakes en el mundo), cuando los jardines que circundan las iglesias se llenan de fieles que repiten miles de veces las preceptivas genuflexiones. A mí me relaja.

Habrá quien incluya la ceremonia del café en esta lista. Yo no porque, aunque vayas de colegueo, siempre está bien llevar algo. Y ese algo costará dinero. Pero vamos, que con todo lo que os comento, te llenas un día estupendo.

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Jun 17

HOSTILIZADA

Cuando llegan estas fechas del año, sucede que una está, mayormente, hasta los huevos de niños, familias y problemas. Como además empiezan las lluvias, -lo que quiere decir que no volverás a ver la luz del sol en tres meses-, pues la tensión se acumula y, al final, explotas.

Hoy he ido por enésima vez al traumatólogo con A. A nuestro lado, esperando, había una señora con su marido. Parecían gente con posibles. La señora estaba en silla de ruedas porque se había torcido un tobillo. En un momento dado, el señor se acercado a A. y le ha hecho la pregunta de marras:

_ ¿La frenji te ha atropellado con el coche?

Y allí no me he podido contener. Ha sido como vomitar. Porque no hay ni una sola vez en que no vaya al médico y alguien no le pregunte eso al niño de turno, porque estoy hasta las narices. Me he girado a la señora y le he soltado:

_ ¿Tu marido te ha pegado?

Se han quedado mayormente blancos del susto.

_ Tan equivocada es una hipótesis como la otra– he explicado sucintamente- sólo que seguro que a usted no se lo preguntan cada freaking día.

A lo mejor sí que necesito unas vacaciones.

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Jun 14

IDEAS…¿SIN RUMBO?

Las últimas semanas están siendo complicaditas. Adentrarse en el mundo de la adopción te avoca a cienes de interrogantes morales. Leo en Internet que muchas familias comparten esos interrogantes, que a la mayoría les han surgido después de la adopción. No lo sabían. Yo sí lo sé, por lo que todas las decisiones que tome (espero) serán con conocimiento de causa. Hasta ahora, algunas cosas que sé:

1. Si a una señora que te viene diciendo que quiere abandonar a su hijo, te ofreces a pagarle simplemente el alquiler de su casa (estamos hablando de unos veinte euros al mes), no abandonará a su hijo. Que lo quiera o no, es otro cantar. Muchos niños, en el target en el que yo trabajo, son fruto de la violencia. Téngase siempre en cuenta que ninguna de estas señoras ha elegido ser madre.

2. Hablando con gente que trabaja en orfanatos privados, les pregunté por qué las madres abandonan a sus hijos. Me respondieron “muchas veces tienen enfermedades terminales, como cáncer o Sida”. El Sida, también en Etiopía, seguido adecuadamente, entra más en la tipología de enfermedades crónicas, como la artritis. Nadie le diría a una señora con artritis que abandonara a su hijo, y muchas de las artritis son más incapacitantes que el Sida. Me quedó claro que cada vez que uno de estos trabajadores sociales se cruza con una señora seropositiva, le recomienda que abandone a sus hijos, porque no podrá criarlos. Si yo hiciera lo mismo, tendría un bus lleno de niños.

3. En los años que llevo trabajando con mi Santa Infancia, ha habido dos casos en los que me planteé recomendar la adopción. Uno era el caso de la señora F. que, con cuatro hijos, se estaba muriendo con el hígado en proceso de cirrosis debido a la Hepatitis. No probé a dar los niños en adopción porque no estaba segura de que el sistema garantizara que los cuatro siguieran juntos, y son hermanos muy unidos. En una decisión que en su momento me pareció irresponsable, decidí esperar y rezar a ver qué pasaba. Dos años después, la señora sigue viva y en estado de relativa buena salud. Depende absolutamente de nuestro centro para su supervivencia y la de sus hijos, pero siguen todos juntos. Si hubiéramos dado a los niños en adopción, estoy segura de que la señora F. se hubiera muerto.

Cuando M. se quedó embarazada tenía 16 años y a nadie en el mundo. Por supuesto, no quería ser madre. Incluso cuando fuimos a parir, el principal problema fue que ella no quería parir, porque no quería tener un hijo. A gritos, la hicimos parir. Desde ese momento, la apoyamos en todo lo que necesitó. A día de hoy, quiere muchísimo a su niña, que ahora tiene dos años, y que es lo mejor que nos ha pasado jamás. Ni la madre ni la hija son autosuficientes, y si les retiráramos la ayuda que les damos, acabarían inmediatamente en un prostíbulo. Dada la fragilidad de la madre, tampoco estoy tan segura de que, si aparece un eventual nuevo “marido”, no mande la niña a tomar por saco. Pero de momento forman una familia modélica. En su día, no le comenté la posibilidad de dar la niña en adopción porque seguramente lo hubiera hecho, y yo me habría quedado con una adolescente desestabilizada después de un parto que seguramente me habría reprochado de por vida que la hubiera convencido para dar a su hija a otras personas.

4. En Etiopía, si tú sueltas, digamos, 4,000 euros, salvo que sea para construirte una casa, puedes estar seguro de que una parte de ese dinero irá a parar donde no debiera. No es normal que tanta gente del sector adopciones tenga coche. Tener coche en Etiopía es súper, súper caro. Por mucho proyecto de desarrollo que gestionen, con su formación, su sueldo no debería permitirles comprarse un coche, salvo que trabajen para Naciones Unidas. He visto gente del sector que viaja con coches que cuestan, con los impuestos, 150,000 euros.

5. Una madre que esté dispuesta a vender a su hijo, por la cantidad o la circunstancia que sea –no sólo las que aceptan dinero a cambio de abandonarlos, sino también las que deciden mandar a sus niñas de nueve años a limpiar a casas de otras personas en la ciudad- seguramente no está preparada para ser madre, y seguramente su hijo/a estará mejor en otra familia que lo/la quiera.

6. Los operadores oficiales del sector se llenan la boca diciendo que están promocionando las adopciones locales (entendidas como adopciones solicitadas por familias etíopes). Vale. El problema es que la adopción, entendida como incorporar a tu familia un niño/a al querrás igual que a tus hijos biológicos y que será, a todos los niveles, tu hijo/a, no existe en la cultura etíope. Y nadie está haciendo nada para incorporar esa idea a la mentalidad general. Básicamente, lo que subyace, es que no quieren dar niños etíopes a familias frenjis. Porque no. No les interesa garantizar a cada niño una familia en la que crecer sino, simplemente, frenar las adopciones de niños etíopes en familias frenjis. Hay quien disimula y hay quien te lo suelta directamente a la cara. Normalmente, los que no se esconden son las personas a cargo de los distintos pasos del servicio. No consigo entender como las adopciones pueden depender de personas que no creen en la adopción. Es como si pusieras de patriarca ortodoxo a un musulmán.

7. Ni una sola de las personas que he encontrado en estas semanas y que trabajan en los distintos pasos del proceso de adopción parecen tener ni la más mínima idea de lo que supone adoptar para una familia. Para ellos es un proceso burocrático y tú eres, simplemente, una persona con prisa. Da igual que les repitas una y otra vez que el problema no es esperar, el problema es entender qué estás esperando. Para ellos tú eres un colonizador que ha venido a robar un niño. No entienden que las informaciones contradictorias te confunden. No entienden que, en lo más importante que harás en tu vida, consideras vital recopilar toda la información que puedas. No entienden que la incertidumbre te hace sufrir. No entienden que haces listas inútiles con lo que has conseguido averiguar, y que rezas para que, entre todos, no te coloquen en una posición en la que tengas que decidir entre ser madre o dormir tranquila el resto de días de tu vida.

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May 01

LUNES

El lunes es mi día favorito de la semana. Es mi día libre. Llevo años intentando institucionalizar la cosa. Y me ha costado muchos “vine, y no estabas”, “yo quería decírtelo el lunes, pero no estabas”, y “el lunes no viniste a trabajar”, dichos con cara de resentimiento, pero yo los lunes me los cojo libres.

O casi.

La señora F. tiene citas en el médico cada mes. Está muriéndose, y en las citas le controlan la velocidad de su deterioro físico. Las citas son en un hospital en la otra punta de la ciudad. Y siempre son en lunes. Yo la llevo en coche, porque ahora no tenemos ni coche de proyecto, ni chófer, ni ná, y luego, con otra señora que la acompaña, vuelven por sus propios medios en taxi que pago yo. También la otra señora la pago yo. Son dos horas y media entre ir y volver a dejarla. Pero es que se está muriendo. Quién le negaría dos horas y media de su tiempo a una persona que se está muriendo. Y, total, a partir de las diez y media de la mañana, sigue siendo mi día libre.

Hasta mediodía. Me llaman. Que hay que ir a hacerse análisis. Que no les basta el dinero que les he dado esta mañana. Que no saben adónde ir a hacerse los análisis. Y entonces voy. Quién le negaría una tarde a una señora que se está muriendo. Sería no tener corazón. Imagínate que se muere llendo en transport a hacerse los análisis.

Y vamos, y hacemos los análisis. Y luego me dicen que no han podido comprar las medicinas que necesita en la farmacia del hospital, y así nos recorremos varias farmacias de la redolada. Otra hora y media.

Cuando acabamos, ya que estamos, la llevo hasta su casa. Se está muriendo. Qué persona sin entrañas dejaría a una moribunda el final del asfalto, en vez de entrarla de nuevo hasta su misma cama.

Y así vuelvo a casa ya de noche. Y, la verdad, no me siento una persona mucho mejor por haber dedicado mi día libre a la moribunda. Lo que sí me siento es cansada, muy cansada. Y la perspectiva de que, de mis cuatro días libres mensuales, le dedicaré a la moribunda la mitad hasta que decida morirse, no me ayuda a descansar mejor.

Decido que, persona despiadada o no, el dinero se inventó para eso. De ahora en adelante, la señora moribunda irá siempre en taxi que pagaré a precio de avión. El precio de mi tiempo libre. El precio de mi conciencia.

Como se muera en el taxi, me da un tabardo.

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Abr 28

MADERA

Comprar cuadernos. M. se ha escapado de casa. Tendremos que mediar (otra vez) con la señora que la acoge. G. también ha estado una semana fuera de su casa. Viene su padre. Se declara inocente. Hace meses que dejó de pegarle. A lo mejor, después de años de tratar a su hijo como un animal, no podemos esperar que el niño perdone a ese señor con gafas (¿gafas en un padre de mi Santa Infancia? Sabe Dios dónde ha encontrado las gafas). A lo mejor ese odio ya no tiene vuelta atrás.

 

B. tiene hepatitis. W. necesita un electrocardiograma. Pedir cita, quedar con ella y con su madre, ir juntas a la prueba. Explicarle lo que le van a hacer para que no se asuste. A B. le han diagnosticado artritis reumatoide… a los doce años. ¿Hay reumatólogos en Etiopía? Aparentemente sí, en el Black Lion. Sondeo el terreno. Si los hay, los tienen muy, muy escondidos. O escondido. Me huelo que sólo hay uno. Mientras B. permanece ingresado en la casa de unas monjas, su padre aprovecha para beberse las mantas, la cama y, finalmente, el alquiler de su casa. B. sólo quiere volver a su casa. Sólo que ya no tiene casa.

 

Arreglaron el teléfono… parcialmente. Sólo podemos recibir llamadas. No podemos llamar. Tendré que volver a las telecomunicaciones (y van tres…). Y esperar. Y esperar. Mi hijo/a. ¿Cuándo podré quitar la barra? Sigo esperando. Estoy preparada. Estoy paralizada. No consigo hacer nada porque todo depende de cuándo conseguiré quitar la barra. Mi vida en suspensión. ¿Baja por maternidad? Sí. ¿Dónde? ¿Cuándo? En suspensión. Me dicen los burócratas que tengo que ser paciente. Se equivocan en la palabra y les sale “tolerante” ¿? Creo que soy bastante tolerante.

 

S. está triste el jueves. Y el viernes. Y el sábado, cuando me pide el alquiler, me acuerdo de que la he visto triste. Y le pregunto. Dos años desde que su madre se ahorcó. ¿Cómo puede alguien colgarse en esa mierda de casas sin que se te caiga la casa encima? La madera, me respondieron, la madera aguanta siempre.

 

Pinocho era de madera. El Caballo de Troya era de madera. El Arca de Noé era de madera. Pinocho, mentira. Caballo de Troya, engaño. Arca de Noé, refugio. Llueve estos días en Addis.

 

Y los cuadernos, que no se me olviden. Y un mapa del mundo, porque quiero empezar una colección de monedas con las monedas que se encuentra la Santa Infancia tiradas por ahí. Estoy convencida de que podemos llegar a tener monedas de todos los países, y así tener un mapa cubierto de dinero colgado en el pasillo. Tengo que ver cómo colgar las monedas de países canijos como El Salvador.

 

A Z. finalmente la ha rapado su madre. Le medico las heridas de la tiña. Me acuerdo de dónde he visto cabezas como la suya: en La Lista de Schindler, en las fotos de los campos de concentración de la II Guera Mundial. Le recuerdo al día siguiente a la enfermera que apunte la fecha de inicio de tratamiento en su expediente, para que nos acordemos de terminarlo. Le va a tocar por lo menos un mes de pastillas. Se averguenza de su cabeza concentrada. Busco un pañuelo que le quede mono. Ya está. “Tienes suerte. Como tienes una cara preciosa, todos los pañuelos te quedan genial”. Piropo de manual para subir la autoestima. Creo que cuela.

 

Se nos está cayendo el korkoró del muro. No me preocupa que entren ladrones, me preocupa que cuando caiga le dé a un peatón en la cabeza. La madera que lo sostiene se ha podrido. La madera aguanta siempre. Aguanta hasta que se quema o se pudre, supongo. Yo siempre quise ser plástico. Ahora soy madera. Aguanto.

 

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Abr 22

MURPHY EN ADDIS

Comentaba hace días con un expat que a veces Addis es la ciudad de la Ley de Murphy. Todo lo que puede ir mal, irá mal. Es un tema que, hablado entre extranjeros quejicas, da bastante juego. Todos tenemos anecdotillas que confirman que si dejas el más mínimo resquicio al azar en tus planes, éstos se irán al garete.

 

En esta línea, cuando hace tres semanas me cortaron el teléfono sin razón aparente, no me sorprendió. Fui a la oficina de telecomunicaciones, donde rápidamente dedujeron que era porque yo no había pagado. No era verdad. Esto lo hacen mucho, culpar al cliente. En otros sitios, el cliente tiene la razón. Aquí, tiene la culpa.

 

Luego me dijeron que mi línea aparecía como activa en el sistema, por lo que yo tenía que tener línea. Pero yo no tengo línea. Me dijeron que me fuera a casa a comprobar si tenía línea, cosa que hice porque llevaba prisa y no me apetecía entrar en el bucle.

 

Volví dos semanas más tarde, ya bastante mosqueada, y con más tiempo para derrochar. Tras comprobar, de nuevo, que había pagado el mes y que mi línea aparecía activa, me dijeron que llamara al servicio de atención al cliente. Tócate los cojones. Hace tres meses que no tengo cobertura de móvil, hace tres semanas que tampoco tengo línea fija y tengo que llamar por teléfono a atención al cliente, cuando ya estoy en una oficina de atención al cliente. Así se lo expliqué al señor que me atendía, que me miraba con cara de “te has equivocado, esto es una carnicería y no arreglamos teléfonos”. Ante su pasividad, le pedí que me indicara quién era la persona responsable de la oficina.

 

Me llevó ante un chaval con los pantalones a medio culo. Estuve a punto de aclararle que yo no quería grabar una canción featuring Pitbull, sino que me repararan el teléfono, pero me contuve porque sé que a veces juzgo demasiado. El chaval con los pantalones a medio culo y los andares del novio maltratador de Rihanna, me dijo que él no podía hacer nada por mi línea de teléfono. Siempre es así: el primer impulso es intentar no hacer nada. No me dí por vencida y le dije que, si él era el jefe de la oficina, digo yo que tendría que al menos intentar encontrar alguna explicación para mi ausencia de línea. Me dijo que él se encargaba de los clientes nuevos (probablemente porque todavía no tienen problemas de línea) y me mandó al señor del servicio técnico.

 

El señor del servicio técnico estaba tranquilamente consultando un periódico en Internet. Tuvo a bien registrar la incidencia y me dijo que volviera dentro de una semana si la incidencia persistía, y que entonces llamaríamos a un tal Gedeon. Respondí que, en mi humilde entender, si una cosa se rompe y no la arreglas, probablemente seguirá rota dentro de una semana. Soy maja, pero no santa. No creo que se arregle milagrosamente. Él me dijo que Gedeon tenía mucho trabajo porque había muchos clientes con problemas como el mío (¿y esto no te hace preguntarte algunas cosas?). Repliqué que a lo mejor Gedeon también estaba sin nada que hacer en su oficina leyéndose el Addis Fortune en Internet. Al final, llamamos a Gedeon, que nos informó que mi corte de línea se debe a una reparación de no sé qué tipo, que es consciente de que no tengo línea, y que llegará un día en el que me volverá a dar línea. No sabe cuándo. El señor del servicio técnico tuvo el detalle de recomendarme que no me olvidara de pagar las cuotas mensualmente, a pesar de no tener teléfono. Y te lo dicen así, en toda la cara, que tienes que pagar por un servicio que no te están dando.

 

Y encima se está generalizando Danza Kuduro. Oh Dios por qué nos has abandonado.

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Abr 19

LA SANTA JOBA

Atravesamos una época de grandes carencias. Concretamente, en estos momentos, carecemos de teléfono, agua y butano. A ratos también carecemos de luz. A ratos carecemos además de paciencia. Yo no puedo más.

Pensarán ustedes que hace falta tener cierta jeta para quejarse en el ambiente en el que yo vivo. Duermo con nórdico (edredón, no persona), lo que ya me sitúa alta altísima en la escala del bienestar social. Además, puedo coger el coche para poner la lavadora en casa de algún amigo de buena voluntad. Esta última posibilidad no la tienen el 99% de la gente que vive a mi alrededor.

No es que me queje, entendámonos. Bueno, sí me quejo. Pero es sólo que mi vida se ha vuelto bastante más difícil, y eso siempre jode. Me siento como un famoso de la Isla de los Famosos. Uno de esos famosos sin demasiada maña para la supervivencia, que se pasan el reality intentado pescar peces con clips atados a cuerdas, y que lo intentan cada día, y que nunca pescan nada, y que cada vez están más delgaínos. Esa soy yo.

La señora que nos cuida, a la que llamaremos señora G., lo lleva bastante bien. Hace un par de días tuve que pararla porque se había puesto a lavarme la ropa a mano, acarreando el agua de un grifo cercano. Tengo tanta ropa que podría estar dos meses sin lavar, y seguiría teniendo bragas limpias. No hace falta que se deje los riñones.

La mayoría de los etíopes que conozco no tienen agua corriente en casa. Eso hace que maximicen al infinito el uso de agua y, sobre todo, que no se les caiga una gota en el trasvase entre cubo y cubo. Yo no hago más que regar la casa de salpicones. Luego piso encima de los salpicones y, si normalmente limpiamos el suelo un par de veces por semana, ahora tengo que limpiar el suelo de la cocina cada día mientras pienso que si algo bueno tiene el suelo de barro de las cabañas es que absorbe el agua. Y que es sufrido. Seguro que los salpicones no se ven. En mi suelo de baldosa blanca, mira por dónde, se ven.

Con el tiempo y la práctica, la cosa mejora. En vez de usar un cubo para ducharte, acabas usando mitad. El pelo te queda menos bonito, pero con lo que te sobra de la ducha te da para echarlo en el váter y así te ahorras un viaje al grifo del jardín que sí tiene agua. Adquieres una habilidad inaudita en el arte de lavarte la cara con una sola mano, porque en la otra tienes la latilla que usas para echarte el agua.

El butano lo llevo peor, y tiene menos pinta de arreglarse. Sencillamente los distribuidores de butano ya no distribuyen butano. Me encantaría saber a qué han decidido dedicar sus esfuerzos, pero nadie ha sabido darme una respuesta. De momento, cocino con electricidad, pero le cuesta una vida. El café comienza a salir cuando oigo sonar la campana que me anuncia que tendría que estar ya trabajando.

Lo del teléfono se lo cuento mañana. Me voy a llenar el cubo.

 

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