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Posts Tagged ‘Santa Infancia’

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Mar 08

FASHION HEROES

Hoy me he levantado divertida, y, aparcando facturas en amárico, familias que no llegan a pagar el alquiler y niñas con brazos quemados, me he puesto a curiosear en el Facebook. Yo curioseo mucho el Facebook, más que nada para mantenerme al día de los avances conseguidos por algunas amigas mías, empeñadas en la loable labor de repoblar el mundo, esfuerzo que, aunque ellas no lo saben, comparten con algunas de las madres de mi Santa Infancia. Nuestras señoras dicen que lo hacen para garantizar el futuro de nuestro proyecto: mientras su útero y sus ocasionales maridos den de sí (y sigan teniendo suerte con los partos home made) jamás nos faltarán beneficiarios para nuestro proyecto. Eso sí, habrá que pagarles el alquiler, porque con tanto niño en casa, o pagas el alquiler, o la chiquillería se te muere del hambre. Como se ve, tengo algunas obsesiones profundamente arraigadas.

Y así, curioseando, curioseando, me he encontrado con esta entrevista realizada en Cibeles a Ana Locking. Reveladora. Especialmente la parte relativa a la grifería–bisutería. A mí, que debido a mis pérdidas de peso llevo los cinturones para realmente mantener los pantalones más o menos en su sitio (herejía fashionista, soy consciente), la primera duda que me ha surgido es la de cómo harán para ajustar los cinturones–tubo de agua recubiertos en oro de 17 kilates. Este tipo de arreglos, ¿te las hace una modista, un herrero, un joyero o directamente el fontanero?

Esto, en la vida cotidiana, te abre un horizonte de nuevos temas de conversación:
_ Hola cari, ¿qué haces hoy?
_ Me coges saliendo por la puerta para ir de shopping, que tengo boda el mes que viene. La ruta normal: Zara, Mango, H&M y Leroy Merlín, que están de rebajas en fontanería y calefacción.
_ Huy, pues ya que vas, ¿me puedes pillar dos tapones de bañera? Me estoy customizando la parte de arriba del bikini para este verano.

Ustedes dirán que no, pero en el párrafo anterior hay como dos o tres ideas que te pueden solucionar una jornada de Cibeles. Yo las doy gratuitamente. Basta que se siga la licencia Creative Commons y citen la procedencia. ¿Los bikinis hechos con alcachofas de ducha en la parte del pecho, tubos varios, y el grifo –recubierto en oro de algunos kilates, vale- instalado en la entrepierna pesarán demasiado para bañarse con ellos? Caramba, hoy estoy que me salgo.

Sin conocer a Ana Locking, nuestra Santa Infancia también sigue también esta filosofía del todo vale. S. (niño, nueve años) juega de portero con un guante de cocina que encontró Dios sabe dónde. Bueno, que sí sabemos dónde: en Koshe . Y. (niño, siete años) vino un día con un disfraz de Spiderman por toda vestimenta. A. (niña, nueve años) solía venir cuando era pequeña con bonitos vestidos que tomaba prestados de su joven mamá. Su joven mamá practicaba en aquel entonces el oficio más antiguo del mundo (CSW – Commercial Sex Worker, en el argot del desarrollo) y los vestidos eran saltos de cama rojos de raso con muchas, muchas puntillas. Daba un poco de cosica.

A sus quince años, N. va calzado con manoletinas de Skechers y su amigo Y. vino un día con zapatos de tacón (unos cinco centímetros), porque no había encontrado nada más que ponerse en los pies.

Y eso que hemos mejorado con el tiempo. Hace unos años, nos llegó un contenedor de Austria lleno de ropa de segunda mano. Nuestra Santa Infancia desarrolló entonces una pasión por los monos de esquiar que todavía recuerdan con nostalgia. En aquel entonces, el mono de esquiar (que en amárico llamaron “la ropa completa”) junto con las chanclas eran para ellos lo más lindo entre lo lindo. Algunos de los peques, hay días en que, con seis y siete años, se presentan con pijamas enterizos de niños de dos, con sus pies cosidos al final y todo. Los botones para cambiar el pañal se les desabrochan siempre, porque les van algo canijos.

En complementos también dan lo mejor de sí mismos: gorros de bolchevique ruso, de señora de los andes peruanos, de esquiador con borla en la punta y todo y, cómo no, de rapero americano metido en rehab.

Estoy por llamar a Cibeles y reservarme pasarela para la próxima edición. Me ofrezco hasta a pagar el servicio de control de plagas y desinfección necesarios al final de nuestro show. En la bolsita promocional, regalaré collares antipulgas para que los famosos puedan sentarse despreocupadamente en mi front row. Cayetana y Alfonso, Borja Thyssen y consorte, Alfonso de Borbón y chica millonaria del Venezuela, hijos de Nati Abascal, Nati Abascal, participantes en reality shows varios… invitados quedáis. (Tengo en mente un front row–homenaje a la indolencia patria).

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Feb 10

WOULD YOU KNOW MY NAME?

Hoy me he acordado de un día en que tuve que llevar a W. (“que qué es lo que tengo, que tengo de tó”) a la casa de unas monjas muy amigas nuestras donde ha vivido los últimos meses. Aquel día, a W. le dolía la tripa. W. a sus once años, raro es el día que no le duele algo, y por eso damos prioridad a la solución de sus necesidades. Es lo que tienen las enfermedades raras autoinmunes, que te duele un poco todo, y que la gente que te rodea se acojona enseguida cuando te duele algo nuevo.

Cuando llegamos a la pequeña casa de las sisters, la tumbé en su cama, situada en una de las dos habitaciones para diez personas (concretamente, en la habitación de las señoras). Las sisters estaban rezando, que es una cosa que hacen mucho, y me senté a esperar, porque no me parecía bien dejar allí el paquete y pirarme. Al rato, W. comenzó a estar mejor, y empezamos a hablar. Me dí cuenta de que tenía un cuento debajo del colchón, y le pedí que me lo leyera. Para poderlo leer juntas, me tumbé a su lado.

Cuando una lleva una vida tan apasionante como la mía, sucede un poco que, en que te quedas parada dos minutos –y más si es en posición horizontal-, te viene un sopor mortal. Y así no llegué ni a la segunda página que me quedé sopa, con el fondo de la vocecilla de W. que me leía este cuento sobre un caballo blanco y otro negro.

Cuenta la leyenda que las monjas salieron de rezar y me encontraron completamente sobada en su habitación para señoras enfermas, con W. que ya había acabado el cuento y que también se había quedado traspuesta. Me desperté dos horas más tarde, cuando empezó a sonarme el móvil echándome en cara que tenía otros niños que sí estaban despiertos a los que atender.

Hoy me he acordado de aquella siesta improvisada, donde pasé de cuidadora a cuidada. Me he acordado también de todos esos besos sin fuerza que W. me ha dado en el último año. Su padre apareció ayer por sorpresa y, sin atender ningún tipo de razones, decidió que W. estaba ya curada de todo y que se la llevaba a Goyam con su familia. A W. la idea no le pareció mal, porque tiene hermanos y hermanas a las que echa de menos. A las sisters y a mí, que sabemos con precisión lo difícil que es tratar una enfermedad autoinmune en Etiopía, la idea nos ha parecido un poco menos bien. Si pienso en lo mal que lo va a pasar los dos días de autobús que hacen falta para llegar al Goyam me pongo a llorar del gozo.

Yo sólo pido que no la deje morir, que nos la traiga de vuelta cuando empiece a estar mal, pero aún se pueda hacer algo. Yo sólo pido que, antes o después, la vuelva a ver. A veces la vida nos da regalos que luego, no sabemos muy bien por qué, se nos escapan entre las manos. A lo mejor es que no somos dignos de ellos. A lo mejor no nos los merecemos.

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Feb 03

¿ME SE ENTIENDE?

Entre mis labores figura la de gestora del cine que montamos los domingos por la tarde. Básicamente, selecciono la película, apaño todas las cuestiones técnicas (proyector, sonido…) y, la mayoría de los días, hago la traducción simultánea del inglés al amárico con un micrófono. Los días que no estoy yo, tengo ya entrenado a uno de los mayores que, en la tira de años que lleva con nosotros, se ha visto la mayoría de las películas y puede traducirlas bastante bien. Si no todos los diálogos, al menos sí traduce la idea general de la historia.

Hace algunas semanas me apetecía ver algo nuevo, y así, al azar, seleccioné V de Vendetta. Lo único que yo sabía de la película era que salía Natalie Portman y que estaba basada en un cómic. “Pues será como los X-Men”, pensé, imaginando a Natalie tipo Kate Beckinsale en Underworld, disparando rayos ultrasónicos y ataviada con vestidos ridículamente ajustados salidos de la mente del John Galiano de turno. Y resultó que no. No era como los X-Men.

Para los que no la hayan visto, V de Vendetta es una parábola atemporal sobre cómo los gobiernos explotan los terrores más profundos del populacho para uniformizar mentalidades y ahorrarse esas molestas ideas propias. Una película ligerita, vaya. Facilita de ver. A eso, súmale mi deber de adaptar mensaje y diálogos a un público suburbial de entre cinco y veinticinco años con mi precario amárico como única herramienta, añade la trepidante verborrea del protagonista principal (V) y completa el cóctel con todo el simbolismo que la película rezuma. Escalar el Chogori en chanclas tiene por fuerza que ser más fácil. A los diez minutos de película ya estaba sudando.

Más o menos me las ingenié para transmitir la mayoría de diálogos y las tramas principales, hasta que Natalie Portman acaba en una extraña cárcel donde, en uno de los recovecos de su celda, encuentra una carta de una prisionera anterior, encarcelada por homosexual. Y ahí me quedé un poco atrancada, porque la homosexualidad no entra mucho en el panorama vital de mi Santa Infancia (ni de la población etíope en general):
_ La carta que ha encontrado es de una prisionera que estuvo antes en la misma celda por…– en la pantalla comienza un flash back donde la chica de la carta se besa con más chicas-… porque pensaba distinto… porque era diferente, y en vez de casarse con un marido, tenía muchas, muchas amigas, y esto al gobierno no le gustó un pelo, y la metieron en la cárcel.

Soy perfectamente consciente de que no es el modo más adecuado de explicar la homosexualidad, pero en el momento era eso o quedarme callada ignorando lo que sucedía en pantalla, que es algo que no me gusta hacer porque la Santa Infancia se cosca y me echan la bronca.

Yo pensé que la Santa Infancia se pondría a aullar, que es algo que hacen cuando salen besos en las películas, pero no. No dijeron ni pío. Se portaron bastante bien durante toda la peli. Supongo que porque, al igual que yo, estaban intentando entenderla.

Después de casi dos horas de vadear lingüísticamente en el atolladero ideológico de la película, se atascó el DVD, con lo que nos quedamos sin ver los diez minutos finales. A pesar de eso, tanto a la Santa Infancia como a mí nos gustó la película mucho. Lo que pudimos entender, claro (tampoco verla en inglés es súper fácil).

Lo mejor del caso es que al final me dí cuenta de que había conectado mal el DVD al proyector, y la estábamos viendo en blanco y negro, cuando realmente era en color. Yo le veía totalmente sentido a que la peli fuera en blanco y negro. Hasta se lo expliqué a la Santa Infancia: “los gobiernos, a veces, no nos dejan ver los colores”. Toma ya. Menos mal que el permiso de trabajo no me toca renovarlo hasta Marzo, porque, si había alguien afín al gobierno en la sala, me arriesgaba a tener que pasar las Navidades en casa. Y eso, nunca.

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Ene 02

HUESOS DE SANTA (INFANCIA)

En los últimos meses, mi Santa Infancia ha adoptado una curiosa costumbre: romperse huesos en domingo. De lunes a viernes consiguen mantener todo en su sitio, pero el domingo, no sé por qué, parecen incapaces de no accidentarse. Como se entenderá, le he cogido bastante tirria a los domingos. Deberían estar prohibidos.

El pasado domingo acabé en el mítico Black Lion con un fémur roto. El Black Lion, como ya expliqué en su día, es ese sitio al que vas cuando no tienes otro sitio al que ir, y donde aproximadamente cada tres minutos te entran ganas de llorar. Una estampa muy típica son esos niños moribundos que esperan cama en el pasillo de las urgencias pediátricas, que fue, básicamente, el destino que nos asignaron. Decidieron poner la pierna de B. en tracción con el innovador sistema de atar la pierna al banco donde estaba tumbado, con una bolsa de plástico de las baratas con tierra dentro colgando al final de la pierna. Fueron generosos y, además de dejarnos dos bancos, le pusieron cartones debajo a B. para que él y su fémur súper roto estuvieran más cómodos.

En el día y medio que B. ha pasado en el Black Lion hemos visto de todo en ese pasillo. Hubo un momento, cuando ya llevábamos más de doce horas en el banco, en el que yo, B, su madre y su hermana nos limitábamos a mirar a nuestro alrededor con la boca abierta, como los zombis.

Al final, me lo he llevado a un hospital privado que me ha conseguido La Doctora, porque no soportaba dejarlo allí otra noche, y no parecían muy dispuestos a darle una cama en planta. Lleva 24 horas ingresado en el nuevo hospital (donde decidieron que la tracción no era un sistema tan bueno, y le han operado) y ya hemos gastado más de tres mil birr (150 euros, el equivalente al sueldo mensual de una senior nurse con una década de experiencia, trabajando en el sector privado). La pregunta es siempre la misma: ¿qué hacen los que no pueden pagar? Los que no pueden pagar, reina, se mueren.

Selección artificial.

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Nov 24

INCULTURACIÓN

Hemos vuelto al Amanuel Hospital con T. De hecho, hemos vuelto varias veces en las últimas dos semanas. El jueves pasado, fuimos a la desesperada, porque T. no sólo intentó hacer daño a los demás, sino que también intentó hacerse daño a sí mismo. Así que lo metimos en el coche como buenamente pudimos, y nos fuimos al hospital. Llegados al hospital, tengo que decir que, entre la fauna reinante, T. nos situaba en la cúspide del caos. Era el que más gritaba de todo el hospital. Decidieron ingresarlo pero, al ir a preguntar a la señora que administra las camas, la señora dijo que no había camas. Y allí yo me reboté un bastante, porque me sentía incapaz de controlarlo un día más.

El viernes volvimos al hospital y, oh milagro, estaba la misma señora administrando camas:
_ Perdone, buenos días, estuvimos ayer aquí…
_ Sí, me acuerdo– me contestó secamente- y os dije que os llamaría cuando hubiera una cama. Y no os he llamado
_ Ya… es que hemos pensado en venir directamente y así, si se quedaba una cama libre, pues usted no tenía que tomarse la molestia de llamar…
_ Sentaos a esperar – me cortó
Hasta a mí me quedó claro que mi perorata del día anterior sobre de quién iba a ser la responsabilidad si T. de verdad hacía algo gordo durante la noche le había molestado a la señora. Intenté disculparme, más que nada porque la tía de T. había tenido que quitarle cuchillos de las manos un par de veces durante la noche, y cuando al final lo echó de casa, a las cuatro de la mañana, T. se puso a gritar por todo el barrio, hasta que, a las seis, decidió cambiar de sitio y venir a gritar a mi ventana, hasta que me levanté y le dí de desayunar. Luego lo duché, porque había venido sin zapatos, con un ojo morado y lleno de mierda. A pesar de mis disculpas, la señora se negó a rebelarme si había una cama disponible o no. Pues a esperar.

Durante la espera, T. dio lo mejor de sí mismo: cabezazos contra la pared, proposiciones sexuales a todas las señoras de la redolada, sermones religiosos a voz en cuello… Yo lo frenaba como buenamente podía, asegurándole que todo iba a ir bien, que Dios lo quiere mucho, y pidiendo perdón a las señoras. Él a ratos me gritaba que yo era la enviada de Satán, y a veces lloraba y me pedía perdón porque yo era la Virgen María. Una fiesta, oiga.

La señora de las camas no perdía comba, porque su oficina daba al patio donde estábamos. Al final, salió:
_ ¿Eres su madre?- me preguntó
_ No– repuse- sólo soy alguien que lo ayuda
_ Pues pareces su madre– me replicó, a lo que yo me quedé sin saber muy bien qué responder.
_ Ayer no me caíste bien – me explicó- pero hoy he cambiado de idea. Se ha quedado una cama libre, y os la voy a dar a vosotros.

Hace algunos años, me hubiera puesto a despotricar como las locas, asombrada de que algo tan importante como la adjudicación de una cama de hospital psiquiátrico dependa del criterio arbitrario de una secretaria medio analfabeta. El viernes sólo tenía ganas de besar los pies de aquella señora, que se apiadaba de mí y de mi niño loquito, que ya no me llama por las noches, porque le tiemblan tanto las manos que no puede marcar los números.

A lo mejor eso es lo que llaman inculturarse: dejar de preguntarse cómo deberían de ser las cosas, dejar de asombrarte, cuz this is Africa. Callar, aceptar, rezar, trabajar. Y, cuando la suerte te sonríe, seguir luchando por los tuyos. Como las madres de mi Santa Infancia. Como yo, que no soy madre, pero a veces lo parezco.

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Nov 14

ENGAÑA LISTOS

A veces engaño a la gente que nos da el dinero par criar a nuestra Santa Infancia. No es que yo me quede la pasta, no. Hacer eso de forma sostenible durante un tiempo lo suficientemente prolongado como para forrarme, requeriría de una inteligencia de la que, humildemente lo digo, no dispongo. Y que, si yo me pusiera a robar, la Santa Infancia me lo notaría a los cinco minutos. Finos son ellos.

Tampoco es que engañe, es que camuflo mis carencias. Porque a mí de vez en cuando vienen a hacerme auditorías, en la presunción de que servidora siempre tiene tiempo y ganas de hacer las cosas como deberían hacerse. Y mira, a veces sí. Pero a veces no. Y que yo, hasta hace algunos años, era periodista. Traducido del italiano llano, yo era una “buena para nada”. Que a qué viene todo esto, comenzarán a preguntarse ustedes. Pues viene a que, en ocasiones, cuando llegan estos señores a examinar mi precario sistema contable, pues no siempre las cosas están como deberían estar. Sí soy capaz de demostrar en qué nos hemos gastado la pasta, pero no tengo los informes todo lo aparentes que debiera. Y esto yo lo sé. Pero ellos, así, a bote pronto, no.

He desarrollado un sistema: primero les hago ver todo nuestro centro, con nuestros cienes de niños inmersos en cienes de actividades. El objetivo, realmente, no es enseñarles nuestro trabajo, sino indicarle sutilmente a la Santa Infancia que tenemos invitados. Luego, cuando ya están bastante impresionadillos, los paso a la oficina para enseñarles la parte contable. Y –aquí viene el truco-, dejo la puerta abierta. Sé fehacientemente que la Santa Infancia es incapaz de pasar delante de la oficina, ver la puerta abierta, y no intentar entrar. Y entonces, cuando ya les he enseñado nuestros registros -una cosa es maquillar nuestro nivel de competencia burocrática, y otra es negarse a rendir cuentas, que eso sí está feo-, y están a punto de hacerme todas esas preguntas que evidenciarán que me faltan al menos dos o tres sistemas de seguridad y control contables, la Santa Infancia empieza a entrar en la oficina, y empiezan a besar a estos señores, y a decir cosas divertidas. Y entonces, los señores contables se emocionan un montón, y dejan para luego la parte contable, y salen al patio y se hacen fotos con la Santa Infancia, que los quiere tanto (porque quieren a todo el mundo). Y así, entre besos, fotos y gracietas, pues se les olvida preguntarme si yo pido siempre tres presupuestos antes de cada compra, o si cada vez que el coche sale por la puerta obligo a quien lo conduce a rellenar un informe, y así no tengo que explicarles que yo ya sé que mi chófer se pasa la mitad del tiempo en distintas cafeterías, y que utilizó el coche sin mi permiso para mudarse de casa, y que para saber todas estas cosas, no me hace falta ningún formulario.

Los hay que, después de la turné, hasta me felicitan. Lo juro.

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Oct 08

PESADOS

En este sitio, que es un sitio en el que me tienen mucho aprecio (ellos sabrán por qué), me regalaron en agosto una báscula monísima, de esas planas de cristal con números digitales. La puse, lógicamente, en el suelo de la enfermería. Sólo que la Santa Infancia no sabe lo que es, y cada uno que entra se dirige directamente a la báscula, la coge, y me dice: “se te ha caído esto”. A lo que yo les respondo: “no se me ha caído, su sitio es el suelo”. Y el siguiente: “se te ha caído esto”. Y yo, “déjalo donde estaba”. Y otro, “mira que se te ha caído esto”. Y así cien veces.

Al final he cedido. La tengo en cima de la mesa y la pongo en el suelo para pesarlos. Sólo que ahora cada frenji que entra me pregunta que qué hace la báscula encima de la mesa. Hay días que acabo como un poquitín fatigada. No sé.

P.D: Hoy T. se me ha dormido en los brazos mientras le cantaba bajito esta canción. Él no lo sabe, pero yo todos los días trabajo para que T. y el resto de la Santa Infancia puedan un día levantar la vista y ver una tierra que ponga Libertad.

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Oct 04

SONRISAS Y…

Este año tenemos un manatí . Obviamente, no es un manatí real. Es un miembro de la Santa Infancia que, a Dios pongo por testigo, tiene cara de manatí. La Santa Infancia al principio decía que tiene cara de rata, porque no saben lo que es un manatí. Ahora, aunque todavía no saben lo que es un manatí (no he encontrado ninguna foto), pues todos lo llaman Manatí. Es curioso, porque los únicos que pillamos el chiste somos los frenjis, que nos encanta decir cosas como, “el Manatí se ha cagado, hay que limpiarlo”, o “el Manatí está berreando en mitad del patio”. Y es que al Manatí, que tiene siete años, antes lo llamábamos Claxon, porque cada dos minutos se ponía a rugir como un becerro y nos mataba bastante los nervios.

Además de la cara, el Manatí tiene piel de manatí. Nunca he tocado un beluga, pero su piel tiene por fuerza que ser igual de suave que la de nuestro Manatí. De verdad que es como alucinante: no es que tenga la piel como el culito de un bebé, es que tiene la piel como una reproducción sintética y perfeccionada, elaborada experimentalmente en los laboratorios de Procter & Gamble, del culito de un bebé. Me paso horas acariciándole las mejillas y el Manatí se ríe sin saber muy bien por qué, porque es algo tonto.

Como digo, el Manatí al principio nos sacaba de quicio, porque a lo mejor estábamos jugando a pillar, y alguien empujaba por error al Manatí, y de repente se tirada al suelo y se ponía a chillar como un lechón al que le están haciendo un tatoo del Entierro del Conde Orgaz en el omoplato, y no había quien lo calmara.

Esto la Santa Infancia lo hace mucho, que por cualquier tontería se pegan jartás de llorar. Yo instruyo siempre a nuestro personal: si chillan, es que no les pasa nada. Es una verdad universal. Cuando a la Santa Infancia le duele algo de verdad de la buena, no dicen ni mú. Cuando a la Santa Infancia algo le hace mal, al máximo les caen dos o tres lágrimas, como gotas de agua de las estalactitas, que llevan meses preparándose a caer, hasta que al final ruedan mejilla abajo. Un poco como en los anuncios de Veri.

Eso nos pasó el otro día con T. (once años), que lloraba bajito porque le da mucha rabia tener que ir a mendigar con su padre que es ciego. Porque a T. no le parece justo que, para dos meses al año que su padre pasa en casa (los necesarios para procrear otro hermanito con la madre de T.), él tenga que cuidarlo todo el tiempo. Porque a T., aunque no lo dice, lo que de verdad le gustaría es que su padre no volviera más. A T., además, le da mucha rabia ser pobre, y, cuando le preguntamos si tiene algún problema, sólo baja la vista y deja correr dos lágrimas. Una y dos.

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Jul 16

REFLEXIONES ESTIVAS

Este verano tenemos invitados. Son cuatro niños procedentes de un orfanato de una conocida congregación religiosa. Son niños ya mayores -más de ocho años- a los que alguien en su día juzgó no aptos para la adopción, por lo que se han quedado en el orfanato. Dado que normalmente pasan sus días rodeados de niños con cabezas de perímetro antinaturalmente grande, entre otras muchas discapacidades físicas y mentales (los que han estado allí saben de qué estoy hablando), pues a una voluntaria de allí se le ocurrió que a estos cuatro, que son casi normales, les vendría bien pasar el verano con nuestra Santa Infancia que, no siendo muy normal, tampoco presenta en su mayoría taras tan llamativas como los niños del orfanato.

La Santa Infancia los ha acogido bien porque, como digo, entran bastante en el average nuestro: una joroba, ligeras limitaciones mentales, una dermatitis algo aparatosa… nada nuevo bajo el sol. El primer día lo pasaron bien, hasta que llegó la hora en que les damos galletas antes de irse a casa. Entonces, uno de estos cuatro, cuando le tocó el turno de coger sus galletas, dijo:
_ No, gracias. No tengo hambre.
Y allí se hizo un silencio como muy sepulcral, y todos se quedaron mirando a esos cuatro niños sin hambre. Y alguien, por lo bajini, dijo: _ Estos niños son un poco raros, ¿no?

Hoy ha sido su segundo día, y ya estaban más sueltos y hablaban con la Santa Infancia que, como suele hacer, les ha asediado a preguntas sobre dónde viven, a qué escuela van, si tienen padres o no y otros particulares de interés. Estos cuatro les han explicado que viven en un orfanato.
_ Y allí donde vosotros vivís, ¿los niños se quedan para siempre?
_ No – ha replicado uno de ellos-, hay algunos que encuentran padres y se van
_ ¿Adónde?
_ A otros países. A España
-lo juro, que lo ha dicho el primero- , a América, a Bélgica…
_ ¿Y quién elige a los que se van?
– la Santa Infancia no conoce el concepto de “temas tabú”
_ Los frenjis -han repuesto
_ Y a vosotros… ¿por qué no os han elegido?

Y allí se ha hecho de nuevo un silencio bastante incómodo. Bueno, yo lo he encontrado incómodo, porque los cuatro niños simplemente se han quedado pensando un rato, y al final, han dicho:
_ Ene enyá

Y se han puesto a jugar con los aros de goma, de esos que se empujan con un alambre, que la Santa Infancia les ha fabricado como regalo de bienvenida.

Este verano tenemos invitada a la cara oculta de la adopción, a los que fueron asignados al equipo que nunca gana, a los que sólo verán partir a los demás.

Este verano nos lo vamos a pasar chicha. Verás tú qué fiesta.

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Jun 30

VESTIDITO BLANCO

M. tiene un vestido blanco de princesa. Realmente no es blanco, es color marfil, amarillento en algunas partes, pero no importa. A M. su vestido blanco de princesa se lo encontraron para la Pascua de hace tres años, y, como desde entonces ha crecido, pues le queda bastante canijo. El vestido es de raso muy fino y con los años se ha ido descosiendo. Lo que eran volantes ahora son jirones y la mayoría de las costuras conservan sólo algunas puntadas.

A M. le encanta su vestido blanco de princesa, y se lo pone todos los domingos. El domingo pasado llovió, y M. tiritaba dentro de su vestido agujereado. Daba bastante cosilla, así que le dí un bonito jersey y unos preciosos pantalones. Ella se los puso, y luego se puso encima lo que queda de su vestido blanco de princesa.

Y es que en la tierra de las hadas quebradas, los piratas sin barco y los príncipes con escudo de plástico, M. vive encantada con su vestido. Cuando cree que nadie la mira, gira sobre sí misma para ver moverse su vestido que, aunque no tiene mucho vuelo, pues algo sí le luce. Es lo que tiene la realeza, que con cuatro harapos van divinas.
M. es a sus siete años una princesa de pocas palabras, tal vez porque nadie nunca la ha escuchado. Por las tardes, cuando se va a su casa, la puedes ver caminando sola por las calles del barrio, absorta en algo que sólo ella ve, sin preocuparse de los jirones de vestido que se le quedan enganchados en las aliagas que han crecido con las lluvias.

La gente dice que M. no es normal. Yo creo que es mágica. Porque es una princesa. De S. también dicen que no es normal, y hoy también a ella la magia se le notaba un montón, porque ha venido con un resto de brillantina en una mejilla. A veces creo que somos todos elfos, hadas, duendes… seres mágicos de Mekanissa, hechos de berberé* y chika**.



M. tiene un vestido.
M. tiene un vestido blanco.
M. tiene un vestido blanco de princesa.
M. tiene un vestido blanco de princesa rota.

Berberé: Es la especia etíope por antonomasia, un polvo rojo hecho a base de chiles molidos y otras especias.
Chika: en amárico, es el barro que estos días llena las calles de nuestro barrio, Mekanissa

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