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Posts Tagged ‘Sociedad’

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Abr 11

LA NENA Y LA YESHI

En este blog que va un poco a su aire, intentaré hoy dar continuidad y final a alguno de los temas expuestos. Closure, lo llaman en inglés. Concretamente, hoy daremos continuidad al tema babysitter. Escojo los temas más punteros, como ustedes pueden ver.

Después de Abebayew y de un par de días de dedicarme a mis labores, la Santa Infancia me presentó a Yeshi, una chica del Wello de unos 17 años. Como la desesperación amenazaba con convertirse en un miembro más de nuestra exigua familia, la acojí con gran alegría.

El primer día, bajé a la puerta de la calle, como hago cada mañana, para abrirla. Gran susto cuando me la encontré ya esperando. Faltaban quince minutos para el inicio de su horario laboral. Alguien que llega antes de su hora. Flipa.

Pensé que era debido a la novedad del trabajo y al deseo de propiciar una primera impresión positiva. Eso ya me impresionó, porque nadie suele llegar tan lejos en sus razonamientos laborales. Nuestro nuevo contable se presentó el primer día en chándal, y tiene una licenciatura.

Pero no. La Yeshi llega siempre puntual como un reloj. Todos. Los. Días. La mitad de las veces me pilla todavía en pijama. Por si esto fuera poco, limpia que es un gozo. Hasta quita el polvo de los muebles. Incluso los fogones de la cocina. Hasta las telarañas de la escalera. Nada escapa a su ojo crítico ni a su furia limpiadora.

Desde que llegó a nuestras vidas, la Nena ha aprendido un montón de cosas. Sabe decir one-two-three en inglés y, de vez en cuando, acompaña con sonidos los números hasta el diez (menos el ocho, que, no sé por qué, a la Yeshi se le suele olvidar). También le ha enseñado una canción en amárico muy mona, con un baile en el que la Nena mueve las manos en molinillo que te mueres de la risa. Si antes los cuatro libros que teníamos la Nena los usaba básicamente para babear encima, ahora pasa las páginas con precisión británica, imitando los ruidos de los animalitos (en amárico, eso sí). Cuando acaba con el libro, lo devuelve a su caja. Antes yo solía encontrarme juguetes hasta dentro del wáter. Ahora jamás.

En definitiva: estamos acojonados. Nunca habíamos tenido una trabajadora así de eficaz. Mantenernos a la altura nos cuesta un mundo. Yo me levanto antes para que no me pille con la casa manga por hombro. Aparte de que, a furia de ordenar, ya no conseguimos encontrar nada, ni yo ni mis compañeros de casa. Que se te ha perdido el USB del Internet, pues seguro que la Yeshi sabe dónde está. Que te falta el calcetín rosa de la Nena, pues no te preocupes que la Yeshi te lo encuentra. Es una máquina.

Sólo hay dos “peros”. El primero: el sentido estético. Cuando estuvimos en España, a la Nena le regalaron varios pares de zapatos, entre los que había unas manoletinas blancas, que yo pensé “mira, por si las bodas”. Son las favoritas de la Yeshi. Da igual lo que yo le ponga por las mañanas a la Nena. En cuanto llega la Yeshi, manoletinas al canto. Con chándal o con vaquero. Con pijama o con enterizo africano que nos trajeron de Senegal. La pregunta ya no es qué le pongo a la Nena, sino qué le pongo para que le combine con las manoletinas. Son un must. Como siga así, la Nena va derecha a las perlas con chándal de táctel, o al animal print (leopardos de toda la vida).

El segundo “pero” es más serio: no tengo ninguna gana de que vuelva nuestra señora G., que es la babysitter con plaza. Es que mola mucho no tener que limpiar los fogones. Es como si estuviera cambiando el viento, y vieras a Mary Poppins que va abriendo el paraguas. Ese paraguas limpio y reluciente que tienes ahora porque, eso también lo ha hecho, me ha limpiado el paraguas. Pero es que la señora G. es familia. Mary Poppins no era familia. Por eso se fue de casa de los Banks.

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Abr 08

LA NENA Y MI PRIMERA CAGADA

Al final, me convencieron. Les cuento: a mi Nena, en torno a Navidad, le crecían los rizos que era un gozo. Cuando volvimos a Addis, mi Santan Infancia (incluyendo las trabajadoras, que a veces se comportan como niños de preescolar), lejos de admirar mis logros, se limitó a señalar “los pelillos del final de la frente todavía le salen bastante finos. Tienes que raparla”. Y así, empezaron a dar el coñazo todos a una: que si luego le saldría un pelazo; que si total de cara es linda, qué más da si la rapas; que ella es etíope y a los etíopes se les rapa… Al final, accedí. “No te preocupes”, me tranquilizaron, “nos la llevamos a casa y tú ven en veinte minutos”.

Tengo que decir que la Nena no sufrió. Mientras una cocinera la rapaba, una niña le sujetaba la cabecita y otra le hacía carantoñas y chorradas. Cuando llegué, al cabo de veinte minutos, los rizos de la Nena estaban esparcidos por el suelo de nuestro salón. Tengo que reconocer que la habían pelado con gran habilidad, y sin hacerle ni un rasguño.

Estaba horrenda. Parecía E.T. Un marciano raro que me sonreía mientras jugaba con sus propios rizos cortados, como los cocodrilos de la granja de Arba Minch, que se comen las pezuñas y las cabezas de sus congéneres muertos. Y allí lo ví con claridad meridiana: primera cagada. Pobre nena. Parecía uno de esos niños madrileños que huían hacia Madrid al comienzo de la guerra civil, y que retrata Antonio Muñoz Molina en el libro que me estoy leyendo estos días. Daba una penica… (los niños de la guerra de Madrid y mi Nena).

Para consolarme, la Santa Infancia me ha enseñado a ponerle pañuelos en la cabeza. Para consolarme, y para que les perdone. Porque saben que se han aprovechado de mi debilidad de carácter para experimentar con mi Nena. Desde que llegó, se lo pasan bomba con ella. Han decidido por su cuenta y riesgo que la Nena tiene que seguir el modelo de crianza etíope, y en cuanto se la dejo más de diez minutos, me la devuelven oliendo a berberé, o a punto de la asfixia con granos de kolo, o tarareando Sora Sora, que es una canción tradicional que machaca los nervios que es un dolor. Al nuevo corte de pelo le ven como principal ventaja que ahora la Nena sí parece uno de ellos. Uno de los pobres, se entiende.

Será un milagro si la Nena sobrevive a su grupo étnico y social.

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Mar 28

ORÍGENES

Las familias adoptivas que viven en el extranjero –al menos de lo que percibo yo- tardan varios años en ponerse a buscar orígenes. La lejanía física y todas las dificultades de emprender una búsqueda en un país que no es el tuyo actúan como excusas válidas que permiten retrasar el momento sin grandes cargos de conciencia. En muchos casos, deciden esperar a que sea el propio niño o niña quien inicie la búsqueda por su cuenta.

Como muchas otras cosas, esto tampoco me sirve a mí. Viviendo en el mismo país, sabes que cuánto más tiempo pasa, más difícil será buscar. Además, yo tengo experiencias y recursos que mi hija tardará décadas en adquirir.

Habrá gente que me diga que ya estoy tardando en volver al mítico Gondar a buscar los orígenes de mi vástaga. Que, en mi misma situación, ellos ya lo habrían hecho. No conozco a nadie que, en mi misma situación, lo haya hecho. La mayoría de las familias que conozco optan por esperar a que el niño/a/os/as sea grande y así emprender la búsqueda juntos.

Por el momento, lo único que hice fue diseminar mi número de teléfono en Gondar, dejando instrucciones en todos los sitios que habían conocido a la Nena de que, si alguien llegaba preguntando por ella, le dieran sin dudarlo mi número de teléfono. Me consuela pensar que, en este momento, es más fácil para la madre biológica de la Nena encontrarme a mí que encontrarla yo a ella. Ella podría hacerlo en una tarde.

Comenté todos estos pormenores con nuestra señora E., una señora de campo que trabaja con nosotros.

_ Ella no te buscará jamás- afirmó

_ ¿Por qué estás tan segura?

_ En el campo nos dicen que, si abandonamos a nuestros hijos, luego no podemos bascarlos. Dicen que es delito y que nos meterán en la cárcel.

Como ustedes habrán notado, primera persona del plural. Se lo hago notar. Me dice que, cuando nació su segunda hija, estaba sola y enferma. Al final, le faltó (o le sobró) el valor para abandonarla.

Y en esta confusión de vidas vinculadas por azar, por amor y por miseria, alguien tendrá que mover ficha por fuerza. Y me da que la única que puede hacerlo soy yo. Mi círculo personal de asesoras de la Santa Infancia no se pone de acuerdo. Algunas dicen que la madre de mi hija no merece nada, visto que la abandonó. La teoría se desmonta por si sola. Ni siquiera ellas pueden imaginar (todavía) la desesperación que envuelve a muchas mujeres. Otra opinan que me crearé un parásito de por vida, que se lanzará a pedir dinero y que la Nena se me deprimirá toda. Pero la verdad es que hablamos de una persona a la que no conocemos, que ni siquiera sabemos si está viva o no, y que puede ser que ni siquiera tenga la capacidad para pedir.

Y, como un invitado invisible, el miedo. El miedo de vincularte de por vida a alguien, el miedo a cargar a la Nena con algo que puede ser que no quiera, el miedo a decidir algo que, a lo mejor, debería decidir ella. Pero puede ser que, si no me muevo, ni siquiera tenga nada sobre lo que decidir.

Deshojando la margarita, se pasan los días.

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Mar 26

MADRES EN CUARESMA

En estos viernes de Cuaresma, por la tarde, con la Nena nos vamos al Via Crucis de la parroquia que tenemos en el mismo recinto (no todos podemos llevar a nuestros hijos a Eurodisney). Para los no versados en materia religiosa, decir que el Vía Crucis recuerda, a través de quince estaciones, el camino de Cristo hacia la Crucifixión y su Muerte. Obviamente, con la Nena no aguantamos ni hasta la Verónica (Sexta estación), pero nuestra presencia da un aire un poco más familiar al exiguo número de parroquianos que tenemos.

Desde hace ya tiempo, para mí la Pasión no es el misterio de la muerte de Cristo. Es el misterio de una Madre que pierde a su Hijo. Esa, me parece a mí, es la gran tragedia de la muerte de Jesús: su madre, que ve cómo matan a su Hijo y no puede hacer nada. Tienes que creértelo mucho para aceptar que tu Hijo está muriendo por algo tan abstracto como los pecados del mundo.

Aunque las agencias de cooperación al desarrollo seguramente no compartan mi visión, considero que el nivel de progreso de los pueblos debería medirse por la capacidad de las madres para mantener con vida a sus hijos. En Etiopía, como lo era en España hace algunas décadas, es normal perder a un hijo. Si tienes seis, sabes con meridiana certeza que alguno no sobrevivirá. Así el luto por los niños pequeños es bastante ligero: si tienen menos de cinco años, muchas veces ni siquiera los entierran en un cementerio: los envuelven en el netelá y se van al monte a enterrarlos. Por eso, durante los primeros cuarenta días de vida, ni siquiera tienen nombre. Por eso, cuando se tienen gemelos, se amamanta siempre primero al mismo, al que parece más fuerte, para asegurar que al menos, uno de los dos sobrevivirá.

En España, la muerte de un hijo, sencillamente, acaba también con la vida de la madre. Es El Horror. Lo peor que te puede pasar. Sin paliativos. Cuando tienes un hijo, lo sabes: si él o ella se muere, tú también lo harás. Puedes seguir viviendo, y seguramente lograrás que parezca que sigues viviendo. Pero no. Una parte de ti, esa gran parte de ti, morirá con él o ella. A mí, desde que llegó la Nena, me pasa que no soy capaz de ver películas o series donde muere un hijo. Ya me he quitado de Glee.

Me impresiona cómo la miseria redimensiona todo. Cómo puede volver aceptable un hecho tan terrible como es la muerte de un hijo. Cómo el ser humano, en ese instinto de supervivencia que es más fuerte que cualquier consideración cultural o religiosa, llega a aceptar que los hijos pueden morirse.

Yo sí aplico este indicador en mi trabajo: si incremento la capacidad de las madres para mantener con vida a sus hijos, me daré por satisfecha. “No perdí a ninguno de los que me diste”. Yo sí he perdido a alguno, y allí es el vacío absoluto, el fracaso sin paliativos. Porque todas las madres del mundo deberían poder mantener a sus hijos con vida. Y porque nosotros deberíamos, al menos, conseguir que todos vivieran.

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Mar 10

DESPERATE HOUSWIFE

Uno lee este blog y le parece que mi vida es súper interesante, que vivo siempre en una intensidad emocional brutal, y que el peso del mundo descansa sobre mis hombros. Al menos, esa es mi intención. Así que el post de hoy les va a decepcionar. Mis cuitas de hoy se reducen a una sola: estoy sin babysitter. Y al borde del colapso.

La señora que nos ayuda habitualmente tiene a su madre enferma. Cosas que pasan. El problema es que la enfermedad fundamental de la madre es que tiene 80 años. Y eso no se le va a pasar ni hoy ni mañana. Ustedes dirán que soy despiadada, pero no. Soy tan encantadora que le dije: “no te preocupes, tómate tu tiempo, lo importante ahora es tu madre. Yo ya encontraré a alguien” Never mind, I’ll find someone like you, que diría Adelle. Ya. No sabía yo lo que estaba diciendo.

Después de pedir consejo a múltiples personas, llegó a nuestras vidas Abebayew, una chica joven. Ya el tercer día se presentó a mediodía, alegando que estaba enferma. Se le había infectado un pelo en la pierna. Yo he trabajado normalmente con pelos infectados en las ingles. Tuve que medicárselo, para asegurarme que viniera el día después. No la mandé a paseo porque a la Nena le caía bien. Tenía unas tetas enormes que a la Nena, aparentemente, le daban seguridad. Lo sé porque desde entonces no hace más que mirarle las tetas a todo el mundo y, si le dejas, aposenta la mano entre ellas. Así, calentita.

Una semana después, Abebayew se tomó otro día libre. El pelo infectado se le había curado, pero le habían entrado a robar en casa, y tenía que ir a la policía a poner la denuncia. O eso dijo. Otro día perdido.

Abebayew nos avisó el sábado de que hoy, lunes, no vendría. Dijo que le dolía la cabeza. Por otras fuentes he sabido que ha encontrado otro curro, pero ella me dijo que le dolía la cabeza y que seguramente el lunes también le iba a doler. Yo iba a contestarle que ni yo era su marido, ni quería sexo con ella, pero no lo hice y la dejé marchar.

El domingo encontré otra señora que hoy ni siquiera se ha presentado. La Nena ha estado toda la mañana llorando, y creo que echa de menos las tetas de Abebayew. Mira las mías, y rompe a llorar (estoy bastante, bastante menos dotada que Abebayew).

Y así las cosas, he puesto a la Nena a dormir, y me he dado a la vida de la perfecta Housewife. Ya me he visto dos episodios de Modern Family y este es el tercer post que escribo (la Nena duerme mucho). ¿Trabajar? Las señoras bien y las babysitters estamos exentas.

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Mar 08

RUSO PARA POBRES

Cuando era pequeña leí un cuento que estaba contenido en una antología para niños de cuentos populares rusos. Se narraba la historia de un señor rico que pasaba todos los días delante de un mendigo. Un día, queriendo ayudar al mendigo, le compró una vaca. Varios días más tarde, se volvió a encontrar con el mendigo que había retomado su actividad mendicante: la vaca había muerto. El señor rico, inasequible al desaliento, le compró entonces una casa al mendigo. Varios días más tarde, encontró al mendigo en el mismo punto de mendicidad: la casa se había quemado. Así, el rico optó por la vía más directa, y le dio un caldero lleno de oro. Al día siguiente, lo encontró muerto: unos ladrones le había robado el oro y lo habían matado. Como el rico se preocupaba por él, le pagó el funeral. Al embalsamarlo, le encontró en el bolsillo una nota que decía: “yo pobre lo quise, tú rico lo quieres. Resucítalo si puedes”. La firmaba Dios.

La misma antología te explicaba la moraleja diciendo que este señor rico había intentado cambiar lo que era la voluntad de Dios, y por eso había fracasado. No entraré aquí en la crueldad de ciertos libros que leíamos de pequeños, pero el hecho es que aquel relato se me quedó grabado. Cuando lo leí no me paré a meditarlo demasiado, fundamentalmente porque no debía de tener ni diez años, y esa edad me parecía que todo lo que se decía en los libros, desde la Biblia hasta el Zipi y Zape, era Verdad Revelada.

Estos días sigo recordándolo, y sobre todo me cuadra el hecho de que fuera un cuento ruso: allí también son ortodoxos.

Z. tiene diez años y una malformación en las manos: tres de los dedos están unidos por el extremo opuesto a la palma de la mano. Aparentemente, bastaría cortar la unión y, aunque igual no perfectos, sí que tendría más capacidad para hacer cosas con esa mano. Sus padres son los dos seropositivos y, escudándose en eso, hace años que se niegan a trabajar y reciben ayuda de varios proyectos. En la parte positiva, eso debería dejarles bastante tiempo libre para dedicar a sus hijos.

Hace años que lucho con ellos para que vayan al centro de salud a que les hagan el volante para el hospital público del barrio, donde sí hacen cirugía ortopédica. Por el momento, nadie ha hecho nada y, conforme Z. crece, la mano más se atrofia. La semana pasada solicitamos cita para varios niños con problemas parecidos en un hospital privado. Hoy por la mañana, todas las madres con sus hijos tenían cita para venir a las siete. A las siete y media ha partido el grupo con un voluntario extranjero que conducía el coche del proyecto y los acompañará durante todo el día. Z. y su madre han venido a las ocho. Yo he llegado a las ocho y media, y me los he encontrado diciéndole a la enfermera que habían llegado tarde porque el grupo se ha ido a las seis, y ellos tenían hora a las siete. Allí he intervenido, y he puntualizado que realmente el grupo los había esperado media hora antes de irse. También he matizado que nosotros habíamos pedido la cita, poníamos el coche, el chófer, el acompañante y habríamos pagado la consulta. Ellos sólo tenían que llegar a tiempo.

“ Y entonces, ¿qué hacemos?”, me ha preguntado la madre. “Lo que hubieráis tenido que hacer hace años: os vais al centro de salud, que os hagan el volante, y pedís cita en el hospital del barrio”.

_No pienso hacerlo

_ Pues así se va a quedar el niño

_ Será la voluntad de Dios

Allí la he hecho pasar a la oficina (no me parece de buena educación gritar ourdoors), y le he dado la consabida charla sobre la confusión entre la voluntad de Dios y “no me sale de los huevos mover un dedo”.

A nadie se le escapa que una parte importante de las posibilidades de mejora de una persona, en cualquier ámbito, se basa en la capacidad para distinguir las oportunidades que se presentan y saberlas aprovechar en tu propio beneficio. Todo ello (ver las oportunidades, actuar para aprovecharlas…) requiere de un esfuerzo. Y ese es el problema por aquí: cuando pides un mínimo esfuerzo, a veces no lo encuentras.

Obviamente, no creo que la voluntad de Dios sea que esta señora sea estúpida integral o que su hijo tenga que pagar una y otra vez su falta de interés. La pregunta que queda siempre en el aire es: ¿hay que volver a intentarlo? ¿Tenemos que volver a intentar llevar al niño al hospital? Porque en el hipótetico caso de que sí se presenten a tiempo a una nueva cita, y de que el cirujano acepte operar al niño, el niño va a necesitar que alguien pase con él varios días en el hospital, y que alguien le acompañe a rehabilitación durante varios meses. Si no podemos garantizar la correcta rehabilitación, muchas de estas operaciones de cirugía ortopédica resultan dolor inútil para los niños. La opción que a su madre se le presenta como evidente es que nosotros nos hagamos cargo de todo. Pero es que yo trabajo diez horas al día y tengo también una hija, y ella y su señor marido, aunque tienen más hijos, se pasan los días mano sobre mano. Y el hijo es suyo, coño.

Y lo peor es que en estas situaciones las madres y yo nos envolvemos en una negociación absurda que tiene como moneda de cambio e instrumento de chantaje lo único que ellas tienen y que a mí me interesa: sus hijos. En los casos más extremos, la salud de sus hijos. Lo más peor de lo peor es que sé que ellas siempre llevarán la apuesta más lejos, llegarán más al límite, hasta que algo, la salud de sus hijos, o nuestra compasión, ceda al chantaje. A veces sientes que te encuentras pequeñas notitas en los bolsillos de los cadáveres de estas discusiones. Tus notitas dirían “¡pardilla!, has vuelto a caer”. Y a lo mejor también las firmaría Dios.

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Dic 03

LA NENA Y EL PELO

Poco a poco, la Nena y yo nos vamos integrando en nuestra nueva vida. Un punto importante, obviamente, es la parte de nuestra vida que compartimos con la Santa Infancia. Como los excesos son, eso, excesivos, hemos empezado a tomar contacto poquito a poco, en los momentos en los que en vez de quinientos niños, pues sólo hay cien o doscientos.

La semana pasada estuvimos con M. y su niña de dos años, a la que todos llamamos Mita. En Etiopía las niñas pequeñas se llaman Mita y los niños pequeños Abush. Cuando creces, si tus padres se preocupan minimamente, deberías transicionar a tu verdadero nombre, pero hay quien se olvida, y se le queda Abush o Mita para toda la vida. Hago otro inciso para explicar que la Mita ha pasado dos años completos sin separarse de su madre, quien trabajaba sólo cuando la Mita la dejaba en paz. En los intervalos en los que su madre trabajaba, la Mita ha jugado sin descanso con un batallón de niños mayores que ella. Estoy convencida de que la infantita Leonor no ha crecido tan estimulada como la Mita. Como resultado de la larga baja maternal de su mamá, la Mita dejó el pañal antes de cumplir los dos años, y, algunos meses después, es capaz de expresar una gran variedad de opiniones y emociones con claridad. Están intentando enseñarle a tostar el café. Además, estos días está aprendiendo el significado de la palabra “celos”, porque se huele que la Nena le está robando el puesto.

_ ¿Qué tiempo tiene la Nena?– me preguntó M.
_ Mmmm… no sé, como un año y medio
_ ¿Y todavía no camina?– me preguntó de nuevo, mirando alternativamente a la Mita y a la Nena.
_ Esto… no- respondí sucintamente. Y M. que seguía comparando la Mita y la Nena, la Nena y la Mita. Anticipando el golpe, reaccioné –la Mita a esa edad ya caminaba, ¿no?
_ No, -me repuso dignamente- la Mita cuando cumplió el año ya corría y todo. Al año y medio ya contestaba el teléfono.

Es lo que tenemos las madres, que nos encanta tener razón. A los 35 y a los 18. Además de las opiniones de M., –“la Nena no te camina porque la tienes que coger sólo de una mano, no de las dos”-, tengo todas las opiniones del resto de la Santa Infancia, que aunque no tengan hijos, sí han criado varios hermanos. “Tienes que masajearle las piernas con vaselina al sol”, “no hagas nada, ya caminará cuando quiera”, “le tienes que hablar en inglés, sino nunca aprenderá inglés” (NO quiero que aprendar inglés, quiero que aprenda español, pero es que la Santa Infancia se olvida frecuentemente de mi nacionalidad y lengua de orígen), “¿pero no tienes dinero para ponerle mantequilla en el pelo?”. Como se ve, el modelo de crianza etíope está pensado o para hermanos mayores sin escolarizar o para madres que no trabajan. Aquí también, es materialmente imposible que te dé tiempo de hacer todo lo que se supone que tienes que hacer con tu hijo y su cuerpo (masajes, pelos, ejercicios varios…).

Lo del pelo me dejó muerta. Más que nada porque tenían un punto de razón: la cabeza de la Nena aparecía un poquitín descamada. Oh, Dios Mío. La tiña, pensé. “No, no es tiña, es sólo seco”, me dijo M., marisabionda ella. “Sólo tienes que cuidarla más”. Remató.

Después de dialogar con la señora G., ese ángel que vela por nosotras, ante mi negativa a ponerle mantequilla, vengo a saber que lo más de lo más para el cuero cabelludo de la Nena es el aceite de zanahoria. A 153 birr la botella, señores. En los días de mi Etiopía me he gastado yo ese dineral en un champú. No me ha quedado más remedio, porque me he dado cuenta de que el estado de la cabeza de mi Nena sirve como barómetro público de mis capacidades como madre de una niña abeshá.

Y que se joda la Mita, que el pelo le crece todavía a cachos porque siempre duerme en la misma postura. Yo a mi Nena la giro, para que le crezca uniforme. Seguro que eso a M. no se le ha ocurrido.

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Nov 11

MÁTAME

_ Kaktus, me quiero cambiar el nombre

_ No

_ Mi madre ya me ha dado permiso

_ Yo no te doy permiso

_ Pero si el nombre te va a encantar –arqueo la ceja, porque no es que me fascinen los nombres nuevos que se buscan, y lo saben

_ De ahora en adelante, me llamaré Ana Paula.

Toma ya.

Y así vengo a saber que lo que ahora está de moda en Etiopía son las telenovelas. Bueno, esto no es novedad, ya expliqué en su día  que la Ethiopian Television hace unas telenovelas de mearte de la risa. El cambio –creo- es que se han quedado sin pasta para producción local y han decidido comprar en el extranjero, concretamente en Televisa Land (México Lindo). Y así ahora el prime time etíope lo copan dos novelas mexicanas (convenientemente dobladas al inglés): Cuidado con el Ángel y La que no podía amar.

Mi Santa Infancia se ha dado al fenómeno fan con devoción ejemplar y, aunque yo paso siete pueblos de las novelas (y de la tele etíope en general), ellos, que se preocupan por mi integración en la sociedad que me rodea, me mantienen al tanto de las cuitas de Ana Paula y Marichui (les juro que El Ángel se llama Marichui).

De lo que he podido entender, Marichui está enamorada del doctor Juan Miguel (Hakim Huan Miguel para mi Santa Infancia), un chico decididamente demasiado joven para ser doctor de ningún tipo. Marichui fue violada de chiquitilla, y no puede amar. Ah, no, esa es Ana Paula. Marichui creo que era niña de la calle hasta que la descubrió el Hakim Huan Miguel. O algo así.

Con el tiempo, la Santa Infancia –que no es tonta- se ha coscado de mi falta de interés tanto en la vida de Ana Paula como de Marichui. Hasta que un día me pillaron con una canción de Jesse y Joy en el ordenador, que, aparentemente, es la canción de cierre de la telenovela de Marichui (ye Marichui sefen, para los avanzados en amárico). Y han decidido que mi sarcasmo encierra una pasión oculta. Y aquí me tienen, que todos los días me llegan con el relato completo del episodio.

Creo que al final Marichui sí se queda con el Hakim. Lo que no sé es cómo, porque el Hakim está casado con una que se murió pero que no está muerta.

El mundo cada vez es más chiquitico, mi reina

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Nov 01

LO QUE PIENSAN LOS DEMÁS

En una de mis entradas precedentes sobre adopción (hay quien las lee), en los comentarios, mucha gente vino a decirme “no hay que preocuparse tanto por lo que piensen los demás”.

Yo también pensaba así y, generalmente, me identifico con el “lo que piensen los demás está de más” (mítico Mecano. Sí soy así de mayor). Hasta que vine a vivir aquí. Entendámonos, me tocan los dos pies muchas de las opiniones que otra gente pueda tener sobre mí, sobre todo si es gente que no me conoce y/o no me tiene ningún aprecio (de todo hay en el mundo). El problema es cuando este amplio colectivo de gente que no me conoce (en serio, son un montón) verbaliza sus opiniones una media de diez veces por minuto. Cuando vas por la calle, aproximadamente una de cada tres personas que te cruces te gritará “frenji”. Incluso sin necesidad de salir a la calle, tus compañeros de trabajo se referirán a ti como “la frenji”. Las madres de la Santa Infancia también preguntarán por “la frenji”. Cuando alguien quiera hablar de ti, te llamará por ese mismo denominativo. Siempre. Aparte de la constatación de tu raza con una palabra que –por mucho que haya quien afirme lo contrario- es peyorativa (yo la comparo con la denominación “gringo” para los estadounidenses en América Latina), es una palabra que te asocia con un montón de tópicos (superficial, colonizadora, explotadora, con aires de superioridad, rica, desesperada por limpiarte la conciencia a base de caridad…) basándose única y exclusivamente en tu color de piel.

Cuando vas con niño, de cualquier raza o edad, estas observaciones se multiplican. De una de cada tres personas, pasan a decirte algo la mitad de las personas con las que te cruzas, esperas en la cola de la fruta o vas en el minibus. No es exageración, es así. Una cosa es que te insulten una vez cada dos o tres meses (y, aún así, entiendo que puede ser terrible). Otra cosa es que te juzguen basándose únicamente en el color de tu piel (ergo, racistamente) una vez cada, aproximadamente, diez minutos. Todos los días. Siempre.

Al final, no puedes evitar que te importe y, sobre todo, te planteas si a tu hija le quieres hacer sufrir de esa manera. Porque, cuando cruce contigo la puerta de tu casa, exactamente la mitad de las personas que se encuentre le preguntará, sin ningún rubor de dónde viene, que relación tiene contigo, cuándo y por qué fue abandonada, y qué le parece el hecho de tener una mamá frenji. La mayoría de las veces se dirigirán a ella sin ni siquiera molestarse en preguntarme a mí primero, dando por descontado que ella sabe amárico y yo no (cuando, por el momento, es al revés).  Habrá quien preguntará con simpatía e intentando comprender una realidad diferente. Habrá quien lo hará buscando encasillarnos en el enésimo tópico racista. Pero todos, todos preguntarán. Y, cuando estés harta de responder y digas “nena, vamos a tomarnos un café, que no puedo más”, la camarera, antes de tomaros nota, os hará todas y cada una de las mencionadas preguntas.

Y sí, al final importa. Y es un problema. Para mí, honestamente, el problema más enorme de vivir en Etiopía.

 

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Oct 29

Y VENGA Y DALE…

Vuelvo hoy al tema adopción. No tengo ni idea del mismo (o poquita, en comparación con los que llevan años empapándose), sufro como una bestia (todavía no soy mamá), pero estoy poniendo mi mejor empeño en sentar cátedra. De lo que sea. Y que, si no me pongo en serio con el blog, se me va a acabar olvidando el español, y ya verás tú que follón. Podría escribir de otras cosas, pero no (quiero).

Leía en Madre de Marte el relato de una chica adoptada etíope que, ya de joven (tiene 23 años, si ella es mayor, ¿qué soy yo?), había decidido venirse a vivir aquí. De los comentarios, me ha parecido deducir que el tema “el niño/a se quiere ir a Etiopía” es de candente actualidad.

Como consuelo para las familias diré que yo jamás amenacé con cruzar ni siquiera el Ebro. Y hace ya casi una década que no vivo ni siquiera en el mismo continente que mis progenitores y mis sufridos hermanos. Que uno no amenace, no quiere decir que no le dé la ventolera y se pire. En mi futura maternidad, obviamente me parecerá más que lógico si mi hija decide vivir en Etiopía. Me parecería raro si se fuera a Islandia. En fin, para que ella pudiera volver, primero tendríamos que habernos ido. A veces me pasa, que me pongo a hacer planes con lustros de antelación.

Llendo a lo que yo verdaderamente quería contar hoy (estos días tengo la cabeza en Góndar y más allá), en los últimos años el auge del voluntariado internacional nos ha traído hasta el centro varios voluntarios de verano nacidos en Etiopía y criados en Europa o América. A veces han combinado el voluntariado con la búsqueda de su familia de origen y a veces se han limitado a las actividades propias de los voluntarios. Como eran personas distintas, los resultados y experiencias han sido distintas (últimamente, razono siempre como si estuviera hablando con alumnos de párvulos), pero, reflexionando sobre el conjunto, he encontrado algunos puntos en común a todos los chicos y chicas que han venido. Los enumero (párvulos, coged el lápiz):

 

. La edad: por el momento, todos han tenido entre 18 y 20 años. Es decir, en que han sido mayores para salir del país y han podido pagarse el billete de avión, se han venido a ver Etiopía. Para todos era su primera experiencia en el extranjero. De todos los países del mundo, han elegido conscientemente Etiopía, su lugar de nacimiento y, para algunos, el lugar donde habían pasado su primera infancia.

. En contra de lo que pudiera parecer, el volver a Etiopía no les ha aportado más recuerdos. Los que habían borrado completamente la parte de sus vidas que transcurrió en Etiopía (y algunos habían cumplido aquí los diez años), no recuperaron esas vivencias. Sí decían que recordaban los olores (injeera, berberé…) y ciertas sensaciones, como la del ansia de esperar a la persona que, en el orfanato, asignaba a los niños a las familias. Pero los que habían “olvidado” la lengua no la recuperaron (al menos en el mes que estuvieron) y no consiguieron tampoco recuperar recuerdos relacionados con su familia biológica. No sé si con asistencia profesional la cosa hubiera cambiado.

. Todos vinieron solos. Algunos con el apoyo emocional de sus familias adoptivas y otros no (normalmente, en estos casos, el chaval tenía, además, otros problemas con su familia adoptiva), pero ninguno ha venido acompañado ni de sus padres ni de sus hermanos. Hubo, incluso, un caso de dos hermanos biológicos, adoptados en la misma familia, pero que han venido solos en años distintos. En todos los casos, las familias se pusieron en contacto con nosotros y tuvieron a bien facilitarnos la mayor cantidad de datos posibles, incluso datos menos bonitos o situaciones difíciles. En todos los padres, hasta ahora, he podido percibir una cierta angustia, también muchas veces ligada al hecho de que tu niño/a se va a un país africano con la mochila a buscar gente que no sabe si encontrará. Lo veo lógico. Vista desde fuera, la experiencia tiene muchas papeletas para resultar frustrante y/o peligrosa.

.Para todos los que consiguieron encontrar alguien relacionado con sus familias de origen (hermanos, tíos, primos…) la experiencia, de lo que yo pude percibir, fue positiva. Nadie los asedió a peticiones ni con complejos de culpa. Para todas las familias fue una alegría ver que el niño o niña que se había ido hace años estaba bien. Algunas de estas familias, sobre todo en el caso de primos o hermanos, habían ya contactado a los chavales en Facebook. Esto, obviamente, es más fácil que pase si la adopción se produjo con el chaval ya mayorcito (la cara no le cambia tanto) y si la familia decidió dejarle su nombre etíope (y si el chaval en Facebook ha mantenido su nombre etíope y no se llama “Guerrero de la noche estrellada africana”, y tiene una foto donde se le ve la cara, y no una foto de su codo a contraluz).

. Hablando con ellos, me quedó claro que, para aquellos que mantienen amistad con otros chicos y chicas adoptados, y sobre todo para los que mantienen contacto con chicos o chicas que vivieron con ellos en el orfanato, estas amistades son importantes. Se sienten parte de ese grupo, donde son comprendidos y aceptados con todas sus contradicciones. Incluso para el hijo pre-adolescente de la Doctora, el conocer a estos voluntarios etíopes que viven en Italia le resultó fascinante, y les asediaba a preguntas: a las chicas les gusta tu pelo, si soy etíope me puedo casar con una italiana o no… como al que se lo preguntó era bastante ligón, D. se quedó contento y feliz, e incluso, cuando volvió a Italia con su familia, quiso mantener el contacto con este chico, que le sirve de referencia y depósito de dudas y consultas. Y además tenía músculos.

. El nivel de comprensión de la cultura etíope de estos chicos y chicas era exactamente igual que el de los otros voluntarios de su edad. Es decir, sabían más cosas del folclore, la historia, las etnias… pero a la hora de entender el comportamiento de la gente o ciertas dinámicas basadas en concepciones culturales, tenían las mismas dificultades que los demás. Algunos sí se definían como etíopes, otros menos. Todos eligieron vivir durante ese mes con los demás voluntarios y no con sus familias de origen. Me explico: a todos las familias les ofrecieron que se quedaran en las casas, algunos –sobre todo los que más se definían como etíopes, y los que todavía conservaban algo de amárico-, llegaron hasta a pasar algunos días con sus familias. Pero, al final, la diferencia en las condiciones de vida (y no todas las familias eran pobres pobrísimas) se les hacía demasiado dura y elegían vivir con los demás voluntarios, incluso alguno que, inicialmente, venía sólo a conocer a su familia y pensaba quedarse con ellos todo el verano, y, después de cuatro días, se puso en contacto con nosotros buscando, básicamente, alojamiento con estándar occidental.

A nivel personal, siempre me ha dado un poco de susto acoger a estos chicos y chicas, sobre todo cuando el objetivo principal de su visita es encontrar a su familia de origen, de la que no saben nada. En primer lugar –y muchos me llamarán egoísta-, el objetivo del voluntariado de verano no es encontrar a tu familia de origen. Tener una persona con ese tipo de necesidades en un grupo de más gente requiere tiempo y dedicación, y a veces no tenemos ni ese tiempo ni esa dedicación. Como idea, sugeriría a las agencias de adopción (todas tienen proyectos en el país) que montaran campos de verano para este tipo de voluntarios (incluso mezclados con voluntarios no adoptados). Para mí es difícil, además, porque no pertenezco al “ambiente” adopción (no conozco casi agencias ni sigo de cerca sus proyectos, ni sé cómo funcionaba la adopción hace diez años, ni soy investigadora privada, ni puedo ir haciendo preguntas en registros oficiales sin llamar peligrosamente la atención).

Por otro lado, considero bastante arriesgado dejarlos en mis manos –o en manos de otros voluntarios como yo-, porque soy de las que piensan que a veces no hay nada como un seguimiento profesional en ciertos momentos de tu vida. Con el tiempo, he vencido esta segunda reticencia, no porque las cosas hayan ido mejor o peor, sino porque cada vez me resulta más clara una cosa: quieren hacerlo SOLOS. Si me piden ayuda logística (que llame por teléfono o les acompañe para traducir), lo hago. Pero no suelen hacerlo. Se apañan mejor de lo que muchos pensamos. Y, muchas veces, prefieren ser acompañados por un etíope (por ejemplo, uno de los mayores de mi Santa Infancia), que por una frenji. Todos son conscientes de que se pueden pegar el hostión de su vida. Ha habido quien ha sufrido un mundo. Pero, al final, todos se han vuelto a sus vidas contentos de haber, al menos, intentado buscar a sus familias. Porque es parte de lo que son.

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