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Este blog no es una declaración de principios. No es un canto a la solidaridad, ni a la multiculturalidad, ni a nada. No aspira a ser un estudio en profundidad sobre el país en el que vivo o del país del que procedo. No representa necesariamente lo que la organización a la que pertenezco piensa, ni la realidad objetiva del proyecto en el que trabajo. Este blog es sólo mi historia. Como la vivo y/o como la invento. Sólo eso. Mi percepción y la percepción de quienes me rodean, en su mayoría menores de edad. No es objetivo, y tal vez ni siquiera sea cierto, pero para mí es tan verdad como mi propia vida.

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Nov 12

QUERRÍA

Querría que ya estuvieras en casa. Te pienso. Te pienso como jamás he pensado en nadie. Con una intensidad que me sorprende, me emociona y me asusta.

Oigo caerse algo, y me gustaría que lo hubieras tirado tú. Cuando se abre una puerta, querría que entraras tú. Cuando alguien me llama, ojalá, ojalá que fueras tú.

Cada noche, un rosario de llamadas, cómo estás, sabes algo, novedades… He preparado tanto la comunidad en la que crecerás que ahora tengo todo perfecto, y sólo faltas tú. Veo en este increíble círculo lo único positivo de esta espera. Gente que se acuerda, que se ofrece, que me apoya, me manda chistes por whatsapp y me abraza cuando esperarte sentada es, simplemente, demasiado para mí sola. Algunos rezan por nosotras. Rezo yo también a mi Dios, tratando de recuperar esa fe simple y sin fisuras de los niños pequeños, que no se plantean jamás que ese Dios pueda no escucharles o, sencillamente, tener otros planes. Rezo sin escuchar, con la esperanza de que me sea dado aquello que he pedido. El vacío en mi cabeza no da para más.

La Santa Infancia, brother House y alguna otra gente llevan con paciencia mis olvidos, mis ausencias físicas y mentales. Vengo a trabajar con la ilusión de siempre, pero sin un gramo de talento o concentración (destalentada, se dice en mi tierra), Increíblemente, y sin yo darme cuenta, a mi alrededor se ha tejido una red invisible que me acuna y, en la medida de lo posible, me protege del mundo y de mí misma.

Veo tu cara en todos mis niños, sobre todo en H. Y me duele que os parezcáis tanto. Tiene tus ojos, tus largas pestañas. Recientemente se pegó el morrazo de su vida y se rompió el brazo. En estos días de hospitales, miro a su madre, y pienso que la tuya, en caso de seguir viva, se parecerá a ella. Una señora que llora mucho. Una señora bastante más joven que yo. Una señora asustada que se queda a veces parada en los pasillos del hospital, como los conejillos delante de los faros nocturnos de los coches. Y, en su angustia, la envidio. No lo sabe, no se lo creería jamás, pero es más afortunada que yo. Tiene a H. Yo, a ti, te pienso, te siento, te espero. Pero, por el momento, no te tengo.

 

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Nov 11

MÁTAME

_ Kaktus, me quiero cambiar el nombre

_ No

_ Mi madre ya me ha dado permiso

_ Yo no te doy permiso

_ Pero si el nombre te va a encantar –arqueo la ceja, porque no es que me fascinen los nombres nuevos que se buscan, y lo saben

_ De ahora en adelante, me llamaré Ana Paula.

Toma ya.

Y así vengo a saber que lo que ahora está de moda en Etiopía son las telenovelas. Bueno, esto no es novedad, ya expliqué en su día  que la Ethiopian Television hace unas telenovelas de mearte de la risa. El cambio –creo- es que se han quedado sin pasta para producción local y han decidido comprar en el extranjero, concretamente en Televisa Land (México Lindo). Y así ahora el prime time etíope lo copan dos novelas mexicanas (convenientemente dobladas al inglés): Cuidado con el Ángel y La que no podía amar.

Mi Santa Infancia se ha dado al fenómeno fan con devoción ejemplar y, aunque yo paso siete pueblos de las novelas (y de la tele etíope en general), ellos, que se preocupan por mi integración en la sociedad que me rodea, me mantienen al tanto de las cuitas de Ana Paula y Marichui (les juro que El Ángel se llama Marichui).

De lo que he podido entender, Marichui está enamorada del doctor Juan Miguel (Hakim Huan Miguel para mi Santa Infancia), un chico decididamente demasiado joven para ser doctor de ningún tipo. Marichui fue violada de chiquitilla, y no puede amar. Ah, no, esa es Ana Paula. Marichui creo que era niña de la calle hasta que la descubrió el Hakim Huan Miguel. O algo así.

Con el tiempo, la Santa Infancia –que no es tonta- se ha coscado de mi falta de interés tanto en la vida de Ana Paula como de Marichui. Hasta que un día me pillaron con una canción de Jesse y Joy en el ordenador, que, aparentemente, es la canción de cierre de la telenovela de Marichui (ye Marichui sefen, para los avanzados en amárico). Y han decidido que mi sarcasmo encierra una pasión oculta. Y aquí me tienen, que todos los días me llegan con el relato completo del episodio.

Creo que al final Marichui sí se queda con el Hakim. Lo que no sé es cómo, porque el Hakim está casado con una que se murió pero que no está muerta.

El mundo cada vez es más chiquitico, mi reina

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Nov 01

LO QUE PIENSAN LOS DEMÁS

En una de mis entradas precedentes sobre adopción (hay quien las lee), en los comentarios, mucha gente vino a decirme “no hay que preocuparse tanto por lo que piensen los demás”.

Yo también pensaba así y, generalmente, me identifico con el “lo que piensen los demás está de más” (mítico Mecano. Sí soy así de mayor). Hasta que vine a vivir aquí. Entendámonos, me tocan los dos pies muchas de las opiniones que otra gente pueda tener sobre mí, sobre todo si es gente que no me conoce y/o no me tiene ningún aprecio (de todo hay en el mundo). El problema es cuando este amplio colectivo de gente que no me conoce (en serio, son un montón) verbaliza sus opiniones una media de diez veces por minuto. Cuando vas por la calle, aproximadamente una de cada tres personas que te cruces te gritará “frenji”. Incluso sin necesidad de salir a la calle, tus compañeros de trabajo se referirán a ti como “la frenji”. Las madres de la Santa Infancia también preguntarán por “la frenji”. Cuando alguien quiera hablar de ti, te llamará por ese mismo denominativo. Siempre. Aparte de la constatación de tu raza con una palabra que –por mucho que haya quien afirme lo contrario- es peyorativa (yo la comparo con la denominación “gringo” para los estadounidenses en América Latina), es una palabra que te asocia con un montón de tópicos (superficial, colonizadora, explotadora, con aires de superioridad, rica, desesperada por limpiarte la conciencia a base de caridad…) basándose única y exclusivamente en tu color de piel.

Cuando vas con niño, de cualquier raza o edad, estas observaciones se multiplican. De una de cada tres personas, pasan a decirte algo la mitad de las personas con las que te cruzas, esperas en la cola de la fruta o vas en el minibus. No es exageración, es así. Una cosa es que te insulten una vez cada dos o tres meses (y, aún así, entiendo que puede ser terrible). Otra cosa es que te juzguen basándose únicamente en el color de tu piel (ergo, racistamente) una vez cada, aproximadamente, diez minutos. Todos los días. Siempre.

Al final, no puedes evitar que te importe y, sobre todo, te planteas si a tu hija le quieres hacer sufrir de esa manera. Porque, cuando cruce contigo la puerta de tu casa, exactamente la mitad de las personas que se encuentre le preguntará, sin ningún rubor de dónde viene, que relación tiene contigo, cuándo y por qué fue abandonada, y qué le parece el hecho de tener una mamá frenji. La mayoría de las veces se dirigirán a ella sin ni siquiera molestarse en preguntarme a mí primero, dando por descontado que ella sabe amárico y yo no (cuando, por el momento, es al revés).  Habrá quien preguntará con simpatía e intentando comprender una realidad diferente. Habrá quien lo hará buscando encasillarnos en el enésimo tópico racista. Pero todos, todos preguntarán. Y, cuando estés harta de responder y digas “nena, vamos a tomarnos un café, que no puedo más”, la camarera, antes de tomaros nota, os hará todas y cada una de las mencionadas preguntas.

Y sí, al final importa. Y es un problema. Para mí, honestamente, el problema más enorme de vivir en Etiopía.

 

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Oct 29

Y VENGA Y DALE…

Vuelvo hoy al tema adopción. No tengo ni idea del mismo (o poquita, en comparación con los que llevan años empapándose), sufro como una bestia (todavía no soy mamá), pero estoy poniendo mi mejor empeño en sentar cátedra. De lo que sea. Y que, si no me pongo en serio con el blog, se me va a acabar olvidando el español, y ya verás tú que follón. Podría escribir de otras cosas, pero no (quiero).

Leía en Madre de Marte el relato de una chica adoptada etíope que, ya de joven (tiene 23 años, si ella es mayor, ¿qué soy yo?), había decidido venirse a vivir aquí. De los comentarios, me ha parecido deducir que el tema “el niño/a se quiere ir a Etiopía” es de candente actualidad.

Como consuelo para las familias diré que yo jamás amenacé con cruzar ni siquiera el Ebro. Y hace ya casi una década que no vivo ni siquiera en el mismo continente que mis progenitores y mis sufridos hermanos. Que uno no amenace, no quiere decir que no le dé la ventolera y se pire. En mi futura maternidad, obviamente me parecerá más que lógico si mi hija decide vivir en Etiopía. Me parecería raro si se fuera a Islandia. En fin, para que ella pudiera volver, primero tendríamos que habernos ido. A veces me pasa, que me pongo a hacer planes con lustros de antelación.

Llendo a lo que yo verdaderamente quería contar hoy (estos días tengo la cabeza en Góndar y más allá), en los últimos años el auge del voluntariado internacional nos ha traído hasta el centro varios voluntarios de verano nacidos en Etiopía y criados en Europa o América. A veces han combinado el voluntariado con la búsqueda de su familia de origen y a veces se han limitado a las actividades propias de los voluntarios. Como eran personas distintas, los resultados y experiencias han sido distintas (últimamente, razono siempre como si estuviera hablando con alumnos de párvulos), pero, reflexionando sobre el conjunto, he encontrado algunos puntos en común a todos los chicos y chicas que han venido. Los enumero (párvulos, coged el lápiz):

 

. La edad: por el momento, todos han tenido entre 18 y 20 años. Es decir, en que han sido mayores para salir del país y han podido pagarse el billete de avión, se han venido a ver Etiopía. Para todos era su primera experiencia en el extranjero. De todos los países del mundo, han elegido conscientemente Etiopía, su lugar de nacimiento y, para algunos, el lugar donde habían pasado su primera infancia.

. En contra de lo que pudiera parecer, el volver a Etiopía no les ha aportado más recuerdos. Los que habían borrado completamente la parte de sus vidas que transcurrió en Etiopía (y algunos habían cumplido aquí los diez años), no recuperaron esas vivencias. Sí decían que recordaban los olores (injeera, berberé…) y ciertas sensaciones, como la del ansia de esperar a la persona que, en el orfanato, asignaba a los niños a las familias. Pero los que habían “olvidado” la lengua no la recuperaron (al menos en el mes que estuvieron) y no consiguieron tampoco recuperar recuerdos relacionados con su familia biológica. No sé si con asistencia profesional la cosa hubiera cambiado.

. Todos vinieron solos. Algunos con el apoyo emocional de sus familias adoptivas y otros no (normalmente, en estos casos, el chaval tenía, además, otros problemas con su familia adoptiva), pero ninguno ha venido acompañado ni de sus padres ni de sus hermanos. Hubo, incluso, un caso de dos hermanos biológicos, adoptados en la misma familia, pero que han venido solos en años distintos. En todos los casos, las familias se pusieron en contacto con nosotros y tuvieron a bien facilitarnos la mayor cantidad de datos posibles, incluso datos menos bonitos o situaciones difíciles. En todos los padres, hasta ahora, he podido percibir una cierta angustia, también muchas veces ligada al hecho de que tu niño/a se va a un país africano con la mochila a buscar gente que no sabe si encontrará. Lo veo lógico. Vista desde fuera, la experiencia tiene muchas papeletas para resultar frustrante y/o peligrosa.

.Para todos los que consiguieron encontrar alguien relacionado con sus familias de origen (hermanos, tíos, primos…) la experiencia, de lo que yo pude percibir, fue positiva. Nadie los asedió a peticiones ni con complejos de culpa. Para todas las familias fue una alegría ver que el niño o niña que se había ido hace años estaba bien. Algunas de estas familias, sobre todo en el caso de primos o hermanos, habían ya contactado a los chavales en Facebook. Esto, obviamente, es más fácil que pase si la adopción se produjo con el chaval ya mayorcito (la cara no le cambia tanto) y si la familia decidió dejarle su nombre etíope (y si el chaval en Facebook ha mantenido su nombre etíope y no se llama “Guerrero de la noche estrellada africana”, y tiene una foto donde se le ve la cara, y no una foto de su codo a contraluz).

. Hablando con ellos, me quedó claro que, para aquellos que mantienen amistad con otros chicos y chicas adoptados, y sobre todo para los que mantienen contacto con chicos o chicas que vivieron con ellos en el orfanato, estas amistades son importantes. Se sienten parte de ese grupo, donde son comprendidos y aceptados con todas sus contradicciones. Incluso para el hijo pre-adolescente de la Doctora, el conocer a estos voluntarios etíopes que viven en Italia le resultó fascinante, y les asediaba a preguntas: a las chicas les gusta tu pelo, si soy etíope me puedo casar con una italiana o no… como al que se lo preguntó era bastante ligón, D. se quedó contento y feliz, e incluso, cuando volvió a Italia con su familia, quiso mantener el contacto con este chico, que le sirve de referencia y depósito de dudas y consultas. Y además tenía músculos.

. El nivel de comprensión de la cultura etíope de estos chicos y chicas era exactamente igual que el de los otros voluntarios de su edad. Es decir, sabían más cosas del folclore, la historia, las etnias… pero a la hora de entender el comportamiento de la gente o ciertas dinámicas basadas en concepciones culturales, tenían las mismas dificultades que los demás. Algunos sí se definían como etíopes, otros menos. Todos eligieron vivir durante ese mes con los demás voluntarios y no con sus familias de origen. Me explico: a todos las familias les ofrecieron que se quedaran en las casas, algunos –sobre todo los que más se definían como etíopes, y los que todavía conservaban algo de amárico-, llegaron hasta a pasar algunos días con sus familias. Pero, al final, la diferencia en las condiciones de vida (y no todas las familias eran pobres pobrísimas) se les hacía demasiado dura y elegían vivir con los demás voluntarios, incluso alguno que, inicialmente, venía sólo a conocer a su familia y pensaba quedarse con ellos todo el verano, y, después de cuatro días, se puso en contacto con nosotros buscando, básicamente, alojamiento con estándar occidental.

A nivel personal, siempre me ha dado un poco de susto acoger a estos chicos y chicas, sobre todo cuando el objetivo principal de su visita es encontrar a su familia de origen, de la que no saben nada. En primer lugar –y muchos me llamarán egoísta-, el objetivo del voluntariado de verano no es encontrar a tu familia de origen. Tener una persona con ese tipo de necesidades en un grupo de más gente requiere tiempo y dedicación, y a veces no tenemos ni ese tiempo ni esa dedicación. Como idea, sugeriría a las agencias de adopción (todas tienen proyectos en el país) que montaran campos de verano para este tipo de voluntarios (incluso mezclados con voluntarios no adoptados). Para mí es difícil, además, porque no pertenezco al “ambiente” adopción (no conozco casi agencias ni sigo de cerca sus proyectos, ni sé cómo funcionaba la adopción hace diez años, ni soy investigadora privada, ni puedo ir haciendo preguntas en registros oficiales sin llamar peligrosamente la atención).

Por otro lado, considero bastante arriesgado dejarlos en mis manos –o en manos de otros voluntarios como yo-, porque soy de las que piensan que a veces no hay nada como un seguimiento profesional en ciertos momentos de tu vida. Con el tiempo, he vencido esta segunda reticencia, no porque las cosas hayan ido mejor o peor, sino porque cada vez me resulta más clara una cosa: quieren hacerlo SOLOS. Si me piden ayuda logística (que llame por teléfono o les acompañe para traducir), lo hago. Pero no suelen hacerlo. Se apañan mejor de lo que muchos pensamos. Y, muchas veces, prefieren ser acompañados por un etíope (por ejemplo, uno de los mayores de mi Santa Infancia), que por una frenji. Todos son conscientes de que se pueden pegar el hostión de su vida. Ha habido quien ha sufrido un mundo. Pero, al final, todos se han vuelto a sus vidas contentos de haber, al menos, intentado buscar a sus familias. Porque es parte de lo que son.

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Oct 27

T.O.C, T.O.C

Como el proceso de adopción no me está haciendo sufrir bastante, he decidido también dejar de fumar. Pa’ mis nervios.

El sábado, después de hablar con el abogado, recuerdo que pensé “voy a limpiar los fuegos, que ayer se quedaron un poquitín guarros”. Y -lo juro- ya no me acuerdo de nada más. Volví en mí tres horas y cuatro discos de Alanis en mi MP3 más tarde. Cuando se acabaron las pilas de la música y, de repente, me dí cuenta de que el grupo de gente que vive conmigo comentaba cosas a mis espaldas desde la puerta de la cocina:

_ ¿Desde cuándo está así?

_ ¿Dónde ha puesto la puerta del horno?

_ Pues sí que ha ido bien con el abogado, ¿no?

_ No, en serio, ¿cómo ha hecho para desmontar la puerta del horno?

_ Aquí, huele raro…a ver si ha mezclado lejía con otras cosas y nos vamos a desplomar todos muertos…

Aparentemente, en algún momento entre limpiar los azulejos y desatascar el fregadero, desmonté la puerta del horno a piezas y la puse a remojo con una mezcla casera de varios quitagrasas en la bañera de plástico que será de mi futura vástaga. Por lo tanto, la puerta del horno estaba en mi baño. Si la cocina olía raro, el baño ni te cuento. Sólo me faltó poner gasolina.

Despacito, la Chica Encantadora que tenemos en casa se acercó a mí (en el fondo, es la más valiente): “ya pasó, Kaktus, tranquila. Puedes soltar el estropajo. Everything is going to be ok”.

Cuando, finalmente, me resigné a pasar la última fregona, después de haber puesto la cocinilla, la puerta del horno y el frigorífico en sus respectivos lugares de origen, me invadió un sentimiento de pérdida. Yo, de esas tres horas de mi vida, sólo recuerdo Felicidad.

Como la niña me salga difícil, me lanzo a limpiar la fosa séptica.

P.D: Para los que se preocupan por mi salud mental: en el caso de Mónica Geller, estas cosas eran SÚPER graciosas.

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Oct 26

LA MAR

Sabes que algunos se morirán. Sabes que no podrás salvar a todos. Sólo esperas con toda tu alma, con todas tus fuerzas, que, cuando ese momento les llegue, su sufrimiento sea lo más breve posible. Que, al igual que lo esperas para ti, no se den cuenta. Que se despierten en un sitio seguro y bonito, lejos de la cloaca, lejos de la miseria. Esperas que las olas los acunen. Esperas que no tengan miedo.

Leo que el mar de Lampedusa se ha llevado a los niños eritreos. Niños como mi Santa Infancia. Niños a los que seguro alguien, en algún momento, acunó. Niños que alguien llamó con nombres maravillosos, como “Esperanza”, “Vida”, “Mundo”.

Los gobiernos se descojonan cruelmente (¿¿¿ciudadanía para los muertos???). Ya no son ciudadanos de ningún sitio. Son ciudadanos de pleno derecho de ese paraíso extraño y precioso donde entrarán los que menos te esperas. Donde a ti, y a lo mejor también a mí, nos dejarán a la puerta. Por cabrones. Por no sacarlos del mar.

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Oct 18

RABIA

Hace dos meses que se murió E. A pesar de que siempre pareció un poco tonto, no debía de serlo tanto, visto que murió suplicando que lo llevaran al hospital. Para su desgracia, su familia decidió llevarlo a las aguas benditas, que están justo al lado del hospital. Se bebió lo que le dieron y murió.

Horas más tarde, fui a su funeral. En animada concurrencia, me encontré a muchos de los progenitores de mi Santa Infancia, disfrutando de la tradicional comida funeraria. La madre de E., cumpliendo su papel a la perfección, lloraba inconsolable: “ojalá me hubiera muerto yo en su lugar”.

Ya. Ojalá.

Ojalá –pensé- ojalá os murierais todos. Los que pegáis a vuestros hijos, los que pasáis siete pueblos de ellos, los que acudís a comer a los funerales, los que nunca venís cuando se os necesita, los que dejáis morir a vuestros hijos, los que abandonáis a vuestros niños, pero luego lloráis cuando se mueren. Ojalá os murieráis vosotros. Si hubiera Justicia, os moriríais vosotros.

Me ofrecieron de comer. Lo rechacé sin demasiados miramientos, mientras me acordaba de cómo E. venía mitad de los días sin desayunar. Desesperada por salir de allí, solté algo de dinero que ni me alivió la rabia ni les enseñó nada a ellos. Hay situaciones de las que, sencillamente, no puede salir nada bueno.

Hoy ha salido el sol, y me he acordado de E. De la rabia que sentí en su momento, no me queda apenas nada. Me queda la tristeza de no poder reparar lo que se rompió. Me acuerdo de la mirada de Eshetu, esa que ponía cuando no acababa de entender las cosas. Me queda la certeza –y el dolor- de saber que no vendrá más.

Supongo que ya han celebrado los cuarenta días de su muerte. No me han invitado. Mejor.

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Oct 16

COMILLAS

Tres veces, tres, he escrito este post en los últimos cuatro meses. A ver si ahora me sale.

Leyendo otros blogs mucho más mejores que este mío (y mucho más serios en su periodicidad, gracias a Dios y a quien lo escribe), surge, entre la comunidad de familias con niños adoptados, una y otra vez el tema de las “etiquetas”, de cómo, para los niños adoptados, una de las principales dificultades es la adaptación a un entorno compuesto por personas mayoritariamente de una raza distinta a la del niño o niña adoptado en ultramar (o en los Servicios Sociales de la esquina).

Para consuelo y/o desesperación de quien se plantea estos interrogantes, aporto mi granito de arena: la discriminación y el racismo no son exclusivos de Europa. Aquí también, en Etiopía, en mi breve experiencia, de momento la mayoría de las opiniones que he encontrado, en amigos y extraños, se ajustan con milimétrica precisión a uno de estos dos tópicos:

  1. Como soy frenji, seré una madre estupenda
  2. Como soy frenji, estoy robando un niño

Aclaro que todavía no tengo niña, pero sí asignación. He tenido la oportunidad de ir a ver a la que será mi Señora Patata un par de veces e, incluso, en una ocasión, pude cruzar la puerta del orfanato con ella en brazos para ir a otro sitio. En nuestra breve experiencia común en el mundo exterior, me dí cuenta de que, cuando llevas un niño etíope en brazos, el “where are you from?” que te preguntan doscientas veces por minuto se sustituye por “¿dónde la has encontrado?” y, “¿por qué la abandonó su madre?”. Como ya he comentado alguna vez, el concepto “pregunta tabú” no existe en Etiopía. En aquella ocasión, encontré el responder las preguntas bastante violento, sobre todo teniendo en cuenta que la Señora Patata, por el momento, es sólo burocracia de mi burocracia. Espero mejorar con la práctica, pero me resulta difícil explicar particulares que en Europa consideramos pertenecientes a la extricta intimidad familiar a un extraño que te ha tocado al lado en una fila.

Básicamente, las familias que adoptan niños de otras razas y viven en España, afrontan la dificultad del niño “distinto” para integrarse en una sociedad mayoritariamente compuesta por personas de otra raza, así como la dificultad de esta sociedad para acoger a ese niño. En mi caso, la “distinta” en una sociedad compuesta mayoritariamente por personas de otra raza, seré yo. Hasta ahí, creo que está claro. Llevo años viviendo aquí y siempre hay quien tira de tópicos en cuanto se encuentra a un frenji. Lo llevo bastante bien, y con el tiempo he recopilado toda una bateria de respuestas de mearte de la risa (en serio). Lo que me preocupa, cuando pienso en mi hija, es que mi “diferencia” le hará también “diferente” a ella (las comillas se contagian). A pesar del color de su piel (en concordancia con el color dominante en nuestro ambiente), el problema persistirá, porque la diferencia entre su color y el mío evidenciará que no la habré parido, y eso, de nuevo, generará tópicos y malentendidos.

Conozco varias familias extranjeras que han adoptados niños etíopes y viven en Etiopía. D. el hijo de la Doctora, una vez se escuchó de un miembro particularmente idiota de mi Santa Infancia “esa no es tu madre, tú no eres su hijo”, así, sin comerlo ni beberlo. En este caso, mi elemento evidenciaba seguramente la envidia que la familia de D. le producía. Pero, al margen de sus motivaciones, el insulto se parece sorprendentemente a los que en ocasiones se escuchan los niños adoptados que viven en países de mayoría blanca.

Como se ve, esta investigación y reflexión no me está sirviendo en absoluto para aclararme las ideas. No sé si los ataques racistas se producen porque el niño tiene otro color o porque el niño es adoptado. Al final, si tengo que quedarme con una conclusión, diría que los problemas provienen –o pueden provenir- del hecho de formar parte de una familia “diferente” en un entorno compuesto por familias mayormente “convencionales” (iba a explicarlo, pero todos sabemos lo que quiere decir familia convencional). Tiene que ver con el color de piel, pero también con nuestro nivel económico y social (tenemos agua caliente en casa, coche a disposición, y tampoco me mato mucho la cabeza para llegar a final de mes). Ella es abeshá, pero su vida, por mucho que estemos en permanente contacto con su cultura y vivamos en su país, será frenji. Frenji en Etiopía, con –obviamente- muchísima gente en nuestro entorno abeshá, y también muchísima gente frenji. Pero mucho me temo que, al final, ella será encuadrada como frenji, por pertenecer a una familia frenji, y tener una lengua que no es el amárico como lengua materna (sabrá el amárico, pero no será la lengua que hablaremos entre nosotras normalmente). Y aquí, una vez que te meten en un saco, es imposible salir de él.

Como única certeza, creo que, en contra de lo que pudiera parecer, el hecho de que yo viva en el país de nacimiento de la que será mi hija no le ahorrará ningún problema. Tendremos, simplemente, otro tipo de problemas.

 

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Oct 15

COSAS QUE HACER EN ETIOPÍA CUANDO NO TIENES UN DURO

En contra de los tópicos, hacer turismo en Etiopía cuesta un dinero. Yo hoy aquí quería ofrecerles un pequeño repertorio de cosicas que se pueden hacer de manera gratuita y que, a mí particularmente, m’ncantan:

1. Vagabundar por Merkato

Ir al Merkato a comprar, como ya expliqué en su día, es El Horror. Sin embargo, yo encuentro fascinarte ir a pasear sin rumbo fijo, sólo por el placer de ver de cerca El Caos Absoluto. Es verdad que te gritan mucho y puede ser agobiante, pero la cantidad de plásticos que puedes apreciar compensa con creces los pequeños inconvenientes. El máximo de la visita: coincidir con un camión cargado hasta los topes de plásticos en sus más diversas variantes. Para mí, comparable al Louvre. Sobre todo –además de los plásticos- las partes dedicadas a la cestería y a las especias.

2. Ir al molino

El molino es ese sitio donde uno va a que le muelan lo que tenga que moler: trigo, maíz y, sobre todo, berberé. La gente lleva el berberé ya mezclado (las pepitas de los chiles, pimienta y el largo etcétera de especias que lo componen) y allí te lo muelen, dando como resultado el preciado polvo. Los molinos son sitios oscuros y pequeños, pero la gracia está en la vertiente multisensorial de la experiencia: hueles a berberé por todas partes, y, recién molido, tiene un color precioso. El proceso del berberé se combina, en la misma habitación, con la limpieza de las harinas en tamizadores y otras moliendas. Yo, cuando van las cocineras, me apunto fijo. No me gusta mucho ni el picante ni el berberé en la comida, pero el olor de la especia me encanta. Y, una vez que te dejan de llorar los ojos (berberé is in the air), puedes hasta apreciar los colores.

 3. Ir por la mañana tempranito a Meskel Square.

Sobre las seis de la mañana, el pueblo etíope se pone en marcha. Alrededor de Meskel Square, la gente se concentra para correr. En general, entre las cinco y las seis de la mañana, puedes encontrar bastante gente prácticando jogging en toda la ciudad. Mola porque parecen una gente súper emprendedora y sanota. El top es cuando tienes la suerte de encontrar a algún corredor que, con zapatos de plástico y pantaloneta gueter, corre con el mejor de sus empeños.

 4. Ver la luna llena al atardecer

Cuando, a punto de anochecer, sale la luna, y coincide que es luna llena, se ve increíblemente grande, y mucho más cerca que en Europa. Desconozco la causa científica (sí, soy así de ignorante), pero se ve muy, muy bonita. Del cielo estrellado africano no hablo porque, la verdad, en Addis sólo puedes apreciarlo cuando se va la luz. Y es verdad que sucede bastante a menudo, pero sueles estar ocupada tropezándote por toda la casa buscando esa vela o linterna que dejaste tan a mano por si acaso.

 5. Los jardines del Sheraton

El Sheraton es el conocido hotel de súper lujo en Addis. Tomarse lo que sea cuesta un patrimonio y medio, pero a los frenjis nos dejan entrar sin hacer preguntas, y pasear por los jardines aunque no te tomes nada. Hay un parque de juegos infantiles bastante chulo, pero normalmente desierto. Si vas los martes y los jueves en torno a las siete de la tarde, encienden las fuentes y los focos en los jardines. No es la experiencia de tu vida, pero son cuquis de ver. Como digo, si vais con amigos abeshás, a lo mejor os indican que el paseo por los jardines es sólo para huéspedes. Y sí, esta última observación habla de racismo.

 6. Visitar una iglesia ortodoxa

Salvo que sean las de Lalibela, en las que la entrada va camino de costar lo mismo que la de Disneyland, entrar en las iglesias ortodoxas es gratuito. Yo voy con la Santa Infancia el día de Viernes Santo, jornada dedicada a la expiación de nuestros pecados (no todo van a ser cupcakes en el mundo), cuando los jardines que circundan las iglesias se llenan de fieles que repiten miles de veces las preceptivas genuflexiones. A mí me relaja.

Habrá quien incluya la ceremonia del café en esta lista. Yo no porque, aunque vayas de colegueo, siempre está bien llevar algo. Y ese algo costará dinero. Pero vamos, que con todo lo que os comento, te llenas un día estupendo.

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Jun 17

HOSTILIZADA

Cuando llegan estas fechas del año, sucede que una está, mayormente, hasta los huevos de niños, familias y problemas. Como además empiezan las lluvias, -lo que quiere decir que no volverás a ver la luz del sol en tres meses-, pues la tensión se acumula y, al final, explotas.

Hoy he ido por enésima vez al traumatólogo con A. A nuestro lado, esperando, había una señora con su marido. Parecían gente con posibles. La señora estaba en silla de ruedas porque se había torcido un tobillo. En un momento dado, el señor se acercado a A. y le ha hecho la pregunta de marras:

_ ¿La frenji te ha atropellado con el coche?

Y allí no me he podido contener. Ha sido como vomitar. Porque no hay ni una sola vez en que no vaya al médico y alguien no le pregunte eso al niño de turno, porque estoy hasta las narices. Me he girado a la señora y le he soltado:

_ ¿Tu marido te ha pegado?

Se han quedado mayormente blancos del susto.

_ Tan equivocada es una hipótesis como la otra– he explicado sucintamente- sólo que seguro que a usted no se lo preguntan cada freaking día.

A lo mejor sí que necesito unas vacaciones.

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