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Archive for the ‘Adopción’ Category

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Mar 28

ORÍGENES

Las familias adoptivas que viven en el extranjero –al menos de lo que percibo yo- tardan varios años en ponerse a buscar orígenes. La lejanía física y todas las dificultades de emprender una búsqueda en un país que no es el tuyo actúan como excusas válidas que permiten retrasar el momento sin grandes cargos de conciencia. En muchos casos, deciden esperar a que sea el propio niño o niña quien inicie la búsqueda por su cuenta.

Como muchas otras cosas, esto tampoco me sirve a mí. Viviendo en el mismo país, sabes que cuánto más tiempo pasa, más difícil será buscar. Además, yo tengo experiencias y recursos que mi hija tardará décadas en adquirir.

Habrá gente que me diga que ya estoy tardando en volver al mítico Gondar a buscar los orígenes de mi vástaga. Que, en mi misma situación, ellos ya lo habrían hecho. No conozco a nadie que, en mi misma situación, lo haya hecho. La mayoría de las familias que conozco optan por esperar a que el niño/a/os/as sea grande y así emprender la búsqueda juntos.

Por el momento, lo único que hice fue diseminar mi número de teléfono en Gondar, dejando instrucciones en todos los sitios que habían conocido a la Nena de que, si alguien llegaba preguntando por ella, le dieran sin dudarlo mi número de teléfono. Me consuela pensar que, en este momento, es más fácil para la madre biológica de la Nena encontrarme a mí que encontrarla yo a ella. Ella podría hacerlo en una tarde.

Comenté todos estos pormenores con nuestra señora E., una señora de campo que trabaja con nosotros.

_ Ella no te buscará jamás- afirmó

_ ¿Por qué estás tan segura?

_ En el campo nos dicen que, si abandonamos a nuestros hijos, luego no podemos bascarlos. Dicen que es delito y que nos meterán en la cárcel.

Como ustedes habrán notado, primera persona del plural. Se lo hago notar. Me dice que, cuando nació su segunda hija, estaba sola y enferma. Al final, le faltó (o le sobró) el valor para abandonarla.

Y en esta confusión de vidas vinculadas por azar, por amor y por miseria, alguien tendrá que mover ficha por fuerza. Y me da que la única que puede hacerlo soy yo. Mi círculo personal de asesoras de la Santa Infancia no se pone de acuerdo. Algunas dicen que la madre de mi hija no merece nada, visto que la abandonó. La teoría se desmonta por si sola. Ni siquiera ellas pueden imaginar (todavía) la desesperación que envuelve a muchas mujeres. Otra opinan que me crearé un parásito de por vida, que se lanzará a pedir dinero y que la Nena se me deprimirá toda. Pero la verdad es que hablamos de una persona a la que no conocemos, que ni siquiera sabemos si está viva o no, y que puede ser que ni siquiera tenga la capacidad para pedir.

Y, como un invitado invisible, el miedo. El miedo de vincularte de por vida a alguien, el miedo a cargar a la Nena con algo que puede ser que no quiera, el miedo a decidir algo que, a lo mejor, debería decidir ella. Pero puede ser que, si no me muevo, ni siquiera tenga nada sobre lo que decidir.

Deshojando la margarita, se pasan los días.

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Mar 26

MADRES EN CUARESMA

En estos viernes de Cuaresma, por la tarde, con la Nena nos vamos al Via Crucis de la parroquia que tenemos en el mismo recinto (no todos podemos llevar a nuestros hijos a Eurodisney). Para los no versados en materia religiosa, decir que el Vía Crucis recuerda, a través de quince estaciones, el camino de Cristo hacia la Crucifixión y su Muerte. Obviamente, con la Nena no aguantamos ni hasta la Verónica (Sexta estación), pero nuestra presencia da un aire un poco más familiar al exiguo número de parroquianos que tenemos.

Desde hace ya tiempo, para mí la Pasión no es el misterio de la muerte de Cristo. Es el misterio de una Madre que pierde a su Hijo. Esa, me parece a mí, es la gran tragedia de la muerte de Jesús: su madre, que ve cómo matan a su Hijo y no puede hacer nada. Tienes que creértelo mucho para aceptar que tu Hijo está muriendo por algo tan abstracto como los pecados del mundo.

Aunque las agencias de cooperación al desarrollo seguramente no compartan mi visión, considero que el nivel de progreso de los pueblos debería medirse por la capacidad de las madres para mantener con vida a sus hijos. En Etiopía, como lo era en España hace algunas décadas, es normal perder a un hijo. Si tienes seis, sabes con meridiana certeza que alguno no sobrevivirá. Así el luto por los niños pequeños es bastante ligero: si tienen menos de cinco años, muchas veces ni siquiera los entierran en un cementerio: los envuelven en el netelá y se van al monte a enterrarlos. Por eso, durante los primeros cuarenta días de vida, ni siquiera tienen nombre. Por eso, cuando se tienen gemelos, se amamanta siempre primero al mismo, al que parece más fuerte, para asegurar que al menos, uno de los dos sobrevivirá.

En España, la muerte de un hijo, sencillamente, acaba también con la vida de la madre. Es El Horror. Lo peor que te puede pasar. Sin paliativos. Cuando tienes un hijo, lo sabes: si él o ella se muere, tú también lo harás. Puedes seguir viviendo, y seguramente lograrás que parezca que sigues viviendo. Pero no. Una parte de ti, esa gran parte de ti, morirá con él o ella. A mí, desde que llegó la Nena, me pasa que no soy capaz de ver películas o series donde muere un hijo. Ya me he quitado de Glee.

Me impresiona cómo la miseria redimensiona todo. Cómo puede volver aceptable un hecho tan terrible como es la muerte de un hijo. Cómo el ser humano, en ese instinto de supervivencia que es más fuerte que cualquier consideración cultural o religiosa, llega a aceptar que los hijos pueden morirse.

Yo sí aplico este indicador en mi trabajo: si incremento la capacidad de las madres para mantener con vida a sus hijos, me daré por satisfecha. “No perdí a ninguno de los que me diste”. Yo sí he perdido a alguno, y allí es el vacío absoluto, el fracaso sin paliativos. Porque todas las madres del mundo deberían poder mantener a sus hijos con vida. Y porque nosotros deberíamos, al menos, conseguir que todos vivieran.

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Mar 23

VEINTE AÑOS

El otro día, unas monjas italianas que trabajan en el mítico barrio de mi Santa Infancia, me contaron esta historia. Comienza en 1994. El barrio había sido transformado de leprosario a campo de refugiados (no todos podemos nacer en Manhattan). Los etíopes residentes en Eritrea, así como las familias mixtas (la mayoría militares que se habían juntado con mujeres eritreas, o mujeres etíopes con maridos eritreos) fueron expulsados por el gobierno eritreo y el gobierno etíope decidió plantarlos en Mekanissa.
Un día cualquiera, a la puerta de la pequeña misión de estas monjas, llegó un señor no del todo joven, con un bebé en brazos. Era una niña y, según el señor, la madre había fallecido al dar a luz. El señor quería abandonarla porque no podía criarla solo. Las monjas, como siguen haciendo hoy en día, se negaron a aceptar el abandono. La niña tenía síntomas evidentes de desnutrición y deshidratación, por lo que creyeron que llevaba varios días sin madre que la amamantara. Le propusieron al señor quedársela durante el día y que él por la noche fuera a buscarla para que durmiera con el resto de la familia (había varios hermanos y hermanas). Además de la niña, las monjas se comprometieron a acoger durante el día a una de las hermanas de siete años.
Después de varios meses, el acuerdo se reveló abiertamente ineficaz: el señor no cumplía con su parte del trato (no pasaba a buscar a las niñas) y la hermana, que en teoría debía ayudar a criar al bebé, era demasiado pequeña para hacerlo. Ante la insistencia de este señor, las monjas contactaron otra congregación que sí se dedicaba a las adopciones y el bebé, de aproximadamente un año y medio, se fue a Italia con su nueva familia, después de que el padre biológico firmara los pertinentes documentos.
La sorpresa de las monjas fue mayúscula cuando, algunos meses más tarde, el padre biológico apareció con otro bebé. La madre no había fallecido, sino que estaba ingresada en un hospital psiquiátrico. Las monjas apoyaron también a este segundo bebé. Como era chico, el padre aceptó quedárselo.
Algunos años más tarde, el señor empezó a meditar su decisión de dar a su hija en adopción. Fue a las monjas, exigiendo la vuelta de la niña, pero, obviamente, era demasiado tarde. Enfados, gritos y frustración mil.
Hace un par de semanas, llegó un coche a la misión. De él bajó una chica de unos veinte años. La limpiadora más antigua, exclamó inmediatamente: “es la hija del señor G.”. Y sí, era ella.
La bebé que se fue de Etiopía creció. El rebote adolescente lo focalizó en su familia adoptiva, y así lleva varios años convencida de que fue una niña robada (sí, estoy simplificando el rebote). Volvía a buscar sus orígenes en este barrio perdido.
La limpiadora se erigió en investigadora privada y se comprometió a localizar a la familia biológica de la bebé, afirmando que estaba convencida que seguían en el barrio. Y así, una semana más tarde, se produjo el reencuentro entre los padres biológicos, algunos de los hermanos y la bebé. El señor le dijo que él había pedido a Dios volverla a ver antes de morir, y que Dios se lo había concedido. Las monjas le explicaron su situación antes de la adopción. La bebé expresó su alegría al saber de dónde venía: aparentemente, llevaba años convencida de que había sido abandonada en la calle, de que cuando nació nadie la quiso. Según dijo, el saber que venía de una familia, que alguien había querido para ella un futuro mejor, que su familia biológico era consciente de la adopción, le servía para llenar el vacío de pensarse abandonada. Allí las monjas estuvieron bastante hábiles y le presentaron la situación en un conveniente blanco y negro: “papá no podía alimentarte, y quiso lo mejor para ti”, olvidándose de que el siguiente hermano sí permaneció con la familia y de que, en su momento, al padre se le habían ofrecido otras alternativas que le hubieran permitido conservar a su hija y que no tuvo la voluntad de continuar.

Esa noche la bebé habló con su madre adoptiva, y consiguieron cerrar algunas heridas abiertas. Aparentemente, se dio cuenta de cómo hubiera sido su vida en caso de haber permanecido en Etiopía. Seguramente, aprendió que podía considerarse afortunada porque mucha gente, en distintos momentos, quiso lo mejor para ella. Entre todos los materiales que conservaba, había un viejo video en VHS donde una monja la acunaba en brazos. Inmediatamente reconoció a esa monja, con bastantes canas de más. La misma monja, la misma cocina de barro, el mismo amor para con los últimos, los mismos brazos todavía tendidos. Y habrá quien crea que en la Iglesia Católica todo es Banca Vaticana.

Varios días más tarde, la bebé celebró el día previo al inicio del ayuno cuaresmal con su familia biológica. Pasó todo el día con ellos. Vino incluso otra hermana que vive en Nazret. Después, pasó un mes de voluntaria en un orfanato en el Norte. Aparentemente, iba para esteticien, pero ha decidido retomar los estudios y tratar de hacer algo relacionado con Trabajo Social.

La bebé no pasó a despedirse de las monjas, pero su madre adoptiva sí. Les agradeció en el alma toda la información y la charla con la bebé. A las monjas lo que más les impresionó fue esto último: cómo la madre adoptiva había, en todo momento, priorizado los deseos y necesidades de su hija. “Todo lo hizo por amor a su hija”, concluyeron, y volvieron a sus miserias y a sus miserables.

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Dic 20

LA NENA Y LAS LENGUAS

La Santa Infancia me la ha jugado. A traición y por la espalda.

Comenzaré el relato de mis cuitas diciendo que uno de los “puntos calientes” en mi recién estrenada maternidad son las lenguas. Los idiomas. Desde hace ocho años, mi vida profesional y personal se desarrolla en amárico, inglés e italiano. Prácticamente nunca en español. De hecho, cuando hablo en español, sobre todo al incio de mis vacaciones, cometo errores de guiri que constituyen siempre fuente de solaz y regocijo para mis amistades (algunas son algo crueles).

Obviamente, yo quiero que la Nena hable español como lengua materna. El nombre lo indica: lengua materna. De su madre. Mía. La estrategia más obvia, como se imaginarán, es hablarle siempre en español. Y allí estoy, que parezco una radio. Cuando me quedo sin conversación, le canto. He escuchado los Cantajuegos (soy una madre documentada), y, como no puedo evitar imaginarme el grupo de adultos lobotomizados cantando esas canciones, pues me dan bastante vergüenza ajena. Yo también escuchaba canciones infantiles de pequeña, pero entonces carecía de mi capacidad actual de análisis y crítica social. Como la Nena prefiere el organillo y el tambor, también le parecen sosos a ella. Así, entre libros y canciones (y Pocoyó) estamos con la granja y las partes del cuerpo. Empecé con la granja, pero es que luego me dí cuenta que la Nena no ha viso un cerdo o un pato en los días de su vida y le cuesta identificar el sonido con la imagen del cerdo o el pato. Vamos, no sabe lo que es un cerdo ni un pato y punto. Como brazos y piernas los tenemos más a mano, pues hemos cambiado lección.

El caso es que hace unos días, la Nena pronunció su primera palabra. Ulet. Quiere decir “dos”. En amárico. Cachis.

Investigando los orígenes de tan extraña elección, me dí cuenta de que cuando la Santa Infancia la ayuda a caminar le repiten and, ulet, and, ulet (uno, dos, uno, dos…) Y así, la Nena pasa siete kilos de la cargante de su madre y sabe decir ulet.

Inmune al desaliento, he tomado medidas. En menos de dos días, toda la Santa Infancia sabe ya decir “uno, dos”. Y ay de áquel que ose pronunciar en amárico los números mientras mi vástaga da sus primeros pasos.

Lo de los idiomas es una cosa que a la Santa Infancia le intriga bastante. Dan por supuesto que la vinculación burocrática con mi vástaga desencadena de forma inmediata y automática una capacidad especial en la Nena para hablar el español. Yo conozco niños de tres años que, puestos en la misma tesitura, hablan con fluidez tres idiomas. También conozco otros niños de tres años que, ante el caos de lenguas, acaban ladrando cuando se enfadan, o mezclando la estructura del amárico con el español (me “agusta” en vez de “no me gusta”, porque los verbos en amárico hacen el negativo poniendo una a delante).

A veces pienso que, si todo va bien, la Nena empezará a hablar sánscrito a los doce años. Antes de esa fecha, no pienso preocuparme.

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Dic 03

LA NENA Y EL PELO

Poco a poco, la Nena y yo nos vamos integrando en nuestra nueva vida. Un punto importante, obviamente, es la parte de nuestra vida que compartimos con la Santa Infancia. Como los excesos son, eso, excesivos, hemos empezado a tomar contacto poquito a poco, en los momentos en los que en vez de quinientos niños, pues sólo hay cien o doscientos.

La semana pasada estuvimos con M. y su niña de dos años, a la que todos llamamos Mita. En Etiopía las niñas pequeñas se llaman Mita y los niños pequeños Abush. Cuando creces, si tus padres se preocupan minimamente, deberías transicionar a tu verdadero nombre, pero hay quien se olvida, y se le queda Abush o Mita para toda la vida. Hago otro inciso para explicar que la Mita ha pasado dos años completos sin separarse de su madre, quien trabajaba sólo cuando la Mita la dejaba en paz. En los intervalos en los que su madre trabajaba, la Mita ha jugado sin descanso con un batallón de niños mayores que ella. Estoy convencida de que la infantita Leonor no ha crecido tan estimulada como la Mita. Como resultado de la larga baja maternal de su mamá, la Mita dejó el pañal antes de cumplir los dos años, y, algunos meses después, es capaz de expresar una gran variedad de opiniones y emociones con claridad. Están intentando enseñarle a tostar el café. Además, estos días está aprendiendo el significado de la palabra “celos”, porque se huele que la Nena le está robando el puesto.

_ ¿Qué tiempo tiene la Nena?– me preguntó M.
_ Mmmm… no sé, como un año y medio
_ ¿Y todavía no camina?– me preguntó de nuevo, mirando alternativamente a la Mita y a la Nena.
_ Esto… no- respondí sucintamente. Y M. que seguía comparando la Mita y la Nena, la Nena y la Mita. Anticipando el golpe, reaccioné –la Mita a esa edad ya caminaba, ¿no?
_ No, -me repuso dignamente- la Mita cuando cumplió el año ya corría y todo. Al año y medio ya contestaba el teléfono.

Es lo que tenemos las madres, que nos encanta tener razón. A los 35 y a los 18. Además de las opiniones de M., –“la Nena no te camina porque la tienes que coger sólo de una mano, no de las dos”-, tengo todas las opiniones del resto de la Santa Infancia, que aunque no tengan hijos, sí han criado varios hermanos. “Tienes que masajearle las piernas con vaselina al sol”, “no hagas nada, ya caminará cuando quiera”, “le tienes que hablar en inglés, sino nunca aprenderá inglés” (NO quiero que aprendar inglés, quiero que aprenda español, pero es que la Santa Infancia se olvida frecuentemente de mi nacionalidad y lengua de orígen), “¿pero no tienes dinero para ponerle mantequilla en el pelo?”. Como se ve, el modelo de crianza etíope está pensado o para hermanos mayores sin escolarizar o para madres que no trabajan. Aquí también, es materialmente imposible que te dé tiempo de hacer todo lo que se supone que tienes que hacer con tu hijo y su cuerpo (masajes, pelos, ejercicios varios…).

Lo del pelo me dejó muerta. Más que nada porque tenían un punto de razón: la cabeza de la Nena aparecía un poquitín descamada. Oh, Dios Mío. La tiña, pensé. “No, no es tiña, es sólo seco”, me dijo M., marisabionda ella. “Sólo tienes que cuidarla más”. Remató.

Después de dialogar con la señora G., ese ángel que vela por nosotras, ante mi negativa a ponerle mantequilla, vengo a saber que lo más de lo más para el cuero cabelludo de la Nena es el aceite de zanahoria. A 153 birr la botella, señores. En los días de mi Etiopía me he gastado yo ese dineral en un champú. No me ha quedado más remedio, porque me he dado cuenta de que el estado de la cabeza de mi Nena sirve como barómetro público de mis capacidades como madre de una niña abeshá.

Y que se joda la Mita, que el pelo le crece todavía a cachos porque siempre duerme en la misma postura. Yo a mi Nena la giro, para que le crezca uniforme. Seguro que eso a M. no se le ha ocurrido.

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Nov 26

LA NENA Y EL SEVEÑÁ

La semana pasada, la Nena llegó a casa. Como no podía ser menos, mi Nena es una komche. Una komche pura. Me di cuenta ya en el orfanato. Era un sitio pequeñito, de nivel muy local (dicho finamente), pero donde las señoras querían mucho a los niños y los cuidaban lo mejor que sabían. Entre todas las cuidadoras, la persona favorita de mi nena era el seveñá, que era un komche completo al que no le faltaba un perejil: su pantaloneta verde, su camisetilla, su gabi de emergencia permanentemente al cuello y sus cangrejeras verde fosforito. Las cuidadoras, encantadoras, en cuanto la Nena mostró el más mínimo signo de reconocerme, ya dijeron “mira, cómo quiere a su madre”. Pero no. Mi Nena al que quería, era al seveñá. Se le iluminaba la cara cuando lo veía. Tengo que decir que el amor era correspondido: entre la treintena de niños que habitaban en el orfanato, cuando la Nena lloraba, el seveñá, desde su caseta en el jardín, le preguntaba con seguridad “Nena, ¿qué te pasa?”, y llegaba corriendo a salvarla.

Como buena Komche, a la Nena le encanta la música en amárico. No Teddy Afro ni Zeritu, no. A la Nena la gustan el organillo y las canciones de ritmo machacón y repetitivo que duran veinte minutos. Me tiene muerta. Lo que más susto me da, es que de vez en cuando empieza a mover los hombros. Le pongo Pocoyó en la tele y, después de cinco minutos, pierde la atención. Le pongo los vídeos musicales horrendos de la Ethiopian Television y se le cae hasta la babilla de la emoción. Cuantas más cortinillas y cromas rarunos (de vacas, de cascadas…), mejor.

Hasta que no llegó a mi hogar, la Nena comía las cuatro cositas que le daban en el orfanato, a saber: papilla de cereales, leche, arroz y pasta. Esta era su dieta base. Aparte, de vez en cuando, le daban injera con berberé. Como resultado de este cúmulo de desaciertos, la Nena escupe el plátano, pero se come todo lo que lleve ajo. Y, de momento, no usa jamás la cuchara. Tengo que darle siempre la comida en la boca con mi mano. Qué mona. Qué africana. Qué étnica. Qué coñazo. Prueben ustedes a dar un yogur con la mano. La cuestión se reduce a que tu vástaga te chupe los diez centilitros de yogur que no se resbalan de tus dedos.

Eso sí, la Nena me duerme genial. El doctor Estivil me daría un diez. La dejo solita y en diez segundos, cae como fulminada por un rayo. Es lo que tiene el llorar durante horas sin que nadie te digne una mirada (porque están atendiendo a las otras dos docenas de niños), que luego te duermes y punto.

Y que yo le he comprado una vaca de peluche que se la tengo en la cuna, junto con su mantita verde Komche. La vaca Marisol. Para que no eche tanto de menos su Gondar natal.

Ya le tengo las medidas para encargar su vestidito Komche. El Día de las Culturas, lo vamos a petar.

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Nov 12

QUERRÍA

Querría que ya estuvieras en casa. Te pienso. Te pienso como jamás he pensado en nadie. Con una intensidad que me sorprende, me emociona y me asusta.

Oigo caerse algo, y me gustaría que lo hubieras tirado tú. Cuando se abre una puerta, querría que entraras tú. Cuando alguien me llama, ojalá, ojalá que fueras tú.

Cada noche, un rosario de llamadas, cómo estás, sabes algo, novedades… He preparado tanto la comunidad en la que crecerás que ahora tengo todo perfecto, y sólo faltas tú. Veo en este increíble círculo lo único positivo de esta espera. Gente que se acuerda, que se ofrece, que me apoya, me manda chistes por whatsapp y me abraza cuando esperarte sentada es, simplemente, demasiado para mí sola. Algunos rezan por nosotras. Rezo yo también a mi Dios, tratando de recuperar esa fe simple y sin fisuras de los niños pequeños, que no se plantean jamás que ese Dios pueda no escucharles o, sencillamente, tener otros planes. Rezo sin escuchar, con la esperanza de que me sea dado aquello que he pedido. El vacío en mi cabeza no da para más.

La Santa Infancia, brother House y alguna otra gente llevan con paciencia mis olvidos, mis ausencias físicas y mentales. Vengo a trabajar con la ilusión de siempre, pero sin un gramo de talento o concentración (destalentada, se dice en mi tierra), Increíblemente, y sin yo darme cuenta, a mi alrededor se ha tejido una red invisible que me acuna y, en la medida de lo posible, me protege del mundo y de mí misma.

Veo tu cara en todos mis niños, sobre todo en H. Y me duele que os parezcáis tanto. Tiene tus ojos, tus largas pestañas. Recientemente se pegó el morrazo de su vida y se rompió el brazo. En estos días de hospitales, miro a su madre, y pienso que la tuya, en caso de seguir viva, se parecerá a ella. Una señora que llora mucho. Una señora bastante más joven que yo. Una señora asustada que se queda a veces parada en los pasillos del hospital, como los conejillos delante de los faros nocturnos de los coches. Y, en su angustia, la envidio. No lo sabe, no se lo creería jamás, pero es más afortunada que yo. Tiene a H. Yo, a ti, te pienso, te siento, te espero. Pero, por el momento, no te tengo.

 

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Nov 01

LO QUE PIENSAN LOS DEMÁS

En una de mis entradas precedentes sobre adopción (hay quien las lee), en los comentarios, mucha gente vino a decirme “no hay que preocuparse tanto por lo que piensen los demás”.

Yo también pensaba así y, generalmente, me identifico con el “lo que piensen los demás está de más” (mítico Mecano. Sí soy así de mayor). Hasta que vine a vivir aquí. Entendámonos, me tocan los dos pies muchas de las opiniones que otra gente pueda tener sobre mí, sobre todo si es gente que no me conoce y/o no me tiene ningún aprecio (de todo hay en el mundo). El problema es cuando este amplio colectivo de gente que no me conoce (en serio, son un montón) verbaliza sus opiniones una media de diez veces por minuto. Cuando vas por la calle, aproximadamente una de cada tres personas que te cruces te gritará “frenji”. Incluso sin necesidad de salir a la calle, tus compañeros de trabajo se referirán a ti como “la frenji”. Las madres de la Santa Infancia también preguntarán por “la frenji”. Cuando alguien quiera hablar de ti, te llamará por ese mismo denominativo. Siempre. Aparte de la constatación de tu raza con una palabra que –por mucho que haya quien afirme lo contrario- es peyorativa (yo la comparo con la denominación “gringo” para los estadounidenses en América Latina), es una palabra que te asocia con un montón de tópicos (superficial, colonizadora, explotadora, con aires de superioridad, rica, desesperada por limpiarte la conciencia a base de caridad…) basándose única y exclusivamente en tu color de piel.

Cuando vas con niño, de cualquier raza o edad, estas observaciones se multiplican. De una de cada tres personas, pasan a decirte algo la mitad de las personas con las que te cruzas, esperas en la cola de la fruta o vas en el minibus. No es exageración, es así. Una cosa es que te insulten una vez cada dos o tres meses (y, aún así, entiendo que puede ser terrible). Otra cosa es que te juzguen basándose únicamente en el color de tu piel (ergo, racistamente) una vez cada, aproximadamente, diez minutos. Todos los días. Siempre.

Al final, no puedes evitar que te importe y, sobre todo, te planteas si a tu hija le quieres hacer sufrir de esa manera. Porque, cuando cruce contigo la puerta de tu casa, exactamente la mitad de las personas que se encuentre le preguntará, sin ningún rubor de dónde viene, que relación tiene contigo, cuándo y por qué fue abandonada, y qué le parece el hecho de tener una mamá frenji. La mayoría de las veces se dirigirán a ella sin ni siquiera molestarse en preguntarme a mí primero, dando por descontado que ella sabe amárico y yo no (cuando, por el momento, es al revés).  Habrá quien preguntará con simpatía e intentando comprender una realidad diferente. Habrá quien lo hará buscando encasillarnos en el enésimo tópico racista. Pero todos, todos preguntarán. Y, cuando estés harta de responder y digas “nena, vamos a tomarnos un café, que no puedo más”, la camarera, antes de tomaros nota, os hará todas y cada una de las mencionadas preguntas.

Y sí, al final importa. Y es un problema. Para mí, honestamente, el problema más enorme de vivir en Etiopía.

 

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Oct 29

Y VENGA Y DALE…

Vuelvo hoy al tema adopción. No tengo ni idea del mismo (o poquita, en comparación con los que llevan años empapándose), sufro como una bestia (todavía no soy mamá), pero estoy poniendo mi mejor empeño en sentar cátedra. De lo que sea. Y que, si no me pongo en serio con el blog, se me va a acabar olvidando el español, y ya verás tú que follón. Podría escribir de otras cosas, pero no (quiero).

Leía en Madre de Marte el relato de una chica adoptada etíope que, ya de joven (tiene 23 años, si ella es mayor, ¿qué soy yo?), había decidido venirse a vivir aquí. De los comentarios, me ha parecido deducir que el tema “el niño/a se quiere ir a Etiopía” es de candente actualidad.

Como consuelo para las familias diré que yo jamás amenacé con cruzar ni siquiera el Ebro. Y hace ya casi una década que no vivo ni siquiera en el mismo continente que mis progenitores y mis sufridos hermanos. Que uno no amenace, no quiere decir que no le dé la ventolera y se pire. En mi futura maternidad, obviamente me parecerá más que lógico si mi hija decide vivir en Etiopía. Me parecería raro si se fuera a Islandia. En fin, para que ella pudiera volver, primero tendríamos que habernos ido. A veces me pasa, que me pongo a hacer planes con lustros de antelación.

Llendo a lo que yo verdaderamente quería contar hoy (estos días tengo la cabeza en Góndar y más allá), en los últimos años el auge del voluntariado internacional nos ha traído hasta el centro varios voluntarios de verano nacidos en Etiopía y criados en Europa o América. A veces han combinado el voluntariado con la búsqueda de su familia de origen y a veces se han limitado a las actividades propias de los voluntarios. Como eran personas distintas, los resultados y experiencias han sido distintas (últimamente, razono siempre como si estuviera hablando con alumnos de párvulos), pero, reflexionando sobre el conjunto, he encontrado algunos puntos en común a todos los chicos y chicas que han venido. Los enumero (párvulos, coged el lápiz):

 

. La edad: por el momento, todos han tenido entre 18 y 20 años. Es decir, en que han sido mayores para salir del país y han podido pagarse el billete de avión, se han venido a ver Etiopía. Para todos era su primera experiencia en el extranjero. De todos los países del mundo, han elegido conscientemente Etiopía, su lugar de nacimiento y, para algunos, el lugar donde habían pasado su primera infancia.

. En contra de lo que pudiera parecer, el volver a Etiopía no les ha aportado más recuerdos. Los que habían borrado completamente la parte de sus vidas que transcurrió en Etiopía (y algunos habían cumplido aquí los diez años), no recuperaron esas vivencias. Sí decían que recordaban los olores (injeera, berberé…) y ciertas sensaciones, como la del ansia de esperar a la persona que, en el orfanato, asignaba a los niños a las familias. Pero los que habían “olvidado” la lengua no la recuperaron (al menos en el mes que estuvieron) y no consiguieron tampoco recuperar recuerdos relacionados con su familia biológica. No sé si con asistencia profesional la cosa hubiera cambiado.

. Todos vinieron solos. Algunos con el apoyo emocional de sus familias adoptivas y otros no (normalmente, en estos casos, el chaval tenía, además, otros problemas con su familia adoptiva), pero ninguno ha venido acompañado ni de sus padres ni de sus hermanos. Hubo, incluso, un caso de dos hermanos biológicos, adoptados en la misma familia, pero que han venido solos en años distintos. En todos los casos, las familias se pusieron en contacto con nosotros y tuvieron a bien facilitarnos la mayor cantidad de datos posibles, incluso datos menos bonitos o situaciones difíciles. En todos los padres, hasta ahora, he podido percibir una cierta angustia, también muchas veces ligada al hecho de que tu niño/a se va a un país africano con la mochila a buscar gente que no sabe si encontrará. Lo veo lógico. Vista desde fuera, la experiencia tiene muchas papeletas para resultar frustrante y/o peligrosa.

.Para todos los que consiguieron encontrar alguien relacionado con sus familias de origen (hermanos, tíos, primos…) la experiencia, de lo que yo pude percibir, fue positiva. Nadie los asedió a peticiones ni con complejos de culpa. Para todas las familias fue una alegría ver que el niño o niña que se había ido hace años estaba bien. Algunas de estas familias, sobre todo en el caso de primos o hermanos, habían ya contactado a los chavales en Facebook. Esto, obviamente, es más fácil que pase si la adopción se produjo con el chaval ya mayorcito (la cara no le cambia tanto) y si la familia decidió dejarle su nombre etíope (y si el chaval en Facebook ha mantenido su nombre etíope y no se llama “Guerrero de la noche estrellada africana”, y tiene una foto donde se le ve la cara, y no una foto de su codo a contraluz).

. Hablando con ellos, me quedó claro que, para aquellos que mantienen amistad con otros chicos y chicas adoptados, y sobre todo para los que mantienen contacto con chicos o chicas que vivieron con ellos en el orfanato, estas amistades son importantes. Se sienten parte de ese grupo, donde son comprendidos y aceptados con todas sus contradicciones. Incluso para el hijo pre-adolescente de la Doctora, el conocer a estos voluntarios etíopes que viven en Italia le resultó fascinante, y les asediaba a preguntas: a las chicas les gusta tu pelo, si soy etíope me puedo casar con una italiana o no… como al que se lo preguntó era bastante ligón, D. se quedó contento y feliz, e incluso, cuando volvió a Italia con su familia, quiso mantener el contacto con este chico, que le sirve de referencia y depósito de dudas y consultas. Y además tenía músculos.

. El nivel de comprensión de la cultura etíope de estos chicos y chicas era exactamente igual que el de los otros voluntarios de su edad. Es decir, sabían más cosas del folclore, la historia, las etnias… pero a la hora de entender el comportamiento de la gente o ciertas dinámicas basadas en concepciones culturales, tenían las mismas dificultades que los demás. Algunos sí se definían como etíopes, otros menos. Todos eligieron vivir durante ese mes con los demás voluntarios y no con sus familias de origen. Me explico: a todos las familias les ofrecieron que se quedaran en las casas, algunos –sobre todo los que más se definían como etíopes, y los que todavía conservaban algo de amárico-, llegaron hasta a pasar algunos días con sus familias. Pero, al final, la diferencia en las condiciones de vida (y no todas las familias eran pobres pobrísimas) se les hacía demasiado dura y elegían vivir con los demás voluntarios, incluso alguno que, inicialmente, venía sólo a conocer a su familia y pensaba quedarse con ellos todo el verano, y, después de cuatro días, se puso en contacto con nosotros buscando, básicamente, alojamiento con estándar occidental.

A nivel personal, siempre me ha dado un poco de susto acoger a estos chicos y chicas, sobre todo cuando el objetivo principal de su visita es encontrar a su familia de origen, de la que no saben nada. En primer lugar –y muchos me llamarán egoísta-, el objetivo del voluntariado de verano no es encontrar a tu familia de origen. Tener una persona con ese tipo de necesidades en un grupo de más gente requiere tiempo y dedicación, y a veces no tenemos ni ese tiempo ni esa dedicación. Como idea, sugeriría a las agencias de adopción (todas tienen proyectos en el país) que montaran campos de verano para este tipo de voluntarios (incluso mezclados con voluntarios no adoptados). Para mí es difícil, además, porque no pertenezco al “ambiente” adopción (no conozco casi agencias ni sigo de cerca sus proyectos, ni sé cómo funcionaba la adopción hace diez años, ni soy investigadora privada, ni puedo ir haciendo preguntas en registros oficiales sin llamar peligrosamente la atención).

Por otro lado, considero bastante arriesgado dejarlos en mis manos –o en manos de otros voluntarios como yo-, porque soy de las que piensan que a veces no hay nada como un seguimiento profesional en ciertos momentos de tu vida. Con el tiempo, he vencido esta segunda reticencia, no porque las cosas hayan ido mejor o peor, sino porque cada vez me resulta más clara una cosa: quieren hacerlo SOLOS. Si me piden ayuda logística (que llame por teléfono o les acompañe para traducir), lo hago. Pero no suelen hacerlo. Se apañan mejor de lo que muchos pensamos. Y, muchas veces, prefieren ser acompañados por un etíope (por ejemplo, uno de los mayores de mi Santa Infancia), que por una frenji. Todos son conscientes de que se pueden pegar el hostión de su vida. Ha habido quien ha sufrido un mundo. Pero, al final, todos se han vuelto a sus vidas contentos de haber, al menos, intentado buscar a sus familias. Porque es parte de lo que son.

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Oct 27

T.O.C, T.O.C

Como el proceso de adopción no me está haciendo sufrir bastante, he decidido también dejar de fumar. Pa’ mis nervios.

El sábado, después de hablar con el abogado, recuerdo que pensé “voy a limpiar los fuegos, que ayer se quedaron un poquitín guarros”. Y -lo juro- ya no me acuerdo de nada más. Volví en mí tres horas y cuatro discos de Alanis en mi MP3 más tarde. Cuando se acabaron las pilas de la música y, de repente, me dí cuenta de que el grupo de gente que vive conmigo comentaba cosas a mis espaldas desde la puerta de la cocina:

_ ¿Desde cuándo está así?

_ ¿Dónde ha puesto la puerta del horno?

_ Pues sí que ha ido bien con el abogado, ¿no?

_ No, en serio, ¿cómo ha hecho para desmontar la puerta del horno?

_ Aquí, huele raro…a ver si ha mezclado lejía con otras cosas y nos vamos a desplomar todos muertos…

Aparentemente, en algún momento entre limpiar los azulejos y desatascar el fregadero, desmonté la puerta del horno a piezas y la puse a remojo con una mezcla casera de varios quitagrasas en la bañera de plástico que será de mi futura vástaga. Por lo tanto, la puerta del horno estaba en mi baño. Si la cocina olía raro, el baño ni te cuento. Sólo me faltó poner gasolina.

Despacito, la Chica Encantadora que tenemos en casa se acercó a mí (en el fondo, es la más valiente): “ya pasó, Kaktus, tranquila. Puedes soltar el estropajo. Everything is going to be ok”.

Cuando, finalmente, me resigné a pasar la última fregona, después de haber puesto la cocinilla, la puerta del horno y el frigorífico en sus respectivos lugares de origen, me invadió un sentimiento de pérdida. Yo, de esas tres horas de mi vida, sólo recuerdo Felicidad.

Como la niña me salga difícil, me lanzo a limpiar la fosa séptica.

P.D: Para los que se preocupan por mi salud mental: en el caso de Mónica Geller, estas cosas eran SÚPER graciosas.

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