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Posts Tagged ‘Kaktus’

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Nov 11

MÁTAME

_ Kaktus, me quiero cambiar el nombre

_ No

_ Mi madre ya me ha dado permiso

_ Yo no te doy permiso

_ Pero si el nombre te va a encantar –arqueo la ceja, porque no es que me fascinen los nombres nuevos que se buscan, y lo saben

_ De ahora en adelante, me llamaré Ana Paula.

Toma ya.

Y así vengo a saber que lo que ahora está de moda en Etiopía son las telenovelas. Bueno, esto no es novedad, ya expliqué en su día  que la Ethiopian Television hace unas telenovelas de mearte de la risa. El cambio –creo- es que se han quedado sin pasta para producción local y han decidido comprar en el extranjero, concretamente en Televisa Land (México Lindo). Y así ahora el prime time etíope lo copan dos novelas mexicanas (convenientemente dobladas al inglés): Cuidado con el Ángel y La que no podía amar.

Mi Santa Infancia se ha dado al fenómeno fan con devoción ejemplar y, aunque yo paso siete pueblos de las novelas (y de la tele etíope en general), ellos, que se preocupan por mi integración en la sociedad que me rodea, me mantienen al tanto de las cuitas de Ana Paula y Marichui (les juro que El Ángel se llama Marichui).

De lo que he podido entender, Marichui está enamorada del doctor Juan Miguel (Hakim Huan Miguel para mi Santa Infancia), un chico decididamente demasiado joven para ser doctor de ningún tipo. Marichui fue violada de chiquitilla, y no puede amar. Ah, no, esa es Ana Paula. Marichui creo que era niña de la calle hasta que la descubrió el Hakim Huan Miguel. O algo así.

Con el tiempo, la Santa Infancia –que no es tonta- se ha coscado de mi falta de interés tanto en la vida de Ana Paula como de Marichui. Hasta que un día me pillaron con una canción de Jesse y Joy en el ordenador, que, aparentemente, es la canción de cierre de la telenovela de Marichui (ye Marichui sefen, para los avanzados en amárico). Y han decidido que mi sarcasmo encierra una pasión oculta. Y aquí me tienen, que todos los días me llegan con el relato completo del episodio.

Creo que al final Marichui sí se queda con el Hakim. Lo que no sé es cómo, porque el Hakim está casado con una que se murió pero que no está muerta.

El mundo cada vez es más chiquitico, mi reina

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Nov 01

LO QUE PIENSAN LOS DEMÁS

En una de mis entradas precedentes sobre adopción (hay quien las lee), en los comentarios, mucha gente vino a decirme “no hay que preocuparse tanto por lo que piensen los demás”.

Yo también pensaba así y, generalmente, me identifico con el “lo que piensen los demás está de más” (mítico Mecano. Sí soy así de mayor). Hasta que vine a vivir aquí. Entendámonos, me tocan los dos pies muchas de las opiniones que otra gente pueda tener sobre mí, sobre todo si es gente que no me conoce y/o no me tiene ningún aprecio (de todo hay en el mundo). El problema es cuando este amplio colectivo de gente que no me conoce (en serio, son un montón) verbaliza sus opiniones una media de diez veces por minuto. Cuando vas por la calle, aproximadamente una de cada tres personas que te cruces te gritará “frenji”. Incluso sin necesidad de salir a la calle, tus compañeros de trabajo se referirán a ti como “la frenji”. Las madres de la Santa Infancia también preguntarán por “la frenji”. Cuando alguien quiera hablar de ti, te llamará por ese mismo denominativo. Siempre. Aparte de la constatación de tu raza con una palabra que –por mucho que haya quien afirme lo contrario- es peyorativa (yo la comparo con la denominación “gringo” para los estadounidenses en América Latina), es una palabra que te asocia con un montón de tópicos (superficial, colonizadora, explotadora, con aires de superioridad, rica, desesperada por limpiarte la conciencia a base de caridad…) basándose única y exclusivamente en tu color de piel.

Cuando vas con niño, de cualquier raza o edad, estas observaciones se multiplican. De una de cada tres personas, pasan a decirte algo la mitad de las personas con las que te cruzas, esperas en la cola de la fruta o vas en el minibus. No es exageración, es así. Una cosa es que te insulten una vez cada dos o tres meses (y, aún así, entiendo que puede ser terrible). Otra cosa es que te juzguen basándose únicamente en el color de tu piel (ergo, racistamente) una vez cada, aproximadamente, diez minutos. Todos los días. Siempre.

Al final, no puedes evitar que te importe y, sobre todo, te planteas si a tu hija le quieres hacer sufrir de esa manera. Porque, cuando cruce contigo la puerta de tu casa, exactamente la mitad de las personas que se encuentre le preguntará, sin ningún rubor de dónde viene, que relación tiene contigo, cuándo y por qué fue abandonada, y qué le parece el hecho de tener una mamá frenji. La mayoría de las veces se dirigirán a ella sin ni siquiera molestarse en preguntarme a mí primero, dando por descontado que ella sabe amárico y yo no (cuando, por el momento, es al revés).  Habrá quien preguntará con simpatía e intentando comprender una realidad diferente. Habrá quien lo hará buscando encasillarnos en el enésimo tópico racista. Pero todos, todos preguntarán. Y, cuando estés harta de responder y digas “nena, vamos a tomarnos un café, que no puedo más”, la camarera, antes de tomaros nota, os hará todas y cada una de las mencionadas preguntas.

Y sí, al final importa. Y es un problema. Para mí, honestamente, el problema más enorme de vivir en Etiopía.

 

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Oct 27

T.O.C, T.O.C

Como el proceso de adopción no me está haciendo sufrir bastante, he decidido también dejar de fumar. Pa’ mis nervios.

El sábado, después de hablar con el abogado, recuerdo que pensé “voy a limpiar los fuegos, que ayer se quedaron un poquitín guarros”. Y -lo juro- ya no me acuerdo de nada más. Volví en mí tres horas y cuatro discos de Alanis en mi MP3 más tarde. Cuando se acabaron las pilas de la música y, de repente, me dí cuenta de que el grupo de gente que vive conmigo comentaba cosas a mis espaldas desde la puerta de la cocina:

_ ¿Desde cuándo está así?

_ ¿Dónde ha puesto la puerta del horno?

_ Pues sí que ha ido bien con el abogado, ¿no?

_ No, en serio, ¿cómo ha hecho para desmontar la puerta del horno?

_ Aquí, huele raro…a ver si ha mezclado lejía con otras cosas y nos vamos a desplomar todos muertos…

Aparentemente, en algún momento entre limpiar los azulejos y desatascar el fregadero, desmonté la puerta del horno a piezas y la puse a remojo con una mezcla casera de varios quitagrasas en la bañera de plástico que será de mi futura vástaga. Por lo tanto, la puerta del horno estaba en mi baño. Si la cocina olía raro, el baño ni te cuento. Sólo me faltó poner gasolina.

Despacito, la Chica Encantadora que tenemos en casa se acercó a mí (en el fondo, es la más valiente): “ya pasó, Kaktus, tranquila. Puedes soltar el estropajo. Everything is going to be ok”.

Cuando, finalmente, me resigné a pasar la última fregona, después de haber puesto la cocinilla, la puerta del horno y el frigorífico en sus respectivos lugares de origen, me invadió un sentimiento de pérdida. Yo, de esas tres horas de mi vida, sólo recuerdo Felicidad.

Como la niña me salga difícil, me lanzo a limpiar la fosa séptica.

P.D: Para los que se preocupan por mi salud mental: en el caso de Mónica Geller, estas cosas eran SÚPER graciosas.

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Jun 17

HOSTILIZADA

Cuando llegan estas fechas del año, sucede que una está, mayormente, hasta los huevos de niños, familias y problemas. Como además empiezan las lluvias, -lo que quiere decir que no volverás a ver la luz del sol en tres meses-, pues la tensión se acumula y, al final, explotas.

Hoy he ido por enésima vez al traumatólogo con A. A nuestro lado, esperando, había una señora con su marido. Parecían gente con posibles. La señora estaba en silla de ruedas porque se había torcido un tobillo. En un momento dado, el señor se acercado a A. y le ha hecho la pregunta de marras:

_ ¿La frenji te ha atropellado con el coche?

Y allí no me he podido contener. Ha sido como vomitar. Porque no hay ni una sola vez en que no vaya al médico y alguien no le pregunte eso al niño de turno, porque estoy hasta las narices. Me he girado a la señora y le he soltado:

_ ¿Tu marido te ha pegado?

Se han quedado mayormente blancos del susto.

_ Tan equivocada es una hipótesis como la otra– he explicado sucintamente- sólo que seguro que a usted no se lo preguntan cada freaking día.

A lo mejor sí que necesito unas vacaciones.

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Jun 14

IDEAS…¿SIN RUMBO?

Las últimas semanas están siendo complicaditas. Adentrarse en el mundo de la adopción te avoca a cienes de interrogantes morales. Leo en Internet que muchas familias comparten esos interrogantes, que a la mayoría les han surgido después de la adopción. No lo sabían. Yo sí lo sé, por lo que todas las decisiones que tome (espero) serán con conocimiento de causa. Hasta ahora, algunas cosas que sé:

1. Si a una señora que te viene diciendo que quiere abandonar a su hijo, te ofreces a pagarle simplemente el alquiler de su casa (estamos hablando de unos veinte euros al mes), no abandonará a su hijo. Que lo quiera o no, es otro cantar. Muchos niños, en el target en el que yo trabajo, son fruto de la violencia. Téngase siempre en cuenta que ninguna de estas señoras ha elegido ser madre.

2. Hablando con gente que trabaja en orfanatos privados, les pregunté por qué las madres abandonan a sus hijos. Me respondieron “muchas veces tienen enfermedades terminales, como cáncer o Sida”. El Sida, también en Etiopía, seguido adecuadamente, entra más en la tipología de enfermedades crónicas, como la artritis. Nadie le diría a una señora con artritis que abandonara a su hijo, y muchas de las artritis son más incapacitantes que el Sida. Me quedó claro que cada vez que uno de estos trabajadores sociales se cruza con una señora seropositiva, le recomienda que abandone a sus hijos, porque no podrá criarlos. Si yo hiciera lo mismo, tendría un bus lleno de niños.

3. En los años que llevo trabajando con mi Santa Infancia, ha habido dos casos en los que me planteé recomendar la adopción. Uno era el caso de la señora F. que, con cuatro hijos, se estaba muriendo con el hígado en proceso de cirrosis debido a la Hepatitis. No probé a dar los niños en adopción porque no estaba segura de que el sistema garantizara que los cuatro siguieran juntos, y son hermanos muy unidos. En una decisión que en su momento me pareció irresponsable, decidí esperar y rezar a ver qué pasaba. Dos años después, la señora sigue viva y en estado de relativa buena salud. Depende absolutamente de nuestro centro para su supervivencia y la de sus hijos, pero siguen todos juntos. Si hubiéramos dado a los niños en adopción, estoy segura de que la señora F. se hubiera muerto.

Cuando M. se quedó embarazada tenía 16 años y a nadie en el mundo. Por supuesto, no quería ser madre. Incluso cuando fuimos a parir, el principal problema fue que ella no quería parir, porque no quería tener un hijo. A gritos, la hicimos parir. Desde ese momento, la apoyamos en todo lo que necesitó. A día de hoy, quiere muchísimo a su niña, que ahora tiene dos años, y que es lo mejor que nos ha pasado jamás. Ni la madre ni la hija son autosuficientes, y si les retiráramos la ayuda que les damos, acabarían inmediatamente en un prostíbulo. Dada la fragilidad de la madre, tampoco estoy tan segura de que, si aparece un eventual nuevo “marido”, no mande la niña a tomar por saco. Pero de momento forman una familia modélica. En su día, no le comenté la posibilidad de dar la niña en adopción porque seguramente lo hubiera hecho, y yo me habría quedado con una adolescente desestabilizada después de un parto que seguramente me habría reprochado de por vida que la hubiera convencido para dar a su hija a otras personas.

4. En Etiopía, si tú sueltas, digamos, 4,000 euros, salvo que sea para construirte una casa, puedes estar seguro de que una parte de ese dinero irá a parar donde no debiera. No es normal que tanta gente del sector adopciones tenga coche. Tener coche en Etiopía es súper, súper caro. Por mucho proyecto de desarrollo que gestionen, con su formación, su sueldo no debería permitirles comprarse un coche, salvo que trabajen para Naciones Unidas. He visto gente del sector que viaja con coches que cuestan, con los impuestos, 150,000 euros.

5. Una madre que esté dispuesta a vender a su hijo, por la cantidad o la circunstancia que sea –no sólo las que aceptan dinero a cambio de abandonarlos, sino también las que deciden mandar a sus niñas de nueve años a limpiar a casas de otras personas en la ciudad- seguramente no está preparada para ser madre, y seguramente su hijo/a estará mejor en otra familia que lo/la quiera.

6. Los operadores oficiales del sector se llenan la boca diciendo que están promocionando las adopciones locales (entendidas como adopciones solicitadas por familias etíopes). Vale. El problema es que la adopción, entendida como incorporar a tu familia un niño/a al querrás igual que a tus hijos biológicos y que será, a todos los niveles, tu hijo/a, no existe en la cultura etíope. Y nadie está haciendo nada para incorporar esa idea a la mentalidad general. Básicamente, lo que subyace, es que no quieren dar niños etíopes a familias frenjis. Porque no. No les interesa garantizar a cada niño una familia en la que crecer sino, simplemente, frenar las adopciones de niños etíopes en familias frenjis. Hay quien disimula y hay quien te lo suelta directamente a la cara. Normalmente, los que no se esconden son las personas a cargo de los distintos pasos del servicio. No consigo entender como las adopciones pueden depender de personas que no creen en la adopción. Es como si pusieras de patriarca ortodoxo a un musulmán.

7. Ni una sola de las personas que he encontrado en estas semanas y que trabajan en los distintos pasos del proceso de adopción parecen tener ni la más mínima idea de lo que supone adoptar para una familia. Para ellos es un proceso burocrático y tú eres, simplemente, una persona con prisa. Da igual que les repitas una y otra vez que el problema no es esperar, el problema es entender qué estás esperando. Para ellos tú eres un colonizador que ha venido a robar un niño. No entienden que las informaciones contradictorias te confunden. No entienden que, en lo más importante que harás en tu vida, consideras vital recopilar toda la información que puedas. No entienden que la incertidumbre te hace sufrir. No entienden que haces listas inútiles con lo que has conseguido averiguar, y que rezas para que, entre todos, no te coloquen en una posición en la que tengas que decidir entre ser madre o dormir tranquila el resto de días de tu vida.

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Jun 03

TEOLOGÍA APLICADA

Los domingos, con aquellos miembros de nuestra Santa Infancia que son tan dejados que ni siquiera van a las iglesias ortodoxas, nos juntamos en las gradas del campo de baloncesto, rezamos un poquitín, cantamos dos canciones, y yo les ofrezco una reflexión que, en teoría, deben repensar durante la semana. Obviamente, en la práctica, la reflexión la reflexionan durante cero coma dos (segundos) antes de empezar los consabidos partidos de fútbol.

A veces, como se imaginarán, voy algo cortita de temas, y recurro a lo que he oído en la misa de ese día (esta lección te la dan en Primero de Sermón Educativo). Así, el domingo pasado, les hablé del Buen Pastor, y de cómo nosotros (Brother House y yo), nos sentimos pastores de ellos, que vendrían a ser nuestro rebaño, y de cómo conocemos nuestras ovejitas, y de cómo, aunque nuestras ovejitas se despeñen por un barranco y las perdamos, pues siempre nos acordamos de nuestras ovejitas queridas. Como se ve, no era un discurso excepcionalmente inspirado. Doy lo mejor de mí misma cuando hablo de lombrices-mocos-higiene, pero últimamente me arriesgo a caer en el monotematismo, por lo que intento diversificarme con las chorradas del pastoreo, en la esperanza de que pillen la parábola porque algunos han sido pastores cuando habitaban en su Wello natal.

Las ovejitas escuchaban con aparente atención, que mutaron en carreras desenfrenadas para ir coger las galletas que les damos a media mañana. Mientras repartía las galletas, un elemento me ofreció la conclusión de mi parábola: “Los pastores, cuando tienen hambre, se comen a las ovejas”. “Eso”, dijo otro, “los pastores crían ovejas o para comérselas o para venderlas”.

Toma ya. Teólogos del mundo, a ver cómo encajais la realidad en la parábola.

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May 12

NUNCA MÁS

El sábado me levanté con ésta noticia: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/05/11/actualidad/1368283196_614466.html

Viví en Guatemala desde 2000 a 2002. En aquellos años, el genocida ocupaba la presidencia del Parlamento. Desde su inmunidad, se permitía relativizar, ironizar, predicar, ordenar y amenazar.

Recuerdo Guatemala como un país mágico en todas las acepciones del término. Recuerdo vivir una semirrealidad donde tragedia y maravilla se sucedían sin solución de continuidad. Recuerdo la conciencia y la necesidad de hacer Historia cada día. Todas las semanas traían una portada para la eternidad. Todo era dramático, tremendo, extraordinario. Vivían los guatemaltecos con el peso de una Memoria que siempre amenazaba con quedar impune. Allí aprendí el significado profundo de esa palabra, Memoria, y de otras como Justicia, Derechos Humanos, Impunidad, Genocidio. El pueblo guatemalteco fue capaz, durante casi cuatro décadas, de perpetrar las mayores atrocidades. Se sucedían –y se suceden- los testimonios de quien sobrevivió a la barbarie.

Conocí también lo que se llamaba Triángulo Ixil, un nombre, como tantos otros, sacado de la terminología militar que usaban los encargados del exterminio. El vocabulario pasó a la población civil, y, terminada la guerra, los campesinos todavía usaban el término “elemento” para referirse a una persona. El Triángulo Ixil había quedado sembrado de viudas y huérfanos. Estamos hablando de hace sólo doce años. Todos atesoraban la memoria del horror. Para conjurarla, o para sobrellevarla, se hacían y se hacen exumaciones, entierros tardíos, rituales antiguos.

Guatemala ha sido el primer pueblo del mundo en conseguir juzgar su Historia, en su propio territorio, con sus jueces y sus leyes. En un país donde la vida se te puede escapar en un semáforo, donde nada está garantizado, han conseguido vencer miedo y amenazas. El General duerme este fin de semana en la prisión. Seguramente, las artimañas legales conseguirán que antes o después pase a un hospital, pero nadie podrá quitar a los guatemaltecos el triunfo conseguido. Su Historia, sangrienta, torturada –venas abiertas, alas quebradas, vientres vaciados- sigue escribiéndose cada día.

Recuerdo Guatemala con una sensación de hogar, de refugio. Era en aquel entonces –y lo sigue siendo- uno de los países más peligrosos del mundo. La conciencia de escribir la Historia superaba con creces el miedo. La amistad de quienes te rodeaban, sus historias, tan emocionantes como terribles, te asomaban a un mundo hecho de realismo delirante y mágico.

Hay una sensación que conservo desde mi primera visita a Nebaj (uno de los vértices del Triángulo). La sensación de pequeñez, de asombro. El pensar “quién me hubiera dicho a mí que llegaría hasta este mundo”. La conciencia de que mi vida era –y es- mucho más de lo que pude imaginar, de lo que pude soñar.

De Guatemala me quedan la valentía de quienes lucharon y luchan por la dignidad de los que calleron. Me queda el sentimiento de Patria, entendida como una idea común a la que todos contribuyen. Me queda la fe en que, incluso en las situaciones más terribles, se puede luchar. Se debe luchar. Me queda la convicción de que los pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla. Me queda la nostalgia de aquellos volcanes, aquellas señoras con sus huipiles, aquella comida estupenda. Hoy, además, me queda la esperanza que nos trae la caída –varias décadas más tarde- de quien simbolizó el horror y la impunidad. Nunca Más la barbarie.

Algunos años más tarde entré en un Starbucks de Madrid. En un panel, anunciaban las dos promociones del día: Café de Guatemala, Café de Etiopía. Mi vida en ese panel, en dos espacios distintos, en dos países fascinantes.

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May 02

LA DOCTORA

La Doctora llegó un día con su ingeniero, su bata blanca y sus niños de colores, encontró un sitio bonito, y se puso a trabajar. Durante años, la Doctora luchó contra las siglas, las estadísticas y la burocracia. Creó un oasis de vida donde reparaba personas y donde le pasaban cosas tremendamente divertidas y otras que no lo eran tanto. O que no eran en absoluto divertidas.

Una noche la llamaron del sitio bonito porque estaban pasando cosas feas. Por azares de la vida, la acompañé por primera vez a su campo de batalla. Cuando llegamos allí, cuatro bebés del tamaño de cuatro ratas masticaban el aire. Había gente que corría aquí y allá, como pollos descabezados. A la Doctora ni siquiera se le torció el gesto. Comenzó a repartir instrucciones, y con cinta adhesiva y tijeras dividió el único tubo de oxígeno disponible. Yo, después de ayudarla en la parte MacGiver de la operación, como se puede imaginar, pintaba poco allí. No tengo especiales habilidades médicas y, sinceramente, el aspecto de los niños hubiera hecho las delicias de los fotógrafos de Naciones Unidas.

Sin saber muy bien qué hacer, me senté en una esquina para molestar lo menos posible, y esperé. Y la ví allí, segura, fuerte, concentrada. Con una determinación que hubiera podido mover montañas. Sólo que las montañas de aquella noche eran muy, muy grandes.

Y allí, en ese instante, le ví sentido a Todo. A las renuncias, a los días de mierda, a la incomprensión, al miedo. Porque el trabajo de la Doctora, su creer en lo increíble, justificaba todo. Esos niños podrían vivir o morir, pero no lo harían en el olvido. Sus vidas o sus muertes no serían indiferentes. Recé para que la Doctora siguiera luchando siempre. Recé para que venciera siempre, porque la suya era una guerra de las que son necesarias.

Aquella noche vivieron los cuatro. Dos fallecieron durante la siguiente semana. Hace algunos años, una familia italiana me contó que una de aquellas ratas boqueantes se había convertido en su resplandeciente hija.

Hace ya seis meses que la Doctora, su Ingeniero y sus hijos de colores se fueron a Italia. Echo de menos nuestras conversaciones donde nos reíamos de cosas terribles:

_ Hoy he pasado consulta a un señor con 1 de Hemoglobina

_ Hala, y ¿de qué color estaba?

_ No sé… ¿blanco roto?

_ Anda, como los vestidos de novia

Echo de menos su serenidad y su fuerza. Yo no tengo hermanas, pero la vida me ha dado unas cuantas, y la Doctora es una de ellas. Las renuncias se acumulan. La fortuna de poder renunciar, de haber conocido a quienes han cambiado pequeños mundos sigue compensándolas.

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May 01

LUNES

El lunes es mi día favorito de la semana. Es mi día libre. Llevo años intentando institucionalizar la cosa. Y me ha costado muchos “vine, y no estabas”, “yo quería decírtelo el lunes, pero no estabas”, y “el lunes no viniste a trabajar”, dichos con cara de resentimiento, pero yo los lunes me los cojo libres.

O casi.

La señora F. tiene citas en el médico cada mes. Está muriéndose, y en las citas le controlan la velocidad de su deterioro físico. Las citas son en un hospital en la otra punta de la ciudad. Y siempre son en lunes. Yo la llevo en coche, porque ahora no tenemos ni coche de proyecto, ni chófer, ni ná, y luego, con otra señora que la acompaña, vuelven por sus propios medios en taxi que pago yo. También la otra señora la pago yo. Son dos horas y media entre ir y volver a dejarla. Pero es que se está muriendo. Quién le negaría dos horas y media de su tiempo a una persona que se está muriendo. Y, total, a partir de las diez y media de la mañana, sigue siendo mi día libre.

Hasta mediodía. Me llaman. Que hay que ir a hacerse análisis. Que no les basta el dinero que les he dado esta mañana. Que no saben adónde ir a hacerse los análisis. Y entonces voy. Quién le negaría una tarde a una señora que se está muriendo. Sería no tener corazón. Imagínate que se muere llendo en transport a hacerse los análisis.

Y vamos, y hacemos los análisis. Y luego me dicen que no han podido comprar las medicinas que necesita en la farmacia del hospital, y así nos recorremos varias farmacias de la redolada. Otra hora y media.

Cuando acabamos, ya que estamos, la llevo hasta su casa. Se está muriendo. Qué persona sin entrañas dejaría a una moribunda el final del asfalto, en vez de entrarla de nuevo hasta su misma cama.

Y así vuelvo a casa ya de noche. Y, la verdad, no me siento una persona mucho mejor por haber dedicado mi día libre a la moribunda. Lo que sí me siento es cansada, muy cansada. Y la perspectiva de que, de mis cuatro días libres mensuales, le dedicaré a la moribunda la mitad hasta que decida morirse, no me ayuda a descansar mejor.

Decido que, persona despiadada o no, el dinero se inventó para eso. De ahora en adelante, la señora moribunda irá siempre en taxi que pagaré a precio de avión. El precio de mi tiempo libre. El precio de mi conciencia.

Como se muera en el taxi, me da un tabardo.

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Abr 28

MADERA

Comprar cuadernos. M. se ha escapado de casa. Tendremos que mediar (otra vez) con la señora que la acoge. G. también ha estado una semana fuera de su casa. Viene su padre. Se declara inocente. Hace meses que dejó de pegarle. A lo mejor, después de años de tratar a su hijo como un animal, no podemos esperar que el niño perdone a ese señor con gafas (¿gafas en un padre de mi Santa Infancia? Sabe Dios dónde ha encontrado las gafas). A lo mejor ese odio ya no tiene vuelta atrás.

 

B. tiene hepatitis. W. necesita un electrocardiograma. Pedir cita, quedar con ella y con su madre, ir juntas a la prueba. Explicarle lo que le van a hacer para que no se asuste. A B. le han diagnosticado artritis reumatoide… a los doce años. ¿Hay reumatólogos en Etiopía? Aparentemente sí, en el Black Lion. Sondeo el terreno. Si los hay, los tienen muy, muy escondidos. O escondido. Me huelo que sólo hay uno. Mientras B. permanece ingresado en la casa de unas monjas, su padre aprovecha para beberse las mantas, la cama y, finalmente, el alquiler de su casa. B. sólo quiere volver a su casa. Sólo que ya no tiene casa.

 

Arreglaron el teléfono… parcialmente. Sólo podemos recibir llamadas. No podemos llamar. Tendré que volver a las telecomunicaciones (y van tres…). Y esperar. Y esperar. Mi hijo/a. ¿Cuándo podré quitar la barra? Sigo esperando. Estoy preparada. Estoy paralizada. No consigo hacer nada porque todo depende de cuándo conseguiré quitar la barra. Mi vida en suspensión. ¿Baja por maternidad? Sí. ¿Dónde? ¿Cuándo? En suspensión. Me dicen los burócratas que tengo que ser paciente. Se equivocan en la palabra y les sale “tolerante” ¿? Creo que soy bastante tolerante.

 

S. está triste el jueves. Y el viernes. Y el sábado, cuando me pide el alquiler, me acuerdo de que la he visto triste. Y le pregunto. Dos años desde que su madre se ahorcó. ¿Cómo puede alguien colgarse en esa mierda de casas sin que se te caiga la casa encima? La madera, me respondieron, la madera aguanta siempre.

 

Pinocho era de madera. El Caballo de Troya era de madera. El Arca de Noé era de madera. Pinocho, mentira. Caballo de Troya, engaño. Arca de Noé, refugio. Llueve estos días en Addis.

 

Y los cuadernos, que no se me olviden. Y un mapa del mundo, porque quiero empezar una colección de monedas con las monedas que se encuentra la Santa Infancia tiradas por ahí. Estoy convencida de que podemos llegar a tener monedas de todos los países, y así tener un mapa cubierto de dinero colgado en el pasillo. Tengo que ver cómo colgar las monedas de países canijos como El Salvador.

 

A Z. finalmente la ha rapado su madre. Le medico las heridas de la tiña. Me acuerdo de dónde he visto cabezas como la suya: en La Lista de Schindler, en las fotos de los campos de concentración de la II Guera Mundial. Le recuerdo al día siguiente a la enfermera que apunte la fecha de inicio de tratamiento en su expediente, para que nos acordemos de terminarlo. Le va a tocar por lo menos un mes de pastillas. Se averguenza de su cabeza concentrada. Busco un pañuelo que le quede mono. Ya está. “Tienes suerte. Como tienes una cara preciosa, todos los pañuelos te quedan genial”. Piropo de manual para subir la autoestima. Creo que cuela.

 

Se nos está cayendo el korkoró del muro. No me preocupa que entren ladrones, me preocupa que cuando caiga le dé a un peatón en la cabeza. La madera que lo sostiene se ha podrido. La madera aguanta siempre. Aguanta hasta que se quema o se pudre, supongo. Yo siempre quise ser plástico. Ahora soy madera. Aguanto.

 

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