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Posts Tagged ‘Kaktus’

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Abr 26

CULPABLE

T. tiene nueve años. Y está convencido de que yo maté a su padre.

T. tenía un padre al que le faltaban algunos dedos de los pies. Con esa minusvalía y su avanzada edad, el señor dedicaba sus días a beber tranquilamente y a mendigar cuando se le acababa el dinero para beber.

Un día el señor se puso enfermo. Y T. me lo dijo. Le dije que su padre tenía que ir al Centro de Salud (para eso están). T. me dijo que no tenía a nadie con quién ir al Centro de Salud. Yo le dije que no podía hacer nada, y él se rebotó. A ustedes les parecerá que no tengo entrañas, pero si me dedicara a acompañar al médico a todos los enfermos del barrio, no podría hacer n.a.d.a. más. No podría dormir, no podría ir al baño, no podría trabajar en nada más. Sencillamente, no me daría tiempo.

En cualquier caso, el señor fue al Centro de Salud, donde le diagnosticaron una artritis reumatoide. Le compramos las medicinas prescritas. Como no mejoraba, le dimos todavía más dinero para que fuera a una clínica privada, donde le diagnosticaron lo mismo. En ese punto, yo le dije a T. que intentaría pasarme por su casa. Al final no pude. Me fui de vacaciones a España dos semanas. En mi ausencia, el señor decidió irse al pueblo, donde falleció un mes más tarde.

Aunque murió en el gueter, y lo enterraron allí, en casa hicieron también funeral (recepción). Decidí pasarme, más que nada a ver quién se podía hacer cargo de T. desde ese momento (no tiene madre). Cuando fui, me dí cuenta de que T. había comentado a todo el mundo que yo me había negado a tratar a su padre (aclaración: NO soy médico), y la gente me miraba como si yo hubiera disparado al señor en la cabeza.

Y así hasta el día de hoy. Actualmente, cada vez que le niego algo a T. (quiere más ropa, quiere otros zapatos…) me ataca con el mismo argumento: “Eres mala gente. Por tu culpa se murió mi padre”. Sé que, a sus nueve años, está rebotado con el mundo y lo focaliza en mí. Ya. Pero jode.

Podría decirle que exactamente lo mismo que hubiera hecho yo en caso de haber tenido tiempo de ir a visitar a su padre, podrían haberlo hecho todas y cada una de las decenas de personas que se pasaron en un momento u otro por el funeral, incluido su hermano mayor de más de veinte años. Podría decirle que los únicos que le dimos ayuda efectiva (comprarle las medicinas, mantener a su hijo durante los últimos cinco años…) fuimos nosotros. Podría decirle que sé que piensa que el mundo le debe todo. Podría decirle que jamás encontrará el pago por sus desgracias.

Podría decirle que él mismo siempre odió a su padre (el señor le curraba de cuando en cuando). Podría decirle que es, como mínimo, esperar demasiado el pensar que yo puedo hacerme cargo y gestionar todas y cada una de las enfermedades que afectan a los cientos de familias de nuestra Santa Infancia.

Podría decirle que lo quiero, pero a ratos no sería verdad. Cuando me dice esas cosas lo odio un bastante.

A lo mejor porque, en el fondo, sé que podría tener razón. He salvado a otros. A veces sólo hace falta ir a la casa, y acompañarlo al médico (si vas con un frenji, te tratan mejor). A veces, sólo hace falta tiempo. Yo no tuve tiempo. Nadie lo tuvo y, al final, el señor se murió en el olvido. Se llamaba Sitotaw. Quiere decir “Regalo”. No sé para quién.

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Abr 22

MURPHY EN ADDIS

Comentaba hace días con un expat que a veces Addis es la ciudad de la Ley de Murphy. Todo lo que puede ir mal, irá mal. Es un tema que, hablado entre extranjeros quejicas, da bastante juego. Todos tenemos anecdotillas que confirman que si dejas el más mínimo resquicio al azar en tus planes, éstos se irán al garete.

 

En esta línea, cuando hace tres semanas me cortaron el teléfono sin razón aparente, no me sorprendió. Fui a la oficina de telecomunicaciones, donde rápidamente dedujeron que era porque yo no había pagado. No era verdad. Esto lo hacen mucho, culpar al cliente. En otros sitios, el cliente tiene la razón. Aquí, tiene la culpa.

 

Luego me dijeron que mi línea aparecía como activa en el sistema, por lo que yo tenía que tener línea. Pero yo no tengo línea. Me dijeron que me fuera a casa a comprobar si tenía línea, cosa que hice porque llevaba prisa y no me apetecía entrar en el bucle.

 

Volví dos semanas más tarde, ya bastante mosqueada, y con más tiempo para derrochar. Tras comprobar, de nuevo, que había pagado el mes y que mi línea aparecía activa, me dijeron que llamara al servicio de atención al cliente. Tócate los cojones. Hace tres meses que no tengo cobertura de móvil, hace tres semanas que tampoco tengo línea fija y tengo que llamar por teléfono a atención al cliente, cuando ya estoy en una oficina de atención al cliente. Así se lo expliqué al señor que me atendía, que me miraba con cara de “te has equivocado, esto es una carnicería y no arreglamos teléfonos”. Ante su pasividad, le pedí que me indicara quién era la persona responsable de la oficina.

 

Me llevó ante un chaval con los pantalones a medio culo. Estuve a punto de aclararle que yo no quería grabar una canción featuring Pitbull, sino que me repararan el teléfono, pero me contuve porque sé que a veces juzgo demasiado. El chaval con los pantalones a medio culo y los andares del novio maltratador de Rihanna, me dijo que él no podía hacer nada por mi línea de teléfono. Siempre es así: el primer impulso es intentar no hacer nada. No me dí por vencida y le dije que, si él era el jefe de la oficina, digo yo que tendría que al menos intentar encontrar alguna explicación para mi ausencia de línea. Me dijo que él se encargaba de los clientes nuevos (probablemente porque todavía no tienen problemas de línea) y me mandó al señor del servicio técnico.

 

El señor del servicio técnico estaba tranquilamente consultando un periódico en Internet. Tuvo a bien registrar la incidencia y me dijo que volviera dentro de una semana si la incidencia persistía, y que entonces llamaríamos a un tal Gedeon. Respondí que, en mi humilde entender, si una cosa se rompe y no la arreglas, probablemente seguirá rota dentro de una semana. Soy maja, pero no santa. No creo que se arregle milagrosamente. Él me dijo que Gedeon tenía mucho trabajo porque había muchos clientes con problemas como el mío (¿y esto no te hace preguntarte algunas cosas?). Repliqué que a lo mejor Gedeon también estaba sin nada que hacer en su oficina leyéndose el Addis Fortune en Internet. Al final, llamamos a Gedeon, que nos informó que mi corte de línea se debe a una reparación de no sé qué tipo, que es consciente de que no tengo línea, y que llegará un día en el que me volverá a dar línea. No sabe cuándo. El señor del servicio técnico tuvo el detalle de recomendarme que no me olvidara de pagar las cuotas mensualmente, a pesar de no tener teléfono. Y te lo dicen así, en toda la cara, que tienes que pagar por un servicio que no te están dando.

 

Y encima se está generalizando Danza Kuduro. Oh Dios por qué nos has abandonado.

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Abr 19

LA SANTA JOBA

Atravesamos una época de grandes carencias. Concretamente, en estos momentos, carecemos de teléfono, agua y butano. A ratos también carecemos de luz. A ratos carecemos además de paciencia. Yo no puedo más.

Pensarán ustedes que hace falta tener cierta jeta para quejarse en el ambiente en el que yo vivo. Duermo con nórdico (edredón, no persona), lo que ya me sitúa alta altísima en la escala del bienestar social. Además, puedo coger el coche para poner la lavadora en casa de algún amigo de buena voluntad. Esta última posibilidad no la tienen el 99% de la gente que vive a mi alrededor.

No es que me queje, entendámonos. Bueno, sí me quejo. Pero es sólo que mi vida se ha vuelto bastante más difícil, y eso siempre jode. Me siento como un famoso de la Isla de los Famosos. Uno de esos famosos sin demasiada maña para la supervivencia, que se pasan el reality intentado pescar peces con clips atados a cuerdas, y que lo intentan cada día, y que nunca pescan nada, y que cada vez están más delgaínos. Esa soy yo.

La señora que nos cuida, a la que llamaremos señora G., lo lleva bastante bien. Hace un par de días tuve que pararla porque se había puesto a lavarme la ropa a mano, acarreando el agua de un grifo cercano. Tengo tanta ropa que podría estar dos meses sin lavar, y seguiría teniendo bragas limpias. No hace falta que se deje los riñones.

La mayoría de los etíopes que conozco no tienen agua corriente en casa. Eso hace que maximicen al infinito el uso de agua y, sobre todo, que no se les caiga una gota en el trasvase entre cubo y cubo. Yo no hago más que regar la casa de salpicones. Luego piso encima de los salpicones y, si normalmente limpiamos el suelo un par de veces por semana, ahora tengo que limpiar el suelo de la cocina cada día mientras pienso que si algo bueno tiene el suelo de barro de las cabañas es que absorbe el agua. Y que es sufrido. Seguro que los salpicones no se ven. En mi suelo de baldosa blanca, mira por dónde, se ven.

Con el tiempo y la práctica, la cosa mejora. En vez de usar un cubo para ducharte, acabas usando mitad. El pelo te queda menos bonito, pero con lo que te sobra de la ducha te da para echarlo en el váter y así te ahorras un viaje al grifo del jardín que sí tiene agua. Adquieres una habilidad inaudita en el arte de lavarte la cara con una sola mano, porque en la otra tienes la latilla que usas para echarte el agua.

El butano lo llevo peor, y tiene menos pinta de arreglarse. Sencillamente los distribuidores de butano ya no distribuyen butano. Me encantaría saber a qué han decidido dedicar sus esfuerzos, pero nadie ha sabido darme una respuesta. De momento, cocino con electricidad, pero le cuesta una vida. El café comienza a salir cuando oigo sonar la campana que me anuncia que tendría que estar ya trabajando.

Lo del teléfono se lo cuento mañana. Me voy a llenar el cubo.

 

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Mar 22

PUES TÚ MÁS

A. es una niña que llora mucho. No es especialmente desgraciada, pero es súper dramática, y cualquier escusa es buena para practicar sus dotes como actriz, que son muchas y variadas. Hoy viene llorando (para variar), que uno de los perros del recinto le ha quitado una chancleta. Y yo me reboto, porque le he dicho doscientas veces que no juegue donde están los perros, más que nada porque es el sitio más guarro de un compound que cuenta con la friolera de tres campos de fútbol, uno de basket, otro de volley, dos porches y un cacho con hierba para jugar.

Pues ahora vas y te las apañas para recuperar la chancla. Que no voy, que me da miedo. Pues vamos las dos. Que yo no voy. La cojo en brazos. Que sí vienes. Que no, que me sueltes. Que no me da la gana, que vamos las dos a buscar la chancla. Que como no me sueltes, me meo. Que no te suelto.

Y va la tía y se mea. Encima mío. Delante de toda la Santa Infancia. Va la tía y se mea.

_ Pues yo no te pienso limpiar los pantalones – le digo – te quedas así toda la tarde

_ Pues yo tampoco te pienso limpiar la camisa. Te quedas así toda la tarde.

Y así nos hemos quedado las dos toda la tarde. Empapadas en pipí.

Yo sé que este trabajo me rejuvenece. Concretamente, hasta la edad de cinco años.

 

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Mar 19

AL VOLANTE, PELIGRO CONSTANTE

Siendo de ciudad de provincias, en España nunca he conducido. Me saqué el carnet hace años y lo he usado poco poquísimo. No tengo coche en España y, obviamente, no lo necesito. A la gente le gusta cargar conmigo en mis vacaciones.

Así, mi iniciación al mundo del automovilismo se produjo en Addis Abeba. En vez de empezar a conducir un Seat Panda o un Ibiza, como hizo toda mi generación, yo hice mis primeros pinitos con un Land Cruiser de ocho plazas que trepaba como las lagartijas por los socavones de Addis Abeba. La prosperidad americana se me acabó, y actualmente conduzco otro Land Cruiser, también de ocho plazas, pero bastante, bastante más ajado. Es una maravilla, porque cada día me sorprende con un ruido distinto. Como no tengo ni idea de mecánica, me santiguo cada mañana y me lanzo a la ciudad, haciendo caso omiso del despliegue musical de mi vehículo. Cuando se enfada, lo llevo al mecánico, y a correr.

El tráfico en Addis, como se puede imaginar, roza el delirio. El gobierno de Hailemariam se ha decidido a implementar hasta la última idea que se le pasó por la cabeza al difunto Meles, y así han vuelto levantar todas las calles recién asfaltadas para hacer…¡un tranvía! Addis nunca deja de sorprenderte.

Con varias de las principales arterias de la capital parcial o totalmente cerradas, los atascos en hora punta se multiplican. Como el parque vehicular de Addis presenta un nivel de mantenimiento paupérrimo, los coches se recalientan enseguida y, al caos del atasco, tienes normalmente que añadirle el caos que provoca cuando uno de los coches se queda parado bloqueando un carril. Si tienes suerte, el motor se funde en plena rotonda, y ahí que se queda por los siglos de los siglos (amen).

El principal problema que presenta la circulación de Addis es conceptual: concretamente, el concepto de “preferencia” se ha sustituído por el concepto de “meter el morro”. En los cruces, pasa primero quien le hecha más morro o quien aprecia menos la carrocería de su coche.

Esta ausencia de criterio da como resultado un necesario incremento de la comunicación entre conductores: te pasas la vida pitando. Cuando ves que alguien va a incorporarse, le pitas para avisarle de que no vas a parar. Cuando ves a alguien caminando por la carretera, le pitas para avisarle de que no se arrime demasiado. Esto, si lo haces en España, es de mala educación. No sólo no te paras en los pasos de cebra, sino que además le pitas a la gente que está esperando.

Otra cosa muy guay que hacen con el claxon es pitar al imposible. Ejemplo: tú estás parada en un cruce porque el guardia de tráfico que está justo delante de tu coche te ha pedido que esperes. ¿Qué hace el coche de detrás? Te pita. Para que pases. Para que atropelles al guardia, dejes sus restos desmenuzados en el siguiente socavón, y acabes en la cárcel de Kaliti. Lo mismo sucede cuando, esporádicamente, te atreves a parar en un paso de cebra y dejar que la gente pase. El de atrás te pita. Si cada vez que te pitan, arrancaras, el aumento desmedido de población en Addis se resolvería en un plis plás.

En contra de lo que pudiera parecer, el caos reinante no quiere decir que no haya reglas. Sí las hay, También hay multas. Los únicos que conocen las reglas son los guardias de tráfico. Como ellos son los que te ponen la multa, la cosa tiene sentido. Cuando te ponen una multa, no sólo te ponen la multa, sino que te quitan el carnet de conducir. Luego, tienes que ir a tráfico a pagar y después a la comisaria del señor policía a recuperar tu carnet. No es un proceso difícil, pero jode perder la mañana.

Los etíopes están convencidos de que la razón del caos es la cantidad de vehículos que hay en la ciudad. No es cierto. Considerando el número de habitantes, no hay tantos coches. Yo (experta en ser experta) apunto como razones del caos:

. las mencionadas obras

. los taxis (furgonetillas) que se paran y cambian de carril cuando les sale de los webs

. la extendida idea de que uno es siempre más listo que los demás, y los demás están esperando porque son tontos y no se les ha ocurrido invadir el carril contrario

. la extendida idea de que todos somos Iron Man. La gente camina despreocupadamente por mitad de la calzada. Todo el mundo sabe que cuando el binomio peatón-coche colisiona, siempre ganan los buenos, que sería el peatón.

. los agujerillos de la calzada, que no todos los coches pueden superar. Si tienes un utilitario normal, te pasas la vida circulando a diez por hora en el terror de morir sepultado en uno de los socavones.

. las carreras a veinte por hora. A la gente le encanta adelantar. Aunque conduzcas un camión de hace veinte años, con tráiler suplementario, cargado de piedras, y no puedas pasar de treinta kilómetros por hora, si encuentras a otro que va a veintiocho kilómetros por hora, tú lo adelantas. Por las leyes de la física, eventualmente llegará un momento en el que conseguirás completar tu adelantamiento, después de tres minutos de bloquear los dos carriles disponibles en la carretera, para gozo y regocijo de los demás conductores. Eso si, con el esfuerzo, no se te recalienta el camión y te quedas a mitad.

Sinceramente, por muy cateta que yo sea, no creo que el problema resida en que “la ciudad no es para mí”. Es que creo que no es para nadie.

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Mar 14

UN MES

Mi hijo ya ha nacido. No sé si es niño o niña. No sé si alguna vez, por casualidad, me lo he encontrado. Vivimos en la misma ciudad. A los dos nos gusta la injera. Supongo. Seguramente, de vez en cuando los dos estamos oyendo el mismo serial en la radio, ese que suena de fondo en los sitios donde nos movemos. Supongo.

Mi hijo ya ha nacido. Hay gente que lo conoce y que no sabe que es mi hijo. A lo mejor porque todavía no lo es. A lo mejor porque ni yo ni él sabemos que pasaremos juntos el resto de nuestras vidas. Hay gente que sabe ya su nombre. No soy una de esas personas. Hay gente que está a su lado, que conoce el sonido de su voz, el color de sus ojos, la manera en que mueve las manos. No soy una de esas personas. Todavía no.

Mi hijo ya ha nacido. Le hablo, le pienso, le imagino. Está ya conmigo, aunque todavía no soy madre.

Mi hijo ya ha nacido. Sólo que Yo no sé que es Él. Y Él no sabe que soy Yo.

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Dic 06

SI YO PUDIERA

Si yo pudiera evitarte la vida que te espera. Si yo pudiera protegerte siempre. Si yo pudiera borrar la pena que despiertas en las almas compasivas. Si yo pudiera darte alas para que no tuvieras que correr desmadejadamente. Si yo pudiera hacer que todos vieran lo mucho que mejoras cada día.

Si yo pudiera, te haría la reina del mundo. Hasta por encima de Alanis, te pondría yo. Si de mí dependiera, nadie te querría menos que yo. Si alguien me diera a elegir, te elegiría a ti.

Si yo pudiera, te salvaría de todas las dificultades que encontrarás. Si yo pudiera, jamás llorarías.

Si yo pudiera, te protegería de los piojos. Si yo pudiera, la vida pasaría de largo y te dejaría en paz, congelada en tu sonrisa desordenada. Si yo pudiera guardarte, llevarías siempre un pelo precioso.

Yo por ti lo haría todo. Menos recrearte, eso no. Porque ya eres perfecta.

Si yo pudiera, lo sabría todo el mundo.

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Dic 05

OBSERVACIÓN EMPÍRICA

A las niñas de la Santa Infancia les encanta examinar las características físicas de sus educadores frenjis, esto es, Brother House y yo. Cuando estamos sentados tomándonos un respiro, se nos suben encima y analizan nuestros cuerpos. Comentan entre ellas los hallazgos, y hablan como si nosotros no estuviéramos delante, cosa que se agradece. Sólo se dirigen a nosotros cuando necesitan algún tipo de confirmación:
_ ¿Tú no has pensado nunca en hacerte algo bonito en el pelo?
Son encantadoras.
Hoy el tema de disección, aprovechando que llevaba piratas, eran mis pantorrillas:
_ Qué blancas – “depende de con qué las compares”, he pensado yo.
_ Y qué delgaditas – traducción en mi cabeza: “tipazo”
_ Y qué blandas, no tiene nada de músculo – sí, no estoy todo lo tonificada que mi delgadez sugiere.
_ Y tiene pelos
¡Arrgg! Me miro las piernas y me doy cuenta de que han pasado muchas cosas desde la última vez que me miré las piernas. Sobre todo, ha pasado tiempo. Mucho tiempo. Y mientras anoto mentalmente que, o hago algo al respecto, o tendré que cambiarme el nombre y llamarme José Luis, la Santa Infancia lleva sus reflexiones un paso más allá:
_ ¿Quién tendrá más pelos, Kaktus o Brother House?
Y, después de discutirlo un rato (tenemos momentos un poco vacíos), se van a mirarle las piernas a Brother House, mientras yo intento tranquilizarme pensando que Brother House es un señor de más de sesenta años, que lleva casi treinta en África vistiendo diariamente pantalón recio, por lo que puede ser que el roce le haya desvitalizado los capilares y tenga pocos pelos en las piernas. Sea cual sea el resultado, no me va a traumatizar. Vuelven.
_ Brother House tiene más pelos en las piernas – anuncian. Hurra. Campanas de alivio suenan en mi cabeza.
_ Pero los de Kaktus pinchan más.
Son encantadoras.

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Oct 14

ABRIENDO EL GARITO

Como algunos ya saben, hace semanas que he vuelto a Addis. El caso es que mi trabajo es como cualquier otro trabajo del mundo: para pillarte el mes de vacaciones, tienes que trabajar el doble un mes antes y un mes después.

Addis se ha transformado en una ciudad de m.i.e.r.d.a.. Las obras en la Bole han dejado la totalidad de la calle destrozada, con ríos de agua que siguen fluyendo tres semanas después de acabadas las lluvias. O han tocado tubería, o quieren hacer piscina. Por si esto fuera poco, últimamente cada vez que quiero ir a algún sitio, se ve que telepáticamente estoy conectada con varios jefazos que deciden ir al mismo sitio, y las fuerzas de seguridad me cortan la calle durante media hora para que los jefazos pasen, aunque estoy convencida que la idea de ir a ese sitio se me ocurrió a mí primero. Me siento como Harry Potter con Voldemort, sólo que creo que estoy conectada con nuestro nuevo Primer Ministro, Haile Mariam Desalegn.

Como no todo el mundo es Bole, los destrozos provocados por las lluvias y el asfalto de pésima calidad también se pueden sufrir en muchos otros puntos de la ciudad entre los que, cómo no, figura el barrio donde yo vivo. El intento de regular el modo de conducir de los taxis estableciendo rutas obligatorias y eliminando paradas imprevistas no dio los resultados esperados y cada quién sigue conduciendo como mayormente le sale del higo, animados por la creencia inquebrantable de que uno es siempre el más listo de la redolada, el que puede circular por ese carril en dirección contraria, el que puede meter el morro un poco más adentro.

Mi reciente cumpleaños y mi vuelta a mi Santa Infancia me han reportado todo tipo de regalos que añadir a mi colección de horrores y cosicas. A destacar una moneda de Dubai, un manojo de menta fresca, un set completo de vestido Afar que me asegurará popularidad máxima en la celebración del próximo Día Cultural, y, -tachán, tachán-, esta hermosa iglesia ortodoxa hecha de palitos. Una pena que Playmobil no haya tenido la misma idea y no fabrique muñecos vestidos de curas ortodoxos. Sería lo más. Con sus paraguas, su Tabot y sus bastones sobaqueros.

 Como novedad, las maestras de la guarde se han empeñado en pronunciar también ellas un discurso de buenos días que anime a nuestros pequeños a llegar puntuales para beber la sabiduría que emana de nuestros labios. Además de la pequeña charla de buenos días, rezamos cosas ortodoxas y cantamos el himno nacional. Como nuestros pequeños no lo tienen muy pillado, se inventan una versión extremadamente reducida del mismo. Aunque no nos habíamos dado cuenta, hay un punto de la canción donde puedes coger un atajo sin que se note y saltarte la mitad. Como somos nuevos en la parafernalia patriótica, nuestros niños están un poco confusos y en vez de levantar el puño al final, levantan el pulgar y les queda bastante cool. Sólo tenemos que acabar de explicar la diferencia entre rezar y cantar el himno, porque hay varios que mantienen las manos cruzadas bajo la barbilla cuando cantan el himno, y dan como cosica. Nuestra bandera está sujeta a un palo en vez de a un mastil, por lo que permanece siempre alzada como en los barcos piratas. Al abordaje que vamos.

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Jul 03

DE LOS NERVIOS

Dicen que cuando uno se va a vivir a otro país, especialmente si la cultura en el mismo es radicalmente distinta de la cultura de origen, se atraviesa por varias etapas. En un primer momento, uno se hace super fan de la nueva cultura. Le fascina la ropa, los ritos, la gente le parece encantadora… Al cabo de algunas semanas, se pasa al extremo contrario: se tiende a despreciar todo y a comparar despectivamente con nuestra cultura original, tipo “todo apesta y mientras no se den cuenta de que apesta no irán a ningún lado”. Al final, uno se instala como buenamente puede en un precario equilibrio que combina los días de desaliento total con otros donde la nueva cultura nos sigue fascinando en su complejidad (¡toma tópico!)

Si el cambio cultural se vive en un país del llamado Tercer Mundo (sí, ya sé que la denominación está algo pasada de moda), el riesgo de caer en tópicos negativos –“cómo no van a ser pobres, si aquí no hay nadie que empieza a trabajar a la hora fijada”, “tienen unos huevos como bolas de barandado”…- asociados a la pobreza del país es todavía mayor. Y, no nos equivoquemos, el racismo es una amenaza latente en todo este proceso. Yo reconozco que desde que vivo aquí, caigo en pensamientos de vergonzosa superioridad moral y de cierto racismo. Creo que sé más cosas que ellos y que tengo razón más veces que ellos, entendiendo como “ellos” todo el pueblo etíope. Tiendo a comparar la situación actual de este país con la España de mis abuelos, y, en el fondo, creo que deberían seguir un camino de desarrollo cultural y económico similar al de muchos países europes. Como se ve, no me dieron mi puesto de trabajo debido a mis profundos análisis en materia de desarrollo global. Tiendo también a culpar a la gente de su propia desgracia, y en muchas ocasiones me siento tentada a acabar las discusiones diciendo “la pobreza principal es la pobreza mental”. Gracias a Dios, las buenas maneras me lo impiden. La mayor parte del tiempo. Una vez lo solté en una oficina de la Agencia Nacional de Inteligencia. Pero es que no sabían donde estaban los Países Bajos. En una Agencia Nacional de Inteligencia.

En este punto, ustedes se preguntarán qué puñetas hago aquí, si a mí la idea de África como destino de comunión cultural me parece material de folletos estampados en marrón y naranja, con fondos en arena o madera. Yo hay días que también me lo pregunto, y la mayor parte del tiempo la Santa Infancia dice alguna chorrada que me hace reír y que me salva de salir corriendo hacia el aeropuerto. Otros días intento individualizar lo que verdaderamente me pone de los nervios y situarlo en su justa dimensión. Conocer a tu enemigo es la mejor manera de vencerlo. Y así, les comunico que toda esta digresión iba únicamente encaminada a introducir un elenco de cosas propias de la cultura etíope (según mi percepción) y que me dificultan la vida extremadamente. Sé que es un elenco hecho de tópicos y la realidad presenta –por suerte- muchas excepciones a la regla.

La negación de la evidencia:
Los etíopes no son muy de reconocer errores o culpas. Para acusarlos de algo necesitas cienes de evidencias, testigos y, sobre todo, pillarlos in fraganti. Y, a pesar de eso, negarán como bellacos. Ejemplo: pillas aun niño saliendo de clase con un puñado de bolígrafos en la mano. Sabe que no tiene permiso para sacar ningún tipo de material escolar, ergo está robando conscientemente.
_ ¿De dónde has cogido los bolis?
_ ¿Qué bolis? Yo no he hecho nada, yo no he cogido nada.

Y los bolis los tiene en la mano, en esa mano que ambos dos estáis viendo. Da igual. Negará haber cogido nada y, de repente, ni siquiera sabrá lo que es un boli. Si los bolis no existen, tampoco puede tenerlos en la mano. Consecuentemente, no es culpable de nada. Son momentos de gran frustración, porque te da la sensación de que te está tomando el pelo un niño de cinco años. Pero no te preocupes, luego descubrirás que también te pueden tomar el pelo señoras de cuarenta, hombres de cincuenta, adolescentes y, por supuesto, tus propios trabajadores. Yo no he sido.

El racismo.
No es que tu piel te delate. Es que tu piel te define, te condiciona y te limita. Eres abesha, frenji o china. La gente de Gambella son caníbales; los amara son vagos; los guragues, rácanos; los de Sashamane, ladrones; los del Tigray, tozudos. Todos los países tienen sus tópicos regionales. El problema es cuando nunca serás nada más que el tópico. Para bien o para mal. En el caso de los frenjis, por el mero hecho de serlo, te tratarán mejor o peor, pero nunca igual que a un abeshá. Por muchos años que vivas en Etiopía, serás siempre un invitado.
El racismo impregna la sociedad etíope, a pesar de la propaganda que habla de un país donde decenas de culturas conviven en paz y respeto. Mentira. A menudo achacan sus comentarios racistas a problemas lingüísticos. También mentira. La mayoría de las veces que me siento insultada, me siento insultada en amárico. Ejemplo: estoy esperando en una clínica, y van llamando a todos los pacientes. A los pacientes etíopes los llaman: “señor Abebe, señora Burtukan, señorita Kalkidan”. Cuando llega mi turno, la enfermera me señala y me dice “you. Come”. No soy ni señora, ni señorita, ni señor. Soy “you”. Cuando hablen de mí, tampoco seré ni señora, ni señorita, ni señor. Seré “la frenji”. Y, a pesar de todo, es mucho mejor ser frenji que china. Considero que ni todo el oro del mundo podría compensar las humillaciones que sufren continuamente los asiáticos que viven en este país. Si a los frenjis nos gritan por la calle, a los asiáticos les aúllan.
Como ya he explicado alguna vez, esta mentalidad se extiende también a las relaciones inter-étnicas. Sólo que ningún etíope se considera racista, no consideran el racismo un problema y, por lo tanto, no se hace nada para cambiar tópicos. De hecho, cuando tú señales situaciones de flagrante racismo, se quedarán profundamente sorprendidos y no entenderán muy bien exactamente de qué te quejas. La conclusión: te quejas porque eres frenji.

Robar a un frenji no está mal.
Esto sería un corolario del anterior punto. Todos los frenjis son ricos, todos los abeshás son pobres, ergo robarle a un frenji es sólo un modo de equilibrar la balanza. Si fuéramos sinceros, cuando redactamos una propuesta de financiación para un proyecto de Cooperación al Desarrollo, en la casilla de condiciones externas a tener en cuenta deberíamos incluir el hecho de que –especialmente si el coordinador del proyecto en terreno es expatriado- un treinta por ciento de los beneficiarios intentará engañar/robar/recibir más de lo que le corresponde en algún momento del proyecto. En el punto dos deberíamos escribir lo mismo acerca de las personas que trabajen en el proyecto. Al menos un cuarto del tiempo y energías que inviertas en un Proyecto de Desarrollo, lo pasarás diseñando mecanismos de control que impidan este tipo de prácticas. Ten siempre en cuenta que tus beneficiarios pasarán al menos el mismo porcentaje de su tiempo (y tienen más tiempo que tú) pensando en cómo engañar /robar/recibir más de lo que les corresponde.

Nunca es suficiente.
El progresar y el aspirar a lo mejor que puedas conseguir forma parte del ser humano. El problema es cuando esta mentalidad la aplicas sólo a conseguir todo lo que puedas… de los demás. Si recibiste comida, querrás zapatos. Si te dan zapatos, por qué coño no te dan calcetines. Si te dan los calcetines, deberían darte también pantalones, y, por supuesto, chaqueta. Si te han dado toda la ropa del mundo, deberían de pensar también en pagarte el alquiler de casa. Si ya te pagan el alquiler de casa –y esto es verídico. Me ha pasado- deberían comprarte una televisión para que tus niños no se aburran por las noches. Esta mentalidad no es exclusiva de las clases menos favorecidas: que levante la mano el extranjero residente aquí al que no le hayan pedido nunca que regale una cámara de fotos digital o un lap top, como si crecieran en los árboles de toda Europa. Y te lo piden tus compañeros de trabajo.

Yo nunca me equivoco.
Aquí nadie se equivoca. Jamás. La culpa de todo lo negativo que te pasa, es siempre de los demás. Disculparse de corazón y admitir que uno se ha equivocado sólo lo hacen los débiles. Evaluar algo quiere decir distintas cosas según el bando en que te sitúes:

  • Si eres el evaluador: enfatizar lo negativo y dejar claro que dices cosas positivas porque vienen en los manuales sobre motivación. De hecho, las cosas positivas que digas estarán literalmente sacadas de los manuales sobre motivación.
  • Si eres al que evalúan: negar la existencia de todo aquello que el evaluador considera que se debe mejorar.

Como punto positivo de esta tendencia, es verdad que cuando alguien reconoce un error y se disculpa –especialmente si esa persona tiene un cargo de responsabilidad-, lo valoran muchísimo y no tienen grandes problemas en aceptar de corazón esas disculpas.

…Y creo que podemos dejarlo aquí por hoy. Suena (literal) la campana del recreo. Voy a salir a jugar con la Santa Infancia. Hoy toca chapas y evasión mental.

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