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tarike.Org

Este blog no es una declaración de principios. No es un canto a la solidaridad, ni a la multiculturalidad, ni a nada. No aspira a ser un estudio en profundidad sobre el país en el que vivo o del país del que procedo. No representa necesariamente lo que la organización a la que pertenezco piensa, ni la realidad objetiva del proyecto en el que trabajo. Este blog es sólo mi historia. Como la vivo y/o como la invento. Sólo eso. Mi percepción y la percepción de quienes me rodean, en su mayoría menores de edad. No es objetivo, y tal vez ni siquiera sea cierto, pero para mí es tan verdad como mi propia vida.

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Ene 29

CAMPEONES

A veces, la Santa Infancia se fabrica trofeos hechos con chapas de refresco prensadas. Se pasan varios días chafando las chapas con piedras, y luego las ensamblan hasta crear una copa. Y, cuando la acaban, se ponen a saltar y a cantar, como si realmente hubieran ganado algo importante. Recorren todo el patio celebrando su inexistente éxito y, por un momento, se creen ese mítico equipo de las películas de Disney en el que nadie confía, pero que al final gana todo (y más).

Hoy, no sé por qué, nos lo hemos creído todos, y hasta las maestras saltaban con los niños, gritando que habíamos ganado. Y nos daba un montón de alegría pensar que éramos campeones, a pesar de no haber competido. Pensar que habíamos vencido, antes siquiera de participar. Vivir sólo el triunfo. Sentirnos, por un minuto, los primeros del mundo. Los más mejores.


Copa - Trofeo

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Ene 25

ENCUENTROS

Una de las cosas más lindas que me han dicho en la vida vino del mítico A. , algunos días después de su vuelta al centro, tras haber pasado más de un año en el gueter. Habíamos estado en total dos años sin vernos, y retomamos nuestras conversaciones sobre vacas, montañas e iglesias ortodoxas. Estábamos inmersos en una de esas charlas en las que él me cuenta su vida en el campo y yo me meo de la risa, porque tiene un modo muy gracioso de explicarlo. De repente, se puso serio:
_ Kaktus, tú… ¿me escuchabas?
_ ¿Cómo que si te escuchaba?
_ Durante este tiempo que yo no he estado, tú, ¿me escuchabas?
_ ¿Y eso?
_ Porque allí, en el campo, cuando rezaba, yo te hablaba
_ A., cuando uno reza habla con Dios, no con las personas
_ Ya, pero yo le decía que te contara todo, que supieras que estaba bien. Tú, ¿Me escuchabas?

Me quedé sin saber muy bien qué contestarle. A lo mejor sí. A lo mejor lo escuché. A lo mejor fue él que me llamó. A lo mejor por eso volví.

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Ene 21

NAIROBI

Hay una cosa de la que yo no hablo nunca, porque me da reparo. Del voluntariado. Aquí donde ustedes me ven, yo parezco una don nadie, una pringá. Y probablemente lo soy. Pero hay gente que ve más allá de mi evidente belleza física, y confía en mí para tareas de alto calado, y así recientemente me eligieron como representante de los voluntarios que trabajan en Etiopía con la congregación religiosa a la que pertenece el proyecto de la Santa Infancia, y me han mandado a Nairobi cuatro días a un encuentro de voluntarios laicos del África africana. Comparto habitación con una muchacha de Jo’burg, que yo pensaba que era el modo que tenían los enteraos de decir Yohannesburg, pero no debe de ser así porque la muchacha esta dice todo el nombre completo, como la gente normal.
Nairobi
A mí ya el programa del encuentro éste me tocó un poco los pies, porque yo del África, como digo frecuentemente, no he visto nada, y, ya que te traen a Nairobi, lo mínimo que te podrían enseñar sería un rinoceronte. Pero no. Nos han planificado una visita a un slum. A ver pobres nos llevan, como si no viéramos bastantes cada uno en nuestro respectivo país. Luego he entendido que gran parte de los participantes trabajan en oficinas de coordinación de proyectos, y los pobres los ven poco, y a ellos, que sí saben lo que es un safari, pues les tira más el slum para turistear. Porque en este encuentro no sólo hay voluntarios, sino también gente con un sueldecillo que ha viajado. Y que son un rollazo, porque se pasan la vida mencionando otros países distintos: huy, esta carne es como la que hacen en Ghana; ostras, ésos kaktus también crecen en Kinsasha; hala, el crepúsculo me recuerda a Bujumbura; pues los plátanos en Kigali son más sabrosos. Y así. Yo es que la gente viajada no la soporto.

Ayer tuvimos una especie de velada donde cada quien aportó lo que buenamente pudo. Y de allí la delegación de Etiopía salimos un poco chafaos, porque nos dimos cuenta de que vivimos en el África triste, y, de repente, nos apetecía vivir en el África alegre, que tiene unos cantos preciosos. Porque, reinas, qué bonita música la de los otros países. Qué divertidos los de habla portuguesa, y qué camisas coloridas. Los que venían del Congo intentaron consolarnos asegurando que la música allí también apesta, pero creo que lo decían por solidaridad. Yo ya estoy escribiendo a CCC para ponerme a aprender francés.

Y del voluntariado en sí, pues ya os contaré otro día. Tampoco es tan importante.

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Ene 14

SILENCIO

La madre de N. pertenecía al grupo de lo que yo, en mi interior, denomino Las Conchitas . Las deprimías, vaya. Era una señora perpetuamente enferma. Sin motivo aparente, pero enferma. Después de visitar varias clínicas privadas donde le hicieron un montón de pruebas sin resultados concluyentes, la llevamos a La Doctora, que dio con la solución en dos patadas: la única prueba que esta señora necesita es la del Sida. Y bacalao. Es lo que tiene La Doctora, que el Sida es que lo huele a distancia. Como si fuera col hervida.

En el proceso de counselling salió a la luz que la señora ya conocía su estatus de salud hacía varios años. Sólo que nunca relacionó el hecho de ser seropositiva con los múltiples males que la consumían. Eso, y que no quería que nadie supiera que era seropositiva. Le aterraba que se alguien se diera cuenta. “Me echarán de mi casa”, me dijo. “Te buscaremos otra”, le repliqué. “Me verán que voy al departamento del HIV/AIDS a por las medicinas”. “Puedes venir hasta la clínica de La Doctora, que está en Quintalapuñeta, y nadie te verá”. Lo más conveniente, en cualquier caso, parecía referirla a uno de los múltiples proyectos que trabajan para apoyar a los seropositivos en el barrio. Por supuesto, pequeño inconveniente: “no quiero que nadie venga a mi casa a darme medicinas, no quiero que nadie lo sepa”.

Con 50 CD4 no es que la señora tuviera todo el tiempo del mundo para decidir cómo afrontar la enfermedad, pero acordamos dejarla tranquila una semana para que pudiera elegir, de todas las opciones ofertadas (que eran múltiples y muy variadas, siempre protegiendo su intimidad), la que más cómoda le resultara. Eligió, al final de esa semana, marcharse a su pueblo a morir, como los elefantes. “Hubiera acabado antes disparándose”, sentenció La Doctora. Falleció dos meses más tarde. Pa´ nosotras la perra gorda.

Hace dos semanas, S. y su hermano mayor (al que yo no conocía), vinieron a verme. Su madre estaba en el hospital del barrio. Muy enferma. ¿Qué tiene?, les pregunté. S. (doce años) dijo que los médicos no les habían contado nada. Su hermano (18 años) bajó la mirada. Mandé a S. a jugar, e hice entrar a su hermano en la oficina:
_ ¿Qué tiene tu madre?
_ HIV/AIDS
_ ¿Lo sabíais ya?
_ Ella sí, pero nunca nos lo contó. Nunca dijo nada.

Ayer falleció. Tan pobre, tan pobre, que ni siquiera pagaba la cuota del heder. Ni tienda le han montado.

Es la quinta madre de la Santa Infancia que muere en los últimos seis meses. Las cinco de HIV/AIDS. Las cinco conocían su positividad desde hacía años. Las cinco callaron hasta que el HIV/AIDS las devoró vivas.

No las está matando el Sida. Las está matando el silencio; y la ignorancia. Las está matando el miedo.

*Heder: Asociación tradicional a la que pagas una pequeña cantidad al mes para que, cuando te mueras, te preparen un bonito funeral .

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Ene 12

MEMES

Cuando A. (niña, catorce años) me ha dicho que su maestra quería verme de nuevo, me he pillado soberano rebote, porque es la quinta vez que me llaman del colegio este año y sólo estamos en enero. Esto es una cosa que yo hago mucho, que cuando me llaman los profesores para hablar, a los niños los llevo ya gritados, porque así van más sumisos y el profesor se piensa que realmente se arrepienten de sus fechorías y les da otra oportunidad. Se llama marketing con causa.

Total que, tras advertirle previamente a A. que no toleraría ni una mentira, ni un “yo no he sido”, ni un “la culpa es del resto del universo mundo”, hemos ido a ver a la maestra de matemáticas, que me ha informado, bastante rebotada ella también, que A. no presta atención en matemáticas. “Toma,”-he pensado- “ni en mates ni en el resto de asignaturas, que por algo ocupa el puesto 44 en un ránking de 50”. Pero me he callado y me he limitado a asentir circunspectamente. La maestra, realmente, no me llamaba por eso. Me llamaba por un cuaderno que le ha confiscado a A. y que ha abierto delante de mis ojos, diciéndome que había cosas terribles escritas. Yo, así, a bote pronto, no es que tenga una gran capacidad lectora del amárico, por lo que he seguido asintiendo circunspectamente (que es una cosa que, con los años, me queda bastante circunspecta). A simple vista, el cuaderno aparecía alfombrado de florecillas, brillantinas y corazones varios. Muy Candy Candy. Le he indicado a la maestra que leería con atención el cuaderno, dado que, según ella, el citado documento “is not good for her future life”. Obviamente, ante semejante diagnóstico, yo no he podido menos que volver a asentir circunspectamente, le he dado las gracias y nos hemos ido.

De vuelta a mi office (que la tengo), lo primero que he hecho ha sido llamar a M., que es una trabajadora nuestra, y pedirle que me ayudara a descifrar el cuaderno. Después de lo dicho por la maestra, yo ya había elaborado mis hipótesis, resultándome la más plausible que A. sea una madame y en el cuaderno apunte las citas de sus chicas. Yo, para mi Santa Infancia, quiero siempre lo mejor.

Un meme. Utilizan los cuadernillos para pasarse memes. La cosa funciona así: en la primera página, A. había escrito una cincuentena de preguntas, que luego sus amigos del cole contestaban en páginas subsiguientes. Sólo que, como son muy afanados, además de contestar el meme, pues ponen dibujillos o fotos de revistas o brillantina pegada. La verdad es que es el cuaderno que todo chino soñaría tener. Lo sacudes y te caen cinco flores secas, dos corazones de plástico y tres fotos de actores de cine indio.

Respecto a las preguntas, yo me esperaba “lo peor”, es decir, enterarme de que A. tiene vida emocional (y que me diera envidia), pero no, mira. Aquí van algunos ejemplos de las preguntas hechas por A. y contestadas por una de sus amigas:
_ De las tres letras del ABC anti HIV (Abstinence, Be faithful and Condom), ¿con cuál te quedas?
_ Abstinence
_ Si mañana se acabara el mundo, ¿qué harías?
_ Ir a confesarme
_ ¿Es el sexo una prueba de amor?
_ No

Asustada no, aterrada he quedado. Qué panda de fanáticas están hechas. Las respuestas, ni dictadas por USAID. Por cierto, que su color favorito era el rosa, la bebida que más le gusta es la Mirinda y la que menos el aguardiente local. Y que si un chico le gusta, pues que espera a que le entre y ya (pues espera, maja, espera).

Sí que había algunos poemillas que había escrito un chico del tipo “rezando le pregunté a Dios, ¿me querrá A. algún día?” (en amárico medio rimaba), pero ya. Nada de carnaza, vaya. Al final de nuestra lectura detallada, le he preguntado a M. , que tiene veinte años, por qué la profesora se había quedado tan escandalizada por una cosa natural y bastante ingeniosa en lo que a comunicación y modo de conocerse se refiere. La respuesta ha sido contundente:
_ Los profesores etíopes no entienden nada.

Yo he asentido circunspectamente.

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Ene 06

EL MES

Hoy ha acabado mi calvario. Ha vuelto Brother House. Debo ser la única curranta del mundo que cuenta las horas para que vuelva su jefe. Porque la vida sin Brother House es muy, muy dura. La vez pasada que hice lo que popularmente conocemos como El Mes se me retiró hasta la regla. Esta vez, que tengo más callo -han pasado cuatro años-, he conseguido menstruar a su debido tiempo pero, una vez más, he desarrollado un apetito compulsivo del que planeo hablar mañana (u otro día).

Y no es sólo que Brother House, trabajando doce horas al día 365 días al año, sea un vacío dificilillo de llenar, no. En el campo educativo (lo que viene a ser solución de problemas cotidianos de la Santa Infancia), me apaño bastante bien. Y cuando no me apaño, con decir “lo hablamos cuando vuelva Brother House”, pues tira que te va. Lo que más me cuesta es la gestión de los campos de fútbol y otros deportes.

Lo de los campos de fútbol, verdaderamente, es más difícil que organizar la sección de lácteos del Mercadona (por lo menos). Vaya por delante que, como saben mis conocidos (y también la gente que me conoce menos, porque esto es algo que yo grito a quien quiera escucharme) O.D.I.O. el fútbol. En todas sus variantes: Futbito, fútbol ocho, fútbol sub-18, fútbol sala, fútbol sub-21…. De hecho, una de las más importante motivaciones a la hora de volver a Etiopía fue el hecho de que el equipo de mi cuidad natal ascendió a Segunda División. Aguanté la primera jornada de liga. Y, mientras no desciendan, aquí que me quedo. Creo -y sé que es una opinión profundamente polémica- que el fútbol saca lo peor de la gente. Y eso que yo, de pequeñita, era fan de Pelé. Pero sólo cuando lo veía en Evasión o Victoria.

Así las cosas, como se puede imaginar, me toca un pie quién juegue en cada campo o quién tenga que arbitrar cada partido. No entiendo las reglas. Y no me importan. En teoría, hay fans del fútbol (de todo tenemos) que sí entienden de estas cosas y están a cargo de los distintos torneos. El problema es que todo el barrio quiere jugar en el mismo campo, que casualmente es el de baloncesto. Porque ahora se ha puesto de moda jugar a futbito. Una pasión que los que normalmente juegan al baloncesto en el mismo terreno no comparten. Al margen del problema del campo, está el problema del balón. Porque tú no lo sabías, reina, pero a futbito se juega con un balón del número 3. Sí, los balones vienen numerados en función de su tamaño. ¿Que cuál es el número 3? El que no venden en Etiopía. Y a futbito, aunque tú no lo entiendas (porque eres cortita), o se juega con balones del número 3 o no se puede absolutamente jugar. Y todo el mundo sabe que la juventud, si se ve privada del fútbol durante más de dos días seguidos porque tú no has encontrado el puto balón, pues no tiene más opciones que darse a las drogas o a la bebida (aquí no venden la Wii). Por tu culpa.

Luego, para los amantes del fútbol clásico, tenemos dos campos: uno dependiente del centro en el que trabajo y otro que, por pertenecer a las escuelas que se encuentran en el mismo recinto, queda, en teoría, fuera de mi jurisdicción. En la práctica, resulta que, aunque ambos campos se asemejen con milimétrica precisión, el de las escuelas es más inestable -dicen. Ni muerta me he acercado a comprobarlo- y, según los expertos jugadores, se producen más lesiones allí, y entonces se vienen a jugar a nuestro campo, que es donde juegan los pequeños, que, aun siendo pequeños, si no tienen su partido diario de fútbol se ponen a aullar como cabrones. Y entonces yo sitúo a los pequeños en el campo de las pequeñas (que también juegan al fútbol, porque somos muy modernos. Ahora entiendo yo por qué las monjas nos ponían a hacer punto de cruz, coño), y entonces son las niñas las que aúllan porque sólo les queda el campo de voley y la pelota les choca en la red. Y yo en ese momento me pregunto qué tiene el ajedrez que lo hace tan poco popular y se me queda la cabeza como en blanco mientras me imagino un porche lleno de niños con corbatas y jerseys de punto, concentrados en una sucesión interminable de acertijos reflejados en los escaques. “Dios mueve al jugador, y éste la pieza. ¿Qué Dios, detrás de Dios, la trama empieza?”, citarían, embebidos de inteligencia, mesándose una inexistente barba.

Después de un mes de tensiones cotidianas, aderezadas por la celebración del campeonato organizado por el Kebelé* que voló de un plumazo el precario equilibrio que había conseguido establecer tras tres semanas de duras negociaciones, hoy, cuando me han planteado por enésima vez el acertijo de “somos cuatro equipos y los cuatro queremos entrenar a las cinco de la tarde en un campo para nosotros solos, pero tú sólo tienes tres campos que ofrecer” -que a mí me vienen ganas de responder como al chiste de los cuatro elefantes en el Seiscientos: “dos delante y dos detrás”, por decir algo-, pues me ha venido como una risilla y les he dicho, después de algunos minutos de reflexión: “Tururú. Ya ha vuelto Brother House. Se lo preguntáis a él”. Y me he quedado tan ancha.

Kebelé: Es la autoridad loca, de barrio. Como el ayuntamiento.

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Ene 02

FUN, FUN, FUN

El otro día (que es una expresión muy española, que lo mismo puede indicar ayer que hace quince años), G., como persona libre que es, a sus doce años, decidió que ya había aprendido todo lo que tenía que aprender dentro del sistema educativo convencional y dejó de asistir a la escuela. Se ve que, analizando la bonanza del sistema educativo público etíope, le pareció que después de tercero de Primaria todo es cuesta abajo, y coligió que con lo que sabía tenía bastante. G. tomó esta decisión unilateralmente, sin comentarla previamente ni con sus padres ni conmigo. Que yo a lo mejor le hubiera dado la razón, oyes, pero el caso es que permaneció callado como una sexoservidora. Sus amigos, que son muy majos pero un poquitín cretinos, tardaron dos semanas en analizar y acordar la conveniencia de informarme de la deserción escolar de G. Por lo que, cuando dicha circunstancia llegó a mis oídos, G. llevaba tres semanas sin ir al cole. Y el sistema etíope será un caos pero, en Addis y en Fernando Poo, si faltas a clase sin justificación durante tres semanas, amigo, tienes un problema.

Desde la escuela solicitaron la presencia de sus progenitores. Y esto nos avocaba a un nuevo problema: G. no quería decirles que había dejado la escuela. Cuando al día siguiente me vino con un ojo morado (y sin padres acompañándolo), entendí por qué. Y así, aprovechando que era 24, me fui a ver a los padres de G. para felicitarles la Navidad frenji, que es una cosa que aquí a nadie le importa.

Fuimos con el sujeto de análisis -esto es, G.- y con uno de los mayores (M.) por cuya casa habíamos pasado previamente a saludar a su madre, que estaba en la cama escupiendo los pulmones (literal, mientras escribo estas líneas está ingresada en una clínica de una conocida congregación religiosa). Ya ambientados tras la deprimente visita a la madre de M., llegamos a casa de G. Allí encontramos a su madre que me saludó sin muchas ganas. Yo le comenté que venía a hablar del pequeño problema de G. y su tensa relación con la dinámica educativa y ella me contestó que no me preocupara, que al día siguiente G. se iba al pueblo y así se acabarían todos los problemas.
_ ¿Con quién se va?
_ Con una gente que conozco -respondió vagamente
_ ¿Y con quién va a vivir en el pueblo?
_ No sé, se las apañará
_ ¿Y que comerá?
_ …
_ ¿Y si se pone malo?
_ …

Vamos, que le habían comprado un billete de ida al gueter lo mismo que hubieran podido dejarlo en Bole Road (puestos a abandonar, yo abandonaría allí) y salir corriendo. Le pregunté también por el moratón en el ojo, y me dijo que el padre se había pillado tremendo cabreo por la apostasía escolar de G. Tanto, tanto se había enfadado que no le habían quedado ganas de ir a la escuela para solicitar la readmisión.

Yo, que a veces paciencia me falta, me puse un poquito nerviosa, porque no me parecía ningún tipo de solución esta de transformar a G. en una versión de Heidi sin abuelo, sin perro y sin colchón de suave heno sobre el que dormir. Sobre todo porque miraba a la madre, que me estaba diciendo que quería abandonar a su hijo con una cara absolutamente carente de ningún tipo de expresión, sin mirar ni siquiera al niño que, aunque es un bastante macarra, se estaba derrumbando en un rincón.
_ Pero es que no me obedece -me dijo
_ A mí tampoco -le repliqué
_ Y me insulta
_ A mí también
_ Y llega tarde a casa
_ Al centro viene siempre tarde
_ Y no lo quieren admitir de nuevo en la escuela
_ Lo sé
_ ¿Qué puedo hacer?
_ Quererlo. Yo lo quiero. Tú también puedes quererlo.

Y allí me pasó una cosa muy rara, porque a la señora le empezaron a caer unas lágrimas extrañas, que no le modificaban en absoluto la cara, pero la que veía borroso era yo. Y, de repente, no sé por qué, me dio por pensar que las leyes del mundo deberían prohibir que la gente dejara de querer a sus hijos. Sobre todo en Navidad. Y como ya no sabía muy bien qué decir, seguía pensando “ésta quiere abandonar al niño porque no sabe que es Navidad. Si lo supiera, a lo mejor no lo abandonaría”. Pero era un pensamiento bastante estúpido, porque en Mekanissa aquel día no era Navidad.

Al final, acordamos que el niño permanecería en su casa y yo me haría cargo de él durante el día. Lo he tenido esta semana arbitrando partidos de los pequeños y ayudándome a cambiar interruptores y cristales (estoy inmersa en una furia sin precedentes por el bricolage). Me sigue a todas partes como un perrillo, y, cuando se aburre, se dedica a desatascar los grifos. Ayer volvió a intentar por su cuenta que lo admitieran en la escuela y, mira por dónde, el maestro se apiadó de él y vuelve a estar escolarizado. A su madre le he mandado una docena de huevos y un kilo de café, en pago por los servicios prestados por G. esta semana. G. ha dicho que se había puesto bastante contenta (supongo que el champán lo descorchará en otra ocasión).

Es un poco lo que pasa con la Navidad aquí. Que a veces, de tanto echarla de menos, de tanto prescindir de ella, no te das mucha cuenta cuando llega.

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Dic 25

CUENTO DE NAVIDAD (PARA NIÑOS)

La llegada de los Magos había roto por completo la tranquilidad de la noche. Algarabía de asombro y alegría en las calles oscuras. Dentro del portal, sin embargo, reinaba el silencio. El Niño dormía. Los Magos, de rodillas, murmuraban oraciones en una lengua extraña. La Madre, algo azorada, velaba el sueño de su Hijo. El Padre, a su lado, no acababa de creerse todo lo que había visto y vivido aquella noche. En el umbral de la amplia puerta, una veintena de pastores trataban de abrirse paso a discretos codazos para ver al Niño de cerca.

La Madre miraba con ternura a aquellos hombres de monte que habían caminado varias horas para conocer a su Hijo. Por primera vez, habían dejado sus rebaños en el monte para venir a contemplar un milagro que no acababan de comprender.

De repente, entre los rostros curtidos por el sol, le pareció ver una luz. Dos luces. Dos ojos oscuros, encima de la sonrisa más blanca que jamás había visto. Un rostro menudo que se confundía con la noche. Y otro más. Y otro. Parecían niños, pero ella nunca había visto niños tan oscuros. Uno se había subido a hombros de otro, para ver mejor, mientras el tercero, bueno, la tercera, daba pequeños saltitos intentando superar los fornidos hombros de los pastores.

La Madre se levantó y, no sin antes dar un pequeño vistazo a su pequeño, se abrió paso entre los pastores que, con gestos de asombro, hicieron un pequeño pasillo, al final del cual quedaron los tres niños, sorprendidos y algo avergonzados. Temblaban.

_ Venid dentro, los animales os darán calor también a vosotros – les invitó la Madre y, cogiendo a la niña de la mano, recorrió de nuevo el pasillo abierto entre los pastores hasta el pesebre donde dormía el recién nacido.

Los niños, todavía asombrados, la siguieron y, sin decir nada, se sentaron en una esquina. El más mayor de los tres se llamaba Tesfaye que, en su lengua, quería decir “Mi esperanza”. Vestía un curioso mono de esquiar que, seguramente, había pertenecido antes a un niño que sí sabía lo que era esquiar. Las perneras estaban cortadas a la altura de las rodillas. Tesfaye no sabía por qué. Unas chanclas completaban la extraña indumentaria que atraía los comentarios de los pastores, que tampoco sabían lo que era esquiar.

El otro niño era un poco más pequeño, de unos cinco años. Se llamaba Hulumayew. Quería decir “He visto todo”. La madre de Huluayew era ciega, pero le gustaba recordar todo lo que había visto de pequeña. Hulumayew llevaba un pantalón corto y una camiseta de manga corta, con capucha. Ambos de incierto color marrón, porque a Hulumayew le encantaba jugar con la tierra.

Tarikua, la niña, miraba sobre todo a la Madre. Como ella no tenía, le parecía que aquel Niño era muy afortunado. Era una Madre muy guapa, pensaba Tarikua, mientras trataba de tapar los agujeros de su raída falda.

Entre los pastores comenzaba a cundir el descontento y la envidia. Aquellos extraños niños habían llegado los últimos, y, mira por dónde, ya estaban en primera fila. Los Magos seguían con sus oraciones, ajenos a los cuchicheos que alcanzaban un volumen creciente.

_ Míralos, qué mal vestidos
_ Sí, y solos, de noche, sin padres, qué irresponsabilidad
_ Y ni regalos han traído, menuda cara…

De pronto, Tesfaye se levantó, con energía.
_ No es verdad, sí que hemos traído regalos

La Madre lo acalló con un gesto.
_ No tenéis que traer nada. No hace falta. Ya lo han traído los demás. No os preocupéis
_ Pero es que sí que hemos traído algo – reafirmó Tesfaye
_ Bueno, pues que se lo den de una vez – espetó uno de los pastores de la segunda fila

Tesfaye se acercó al pesebre, despacio.
_ Mira, Niño, lo que te he traído. Una muñeca. La encontré en un basurero. Es que no sabíamos que podríamos llegar hasta Tí -explicó con embarazo – pero ya verás, ¡está casi nueva!

La Madre tomó la muñeca. Era la muñeca más fea del mundo, toda despeinada, sin un brazo y con un solo ojo. La Madre la cogió con mucho cariño, porque sabía que cada muñeca tiene su alma, y que no todas las muñecas son bonitas. La Madre sabía que en el mundo hay muchas muñecas sin ojos, y sin brazos, y sin voz. Colocó la muñeca en el pesebre, junto al Niño, que empezó a chupar con deleite uno de los pies de la muñeca.

Todos miraron al niño pequeño, que dio un paso al frente y, con voz temblorosa, dijo:
_ Yo te he traído estas piedras -y abrió su pequeña mano, dejando ver seis piedras de colores brillantes- son las piedras más bonitas que he podido encontrar -explicó orgulloso- y con ellas podrás jugar a un montón de cosas, ya verás. Si quieres, yo te enseño en cuanto crezcas-, acabó, y dejó las piedras a los pies del niño, que las miraba encantado. Una era un trozo de ladrillo, y otra estaba hecha de sal. Dos tenían el brillo de las piedras de río, y otra era una piedra manchada de pintura roja. La última era casi transparente, como un trozo de cristal.

_ Mi regalo no es para tí, Niño -empezó Tarikua- sino para tu madre. Es un amuleto -explicó, quitándose del cuello una pequeña bolsa de cuero –en mi país dicen que da fortuna a quien lo lleva. Señora -dijo, dirigiéndose a la Madre- espero que usted viva para siempre, para que pueda darle al Niño todos los besos que necesite -completó.

La Madre cogió el trozo de cuero. Sabía que ahí dentro estaban todas las ilusiones de la niña, la poca fortuna que había tenido en la vida. Se lo colgó al cuello con una sonrisa y besó a la niña que, despacio, volvió a su rincón.

Los pastores miraban estupefactos la escena. ¿Cómo podía alguien llevar semejantes asquerosidades como regalo al Rey de Reyes? ¡Qué desfachatez la de aquellos niños! De nuevo, murmullos de indignación en el umbral de la puerta.
_ ¡Piedras!… Los magos, al menos, han traído oro, pero piedras… ¡A quién se le ocurre!
_ Y qué muñeca más horrible, si hasta le falta un ojo…
_ Amuletos, brujería… todo superstición inútil…

_ Con la de gérmenes que tendrán todas esas cosas, a ver si el niño se las va a meter en la boca y vamos a tener un disgusto…
Los pastores no se habían dado cuenta, pero la Madre no perdía palabra de lo que decían. En un momento dado, alzó la mano, pidiendo silencio:
_ Niños, mi hijo y yo os damos las gracias. De corazón -añadió, mirando de reojo a los pastores, que callaron, avergonzados-, porque de corazón nos habéis hecho vuestros regalos. Tal vez la gente no se acuerde de estas bonitas piedras, o de esta muñeca tan sabia, o de este amuleto de esperanza, pero no os preocupéis, porque ni mi Hijo ni yo olvidaremos vuestra ofrenda.

Sin saber muy bien por qué, Tarikua, Tesfayw y Hulumayew sintieron por dentro un calor muy bonito, que les hizo olvidar el frío de la noche. Era la sonrisa del Niño, que les iluminaba el corazón.

—————————

Las agujas del reloj marcaban las diez de la noche. El encargado del enorme centro comercial apagó la luz de su oficina. Su mujer, sus hijos y sus suegros le esperaban en casa para cenar, mientras veían el especial de Navidad en la tele. Había sido un día muy atareado, con cientos de clientes que corrían apresuradamente buscando los últimos regalos de Navidad para esa tía que vivía en una residencia para ancianos (qué sorpresa se iba a llevar con ese nuevo pañuelo -el décimo en los últimos diez años- para su desvencijado cuello) o el hijo, ingeniero, que había venido de Londres en el último minuto (“qué le compro, si es que ya tiene de todo”, se oía murmurar en las tiendas).

El encargado echó la llave de la oficina y recorrió los pasillos, apagando las luces, colocando aquella guirnalda caída y asegurándose de que todas las tiendas estaban cerradas y bien cerradas. Ensimismado en sus pensamientos como estaba -seguro que su suegra recordaría con nostalgia esa receta de cardo que nunca quería preparar, pero que era indudablemente mejor que la que su mujer había cocinado con esmero-, se paró inconscientemente delante del Nacimiento montado en el recibidor central del edificio. Este año se había superado a sí mismo, comprando preciosas figuras de escayola y recubriendo la escena con musgo de verdad. Había tenido que conducir dos horas en el puente de Todos los Santos para llegar al monte y coger el musgo, cuyo perfume se resistía a morir entre las fragancias que los dependientes pulverizaban en las distintas tiendas.

Y, de repente, los vio. Tres muñecos de tosca plastilina, en una esquina del portal de escayola. El encargado esbozó una mueca de disgusto ante los trocitos de raída tela que cubrían las primitivas figuras, con caras marrones y pelo hecho con alambres rizados, recubiertos de lana negra. “Desde luego”, pensó, “la gente es que no respeta nada”. Y recordó haber visto rondando por el centro al hijo de una de las limpiadoras, Sara, que era de Cabo Verde. O de Eritrea. El encargado no se acordaba. Distinguía a las limpiadoras entre “colombianas”, que hubieran podido ser de México o de Perú; “marroquíes”, todas aquellas que no llevaban pantalones; y “africanas”, desde el Sáhara hasta Ciudad del Cabo. Intentaba adaptarse a los nuevos tiempos, y jamás usaba las palabras “negra” o “mora”.

Iba ya a tirar los muñecos a la basura, pero en el mismo ademán de coger a la que parecía una niña (llevaba falda), quién sabe por qué, le dio apuro. Como vergüenza, allí, en la soledad del centro comercial vacío. Ya arreglaría el Belén el 26, se excusó consigo mismo, mientras advertía algunas pequeñas piedras tiradas aquí y allá alrededor del mofletudo Niño Jesús. “Total -reconoció para sus adentros-, la gente está tan ocupada comprando, que no creo que nadie se haya dado cuenta”.

Apagó la última luz, echó la verja, y se dirigió a su casa. Sin saber muy bien por qué, una sonrisa así como tonta le nacía entre los labios.


felicitacion 09 español

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Dic 19

UNDER MY SKIN

Hace algunos meses me salió un chert en la mano izquierda. En inglés se dice ring worm y algunos los llaman anillos de pobreza (se ve que Marta Luisa de Noruega nunca ha tenido uno).
Como suele suceder, al principio no me dí cuenta. Era un hormigueo apenas perceptible, y pensé que me había picado un mosquito. Con el tiempo (y la dejadez por mi parte), fue adquiriendo una perfecta forma redonda, como una quemadura. Como si alguien me hubiera marcado.

El caso es que a mí me gustaba tener esa señal en el dorso de la mano. Lo veía como un símbolo de todo lo que cada día me pasa la Santa Infancia. Lo bueno y lo malo. Ellos (la Infancia), que están llenos de cherts, sin embargo, no acertaban a identificar el mismo hongo en una piel blanca, y me preguntaban constantemente si me dolía. Yo les decía que no, que sólo, de vez en cuando, por las noches, me despertaba rascándome.

Al final, como una cosa es el simbolismo y otra el sentido común, opté por comprarme una crema frenji y comenzar a medicar mi anillo. Todos los días, tres veces al día.
Y hoy, cuando me he despertado, después de una noche bastante larga, se había ido. Desaparecido. No queda ya ni la marca pálida de las últimas semanas.
Mis manos vuelven a ser mías.
Supongo.

De este tiempo de anillos imposibles y promesas mojadas, me ha quedado esta bonita canción:



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Dic 16

YAMEREBESHAL

Hoy hemos concluido la semana cultural decretada por el gobierno para todas las escuelas. Básicamente se trata de una exaltación de los distintos aspectos que componen la cultura etíope, especialmente en lo relativo a diversidad étnica.

Hoy era el gran desfile final, y lo primero que hemos hecho ha sido adoptar el más puro espíritu etíope: por una chorrada de fiesta, hoy nadie ha trabajado. Porque sí. No había seveñá en la puerta, no había cocineras en la cocina, las maestras pasaban de los niños y la gente que debía trabajar en la cadena de producción de la escuela técnica ha decidido que hoy no tocaba trabajar. Todo muy abeshá.

Al margen de esto, la gracia del día es que todo el mundo ha venido vestido de una etnia distinta. Me too. ¿De qué me he vestido? Adivinen, adivinen… Bueno, que no tiene mucho misterio. Obviamente, me he vestido de komche . Me compré la tela en el Gulit de mis amores y uno de los sastres que tienen allí el puestillo me cosió un vestido a medida, verde con flores blancas. Luego me he calzado los mítico Kongo Chama (zapatos negros de plástico), foulard negro en la cabeza, crucecilla al cuello, pertinentes tatuajes tribales pintados con eye-liner, y a triunfar. La mejor parte es que la Santa Infancia me ha confeccionado un hato de leña, como las señoras que recogen la leña en Entoto para venderla (que es de lo más Komche que se puede hacer en la ciudad). Y allí he ido yo todo el día, con los pies pre-cooked (y repitiendome a mí misma “las uñas de los pies están sobrevaloradas, no las necesitas, no las necesitas”) y mi hatillo de leña a la espalda, que voy llena de cardenales (la Santa Infancia se ha emocionado y me ha cargado con unos diez kilos de leña).


yamerebeshal

Creo que puedo reivindicar humildemente el hecho de haber sido la primera komche de la historia con sujetador de Calvin Klein (realmente, ése era el puntazo, pero nadie se ha dado cuenta) y móvil. Las madres de la Santa Infancia, cuando me han visto, no podían parar de reír. K. me ha dicho que su madre tiene mis mismas medidas, por lo que le podría regalar el vestido si no lo voy a usar más.

Decidido: el año que viene, me visto de seveñá.

P.D: El título del post es lo que me decía hoy todo el mundo. Viene a querer decir “estás priciosa”.

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