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Posts Tagged ‘Tarike’

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Feb 02

CON ESTAS MANITAS

Hay una cosa en la que la Santa Infancia es insuperable: en destrozar y romper cosas que nadie hubiera pensado que se podrían romper. Y así, acorralada por las circunstancias (se me desmenuza la casa encima), pues me he dado al bricolaje. Y que me está encantando, oyes.

Me he vuelto una mujer aún más polivalente de lo que ya era. Si antes era capaz de beber y criticar la música del bar contemporáneamente; ahora, lo mismo te cambio un interruptor que te pinto una pared. Sueño con ventanas rotas y me despierto con unas ganas locas de poner embellecedores sobre los cables al aire. Me he inventado hasta una canción. Dice así: “Plexiglás, plexiglás, qué flash”. Me la he inventado yo sola. Me faltan las estrofas, lo sé, pero no me negarán que la pilla Georgie Dan y tenemos canción pa’ tres veranos. Georgie, tío: si quieres, sírvete tú mismo.

La Santa Infancia ha acogido esta nueva ventolera mía con su habitual entusiasmo. Mientras yo sudo la gota gorda desatornillando marcos de ventanas en el porche, ellos juegan impávidos. Cuando ven que el desaliento se apodera de mí, me animan: “Betan goves nesh” (eres muy buena). Y siguen jugando a la pelota, para romper cuanto antes la ventana que tanto me está costando colocar. Se lo leo en los ojos, que no pueden esperar a que acabe de reparar las puertas para volver a colgarse de las manillas, hasta que me descuajeringuen todo. Pero yo soy más lista que ellos, y en vez de cristal estoy poniendo el ya mencionado plexiglás, que me está costando un ojo de la cara y tres dedos de los pies.

Como decía, estoy fascinada con esto del bricolaje. Ya me conocen en las ferreterías de la redolada y me estoy haciendo un bagaje en materia de compras de material. Mi proveedor del Merkato me regala siempre una Sprite en lo que me busca interruptores que no sean Made in China. Me ha cogido cariño, creo. Eso, y que, como digo, me estoy dejando un patrimonio comprando cosas a prueba de Santa Infancia. Porque, amiga, también en las ferreterías toca regatear, y yo voy sobrada de dones, pero el del regateo Dios no me lo concedió. No sé por qué, porque realmente me haría falta, la verdad (esto dicho sin rencor alguno).

Como toda pasión, también ésta tiene su lado oscuro. La Santa Infancia me dice que se me están poniendo manos de vieja. Y andares de fontanero, me temo, porque con dos destornilladores en cada bolsillo, me pesan los pantalones un montón y tengo que caminar con las piernas abiertas para que no se me caigan. Cuando vuelva a España -lo siento por el Mercadona-, directa al Leroy Merlin.

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Ene 12

MEMES

Cuando A. (niña, catorce años) me ha dicho que su maestra quería verme de nuevo, me he pillado soberano rebote, porque es la quinta vez que me llaman del colegio este año y sólo estamos en enero. Esto es una cosa que yo hago mucho, que cuando me llaman los profesores para hablar, a los niños los llevo ya gritados, porque así van más sumisos y el profesor se piensa que realmente se arrepienten de sus fechorías y les da otra oportunidad. Se llama marketing con causa.

Total que, tras advertirle previamente a A. que no toleraría ni una mentira, ni un “yo no he sido”, ni un “la culpa es del resto del universo mundo”, hemos ido a ver a la maestra de matemáticas, que me ha informado, bastante rebotada ella también, que A. no presta atención en matemáticas. “Toma,”-he pensado- “ni en mates ni en el resto de asignaturas, que por algo ocupa el puesto 44 en un ránking de 50”. Pero me he callado y me he limitado a asentir circunspectamente. La maestra, realmente, no me llamaba por eso. Me llamaba por un cuaderno que le ha confiscado a A. y que ha abierto delante de mis ojos, diciéndome que había cosas terribles escritas. Yo, así, a bote pronto, no es que tenga una gran capacidad lectora del amárico, por lo que he seguido asintiendo circunspectamente (que es una cosa que, con los años, me queda bastante circunspecta). A simple vista, el cuaderno aparecía alfombrado de florecillas, brillantinas y corazones varios. Muy Candy Candy. Le he indicado a la maestra que leería con atención el cuaderno, dado que, según ella, el citado documento “is not good for her future life”. Obviamente, ante semejante diagnóstico, yo no he podido menos que volver a asentir circunspectamente, le he dado las gracias y nos hemos ido.

De vuelta a mi office (que la tengo), lo primero que he hecho ha sido llamar a M., que es una trabajadora nuestra, y pedirle que me ayudara a descifrar el cuaderno. Después de lo dicho por la maestra, yo ya había elaborado mis hipótesis, resultándome la más plausible que A. sea una madame y en el cuaderno apunte las citas de sus chicas. Yo, para mi Santa Infancia, quiero siempre lo mejor.

Un meme. Utilizan los cuadernillos para pasarse memes. La cosa funciona así: en la primera página, A. había escrito una cincuentena de preguntas, que luego sus amigos del cole contestaban en páginas subsiguientes. Sólo que, como son muy afanados, además de contestar el meme, pues ponen dibujillos o fotos de revistas o brillantina pegada. La verdad es que es el cuaderno que todo chino soñaría tener. Lo sacudes y te caen cinco flores secas, dos corazones de plástico y tres fotos de actores de cine indio.

Respecto a las preguntas, yo me esperaba “lo peor”, es decir, enterarme de que A. tiene vida emocional (y que me diera envidia), pero no, mira. Aquí van algunos ejemplos de las preguntas hechas por A. y contestadas por una de sus amigas:
_ De las tres letras del ABC anti HIV (Abstinence, Be faithful and Condom), ¿con cuál te quedas?
_ Abstinence
_ Si mañana se acabara el mundo, ¿qué harías?
_ Ir a confesarme
_ ¿Es el sexo una prueba de amor?
_ No

Asustada no, aterrada he quedado. Qué panda de fanáticas están hechas. Las respuestas, ni dictadas por USAID. Por cierto, que su color favorito era el rosa, la bebida que más le gusta es la Mirinda y la que menos el aguardiente local. Y que si un chico le gusta, pues que espera a que le entre y ya (pues espera, maja, espera).

Sí que había algunos poemillas que había escrito un chico del tipo “rezando le pregunté a Dios, ¿me querrá A. algún día?” (en amárico medio rimaba), pero ya. Nada de carnaza, vaya. Al final de nuestra lectura detallada, le he preguntado a M. , que tiene veinte años, por qué la profesora se había quedado tan escandalizada por una cosa natural y bastante ingeniosa en lo que a comunicación y modo de conocerse se refiere. La respuesta ha sido contundente:
_ Los profesores etíopes no entienden nada.

Yo he asentido circunspectamente.

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Ene 06

EL MES

Hoy ha acabado mi calvario. Ha vuelto Brother House. Debo ser la única curranta del mundo que cuenta las horas para que vuelva su jefe. Porque la vida sin Brother House es muy, muy dura. La vez pasada que hice lo que popularmente conocemos como El Mes se me retiró hasta la regla. Esta vez, que tengo más callo -han pasado cuatro años-, he conseguido menstruar a su debido tiempo pero, una vez más, he desarrollado un apetito compulsivo del que planeo hablar mañana (u otro día).

Y no es sólo que Brother House, trabajando doce horas al día 365 días al año, sea un vacío dificilillo de llenar, no. En el campo educativo (lo que viene a ser solución de problemas cotidianos de la Santa Infancia), me apaño bastante bien. Y cuando no me apaño, con decir “lo hablamos cuando vuelva Brother House”, pues tira que te va. Lo que más me cuesta es la gestión de los campos de fútbol y otros deportes.

Lo de los campos de fútbol, verdaderamente, es más difícil que organizar la sección de lácteos del Mercadona (por lo menos). Vaya por delante que, como saben mis conocidos (y también la gente que me conoce menos, porque esto es algo que yo grito a quien quiera escucharme) O.D.I.O. el fútbol. En todas sus variantes: Futbito, fútbol ocho, fútbol sub-18, fútbol sala, fútbol sub-21…. De hecho, una de las más importante motivaciones a la hora de volver a Etiopía fue el hecho de que el equipo de mi cuidad natal ascendió a Segunda División. Aguanté la primera jornada de liga. Y, mientras no desciendan, aquí que me quedo. Creo -y sé que es una opinión profundamente polémica- que el fútbol saca lo peor de la gente. Y eso que yo, de pequeñita, era fan de Pelé. Pero sólo cuando lo veía en Evasión o Victoria.

Así las cosas, como se puede imaginar, me toca un pie quién juegue en cada campo o quién tenga que arbitrar cada partido. No entiendo las reglas. Y no me importan. En teoría, hay fans del fútbol (de todo tenemos) que sí entienden de estas cosas y están a cargo de los distintos torneos. El problema es que todo el barrio quiere jugar en el mismo campo, que casualmente es el de baloncesto. Porque ahora se ha puesto de moda jugar a futbito. Una pasión que los que normalmente juegan al baloncesto en el mismo terreno no comparten. Al margen del problema del campo, está el problema del balón. Porque tú no lo sabías, reina, pero a futbito se juega con un balón del número 3. Sí, los balones vienen numerados en función de su tamaño. ¿Que cuál es el número 3? El que no venden en Etiopía. Y a futbito, aunque tú no lo entiendas (porque eres cortita), o se juega con balones del número 3 o no se puede absolutamente jugar. Y todo el mundo sabe que la juventud, si se ve privada del fútbol durante más de dos días seguidos porque tú no has encontrado el puto balón, pues no tiene más opciones que darse a las drogas o a la bebida (aquí no venden la Wii). Por tu culpa.

Luego, para los amantes del fútbol clásico, tenemos dos campos: uno dependiente del centro en el que trabajo y otro que, por pertenecer a las escuelas que se encuentran en el mismo recinto, queda, en teoría, fuera de mi jurisdicción. En la práctica, resulta que, aunque ambos campos se asemejen con milimétrica precisión, el de las escuelas es más inestable -dicen. Ni muerta me he acercado a comprobarlo- y, según los expertos jugadores, se producen más lesiones allí, y entonces se vienen a jugar a nuestro campo, que es donde juegan los pequeños, que, aun siendo pequeños, si no tienen su partido diario de fútbol se ponen a aullar como cabrones. Y entonces yo sitúo a los pequeños en el campo de las pequeñas (que también juegan al fútbol, porque somos muy modernos. Ahora entiendo yo por qué las monjas nos ponían a hacer punto de cruz, coño), y entonces son las niñas las que aúllan porque sólo les queda el campo de voley y la pelota les choca en la red. Y yo en ese momento me pregunto qué tiene el ajedrez que lo hace tan poco popular y se me queda la cabeza como en blanco mientras me imagino un porche lleno de niños con corbatas y jerseys de punto, concentrados en una sucesión interminable de acertijos reflejados en los escaques. “Dios mueve al jugador, y éste la pieza. ¿Qué Dios, detrás de Dios, la trama empieza?”, citarían, embebidos de inteligencia, mesándose una inexistente barba.

Después de un mes de tensiones cotidianas, aderezadas por la celebración del campeonato organizado por el Kebelé* que voló de un plumazo el precario equilibrio que había conseguido establecer tras tres semanas de duras negociaciones, hoy, cuando me han planteado por enésima vez el acertijo de “somos cuatro equipos y los cuatro queremos entrenar a las cinco de la tarde en un campo para nosotros solos, pero tú sólo tienes tres campos que ofrecer” -que a mí me vienen ganas de responder como al chiste de los cuatro elefantes en el Seiscientos: “dos delante y dos detrás”, por decir algo-, pues me ha venido como una risilla y les he dicho, después de algunos minutos de reflexión: “Tururú. Ya ha vuelto Brother House. Se lo preguntáis a él”. Y me he quedado tan ancha.

Kebelé: Es la autoridad loca, de barrio. Como el ayuntamiento.

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Dic 25

CUENTO DE NAVIDAD (PARA NIÑOS)

La llegada de los Magos había roto por completo la tranquilidad de la noche. Algarabía de asombro y alegría en las calles oscuras. Dentro del portal, sin embargo, reinaba el silencio. El Niño dormía. Los Magos, de rodillas, murmuraban oraciones en una lengua extraña. La Madre, algo azorada, velaba el sueño de su Hijo. El Padre, a su lado, no acababa de creerse todo lo que había visto y vivido aquella noche. En el umbral de la amplia puerta, una veintena de pastores trataban de abrirse paso a discretos codazos para ver al Niño de cerca.

La Madre miraba con ternura a aquellos hombres de monte que habían caminado varias horas para conocer a su Hijo. Por primera vez, habían dejado sus rebaños en el monte para venir a contemplar un milagro que no acababan de comprender.

De repente, entre los rostros curtidos por el sol, le pareció ver una luz. Dos luces. Dos ojos oscuros, encima de la sonrisa más blanca que jamás había visto. Un rostro menudo que se confundía con la noche. Y otro más. Y otro. Parecían niños, pero ella nunca había visto niños tan oscuros. Uno se había subido a hombros de otro, para ver mejor, mientras el tercero, bueno, la tercera, daba pequeños saltitos intentando superar los fornidos hombros de los pastores.

La Madre se levantó y, no sin antes dar un pequeño vistazo a su pequeño, se abrió paso entre los pastores que, con gestos de asombro, hicieron un pequeño pasillo, al final del cual quedaron los tres niños, sorprendidos y algo avergonzados. Temblaban.

_ Venid dentro, los animales os darán calor también a vosotros – les invitó la Madre y, cogiendo a la niña de la mano, recorrió de nuevo el pasillo abierto entre los pastores hasta el pesebre donde dormía el recién nacido.

Los niños, todavía asombrados, la siguieron y, sin decir nada, se sentaron en una esquina. El más mayor de los tres se llamaba Tesfaye que, en su lengua, quería decir “Mi esperanza”. Vestía un curioso mono de esquiar que, seguramente, había pertenecido antes a un niño que sí sabía lo que era esquiar. Las perneras estaban cortadas a la altura de las rodillas. Tesfaye no sabía por qué. Unas chanclas completaban la extraña indumentaria que atraía los comentarios de los pastores, que tampoco sabían lo que era esquiar.

El otro niño era un poco más pequeño, de unos cinco años. Se llamaba Hulumayew. Quería decir “He visto todo”. La madre de Huluayew era ciega, pero le gustaba recordar todo lo que había visto de pequeña. Hulumayew llevaba un pantalón corto y una camiseta de manga corta, con capucha. Ambos de incierto color marrón, porque a Hulumayew le encantaba jugar con la tierra.

Tarikua, la niña, miraba sobre todo a la Madre. Como ella no tenía, le parecía que aquel Niño era muy afortunado. Era una Madre muy guapa, pensaba Tarikua, mientras trataba de tapar los agujeros de su raída falda.

Entre los pastores comenzaba a cundir el descontento y la envidia. Aquellos extraños niños habían llegado los últimos, y, mira por dónde, ya estaban en primera fila. Los Magos seguían con sus oraciones, ajenos a los cuchicheos que alcanzaban un volumen creciente.

_ Míralos, qué mal vestidos
_ Sí, y solos, de noche, sin padres, qué irresponsabilidad
_ Y ni regalos han traído, menuda cara…

De pronto, Tesfaye se levantó, con energía.
_ No es verdad, sí que hemos traído regalos

La Madre lo acalló con un gesto.
_ No tenéis que traer nada. No hace falta. Ya lo han traído los demás. No os preocupéis
_ Pero es que sí que hemos traído algo – reafirmó Tesfaye
_ Bueno, pues que se lo den de una vez – espetó uno de los pastores de la segunda fila

Tesfaye se acercó al pesebre, despacio.
_ Mira, Niño, lo que te he traído. Una muñeca. La encontré en un basurero. Es que no sabíamos que podríamos llegar hasta Tí -explicó con embarazo – pero ya verás, ¡está casi nueva!

La Madre tomó la muñeca. Era la muñeca más fea del mundo, toda despeinada, sin un brazo y con un solo ojo. La Madre la cogió con mucho cariño, porque sabía que cada muñeca tiene su alma, y que no todas las muñecas son bonitas. La Madre sabía que en el mundo hay muchas muñecas sin ojos, y sin brazos, y sin voz. Colocó la muñeca en el pesebre, junto al Niño, que empezó a chupar con deleite uno de los pies de la muñeca.

Todos miraron al niño pequeño, que dio un paso al frente y, con voz temblorosa, dijo:
_ Yo te he traído estas piedras -y abrió su pequeña mano, dejando ver seis piedras de colores brillantes- son las piedras más bonitas que he podido encontrar -explicó orgulloso- y con ellas podrás jugar a un montón de cosas, ya verás. Si quieres, yo te enseño en cuanto crezcas-, acabó, y dejó las piedras a los pies del niño, que las miraba encantado. Una era un trozo de ladrillo, y otra estaba hecha de sal. Dos tenían el brillo de las piedras de río, y otra era una piedra manchada de pintura roja. La última era casi transparente, como un trozo de cristal.

_ Mi regalo no es para tí, Niño -empezó Tarikua- sino para tu madre. Es un amuleto -explicó, quitándose del cuello una pequeña bolsa de cuero –en mi país dicen que da fortuna a quien lo lleva. Señora -dijo, dirigiéndose a la Madre- espero que usted viva para siempre, para que pueda darle al Niño todos los besos que necesite -completó.

La Madre cogió el trozo de cuero. Sabía que ahí dentro estaban todas las ilusiones de la niña, la poca fortuna que había tenido en la vida. Se lo colgó al cuello con una sonrisa y besó a la niña que, despacio, volvió a su rincón.

Los pastores miraban estupefactos la escena. ¿Cómo podía alguien llevar semejantes asquerosidades como regalo al Rey de Reyes? ¡Qué desfachatez la de aquellos niños! De nuevo, murmullos de indignación en el umbral de la puerta.
_ ¡Piedras!… Los magos, al menos, han traído oro, pero piedras… ¡A quién se le ocurre!
_ Y qué muñeca más horrible, si hasta le falta un ojo…
_ Amuletos, brujería… todo superstición inútil…

_ Con la de gérmenes que tendrán todas esas cosas, a ver si el niño se las va a meter en la boca y vamos a tener un disgusto…
Los pastores no se habían dado cuenta, pero la Madre no perdía palabra de lo que decían. En un momento dado, alzó la mano, pidiendo silencio:
_ Niños, mi hijo y yo os damos las gracias. De corazón -añadió, mirando de reojo a los pastores, que callaron, avergonzados-, porque de corazón nos habéis hecho vuestros regalos. Tal vez la gente no se acuerde de estas bonitas piedras, o de esta muñeca tan sabia, o de este amuleto de esperanza, pero no os preocupéis, porque ni mi Hijo ni yo olvidaremos vuestra ofrenda.

Sin saber muy bien por qué, Tarikua, Tesfayw y Hulumayew sintieron por dentro un calor muy bonito, que les hizo olvidar el frío de la noche. Era la sonrisa del Niño, que les iluminaba el corazón.

—————————

Las agujas del reloj marcaban las diez de la noche. El encargado del enorme centro comercial apagó la luz de su oficina. Su mujer, sus hijos y sus suegros le esperaban en casa para cenar, mientras veían el especial de Navidad en la tele. Había sido un día muy atareado, con cientos de clientes que corrían apresuradamente buscando los últimos regalos de Navidad para esa tía que vivía en una residencia para ancianos (qué sorpresa se iba a llevar con ese nuevo pañuelo -el décimo en los últimos diez años- para su desvencijado cuello) o el hijo, ingeniero, que había venido de Londres en el último minuto (“qué le compro, si es que ya tiene de todo”, se oía murmurar en las tiendas).

El encargado echó la llave de la oficina y recorrió los pasillos, apagando las luces, colocando aquella guirnalda caída y asegurándose de que todas las tiendas estaban cerradas y bien cerradas. Ensimismado en sus pensamientos como estaba -seguro que su suegra recordaría con nostalgia esa receta de cardo que nunca quería preparar, pero que era indudablemente mejor que la que su mujer había cocinado con esmero-, se paró inconscientemente delante del Nacimiento montado en el recibidor central del edificio. Este año se había superado a sí mismo, comprando preciosas figuras de escayola y recubriendo la escena con musgo de verdad. Había tenido que conducir dos horas en el puente de Todos los Santos para llegar al monte y coger el musgo, cuyo perfume se resistía a morir entre las fragancias que los dependientes pulverizaban en las distintas tiendas.

Y, de repente, los vio. Tres muñecos de tosca plastilina, en una esquina del portal de escayola. El encargado esbozó una mueca de disgusto ante los trocitos de raída tela que cubrían las primitivas figuras, con caras marrones y pelo hecho con alambres rizados, recubiertos de lana negra. “Desde luego”, pensó, “la gente es que no respeta nada”. Y recordó haber visto rondando por el centro al hijo de una de las limpiadoras, Sara, que era de Cabo Verde. O de Eritrea. El encargado no se acordaba. Distinguía a las limpiadoras entre “colombianas”, que hubieran podido ser de México o de Perú; “marroquíes”, todas aquellas que no llevaban pantalones; y “africanas”, desde el Sáhara hasta Ciudad del Cabo. Intentaba adaptarse a los nuevos tiempos, y jamás usaba las palabras “negra” o “mora”.

Iba ya a tirar los muñecos a la basura, pero en el mismo ademán de coger a la que parecía una niña (llevaba falda), quién sabe por qué, le dio apuro. Como vergüenza, allí, en la soledad del centro comercial vacío. Ya arreglaría el Belén el 26, se excusó consigo mismo, mientras advertía algunas pequeñas piedras tiradas aquí y allá alrededor del mofletudo Niño Jesús. “Total -reconoció para sus adentros-, la gente está tan ocupada comprando, que no creo que nadie se haya dado cuenta”.

Apagó la última luz, echó la verja, y se dirigió a su casa. Sin saber muy bien por qué, una sonrisa así como tonta le nacía entre los labios.


felicitacion 09 español

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Dic 19

UNDER MY SKIN

Hace algunos meses me salió un chert en la mano izquierda. En inglés se dice ring worm y algunos los llaman anillos de pobreza (se ve que Marta Luisa de Noruega nunca ha tenido uno).
Como suele suceder, al principio no me dí cuenta. Era un hormigueo apenas perceptible, y pensé que me había picado un mosquito. Con el tiempo (y la dejadez por mi parte), fue adquiriendo una perfecta forma redonda, como una quemadura. Como si alguien me hubiera marcado.

El caso es que a mí me gustaba tener esa señal en el dorso de la mano. Lo veía como un símbolo de todo lo que cada día me pasa la Santa Infancia. Lo bueno y lo malo. Ellos (la Infancia), que están llenos de cherts, sin embargo, no acertaban a identificar el mismo hongo en una piel blanca, y me preguntaban constantemente si me dolía. Yo les decía que no, que sólo, de vez en cuando, por las noches, me despertaba rascándome.

Al final, como una cosa es el simbolismo y otra el sentido común, opté por comprarme una crema frenji y comenzar a medicar mi anillo. Todos los días, tres veces al día.
Y hoy, cuando me he despertado, después de una noche bastante larga, se había ido. Desaparecido. No queda ya ni la marca pálida de las últimas semanas.
Mis manos vuelven a ser mías.
Supongo.

De este tiempo de anillos imposibles y promesas mojadas, me ha quedado esta bonita canción:



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Dic 16

YAMEREBESHAL

Hoy hemos concluido la semana cultural decretada por el gobierno para todas las escuelas. Básicamente se trata de una exaltación de los distintos aspectos que componen la cultura etíope, especialmente en lo relativo a diversidad étnica.

Hoy era el gran desfile final, y lo primero que hemos hecho ha sido adoptar el más puro espíritu etíope: por una chorrada de fiesta, hoy nadie ha trabajado. Porque sí. No había seveñá en la puerta, no había cocineras en la cocina, las maestras pasaban de los niños y la gente que debía trabajar en la cadena de producción de la escuela técnica ha decidido que hoy no tocaba trabajar. Todo muy abeshá.

Al margen de esto, la gracia del día es que todo el mundo ha venido vestido de una etnia distinta. Me too. ¿De qué me he vestido? Adivinen, adivinen… Bueno, que no tiene mucho misterio. Obviamente, me he vestido de komche . Me compré la tela en el Gulit de mis amores y uno de los sastres que tienen allí el puestillo me cosió un vestido a medida, verde con flores blancas. Luego me he calzado los mítico Kongo Chama (zapatos negros de plástico), foulard negro en la cabeza, crucecilla al cuello, pertinentes tatuajes tribales pintados con eye-liner, y a triunfar. La mejor parte es que la Santa Infancia me ha confeccionado un hato de leña, como las señoras que recogen la leña en Entoto para venderla (que es de lo más Komche que se puede hacer en la ciudad). Y allí he ido yo todo el día, con los pies pre-cooked (y repitiendome a mí misma “las uñas de los pies están sobrevaloradas, no las necesitas, no las necesitas”) y mi hatillo de leña a la espalda, que voy llena de cardenales (la Santa Infancia se ha emocionado y me ha cargado con unos diez kilos de leña).


yamerebeshal

Creo que puedo reivindicar humildemente el hecho de haber sido la primera komche de la historia con sujetador de Calvin Klein (realmente, ése era el puntazo, pero nadie se ha dado cuenta) y móvil. Las madres de la Santa Infancia, cuando me han visto, no podían parar de reír. K. me ha dicho que su madre tiene mis mismas medidas, por lo que le podría regalar el vestido si no lo voy a usar más.

Decidido: el año que viene, me visto de seveñá.

P.D: El título del post es lo que me decía hoy todo el mundo. Viene a querer decir “estás priciosa”.

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Nov 13

CABELLOS AFRICANOS

Sé que entre el colectivo adoptante el tema “pelos” es un asunto bastante espinoso (obsérvese cómo evito el obvio juego de palabras “pelo-peliagudo”). Porque si hay algo que nos diferencia de los abeshás, amigos, es nuestro cabello. Decídmelo a mí, que me es imposible encontrar un champú que no me deje el pelo chorreando aceite, que parezco un gladiador (se ve que los indios y los chinos también tienen el pelo muy seco, y los champús fabricados en ambos países intentan compensar estas carencias).

Para la Santa Infancia, el pelo también es un tema importante. Cuando eres pobre como las ratas, intentas conservar lo poco que tienes, que en este caso es pelo. Básicamente, las mamás gueter lo que hacen es rapar a sus hijos con una cuchilla nada más nacer y durante los primeros meses de vida, para que el pelo se fortalezca. Cuando comienza a salir que pincha, lo dejan crecer.

Para hidratar y peinar esa maraña de pelo, utilizan distintos productos, siendo los más populares la vaselina líquida o parafina. Además, una vez a la semana se untan mantequilla en todo el pelo, se ponen una bolseta de plástico y se lo dejan así varias horas, para que absorba. La bolseta, además, permite al resto de la población continuar con sus actividades cotidianas, dado que la mantequilla tradicional que se usa para estos menesteres a.p.e.s.t.a. y, de no mediar la bolseta, resulta humanamente imposible permanecer a menos de diez metros de la cabeza untada. De hecho, normalmente, las escuelas prohíben a sus alumnas entrar en clase con la mantequilla puesta, porque así no hay quien enseñe.

Los que son un poco más apañados, de vez en cuando sustituyen la mantequilla por una mascarilla que huele muy bien a base de coco que venden en todas las tienduchas del barrio. Pero sólo de vez en cuando porque la mantequilla es el abc del cuidado capilar abeshá y nadie renuncia a ella, ni siquiera la gente con posibles.

Como se puede deducir, entre vaselinas, mantequillas y cocos, lo que tienen es una película de grasa que luego, en la ducha, resulta imposible de quitar. Para lavarse el pelo utilizan jabón tipo Lagarto. Hay que frotar bastante hasta que consigues abrir una grieta en la capa de grasa preexistente, pero una vez que empieza a hacer espumilla es un gustazo masajearles el pelo. A mí me relaja un montón.
Y luego, una vez lavado y vuelto a untar de nuevo, queda ya a la habilidad de cada quien el trenzarlo con mayor o menor fortuna. Una cosa muy frenji es hacerte trenzar los pelos cuando vienes a Etiopía. Yo le veo varios inconvenientes:
1. Es un coñazo destrenzarlos
2. En las cabezas frenjis, las cosas como son, queda bastante mal. O tienes una buena mata, o se te ve demasiado el cuero cabelludo blanco.
3. DUELE. Para hacer las trenzas, la Santa Infancia tiende a pasarse tirando (si se afanan, te resultará difícil cerrar los ojos después). Más allá de que pierdes media mata en el proceso de trenzado (a tí nadie te rapó cuando eras cría), duele que te cagas.

Un problema común a frenjis y abeshás son los piojos. En el caso del pelo abeshá, cuando pillan piojos, las opciones se reducen básicamente a…¡bienvenida señora cuchilla! Es muy, muy difícil conseguir sacar todos los piojos y huevos de una buena mata de pelo abeshá. Yo sólo lo he logrado una vez, y tuvimos que hacer turnos con las niñas mayores para liberar a nuestra pobre A. de sus molestos visitantes.

Como veis, el cabello africano es fuente inagotable de entretenimiento y emoción. A algunos miembros de la Santa Infancia, la vida les ha dado sólo eso: pelo. Un pelo precioso, eso sí.

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Oct 31

DE VISITA

Hay un juego de corro muy cuco que la Santa Infancia practica con cierta frecuencia. No es nada del otro mundo, pero a mí me encanta. Básicamente, hay uno que se queda en el centro del corro, parándola. El resto, gira a su alrededor mientras canta: “vámonos, vámonos al bosque a ver si han venido las hienas. Hiena, ¿estás ahí?”
Y entonces la hiena contesta: “Sí, estoy”
_ ¿Y qué estas haciendo?
Y ahí cada uno dice lo que le da la gana. Normalmente, las hienas son gente bastante hogareña, que se lava la cara, prepara la comida, barre su casa o se peina el pelo. Hasta que, después de tres o cuatro veces de cantar la cancioncilla y preguntarle a la hiena por su actividad presente, ésta contesta: _ ¡Estoy comiéndoos a todos! Y los incautos excursionistas cantarines rompen a correr. Al que pilla la hiena, es el que la paga la siguiente vez.

¿Que por qué me gusta? Pues porque la cancioncilla de vayámonos al bosque a ver si están las hienas me encantaría cantarla en Dónde Estas Corazón o en la recepción de la COPE (por lo de las hienas). También es un juego que me da un poco de rabia, porque a mí, cuando la paro y me preguntan “¿qué estás haciendo?”, me encantaría responder “estoy releyéndome la Larousse” o “estoy rizándome las pestañas”, pero lo de la Larousse no lo iban a entender y no sé cómo se dice rizar en amárico. Y así, me conformo con decir, “me estoy tirando un pedo”, imito una pedorreta y nos meamos todos de la risa. Para algo tuve dos asignaturas de guión televisivo y cinematográfico en la universidad: la pedorreta nunca falla como gag.

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Oct 28

REFUGIO

Hay un trozo de mi camiseta donde a veces se refugian los niños que no saben adónde ir. Es la parte baja, el dobladillo, a la derecha de mi espalda. Se agarran ahí, y, simplemente, me siguen. Se adaptan a mi ritmo, giran cuando yo giro, se paran cuando yo lo hago… A veces no me doy cuenta de que llevo colgando un piojo de quince kilos.

Hay quien ha pasado allí horas. Otros días, e incluso semanas. Saben que no pueden quedarse indefinidamente, porque es un lugar bastante concurrido. Pero les gusta. A mí también.

Refugio

El momento dobladillo es una de las fases que atraviesa la Santa Infancia en ese vadear suyo por las aguas de la pobreza, en ese despertar, encenderse, aprender a vivir al que asistimos cotidianamente. Es apasionante ver cómo cambian durante las primeras semanas. A veces no te das ni cuenta, y, de repente, un día te preguntas desde cuándo sonríe H. o cuándo perdió Y. ese aire de niño perpetuamente enfermo que le caracterizaba. A veces, también, te preguntas dónde está el interruptor de apagado, porque hay plantas que florecen tan espectacularmente, tan sin control, que te cuesta asimilar su belleza, su energía (y su constante necesidad de alguien que atestigüe y celebre todos y cada uno de sus progresos).

Y, a veces, si la burbuja explota o su mundo se tambalea, se vuelven al dobladillo, como quien retoma el chupete olvidado, como quien busca la seguridad de un trozo de tela deformado. Como quien sufre.

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Oct 22

ESPAÑOL PARA PRINCIPIANTES

Cuando A. y M. eran pequeños y todavía se sometían ciegamente a los dictados de mi voluntad, me pidieron que les enseñara algunas nociones útiles de español. Comenzamos por lo básico, con conversaciones de dos frases, en las que yo les preguntaba:
_ ¿Men tefelegalachu? (¿qué queréis?)
Y ellos me contestaban al unísono, levantando el puño:
_ ¡Kalimocho!
A la misma pregunta, también sabían responder:
_ ¡Dog cañas!- así, con acento madrileño, por si, llegado el caso, no les gustara el kalimotxo.
De ahí pasamos a frases divididas en dos partes, que yo comenzaba y el uno o el otro completaban:
_ Soy un…
_ ¡fiera!

_Estamos como unas…
_ ¡maracas!

M., además, aprendió por su cuenta a decir “M., me tienes hasta las narices”, que era una cosa que ocasionalmente se me escapaba. Era gracioso, porque pronunciaba “narises” y quedaba bastante latinoamericano.

Este verano, como hubo varios españoles rondando por aquí, me pidieron que les enseñara algo nuevo. Y así lo hice. Siguiendo la misma estructura, yo comienzo:
_ ¡Españoles!
Y ellos completan:
_ ¡Franco ha muerto!

Nos lo pasamos chicha.

P.D: Gracias por las felicitaciones. Y por los poemas. Y por leerme. Gracias.

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