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tarike.Org

Este blog no es una declaración de principios. No es un canto a la solidaridad, ni a la multiculturalidad, ni a nada. No aspira a ser un estudio en profundidad sobre el país en el que vivo o del país del que procedo. No representa necesariamente lo que la organización a la que pertenezco piensa, ni la realidad objetiva del proyecto en el que trabajo. Este blog es sólo mi historia. Como la vivo y/o como la invento. Sólo eso. Mi percepción y la percepción de quienes me rodean, en su mayoría menores de edad. No es objetivo, y tal vez ni siquiera sea cierto, pero para mí es tan verdad como mi propia vida.

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Mar 25

CONSEJOS PARA VOLUNTARIOS DE VERANO

A ustedes no se lo parecerá, pero el verano ya llegó. Nosotros, como muchos otros proyectos, empezamos a recibir solicitudes para pasar el verano con nosotros. Si en años anteriores me permití presentarles una tipología del voluntariado, este año me desmarco con algunos consejos y/o observaciones que harán la estancia de los voluntarios más fructífera:

  1. Seguramente no tendréis Internet y puede ser que tampoco teléfono. Haceos a la idea. Como ya apunté en su día, si necesitas hablar con una persona cada dos días, a lo mejor deberías estar pasando el verano con ella. Todo el mundo viene súper concienciado sobre culturas tribales, tamborileo y percusión, y estampados coloridos, pero nadie parece haber asumido que hay lugares en el mundo en los que, simplemente, no hay cobertura. O no hay agua. O no hay luz. Y, por cierto, la gente que ya vive allí no es tu secretaria ni tu cabina de teléfono. Al final del verano nos llegan unas facturas de cagarte, y nosotros somos voluntarios todo el año, ergo no tenemos ni un puto duro para pagar esas facturas que, by the way, no son nuestras. Tampoco nos gusta que nos hagas perder una mañana buscando postales, oficina de correos y sellos. No te has ido de vacaciones a Roma. Y cambiarte la foto de perfil del Facebook puede esperar un mes (y hasta toda la vida). Desconectarte, centrarte en lo que tienes delante, te ayudará a que verdaderamente la experiencia de verano te sirva para algo. Tienes todo el año para contarlo. Como corolario diré que abrirte un blog donde te comprometes a actualizar todos los días puede ser una promesa que no consigas cumplir. ¿Vas a escribir un blog o a trabajar?
  2. Trabaja con lo que tienes. Si tienes puzles, haz puzles. Si tienes piedras, piensa juegos con piedras. Sí, dibujar camisetas es más divertido que hacer un puzle, pero puede ser que no haya colores para tela, o que no sean los que tú quieras, o los que tú sabes usar o los que duran más sobre la tela. Sé apañado e imaginativo. Si tienes la posibilidad de preveer qué actividades vas a desarrollar, tienes al menos 20 kilos de maleta para llevar lo que necesites. Y, si no puedes llevar lo que necesitas, significa que tendrás que pensar en necesitar menos.
  3. Miss Niño Encantador del Verano. Es casi imposible pero, en caso de que vayas a un proyecto con niños, intenta no privilegiar descaradamente un niño sobre los demás. No es tu hijo. Dentro de un mes, no volverás a verlo en la vida. Es más el daño que le haces (luego no tendrá esa atención, y se resentirá) que la alegría de compartir treinta días contigo. Entiende que muchos proyectos tienen que pensar en el conjunto de niños que acuden al proyecto. Sería maravilloso que pudiéramos satisfacer todas las necesidades emocionales, materiales y educativas de todos y cada uno de nuestros niños, aprovechando sus particularidades y potenciando sus capacidades. En la práctica, semejante grado de individualidad es imposible. A lo mejor a ti te parece un Einstein incomprendido, pero seguramente todos los niños del proyecto, vistos de cerca, son genios. Siempre vas a llevarte mejor con unos grupos que con otros, es normal, pero intenta que no sea un solo niño.
  4. Tú lo vales, aunque no des nada material. La tentación fundamental es dar zapatos al que va descalzo, y un jersey al que va en camiseta. Coger tu Niño Favorito del Alma y ducharlo y vestirlo entero, y llevarlo a pasar la tarde a un centro comercial. ¿De verdad piensas que los responsables del proyecto no se han dado cuenta de que el niño va descalzo? Dar zapatos es súper fácil. Lo difícil es conseguir que el padre se quite veinte birr de alcohol para comprar zapatos a su hijo. Y seguramente el proyecto está trabajando en ello. No te metas. Si quieres dar algo, dalo a los responsables del proyecto que se ocuparán de distribuirlo a quien más lo necesita. Los más sucios no son los más pobres, sino los que menos se lavan. Estás premiando la dejadez y castigando al que se remienda los pantalones. Y, sobre todo, estás incentivando que todos los voluntarios sean evaluados por su capacidad de dar cosas materiales. Sé honesto, ofrece lo que eres. Toma el camino difícil y trata de pensar que, como persona, tienes valor sin necesidad de dar nada material a nadie. Cree que tu servicio es mucho más que dar zapatos.
  5. No juzgues. Nadie es perfecto. Como espero que haya quedado claro en este blog, quien pasa aquí todo el año se enfrenta cotidianamente a sus debilidades y sombras. Muchas de las decisiones del proyecto tienen motivaciones que en un me no alcanzarás ni siquiera a vislumbrar. Se basan en relaciones y trabajo de años. No pretendas, en quince días, saber todo lo que yo debería saber pero que, en ocho años, todavía no he conseguido averiguar. Observa todo lo que puedas, intenta ser lo más compasivo posible, y trata de entender a quien, al final, es la persona que se quedará aquí cuando tú estés en casa actualizando tu blog. Que vivamos en un país africano, o que hayamos decidido dedicar nuestra vida gratuitamente al servicio de los demás, no nos convierte en seres perfectos. Podemos ser igual de rastreros y mezquinos que el resto del mundo. A veces lo somos. Si fueras a hacer prácticas a una empresa, no esperarías que tu jefe fuera la Madre Teresa. Hay quien espera que nosotros lo seamos, y, obviamente, rara vez estamos a la altura de las expectativas. Hay menos héroes de los que parece. Y, por cierto, en un conflicto entre un voluntario y un trabajador, puede ser que el proyecto le dé la razón al trabajador y no al voluntario. Si uno de prácticas se pelea con la secretaria, puede ser que la empresa le dé la razón a la secretaria. O puede que no, si no la tenía. Pero, desde luego, no asumirá inmediatamente que el de prácticas tiene razón.
  6. No eres un turista. Puede ser que te pierdas la visita al monumento nacional de país en cuestión. Puede ser que nadie quiera llevarte a ver campos de refugiados (no son Disneylandia), o puede ser que te pases todo el mes sin salir del recinto del proyecto. Un mes es poco tiempo, va a haber muchas cosas que te quedes sin ver y sin saber. Pero, ¿has venido a ver o a trabajar? Los responsables del proyecto tienen como responsabilidad principal la gestión del proyecto, no la gestión de los voluntarios. Es su deber darte algo que hacer, pero no es su deber enseñarte todos y cada uno de los rincones del país. Si quieres ser turista, viaja como turista. Y, por cierto, salvo que los proyectos se incluyan en un circuito de turismo “solidario”, tener visitantes es siempre una carga. Si todos los visitantes de Calcuta van a visitar la casa central de las MOC, no sé cómo puñetas pueden acoger visitantes y trabajar. Y, salvo que seas japonés (y en ese caso estamos hablando de una pulsión patológica), no hace falta que saques fotos las 24 horas del día.
  7. No salvarás ninguna vida. Hazte a la idea. Vienes un mes. En una empresa normal, te dejarían, como mucho, contestar al teléfono la última semana de tu período de prácticas. No pretendas tener la responsabilidad total del proyecto en un mes. Tampoco pretendas que se organicen actividades exclusivamente para que tú te sientas realizado y útil. Puede ser que exista la posibilidad (hospitales que se dedican exclusivamente a cirugías oculares durante una semana) o puede que no, pero, en cualquier caso, la validez de una actividad la determina el grado de servicio que se ofrece a los beneficiarios del proyecto, no lo bonitas que le queden las fotos al voluntario. Tampoco pretendas resolver la vida de todos los beneficiarios en un mes. Seguramente, ni siquiera llegarás a conocer todos los nombres. Y si en España al hijo de tu vecino no se te ocurriría darle antibiótico si no eres médico, en Etiopía tampoco lo hagas. Todo el mundo tiene derecho a servicios de calidad. Si no eres enfermero, mantente alejado de la enfermería, y deja que los responsables del proyecto hagan lo que sea que hagan normalmente cuando se presenta una emergencia médica. No hagas cosas que obviamente requieren una actuación profesional si no eres un profesional (aquí incluyamos el conducir camiones o tractores o vehículos de más de treinta asientos si no lo has hecho en tu vida. Si en España ni se te ocurriría asumir la responsabilidad de conducir un autobús de sesenta plazas cargado de niños, no lo hagas tampoco en África. La responsabilidad es la misma, pero el seguro es peor, sobre todo si tu carnet de conducir no es válido en el país).
  8. Escoge el proyecto adecuado. Busca el proyecto que más se ajuste, no sólo a tus capacidades, sino también a tus creencias. Si te pasas todo el año despotricando como un loco sobre la Iglesia Católica, no te vayas con monjas en verano. No digo que a los proyectos de iglesia católica sólo puedan ir voluntarios católicos practicantes (de hecho, en nuestro proyecto no es así), pero, al menos, tiene que ser gente que no odie a la Iglesia Católica. No es tanto pedir.
  9. Entiende que de vez en cuando te dirán que no. Ningún proyecto puede acoger a todos los voluntarios que lo solicitan. Ningún responsable de proyecto puede decir que sí a todas las ideas que tengan los voluntarios. Aunque tú te ofrezcas de buena fe, aunque a ti te parezca que es beneficioso para todos, intenta entender que a lo mejor el proyecto no está preparado para acogerte o no puede garantizarte una experiencia que sea mínimamente útil tanto para ti como para el proyecto.
  10. Que no se acabe en el otoño. La finalidad fundamental de acoger voluntarios a tiempo breve, salvo que se trate de trabajos concretos (ingenieros que vienen a construir un puente, doctores que viene para una serie de cirugías, gente que viene para impartir un curso…) es reducir la distancia física que separa el proyecto de sus simpatizantes y/o donadores. Aunque estemos en continentes distintos, una finalidad de nuestro proyecto es también sensibilizar en Europa sobre la necesidad de un cambio que favorezca a los más pobres. Ayúdanos a conseguirlo. Si vuelves a casa y nunca más participas en ninguna actividad relacionada con desarrollo y sensibilización, date cuenta de que esa experiencia habrá tenido más de egoísmo (te habrás limpiado la conciencia) que de otra cosa. No hace falta irse al África para hacer voluntariado. A dos pasos de tu casa seguramente hay una sede de Cáritas o de cualquier otra organización que puede ofrecerte experiencias de voluntariado. Eso sí, las fotos quedan peor en Facebook. Allí, como todo, depende de lo que estés buscando. Y de lo que estés dispuesto a ofrecer.
  11. El servicio de las pequeñas cosas. Lo más útil que pueden hacer los voluntarios a tiempo breve suele ser pequeños servicios: presencia en el recreo, organizar juegos, pintar paredes, limpiar ventanas que no se limpian en todo el año, ordenar almacenes… No hay servicios o trabajos pequeños o grandes, sino personas pequeñas o grandes. Lo que hagas, hazlo lo mejor que puedas. A lo mejor no es el trabajo de tu vida, pero recuerda que sólo vas a hacerlo durante un mes. No tiene por qué cambiarte la vida (aunque puede que lo haga), sólo tiene que servir a alguien para estar mejor.

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Mar 23

VEINTE AÑOS

El otro día, unas monjas italianas que trabajan en el mítico barrio de mi Santa Infancia, me contaron esta historia. Comienza en 1994. El barrio había sido transformado de leprosario a campo de refugiados (no todos podemos nacer en Manhattan). Los etíopes residentes en Eritrea, así como las familias mixtas (la mayoría militares que se habían juntado con mujeres eritreas, o mujeres etíopes con maridos eritreos) fueron expulsados por el gobierno eritreo y el gobierno etíope decidió plantarlos en Mekanissa.
Un día cualquiera, a la puerta de la pequeña misión de estas monjas, llegó un señor no del todo joven, con un bebé en brazos. Era una niña y, según el señor, la madre había fallecido al dar a luz. El señor quería abandonarla porque no podía criarla solo. Las monjas, como siguen haciendo hoy en día, se negaron a aceptar el abandono. La niña tenía síntomas evidentes de desnutrición y deshidratación, por lo que creyeron que llevaba varios días sin madre que la amamantara. Le propusieron al señor quedársela durante el día y que él por la noche fuera a buscarla para que durmiera con el resto de la familia (había varios hermanos y hermanas). Además de la niña, las monjas se comprometieron a acoger durante el día a una de las hermanas de siete años.
Después de varios meses, el acuerdo se reveló abiertamente ineficaz: el señor no cumplía con su parte del trato (no pasaba a buscar a las niñas) y la hermana, que en teoría debía ayudar a criar al bebé, era demasiado pequeña para hacerlo. Ante la insistencia de este señor, las monjas contactaron otra congregación que sí se dedicaba a las adopciones y el bebé, de aproximadamente un año y medio, se fue a Italia con su nueva familia, después de que el padre biológico firmara los pertinentes documentos.
La sorpresa de las monjas fue mayúscula cuando, algunos meses más tarde, el padre biológico apareció con otro bebé. La madre no había fallecido, sino que estaba ingresada en un hospital psiquiátrico. Las monjas apoyaron también a este segundo bebé. Como era chico, el padre aceptó quedárselo.
Algunos años más tarde, el señor empezó a meditar su decisión de dar a su hija en adopción. Fue a las monjas, exigiendo la vuelta de la niña, pero, obviamente, era demasiado tarde. Enfados, gritos y frustración mil.
Hace un par de semanas, llegó un coche a la misión. De él bajó una chica de unos veinte años. La limpiadora más antigua, exclamó inmediatamente: “es la hija del señor G.”. Y sí, era ella.
La bebé que se fue de Etiopía creció. El rebote adolescente lo focalizó en su familia adoptiva, y así lleva varios años convencida de que fue una niña robada (sí, estoy simplificando el rebote). Volvía a buscar sus orígenes en este barrio perdido.
La limpiadora se erigió en investigadora privada y se comprometió a localizar a la familia biológica de la bebé, afirmando que estaba convencida que seguían en el barrio. Y así, una semana más tarde, se produjo el reencuentro entre los padres biológicos, algunos de los hermanos y la bebé. El señor le dijo que él había pedido a Dios volverla a ver antes de morir, y que Dios se lo había concedido. Las monjas le explicaron su situación antes de la adopción. La bebé expresó su alegría al saber de dónde venía: aparentemente, llevaba años convencida de que había sido abandonada en la calle, de que cuando nació nadie la quiso. Según dijo, el saber que venía de una familia, que alguien había querido para ella un futuro mejor, que su familia biológico era consciente de la adopción, le servía para llenar el vacío de pensarse abandonada. Allí las monjas estuvieron bastante hábiles y le presentaron la situación en un conveniente blanco y negro: “papá no podía alimentarte, y quiso lo mejor para ti”, olvidándose de que el siguiente hermano sí permaneció con la familia y de que, en su momento, al padre se le habían ofrecido otras alternativas que le hubieran permitido conservar a su hija y que no tuvo la voluntad de continuar.

Esa noche la bebé habló con su madre adoptiva, y consiguieron cerrar algunas heridas abiertas. Aparentemente, se dio cuenta de cómo hubiera sido su vida en caso de haber permanecido en Etiopía. Seguramente, aprendió que podía considerarse afortunada porque mucha gente, en distintos momentos, quiso lo mejor para ella. Entre todos los materiales que conservaba, había un viejo video en VHS donde una monja la acunaba en brazos. Inmediatamente reconoció a esa monja, con bastantes canas de más. La misma monja, la misma cocina de barro, el mismo amor para con los últimos, los mismos brazos todavía tendidos. Y habrá quien crea que en la Iglesia Católica todo es Banca Vaticana.

Varios días más tarde, la bebé celebró el día previo al inicio del ayuno cuaresmal con su familia biológica. Pasó todo el día con ellos. Vino incluso otra hermana que vive en Nazret. Después, pasó un mes de voluntaria en un orfanato en el Norte. Aparentemente, iba para esteticien, pero ha decidido retomar los estudios y tratar de hacer algo relacionado con Trabajo Social.

La bebé no pasó a despedirse de las monjas, pero su madre adoptiva sí. Les agradeció en el alma toda la información y la charla con la bebé. A las monjas lo que más les impresionó fue esto último: cómo la madre adoptiva había, en todo momento, priorizado los deseos y necesidades de su hija. “Todo lo hizo por amor a su hija”, concluyeron, y volvieron a sus miserias y a sus miserables.

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Mar 10

DESPERATE HOUSWIFE

Uno lee este blog y le parece que mi vida es súper interesante, que vivo siempre en una intensidad emocional brutal, y que el peso del mundo descansa sobre mis hombros. Al menos, esa es mi intención. Así que el post de hoy les va a decepcionar. Mis cuitas de hoy se reducen a una sola: estoy sin babysitter. Y al borde del colapso.

La señora que nos ayuda habitualmente tiene a su madre enferma. Cosas que pasan. El problema es que la enfermedad fundamental de la madre es que tiene 80 años. Y eso no se le va a pasar ni hoy ni mañana. Ustedes dirán que soy despiadada, pero no. Soy tan encantadora que le dije: “no te preocupes, tómate tu tiempo, lo importante ahora es tu madre. Yo ya encontraré a alguien” Never mind, I’ll find someone like you, que diría Adelle. Ya. No sabía yo lo que estaba diciendo.

Después de pedir consejo a múltiples personas, llegó a nuestras vidas Abebayew, una chica joven. Ya el tercer día se presentó a mediodía, alegando que estaba enferma. Se le había infectado un pelo en la pierna. Yo he trabajado normalmente con pelos infectados en las ingles. Tuve que medicárselo, para asegurarme que viniera el día después. No la mandé a paseo porque a la Nena le caía bien. Tenía unas tetas enormes que a la Nena, aparentemente, le daban seguridad. Lo sé porque desde entonces no hace más que mirarle las tetas a todo el mundo y, si le dejas, aposenta la mano entre ellas. Así, calentita.

Una semana después, Abebayew se tomó otro día libre. El pelo infectado se le había curado, pero le habían entrado a robar en casa, y tenía que ir a la policía a poner la denuncia. O eso dijo. Otro día perdido.

Abebayew nos avisó el sábado de que hoy, lunes, no vendría. Dijo que le dolía la cabeza. Por otras fuentes he sabido que ha encontrado otro curro, pero ella me dijo que le dolía la cabeza y que seguramente el lunes también le iba a doler. Yo iba a contestarle que ni yo era su marido, ni quería sexo con ella, pero no lo hice y la dejé marchar.

El domingo encontré otra señora que hoy ni siquiera se ha presentado. La Nena ha estado toda la mañana llorando, y creo que echa de menos las tetas de Abebayew. Mira las mías, y rompe a llorar (estoy bastante, bastante menos dotada que Abebayew).

Y así las cosas, he puesto a la Nena a dormir, y me he dado a la vida de la perfecta Housewife. Ya me he visto dos episodios de Modern Family y este es el tercer post que escribo (la Nena duerme mucho). ¿Trabajar? Las señoras bien y las babysitters estamos exentas.

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Mar 08

RUSO PARA POBRES

Cuando era pequeña leí un cuento que estaba contenido en una antología para niños de cuentos populares rusos. Se narraba la historia de un señor rico que pasaba todos los días delante de un mendigo. Un día, queriendo ayudar al mendigo, le compró una vaca. Varios días más tarde, se volvió a encontrar con el mendigo que había retomado su actividad mendicante: la vaca había muerto. El señor rico, inasequible al desaliento, le compró entonces una casa al mendigo. Varios días más tarde, encontró al mendigo en el mismo punto de mendicidad: la casa se había quemado. Así, el rico optó por la vía más directa, y le dio un caldero lleno de oro. Al día siguiente, lo encontró muerto: unos ladrones le había robado el oro y lo habían matado. Como el rico se preocupaba por él, le pagó el funeral. Al embalsamarlo, le encontró en el bolsillo una nota que decía: “yo pobre lo quise, tú rico lo quieres. Resucítalo si puedes”. La firmaba Dios.

La misma antología te explicaba la moraleja diciendo que este señor rico había intentado cambiar lo que era la voluntad de Dios, y por eso había fracasado. No entraré aquí en la crueldad de ciertos libros que leíamos de pequeños, pero el hecho es que aquel relato se me quedó grabado. Cuando lo leí no me paré a meditarlo demasiado, fundamentalmente porque no debía de tener ni diez años, y esa edad me parecía que todo lo que se decía en los libros, desde la Biblia hasta el Zipi y Zape, era Verdad Revelada.

Estos días sigo recordándolo, y sobre todo me cuadra el hecho de que fuera un cuento ruso: allí también son ortodoxos.

Z. tiene diez años y una malformación en las manos: tres de los dedos están unidos por el extremo opuesto a la palma de la mano. Aparentemente, bastaría cortar la unión y, aunque igual no perfectos, sí que tendría más capacidad para hacer cosas con esa mano. Sus padres son los dos seropositivos y, escudándose en eso, hace años que se niegan a trabajar y reciben ayuda de varios proyectos. En la parte positiva, eso debería dejarles bastante tiempo libre para dedicar a sus hijos.

Hace años que lucho con ellos para que vayan al centro de salud a que les hagan el volante para el hospital público del barrio, donde sí hacen cirugía ortopédica. Por el momento, nadie ha hecho nada y, conforme Z. crece, la mano más se atrofia. La semana pasada solicitamos cita para varios niños con problemas parecidos en un hospital privado. Hoy por la mañana, todas las madres con sus hijos tenían cita para venir a las siete. A las siete y media ha partido el grupo con un voluntario extranjero que conducía el coche del proyecto y los acompañará durante todo el día. Z. y su madre han venido a las ocho. Yo he llegado a las ocho y media, y me los he encontrado diciéndole a la enfermera que habían llegado tarde porque el grupo se ha ido a las seis, y ellos tenían hora a las siete. Allí he intervenido, y he puntualizado que realmente el grupo los había esperado media hora antes de irse. También he matizado que nosotros habíamos pedido la cita, poníamos el coche, el chófer, el acompañante y habríamos pagado la consulta. Ellos sólo tenían que llegar a tiempo.

“ Y entonces, ¿qué hacemos?”, me ha preguntado la madre. “Lo que hubieráis tenido que hacer hace años: os vais al centro de salud, que os hagan el volante, y pedís cita en el hospital del barrio”.

_No pienso hacerlo

_ Pues así se va a quedar el niño

_ Será la voluntad de Dios

Allí la he hecho pasar a la oficina (no me parece de buena educación gritar ourdoors), y le he dado la consabida charla sobre la confusión entre la voluntad de Dios y “no me sale de los huevos mover un dedo”.

A nadie se le escapa que una parte importante de las posibilidades de mejora de una persona, en cualquier ámbito, se basa en la capacidad para distinguir las oportunidades que se presentan y saberlas aprovechar en tu propio beneficio. Todo ello (ver las oportunidades, actuar para aprovecharlas…) requiere de un esfuerzo. Y ese es el problema por aquí: cuando pides un mínimo esfuerzo, a veces no lo encuentras.

Obviamente, no creo que la voluntad de Dios sea que esta señora sea estúpida integral o que su hijo tenga que pagar una y otra vez su falta de interés. La pregunta que queda siempre en el aire es: ¿hay que volver a intentarlo? ¿Tenemos que volver a intentar llevar al niño al hospital? Porque en el hipótetico caso de que sí se presenten a tiempo a una nueva cita, y de que el cirujano acepte operar al niño, el niño va a necesitar que alguien pase con él varios días en el hospital, y que alguien le acompañe a rehabilitación durante varios meses. Si no podemos garantizar la correcta rehabilitación, muchas de estas operaciones de cirugía ortopédica resultan dolor inútil para los niños. La opción que a su madre se le presenta como evidente es que nosotros nos hagamos cargo de todo. Pero es que yo trabajo diez horas al día y tengo también una hija, y ella y su señor marido, aunque tienen más hijos, se pasan los días mano sobre mano. Y el hijo es suyo, coño.

Y lo peor es que en estas situaciones las madres y yo nos envolvemos en una negociación absurda que tiene como moneda de cambio e instrumento de chantaje lo único que ellas tienen y que a mí me interesa: sus hijos. En los casos más extremos, la salud de sus hijos. Lo más peor de lo peor es que sé que ellas siempre llevarán la apuesta más lejos, llegarán más al límite, hasta que algo, la salud de sus hijos, o nuestra compasión, ceda al chantaje. A veces sientes que te encuentras pequeñas notitas en los bolsillos de los cadáveres de estas discusiones. Tus notitas dirían “¡pardilla!, has vuelto a caer”. Y a lo mejor también las firmaría Dios.

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Mar 06

LA NENA Y EL MANUAL

Soy una madre de manual. De manual de la madre desastre, se entiende. Para empezar, ya me he leído los dos libros: Duérmete niño y Bésame mucho. Error. Debería haberlo sabido, visto que los dos tienen títulos en imperativo. Soy de voluntad débil y tiendo a pensar que todo el mundo sabe más que yo. Los dos escritores (curiosamente, ambos dos hombres) te dan patrones bastante radicales –al menos desde mi punto de vista- sobre como criar a tu progenie. Ambos dos, como recordaba hace tiempo Madre de Marte, tienen legiones de seguidores y fans. Yo es que, desde que conseguí superar Beverly Hills 90210 (no por nada, pero eso ya era una serie, y ahora hay series bastante más basura), no he sido fan de nada. Los Backstreet Boys me pillaron un poquitín mayor, y a los One Direction no alcanzo ni a entenderles el pelo. A nivel nacional, Pereza me da eso, pereza, y el tío de El Canto del Loco me parece que tiene la expresividad de una piedra. Y que el pop-rock español cada vez me gusta menos. Como las series españolas.

Volviendo a los libros, ambos dos sugieren que, ante todo, la familia debe estar de acuerdo en el método a seguir. Y allí llego al primer problema. Yo, por mí, sería más bien Gonzalista. La Nena, en cambio, me ha salido Estivilista recalcitrante.

Empecé con Duérmete niño y, como ya dije, quedé bastante satisfecha. Gracias al orfanato, la Nena duerme como el bebé que es. Me deja siempre un par de horas libres después de comer y otra hora desde que ella se acuesta hasta que me acuesto yo. Así puedo dedicarme con calma a cosas que me satisfacen y me llenan como persona, como planchar. Para poderme apuntar a yoga o a pilates, la Nena debería dormir veinte horas al día y yo debería vestirla con sacos de plástico y darle de comer piedrecitas del recreo.

Luego me lancé con Bésame mucho y descubrí que mi Nena es profundamente desgraciada, porque ni la he amamantado, ni colechamos. Lo de dar el pecho (la biología me impediría amamantar eficazmente, salvo que la Nena se pasara semanas chupando ininterrumpidamente) hay quien lo propone como incentivo para el vínculo (se vinculará más mejor). La Nena ya tiene bastantes dientes, y cuando se emociona tiende a morder. Si la abrazo más de diez segundos, me muerde las orejas con pasión. Y ya en las orejas duele. Cuando le doy el bibe, que maneja de manera autónoma desde que la conozco, me sonríe con adoración.

Como soy madre primeriza, no quiero perderme nada de la experiencia maternal. Pero la Nena no piensa lo mismo, y rechaza dormir conmigo. Hemos mejorado, y ahora sí me soporta en la misma habitación. Las primeras semanas, si se despertaba por la noche, no se volvía a dormir hasta que yo me iba al sofá. Sí que me pide que la coja en brazos, pero, aunque estuviera diez horas con ella en brazos, no se dormiría. Quien viajó conmigo desde El Cairo hasta Madrid puede dar fe de ello. Para dormirse en mis brazos, primero tiene que pasar por todos los estadios posibles de frustración, estrés y enfado. Al final, como nada es eterno, se duerme exhausta.

Me consuelo pensando que Bésame mucho se basa en seguir las demandas de los niños. Si siempre tienen razón cuando solicitan dormir con los padres, supongo que no podemos contradecirlos cuando demandan dormir solos. Sé que el Dr. González me diría que es todo fruto de las rutinas del orfanato (donde, aunque no habían leído el libro, se ve que eran fanes de Estivill, lo cual te hace también reflexionar sobre la humanidad de este último método: es el que siguen en las instituciones, consciente o inconscientemente, luego es el más eficaz cuando no puedes atender como debieras a tu hijo), pero, siguiendo con el método del Dr. González, que compara frecuentemente la conducta infantil con la adulta, si a ti, de la noche a la mañana, una desconocida (simpaticona, pero desconocida) te forzara a dormir con ella sólo para satisfacer sus ansias de maternidad, igual te mosqueabas.

Así que la niña duerme en su cuna, a los pies de mi cama. A veces me tumbo al lado y, cuando se despierta, nos miramos a través de los barrotes y nos sonreímos. Como si estuviéramos en la cárcel. Mi Nena sonríe siempre por las mañanas. Yo no, pero estoy aprendiendo. Como a todo.

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Mar 05

DE VUELTA

Es mi primer día en el trabajo. T.  entra en la oficina, y comienza a mirar a un lado y a otro, buscando algo. La mayoría de la Santa Infancia, en un modo u otro, ya me ha saludado. Él, aunque me ha visto, no ha dicho nada:

_ ¿Puedo ayudarte?– le pregunto. Me gusta fingir que mi oficina es una oficina normal, y que yo soy la secretaria perfecta

_ La Nena… ¿dónde está?

_ En casa

_ Oí que estaba enferma…

_ Sólo fueron unos análisis raros,- le explico-, y nos tuvimos que quedar un poco más

_ Pero… ¿está bien?

_ Sí, está bien

_ ¿Y cuándo vendrá?

_ Luego la traigo

_ Vale… entonces me quedo para verla

Y así, cuando traigo a la Nena, T. recupera el control de la sillita de paseo, y, como ya hacía antes de Navidad, le da cien vueltas por el porche. A veces se para, y le dice cosas bajito en el oído. La Nena se ríe.

Estamos contentas de haber vuelto.

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Dic 20

LA NENA Y LAS LENGUAS

La Santa Infancia me la ha jugado. A traición y por la espalda.

Comenzaré el relato de mis cuitas diciendo que uno de los “puntos calientes” en mi recién estrenada maternidad son las lenguas. Los idiomas. Desde hace ocho años, mi vida profesional y personal se desarrolla en amárico, inglés e italiano. Prácticamente nunca en español. De hecho, cuando hablo en español, sobre todo al incio de mis vacaciones, cometo errores de guiri que constituyen siempre fuente de solaz y regocijo para mis amistades (algunas son algo crueles).

Obviamente, yo quiero que la Nena hable español como lengua materna. El nombre lo indica: lengua materna. De su madre. Mía. La estrategia más obvia, como se imaginarán, es hablarle siempre en español. Y allí estoy, que parezco una radio. Cuando me quedo sin conversación, le canto. He escuchado los Cantajuegos (soy una madre documentada), y, como no puedo evitar imaginarme el grupo de adultos lobotomizados cantando esas canciones, pues me dan bastante vergüenza ajena. Yo también escuchaba canciones infantiles de pequeña, pero entonces carecía de mi capacidad actual de análisis y crítica social. Como la Nena prefiere el organillo y el tambor, también le parecen sosos a ella. Así, entre libros y canciones (y Pocoyó) estamos con la granja y las partes del cuerpo. Empecé con la granja, pero es que luego me dí cuenta que la Nena no ha viso un cerdo o un pato en los días de su vida y le cuesta identificar el sonido con la imagen del cerdo o el pato. Vamos, no sabe lo que es un cerdo ni un pato y punto. Como brazos y piernas los tenemos más a mano, pues hemos cambiado lección.

El caso es que hace unos días, la Nena pronunció su primera palabra. Ulet. Quiere decir “dos”. En amárico. Cachis.

Investigando los orígenes de tan extraña elección, me dí cuenta de que cuando la Santa Infancia la ayuda a caminar le repiten and, ulet, and, ulet (uno, dos, uno, dos…) Y así, la Nena pasa siete kilos de la cargante de su madre y sabe decir ulet.

Inmune al desaliento, he tomado medidas. En menos de dos días, toda la Santa Infancia sabe ya decir “uno, dos”. Y ay de áquel que ose pronunciar en amárico los números mientras mi vástaga da sus primeros pasos.

Lo de los idiomas es una cosa que a la Santa Infancia le intriga bastante. Dan por supuesto que la vinculación burocrática con mi vástaga desencadena de forma inmediata y automática una capacidad especial en la Nena para hablar el español. Yo conozco niños de tres años que, puestos en la misma tesitura, hablan con fluidez tres idiomas. También conozco otros niños de tres años que, ante el caos de lenguas, acaban ladrando cuando se enfadan, o mezclando la estructura del amárico con el español (me “agusta” en vez de “no me gusta”, porque los verbos en amárico hacen el negativo poniendo una a delante).

A veces pienso que, si todo va bien, la Nena empezará a hablar sánscrito a los doce años. Antes de esa fecha, no pienso preocuparme.

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Dic 18

¿POLÍTICAMENTE INCORRECTO?

Voy a decir algo que va a levantar ampollas. Es algo que me ronda por la cabeza hace ya algunos años. Me reconcome las entrañas y no sé cómo sacarlo fuera, porque es algo que la opinión popular no va a compartir ni a aceptar.

Bueno, ahí va: no me gusta Arturo Pérez Reverte.

Ya. Lo he dicho.

Diré en mi descargo que no es una opinión dada así, a la ligera. Yo de jovencita era fan del señor Pérez Reverte desde que en una Feria del Libro, un librero me recomendara un libro que en aquel entonces todavía nadie conocía. Era La Tabla de Flandes. Honestamente, vi La Luz. De ahí me lancé y me leí todo lo que había publicado el señor Pérez Reverte hasta el momento.

Años más tarde decidí estudiar periodismo. Y, de nuevo, el señor Pérez Reverte era todo lo que todos queríamos ser. Y esta fiebre-fan me duró hasta que me leí el Pintor de Batallas, que me pareció la enésima elaboración del héroe que defiende Pérez Reverte a capa y espada (y nunca mejor dicho): ese tío duro con un pasado terrible, irresistible para las niñas de veinte años de los que, cari, ya no quedan. Casi. Por suerte.

He seguido a trompicones sus columnas (en el sentido de que no he conseguido tener acceso a ellas con regularidad) y, desde hace ya algunos años, incluso cuando alguien me las manda en Facebook o me las encuentro en la Red, paso de ellas. Me enfadan.

Me cansa la retórica del adolescente enrabietado que siempre tiene razón. Del que se piensa que, como grita más, le oirán mejor. La demagogia del puñetazo en la mesa, del creerse tan progre que puede hasta decir palabrotas. Ya nadie piensa que ser progre es decir palabrotas. Ahora, lo verdaderamente revolucionario es saber usar la segunda persona plural del imperativo (batid, mezclad, agitad, Arguiñano, por favor, que no das una). Y sí, un taco dicho en el momento y la situación oportuna, vale más que mil palabras. Pero cuando perlas tu columna de un rosario de imprecaciones a mí la sensación que me da es de que te interesa que la gente se quede con la forma, y no con el fondo. Qué guay, dice “hijo de puta”. Por cierto, no puede haber tantos hijos de puta en el mundo. Es materialmente imposible. Por cierto, también me cansa el rencor perpetuo, la victimización y el “os lo voy a explicar claro clarinete, porque os veo cortitos de entendederas”. El dividir el mundo entre hijos de puta traidores; capullos ignorantes; y héroes cotidianos, por supuesto, desconocidos para el mundo hasta que tú los acercas a la Luz. El tirar de tópicos sin descanso, los buenos y los malos, el negro y el blanco, no vaya a ser que el lector se pierda. Los personajes que son siempre el mismo personaje. No diré que el personaje es Pérez Reverte porque, a pesar de lo que diga la opinión popular, yo creo que Pérez Reverte no es ni tan duro, ni tan noble, ni tan honesto como lo son sus personajes. Nadie puede serlo. Ni siquiera un personaje de un libro. Y por eso me chirrían.

Volviendo a sus columnas, no necesito que me indiquen quiénes son los hijos de puta. Ya los veo venir yo solita. No necesito que nadie me diga por qué tengo que estar siempre enfadada. No me gusta estar enfadada. Indignada, sí, pero no enfadada. Asustada, desconcertada,  decidida a seguir adelante, determinada y comprometida con el cambio (de nuestra sociedad, de nuestra cultura y de mi religión), sí. Como gran parte de ese país que es España. Pero no enfadada. Yo, mejor que gritar, mejor que insultar, cambio mi pequeño mundo, mis pequeñas historias. Y busco esa justicia heroica que defiende Pérez Reverte en cada pequeña cosa que hago. A veces lo consigo, y a veces pienso que alguien llegará y me meterá en el saco de los capullos ignorantes. Seguramente por capulla ignorante. Puede ser. Extraño que whatsapp no tenga el emoticono de capulla ignorante, pero sí el de gamba rebozada. Ideaza: Pérez Reverte debería diseñar sus propios emoticonos de Whatsapp (el villano, el héroe curtido en mil batallas, el mercenario con corazón, el periodista de la vieja escuela, de los que ya no quedan…). Se forraría.

Tan doctrinarios me parecen ciertos sectores de la carcundia nacional como la ira vengadora del señor Pérez Reverte. Me gusta que me hagan pensar, no que me digan lo que tengo que pensar y con la intensidad fanática con la que tengo que pensar.

Me encantó la Reina del Sur, y, como no soy tan inamovible en mis opiniones como Pérez Reverte, seguramente me leeré su nuevo libro sobre grafiteros. Porque, de verdad, sólo por volver a encontrar otra Tabla de Flandes, me leería del tirón sus obras completas. Incluidas las columnas.

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Dic 03

LA NENA Y EL PELO

Poco a poco, la Nena y yo nos vamos integrando en nuestra nueva vida. Un punto importante, obviamente, es la parte de nuestra vida que compartimos con la Santa Infancia. Como los excesos son, eso, excesivos, hemos empezado a tomar contacto poquito a poco, en los momentos en los que en vez de quinientos niños, pues sólo hay cien o doscientos.

La semana pasada estuvimos con M. y su niña de dos años, a la que todos llamamos Mita. En Etiopía las niñas pequeñas se llaman Mita y los niños pequeños Abush. Cuando creces, si tus padres se preocupan minimamente, deberías transicionar a tu verdadero nombre, pero hay quien se olvida, y se le queda Abush o Mita para toda la vida. Hago otro inciso para explicar que la Mita ha pasado dos años completos sin separarse de su madre, quien trabajaba sólo cuando la Mita la dejaba en paz. En los intervalos en los que su madre trabajaba, la Mita ha jugado sin descanso con un batallón de niños mayores que ella. Estoy convencida de que la infantita Leonor no ha crecido tan estimulada como la Mita. Como resultado de la larga baja maternal de su mamá, la Mita dejó el pañal antes de cumplir los dos años, y, algunos meses después, es capaz de expresar una gran variedad de opiniones y emociones con claridad. Están intentando enseñarle a tostar el café. Además, estos días está aprendiendo el significado de la palabra “celos”, porque se huele que la Nena le está robando el puesto.

_ ¿Qué tiempo tiene la Nena?– me preguntó M.
_ Mmmm… no sé, como un año y medio
_ ¿Y todavía no camina?– me preguntó de nuevo, mirando alternativamente a la Mita y a la Nena.
_ Esto… no- respondí sucintamente. Y M. que seguía comparando la Mita y la Nena, la Nena y la Mita. Anticipando el golpe, reaccioné –la Mita a esa edad ya caminaba, ¿no?
_ No, -me repuso dignamente- la Mita cuando cumplió el año ya corría y todo. Al año y medio ya contestaba el teléfono.

Es lo que tenemos las madres, que nos encanta tener razón. A los 35 y a los 18. Además de las opiniones de M., –“la Nena no te camina porque la tienes que coger sólo de una mano, no de las dos”-, tengo todas las opiniones del resto de la Santa Infancia, que aunque no tengan hijos, sí han criado varios hermanos. “Tienes que masajearle las piernas con vaselina al sol”, “no hagas nada, ya caminará cuando quiera”, “le tienes que hablar en inglés, sino nunca aprenderá inglés” (NO quiero que aprendar inglés, quiero que aprenda español, pero es que la Santa Infancia se olvida frecuentemente de mi nacionalidad y lengua de orígen), “¿pero no tienes dinero para ponerle mantequilla en el pelo?”. Como se ve, el modelo de crianza etíope está pensado o para hermanos mayores sin escolarizar o para madres que no trabajan. Aquí también, es materialmente imposible que te dé tiempo de hacer todo lo que se supone que tienes que hacer con tu hijo y su cuerpo (masajes, pelos, ejercicios varios…).

Lo del pelo me dejó muerta. Más que nada porque tenían un punto de razón: la cabeza de la Nena aparecía un poquitín descamada. Oh, Dios Mío. La tiña, pensé. “No, no es tiña, es sólo seco”, me dijo M., marisabionda ella. “Sólo tienes que cuidarla más”. Remató.

Después de dialogar con la señora G., ese ángel que vela por nosotras, ante mi negativa a ponerle mantequilla, vengo a saber que lo más de lo más para el cuero cabelludo de la Nena es el aceite de zanahoria. A 153 birr la botella, señores. En los días de mi Etiopía me he gastado yo ese dineral en un champú. No me ha quedado más remedio, porque me he dado cuenta de que el estado de la cabeza de mi Nena sirve como barómetro público de mis capacidades como madre de una niña abeshá.

Y que se joda la Mita, que el pelo le crece todavía a cachos porque siempre duerme en la misma postura. Yo a mi Nena la giro, para que le crezca uniforme. Seguro que eso a M. no se le ha ocurrido.

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Nov 26

LA NENA Y EL SEVEÑÁ

La semana pasada, la Nena llegó a casa. Como no podía ser menos, mi Nena es una komche. Una komche pura. Me di cuenta ya en el orfanato. Era un sitio pequeñito, de nivel muy local (dicho finamente), pero donde las señoras querían mucho a los niños y los cuidaban lo mejor que sabían. Entre todas las cuidadoras, la persona favorita de mi nena era el seveñá, que era un komche completo al que no le faltaba un perejil: su pantaloneta verde, su camisetilla, su gabi de emergencia permanentemente al cuello y sus cangrejeras verde fosforito. Las cuidadoras, encantadoras, en cuanto la Nena mostró el más mínimo signo de reconocerme, ya dijeron “mira, cómo quiere a su madre”. Pero no. Mi Nena al que quería, era al seveñá. Se le iluminaba la cara cuando lo veía. Tengo que decir que el amor era correspondido: entre la treintena de niños que habitaban en el orfanato, cuando la Nena lloraba, el seveñá, desde su caseta en el jardín, le preguntaba con seguridad “Nena, ¿qué te pasa?”, y llegaba corriendo a salvarla.

Como buena Komche, a la Nena le encanta la música en amárico. No Teddy Afro ni Zeritu, no. A la Nena la gustan el organillo y las canciones de ritmo machacón y repetitivo que duran veinte minutos. Me tiene muerta. Lo que más susto me da, es que de vez en cuando empieza a mover los hombros. Le pongo Pocoyó en la tele y, después de cinco minutos, pierde la atención. Le pongo los vídeos musicales horrendos de la Ethiopian Television y se le cae hasta la babilla de la emoción. Cuantas más cortinillas y cromas rarunos (de vacas, de cascadas…), mejor.

Hasta que no llegó a mi hogar, la Nena comía las cuatro cositas que le daban en el orfanato, a saber: papilla de cereales, leche, arroz y pasta. Esta era su dieta base. Aparte, de vez en cuando, le daban injera con berberé. Como resultado de este cúmulo de desaciertos, la Nena escupe el plátano, pero se come todo lo que lleve ajo. Y, de momento, no usa jamás la cuchara. Tengo que darle siempre la comida en la boca con mi mano. Qué mona. Qué africana. Qué étnica. Qué coñazo. Prueben ustedes a dar un yogur con la mano. La cuestión se reduce a que tu vástaga te chupe los diez centilitros de yogur que no se resbalan de tus dedos.

Eso sí, la Nena me duerme genial. El doctor Estivil me daría un diez. La dejo solita y en diez segundos, cae como fulminada por un rayo. Es lo que tiene el llorar durante horas sin que nadie te digne una mirada (porque están atendiendo a las otras dos docenas de niños), que luego te duermes y punto.

Y que yo le he comprado una vaca de peluche que se la tengo en la cuna, junto con su mantita verde Komche. La vaca Marisol. Para que no eche tanto de menos su Gondar natal.

Ya le tengo las medidas para encargar su vestidito Komche. El Día de las Culturas, lo vamos a petar.

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