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tarike.Org

Este blog no es una declaración de principios. No es un canto a la solidaridad, ni a la multiculturalidad, ni a nada. No aspira a ser un estudio en profundidad sobre el país en el que vivo o del país del que procedo. No representa necesariamente lo que la organización a la que pertenezco piensa, ni la realidad objetiva del proyecto en el que trabajo. Este blog es sólo mi historia. Como la vivo y/o como la invento. Sólo eso. Mi percepción y la percepción de quienes me rodean, en su mayoría menores de edad. No es objetivo, y tal vez ni siquiera sea cierto, pero para mí es tan verdad como mi propia vida.

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Jun 14

IDEAS…¿SIN RUMBO?

Las últimas semanas están siendo complicaditas. Adentrarse en el mundo de la adopción te avoca a cienes de interrogantes morales. Leo en Internet que muchas familias comparten esos interrogantes, que a la mayoría les han surgido después de la adopción. No lo sabían. Yo sí lo sé, por lo que todas las decisiones que tome (espero) serán con conocimiento de causa. Hasta ahora, algunas cosas que sé:

1. Si a una señora que te viene diciendo que quiere abandonar a su hijo, te ofreces a pagarle simplemente el alquiler de su casa (estamos hablando de unos veinte euros al mes), no abandonará a su hijo. Que lo quiera o no, es otro cantar. Muchos niños, en el target en el que yo trabajo, son fruto de la violencia. Téngase siempre en cuenta que ninguna de estas señoras ha elegido ser madre.

2. Hablando con gente que trabaja en orfanatos privados, les pregunté por qué las madres abandonan a sus hijos. Me respondieron “muchas veces tienen enfermedades terminales, como cáncer o Sida”. El Sida, también en Etiopía, seguido adecuadamente, entra más en la tipología de enfermedades crónicas, como la artritis. Nadie le diría a una señora con artritis que abandonara a su hijo, y muchas de las artritis son más incapacitantes que el Sida. Me quedó claro que cada vez que uno de estos trabajadores sociales se cruza con una señora seropositiva, le recomienda que abandone a sus hijos, porque no podrá criarlos. Si yo hiciera lo mismo, tendría un bus lleno de niños.

3. En los años que llevo trabajando con mi Santa Infancia, ha habido dos casos en los que me planteé recomendar la adopción. Uno era el caso de la señora F. que, con cuatro hijos, se estaba muriendo con el hígado en proceso de cirrosis debido a la Hepatitis. No probé a dar los niños en adopción porque no estaba segura de que el sistema garantizara que los cuatro siguieran juntos, y son hermanos muy unidos. En una decisión que en su momento me pareció irresponsable, decidí esperar y rezar a ver qué pasaba. Dos años después, la señora sigue viva y en estado de relativa buena salud. Depende absolutamente de nuestro centro para su supervivencia y la de sus hijos, pero siguen todos juntos. Si hubiéramos dado a los niños en adopción, estoy segura de que la señora F. se hubiera muerto.

Cuando M. se quedó embarazada tenía 16 años y a nadie en el mundo. Por supuesto, no quería ser madre. Incluso cuando fuimos a parir, el principal problema fue que ella no quería parir, porque no quería tener un hijo. A gritos, la hicimos parir. Desde ese momento, la apoyamos en todo lo que necesitó. A día de hoy, quiere muchísimo a su niña, que ahora tiene dos años, y que es lo mejor que nos ha pasado jamás. Ni la madre ni la hija son autosuficientes, y si les retiráramos la ayuda que les damos, acabarían inmediatamente en un prostíbulo. Dada la fragilidad de la madre, tampoco estoy tan segura de que, si aparece un eventual nuevo “marido”, no mande la niña a tomar por saco. Pero de momento forman una familia modélica. En su día, no le comenté la posibilidad de dar la niña en adopción porque seguramente lo hubiera hecho, y yo me habría quedado con una adolescente desestabilizada después de un parto que seguramente me habría reprochado de por vida que la hubiera convencido para dar a su hija a otras personas.

4. En Etiopía, si tú sueltas, digamos, 4,000 euros, salvo que sea para construirte una casa, puedes estar seguro de que una parte de ese dinero irá a parar donde no debiera. No es normal que tanta gente del sector adopciones tenga coche. Tener coche en Etiopía es súper, súper caro. Por mucho proyecto de desarrollo que gestionen, con su formación, su sueldo no debería permitirles comprarse un coche, salvo que trabajen para Naciones Unidas. He visto gente del sector que viaja con coches que cuestan, con los impuestos, 150,000 euros.

5. Una madre que esté dispuesta a vender a su hijo, por la cantidad o la circunstancia que sea –no sólo las que aceptan dinero a cambio de abandonarlos, sino también las que deciden mandar a sus niñas de nueve años a limpiar a casas de otras personas en la ciudad- seguramente no está preparada para ser madre, y seguramente su hijo/a estará mejor en otra familia que lo/la quiera.

6. Los operadores oficiales del sector se llenan la boca diciendo que están promocionando las adopciones locales (entendidas como adopciones solicitadas por familias etíopes). Vale. El problema es que la adopción, entendida como incorporar a tu familia un niño/a al querrás igual que a tus hijos biológicos y que será, a todos los niveles, tu hijo/a, no existe en la cultura etíope. Y nadie está haciendo nada para incorporar esa idea a la mentalidad general. Básicamente, lo que subyace, es que no quieren dar niños etíopes a familias frenjis. Porque no. No les interesa garantizar a cada niño una familia en la que crecer sino, simplemente, frenar las adopciones de niños etíopes en familias frenjis. Hay quien disimula y hay quien te lo suelta directamente a la cara. Normalmente, los que no se esconden son las personas a cargo de los distintos pasos del servicio. No consigo entender como las adopciones pueden depender de personas que no creen en la adopción. Es como si pusieras de patriarca ortodoxo a un musulmán.

7. Ni una sola de las personas que he encontrado en estas semanas y que trabajan en los distintos pasos del proceso de adopción parecen tener ni la más mínima idea de lo que supone adoptar para una familia. Para ellos es un proceso burocrático y tú eres, simplemente, una persona con prisa. Da igual que les repitas una y otra vez que el problema no es esperar, el problema es entender qué estás esperando. Para ellos tú eres un colonizador que ha venido a robar un niño. No entienden que las informaciones contradictorias te confunden. No entienden que, en lo más importante que harás en tu vida, consideras vital recopilar toda la información que puedas. No entienden que la incertidumbre te hace sufrir. No entienden que haces listas inútiles con lo que has conseguido averiguar, y que rezas para que, entre todos, no te coloquen en una posición en la que tengas que decidir entre ser madre o dormir tranquila el resto de días de tu vida.

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Jun 03

TEOLOGÍA APLICADA

Los domingos, con aquellos miembros de nuestra Santa Infancia que son tan dejados que ni siquiera van a las iglesias ortodoxas, nos juntamos en las gradas del campo de baloncesto, rezamos un poquitín, cantamos dos canciones, y yo les ofrezco una reflexión que, en teoría, deben repensar durante la semana. Obviamente, en la práctica, la reflexión la reflexionan durante cero coma dos (segundos) antes de empezar los consabidos partidos de fútbol.

A veces, como se imaginarán, voy algo cortita de temas, y recurro a lo que he oído en la misa de ese día (esta lección te la dan en Primero de Sermón Educativo). Así, el domingo pasado, les hablé del Buen Pastor, y de cómo nosotros (Brother House y yo), nos sentimos pastores de ellos, que vendrían a ser nuestro rebaño, y de cómo conocemos nuestras ovejitas, y de cómo, aunque nuestras ovejitas se despeñen por un barranco y las perdamos, pues siempre nos acordamos de nuestras ovejitas queridas. Como se ve, no era un discurso excepcionalmente inspirado. Doy lo mejor de mí misma cuando hablo de lombrices-mocos-higiene, pero últimamente me arriesgo a caer en el monotematismo, por lo que intento diversificarme con las chorradas del pastoreo, en la esperanza de que pillen la parábola porque algunos han sido pastores cuando habitaban en su Wello natal.

Las ovejitas escuchaban con aparente atención, que mutaron en carreras desenfrenadas para ir coger las galletas que les damos a media mañana. Mientras repartía las galletas, un elemento me ofreció la conclusión de mi parábola: “Los pastores, cuando tienen hambre, se comen a las ovejas”. “Eso”, dijo otro, “los pastores crían ovejas o para comérselas o para venderlas”.

Toma ya. Teólogos del mundo, a ver cómo encajais la realidad en la parábola.

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May 14

DE RAMOS Y PASCUAS

El domingo pasado celebramos la Pascua. El calendario etíope es así, siempre retrasadito. Previamente habíamos ya celebrado el Domingo de Ramos, que es una fiesta que me da bastante yuyu. Se celebra la aclamación de un Dios que será crucificado sólo una semana después. Simboliza bastante bien el gregarismo al que tendemos todos los humanos (veáse el fútbol), y, como soy humana (¡sorpresa!), me da yuyu.

Durante la semana pasada, en espera del Domingo de Pascua, la Iglesia Ortodoxa prohíbe demostraciones de afecto y alegría. No te puedes saludar, no puedes dar besos, no puedes reír y no puedes disfrutar de nada. Por traidor.

En Etiopía se vive siempre una fuerte influencia de la fe en la esfera privada de la vida de las personas. Las personas se definen por su etnia y por la fe que profesan: musulmanes, ortodoxos, protestantes, oromos, amaras… Los etíopes se consideran un pueblo religioso y defienden la religión como parte de su cultura. Nadie se declara ateo y todo el mundo, en mayor o menor medida, practica una religión u otra. Por lo tanto, que la Semana Santa sea una de las fiesta principales tiene un sentido. Lo mismo que el final del Ramadán o el nacimiento de Mahoma. Además, hay un hecho que escapa a mi entendimiento, y es que, cuanto más pobre es una persona, más cree en Dios y en la religión organizada.

Si Etiopía, en este sentido, me parece un país consecuente con sus raíces, su cultura y su forma de vivir, España me parece el delirio absoluto. Caminamos hacia el ateísmo de manera decidida, pero llega la Semana Santa y nos colgamos el tambor con devoción ejemplar. Yo creo que lo que gusta de la religión en España es el folclorismo y el aroma a ranciete. Y sin embargo, es una cosa que se reprocha siempre a la Iglesia Católica, que no se modernizan (no nos modernizamos). El tambor recuerda, tanto en la IC (Iglesia Católica), como en la IO (Iglesia Ortodoxa), los latigazos que recibió Cristo. No es una batucada. Es el recuerdo del que los Cristianos consideramos es el momento de mayor negrura para la raza humana, la expresión viva de su cobardía y sus miserias. No entiendo la emoción de hacer partícipes de esta tradición a niños, adolescentes y adultos que el resto del año no pisan la iglesia. Quiero decir, si te mola hacer rebaño, por lo menos ajúntate el día de fiesta (Carnaval, por ejemplo, que, sin embargo, tiende hacia Halloween), no el día de marronazo. En teoría, los penitentes purgan sus pecados en este tipo de procesiones. En los últimos tiempos, quien más quien menos, guarda la petaca debajo de la túnica. Entendámonos: a mi me mola más el tocar achispadillos que el autocastigo fanaticoide, pero no comparto la necesidad de mantener la misma tradición con dos significados totalmente distintos. Si la tradición no dice lo que tú quieres expresar, pues cambia la tradición por algo que se acomode más a lo que tú quieres comunicar al mundo. Y, si el resto del año no te bastan todos los Twitters del mundo para denigrar a la IC y a sus integrantes, quítate la cruz del pecho. Al hilo de todo y de nada, diré que la segunda equipación del equipo de fútbol de mi ciudad natal tiene una cruz como emblema principal. La Cruz de San Jorge. Se ve que la Media Luna (también fuimos un pueblo musulmán) quedaba menos aparente. Y que a lo mejor alguien se molestaba, claro. La equipación, vive Dios, tuvo un gran éxito entre los aficionados. Es que la primera equipación se parece muy mucho a la del Barcelona.

A mí el preservar la tradición por tradición me pone bastante nerviosa. Experimento esta misma desazón en las fiestas de verano de mi ciudad. Es verdad que la mitigo con varios litros de bebidas alcohólicas, por lo que sufro mucho menos. Los expertos lo llaman resiliencia. Las fiestas de mi ciudad son en honor de un santo que seguramente existió y que en mi ciudad estamos convencidos de que nació en el patio de al lado, pero hay varias otras ciudades y países en el mundo que están convencidos de la misma cosa por lo que, objetivamente, es imposible tener la seguridad.

El acto central debería ser la misa en honor del santo. Está bastante concurrida, pero suelen estar más concurridos los bares. El momento que más disfruto es cuando los danzantes, aguerridos jovenzuelos que representan a los hortelanos de la ciudad (en la ciudad los hortelanos que quedan se pueden contar con los dedos de una mano, pero admiten también a gente que no sea hortelana, siempre que sean descendientes de hortelanos y varones), llevan la peana del santo desde la Catedral a la iglesia del santo para la misa mayor. Antes de que empiece la misa, se escabullen sin ningún disimulo (van vestidos con puntillas y colores brillantes, sería difícilillo pasar de incógnito) y se van a almorzar. Esto, también es tradición. Después de la misa (y nunca en medio) vuelven a entrar en el templo, retoman palos y espadas, y sacan al santo de la celebración para llevarlo al Ayuntamiento. Al santo no lo llevan a almorzar. Ideaza. Podría convertirse en tradición. Hacer parada con la peana en todas las tascas del lugar.

Yo un año dije que si lo que molaba era adorar una cosa vieja, lo suyo sería cambiar la imagen del santo por un vinilo de Las Grecas. No me digan ustedes que no sería desternillante. Chascarrillos aparte, soy de las que creen firmemente en la separación entre Iglesia y Estado, y me sigue fascinando la obstinación con que los españoles tendemos siempre hacia el pupurrí en nuestras demostraciones festivas y religiosas. Gente que critica y se mofa la Iglesia Católica en todas sus variantes (religiosos, fieles, dirigentes…) llega Agosto y se planta el fajín, la espada y a bailar en honor del santo. Somos ese país que no cree ya en nada (más que en la crisis, y en ésa creemos ahora que estamos hasta el cuello), pero que sigue bautizando a sus niños, casándose de blanco y por la iglesia, tocando el tambor en la Procesión del Santo Sepulcro y despotricando de todo lo que huela a fe católica.

Mi no entender.

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May 12

NUNCA MÁS

El sábado me levanté con ésta noticia: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/05/11/actualidad/1368283196_614466.html

Viví en Guatemala desde 2000 a 2002. En aquellos años, el genocida ocupaba la presidencia del Parlamento. Desde su inmunidad, se permitía relativizar, ironizar, predicar, ordenar y amenazar.

Recuerdo Guatemala como un país mágico en todas las acepciones del término. Recuerdo vivir una semirrealidad donde tragedia y maravilla se sucedían sin solución de continuidad. Recuerdo la conciencia y la necesidad de hacer Historia cada día. Todas las semanas traían una portada para la eternidad. Todo era dramático, tremendo, extraordinario. Vivían los guatemaltecos con el peso de una Memoria que siempre amenazaba con quedar impune. Allí aprendí el significado profundo de esa palabra, Memoria, y de otras como Justicia, Derechos Humanos, Impunidad, Genocidio. El pueblo guatemalteco fue capaz, durante casi cuatro décadas, de perpetrar las mayores atrocidades. Se sucedían –y se suceden- los testimonios de quien sobrevivió a la barbarie.

Conocí también lo que se llamaba Triángulo Ixil, un nombre, como tantos otros, sacado de la terminología militar que usaban los encargados del exterminio. El vocabulario pasó a la población civil, y, terminada la guerra, los campesinos todavía usaban el término “elemento” para referirse a una persona. El Triángulo Ixil había quedado sembrado de viudas y huérfanos. Estamos hablando de hace sólo doce años. Todos atesoraban la memoria del horror. Para conjurarla, o para sobrellevarla, se hacían y se hacen exumaciones, entierros tardíos, rituales antiguos.

Guatemala ha sido el primer pueblo del mundo en conseguir juzgar su Historia, en su propio territorio, con sus jueces y sus leyes. En un país donde la vida se te puede escapar en un semáforo, donde nada está garantizado, han conseguido vencer miedo y amenazas. El General duerme este fin de semana en la prisión. Seguramente, las artimañas legales conseguirán que antes o después pase a un hospital, pero nadie podrá quitar a los guatemaltecos el triunfo conseguido. Su Historia, sangrienta, torturada –venas abiertas, alas quebradas, vientres vaciados- sigue escribiéndose cada día.

Recuerdo Guatemala con una sensación de hogar, de refugio. Era en aquel entonces –y lo sigue siendo- uno de los países más peligrosos del mundo. La conciencia de escribir la Historia superaba con creces el miedo. La amistad de quienes te rodeaban, sus historias, tan emocionantes como terribles, te asomaban a un mundo hecho de realismo delirante y mágico.

Hay una sensación que conservo desde mi primera visita a Nebaj (uno de los vértices del Triángulo). La sensación de pequeñez, de asombro. El pensar “quién me hubiera dicho a mí que llegaría hasta este mundo”. La conciencia de que mi vida era –y es- mucho más de lo que pude imaginar, de lo que pude soñar.

De Guatemala me quedan la valentía de quienes lucharon y luchan por la dignidad de los que calleron. Me queda el sentimiento de Patria, entendida como una idea común a la que todos contribuyen. Me queda la fe en que, incluso en las situaciones más terribles, se puede luchar. Se debe luchar. Me queda la convicción de que los pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla. Me queda la nostalgia de aquellos volcanes, aquellas señoras con sus huipiles, aquella comida estupenda. Hoy, además, me queda la esperanza que nos trae la caída –varias décadas más tarde- de quien simbolizó el horror y la impunidad. Nunca Más la barbarie.

Algunos años más tarde entré en un Starbucks de Madrid. En un panel, anunciaban las dos promociones del día: Café de Guatemala, Café de Etiopía. Mi vida en ese panel, en dos espacios distintos, en dos países fascinantes.

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May 02

LA DOCTORA

La Doctora llegó un día con su ingeniero, su bata blanca y sus niños de colores, encontró un sitio bonito, y se puso a trabajar. Durante años, la Doctora luchó contra las siglas, las estadísticas y la burocracia. Creó un oasis de vida donde reparaba personas y donde le pasaban cosas tremendamente divertidas y otras que no lo eran tanto. O que no eran en absoluto divertidas.

Una noche la llamaron del sitio bonito porque estaban pasando cosas feas. Por azares de la vida, la acompañé por primera vez a su campo de batalla. Cuando llegamos allí, cuatro bebés del tamaño de cuatro ratas masticaban el aire. Había gente que corría aquí y allá, como pollos descabezados. A la Doctora ni siquiera se le torció el gesto. Comenzó a repartir instrucciones, y con cinta adhesiva y tijeras dividió el único tubo de oxígeno disponible. Yo, después de ayudarla en la parte MacGiver de la operación, como se puede imaginar, pintaba poco allí. No tengo especiales habilidades médicas y, sinceramente, el aspecto de los niños hubiera hecho las delicias de los fotógrafos de Naciones Unidas.

Sin saber muy bien qué hacer, me senté en una esquina para molestar lo menos posible, y esperé. Y la ví allí, segura, fuerte, concentrada. Con una determinación que hubiera podido mover montañas. Sólo que las montañas de aquella noche eran muy, muy grandes.

Y allí, en ese instante, le ví sentido a Todo. A las renuncias, a los días de mierda, a la incomprensión, al miedo. Porque el trabajo de la Doctora, su creer en lo increíble, justificaba todo. Esos niños podrían vivir o morir, pero no lo harían en el olvido. Sus vidas o sus muertes no serían indiferentes. Recé para que la Doctora siguiera luchando siempre. Recé para que venciera siempre, porque la suya era una guerra de las que son necesarias.

Aquella noche vivieron los cuatro. Dos fallecieron durante la siguiente semana. Hace algunos años, una familia italiana me contó que una de aquellas ratas boqueantes se había convertido en su resplandeciente hija.

Hace ya seis meses que la Doctora, su Ingeniero y sus hijos de colores se fueron a Italia. Echo de menos nuestras conversaciones donde nos reíamos de cosas terribles:

_ Hoy he pasado consulta a un señor con 1 de Hemoglobina

_ Hala, y ¿de qué color estaba?

_ No sé… ¿blanco roto?

_ Anda, como los vestidos de novia

Echo de menos su serenidad y su fuerza. Yo no tengo hermanas, pero la vida me ha dado unas cuantas, y la Doctora es una de ellas. Las renuncias se acumulan. La fortuna de poder renunciar, de haber conocido a quienes han cambiado pequeños mundos sigue compensándolas.

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May 01

LUNES

El lunes es mi día favorito de la semana. Es mi día libre. Llevo años intentando institucionalizar la cosa. Y me ha costado muchos “vine, y no estabas”, “yo quería decírtelo el lunes, pero no estabas”, y “el lunes no viniste a trabajar”, dichos con cara de resentimiento, pero yo los lunes me los cojo libres.

O casi.

La señora F. tiene citas en el médico cada mes. Está muriéndose, y en las citas le controlan la velocidad de su deterioro físico. Las citas son en un hospital en la otra punta de la ciudad. Y siempre son en lunes. Yo la llevo en coche, porque ahora no tenemos ni coche de proyecto, ni chófer, ni ná, y luego, con otra señora que la acompaña, vuelven por sus propios medios en taxi que pago yo. También la otra señora la pago yo. Son dos horas y media entre ir y volver a dejarla. Pero es que se está muriendo. Quién le negaría dos horas y media de su tiempo a una persona que se está muriendo. Y, total, a partir de las diez y media de la mañana, sigue siendo mi día libre.

Hasta mediodía. Me llaman. Que hay que ir a hacerse análisis. Que no les basta el dinero que les he dado esta mañana. Que no saben adónde ir a hacerse los análisis. Y entonces voy. Quién le negaría una tarde a una señora que se está muriendo. Sería no tener corazón. Imagínate que se muere llendo en transport a hacerse los análisis.

Y vamos, y hacemos los análisis. Y luego me dicen que no han podido comprar las medicinas que necesita en la farmacia del hospital, y así nos recorremos varias farmacias de la redolada. Otra hora y media.

Cuando acabamos, ya que estamos, la llevo hasta su casa. Se está muriendo. Qué persona sin entrañas dejaría a una moribunda el final del asfalto, en vez de entrarla de nuevo hasta su misma cama.

Y así vuelvo a casa ya de noche. Y, la verdad, no me siento una persona mucho mejor por haber dedicado mi día libre a la moribunda. Lo que sí me siento es cansada, muy cansada. Y la perspectiva de que, de mis cuatro días libres mensuales, le dedicaré a la moribunda la mitad hasta que decida morirse, no me ayuda a descansar mejor.

Decido que, persona despiadada o no, el dinero se inventó para eso. De ahora en adelante, la señora moribunda irá siempre en taxi que pagaré a precio de avión. El precio de mi tiempo libre. El precio de mi conciencia.

Como se muera en el taxi, me da un tabardo.

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Abr 28

MADERA

Comprar cuadernos. M. se ha escapado de casa. Tendremos que mediar (otra vez) con la señora que la acoge. G. también ha estado una semana fuera de su casa. Viene su padre. Se declara inocente. Hace meses que dejó de pegarle. A lo mejor, después de años de tratar a su hijo como un animal, no podemos esperar que el niño perdone a ese señor con gafas (¿gafas en un padre de mi Santa Infancia? Sabe Dios dónde ha encontrado las gafas). A lo mejor ese odio ya no tiene vuelta atrás.

 

B. tiene hepatitis. W. necesita un electrocardiograma. Pedir cita, quedar con ella y con su madre, ir juntas a la prueba. Explicarle lo que le van a hacer para que no se asuste. A B. le han diagnosticado artritis reumatoide… a los doce años. ¿Hay reumatólogos en Etiopía? Aparentemente sí, en el Black Lion. Sondeo el terreno. Si los hay, los tienen muy, muy escondidos. O escondido. Me huelo que sólo hay uno. Mientras B. permanece ingresado en la casa de unas monjas, su padre aprovecha para beberse las mantas, la cama y, finalmente, el alquiler de su casa. B. sólo quiere volver a su casa. Sólo que ya no tiene casa.

 

Arreglaron el teléfono… parcialmente. Sólo podemos recibir llamadas. No podemos llamar. Tendré que volver a las telecomunicaciones (y van tres…). Y esperar. Y esperar. Mi hijo/a. ¿Cuándo podré quitar la barra? Sigo esperando. Estoy preparada. Estoy paralizada. No consigo hacer nada porque todo depende de cuándo conseguiré quitar la barra. Mi vida en suspensión. ¿Baja por maternidad? Sí. ¿Dónde? ¿Cuándo? En suspensión. Me dicen los burócratas que tengo que ser paciente. Se equivocan en la palabra y les sale “tolerante” ¿? Creo que soy bastante tolerante.

 

S. está triste el jueves. Y el viernes. Y el sábado, cuando me pide el alquiler, me acuerdo de que la he visto triste. Y le pregunto. Dos años desde que su madre se ahorcó. ¿Cómo puede alguien colgarse en esa mierda de casas sin que se te caiga la casa encima? La madera, me respondieron, la madera aguanta siempre.

 

Pinocho era de madera. El Caballo de Troya era de madera. El Arca de Noé era de madera. Pinocho, mentira. Caballo de Troya, engaño. Arca de Noé, refugio. Llueve estos días en Addis.

 

Y los cuadernos, que no se me olviden. Y un mapa del mundo, porque quiero empezar una colección de monedas con las monedas que se encuentra la Santa Infancia tiradas por ahí. Estoy convencida de que podemos llegar a tener monedas de todos los países, y así tener un mapa cubierto de dinero colgado en el pasillo. Tengo que ver cómo colgar las monedas de países canijos como El Salvador.

 

A Z. finalmente la ha rapado su madre. Le medico las heridas de la tiña. Me acuerdo de dónde he visto cabezas como la suya: en La Lista de Schindler, en las fotos de los campos de concentración de la II Guera Mundial. Le recuerdo al día siguiente a la enfermera que apunte la fecha de inicio de tratamiento en su expediente, para que nos acordemos de terminarlo. Le va a tocar por lo menos un mes de pastillas. Se averguenza de su cabeza concentrada. Busco un pañuelo que le quede mono. Ya está. “Tienes suerte. Como tienes una cara preciosa, todos los pañuelos te quedan genial”. Piropo de manual para subir la autoestima. Creo que cuela.

 

Se nos está cayendo el korkoró del muro. No me preocupa que entren ladrones, me preocupa que cuando caiga le dé a un peatón en la cabeza. La madera que lo sostiene se ha podrido. La madera aguanta siempre. Aguanta hasta que se quema o se pudre, supongo. Yo siempre quise ser plástico. Ahora soy madera. Aguanto.

 

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Abr 26

CULPABLE

T. tiene nueve años. Y está convencido de que yo maté a su padre.

T. tenía un padre al que le faltaban algunos dedos de los pies. Con esa minusvalía y su avanzada edad, el señor dedicaba sus días a beber tranquilamente y a mendigar cuando se le acababa el dinero para beber.

Un día el señor se puso enfermo. Y T. me lo dijo. Le dije que su padre tenía que ir al Centro de Salud (para eso están). T. me dijo que no tenía a nadie con quién ir al Centro de Salud. Yo le dije que no podía hacer nada, y él se rebotó. A ustedes les parecerá que no tengo entrañas, pero si me dedicara a acompañar al médico a todos los enfermos del barrio, no podría hacer n.a.d.a. más. No podría dormir, no podría ir al baño, no podría trabajar en nada más. Sencillamente, no me daría tiempo.

En cualquier caso, el señor fue al Centro de Salud, donde le diagnosticaron una artritis reumatoide. Le compramos las medicinas prescritas. Como no mejoraba, le dimos todavía más dinero para que fuera a una clínica privada, donde le diagnosticaron lo mismo. En ese punto, yo le dije a T. que intentaría pasarme por su casa. Al final no pude. Me fui de vacaciones a España dos semanas. En mi ausencia, el señor decidió irse al pueblo, donde falleció un mes más tarde.

Aunque murió en el gueter, y lo enterraron allí, en casa hicieron también funeral (recepción). Decidí pasarme, más que nada a ver quién se podía hacer cargo de T. desde ese momento (no tiene madre). Cuando fui, me dí cuenta de que T. había comentado a todo el mundo que yo me había negado a tratar a su padre (aclaración: NO soy médico), y la gente me miraba como si yo hubiera disparado al señor en la cabeza.

Y así hasta el día de hoy. Actualmente, cada vez que le niego algo a T. (quiere más ropa, quiere otros zapatos…) me ataca con el mismo argumento: “Eres mala gente. Por tu culpa se murió mi padre”. Sé que, a sus nueve años, está rebotado con el mundo y lo focaliza en mí. Ya. Pero jode.

Podría decirle que exactamente lo mismo que hubiera hecho yo en caso de haber tenido tiempo de ir a visitar a su padre, podrían haberlo hecho todas y cada una de las decenas de personas que se pasaron en un momento u otro por el funeral, incluido su hermano mayor de más de veinte años. Podría decirle que los únicos que le dimos ayuda efectiva (comprarle las medicinas, mantener a su hijo durante los últimos cinco años…) fuimos nosotros. Podría decirle que sé que piensa que el mundo le debe todo. Podría decirle que jamás encontrará el pago por sus desgracias.

Podría decirle que él mismo siempre odió a su padre (el señor le curraba de cuando en cuando). Podría decirle que es, como mínimo, esperar demasiado el pensar que yo puedo hacerme cargo y gestionar todas y cada una de las enfermedades que afectan a los cientos de familias de nuestra Santa Infancia.

Podría decirle que lo quiero, pero a ratos no sería verdad. Cuando me dice esas cosas lo odio un bastante.

A lo mejor porque, en el fondo, sé que podría tener razón. He salvado a otros. A veces sólo hace falta ir a la casa, y acompañarlo al médico (si vas con un frenji, te tratan mejor). A veces, sólo hace falta tiempo. Yo no tuve tiempo. Nadie lo tuvo y, al final, el señor se murió en el olvido. Se llamaba Sitotaw. Quiere decir “Regalo”. No sé para quién.

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Abr 22

MURPHY EN ADDIS

Comentaba hace días con un expat que a veces Addis es la ciudad de la Ley de Murphy. Todo lo que puede ir mal, irá mal. Es un tema que, hablado entre extranjeros quejicas, da bastante juego. Todos tenemos anecdotillas que confirman que si dejas el más mínimo resquicio al azar en tus planes, éstos se irán al garete.

 

En esta línea, cuando hace tres semanas me cortaron el teléfono sin razón aparente, no me sorprendió. Fui a la oficina de telecomunicaciones, donde rápidamente dedujeron que era porque yo no había pagado. No era verdad. Esto lo hacen mucho, culpar al cliente. En otros sitios, el cliente tiene la razón. Aquí, tiene la culpa.

 

Luego me dijeron que mi línea aparecía como activa en el sistema, por lo que yo tenía que tener línea. Pero yo no tengo línea. Me dijeron que me fuera a casa a comprobar si tenía línea, cosa que hice porque llevaba prisa y no me apetecía entrar en el bucle.

 

Volví dos semanas más tarde, ya bastante mosqueada, y con más tiempo para derrochar. Tras comprobar, de nuevo, que había pagado el mes y que mi línea aparecía activa, me dijeron que llamara al servicio de atención al cliente. Tócate los cojones. Hace tres meses que no tengo cobertura de móvil, hace tres semanas que tampoco tengo línea fija y tengo que llamar por teléfono a atención al cliente, cuando ya estoy en una oficina de atención al cliente. Así se lo expliqué al señor que me atendía, que me miraba con cara de “te has equivocado, esto es una carnicería y no arreglamos teléfonos”. Ante su pasividad, le pedí que me indicara quién era la persona responsable de la oficina.

 

Me llevó ante un chaval con los pantalones a medio culo. Estuve a punto de aclararle que yo no quería grabar una canción featuring Pitbull, sino que me repararan el teléfono, pero me contuve porque sé que a veces juzgo demasiado. El chaval con los pantalones a medio culo y los andares del novio maltratador de Rihanna, me dijo que él no podía hacer nada por mi línea de teléfono. Siempre es así: el primer impulso es intentar no hacer nada. No me dí por vencida y le dije que, si él era el jefe de la oficina, digo yo que tendría que al menos intentar encontrar alguna explicación para mi ausencia de línea. Me dijo que él se encargaba de los clientes nuevos (probablemente porque todavía no tienen problemas de línea) y me mandó al señor del servicio técnico.

 

El señor del servicio técnico estaba tranquilamente consultando un periódico en Internet. Tuvo a bien registrar la incidencia y me dijo que volviera dentro de una semana si la incidencia persistía, y que entonces llamaríamos a un tal Gedeon. Respondí que, en mi humilde entender, si una cosa se rompe y no la arreglas, probablemente seguirá rota dentro de una semana. Soy maja, pero no santa. No creo que se arregle milagrosamente. Él me dijo que Gedeon tenía mucho trabajo porque había muchos clientes con problemas como el mío (¿y esto no te hace preguntarte algunas cosas?). Repliqué que a lo mejor Gedeon también estaba sin nada que hacer en su oficina leyéndose el Addis Fortune en Internet. Al final, llamamos a Gedeon, que nos informó que mi corte de línea se debe a una reparación de no sé qué tipo, que es consciente de que no tengo línea, y que llegará un día en el que me volverá a dar línea. No sabe cuándo. El señor del servicio técnico tuvo el detalle de recomendarme que no me olvidara de pagar las cuotas mensualmente, a pesar de no tener teléfono. Y te lo dicen así, en toda la cara, que tienes que pagar por un servicio que no te están dando.

 

Y encima se está generalizando Danza Kuduro. Oh Dios por qué nos has abandonado.

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Abr 19

LA SANTA JOBA

Atravesamos una época de grandes carencias. Concretamente, en estos momentos, carecemos de teléfono, agua y butano. A ratos también carecemos de luz. A ratos carecemos además de paciencia. Yo no puedo más.

Pensarán ustedes que hace falta tener cierta jeta para quejarse en el ambiente en el que yo vivo. Duermo con nórdico (edredón, no persona), lo que ya me sitúa alta altísima en la escala del bienestar social. Además, puedo coger el coche para poner la lavadora en casa de algún amigo de buena voluntad. Esta última posibilidad no la tienen el 99% de la gente que vive a mi alrededor.

No es que me queje, entendámonos. Bueno, sí me quejo. Pero es sólo que mi vida se ha vuelto bastante más difícil, y eso siempre jode. Me siento como un famoso de la Isla de los Famosos. Uno de esos famosos sin demasiada maña para la supervivencia, que se pasan el reality intentado pescar peces con clips atados a cuerdas, y que lo intentan cada día, y que nunca pescan nada, y que cada vez están más delgaínos. Esa soy yo.

La señora que nos cuida, a la que llamaremos señora G., lo lleva bastante bien. Hace un par de días tuve que pararla porque se había puesto a lavarme la ropa a mano, acarreando el agua de un grifo cercano. Tengo tanta ropa que podría estar dos meses sin lavar, y seguiría teniendo bragas limpias. No hace falta que se deje los riñones.

La mayoría de los etíopes que conozco no tienen agua corriente en casa. Eso hace que maximicen al infinito el uso de agua y, sobre todo, que no se les caiga una gota en el trasvase entre cubo y cubo. Yo no hago más que regar la casa de salpicones. Luego piso encima de los salpicones y, si normalmente limpiamos el suelo un par de veces por semana, ahora tengo que limpiar el suelo de la cocina cada día mientras pienso que si algo bueno tiene el suelo de barro de las cabañas es que absorbe el agua. Y que es sufrido. Seguro que los salpicones no se ven. En mi suelo de baldosa blanca, mira por dónde, se ven.

Con el tiempo y la práctica, la cosa mejora. En vez de usar un cubo para ducharte, acabas usando mitad. El pelo te queda menos bonito, pero con lo que te sobra de la ducha te da para echarlo en el váter y así te ahorras un viaje al grifo del jardín que sí tiene agua. Adquieres una habilidad inaudita en el arte de lavarte la cara con una sola mano, porque en la otra tienes la latilla que usas para echarte el agua.

El butano lo llevo peor, y tiene menos pinta de arreglarse. Sencillamente los distribuidores de butano ya no distribuyen butano. Me encantaría saber a qué han decidido dedicar sus esfuerzos, pero nadie ha sabido darme una respuesta. De momento, cocino con electricidad, pero le cuesta una vida. El café comienza a salir cuando oigo sonar la campana que me anuncia que tendría que estar ya trabajando.

Lo del teléfono se lo cuento mañana. Me voy a llenar el cubo.

 

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