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Posts Tagged ‘Salud’

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May 02

LA DOCTORA

La Doctora llegó un día con su ingeniero, su bata blanca y sus niños de colores, encontró un sitio bonito, y se puso a trabajar. Durante años, la Doctora luchó contra las siglas, las estadísticas y la burocracia. Creó un oasis de vida donde reparaba personas y donde le pasaban cosas tremendamente divertidas y otras que no lo eran tanto. O que no eran en absoluto divertidas.

Una noche la llamaron del sitio bonito porque estaban pasando cosas feas. Por azares de la vida, la acompañé por primera vez a su campo de batalla. Cuando llegamos allí, cuatro bebés del tamaño de cuatro ratas masticaban el aire. Había gente que corría aquí y allá, como pollos descabezados. A la Doctora ni siquiera se le torció el gesto. Comenzó a repartir instrucciones, y con cinta adhesiva y tijeras dividió el único tubo de oxígeno disponible. Yo, después de ayudarla en la parte MacGiver de la operación, como se puede imaginar, pintaba poco allí. No tengo especiales habilidades médicas y, sinceramente, el aspecto de los niños hubiera hecho las delicias de los fotógrafos de Naciones Unidas.

Sin saber muy bien qué hacer, me senté en una esquina para molestar lo menos posible, y esperé. Y la ví allí, segura, fuerte, concentrada. Con una determinación que hubiera podido mover montañas. Sólo que las montañas de aquella noche eran muy, muy grandes.

Y allí, en ese instante, le ví sentido a Todo. A las renuncias, a los días de mierda, a la incomprensión, al miedo. Porque el trabajo de la Doctora, su creer en lo increíble, justificaba todo. Esos niños podrían vivir o morir, pero no lo harían en el olvido. Sus vidas o sus muertes no serían indiferentes. Recé para que la Doctora siguiera luchando siempre. Recé para que venciera siempre, porque la suya era una guerra de las que son necesarias.

Aquella noche vivieron los cuatro. Dos fallecieron durante la siguiente semana. Hace algunos años, una familia italiana me contó que una de aquellas ratas boqueantes se había convertido en su resplandeciente hija.

Hace ya seis meses que la Doctora, su Ingeniero y sus hijos de colores se fueron a Italia. Echo de menos nuestras conversaciones donde nos reíamos de cosas terribles:

_ Hoy he pasado consulta a un señor con 1 de Hemoglobina

_ Hala, y ¿de qué color estaba?

_ No sé… ¿blanco roto?

_ Anda, como los vestidos de novia

Echo de menos su serenidad y su fuerza. Yo no tengo hermanas, pero la vida me ha dado unas cuantas, y la Doctora es una de ellas. Las renuncias se acumulan. La fortuna de poder renunciar, de haber conocido a quienes han cambiado pequeños mundos sigue compensándolas.

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May 01

LUNES

El lunes es mi día favorito de la semana. Es mi día libre. Llevo años intentando institucionalizar la cosa. Y me ha costado muchos “vine, y no estabas”, “yo quería decírtelo el lunes, pero no estabas”, y “el lunes no viniste a trabajar”, dichos con cara de resentimiento, pero yo los lunes me los cojo libres.

O casi.

La señora F. tiene citas en el médico cada mes. Está muriéndose, y en las citas le controlan la velocidad de su deterioro físico. Las citas son en un hospital en la otra punta de la ciudad. Y siempre son en lunes. Yo la llevo en coche, porque ahora no tenemos ni coche de proyecto, ni chófer, ni ná, y luego, con otra señora que la acompaña, vuelven por sus propios medios en taxi que pago yo. También la otra señora la pago yo. Son dos horas y media entre ir y volver a dejarla. Pero es que se está muriendo. Quién le negaría dos horas y media de su tiempo a una persona que se está muriendo. Y, total, a partir de las diez y media de la mañana, sigue siendo mi día libre.

Hasta mediodía. Me llaman. Que hay que ir a hacerse análisis. Que no les basta el dinero que les he dado esta mañana. Que no saben adónde ir a hacerse los análisis. Y entonces voy. Quién le negaría una tarde a una señora que se está muriendo. Sería no tener corazón. Imagínate que se muere llendo en transport a hacerse los análisis.

Y vamos, y hacemos los análisis. Y luego me dicen que no han podido comprar las medicinas que necesita en la farmacia del hospital, y así nos recorremos varias farmacias de la redolada. Otra hora y media.

Cuando acabamos, ya que estamos, la llevo hasta su casa. Se está muriendo. Qué persona sin entrañas dejaría a una moribunda el final del asfalto, en vez de entrarla de nuevo hasta su misma cama.

Y así vuelvo a casa ya de noche. Y, la verdad, no me siento una persona mucho mejor por haber dedicado mi día libre a la moribunda. Lo que sí me siento es cansada, muy cansada. Y la perspectiva de que, de mis cuatro días libres mensuales, le dedicaré a la moribunda la mitad hasta que decida morirse, no me ayuda a descansar mejor.

Decido que, persona despiadada o no, el dinero se inventó para eso. De ahora en adelante, la señora moribunda irá siempre en taxi que pagaré a precio de avión. El precio de mi tiempo libre. El precio de mi conciencia.

Como se muera en el taxi, me da un tabardo.

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Abr 28

MADERA

Comprar cuadernos. M. se ha escapado de casa. Tendremos que mediar (otra vez) con la señora que la acoge. G. también ha estado una semana fuera de su casa. Viene su padre. Se declara inocente. Hace meses que dejó de pegarle. A lo mejor, después de años de tratar a su hijo como un animal, no podemos esperar que el niño perdone a ese señor con gafas (¿gafas en un padre de mi Santa Infancia? Sabe Dios dónde ha encontrado las gafas). A lo mejor ese odio ya no tiene vuelta atrás.

 

B. tiene hepatitis. W. necesita un electrocardiograma. Pedir cita, quedar con ella y con su madre, ir juntas a la prueba. Explicarle lo que le van a hacer para que no se asuste. A B. le han diagnosticado artritis reumatoide… a los doce años. ¿Hay reumatólogos en Etiopía? Aparentemente sí, en el Black Lion. Sondeo el terreno. Si los hay, los tienen muy, muy escondidos. O escondido. Me huelo que sólo hay uno. Mientras B. permanece ingresado en la casa de unas monjas, su padre aprovecha para beberse las mantas, la cama y, finalmente, el alquiler de su casa. B. sólo quiere volver a su casa. Sólo que ya no tiene casa.

 

Arreglaron el teléfono… parcialmente. Sólo podemos recibir llamadas. No podemos llamar. Tendré que volver a las telecomunicaciones (y van tres…). Y esperar. Y esperar. Mi hijo/a. ¿Cuándo podré quitar la barra? Sigo esperando. Estoy preparada. Estoy paralizada. No consigo hacer nada porque todo depende de cuándo conseguiré quitar la barra. Mi vida en suspensión. ¿Baja por maternidad? Sí. ¿Dónde? ¿Cuándo? En suspensión. Me dicen los burócratas que tengo que ser paciente. Se equivocan en la palabra y les sale “tolerante” ¿? Creo que soy bastante tolerante.

 

S. está triste el jueves. Y el viernes. Y el sábado, cuando me pide el alquiler, me acuerdo de que la he visto triste. Y le pregunto. Dos años desde que su madre se ahorcó. ¿Cómo puede alguien colgarse en esa mierda de casas sin que se te caiga la casa encima? La madera, me respondieron, la madera aguanta siempre.

 

Pinocho era de madera. El Caballo de Troya era de madera. El Arca de Noé era de madera. Pinocho, mentira. Caballo de Troya, engaño. Arca de Noé, refugio. Llueve estos días en Addis.

 

Y los cuadernos, que no se me olviden. Y un mapa del mundo, porque quiero empezar una colección de monedas con las monedas que se encuentra la Santa Infancia tiradas por ahí. Estoy convencida de que podemos llegar a tener monedas de todos los países, y así tener un mapa cubierto de dinero colgado en el pasillo. Tengo que ver cómo colgar las monedas de países canijos como El Salvador.

 

A Z. finalmente la ha rapado su madre. Le medico las heridas de la tiña. Me acuerdo de dónde he visto cabezas como la suya: en La Lista de Schindler, en las fotos de los campos de concentración de la II Guera Mundial. Le recuerdo al día siguiente a la enfermera que apunte la fecha de inicio de tratamiento en su expediente, para que nos acordemos de terminarlo. Le va a tocar por lo menos un mes de pastillas. Se averguenza de su cabeza concentrada. Busco un pañuelo que le quede mono. Ya está. “Tienes suerte. Como tienes una cara preciosa, todos los pañuelos te quedan genial”. Piropo de manual para subir la autoestima. Creo que cuela.

 

Se nos está cayendo el korkoró del muro. No me preocupa que entren ladrones, me preocupa que cuando caiga le dé a un peatón en la cabeza. La madera que lo sostiene se ha podrido. La madera aguanta siempre. Aguanta hasta que se quema o se pudre, supongo. Yo siempre quise ser plástico. Ahora soy madera. Aguanto.

 

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Abr 26

CULPABLE

T. tiene nueve años. Y está convencido de que yo maté a su padre.

T. tenía un padre al que le faltaban algunos dedos de los pies. Con esa minusvalía y su avanzada edad, el señor dedicaba sus días a beber tranquilamente y a mendigar cuando se le acababa el dinero para beber.

Un día el señor se puso enfermo. Y T. me lo dijo. Le dije que su padre tenía que ir al Centro de Salud (para eso están). T. me dijo que no tenía a nadie con quién ir al Centro de Salud. Yo le dije que no podía hacer nada, y él se rebotó. A ustedes les parecerá que no tengo entrañas, pero si me dedicara a acompañar al médico a todos los enfermos del barrio, no podría hacer n.a.d.a. más. No podría dormir, no podría ir al baño, no podría trabajar en nada más. Sencillamente, no me daría tiempo.

En cualquier caso, el señor fue al Centro de Salud, donde le diagnosticaron una artritis reumatoide. Le compramos las medicinas prescritas. Como no mejoraba, le dimos todavía más dinero para que fuera a una clínica privada, donde le diagnosticaron lo mismo. En ese punto, yo le dije a T. que intentaría pasarme por su casa. Al final no pude. Me fui de vacaciones a España dos semanas. En mi ausencia, el señor decidió irse al pueblo, donde falleció un mes más tarde.

Aunque murió en el gueter, y lo enterraron allí, en casa hicieron también funeral (recepción). Decidí pasarme, más que nada a ver quién se podía hacer cargo de T. desde ese momento (no tiene madre). Cuando fui, me dí cuenta de que T. había comentado a todo el mundo que yo me había negado a tratar a su padre (aclaración: NO soy médico), y la gente me miraba como si yo hubiera disparado al señor en la cabeza.

Y así hasta el día de hoy. Actualmente, cada vez que le niego algo a T. (quiere más ropa, quiere otros zapatos…) me ataca con el mismo argumento: “Eres mala gente. Por tu culpa se murió mi padre”. Sé que, a sus nueve años, está rebotado con el mundo y lo focaliza en mí. Ya. Pero jode.

Podría decirle que exactamente lo mismo que hubiera hecho yo en caso de haber tenido tiempo de ir a visitar a su padre, podrían haberlo hecho todas y cada una de las decenas de personas que se pasaron en un momento u otro por el funeral, incluido su hermano mayor de más de veinte años. Podría decirle que los únicos que le dimos ayuda efectiva (comprarle las medicinas, mantener a su hijo durante los últimos cinco años…) fuimos nosotros. Podría decirle que sé que piensa que el mundo le debe todo. Podría decirle que jamás encontrará el pago por sus desgracias.

Podría decirle que él mismo siempre odió a su padre (el señor le curraba de cuando en cuando). Podría decirle que es, como mínimo, esperar demasiado el pensar que yo puedo hacerme cargo y gestionar todas y cada una de las enfermedades que afectan a los cientos de familias de nuestra Santa Infancia.

Podría decirle que lo quiero, pero a ratos no sería verdad. Cuando me dice esas cosas lo odio un bastante.

A lo mejor porque, en el fondo, sé que podría tener razón. He salvado a otros. A veces sólo hace falta ir a la casa, y acompañarlo al médico (si vas con un frenji, te tratan mejor). A veces, sólo hace falta tiempo. Yo no tuve tiempo. Nadie lo tuvo y, al final, el señor se murió en el olvido. Se llamaba Sitotaw. Quiere decir “Regalo”. No sé para quién.

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Nov 21

DOCTOR, DOCTOR

El pueblo etíope tiene una relación cuando menos curiosa con sus propios cuerpos. Si alguno de nuestros lectores ha tenido la oportunidad de trabajar en el ámbito sanitario etíope, seguro que recuerdan con cariño algunas de estas expresiones:

. “Me he roto un brazo”. Cuando se caen, siempre se rompen cosas. No dicen “me he dado un golpe en el brazo”, sino “me he roto el brazo”. Esto, los primeros días, te asusta un mucho, hasta que aprendes a hacer las preguntas adecuadas: “¿te has roto el hueso?”, y entonces ya te dicen que no, que el hueso lo tienen bien. Y les das su pomadita para golpes y a correr.

. “Se me ha caído el corazón”. Esta es súper común. Se llevan un jaleo con el corazón que no hay quién lo entienda: que si se les cae, que si se les cansa, que si les tiembla…. Factores a tener en cuenta:

  1. Consideran corazón a todo lo que es el pecho
  2. En la mayoría de los casos es gastristis (acidez). Es lo que tiene desayunar berberé, que a los cinco años ya sabes lo que es el Pepto Bismol.
  3. Cuando no es acidez, quiere decir que sienten que el corazón les late más fuerte de lo normal lo que, sobre todo en niños, puede ser síntoma de fiebre.

. “La garganta no me deja comer injeera”. Y entonces tú les preguntas: “¿te duele?”, y ellos te repiten “no me deja comer injeera”. Tú, que eres avispada, ya has entendido que es un modo de decir “me duele la garganta”. Sólo que vinculado a la máxima utilidad de la garganta, que es la deglución de injeera.

. Bichos mil: La palabra “awre” quiere decir bicho o animal salvaje. Esto aplica lo mismo para un ogro que para una araña. Cuando oyen ruidos que no saben de dónde vienen, pues los hace un awre. Ejemplo: “se me ha metido un awre en el oído”. Y tú te quedas muerta, pensando “pues a ver cómo lo sacamos…”. Pero no. Es que oyen ruidos. Lo más divertido es pedirles que te reproduzcan los ruidos que hace el animal. Reproducirán como un vientecillo silbante la mar de gracioso. Traducción: tímpano agujereado. Si el awre habla cosas concretas, preocúpate porque NO es el tímpano.

A veces el awre puede entrarles en el cuerpo e instalarse cómodamente a vivir en el corazón. Suele provocarles ardor de estómago.

. “Me duele el riñón”. Esto es una declaración que, al menos yo, había oído normalmente a personas mayores. Aquí te lo dicen hasta los niños de cuatro años. Te llega un mico de Primero de Guardería y te salta “me duele el riñón”. Cágate. El riñón. Tienen una conciencia de sus órganos internos que no es normal. Lo del riñón puede ser de todo, desde flato hasta gases, pasando por dolor de espalda. Normalmente, no es el riñón. Y cuando sí es el riñón, tú eres la que se da cuenta de que olvidaron mencionarte que mean marrón intenso y que tienen los tobillos inflados como botijos. Entonces no se les ocurre que pueda ser el riñón.

. Vida interior. Etiopía es el paraíso de los parásitos intestinales. Servidora, cuando recibe la visita de estos inquilinos, se ve obligada a cambiar radicalmente sus prioridades, convirtiéndose el “no cagarse encima” en el objetivo general de la jornada. Los etíopes, que tienen más callo, pueden hacer vida normal en compañía de amebas, giardias y solitarias.

Lo más llamativo es la multitud de teorías sobre el origen de las lombrices. Según mi Santa Infancia, las lombrices te las pillas:

. por comer plátanos (por los hilos, que tienen la misma forma)

. por comer wot hecho de patatas y zanahorias (no sé por qué, porque está cocinado)

. por tomar demasiada azúcar (yo esto también lo he oído de pequeña. Desconozco si el azúcar reactiva los parásitos o no)

Lo más curioso es que ninguno relaciona las lombrices con su verdadera causa, que sería el comerse la mierda propia y/o ajena. Cuando se lo explico, normalmente me responden sucintamente: “No. Estás equivocada”.

Esto me pasa mucho. Los awres sólo les entran a los abeshá, por eso los frenjis no sabemos lo que son. Yo soy una persona despiadada, por lo tanto no tengo corazón que recoger cuando se me cae. Así es la vida.

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Jun 22

CUANDO SE ACABA EL ASFALTO

Soy persona de paso rápido. Un Coso (la calle mayor de mi ciudad natal) me lo hago en cinco minutos. Aquí también, cuando salgo con mi Santa Infancia, me es difícil acomodar mi paso al suyo, y normalmente tengo que pararme a esperarles, sobre todo si son pequeños. Hasta que se acaba el asfalto. El barrio de la Santa Infancia empieza exactamente allí: donde se acaba el asfalto.

Cuando entramos en el korkonch* hasta los niños de pecho caminan más rápido que yo. Cuando se acaba el asfalto me vuelvo más torpe, más lenta, más pequeña. No es mi mundo, y se nota. La Santa Infancia me marca el camino, me espera en lo que me arremango los pantalones para no manchar los bajos (momento “yo quiero ser percebeira”). No me quitan ojo, porque saben que me siento bastante perdida allí. Mis seguridades me esperan en la tienda pintada con el logo de la Pepsi.

Donde se acaba el asfalto el mundo se vuelve de color marrón. Todo es marrón: la gente, la calle, las casas… Chabolas a medio construir, o a medio derribar. Barro, mucho, por todas partes. De vez en cuando, el destello amarillo de esas monjas ortodoxas que parecen haber cumplido los ciento diez la semana pasada (aunque seguramente no lleguen a los sesenta). Niños que juegan en la calle, que me preguntan si Harry Potter se muere al final de las ocho películas. Gente que conozco, o que no, que me mira evaluando los motivos de mi visita a este lugar donde los pocos extranjeros que entran van con guitarra, rosario y pandereta (Dios bendiga a los protestantes).

El destino final de mis paseos suele ser alguno de los distintos recintos donde se arraciman las chabolas. Su estructura desafía toda lógica y, donde menos te lo esperas, te encuentras con otras dos chabolas que hay que alcanzar a través de pasillos donde hay que pasar de medio lado (y yo soy delgaína).

Los motivos que me llevan más allá del asfalto rara vez son alegres: enfermedades o dejadez familiar. Hablo con esas personas marrones, y me acuerdo de mis seguridades, que estarán ya tomándose la segunda Mirinda en la tienda de la Pepsi. En la tienda de la Pepsi no venden alcohol. Las señoras tienen un modo gracioso y muy dramático de expresarse. En algún momento de la conversación, especialmente si estamos tratando un asunto delicado, se señalarán el vientre, y me contarán su historia. La del vientre. “Este vientre ha parido cinco hijos”. O “Dios es el único dueño de este vientre”. Como si el vientre estuviera allí, escuchándonos. O como si Dios estuviera allí de pie, vigilando que nadie se lleve su vientre, cosa poco probable, visto que implicaría llevarse también a la momia que acarrea el vientre.

Y yo escucho lo mejor que sé. E intento decir cosas igual de dramáticas:
_ Yo no puedo más con mi nieta. No nació de mi vientre –y se señalan el vientre- Que Dios se ocupe de ella. Yo bastante tengo con rezar.
_ Yo no sé nada de Dios –humildad y honestidad ante todo-, pero sé que un día Dios le preguntará qué hizo con su nieta. No creo que le pregunte cuánto rezó, porque eso ya lo sabrá. Le preguntará cómo es que su nieta ha acabado en el bunna-bet. Y, entonces, señora, ¿qué responderá usted? – y me quedo callada, esperando que el vientre me haya entendido, porque mientras estudiaba el amárico cometí el gran error de menospreciar la importancia del tratamiento de respeto (usted), y no lo manejo tan bien como quisiera.
_ Quiere decir que la niña es su responsabilidad –traduce el elemento de mi Santa Infancia que me esté acompañando en ese momento. Ellos son más de concretar.

Es bastante frecuente que alguna de las personas que habitan en el recinto intente aportar su granito de arena. Sólo que a veces, en vez de un granito, te descargan el camión encima, y se pasan dos horas intentando mediar entre el vientre y la nieta. Suelen ser señoras con algún tipo de discapacidad (ciegos, leprosos..) y tienden a apoyarse más en la discapacidad que en su vientre a la hora de argumentar su posición: “estos ojos que Dios cerró lo han visto todo”, o “yo, que ya no espero nada de la vida, porque estoy enferma…” (y sabes que está enferma de esa enfermedad que tiene varias siglas).

Y luego vuelves al barro. Y te acuerdas de que, en tu ciudad natal, a ciertos bares los llallamaban “el barro”, porque, a partir de cierta hora, todo se amalgamaba. Aquí también: el agua de lluvia, el pipí, los restos de wot*, el vómito, los frutos de su vientre. Y vas despacito, lenta, pequeña, aturdida. Porque nunca entenderás el mundo que hay más allá del asfalto. Porque el barro te vuelve más torpe. Tus seguridades se han acabado la Mirinda, y te alcanzan cuando sales al asfalto. Recuperas tu paso. Vuelves a tu mundo.

*Korkonch: Tan sonora palabra denomina las calles sin asfaltar.
*Wot: la salsa que acompaña la injeera.

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Jun 15

CÚRALO

Dicen que rula por el bosque del barrio. Dicen que ya no tiene la cabeza en su sitio. Él lo explica más sucintamente: “Me fumé todo lo que se podía meter en una botella de plástico”. Punto pelota.

Mis niños L. y M. ya están fuera de la cárcel. Los ocho meses pasados en chirona les han abierto un mundo de posibilidades desconocidas hasta el momento. Concretamente, el mundo de las drogas, que aquí hasta hace unos años era limitadito, pero que se ve que la gente se ha puesto las pilas y le está echando bastante imaginación: gasolina, disolvente, y todo lo que te quepa en la susodicha botellita, con la que te fabricas una cachimba o shisha casera. Muy Bricomanía.

Nuestros elementos empezaron con el consabido hachis, y cuando se acabó el hachis, pues se dieron a la improvisación. Ocho meses después, a L. se le cae la babilla de vez en cuando y se queda atascado en pensamientos obsesivos tipo “tengo que ir al Tzebel” o “yo quiero ir a la Universidad”. Duerme gran parte del día y, cuando sale de casa, rula por el bosque. Dicen que habla solo. Yo pasé dos horas intentando hablar con él, pero no saqué nada en claro. He vuelto varias veces con idéntico resultado, y esta semana volveré otra vez. La gente me dice que lo deje correr, pero la gente no sabe que K., su hermano pequeño, vino y me dijo que fuera a su casa: “Cúralo”, me dijo, “haz que vuelva a ser el de antes”. Sólo que L. no está enfermo. Y que nunca volverá a ser el de antes.

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May 11

EL GATO

Esta semana tenemos dos niñas poseídas. Por el demonio, se entiende. Z. (16 años) está convencida desde hace un par de meses de que su padre le ha enviado una maldición. Concretamente, asegura que se le aparece un gato enorme en algún momento entre la vigilia y el sueño. Y que no puede parar de beber café. No me ha quedado muy clara la vinculación entre el gato y el café. Por suerte, de momento el gato no le habla (yo es lo primero que le pregunté). Sólo la mira fijamente. El café tampoco le habla, pero no hace más que beber café, y luego dice que el gato no le deja dormir. No te jode. No se lo he dicho, pero dudo mucho que el papá de Z. piense tanto en ella como para enviarle una maldición. Contando con que papá y mamá se piraron hace ya dos años, abandonando a sus dos hijos mayores, y no han dado apenas señales de vida… mucho me extraña que el gato venga de ahí.

Z. decidió que la maldición se debe a que es pecadora. Y quién no, querida, y quién no. Y así dejó de venir una semana. En nuestro centro, los niños mayores trabajan una hora cada día, y les damos un sueldo el sábado para llevar a casa. Cuando Z. vino al final de la semana, le pregunté por qué no había venido ni a estudiar ni a trabajar. Me dijo que había estado haciendo penitencia para ver si se sacaba la maldición de encima. Concretamente, había estado ayudando en la excavación de un manantial de aguas benditas. Me pareció una excusa tan original que le pagué el sueldo entero. Y le dí un frasco para que me trajera un poco de agua bendita, a ver si me ayudaba con lo mío (así, en general). Le iba a dar una botella de Coca Cola vacía, pero me explicó algo que no acabé de entender acerca de gente que fuma y luego con esa misma boca los poca vergüenza beben Coca Cola, y que como aquí los envases son retornables, pues que no puedes meter el agua bendita en una botella de la que ha bebido alguien que ha fumado. O algo así. Me dijo que, una vez encontradas las aguas benditas (escena que yo imagino como el pozo de petróleo de Gigantes), se bañó y se lavó y le aplicaron todo el kit de sanación mental. Pero que el gato sigue allí. Con dos cojones.

M. (trece años) sacó malas notas en el cole, y hace tres días Satán la invadió, y me da que voy a tener que ir a rescatarla a las aguas benditas, porque desde que empezó a echar escupitajos como un aspersor de jardín, no la hemos vuelto a ver.

Lo de las posesiones, como ya he comentado en alguna ocasión, es bastante común en Etiopía. La iglesia ortodoxa cree ciegamente que, en un momento dado, Satán se puede apoderar de tu cuerpo. Como ya expliqué, yo creo que, sencillamente, los etíopes cuando se ponen a actuar, deciden ir a por el Óscar. Hablando en serio, supongo que es el modo que han adquirido culturalmente para expresar las crisis nerviosas. En España posteas en tu muro del Facebook “de los nervios estoy”, y en Etiopía te tiras al suelo y empiezas a berrear que ves a Satán con prístina claridad en cada esquina de la habitación. Esto lo acompañas con convulsiones y rigidez de miembros, lo sirves en caliente con los ojos en blanco, y lo riegas con toda la saliva que puedas. Invita la casa.

Y si las posesiones están a la orden del día, igualmente populares son los exorcismos. Te tumban en el suelo de la iglesia y te empiezan a echar agua bendita por encima. Si estás verdaderamente fatal, además te ponen encima la cruz principal, que es una cruz de oro que tienen en todas las iglesias. Y tú, si estás bien metida en el papel, gritas como la posesa que eres hasta que finalmente te sacan el demonio y te quedas relajada y feliz. Eso, si cuentas con un entorno de amigos y familia organizado. Si no, pueden probar la versión casera del mismo tema, en la que, sobre la marcha, te berrean pasajes de la Biblia al oído, te empapan con agua bendita de emergencia y chillan contigo hasta que se te pasa el sofocón, sin salir de casa.

Yo, entre los exorcismos para los nervios, y la ablación del clítoris para prevenir la histeria, como ustedes comprenderán, intento mostrar una conducta lo más normal posible y pasar desapercibida, que nunca sabes cuándo se te aparecerá el gato… ni los métodos asertivos que aplicará el cura de turno para espantarlo.

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Abr 09

PASOS PERDIDOS

A las niñas de mi generación, nacidas ya en democracia, nos educaron para cambiar el mundo. Nosotras teníamos que llegar a todo, teníamos que serlo todo: amas de casa, madres y profesionales súper eficaces. Y había una cosa que, al menos a mí, se me quedó muy grabada: todas estas cosas teníamos que hacerlas “con la frente bien alta”. Y así, mi ideal de persona digna y productiva incluye gente que camina con la espalda derecha y la cabeza recta, mirando al frente sin vacilación. Enfrentando el futuro en cada paso que da.

En el barrio de la Santa Infancia, si te da por caminar con la cabeza bien alta lo más probable es que acabes de morros en el primer charco. Si eres afortunada, el charco contendrá al menos un cincuenta por ciento de agua. Si no, pues no será agua. Como las calles no están asfaltadas, más te vale dejar las filosofías sobre la dignidad para otro día y unirte al club del “mira bien por dónde andas”, que en la práctica equivale a caminar con la frente marchita, que decía el bolero.

Yo cuando voy al barrio suelo tropezarme aproximadamente cada cinco pasos. No me caigo, pero voy dando un traspiés detrás de otro, mientras la Santa Infancia de turno completa “aishós” (ánimo) a cada paso que doy. He probado a caminar con la frente en alto, levantando un poco más las piernas en cada paso, pero pierdo velocidad, me canso más, y parezco un vaquero borracho. Como se ve, me encanta perder el tiempo en reflexiones absurdas.

En todo esto iba pensando hoy mientras iba con A. a visitar a su madre que lleva meses enferma y que, a pesar de todos mis esfuerzos, sigue sin pesar más de cuarenta kilos. Y de reojo iba observando a A, que tiene ya dieciséis años, y me he dado cuenta de que ellos no caminan mirando al suelo. Tampoco miran exactamente al frente, sino a un punto a medio camino que les permite ver las piedras sin perder de vista el destino. Amazing, tú. Lo ve Paulo Coelho, y le sale un libro.

Embebida en estas cuestiones simbólicas, he llegado a casa de A. Su madre se llama Salud, pero, como digo, hace tiempo que está enferma. Antes de ir, he estado media hora mentalizándome, porque tiendo a perder la paciencia con estas señoras que un día no salen de la cama, y al siguiente ya se quedan allí. También fui educada para ocultar cualquier signo de debilidad y/o desgracia, por lo que la gente que abiertamente se muestra consumida por sus miserias me provoca una profunda desazón.

La mentalización ha surtido efecto, y he conseguido tranquilizar a la señora, asegurarle que mañana saldrá el sol y convencerla de que emerja al mundo exterior. La casa de A. apesta siempre a pipí, y es oscurilla, por lo que se puede entender que a la señora le den depresiones de vez en cuando. Tiene, eso sí, un patio muy bonito con algunas cosas cultivadas.

A pesar del patio y de la mentalización, la angustia de la señora como que se me ha contagiado, y he salido pensando que a esta señora no la voy a volver a ver con salud en la vida, y que todos mis esfuerzos parecen ser baldíos. Al final, he llegado a casa mirando las piedras no, lo que está debajo las piedras. Un poco como los toros que embisten el burladero. Un poco también como la madre de A., pero sin el olor a pipí.

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Feb 10

WOULD YOU KNOW MY NAME?

Hoy me he acordado de un día en que tuve que llevar a W. (“que qué es lo que tengo, que tengo de tó”) a la casa de unas monjas muy amigas nuestras donde ha vivido los últimos meses. Aquel día, a W. le dolía la tripa. W. a sus once años, raro es el día que no le duele algo, y por eso damos prioridad a la solución de sus necesidades. Es lo que tienen las enfermedades raras autoinmunes, que te duele un poco todo, y que la gente que te rodea se acojona enseguida cuando te duele algo nuevo.

Cuando llegamos a la pequeña casa de las sisters, la tumbé en su cama, situada en una de las dos habitaciones para diez personas (concretamente, en la habitación de las señoras). Las sisters estaban rezando, que es una cosa que hacen mucho, y me senté a esperar, porque no me parecía bien dejar allí el paquete y pirarme. Al rato, W. comenzó a estar mejor, y empezamos a hablar. Me dí cuenta de que tenía un cuento debajo del colchón, y le pedí que me lo leyera. Para poderlo leer juntas, me tumbé a su lado.

Cuando una lleva una vida tan apasionante como la mía, sucede un poco que, en que te quedas parada dos minutos –y más si es en posición horizontal-, te viene un sopor mortal. Y así no llegué ni a la segunda página que me quedé sopa, con el fondo de la vocecilla de W. que me leía este cuento sobre un caballo blanco y otro negro.

Cuenta la leyenda que las monjas salieron de rezar y me encontraron completamente sobada en su habitación para señoras enfermas, con W. que ya había acabado el cuento y que también se había quedado traspuesta. Me desperté dos horas más tarde, cuando empezó a sonarme el móvil echándome en cara que tenía otros niños que sí estaban despiertos a los que atender.

Hoy me he acordado de aquella siesta improvisada, donde pasé de cuidadora a cuidada. Me he acordado también de todos esos besos sin fuerza que W. me ha dado en el último año. Su padre apareció ayer por sorpresa y, sin atender ningún tipo de razones, decidió que W. estaba ya curada de todo y que se la llevaba a Goyam con su familia. A W. la idea no le pareció mal, porque tiene hermanos y hermanas a las que echa de menos. A las sisters y a mí, que sabemos con precisión lo difícil que es tratar una enfermedad autoinmune en Etiopía, la idea nos ha parecido un poco menos bien. Si pienso en lo mal que lo va a pasar los dos días de autobús que hacen falta para llegar al Goyam me pongo a llorar del gozo.

Yo sólo pido que no la deje morir, que nos la traiga de vuelta cuando empiece a estar mal, pero aún se pueda hacer algo. Yo sólo pido que, antes o después, la vuelva a ver. A veces la vida nos da regalos que luego, no sabemos muy bien por qué, se nos escapan entre las manos. A lo mejor es que no somos dignos de ellos. A lo mejor no nos los merecemos.

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