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Este blog no es una declaración de principios. No es un canto a la solidaridad, ni a la multiculturalidad, ni a nada. No aspira a ser un estudio en profundidad sobre el país en el que vivo o del país del que procedo. No representa necesariamente lo que la organización a la que pertenezco piensa, ni la realidad objetiva del proyecto en el que trabajo. Este blog es sólo mi historia. Como la vivo y/o como la invento. Sólo eso. Mi percepción y la percepción de quienes me rodean, en su mayoría menores de edad. No es objetivo, y tal vez ni siquiera sea cierto, pero para mí es tan verdad como mi propia vida.

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Jun 21

ANIVERSARIO

Hoy F. ha tomado posiciones en mi dobladillo a primera hora de la mañana. A media mañana, ya me había comentado cinco veces que hacía un día precioso, y yo estaba empezando a mosquearme, porque la verdad es que hoy ha hecho un día bastante londinense.

Al final, me lo ha dicho:
_ Mi madre quiere que vengas hoy a casa.
_ ¿Por qué?
_ Porque hoy hace un año
_ ¿Un año de qué?

Y se me ha quedado mirando, callada, porque no le salían más palabras, porque no quería decirlo. Porque hoy hace un año que nos pasó esto. Porque hemos conseguido vivir sin ella, y todavía nos da la sensación de que no hubiéramos debido lograrlo.

Su familia ya no vive en la misma casa. Han alquilado el apartamento que recibieron del gobierno porque no llegaban a pagar las mensualidades. Con el dinero de ese alquiler, además de pagar la mensualidad del apartamento, alquilan una pequeña casa de ladrillo, bastante digna, con dos habitaciones. Han comprado una máquina para hacer injeera y parece que las cosas les van bastante bien. Su madre todavía lleva el jersey de chándal de Zewde. Empiezo a preguntarme si se lo ha quitado alguna vez en el último año. Al margen de ello, la señora me ha saludado con su habitual afecto, un afecto que no merezco, sobre todo si tenemos en cuenta que le devolví a su hija en una caja de madera.

La misma F. ha cambiado. Ahora lleva el pelo largo, y ya no nos duele tanto que se parezca tanto a su hermana.

El tiempo pasa, las heridas siguen allí, pero duelen siempre un poco menos. Un año después, somos más fuertes, somos mejores, somos distintos. Un año después, miramos atrás, y entendemos que podemos seguir adelante. Podemos seguir adelante, incluso aunque ella no pudiera. Un año después, su ausencia hay días que duele tanto que nos corta el aliento. Pero seguimos respirando.

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Jun 18

VEO VEO

A la Santa Infancia le gusta jugar con mi cara. Me apartan el flequillo y exclaman ¡mira, parece otra! Me quitan las gafas y también parezco una persona distinta. Imito a un pez, y parezco un pez. Hago como que duermo, y parece que me he muerto. Finjo enfadarme, y les doy miedo porque no me reconocen.

Con los años, la Santa Infancia me conoce mejor que yo misma. Les basta una mirada para saber el contenido exacto de mis emociones. Saben hasta dónde pueden probarme, saben cuándo estoy triste (normalmente también saben los motivos de mi tristeza), y saben que hay días en los que no me canso de cantar.

Este año he empezado a conducir. Hace poco llevé a varios de los grandes en el coche un domingo. Cuando volvimos, les pregunté que qué les habían parecido mis habilidades conductoras.
_ Lo haces bien, pero te falta seguridad en ti misma.

Si mi madre no estuviera viva y coleando, pensaría que su espíritu ha poseído a mi Santa Infancia. Esta frase podría resumir a la perfección mi vida entera, supongo. Ellos son así, cuando menos te lo esperas, te ahorran la visita al psicólogo. Y gratis, tú.

La Santa Infancia son tremendamente intuitivos. Rara vez ven las cosas blancas o negras, sino que ven los matices, los grises, los rojos… Te miran y ven la persona que eres, pero también la que te gustaría ser y la que deberías ser. Te miran y te ven tal como eres, con tus sombras y tus dudas, con tus culpas y tus logros. Toda tú, concentrada en sus ojos, en sus vidas.

A veces da miedo que alguien te conozca tan bien.

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Jun 04

NUEVA VIDA

La semana pasada nos llegó D., fresquita y todavía con aroma a autobús desde el gueter. Es de Goyam, huérfana y vive con su abuela a la que, para variar, le faltan cachos. Trece años y, hasta el momento, ni una letra en su vida. Fue verla y admitirla todo uno, porque decididamente pertenece a nuestro target de beneficiarios.

Los dos primeros días, como suele suceder, los pasó sentada al lado de Brother House, callada, tratando de pasar desapercibida y mayormente aterrada. Saludaba educadamente por las mañanas y antes de irse por las tardes. Y ya.

El tercer día… el tercer día le dio el subidón, y empezó a reírse por todo. Y empezó a besarme, y a abrazarme constantemente, maravillada de la vida. Y yo la abrazaba también, y nos reíamos como dos tontas. Tontas del bote. Y yo hacía muecas, y ella las imitaba, y nos volvíamos a reír. Y el resto de la Santa Infancia nos miraba un poco perpleja, porque ya se les ha olvidado que ellos también, un día, descubrieron las risas y los abrazos, y que a ellos también les dio un subidón que parecía que iban drogados de vida.

Los días han pasado, y D. se ha tranquilizado un poco, a Dios gracias. Sigue maravillándole cuando pronuncio su nombre por las mañanas, y todavía bastante a menudo viene y me abraza fuerte, fuerte, como si tuviera miedo de no poder hacerlo nunca más.

La Santa Infancia, a veces, se ríe de ella y le toma el pelo, y la llama komche. Ellos, que nacieron en New York. Hace un par de días me enfadé, y les dije que reírse de D. es reírse de ellos mismos, de sus padres, de su cultura. Y asintieron circunspectos (ellos también saben), y se pusieron a trenzarle el pelo a D., para que parezca un poco menos komche.

Ella está encantada de la vida, pero a mí, a veces, cuando la veo tan, pero tan emocionada, se me hace un nudo en el estómago, porque sé que la emoción pasa, y te queda la soledad de una ciudad en la que cada uno va a lo suyo, en la que no entiendes nada y en la que nadie te entiende. Porque los niños komche, aunque se olviden de que una vez fueron komches, siempre tienen como una tristeza dentro, como una nostalgia en los ojos. Nostalgia de piedras, de montañas, de espacios abiertos. Nostalgia de gueter, supongo. A los frenjis nos pasa algo parecido.

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May 28

POLÍTICA

Sí, nena, que este también es un blog con aspiraciones. Porque ustedes, a tenor de lo que leen en esta página, deben de pensar que servidora vive en el limbo, que no se entera de nada. Y mayormente es así. Pero no siempre.

Las elecciones fueron el pasado domingo. La jornada, de lo poco que se sabe (o que sé yo), transcurrió con normalidad. Durante las dos últimas semanas, el partido oficial (de cuyas siglas nunca consigo acordarme) llenó la ciudad de carteles con abejitas, que es el símbolo del partido. Que yo al principio pensaba que era que vendían miel, pero luego ya empezó a mosquearme que se vendiera miel en cada rotonda de Addis Abeba, y decidí pararme a leer uno, y me dí cuenta de que no era que vendieran miel ni que hubieran rociado insecticida contra los mosquitos de la malaria. Los cartelillos con los que nos han empapelado pedían el voto para el partido del amigo Meles. Parece la ciudad el feudo de Ruiz Mateos, con tanta abeja y tanta colmena. O la Facultad de Farmacia de Pamplona.

Además del partido de mister Zenawi, están los demás, la oposición que, a lo que parece, son un ciento, bastante pequeños, y mal avenidos. Y que el amigo Meles, que controla todos los medios de comunicación del país, pues no les deja mucho espacio en ningún sitio para promocionarse, y eso te limita. Claro.

El caso es que, tras algunos incidentes en los campus universitarios de Arat y Setdist Kilo hace un par de semanas, las elecciones transcurrieron el domingo con normalidad. Y así, para celebrarlo, el martes el partido oficial organizó un acto de apoyo a sí mismo en Meskel Square, que, según lo visto en televisión, se convirtió en una fiesta de la victoria. Vamos, que tenemos Meles Zenawi pa’ rato, porque a estos no los quitas ni con agua caliente.

Y ahora a esperar los resultados que, me da a mí en la nariz que los darán coincidiendo con la próxima fiesta que conmemora la caída del Derg (la junta de gobierno comunista que gobernó después de Haile Selassie) y, hala, más victoria todavía.

Y es que el amigo Meles, dicho así entre nosotros, siempre gana. Y si no, que venga alguien a discutírselo. Yo, desde luego, no pienso, a ver si me van a cerrar el garito, y me tengo que poner a buscar un trabajo asalariado.

P.D: La Embajada nos ha invitado a la recepción/fiesta de apoyo a la selección de fútbol, dentro de una cosa que se llama Desafío Cruzcampo y que no tengo ni idea de lo que es, porque todas las páginas webs que he intentado consultar para averiguarlo son de fútbol y están llenas de animaciones imposibles de abrir. En cualquier caso, adivina quién no va a ir…

P.D 2: Me he enterado de que, al final, el dinero de la Cooperación sí se toca. Y yo que ya me estaba haciendo la camiseta con la frasecilla…

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May 21

THE BOSS

Nunca pedí ser jefa de nadie. Hay quien tiene aspiraciones, quien se siente empujado a altas responsabilidades. Yo no. A mí me encanta ser subordinada, obedecer, ser la empleada perfecta. Y eso se me nota. De hecho, mis actuales empleados me toman por el pito del sereno.

Ayer, sin ir más lejos, eran las ocho y, salvo las señoras de la cocina que empiezan a las siete, el resto de trabajadores estaba totalmente missing. Una limpiadora, una encargada de taller, tres profesoras, una enfermera, un chófer y un trabajador social. Todos llegaron con retraso. La mayoría alegaron la lluvia (increíble, pero aquí la lluvia es un motivo ampliamente aceptado para llegar tarde a trabajar). Sólo que empezó a llover a las ocho y cinco.

Lo mejor del caso es que, si yo les hago notar que me molesta profundamente que lleguen tarde, se rebotan y no me hablan el resto del día. Y entonces me angustio y me pongo a pensar que a lo mejor tendría que habérselo dicho de otra manera, o que, total, no es para tanto, llegar tarde cuatro de cada cinco días. Y, al final, casi, casi que les acabo pidiendo perdón.

Como se habrá entendido, soy alérgica a los enfrentamientos de cualquier tipo. Me paso la vida evitando confrontaciones. Pienso que a mí me causaría una profunda crisis que alguien me dijera que soy una vaga, y no puedo evitar pensar que este sentimiento es universal. En esta línea, intento evitar sufrimiento a las personas que trabajan conmigo. Y así, cuando ya van dos semanas en que la señora de la limpieza pasa de limpiarme la oficina, ¿qué hago?. Pues me cojo el trapo, la fregona y la escoba y la limpio yo. Como una reina. Y si el trabajador social se niega a hacer los reports que le corresponden, pues llego yo, y, cuando ya pasan quince días de la fecha en que debía haber entregado sus informes, se los hago y pongo su firma junto a la mía, para que los que lo supervisan no se den cuenta de que no los ha hecho él. Y luego aguanto sus quejas diciendo que me entrometo demasiado en su trabajo.

Soy una jefa terrible, lo sé. Ellos también lo saben.

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May 19

LLAMADA EN ESPERA

La Santa Infancia se encontró el otro día una calculadora rota con forma de teléfono móvil, y nos hemos inventado un nuevo juego. Jugamos a que yo soy su secretaria, y recibo llamadas para ellos que les cambian la vida. Por ejemplo, que los llama la hija de Al-Amoudin, que es el señor más rico por estos lares, diciendo que, pasando por Koshe, ha visto a A. y se ha quedado profundamente prendada de su belleza, y que se quiere casar con él y ser felices y comer perdices en uno de los fabulosos palacios de su señor padre para el resto de sus días.

O que llaman para comunicarle a Z. que ha ganado el concurso de Míster Komche 2002 (no lo hay, pero debería haberlo), y que, a raíz de eso, lo han seleccionado para aparecer en un anuncio en televisión anunciando mantequilla de una cooperativa financiada por USAID en Welo (la veracidad está en los detalles). Y que, como el citado anuncio está también financiado por USAID, pues negociando, negociando (además de su secretaria, hacemos que soy su representante), conseguimos que le paguen dos mil birr por un día de trabajo (110 euracos).

O que un productor de Bolywood llama a D. para ofrecerle un papel estelar en la primera película india con protagonista etíope de todos los tiempos. Allí, además del salario, negocio las escenas de desnudo y besos, y nos morimos de la risa.

La verdad es que me sale bastante bien. De vez en cuando hago eso tan etíope -y, en mi honesto parecer, tan cateto- que es decir “ah?, ah?” cuando no entiendes algo al teléfono; y, cuando le comunico al interesado el objetivo de la llamada, tapo el auricular con la mano, para que la hija de Al-Amoudin o el productor de Bolywood no escuchen cosas que no son de su incumbencia.

Hay veces que se emocionan, sobre todo cuando negocio dinero de sus trabajos como actores en un serial de la Ethiopian Television, y me dicen por lo bajini “no insistas mucho, a ver si no nos van a dar nada”.

Cuando cuelgo, se quedan siempre un poco plof porque les encanta vivir la ilusión de lo imposible, e inmediatamente me dicen “mira que están llamando otra vez”, y me tengo que inventar otra historia.

Me gustaría creer que un día será verdad. Que alguien los llamará, y adivinará exactamente el color de sus sueños, y los hará realidad. Como mi fe no es lo bastante firme, de momento les cojo los recados que les da la vida. O los que debería darles.

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May 16

MATERIAL GIRL

Últimamente, dentro de mis funciones como gestora del desarrollo de la Santa Infancia, me ha tocado ir a Merkato varias y repetidas veces.

El Merkato provoca en mí sensaciones contradictorias, entre las que figuran el divertimento, el hastío y la desesperación, entre otras muchas.

Como los adeptos a la Cooperación al Desarrollo sabrán, los proyectos financiados por agencias oficiales se caracterizan por su facilidad de gestión y sus inexistentes cargas burocráticas. Para comprarte, pongamos por caso, unas bragas, tienes que solicitar tres presupuestos en tres tiendas distintas, evaluarlos de acuerdo a estándares de calidad, precio y disponibilidad fijados por la agencia en cuestión y, una vez hecho esto, pues ya eres libre de comprarte las bragas. Sólo que, para entonces, es oír la palabra “bragas” y ponerte a vomitar, pero como esto queda feo decirlo en un report que llevará tu firma y la de tres superiores tuyos, pues te lo callas.

Si, pongamos el caso, no se trata de comprarte unas bragas, sino quinientas bragas, que deberás adquirir en Merkato, porque es el único sitio donde venden bragas, la situación se convierte en el Gran Prix del Verano. Sólo te falta la vaquilla.

Y es que la gente en Merkato es de un heavy que asusta. Primeramente, no hacen presupuestos. Tal cual. Da igual lo que les digas, que les expliques que, sin presupuesto, no puedes comprar nada, que llores, que supliques, que implores. Presupuestos, caca. Y punto. Y ahí te sientes un poco Pretty Woman, con los bolsillos llenos de pasta para comprar cosas que nadie te quiere vender.

Además, la mitad de los vendedores no cotiza impuestos, con lo cual no pueden hacerte recibos de más de diez mil birr. Concluyendo: en el mejor de los casos, sales con cinco recibos por cantidades menores que escenifican a la perfección un fraude fiscal. O ni siquiera son vendedores legales, por lo que los recibos te los hacen en otra tienda. Y así, en tus facturas de material escolar, aparece el sello de un negocio de venta de colchones y almohadas.

La gran pregunta ahora es: cuando me lleven al trullo por irregularidades contables, ¿me llevarán a la prisión de Goterá (donde compartiría recinto con C., en el caso de que su aventura al margen de la ley acabe mal), o me meterán en una prisión dentro de la jurisdicción de la agencia donadora? La Santa Infancia ya ha dicho que, si la situación es esta última, se van ellos de cabeza a pagar por mis desmanes burocráticos. Son la mar de solidarios.

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May 07

CAMINO A LA PERDICIÓN

Cuando uno comienza a trabajar en nuestro proyecto, sea como profesora, cocinera o voluntaria, atraviesa varias etapas. Los primeros días, la Santa Infancia te parece lo mejor que te ha pasado en la vida. A las pocas semanas, te desesperas profundamente porque son increíblemente desobedientes. Posteriormente, ante el caos que te rodea, como no puedes abarcar todo, decides salvar a C.

En los cinco años que hace que lo conozco -ahora tiene quince-, nunca he entendido la fascinación que parece despertar C. en los que lo rodean. Desde mi punto de vista -y estoy tratando de ser objetiva-, no es un chaval excepcionalmente simpático, ni demasiado educado, ni muy gracioso, ni muy guapo, ni, desde luego, muy inteligente.

Su historia es dura, pero no menos que otras muchas historias de otros miembros de la Santa Infancia. Su madre se piró de casa cuando C. tenía cinco años, llevándose a todos sus hijos, menos al pequeño C. (con los años, no podemos menos que pensar que a lo mejor tonta del todo no era la señora). C. quedó al cuidado de su padre, un borracho simpaticón absolutamente incapaz de cuidar de su hijo. Desde hace siete años, C. ha vivido en varias casas con familias de acogida. Su padre falleció en la indigencia hace unos tres años, motivo que aprovechó su madre para aparecer de la nada y reafirmarse en su determinación de no vivir con un hijo que, con el pasar del tiempo, ni la quería ni la necesitaba. O eso pensaba él.

C. ha sido, y es, uno de los niños más queridos y ayudados de nuestro centro. Hemos hecho de todo por él. Ha asistido a más actividades extraescolares que una niña de Puerta del Hierro: ha practicado kárate, aprendido algo de guitarra, piano y flauta, malabares, manualidades varias, teatro y baile moderno. Cuando lo expulsaron de la primera escuela, le compramos un pequeño rebaño de ovejas para tenerlo ocupado durante el día. Le construimos hasta una caseta en la que debía encerrar las ovejas al caer la tarde y que quedaba bajo su entera responsabilidad. Creo que es la vez que más emocionado lo he visto. Pegó una foto suya en una de las paredes de la caseta. En una esquina colgó un impermeable que le dimos y en la otra guardó las botas de goma que también le proporcionamos como parte de su indumentaria de trabajo.

Poco más de un mes después, una noche uno de los perros mató una oveja, porque C. había perdido la ilusión y pasaba de encerrarlas en la caseta. Y tengo que decir que el pastoreo fue la actividad en la que mostró mayor perseverancia.

Como digo, C. es el niño que todos hemos querido salvar. Y es que no hay nadie que no lo haya intentado, al menos, una vez. Es algo sobrenatural. De hecho, cuando haces tus primeras fotos de la Santa Infancia, al poco de llegar, te garantizo que C. sale en una de las diez primeras fotos. Hasta ahora, ha figurado ya en calendarios de cuatro asociaciones distintas. Incluso los niños de la calle de un proyecto cercano al nuestro, de los cuatrocientos miembros que componen nuestra Santa Infancia, prefieren sin duda a C. Ellos también piensan que nunca hemos sabido entenderlo ni apreciarlo.

C. ha sido ayudado por tres proyectos distintos. Ha vivido en cuatro casas diferentes, con gente que, realmente, intentó quererlo y ayudarlo. Ha sido expulsado de dos escuelas. Lo hemos pillado robando (robándonos, se entiende) cinco veces. Y siempre le hemos dado otra oportunidad. Lo único constante en su vida ha sido nuestro cariño y su decidida tendencia a tomar decisiones equivocadas en momentos inadecuados.

La última semana la ha pasado en la cárcel. Le rompió la pierna de una pedrada a otro chaval de su escuela. Un chaval con posibles -se ve- cuya familia denunció la agresión. Además, la primera vez que la policía lo llevó al cuartelillo, se escapó. Hemos dejado pasar varios días antes de pagar la fianza para ver si así aprende la lección. Y hemos ido a buscarlo para darle otra oportunidad. Otra más. Además, hemos contratado una psicóloga hace poco, y ella también ha decidido salvarlo.

Yo no sé que tiene, que no podemos dejar de intentarlo.

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Abr 24

Y YO CON ESTOS PELOS

Vivir en Etiopía es bastante difícil. Y, si llevas el pelo corto, un poquito más difícil todavía. Supongo que por eso, hay muchos frenjis que cuando viven aquí se dejan y parece que estén permanentemente de camping: sin depilar y armados de complementos del Decathlon. Yo no. Yo saco lo mejor de mi misma en mi batalla cotidiana contra la desidia estética.

Si por la Santa Infancia fuera, yo me cortaría únicamente el pelo cuando empezara a tropezarme con él. No les gusta el pelo corto. Como mis amistades saben, durante mucho tiempo tiré de home made en lo que a estilismo capilar se refiere, pero no funcionó del todo (la Santa Infancia no es todo lo habilidosa que parece, y la Doctora sabe coser cabezas pero no arreglar el pelo que crece en ellas), y el año pasado me decidí a empezar a ir a la pelu.

Animada por La Doctora, nos fuimos a la armenia, que es una señora de Armenia (por si alguno lo dudaba) que tiene una peluquería enfrente del Gandhi Hospital donde va lo más granado del frenjerío local (esta palabra me la acabo de inventar, me temo). Mola bastante, en primer lugar porque tiene revistas de cotilleos en inglés, francés e italiano. Eso sí, son revistas del año del catacrac, con lo cual te tienes que conformar con ver a Lourdes María cuando todavía no tenía vello facial.

Lo mejor de la armenia, en cualquier caso, es la propia armenia, que es una señora que ha crecido en Addis y, mientras te corta y peina, te cuenta historias de la cuidad de hace mil años, en varias lenguas. Yo la oí hablar en francés, inglés, armeno e italiano, mientras recordaba cómo una vez intentaron mover el matadero de sitio y lo tuvieron que dejar ante el aluvión de serpientes que salían al remover los restos animales que hay alrededor, y que todavía hoy el visitante puede apreciar cuando pasa por Kera. Además, te sirve para enterarte un poco de los avatares de la comunidad armenia, que son un poco como lo judíos, que se han quedado esparcidos por todo el mundo.

Centrándonos en el terreno estético, la señora armenia está especializada en melena plisada con bucle al final, por lo que encuentra cierta dificultad -ella también- en los estilismos cortos, siendo los flequillos todo un desafío que no siempre solventa con éxito. Yo no salí descontenta del todo, porque me dejó un poco como la rubia de los Ángeles de Charlie. El problema es que llegué a casa y alguien me dijo que no parecía un ángel de Charlie, sino Camilla Parker Bowles. Y eso me dolió.

Con lo cual, la vez siguiente, la Doctora y yo nos encaminamos a Miki, una pequeña peluquería en frente del Club Griego, donde la dueña (que supongo que será Miki) sólo habla amárico. El resultado no fue malo (sobre todo teniendo en cuenta que cuesta tres veces menos que la armenia), pero, tras haber vuelto una segunda vez, tengo que decir que Miki es bastante independiente, y siempre me acaba plantando el estilismo “hongo nuclear”. Porque tú llegas a Miki y más o menos le dices lo que quieres, señalando los pósters de la pared. Como los pósters tienen pinta de ser de mediados de los ochenta, no escoges el que más te gusta, sino el que menos grima te da. Y luego Miki te hace el peinado “hongo nuclear” y a correr. Como esta vez se le fue la mano cortando -“esto te crece enseguida, ya verás”, me consoló ella misma- una vez que me deshice el hongo me ha quedado una cosa a medio camino entre Julie Andrews y Amelie. O eso creo yo. La Santa Infancia, como siempre que me corto el pelo, ya me ha dicho que estoy horrible. Me gusta la épica de las batallas perdidas.

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Abr 03

EN EL NIDO DEL CUCO

Finalmente, nena, me he convertido en una asidua del Amanuel Hospital. Me gusta frecuentar los sitios más cool del momento. Vamos a ver a T. un día sí y uno no. Los días que no voy, me llama por teléfono a la noche para decirme que está bien y que no me preocupe. Es como tener un hijo de campamentos (supongo).

A fuerza de visitas, nos hemos hecho un pequeño círculo de selectas amistades entre los internos. Una de las cosas que más destaca es el buen nivel de inglés que exhiben la mayoría. Como ustedes pueden imaginar, en cuanto ven una frenji, se lanzan a practicar como locos gente que tiene muchas ganas de practicar el inglés. Hay uno que debe llevar allí la pera de tiempo, que sabe hablar francés, inglés, español e italiano, además del amárico. Me saluda todos los días en perfecto castellano:
_ Hola, ¿cómo está?
_ Bien, gracias, ¿y usted?
_ Bien también. Que pase un buen día.

Como dos jubilados.

Suelo ir por las tardes, cuando ya les han hecho efecto las drogas de la mañana. Están más tranquilos. Si voy por la mañana, necesito un seveñá al lado mío todo el tiempo, porque si no vienen todos a saludarme a la vez y no me dejan hablar con T.

El mejor amigo de T. ahí dentro se llama Miki, tiene 18 años, y afirma que hasta hace un par de meses era un buen estudiante de undécimo grado en una de las más prestigiosas escuelas de la ciudad. Yo no sé cómo sería hace dos meses, pero actualmente a Miki lo tienen de drogas hasta las cejas y se le cae la baba cuando habla inglés. Yo le digo que se atenga al amárico. Camina como un robot y le tiemblan las manos todo el tiempo. La semana pasada reunió las fuerzas necesarias para saltar el muro y pirarse, pero volvió al día siguiente por su propio pie. Con la Santa Infancia le hemos cogido cariño, y le hemos comprado una camiseta del Arsenal para Pascua.

Al lado del Amanuel Hospital está la iglesia del mismo nombre. T. me cuenta que, algunas noches, él y Miki se acercan hasta el muro, al lado de las cocinas, desde donde pueden ver la cruz que corona la iglesia. Y rezan. Rezan para que Dios vaya a buscar a sus ovejas perdidas. Y para que les devuelva la cordura.

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