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tarike.Org

Este blog no es una declaración de principios. No es un canto a la solidaridad, ni a la multiculturalidad, ni a nada. No aspira a ser un estudio en profundidad sobre el país en el que vivo o del país del que procedo. No representa necesariamente lo que la organización a la que pertenezco piensa, ni la realidad objetiva del proyecto en el que trabajo. Este blog es sólo mi historia. Como la vivo y/o como la invento. Sólo eso. Mi percepción y la percepción de quienes me rodean, en su mayoría menores de edad. No es objetivo, y tal vez ni siquiera sea cierto, pero para mí es tan verdad como mi propia vida.

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Mar 08

FASHION HEROES

Hoy me he levantado divertida, y, aparcando facturas en amárico, familias que no llegan a pagar el alquiler y niñas con brazos quemados, me he puesto a curiosear en el Facebook. Yo curioseo mucho el Facebook, más que nada para mantenerme al día de los avances conseguidos por algunas amigas mías, empeñadas en la loable labor de repoblar el mundo, esfuerzo que, aunque ellas no lo saben, comparten con algunas de las madres de mi Santa Infancia. Nuestras señoras dicen que lo hacen para garantizar el futuro de nuestro proyecto: mientras su útero y sus ocasionales maridos den de sí (y sigan teniendo suerte con los partos home made) jamás nos faltarán beneficiarios para nuestro proyecto. Eso sí, habrá que pagarles el alquiler, porque con tanto niño en casa, o pagas el alquiler, o la chiquillería se te muere del hambre. Como se ve, tengo algunas obsesiones profundamente arraigadas.

Y así, curioseando, curioseando, me he encontrado con esta entrevista realizada en Cibeles a Ana Locking. Reveladora. Especialmente la parte relativa a la grifería–bisutería. A mí, que debido a mis pérdidas de peso llevo los cinturones para realmente mantener los pantalones más o menos en su sitio (herejía fashionista, soy consciente), la primera duda que me ha surgido es la de cómo harán para ajustar los cinturones–tubo de agua recubiertos en oro de 17 kilates. Este tipo de arreglos, ¿te las hace una modista, un herrero, un joyero o directamente el fontanero?

Esto, en la vida cotidiana, te abre un horizonte de nuevos temas de conversación:
_ Hola cari, ¿qué haces hoy?
_ Me coges saliendo por la puerta para ir de shopping, que tengo boda el mes que viene. La ruta normal: Zara, Mango, H&M y Leroy Merlín, que están de rebajas en fontanería y calefacción.
_ Huy, pues ya que vas, ¿me puedes pillar dos tapones de bañera? Me estoy customizando la parte de arriba del bikini para este verano.

Ustedes dirán que no, pero en el párrafo anterior hay como dos o tres ideas que te pueden solucionar una jornada de Cibeles. Yo las doy gratuitamente. Basta que se siga la licencia Creative Commons y citen la procedencia. ¿Los bikinis hechos con alcachofas de ducha en la parte del pecho, tubos varios, y el grifo –recubierto en oro de algunos kilates, vale- instalado en la entrepierna pesarán demasiado para bañarse con ellos? Caramba, hoy estoy que me salgo.

Sin conocer a Ana Locking, nuestra Santa Infancia también sigue también esta filosofía del todo vale. S. (niño, nueve años) juega de portero con un guante de cocina que encontró Dios sabe dónde. Bueno, que sí sabemos dónde: en Koshe . Y. (niño, siete años) vino un día con un disfraz de Spiderman por toda vestimenta. A. (niña, nueve años) solía venir cuando era pequeña con bonitos vestidos que tomaba prestados de su joven mamá. Su joven mamá practicaba en aquel entonces el oficio más antiguo del mundo (CSW – Commercial Sex Worker, en el argot del desarrollo) y los vestidos eran saltos de cama rojos de raso con muchas, muchas puntillas. Daba un poco de cosica.

A sus quince años, N. va calzado con manoletinas de Skechers y su amigo Y. vino un día con zapatos de tacón (unos cinco centímetros), porque no había encontrado nada más que ponerse en los pies.

Y eso que hemos mejorado con el tiempo. Hace unos años, nos llegó un contenedor de Austria lleno de ropa de segunda mano. Nuestra Santa Infancia desarrolló entonces una pasión por los monos de esquiar que todavía recuerdan con nostalgia. En aquel entonces, el mono de esquiar (que en amárico llamaron “la ropa completa”) junto con las chanclas eran para ellos lo más lindo entre lo lindo. Algunos de los peques, hay días en que, con seis y siete años, se presentan con pijamas enterizos de niños de dos, con sus pies cosidos al final y todo. Los botones para cambiar el pañal se les desabrochan siempre, porque les van algo canijos.

En complementos también dan lo mejor de sí mismos: gorros de bolchevique ruso, de señora de los andes peruanos, de esquiador con borla en la punta y todo y, cómo no, de rapero americano metido en rehab.

Estoy por llamar a Cibeles y reservarme pasarela para la próxima edición. Me ofrezco hasta a pagar el servicio de control de plagas y desinfección necesarios al final de nuestro show. En la bolsita promocional, regalaré collares antipulgas para que los famosos puedan sentarse despreocupadamente en mi front row. Cayetana y Alfonso, Borja Thyssen y consorte, Alfonso de Borbón y chica millonaria del Venezuela, hijos de Nati Abascal, Nati Abascal, participantes en reality shows varios… invitados quedáis. (Tengo en mente un front row–homenaje a la indolencia patria).

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Feb 10

WOULD YOU KNOW MY NAME?

Hoy me he acordado de un día en que tuve que llevar a W. (“que qué es lo que tengo, que tengo de tó”) a la casa de unas monjas muy amigas nuestras donde ha vivido los últimos meses. Aquel día, a W. le dolía la tripa. W. a sus once años, raro es el día que no le duele algo, y por eso damos prioridad a la solución de sus necesidades. Es lo que tienen las enfermedades raras autoinmunes, que te duele un poco todo, y que la gente que te rodea se acojona enseguida cuando te duele algo nuevo.

Cuando llegamos a la pequeña casa de las sisters, la tumbé en su cama, situada en una de las dos habitaciones para diez personas (concretamente, en la habitación de las señoras). Las sisters estaban rezando, que es una cosa que hacen mucho, y me senté a esperar, porque no me parecía bien dejar allí el paquete y pirarme. Al rato, W. comenzó a estar mejor, y empezamos a hablar. Me dí cuenta de que tenía un cuento debajo del colchón, y le pedí que me lo leyera. Para poderlo leer juntas, me tumbé a su lado.

Cuando una lleva una vida tan apasionante como la mía, sucede un poco que, en que te quedas parada dos minutos –y más si es en posición horizontal-, te viene un sopor mortal. Y así no llegué ni a la segunda página que me quedé sopa, con el fondo de la vocecilla de W. que me leía este cuento sobre un caballo blanco y otro negro.

Cuenta la leyenda que las monjas salieron de rezar y me encontraron completamente sobada en su habitación para señoras enfermas, con W. que ya había acabado el cuento y que también se había quedado traspuesta. Me desperté dos horas más tarde, cuando empezó a sonarme el móvil echándome en cara que tenía otros niños que sí estaban despiertos a los que atender.

Hoy me he acordado de aquella siesta improvisada, donde pasé de cuidadora a cuidada. Me he acordado también de todos esos besos sin fuerza que W. me ha dado en el último año. Su padre apareció ayer por sorpresa y, sin atender ningún tipo de razones, decidió que W. estaba ya curada de todo y que se la llevaba a Goyam con su familia. A W. la idea no le pareció mal, porque tiene hermanos y hermanas a las que echa de menos. A las sisters y a mí, que sabemos con precisión lo difícil que es tratar una enfermedad autoinmune en Etiopía, la idea nos ha parecido un poco menos bien. Si pienso en lo mal que lo va a pasar los dos días de autobús que hacen falta para llegar al Goyam me pongo a llorar del gozo.

Yo sólo pido que no la deje morir, que nos la traiga de vuelta cuando empiece a estar mal, pero aún se pueda hacer algo. Yo sólo pido que, antes o después, la vuelva a ver. A veces la vida nos da regalos que luego, no sabemos muy bien por qué, se nos escapan entre las manos. A lo mejor es que no somos dignos de ellos. A lo mejor no nos los merecemos.

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Feb 03

¿ME SE ENTIENDE?

Entre mis labores figura la de gestora del cine que montamos los domingos por la tarde. Básicamente, selecciono la película, apaño todas las cuestiones técnicas (proyector, sonido…) y, la mayoría de los días, hago la traducción simultánea del inglés al amárico con un micrófono. Los días que no estoy yo, tengo ya entrenado a uno de los mayores que, en la tira de años que lleva con nosotros, se ha visto la mayoría de las películas y puede traducirlas bastante bien. Si no todos los diálogos, al menos sí traduce la idea general de la historia.

Hace algunas semanas me apetecía ver algo nuevo, y así, al azar, seleccioné V de Vendetta. Lo único que yo sabía de la película era que salía Natalie Portman y que estaba basada en un cómic. “Pues será como los X-Men”, pensé, imaginando a Natalie tipo Kate Beckinsale en Underworld, disparando rayos ultrasónicos y ataviada con vestidos ridículamente ajustados salidos de la mente del John Galiano de turno. Y resultó que no. No era como los X-Men.

Para los que no la hayan visto, V de Vendetta es una parábola atemporal sobre cómo los gobiernos explotan los terrores más profundos del populacho para uniformizar mentalidades y ahorrarse esas molestas ideas propias. Una película ligerita, vaya. Facilita de ver. A eso, súmale mi deber de adaptar mensaje y diálogos a un público suburbial de entre cinco y veinticinco años con mi precario amárico como única herramienta, añade la trepidante verborrea del protagonista principal (V) y completa el cóctel con todo el simbolismo que la película rezuma. Escalar el Chogori en chanclas tiene por fuerza que ser más fácil. A los diez minutos de película ya estaba sudando.

Más o menos me las ingenié para transmitir la mayoría de diálogos y las tramas principales, hasta que Natalie Portman acaba en una extraña cárcel donde, en uno de los recovecos de su celda, encuentra una carta de una prisionera anterior, encarcelada por homosexual. Y ahí me quedé un poco atrancada, porque la homosexualidad no entra mucho en el panorama vital de mi Santa Infancia (ni de la población etíope en general):
_ La carta que ha encontrado es de una prisionera que estuvo antes en la misma celda por…– en la pantalla comienza un flash back donde la chica de la carta se besa con más chicas-… porque pensaba distinto… porque era diferente, y en vez de casarse con un marido, tenía muchas, muchas amigas, y esto al gobierno no le gustó un pelo, y la metieron en la cárcel.

Soy perfectamente consciente de que no es el modo más adecuado de explicar la homosexualidad, pero en el momento era eso o quedarme callada ignorando lo que sucedía en pantalla, que es algo que no me gusta hacer porque la Santa Infancia se cosca y me echan la bronca.

Yo pensé que la Santa Infancia se pondría a aullar, que es algo que hacen cuando salen besos en las películas, pero no. No dijeron ni pío. Se portaron bastante bien durante toda la peli. Supongo que porque, al igual que yo, estaban intentando entenderla.

Después de casi dos horas de vadear lingüísticamente en el atolladero ideológico de la película, se atascó el DVD, con lo que nos quedamos sin ver los diez minutos finales. A pesar de eso, tanto a la Santa Infancia como a mí nos gustó la película mucho. Lo que pudimos entender, claro (tampoco verla en inglés es súper fácil).

Lo mejor del caso es que al final me dí cuenta de que había conectado mal el DVD al proyector, y la estábamos viendo en blanco y negro, cuando realmente era en color. Yo le veía totalmente sentido a que la peli fuera en blanco y negro. Hasta se lo expliqué a la Santa Infancia: “los gobiernos, a veces, no nos dejan ver los colores”. Toma ya. Menos mal que el permiso de trabajo no me toca renovarlo hasta Marzo, porque, si había alguien afín al gobierno en la sala, me arriesgaba a tener que pasar las Navidades en casa. Y eso, nunca.

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Ene 26

CONTRASTES

Un sábado aproveché que mi Santa Infancia estaba enfrascada en cienes de torneos de fútbol para irme de compras. Me dí un garbeo por la zona de la iglesia de Gabriel, a unos diez minutos en coche de donde vivimos o a otros diez a pie vadeando el río asqueroso donde el Alert Hospital vierte sus residuos. Yo opté por el coche.

Iba buscando unas ensaladeras de plástico monísimas y súper poco útiles que había visto en casa de unos amigos (demasiado grandes para comer cereales en ellas y demasiado pequeñas para poner ensalada para más de dos personas. Ideales). Así, merodeando por el lugar, que en los últimos años ha mejorado un montón, me encontré a las puertas de un centro comercial que abrieron el año pasado.

Cuando ya iba a entrar, alguien gritó mi nombre, y me encontré de bruces con A., de unos quince años, uno de nuestros fracasos, que camina por la vida y por la calle con varios dientes de menos y el pelo de tres colores. Se acercó a saludarme y, al mismo tiempo, se aproximó blandiendo su bastón el seveñá del centro comercial, preparado para librarme de mi inoportuno encuentro. Me apresuré a explicar que lo conocía, con lo que la cosa no pasó a mayores. Estuve a punto de hacer eso tan frenji que es entrarse mendigos a sitios donde no tienen nada que ver (algún día hablaremos de la temporada de recogida del niño de la calle), pero lo dejé correr porque, en mi modesto entender, son cosas que no aportan nada a nadie.

Así, me dí un garbeo por el supermercado, centro comercial y spa. Hasta piscina tenía. A mí, cuando entro en estos sitios, se me queda la boca un poco demasiado abierta. Me doy cuenta cuando me entra sed, y entonces la cierro (chica lista). Había una tienda de electrodomésticos en la que vendían hasta heladeras y yogurteras. Había muy poca gente, pero bastantes lucecillas de colores de Navidad, que me parecen fascinantes.

Después de mirar un rato las luces, por no salir con las manos vacías, compré un panecillo (sólo había con semillas por encima) y una tableta de chocolate en el súper. Cuando salí a la calle, le dí las dos cosas a mi fracaso, quien a cambio me dejó jugar en un futbolín destartalado con sus colegas mientras se comía el chocolate y el panecillo, después de quitarle las semillas.

Tras despedirme, seguí paseando sin encontrar mis ensaladeras, y me volví con mi Santa Infancia. W. (nueve años) vino a saludarme emocionadísima, porque su madre se había encontrado otro botón por la calle, y se lo había cosido en el único vestido que tiene. La madre de W., aunque tiene pocos dedos, consigue coserle botones a modo de adornos, y su vestidito komche le queda así de bonito:

Esos botones me parecen belleza en estado puro. Si la gente supiera de su existencia, seguro que pagaba por verlos. Los encuentro mucho más bonitos que el spa, la piscina o las tiendas de vestidos absurdamente caros. Los encuentro, incluso, más bonitos que las luces de Navidad.

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Ene 08

FUNERAL

El domingo me fui de funeral. El modo y los ritos con los que los etíopes acompañan la muerte requerirían una enciclopedia. Por ahora, baste decir que a la gente la entierran pocas horas después de morir, y que luego se pegan una semana de recepción en casa.

El funeral al que yo fui era de una señora tigriña (del Tigray), madre de una chica que, sin ser Santa Infancia, la queremos como si lo fuera. Y allí me enteré de una cosa muy curiosa: la gente juega en los funerales. Es decir, yo hasta ahora había visto a los hombres jugar a cartas. La cosa funciona así: de repente, alguien se pone a llorar, y la demás gente lo/la sigue con gritos alucinantes, hasta que uno de los ancianos presentes se levanta y les dice que ya vale. Entonces la gente se calla y vuelven a lo que estaban, fuera charlar, comer o jugar a cartas. Así, dicen, se aseguran de que aguantarán toda la semana, porque estar gritando siete días puede ser bastante destructivo. Ahí les doy la razón.

En los funerales de los tigriños, las señoras también juegan. En el que estuve yo, había una señora muy graciosa que lanzaba varias conchas pequeñitas encima de una panera de mimbre, y hacía como que leía el futuro y adivinaba cosas según la posición de las conchas. A mí me adivinó que procedía de un país extranjero. Qué lista, le dije. Luego siguió adivinando, y me dijo que yo ganaba mucho dinero. Y ahí las señoras que me conocían le dijeron que se había equivocado. Luego me dijo que me iba a casar, pero no me supo decir con quién (y mira que se lo pregunté). Y que a mi padre le caería bien mi marido, o sea que podría casarme por amor. Y me dijo que sería muy feliz. Aunque yo ya me considero una persona feliz, le agradecí la intención.

Con la chorrada, nos reímos un montón, porque yo quería que las conchas me contestaran a un montón de cosas, y la señora me decía que me estaba emocionando demasiado, que sólo era un juego, pero a pesar de todo se inventaba respuestas bastante molonas (me dijo que mis hijos serían abeshás, y que mi marido sería rico riquísimo). Hasta que alguien se echó a llorar, y la señora guardó las conchas y se puso a llorar también.

Así es este país: de la risa al llanto, del dolor a la vida, de la muerte al futuro. Todo junto, al mismo tiempo, unido, inextricable. Una Etiopía y millones de formas de vivirla, de sufrirla. De amarla.

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Ene 02

HUESOS DE SANTA (INFANCIA)

En los últimos meses, mi Santa Infancia ha adoptado una curiosa costumbre: romperse huesos en domingo. De lunes a viernes consiguen mantener todo en su sitio, pero el domingo, no sé por qué, parecen incapaces de no accidentarse. Como se entenderá, le he cogido bastante tirria a los domingos. Deberían estar prohibidos.

El pasado domingo acabé en el mítico Black Lion con un fémur roto. El Black Lion, como ya expliqué en su día, es ese sitio al que vas cuando no tienes otro sitio al que ir, y donde aproximadamente cada tres minutos te entran ganas de llorar. Una estampa muy típica son esos niños moribundos que esperan cama en el pasillo de las urgencias pediátricas, que fue, básicamente, el destino que nos asignaron. Decidieron poner la pierna de B. en tracción con el innovador sistema de atar la pierna al banco donde estaba tumbado, con una bolsa de plástico de las baratas con tierra dentro colgando al final de la pierna. Fueron generosos y, además de dejarnos dos bancos, le pusieron cartones debajo a B. para que él y su fémur súper roto estuvieran más cómodos.

En el día y medio que B. ha pasado en el Black Lion hemos visto de todo en ese pasillo. Hubo un momento, cuando ya llevábamos más de doce horas en el banco, en el que yo, B, su madre y su hermana nos limitábamos a mirar a nuestro alrededor con la boca abierta, como los zombis.

Al final, me lo he llevado a un hospital privado que me ha conseguido La Doctora, porque no soportaba dejarlo allí otra noche, y no parecían muy dispuestos a darle una cama en planta. Lleva 24 horas ingresado en el nuevo hospital (donde decidieron que la tracción no era un sistema tan bueno, y le han operado) y ya hemos gastado más de tres mil birr (150 euros, el equivalente al sueldo mensual de una senior nurse con una década de experiencia, trabajando en el sector privado). La pregunta es siempre la misma: ¿qué hacen los que no pueden pagar? Los que no pueden pagar, reina, se mueren.

Selección artificial.

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Dic 21

TRIBUS URBANAS 2: LAS SECRETARIES

Bien es verdad que las secciones de este blog van un poco como les da la gana. Y así, este intento de retratos sociales que comencé con los seveñás, sólo había tenido continuidad en mi cabeza.

En esta segunda entrega analizaremos las secretaries, esos seres maquillados y enigmáticos que se esconden tras los escritorios de empresas, oficinas estatales y oenegés varias.

La secretary media presenta un físico bastante notable del cual saca el mejor de los partidos. Las secretaries tienen esta rigurosa lista de prioridades:

  1. Ir impecables
  2. Ya si eso, trabajar. Pensemos que nuestras secretaries no tienen Internet, por lo que la única alternativa al trabajo es el aburrimiento total y absoluto. Lo prefieren. Como en las películas de la posguerra, se liman las uñas.

Una de las habilidades más notables de la secretary media se pone de manifiesto con la estación de las lluvias: da igual el nivel de barro de la calle, ellas llegan con el tacón inmaculado. Que lleguen puntuales es otro cantar muy distinto. Llegan cuando llegan (y nunca antes), pero con los zapatos impolutos. A ti, que vas en deportivas todoterreno, de las de “hasta luego chicos, me voy mañana al Annapurna”, se te mete el barro hasta las bragas. Ellas pisan estratégicamente en las piedras más diminutas que sobresalen del barro, y así, con seguridad, de chinita en chinita, llegan a su oficina.

Ya en la oficina, las secretaries intentan que su cubículo de trabajo (aquí las oficinas no son muy grandes) refleje en todo su esplendor su cuqui personalidad. Así, en el ABC del equipamiento de oficina etíope figuran:

  1. Flores de plástico. Lindas, lindas.
  2. Un cartelillo con una imagen religiosa, tipo Sagrado Corazón, y una frase de la imaginería religiosa local, tipo “todo procede de Dios”, “Dios es el todo”, o “Dios lo ha creado todo” (son bastante absolutistas).
  3. Fotos de la familia. Si las secretaries tienen hijos, ponen la foto de los niños vestidos de tradicional (las niñas con el pelo alisado, como las mamás). Si las secretaries no tienen niños, ponen las de los sobrinos vestidos de tradicional. Si son bebés, el niño aparece tumbado en una cama sobre un edredón de raso rojo horrendo, con bordados en forma de corazón.
  4. La impresión en papel de uno de esos dulzones mails en cadena tipo “Diez motivos por los que hoy es un día radiante” o “Cien razones para reconocer a un verdadero amigo”, o “mandamientos para una vida ejemplar”. En Etiopía, las secretaries todavía no han descubierto los libros de autoayuda. Cuando éstos lleguen, las editoriales se van a de forrar. Descarao.

En lo relativo a su conducta, las secretaries normalmente son seres de pelo artificialmente liso, con una personalidad contradictoria. Me explico: normalmente no hacen ni el huevo, y no parecen ser capaces de hacer mucho más de lo que ya hacen. Pero esto es sólo fachada. No te equivoques: el jefe rara vez es mejor que su secretary, por lo que, aunque no lo parezca, la que corta el bacalao es la chica de las uñas estupendas. Si tú consigues ganarte a la secretary, tendrás acceso a todo lo que acontece en esa oficina, porque la tía saber, sabe. Otra cosa es que quiera compartir ese conocimiento contigo.

Caerle bien a las secretaries que trabajan a tu alrededor es vital. Yo no siempre lo consigo. Cuando perdí momentáneamente los payrolls, una de las secretaries me echó una bronca que casi me hace llorar. Y luego que son gente de modales, a la que le gusta conversar (pillar capazos, en argot de mi ciudad de procedencia), y no pueden entender que a lo mejor tú no tienes tiempo para los setecientos saludos rituales etíopes o para preguntarles por toda su familia (a la que no conoces más allá de las fotos del escritorio).

Me encanta observarlas, pero siempre me ha faltado el valor de contratar una para mí sola, no porque no la necesite, sino porque me haría sombra, sobre todo en el terreno estético. Yo para mi Santa Infancia soy (y seré) siempre la más guapa del lugar, pero opino que, a su tierna edad, no es bueno confundir su criterio dándoles elementos innecesarios de comparación. A ver si se van a liar.

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Nov 27

LA POCERA

El otro día me aconteció un problema doméstico. Sé que cuando uno empieza a hablar de problemas domésticos quiere decir que se está quedando sin argumentos de otro tipo, pero me toca un pie.

Concretamente, el agujero de desagüe del plato de mi ducha comenzó a escupir lo que previamente había bajado por el váter. Esto es, caca. A mí, honestamente, me dio el pánico. Aquello suponía la materialización de mis pesadillas más temidas. Suspendí todas mis actividades productivas (soy una mujer de prioridades claras), y, como buena curranta del sector Desarrollo, me fui a pedir un assesment sobre mi situación al Ingeniero. En el sector Desarrollo, cuando tienes un problema, primero te hacen un assesment y luego te organizan un training. Son el Agua de Lourdes de la Cooperación.

_ Pues va a ser que se te ha bozado el pocillo-, me respondió. Lo de “pocillo” es mi traducción del italiano. Es el pequeño depósito al que desembocan los desagües de mi baño antes de pasar a la fosa séptica- Vas a tener que abrirlo y limpiarlo, pero no te va a gustar lo que vas a encontrar allí.

Yo llamé a un par de efectivos de mi Santa Infancia, porque me gusta tener testigos de mis miserias cotidianas. Ellos también, tras observar mi plato de ducha, dieron su diagnóstico de la situación: “Es verdad que comes un montón de verduras, ¿eh?”. Luego intentaron desatascar el váter, lo que sólo ocasionó nuevos derrames en el plato de ducha, y ante el cachondeo reinante, tuve que explicarles la gravedad del problema que afrontábamos: “Si lo que hay en el plato de la ducha rebasa el plato de la ducha y se extiende por el baño y la habitación, no tendré más remedio que quemar la casa y huir sin mirar atrás”.

Así, procedimos a abrir el pocillo. Y allí toqué fondo. De golpe y porrazo -¡zas, en toda la boca!-, tomé conciencia de las miserias más humillantes de la condición humana. Awareness, que le dicen en los trainings. Tengo que decir que, mientras limpiaba el pocillo, tuve un momento de derrumbe anímico en el que lo único que me salía era gimotear “qué asco, Dios, pero qué asco”, mientras mis elementos de la Santa Infancia me repetían “aishós”, y me consolaban diciéndome que luego ellos se llevarían la caja con los residuos del pocillo para enterrarla allí donde habita el olvido. No lo decían así, pero así lo entendía yo.

Y al final, después de batallar durante los veinte minutos más largos de mi vida con el pocillo y las tuberías, cuando la situación parecía ya claramente sacada de una película de Álex de la Iglesia, la cosa se desatascó, y tras cinco minutos de escupir todo lo que mi cuerpo ha expulsado en el último mes –aproximadamente el equivalente a mi masa corporal, o así me lo pareció-, el agua volvió a fluir.

¿Lo peor de la experiencia? El olor, el olor.

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Nov 24

INCULTURACIÓN

Hemos vuelto al Amanuel Hospital con T. De hecho, hemos vuelto varias veces en las últimas dos semanas. El jueves pasado, fuimos a la desesperada, porque T. no sólo intentó hacer daño a los demás, sino que también intentó hacerse daño a sí mismo. Así que lo metimos en el coche como buenamente pudimos, y nos fuimos al hospital. Llegados al hospital, tengo que decir que, entre la fauna reinante, T. nos situaba en la cúspide del caos. Era el que más gritaba de todo el hospital. Decidieron ingresarlo pero, al ir a preguntar a la señora que administra las camas, la señora dijo que no había camas. Y allí yo me reboté un bastante, porque me sentía incapaz de controlarlo un día más.

El viernes volvimos al hospital y, oh milagro, estaba la misma señora administrando camas:
_ Perdone, buenos días, estuvimos ayer aquí…
_ Sí, me acuerdo– me contestó secamente- y os dije que os llamaría cuando hubiera una cama. Y no os he llamado
_ Ya… es que hemos pensado en venir directamente y así, si se quedaba una cama libre, pues usted no tenía que tomarse la molestia de llamar…
_ Sentaos a esperar – me cortó
Hasta a mí me quedó claro que mi perorata del día anterior sobre de quién iba a ser la responsabilidad si T. de verdad hacía algo gordo durante la noche le había molestado a la señora. Intenté disculparme, más que nada porque la tía de T. había tenido que quitarle cuchillos de las manos un par de veces durante la noche, y cuando al final lo echó de casa, a las cuatro de la mañana, T. se puso a gritar por todo el barrio, hasta que, a las seis, decidió cambiar de sitio y venir a gritar a mi ventana, hasta que me levanté y le dí de desayunar. Luego lo duché, porque había venido sin zapatos, con un ojo morado y lleno de mierda. A pesar de mis disculpas, la señora se negó a rebelarme si había una cama disponible o no. Pues a esperar.

Durante la espera, T. dio lo mejor de sí mismo: cabezazos contra la pared, proposiciones sexuales a todas las señoras de la redolada, sermones religiosos a voz en cuello… Yo lo frenaba como buenamente podía, asegurándole que todo iba a ir bien, que Dios lo quiere mucho, y pidiendo perdón a las señoras. Él a ratos me gritaba que yo era la enviada de Satán, y a veces lloraba y me pedía perdón porque yo era la Virgen María. Una fiesta, oiga.

La señora de las camas no perdía comba, porque su oficina daba al patio donde estábamos. Al final, salió:
_ ¿Eres su madre?- me preguntó
_ No– repuse- sólo soy alguien que lo ayuda
_ Pues pareces su madre– me replicó, a lo que yo me quedé sin saber muy bien qué responder.
_ Ayer no me caíste bien – me explicó- pero hoy he cambiado de idea. Se ha quedado una cama libre, y os la voy a dar a vosotros.

Hace algunos años, me hubiera puesto a despotricar como las locas, asombrada de que algo tan importante como la adjudicación de una cama de hospital psiquiátrico dependa del criterio arbitrario de una secretaria medio analfabeta. El viernes sólo tenía ganas de besar los pies de aquella señora, que se apiadaba de mí y de mi niño loquito, que ya no me llama por las noches, porque le tiemblan tanto las manos que no puede marcar los números.

A lo mejor eso es lo que llaman inculturarse: dejar de preguntarse cómo deberían de ser las cosas, dejar de asombrarte, cuz this is Africa. Callar, aceptar, rezar, trabajar. Y, cuando la suerte te sonríe, seguir luchando por los tuyos. Como las madres de mi Santa Infancia. Como yo, que no soy madre, pero a veces lo parezco.

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Nov 14

ENGAÑA LISTOS

A veces engaño a la gente que nos da el dinero par criar a nuestra Santa Infancia. No es que yo me quede la pasta, no. Hacer eso de forma sostenible durante un tiempo lo suficientemente prolongado como para forrarme, requeriría de una inteligencia de la que, humildemente lo digo, no dispongo. Y que, si yo me pusiera a robar, la Santa Infancia me lo notaría a los cinco minutos. Finos son ellos.

Tampoco es que engañe, es que camuflo mis carencias. Porque a mí de vez en cuando vienen a hacerme auditorías, en la presunción de que servidora siempre tiene tiempo y ganas de hacer las cosas como deberían hacerse. Y mira, a veces sí. Pero a veces no. Y que yo, hasta hace algunos años, era periodista. Traducido del italiano llano, yo era una “buena para nada”. Que a qué viene todo esto, comenzarán a preguntarse ustedes. Pues viene a que, en ocasiones, cuando llegan estos señores a examinar mi precario sistema contable, pues no siempre las cosas están como deberían estar. Sí soy capaz de demostrar en qué nos hemos gastado la pasta, pero no tengo los informes todo lo aparentes que debiera. Y esto yo lo sé. Pero ellos, así, a bote pronto, no.

He desarrollado un sistema: primero les hago ver todo nuestro centro, con nuestros cienes de niños inmersos en cienes de actividades. El objetivo, realmente, no es enseñarles nuestro trabajo, sino indicarle sutilmente a la Santa Infancia que tenemos invitados. Luego, cuando ya están bastante impresionadillos, los paso a la oficina para enseñarles la parte contable. Y –aquí viene el truco-, dejo la puerta abierta. Sé fehacientemente que la Santa Infancia es incapaz de pasar delante de la oficina, ver la puerta abierta, y no intentar entrar. Y entonces, cuando ya les he enseñado nuestros registros -una cosa es maquillar nuestro nivel de competencia burocrática, y otra es negarse a rendir cuentas, que eso sí está feo-, y están a punto de hacerme todas esas preguntas que evidenciarán que me faltan al menos dos o tres sistemas de seguridad y control contables, la Santa Infancia empieza a entrar en la oficina, y empiezan a besar a estos señores, y a decir cosas divertidas. Y entonces, los señores contables se emocionan un montón, y dejan para luego la parte contable, y salen al patio y se hacen fotos con la Santa Infancia, que los quiere tanto (porque quieren a todo el mundo). Y así, entre besos, fotos y gracietas, pues se les olvida preguntarme si yo pido siempre tres presupuestos antes de cada compra, o si cada vez que el coche sale por la puerta obligo a quien lo conduce a rellenar un informe, y así no tengo que explicarles que yo ya sé que mi chófer se pasa la mitad del tiempo en distintas cafeterías, y que utilizó el coche sin mi permiso para mudarse de casa, y que para saber todas estas cosas, no me hace falta ningún formulario.

Los hay que, después de la turné, hasta me felicitan. Lo juro.

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